“Nuestra Señora de los Dolores”

Juan 19, 25-27

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre: «Mujer, ahí está tu hijo».

Luego dijo al discípulo: «Ahí está tu madre».

Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él.

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Bajo el título de la Virgen de la Soledad o de los Dolores se venera a María en muchos lugares, 15 de septiembre

Por: Tere Fernández

Memoria

Memoria de Nuestra Señora de los Dolores, que de pie junto a la cruz de Jesús, su Hijo, estuvo íntima y fielmente asociada a su pasión salvadora. Fue la nueva Eva, que por su admirable obediencia contribuyó a la vida, al contrario de lo que hizo la primera mujer, que por su desobediencia trajo la muerte.

Los Evangelios muestran a la Virgen Santísima presente, con inmenso amor y dolor de Madre, junto a la cruz en el momento de la muerte redentora de su Hijo, uniéndose a sus padecimientos y mereciendo por ello el título de Corredentora.

La representación pictórica e iconográfica de la Virgen Dolorosa mueve el corazón de los creyentes a justipreciar el valor de la redención y a descubrir mejor la malicia del pecado.

Bajo el título de la Virgen de la Soledad o de los Dolores se venera a María en muchos lugares.

Un poco de historia

Bajo el título de la Virgen de la Soledad o de los Dolores se venera a María en muchos lugares. La fiesta de nuestra Señora de los Dolores se celebra el 15 de septiembre y recordamos en ella los sufrimientos por los que pasó María a lo largo de su vida, por haber aceptado ser la Madre del Salvador.

Este día se acompaña a María en su experiencia de un muy profundo dolor, el dolor de una madre que ve a su amado Hijo incomprendido, acusado, abandonado por los temerosos apóstoles, flagelado por los soldados romanos, coronado con espinas, escupido, abofeteado, caminando descalzo debajo de un madero astilloso y muy pesado hacia el monte Calvario, donde finalmente presenció la agonía de su muerte en una cruz, clavado de pies y manos.

María saca su fortaleza de la oración y de la confianza en que la Voluntad de Dios es lo mejor para nosotros, aunque nosotros no la comprendamos.

Es Ella quien, con su compañía, su fortaleza y su fe, nos da fuerza en los momentos de dolor, en los sufrimientos diarios. Pidámosle la gracia de sufrir unidos a Jesucristo, en nuestro corazón, para así unir los sacrificios de nuestra vida a los de Ella y comprender que, en el dolor, somos más parecidos a Cristo y somos capaces de amarlo con mayor intensidad.

¿Que nos enseña la Virgen de los Dolores?

La imagen de la Virgen Dolorosa nos enseña a tener fortaleza ante los sufrimientos de la vida. Encontremos en Ella una compañía y una fuerza para dar sentido a los propios sufri-mientos.

Cuida tu fe:

Algunos te dirán que Dios no es bueno porque permite el dolor y el sufrimiento en las personas. El sufrimiento humano es parte de la naturaleza del hombre, es algo inevitable en la vida, y Jesús nos ha enseñado, con su propio sufrimiento, que el dolor tiene valor de salvación. Lo importante es el sentido que nosotros le demos.

Debemos ser fuertes ante el dolor y ofrecerlo a Dios por la salvación de las almas. De este modo podremos convertir el sufrimiento en sacrificio (sacrum-facere = hacer algo sagrado). Esto nos ayudará a amar más a Dios y, además, llevaremos a muchas almas al Cielo, uniendo nuestro sacrificio al de Cristo.

Oración: 

María, tú que has pasado por un dolor tan grande y un sufrimiento tan profundo, ayúdanos a seguir tu ejemplo ante las dificultades de nuestra propia vida.

Tomado de Catholic.net

“Proyecto secreto”

“Proyecto secreto”

Mateo: 11, 25-27

En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien. El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

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Pareciese que los planes de Dios son misteriosos, ocultos y secretos, que son insondables y que no vale la pena indagarlos ya que resultaría vano hacerlo; pero no es así.

