Juan: 1, 38s

Juan: 1, 38s

“…Siguieron a Jesús. Él se volvió hacia ellos, y viendo que lo seguían, les preguntó: ¿Qué buscan?…”

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Pensamos que buscar a Jesús es sólo para rezar, para pedirle favores, o para aburrirnos. ¿Qué buscas?. Si es un amigo con quien pasarla de maravilla, vas bien. 

“Oración sencilla y potente”

“Oración sencilla y potente”

Lucas: 11, 1-4

Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”.

Entonces Jesús les dijo: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende, y no nos dejes caer en tentación”.

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No cabe duda que la oración siempre tiene un efecto real y positivo, aunque cueste, como si fuera un absurdo, porque se habla al aire sin sentido, cuando en realidad cobra todo el sentido posible de quien la hace.

Orar es importante, porque hay que entrar en contacto con el Creador, aquel que requiere una correspondencia al ser tomado en cuenta en medio de nuestra saturada materialidad, donde nos importa tan sólo lo que sentimos y palpamos físicamente.

Por ello el Señor, no a querido imponernos un rezo largo e incomprensible, sino uno lleno de amor, de confianza y sencillo que nos haga conscientes de lo que es importante para nosotros y para Dios.

Un rezo común que habla de una relación personal, que conecta y que abre las puertas a la gracia, es el Padre Nuestro, por lo que se nos invita a rezarlo con devoción, porque es la misma Palabra de vida dada por el Señor Jesús y que nos es participada.

No dejes de orar, ya que la misma oración te transforma en un ser lleno de gracia y más cuando te dispones con los sacramentos a ello.

“Seguirlo”

“Seguirlo”

Lucas: 9, 51-62

Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén. Envió mensajeros por delante y ellos fueron a una aldea de Samaria para conseguirle alojamiento; pero los samaritanos no quisieron recibirlo, porque supieron que iba a Jerusalén. Ante esta negativa, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: “Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?” Pero Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió. Después se fueron a otra aldea.
Mientras iban de camino, alguien le dijo a Jesús: “Te seguiré a dondequiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza”.
A otro, Jesús le dijo: “Sígueme”. Pero él le respondió: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Jesús le replicó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios”.
Otro le dijo: “Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia”. Jesús le contestó: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”.

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Ante los miedos al compromiso que implica una sana relación humana, se dan cada vez con  más frecuencia, ya que el mundo de hoy vive despersonalizado, aparentando tras una pantalla o un celular ser quien no se es, aunque también existen los que se presentan valientemente tal cual son.

Las relaciones humanas han venido a menos, existe más comunicación, pero menos trato directo, por lo que si somos temerosos de poder entablar una real relación con otra personas, ya que implica responder a una amistad, que siempre ha sido lo más ordinario, pero que ahora no se da tan fácilmente, implica el estar presente, el amar, el responder a las peticiones entre ambas personas. Pero todo eso da pavor y no se sigue ni a nada, ni a nadie.

Resulta en todo un reto seguir a Jesús, aunque lo encontremos en todos los medios como un anuncio de la buena nueva, solemos descartarlo ya que lo superfluo está a pedir de boca y resulta en una común alienación de la que da miedo salir y pensar diferente. Por eso la mayoría opina lo que opinan los demás, así no se comprometen. 

Olvidamos que seguir al Señor no es cambiar tu vida por un traje religioso, es dar testimonio en el mundo con valentía siendo tú mismo, tan sólo descartando aquello que te impide vivir una felicidad plena y llena de armonía y amor, eso mismo que Dios ha planeado que tengamos desde toda la eternidad, pero que renunciamos por el pecado al que fácilmente nos imponemos.

Es de héroes poderle decir al Señor: “Te seguiré a dondequiera que vayas”, que de igual manera se podría decir: “Te llevaré a dondequiera que yo vaya”, y sin cambiar para nada el entorno común, ni las amistades, porque a ellos mismos puedes darles testimonio sin exagerar del amor y de una vida digna sin el pecado por medio.

El Reino se construye desde dentro, y no desde fuera, inicia por ti y el resto se te facilitará porque ya la llevarás de ganar, el primer paso es seguirlo, el segundo es seguir.

