“Esperar y hacer oración”

“Esperar y hacer oración”

Mateo 9, 35 – 10, 1. 6-8 

En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias. Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: —«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.» Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. A estos doce los envió con estas instrucciones: —«Id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis.» 

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Este tiempo de gracia del adviento que se caracteriza por prepararnos en la espera del Mesías que una vez prometido está por llegar, se nos invita a además a vivirlo con una constante actitud de oración, la cual alimentará la vida espiritual y nos mantendrá fortalecidos mientras llega.

Una de las cualidades que tendrá será ese don de poder curar todas las enfermedades y dolencias, tanto las físicas como las morales y espirituales, algo que ya los mismos profetas del Antiguo Testamento habían prometido, pero que son un hecho con su llegada.

Sin embargo no basta la espera, es necesario que estemos alimentando constantemente en oración, ya que la misma nos irá ubicando en la actitud correcta para recibirlo, además que nos alienta en el mismo camino.

Por ello es muy necesaria la oración en todo, momento, ya que sin ella, podemos perder el rumbo de la espera, desvirtuando su venida y pidiendo que venga con alguna otra intención que no es la indicada, como lo es para tan sólo saciar las necesidades físicas olvidando las espirituales.

De hecho hoy se espera el Niño Dios con un sentido comercializado, ya tan sólo se busca saciar el apetito por las compras y obtener de una manera justificada aquello que deseamos obtener. Pero aunque eso ya es una tradición, no olvidemos sublimarla con la misma oración, que nos ayuda a saber esperar y recibir la correcta actitud, así como la felicidad para obtener y saber aprovechar los regalos que nos hacemos en su momento con un verdadero sentido de utilidad cristiana que nos lleven a la misma caridad y santidad.

“Esperar confiados”

“Esperar confiados”

Lucas 10, 21-24 

En aquel tiempo, lleno de la alegría del Espíritu. Santo, exclamó Jesús: —«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.» Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: —«¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.» 

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Una de las situaciones que más nos quitan la paz, es el cansancio que suele llegar cuando las rutinas y los problemas asedian, impactando aún más si estamos débiles y vulnerables espiritualmente. 

Como consecuencia perdemos la confianza y dudamos de la acción de Dios en nuestras vidas, sobre todo gracias a nuestros miedos e inseguridades presentes y a veces arraigadas en nuestro pasado, concluyendo que Dios nos tiene abandonados alimentando la desesperanza.

Pero precisamente se nos motiva en este tiempo de Adviento a reavivar y fortalecer la fe, a saber esperar, a superar todas las situaciones de desánimo y a alimentarnos vivamente de esas promesas hechas de cambio, para en su momento hacerlas reales.

Es por ello que se nos invita a alejar el pesimismo y las esperas infructuosas inmediatistas del aquí y el ahora, ya que es una virtud saber esperar y más aún si la espera es engalanada con la confianza, porque no vemos lo que realmente tenemos y deseamos lo que no podemos al momento.

¿Más cuántos desearon vivir y estar en donde tú lo haces hoy y no pudieron?; hay que saber ser agradecidos porque en peor situación podrías estar, u otros lo están. Hay que esperar confiados, porque eso nos da la tranquilidad de recibir en su momento lo que necesitamos, y más cuando se trata de la gracia y la salvación.

“Qué es el adviento”

“Qué es el adviento”

Mateo 24, 37-44 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del Hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre. 

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El Adviento es el comienzo del Año Litúrgico, empieza el domingo más próximo al 30 de noviembre y termina el 24 de diciembre. Son los cuatro domingos anteriores a la Navidad y forma una unidad con la Navidad y la Epifanía.

El término “Adviento” viene del latín adventus, que significa venida, llegada. El color usado en la liturgia de la Iglesia durante este tiempo es el morado. Con el Adviento comienza un nuevo año litúrgico en la Iglesia.

El sentido del Adviento es avivar en los creyentes la espera del Señor.