El hecho mismo de que sólo sea revelado a aquellos “a quien el Hijo se lo quiera revelar”, no está en el rubro de la exclusividad, o de la privacidad ultra secreta, para nada, se refiere a que esa gracia, implica una disposición de abrirse a poder ver el gran misterio y gracia de Dios, no es tan sólo una actitud intelectual, sino una actitud de vida, donde aquellos que sostienen su confianza en el Señor, Dios les hace partícipes de sus planes porque entonces así los comprenderán desde el origen de la creación que fue hecha en el amor.

Pero si tan sólo usamos la fría inteligencia, nos quedamos cortos porque su verdad va implícita con la moción transformadora y santificadora de su Palabra, que llena de vida, paz y fortalece los dones haciéndolos crecer.

Es por ello, que quien tan sólo pretende razonar al respecto, no entenderá; es más profundo el conocimiento de Dios, siendo entendido erróneamente como un proyecto secreto, cuando en realidad más claro y abierto no puede ser, pero quienes cierran su ser a dicha plenificación, cierran su participación al don de ciencia y sabiduría que hace comprensible lo divino y con mayor razón la creación material.

“Cuando se tiene fe y confianza”

“Cuando se tiene fe y confianza”

Mateo: 9, 18-26

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se le acercó un jefe de la sinagoga, se postró ante Él y le dijo: “Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir”.

Jesús se levantó y lo siguió, acompañado de sus discípulos. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orilla del manto, pues pensaba: “Con sólo tocar su manto, me curaré”. Jesús, volviéndose, la miró y le dijo: “Hija, ten confianza; tu fe te ha curado”. Y en aquel mismo instante quedó curada la mujer.

Cuando llegó a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús a los flautistas, y el tumulto de la gente y les dijo: “Retírense de aquí. La niña no está muerta; está dormida”. Y todos se burlaron de Él. En cuanto hicieron salir a la gente, entró Jesús, tomó a la niña de la mano y ésta se levantó. La noticia se difundió por toda aquella región.

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No cabe duda que la fe hace maravillas en nuestras vidas tanto en la bonanza como en la escasez, y es que a veces nos quedamos con el estereotipo de que con fe todo lo que se pide será como nosotros deseamos, de hecho así aparenta ser en las peticiones que a Jesús le hacen en medio de sus propias necesidades.

No dudo que el milagro se reciba de igual manera, pero en muy variadas ocasiones, puede hacerse presente con una metodología que no esperamos, y es que el milagro va a acompañado no solamente del hecho externo, como en este caso es la curación del ser amado o de uno mismo.

Sino que el milagro es más completo, es decir, inicia por sanar nuestra mente, hábitos, juicios, y la manera de percibir el mundo y a los hermanos, nos da una visión más completa de la realidad, donde entenderemos que no precisamente llegará la sanación como la esperamos, pero que sí transformará el entorno y nuestra vida, sabiendo que el dolor, incluso la muerte, es parte del proceso para mejorar todo un entorno.

Pero si nos asentamos en el dolor y desde esa moción pedimos el milagro y lo esperamos, no veremos toda su acción y estaremos cerrados al verdadero milagro en el que Dios quiere obrar y transformar ese dolor en alegría, desde el fondo de nuestro corazón. 

Es ahí donde entra toda la fe, pero también la confianza de que Dios obrará, pero hay que saber ver cómo y por dónde vendrá, pero sin paz es imposible por la necedad de obtener con letras y comas lo que pedimos.

“Una alegría especial”

“Una alegría especial”

Mateo: 5, 1-12

En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó.

Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles y les dijo:

“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos los que lloran, porque serán consolados.

Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. 

Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. 

Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía.

Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos, puesto que de la misma manera persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes”.

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Es un tanto perturbador el hecho, de que hoy más que nunca se pretende obtener la felicidad por medio del tener abundancia de bienes materiales, como ultimo y único objetivo, ofreciendo toda opción de compra como la máxima felicidad a la que podemos aspirar, que ciertamente se disfruta, pero que nunca sacia, porque vuelve la sed de obtener hasta convertirnos en compradores compulsivos sin retorno a la sobriedad, y que al final ese es el plan de quien ofrece y vende para mantener cautiva a la clientela y garantizar sus ingresos.