“Todos verán la salvación…”

“Todos verán la salvación…”

Lucas 3, 1-6

En el año décimo quinto del reinado de César Tiberio, siendo Poncio Pilato procurador de Judea; Herodes, tetrarca de Galilea; su hermano Filipo, tetrarca de las regiones de Iturea y Traconítide; y Lisanias, tetrarca de Abilene; bajo el pontificado de los sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino la palabra de Dios en el desierto sobre Juan, hijo de Zacarías. 

Entonces comenzó a recorrer toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de las predicciones del profeta Isaías: Ha resonado una voz en el desierto: Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos. Todo valle será rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados y todos los hombres verán la salvación de Dios. 

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Al día de hoy, de una manera automática lo que sabemos hacer,  como un instinto natural, agarrarnos de lo que tenemos y vivir nuestra vida defendiendo nuestro ser así como nuestro pensar.

Sin embargo la experiencia de la misma historia de la salvación, nos ha sabido dar una solución a esa defensiva de cuidar radicalmente la vida con temor, y esa es la espera, esa espera que nos informa que precisamente vendrá la solución a esos miedos tan profundos que todos tenemos y que de alguna manera manifestamos en nuestro diario obrar.

Si se nos informa que todos veremos la salvación, es precisamente porque se nos está manifestando un plan mayor a nuestras propias limitaciones y expectativas, ya que la salivación está cerca, por ello San Juan Bautista lo proclama, y no como un loco que se le ocurrió, sino porque ya inició el proceso salvífico y, esos son los signos claros de su presencia con el anuncio.

La realidad es que aún dada la salvación con la redención y expuesta de manera clara con los hechos ahora ya históricos realizados por Cristo Jesús, los temores de cuidarnos, se han canalizado en banalidades como cuidar tu patrimonio, cuidar tu belleza física, el cuerpo, la alimentación, etc… pensando que con eso basta. Al final la necesidad de seguridad dada por la salvación quedará vacía y nuestro ser en la eterna insatisfacción porque las seguridades externas a nuestro ser, quedan precisamente ahí, en el exterior.

Esperar a ver la salvación no se refiere a que te llegará del cielo cubriendo tus necesidades, va a nacer, estará en la tierra, será como uno de nosotros, entonces ,con un Dios hecho hombre, con su ejemplo sabrás que esa salvación ya ha llegado, y que las herramientas están aquí en la tierra para llegar con ellas hasta el Reino Eterno.

Así que a nadie se le excluye, por el contrario, todos vemos la salvación, pero de nosotros depende el hacerla nuestra o seguir esperando según tengas cada bimestre una nueva necesidad, esperar quien te la venda y pagarlas o librarte de ellas y esperar la que desde el fondo de nuestro ser sabemos que es la que vale la pena, esperar al Mesías que ya llega con una salvación integral y verdadera.

“No llega aparatosamente…”

“No llega aparatosamente…”

Lucas: 17, 20-25

En aquel tiempo, los fariseos le preguntaron a Jesús: “¿Cuándo llegará el Reino de Dios?” Jesús les respondió: “El Reino de Dios no llega aparatosamente. No se podrá decir: ‘Está aquí’ o ‘Está allá’, porque el Reino de Dios ya está entre ustedes”.
Les dijo entonces a sus discípulos: “Llegará un tiempo en que ustedes desearán disfrutar siquiera un solo día de la presencia del Hijo del hombre y no podrán. Entonces les dirán: ‘Está aquí’ o ‘Está allá’, pero no vayan corriendo a ver, pues así como el fulgor del relámpago brilla de un extremo a otro del cielo, así será la venida del Hijo del hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho y ser rechazado por los hombres de esta generación”.

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Es un hecho que estamos totalmente acostumbrados a la novedad del día a día, a tal grado que lo hemos convertido en rutina, olvidando que es totalmente nuevo en la sucesión del tiempo, y de eso se encarga nuestra mente y cultura, de hacerlo ver ordinario y aburrido.

Tenemos una gran sed de novedad porque la actual ya no sacia, las dosis de vida plena que poseemos han perdido el sentido y se han desvalorado, deseamos que algo surja estrepitosamente para poder notar la diferencia de lo grandioso de nuestra vida.