Se puede hablar de dos partes del Adviento:

Primera Parte

Desde el primer domingo al día 16 de diciembre, con marcado carácter escatológico, mirando a la venida del Señor al final de los tiempos;

Segunda Parte

Desde el 17 de diciembre al 24 de diciembre, es la llamada “Semana Santa” de la Navidad, y se orienta a preparar más explícitamente la venida de Jesucristo en las historia, la Navidad.

Las lecturas bíblicas de este tiempo de Adviento están tomadas sobre todo del profeta Isaías (primera lectura), también se recogen los pasajes más proféticos del Antiguo Testamento señalando la llegada del Mesías. Isaías, Juan Bautista y María de Nazaret son los modelos de creyentes que la Iglesias ofrece a los fieles para preparar la venida del Señor Jesús.

Fuente: Aciprensa.com

“Prepararnos en la esperanza”

“Prepararnos en la esperanza”

Lucas: 21, 5-19

En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.


Entonces le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?”. Él les respondió: “Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.


Luego les dijo: “Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles.


Pero antes de todo esto los perseguirán y los apresarán, los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Con esto ustedes darán testimonio de mí.


Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes.
Los traicionarán hasta sus propios padres, hermanos, parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes, y todos los odiarán por causa mía. Sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”.

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Al llegar el penúltimo domingo del año litúrgico, se nos hace la propia invitación a estar a atentos y tener cuidado de la preparación que en el campo de la gracia debemos tener. No se trata de un amenazar para indagar el miedo y por consecuencia buscar la salvación que Dios brinda por temor a perdernos en la condenación y muerte eterna.

Se trata de vivir de manera actual la gracia de Dios y vivir la propia salvación como un estado natural en el aquí y el ahora, por lo que surge de ello la premisa de estar preparados en todo momento sin amenazas, previendo en salud nuestra salvación. 

Se nos invita a sin temores vivir en la esperanza serena y tranquila para que no llegue a sorprendernos con la amenaza del engaño, sobre todo aquellos que infunden el miedo haciéndose pasar por falsos profetas e incluso por el medías, con la intención de dividir y aprovecharse de la situación y la vulnerabilidad de los más débiles.

El mensaje es claro, hay que prepararnos en la esperanza, sin miedo y sin prisa, todo tan natural, como natural procede la vida.

“De donde menos esperamos”

“De donde menos esperamos”

Lucas: 13, 22-30

En aquel tiempo, Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos, mientras se encaminaba a Jerusalén. Alguien le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”
Jesús le respondió: “Esfuércense en entrar por la puerta, que es angosta, pues yo les aseguro que muchos tratarán de entrar y no podrán. Cuando el dueño de la casa se levante de la mesa y cierre la puerta, ustedes se quedarán afuera y se pondrán a tocar la puerta, diciendo: ‘¡Señor, ábrenos!’ Pero él les responderá: ‘No sé quiénes son ustedes’.

Entonces le dirán con insistencia: ‘Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas’. Pero él replicará: ‘Yo les aseguro que no sé quiénes son ustedes.

Apártense de mí, todos ustedes los que hacen el mal’. Entonces llorarán ustedes y se desesperarán, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes se vean echados fuera. Vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios. Pues los que ahora son los últimos, serán los primeros; y los que ahora son los primeros, serán los últimos”.

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Una de las afirmaciones que tenemos en la fe, es que precisamente ésta nace y se desarrolla en el seno de la propia familia, ya que los primeros evangelizadores son los padres al enseñarnos desde pequeños a orar y a llamar a Dios “Padre”.

Por lo general esperamos que los preceptos y consejos de fe nos lleguen por el organismo oficial que es la Iglesia o nuestra comunidad eclesiástica, pero acontece que con el pasar del tiempo parece que nos vamos haciendo repelentes a la propia familia y comunidad, con la premisa de que afirmamos conocerlos y ya no les creemos.

Sin embargo Dios provee en el momento justo e indicado aquello que nos falta para que nuestra fe no venga a menos y, aunque no lo creamos, a veces nos llega de donde menos lo esperamos y de quienes menos pensamos. Como el mismo pueblo de Israel, que esperaba la salvación al interno, pero fueron tantas sus expectativas y tal altas, que cuando llegó no lo reconocieron por la humildad y sencillez con que se presentó Jesús el Salvador, por eso, a ellos inclusive les llegó de donde menos lo esperaban.