No descarto la alegría del comprar en su momento, pero de igual manera no olvidemos que Dios nos ha dado la capacidad de ser felices con menos y sin dificultad porque existen gozos, alegrías y dichas que llegan con lo más simple que podamos imaginar.

Además de que falta reconocer que tenemos la capacidad de cambiar el entorno, aquella que por más negativa sea una situación de vida, podemos ver la misma que el mundo remarca como crisis, y transformarla en una alegría y un paso para crecer aún más en experiencia, paciencia y santidad.

Dones que vienen de Dios y que dan la dicha precisamente ahí, donde el mundo no la puede dar, porque no posee las herramientas para manejar y transformar lo adverso en un alegría especial, aquella que no depende del qué dirán, ni de la imagen que pretendemos dar a los demás, sino que proviene de una realidad basada en una verdad que aunque adversa, como verdad misma, se puede arrancar de esa plataforma pisando en firme para crecer al siguiente nivel, sin engaños, fantasías ni mentiras.

Es por ello, que permaneciendo libre y voluntariamente cerca del Señor, el nos da esa alegría especial sin importar la situación, demostrándonos que podemos eso y más.

“Saber esperar”

“Saber esperar”

Juan: 16, 20-23

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Les aseguro que ustedes llorarán y se entristecerán, mientras el mundo se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría.

Cuando una mujer va a dar a luz, se angustia, porque le ha llegado la hora; pero una vez que ha dado a luz, ya no se acuerda de su angustia, por la alegría de haber traído un hombre al mundo. Así también ahora ustedes están tristes, pero yo los volveré a ver, se alegrará su corazón y nadie podrá quitarles su alegría. Aquel día no me preguntarán nada”.

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Es un hecho muy común el que cuando estamos cansados y desesperados, solemos colgarnos de actitudes por medio de las cuales desencadenamos nuestras frustraciones y por lo general se canalizan por nuestras debilidades, como el enojarnos, llorar, entristecernos entre otras más, según nuestra moción se manifieste.

Cuando no sabemos esperar nos prendemos de todo ello, mas por el contrario, Jesús nos invita a la paciencia, aquella que en su momento rinde frutos además de templar y fortalecer nuestra alma y corazón para saber manejar esas situaciones incómodas, paciencia que combinada con los demás dones de la sabiduría, la fe, la inteligencia y otros más según sea el caso, sacamos el mejor provecho para propio bien o de la comunidad.

Espera que no permite el arrebato de las emociones con las que podemos dañarnos o decidir precipitadamente soluciones inmediatas que no corrigen el problema. La espera es un don que precisamente como su nombre lo dice, lleva a la esperanza que con toda confianza conoce el buen fin al que se pretende llegar.

Es por ello que en medio de este mundo inmediatista, que todo lo quiere al instante, sepamos esperar y elegir lo mejor, cualquiera que sea el caso.

“La maternidad en el plan de Dios”

“La maternidad en el plan de Dios”

Juan: 12, 44-50

En aquel tiempo, exclamó Jesús con fuerte voz: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas.

Si alguno oye mis palabras y no las pone en práctica, yo no lo voy a condenar; porque no he venido al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.

El que me rechaza y no acepta mis palabras, tiene ya quien lo condene: las palabras que yo he hablado lo condenarán en el último día. Porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que mi Padre, que me envió, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar. Y yo sé que su mandamiento es vida eterna. Así, pues, lo que hablo, lo digo como el Padre me lo ha dicho”.

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Hoy celebramos en nuestro país el día de las madres, fiesta que remarcamos con suma importancia por honrar en especial a aquellas mujeres que decidieron colaborar en el plan de Dios, participando de la creación en corresponsabilidad con el Creador.

Dios respeta el mismo don que ha regalado tanto de la paternidad como de la maternidad, ya que a su Unico Hijo, no lo envío en medio de un terremoto surgiendo de las entrañas de la tierra, ni fue lanzado en medio de un rayo, tampoco cayó del cielo, ni fue traído por una corte celestial de ángeles y depositado en tres nosotros. Nació de Mujer.