Es una pena que un evento catastrófico o un deceso de un ser querido sea el que nos devuelva el sentido de la vida y nos ubique en la realidad, dejamos nuestros pensamientos saturados de ideas vacías y entramos en la actualidad de nuestro ser.

Aquí es donde Jesús enfatiza que no hay necesidad de esperar las gracias y la gloria de Dios de manera espectacular, o en algún evento negativo que te haga reaccionar, cuando ya en lo más pequeño e insignificante se está manifestando su grandeza, pero no la vemos. 

Debemos de aprender a dominar nuestra mente, que cuando no está ocupada en la realidad de una labor concreta, casi alucina con los inventos mentales que construye. Lo malo es que al final los idealizamos, y como son no reales e inalcanzables, al casarnos con ellos sufrimos por la no convergencia con la realidad, todo ante nuestras ideas es inalcanzable y por ende infelices.

Así que tomemos tiempo para nosotros, para identificarnos con nuestro ser interior, es decir con nuestro yo, alejar el ruido que inunda nuestra mente y descubrir la grandeza del Reino de Dios, que inicia por ti, por tu interior, por tu paz, por tu felicidad y que se proyecta posteriormente de igual manera, mediante de ti hacia los demás. Es por ello que lo debes de buscar desde el interior, y no esperar que llegue ajeno y aparatosamente casi encandilando tu inteligencia o saturándola sin lugar para el propio Reino.

“Yo si sé quién eres”

“Yo si sé quién eres”

Marcos: 8, 27-33

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a los poblados de Cesarea de Filipo. Por el camino les hizo esta pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos le contestaron: “Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los profetas”.

Entonces él les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Pedro le respondió: “Tú eres el Mesías”. Y él les ordenó que no se lo dijeran a nadie.

Luego se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día.

Todo esto lo dijo con entera claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo. Jesús se volvió, y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro con estas palabras: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”.

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No cabe duda que las relaciones humanas se ufanan de tener una cercanía y familiaridad con otras personas, a tal grado de creer que se les conoce en la totalidad y muy certeramente.

Sin embargo la realidad de nuestros días, aunque se ha perdido parte de las relaciones humanas por la tecnificación de las redes sociales por las electrónicas, que nada dista del pasado ya que al final de cuentas externamos lo que deseamos que los demás crean de nosotros.

Pero que sin embargo no es bastante para poder decir que conocemos a alguien, ya que la superficialidad hoy como siempre está a flor de piel, y el caso concreto lo tenemos con todos aquellos que se dicen que conocen a Jesús. Creen conocerlo para darse importancia con sus comentarios aunque estos sean erróneos.

La pauta la marca Pedro, que sin titubear afirma lo que es verdad, porque la conoce y identifica realmente a Jesús, y no por lo que obtuvo de información con los demás, sino por su trato personal y cercano.

Ha visto su amor, su dedicación, su oración, su trato caritativo y fraterno; ha visto su gracia y santidad en su persona y en su obrar, le habla cara a cara. Él si lo conoce y sabe quién es, nada ajeno a nosotros que podemos amarle y conocerle con la misma intensidad y confianza a través de todos los medios donde nos ofrece su amistad y sacramentos, ya que es Él mismo quien actúa por medio de ellos, pero sobre todo porque nos sigue buscando en los demás que nos han invitado a estar cerca de Él.

“Encuentro de buenas voluntades”

“Encuentro de buenas voluntades”

Juan: 1, 43-51

En aquel tiempo, determinó Jesús ir a Galilea, y encontrándose a Felipe, le dijo: “Sígueme”. Felipe era de Betsaida, la tierra de Andrés y de Pedro.

Felipe se encontró con Natanael y le dijo: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la ley y también los profetas. Es Jesús de Nazaret, el hijo de José”. Natanael replicó: “¿Acaso puede salir de Nazaret algo bueno?” Felipe le contestó: “Ven y lo verás”.
Cuando Jesús vio que Natanael se acercaba, dijo: “Éste es un verdadero israelita en el que no hay doblez”. Natanael le preguntó: “¿De dónde me conoces?” Jesús le respondió: “Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera”. Respondió Natanael:

“Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”. Jesús le contestó: “Tú crees, porque te he dicho que te vi debajo de la higuera. Mayores cosas has de ver”. Después añadió: “Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”.