Al igual nosotros esperamos que algo extraordinario ocurra para poder ceder en el ámbito de la confianza en la fe, pero no va a llegar por donde lo esperas porque sería recibir algo que quiero ver se haga a nuestro muy particular gusto y en eso lo que obra no es la fe, sino la razón que desea ser saciada, olvidando que la fe sacia la razón y la supera.

Por ello la misericordia de Dios es tan basta y generosa que nunca deja de sorprendernos, sobre todo en donde menos lo esperamos, no de los tuyos, sino ya sea de oriente o de occidente, como lo afirma el Señor porque dondequiera esparce su gracia y amor.

“Cuando olvidamos el cielo…”

“Cuando olvidamos el cielo…”

Juan: 11, 19-27

En aquel tiempo, muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano Lázaro. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”.
Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?”. Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

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Casi siempre el dolor, sobre todo cuando es intenso, no solamente el físico, sino el moral, suele dominar o no según nuestra débil humanidad ó la fortaleza espiritual que al momento hayamos cultivado delicadamente a través del trato con Dios y el ejercicio de una vida activa en los valores espirituales que son totalmente naturales a nuestro ser, pero ejercitados y fuertes.

El dolor de súbito ciega y entorpece la mente, sobre todo ante la pérdida de un ser querido, donde cíclicamente nos enrolamos, y aunque la verdad de la fe sea muy clara y explícita, rondamos sobre los eternos porqués, inmersos en el sufrimiento mental sin poder vislumbrar la respuesta, aunque ésta esté frente a nosotros.

Aquí es donde la fe resuelve todos los enigmas y restaura esa paz perdida, pero necesita de tu atención y el descarte de la fijación en la conciencia de lo que no hicimos por aquellos que se nos han adelantado.

El verdadero problema radica en que olvidamos el cielo y nos anclamos a la tierra, donde queremos que todo siga tan ordinario como rueda el mundo. No pierdas la mirada vertical, mira hacia el cielo, recuerda que es tan natural la despedida y tan digna, como digna fue la bienvenida en el nacimiento, ya que no daremos un ‘adiós’ total y definitivo, sino un ‘hasta luego’ confiado y lleno de esperanza,

Por el hecho mismo de saber que la muerte fue vencida, que se nos ha devuelto la gracia, que la vida vuelve a ser eterna, y que allá nos veremos, no veinte, ni tres o ciento cincuenta años, sino una eternidad en felicidad, ya libres de las ataduras que conllevan la lógica de este mundo. 

No olvides recordar, vivir y sobre todo experimentar ya el cielo desde esta tierra, prenda temporal y parcial de la que será eterna en felicidad, con un cuerpo glorioso y resucitado al modelo de Cristo, como lo afirmamos en el credo.

“Esperar al Defensor”

“Esperar al Defensor”

Juan 15,26–16,4a

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Os he hablado de esto, para que no tambaleéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho.»

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En un mundo donde se nos ha invadido con la idea de super héroes, hadas, magia y hasta brujería, ya todo problema deseamos que lo resuelva un super héroe ó se solucione por arte de magia, sin hacer ninguna intervención personal para no molestarnos ni fatigarnos.

Sin embargo olvidamos que Dios nos ha otorgado todas las capacidades y dones para poder hacerlo desde nuestra propia iniciativa. Aquí es donde debemos de saber esperar al verdadero defensor, es decir, al Espíritu Santo, que nos llena de todas las gracias, su paz, su inteligencia, su sabiduría y su fortaleza que nos acompaña siempre ante cualquier contingencia.

Pero cuando lo desconocemos, claro que vemos nuestra vulnerabilidad y ante la impotencia de vernos solos y no conocer al amor del Padre, confundimos las cosas y hasta pensamos que dando muerte se le agrada a Dios, ideas compulsivas, totalmente desviadas y enfermas que necesitan la luz que da su Santo Espíritu. 

Todo lo podemos con su santa ayuda, por ello, conscientes de que se nos envía el Consolador, el Paráclito, el Defensor, hay que disponernos a recibirlo. Se dispone con oración, actitud abierta y receptiva a los dones de Dios. Pídelo aunque no lo necesites ahora, porque la fortaleza se necesita siempre y su sabiduría no se diga, esa a cada momento.

“Viernes de La Pasión de Cristo”

“Viernes de La Pasión de Cristo”

PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEGÚN SAN JUAN 18, 1-19, 42

Puede elegirse la lectura breve por razones pastorales*

Cuando la lectura se hace alternada:

C = Cronista; S = “Sinagoga”; y † = Cristo

C. En aquel tiempo, Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos.
Entonces Judas tomó un batallón de soldados y guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos y entró en el huerto con linternas, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que iba a suceder, se adelantó y les dijo:
†. “¿A quién buscan?”
C. Le contestaron: “
S. A Jesús, el nazareno”.
C. Les dijo Jesús:
†. “Yo soy”.
C. Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles ‘Yo soy’, retrocedieron y cayeron a tierra. Jesús les volvió a preguntar:
†. “¿A quién buscan?”
C. Ellos dijeron:
S. “A Jesús, el nazareno”.
C. Jesús contestó:
†. “Les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan”.
C. Así se cumplió lo que Jesús había dicho: “No he perdido a ninguno de los que me diste”.
Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
“Mete la espada en la vaina. ¿No voy a beber el cáliz que me ha dado mi Padre?”
C. El batallón, su comandante y los criados de los judíos apresaron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año. Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: ‘Conviene que muera un solo hombre por el pueblo’.
Simón Pedro y otro discípulo iban siguiendo a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló con la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro:
S.”¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?”
C. Él dijo:
S. “No lo soy”.
C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le contestó:
†. “Yo he hablado abiertamente al mundo y he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, sobre lo que les he hablado. Ellos saben lo que he dicho”.
C. Apenas dijo esto, uno de los guardias le dio una bofetada a Jesús, diciéndole:
S. “¿Así contestas al sumo sacerdote?”
C. Jesús le respondió:
†. “Si he faltado al hablar, demuestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?”
C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, el sumo sacerdote. Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron:
S. ¿`.No eres tú también uno de sus discípulos?”
C. Él lo negó diciendo:
S. “No lo soy”.
C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le había cortado la oreja, le dijo: “
S. ¿Qué no te vi yo con él en el huerto?”
Pedro volvió a negarlo y en seguida cantó un gallo. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era C. muy de mañana y ellos no entraron en el palacio para no incurrir en impureza y poder así comer la cena de Pascua.
Salió entonces Pilato a donde estaban ellos y les dijo:
S. ¿De qué acusan a este hombre?”
C. Le contestaron:
S. “Si éste no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos traído”.
C. Pilato les dijo:
S. “Pues llévenselo y júzguenlo según su ley”.
C. Los judíos le respondieron:
S. “No estamos autorizados para dar muerte a nadie”.
C. Así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.
Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
S. “¿Eres tú el rey de los judíos?”
C. Jesús le contestó:
†”¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?”
C. Pilato le respondió:
S. “¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?”
C. Jesús le contestó:
†”Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí”.
C. Pilato le dijo:
S. “¿Conque tú eres rey?”
C. Jesús le contestó:
†”Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”.
C. Pilato le dijo:
S. “¿Y qué es la verdad?”
C. Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo:
S. “No encuentro en él ninguna culpa. Entre ustedes es costumbre que por Pascua ponga en libertad a un preso. ¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?”
C. Pero todos ellos gritaron:
S. “¡No, a ése no! ¡A Barrabás!”
C. (El tal Barrabás era un bandido).
Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, le echaron encima un manto color púrpura, y acercándose a él, le decían:
S. Viva el rey de los judíos!”,
C. y le daban de bofetadas.
Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
S. “Aquí lo traigo para que sepan que no encuentro en él ninguna culpa”.
C. Salió, pues, Jesús, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
S. “Aquí está el hombre”.
C. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y sus servidores, gritaron:
S. “¡Crucifícalo, crucifícalo!”
C. Pilato les dijo:
S. “Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro culpa en él”.
C. Los judíos le contestaron:
S. “Nosotros tenemos una ley y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios”.
C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más, y entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús:
S. “¿De dónde eres tú?”
C. Pero Jesús no le respondió. Pilato le dijo entonces:
S. “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?”
C. Jesús le contestó:
†. “No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor”.
C. Desde ese momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
S. “¡Si sueltas a ése, no eres amigo del César!; porque todo el que pretende ser rey, es enemigo del César”.
C. Al oír estas palabras, Pilato sacó a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman “el Enlosado” (en hebreo Gábbata). Era el día de la preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos:
S. “Aquí tienen a su rey”.
C. Ellos gritaron:
S. “¡Fuera, fuera! ¡Crucifícalo!”
C. Pilato les dijo:
S. “¿A su rey voy a crucificar?”
C. Contestaron los sumos sacerdotes:
S. “No tenemos más rey que el César”.
C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús y él, cargando con la cruz, se dirigió hacia el sitio llamado “la Calavera” (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron, y con él a otros dos, uno de cada lado, y en medio Jesús. Pilato mandó escribir un letrero y ponerlo encima de la cruz; en él estaba escrito: ‘Jesús el nazareno, el rey de los judíos’. Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato:
S. “No escribas: ‘El rey de los judíos’, sino: ‘Este ha dicho: Soy rey de los judíos’”.
C. Pilato les contestó:
S. “Lo escrito, escrito está”.
C. Cuando crucificaron a Jesús, los soldados cogieron su ropa e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba a abajo. Por eso se dijeron:
S. “No la rasguemos, sino echemos suertes para ver a quién le toca”.
C. Así se cumplió lo que dice la Escritura: Se repartieron mi ropa y echaron a suerte mi túnica Y eso hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre:
†. “Mujer, ahí está tu hijo”.
C. Luego dijo al discípulo:
†. “Ahí está tu madre”.
C. Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él.
Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo:
†. “Tengo sed”.
C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús probó el vinagre y dijo:
†. “Todo está cumplido”,
C. e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Aquí se arrodillan todos y se hace una breve pausa
C. Entonces, los judíos, como era el día de la preparación de la Pascua, para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día muy solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran de la cruz. Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno y luego al otro de los que habían sido crucificados con él. Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza e inmediatamente salió sangre y agua.
El que vio da testimonio de esto y su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera lo que dice la Escritura: No le quebrarán ningún hueso; y en otro lugar la Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que lo dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mezcla de mirra y áloe.
Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con esos aromas, según se acostumbra enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo, donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la preparación de la Pascua y el sepulcro estaba cerca, allí pusieron a Jesús.