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Por ahí existe un dicho que dice así: “Dios los crea, y ellos se juntan”, dicho que ciertamente como todos tiene mucho de cierto, ya que por lo general cuando uno mismo se identifica con las demás personas, naturalmente se genera y une un grupo con algunos aspectos y maneras de ser afines.

Pero eso no solamente aplica en la manera de pensar o vivir de las personas, al mismo tiempo ocurre con aquellos que sus virtudes así como sus esperanzas por medio de la fe se van congregando, ya no es tan sólo un grupo con una mentalidad, sino que en realidad es una congregación de personas tan diferentes entre sí, que juntas ofrecen un abanico de posibilidades y formas de pensar, aún así diferentes pero movidas por aquello que brota de la alegría al buscar y permanecer en la gracia de Dios.

Aquí es donde se da el encuentro de buenas voluntades, como lo hizo con Felipe y Natanael al conocer a Jesús, ya que esos grupos no son naturales, son llamados por Dios a dar lo mejor en el proyecto de la salvación.

Esos grupos no se limitan a caerse bien, porque a lo mejor son antagónicos entre sí, que no significa enemigos, ya que su misión va más allá de reuniones afines, de manera que el mismo Jesús lo afirma, “Mayores cosas han de ver”, que de suyo conlleva el “mayores cosas han de hacer”.

Por ello no busquemos en la iglesia tan sólo estar a gusto, con quienes empatizamos mental e ideológicamente, como quien le va al mismo equipo deportivo, sino como quien va a realizar una obra mayor que implica ser diferentes a nosotros para crecer y no limitarnos a lo que tan sólo sabemos nosotros hacer, sino apoyar lo que el otro también puede realizar y yo no.

“Allá me verán”

“Allá me verán”

Mateo: 28, 8-15

Después de escuchar las palabras del ángel, las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, y llenas de temor y de gran alegría, corrieron a dar la noticia a los discípulos. Pero de repente Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron. Entonces les dijo Jesús: “No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán”.
Mientras las mujeres iban de camino, algunos soldados de la guardia fueron a la ciudad y dieron parte a los sumos sacerdotes de todo lo ocurrido. Éstos se reunieron con los ancianos, y juntos acordaron dar una fuerte suma de dinero a los soldados, con estas instrucciones: “Digan: ‘Durante la noche, estando nosotros dormidos, llegaron sus discípulos y se robaron el cuerpo’. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos arreglaremos con él y les evitaremos cualquier complicación”.
Ellos tomaron el dinero y actuaron conforme a las instrucciones recibidas. Esta versión de los soldados se ha ido difundiendo entre los judíos hasta el día de hoy.

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Iniciando este tiempo especial de gracias de la Pascua de Resurrección, nosotros junto con la Iglesia nos alegramos porque una vez más se nos invita a recordad que “Cristo vive”, “Cristo ha resucitado”, lo cual debe de llenarnos de inmensa alegría, al saber que todas las promesas de la liberación del mal y de la muerte, se han hecho realidad y ahora nosotros somos los beneficiarios actuales de tan gran don.

Precisamente uno de los mandatos del señor es ser testigos de su resurrección, así como llevar la buena nueva a todas las naciones, por lo que es explícitamente necesario darlo a conocer, pero no en un ámbito de información, sino de transformación de corazones para que lleguen al gozo que da el saber que hemos sido restaurados en nuestra naturaleza derruida por el pecado y que ahora somos herederos de la gloria eterna.

Sin embargo se nos invita a ir en busca de Jesús, no basta sólo el saber que ha resucitado, hay que tomar la iniciativa e ir a su encuentro, como un acto de interés y disponibilidad de nuestra parte, por eso a sus discípulos les dice que salgan de su encierro y de sus miedos, que vayan a Galilea, ahí donde algunos fueron llamados y fueron testigos de sus milagros para reforzarlos y encontrarse con ellos, lejos de ese entorno de dolor y de muerte.

Al igual nosotros debemos de dejar nuestros lugares cómodos y salir de esos letargos de enajenación que nos mantienen apáticos y engañados, la felicidad es activa y se busca, no depende de lo que los otros te den, sino de lo que tu recibas y desees compartir.