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La narración de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo habla por sí sola, de tal manera que no requiere de explicación alguna, simplemente hay que considerar el grado del amor que tuvo Jesús para donarse de esa manera por ti, y por otro lado el nivel de maldad al que el ser humano puede tan bajamente caer, de asesinar al propio hijo de Dios.

Se recomienda la meditación personal.

“…No sea que te vaya a suceder algo peor”

“…No sea que te vaya a suceder algo peor”

Juan: 5, 1-3. 5-16

Era un día de fiesta para los judíos, cuando Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las Ovejas, una piscina llamada Betesdá, en hebreo, con cinco pórticos, bajo los cuales yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. Entre ellos estaba un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Al verlo ahí tendido y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo en tal estado, Jesús le dijo: “¿Quieres curarte?” Le respondió el enfermo: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. Cuando logro llegar, ya otro ha bajado antes que yo”. Jesús le dijo: “Levántate, toma tu camilla y anda”. Al momento el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.
Aquel día era sábado. Por eso los judíos le dijeron al que había sido curado: “No te es lícito cargar tu camilla”. Pero él contestó: “El que me curó me dijo: ‘Toma tu camilla y anda’ “. Ellos le preguntaron: “¿Quién es el que te dijo: ‘Toma tu camilla y anda’?” Pero el que había sido curado no lo sabía, porque Jesús había desaparecido entre la muchedumbre. Más tarde lo encontró Jesús en el templo y le dijo: “Mira, ya quedaste sano. No peques más, no sea que te vaya a suceder algo peor”. Aquel hombre fue y les contó a los judíos que el que lo había curado era Jesús. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

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Las advertencias de los evangelios, y sobre todo aquellas de las que hace mención Jesús, no son una amenaza y mucho menos una maldición, sino una sabia palabra de quien conoce las consecuencias de las faltas que pudiésemos cometer, ya que independientemente de dañara a Dios, nos afecta a nosotros como un auto sabotaje que nos infringimos.

El hecho de que hayamos superado una prueba o alguna tentación, no es garantía de que en el futuro no volvamos a caer, porque la cuestión radica en que las recaídas son peores, pegan con más ganas y los estragos son peores.

Es por ello que se nos invita a vivir en sobriedad de no pecar con aquello que solemos repetir cíclica y constantemente como una adicción, porque entonces se recrudece nuestra voluntad y empeoramos de manera empecinada porque nuestro ego enfermo constantemente nos reclama a pecar.

De tal manera que si realmente quieres curarte, no frecuentes lo que te enferma, ya que las dosis aisladas de salud no son suficiente, si quieres curarte hay que cortar de tajo con las codependencias, ya sean personas, romances y cosas a las que nos apegamos.

La salud está al alcance de la mano, y el resto, si tú quieres, depende de ti, porque si no te cuidas, no sea que te vaya a suceder algo peor…

“…No me toca a mí concederlo…”

“…No me toca a mí concederlo…”

Mateo: 20, 17-28

En aquel tiempo, mientras iba de camino a Jerusalén, Jesús llamó aparte a los Doce y les dijo: “Ya vamos camino de Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; pero al tercer día, resucitará”.
Entonces se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo, junto con ellos, y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: “¿Qué deseas?” Ella respondió: “Concédeme que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Reino”. Pero Jesús replicó: “No saben ustedes lo que piden. ¿Podrán beber el cáliz que yo he de beber?” Ellos contestaron: “Sí podemos”. Y él les dijo: “Beberán mi cáliz; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quien mi Padre lo tiene reservado”.
Al oír aquello, los otros diez discípulos se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: “Ya saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Que no sea así entre ustedes. El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo; así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos”.

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Continuamos con la búsqueda del aparecer, como una tentación que pretende ofrecernos dicha postura con una felicidad plena, pero que en realidad resulta en una estafa, porque no deja de ser una alegría ficticia que se auto promueve como lo mejor sin serlo en la realidad misma.

Por ello se busca a los que en apariencia pueden brindar dicha felicidad y dicho poder, haciendo hasta lo imposible por tratar de pertenecer a esos círculos de manipulación de la felicidad efímera y pasajera.

Es un hecho que Jesús puede otorgarnos una felicidad total y plena, pero no la brinda de manera mágica, como un milagro que te cambia la vida de la noche a la mañana, de hecho el mismo Jesús lo dice: “no me toca a mí concederlo”, teniendo toda la razón al afirmarlo.

Y es que confirma la realidad en la que Dios concede todos los medios para obtener la plena felicidad, pero esa no viene de afuera, sino que debe de ser asimilada y ejecutada desde nuestro interior, de tal manera que ese lugar y esa felicidad tú mismo, con todas las herramientas la hagas eficaz y llegues por tus propios méritos a obtenerla, porque aprovechaste lo que Dios te dio.

Es por ello que a Jesús no le toca otorgarla ni dar puestos, Dios a todos los invita y propone los medios eficaces para llegar esos lugares y a la felicidad, además de que te ayuda a lograrla, pero es tu deber cuidarla y cultivarla como un mérito personal que confirma la misma gracia y felicidad de Dios porque te permitió adquirirla y llegar a ella en un nivel cada vez mayor, con la consigna de que vayas aceptando aún más el amor de Dios, que lo implica como elemento base y fundamental para cualquier realización que planees.