Por eso hay que salir, porque allá lo veremos al Señor, se dejará encontrar en la oración, en los sacramentos, en la caridad y el encuentro con los hermanos, en su Palabra y sobre todo en su Eucaristía, en la que por obra del Espíritu Santo se hace presente para entregarse a nosotros en alimento y dejarnos transformar por Él.

Tan sólo falta ir allá donde lo veremos.

"El testimonio"

“El testimonio”

Mateo 10, 7-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: «Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca: Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni otra túnica, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa saludad; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies. Os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra; que a aquel pueblo».

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Cuando Jesús nos comparte el don de la fe y nos invita a profundizar en los designios salvíficos, no trata tan sólo de enseñarnos una nueva ideología de memoria para replicarla, con conceptos bellos e inalcanzables. Se trata de una forma de vida que va sembrada desde la Palabra que va transformando a la persona día a día, porque viene de Dios y, porque es viva y eficaz.

Precisamente esa Palabra, una vez recibida y asimilada no puede ser contenida, su naturaleza es compartirla, pero desde una experiencia de vida gozosa que invita a no desaprovecharla como una novedad, que se pretende regalar y hacer suya a los demás. Es algo que cuando se vive, deseamos que todos la tengan por el tesoro que contiene y la felicidad que brinda.

Así es como manda a sus Discípulos, proclamad el Reino, pero desde el gozo interior, por ello no importa lo que lleven, cuando logre transmitirse íntegramente a los demás, ellos mismos en el mismo gozo harán que no les falte nada en lo material, eso es el testimonio que arrasa más que la sola palabra seca.

Cuando no se recibe el testimonio y la alegría del comunicador, entonces la persona receptora denota un marcado bloqueo en su vida que no permite recibir ni pizca de amor cuando se lo brindan, eso es una pena y es un problema, porque han decidido que reine la infelicidad en su vida, ahí hay que sacudir el polvo que se nos pegue, no como rechazo sarcástico, sino como terapia de no dejarnos contaminar por esa amargura que no es de Dios, hay que cuidar la estabilidad emocional y no permitir envenenarla por aquellos que viven y sólo transpiran veneno. Si más no se puede, no hay que dejar de encomendarlos a Dios para que salgan de su situación y puedan recibir un testimonio sano y restaurador.

“A escondidas”

“A escondidas”
Juan 7, 1-2.10.25-30
En aquel tiempo, recorría Jesús la Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las tiendas.
Después que sus parientes se marcharon a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas.
Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron: –«¿No es éste el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que éste es el Mesías? Pero éste sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene».
Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: –«A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado».
Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.
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Si nos ponemos tajantemente a buscar a Dios de una manera física y científica, nos toparemos con múltiples manifestaciones que nos hablan de Él, pero nunca lo descubriremos tal como pensamos que lo encontraremos frente a frente en este mundo.
A veces dudamos en la fe de su presencia y acción, afirmando en ocasiones que es un Dios escondido, que nos abandona, que no está presente, que no está a nuestro lado ni al  pendiente de nuestras necesidades. Bueno, eso creemos porque no salen las cosas según nuestra propia receta y fórmulas casi mágicas.
Sin embargo ya el mismo evangelio remarca la misma prudencia de Jesús, que para poder llegar a buen fin su obra, actúa ocultándose, no por miedo, sino por nosotros mismos, que somos los que debemos de saber reaccionar sin alguna moción sentimental extrema ni con posturas radicales ante lo que le pedimos.
Además el término “Oculto o Escondido” revela su presencia, en otro caso se diría que no está, que no existe, que nos abandonó, que su acción no es eficaz ni real; pero no, en realidad su presencia aunque no visible, está garantizada y es real aunque seamos ciegos, mudos y sordos a su voz, ya que ahí está.
Esos intentos de agarrarlo, denotan aprensión, detención, no dejarlo obrar, meterlo en un esquema distinto y bajo una voluntad personal, a lo cual seria limitarlo, por ello hay que dejarlo obrar, abierta u ocultamente, porque su acción siempre será benéfica y eficaz.

Aunque pareciese en tu vida que no se manifiesta y está oculto, en realidad jamás te ha dejado fuera de su bendita gracia, porque si así fuera, no estarías aquí hoy como estás, que de suyo es una bendición, porque no me imagino cómo estarías realmente sin ella.