Es por ello que hoy, en este día especial, remarco ese magnífico don y pido siga bendiciendo a todas aquellas bellas mujeres que le han dicho sí al Señor como María, aquellas que han dicho sí al don de la vida, aquellas que se han donado generosamente al dar de sí tanto su ser, como su tiempo y amor por aquellos que les han sido encomendados en filiación.

Mil Gracias por ser madres. Elevo al creador una oración por todas ustedes solicitando las gracias necesarias para la etapa de vida que estén llevando con sus hijos. Felicidades y bendiciones.

“Cuando la vida llama”

Cuando la vida llama”

Juan 11,3-7.17.20-27.33b-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»

Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.

Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. 

Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»

Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»

Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»

Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»

Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»

Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»

Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»

Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.

Dice Jesús: «Quitad la losa.»

Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»

Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»

Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. 

Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

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No es nada raro que de manera ordinaria enfaticemos la muerte, ya sea por el respeto o el temor que se le tiene, y es que el miedo instintivo y natural hace que tanto para negarla como para afirmarla, la tengamos muy presente.

Cuando llega a extremos incluso se le denigra formando una cultura que le da culto y que mira siempre como única opción a ir muriendo lentamente pero en medio de un pesimismo reflejado en la rebeldía de actitudes, posturas, ideologías y situaciones que hacen perder el sentido de la vida a tal grado de vivir sin respeto a la misma y de manera extrema porque no vale.

Por el contrario Jesús nos demuestra un Dios que ya desde el profeta Jeremías nos habla de la promesa de la vida, de la resurrección, de una vida eterna que vale desde el primer día que se nos otorga, a la que hay que tributarle respeto y amor, vida que Jesús es capaz de retomar en aquellos que ama y que lo demuestra con su amigo Lázaro, porque su interés no es en enfatizar la muerte o prepararnos para ella, sino por el contrario prepararnos para la vida, para la eternidad y para la resurrección.

Es por ello que la vida misma llama a la vida por naturaleza, remarcando que esa misma vida que se nos ha dado por medio de la biología, ahora es elevada al rango de la dignidad de la filiación, transformándonos por el bautismo no sólo en seres inteligentes, sino en hijos de un padre para quien todos viven y que nos ha regalado la vida eterna.

Nuestra vida llama a la vida eterna, falta que lo descubramos y no quedemos en el intento de vivirla encuadrada en un mundo material que es sólo un recipiente temporal y queriendo llenarla de los dones materiales, olvidando los espirituales, a los cuales pertenece nuestra esencia.

“Inicio y término con Dios”

“Inicio y término con Dios”

Juan 1, 1-18 

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: —«Este es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer. 

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Es justo que al término de un año civil, se nos incite a la generosidad y al agradecimiento por todos lo dones recibidos en el recuento de esos trescientos sesenta y cinco días. Al igual pedir mayor fortaleza para saber llevar las adversidades que pudieran habernos hecho daño, que bien encausadas nos dan una muy valiosa lección de vida y crecimiento, si es que no las alimentamos con odios y resentimientos propios y ajenos que no faltan.

El tiempo es relativo, lo que para nosotros es un año, para Dios es una oportunidad de ganarnos para su amor, ya que interviene en el tiempo para no perdernos e invitarnos a su gracia.

Es por ello que tanto iniciar, como terminar un año, todo redunda en santidad, y el mismo hijo de Dios, desde la eternidad atemporal, se nos presenta en el tiempo con una misión específica basada en el amor hacia nosotros, que es la redención.

Debemos recapitular nuestra vida, acrecentar los dones y extirpar los males, porque de ello dependerá el mañana inmediato y nuestra felicidad.

Por ello hago extensa la invitación al agradecimiento tanto al terminar como iniciar un nuevo ciclo en el tiempo les comparto la siguiente oración:

Señor, Dios, dueño del tiempo y de la eternidad, tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro.

Al terminar este año quiero darte gracias por todo aquello que recibí de TI.

Gracias por la vida y el amor, por las flores, el aire y el sol, por la alegría y el dolor, por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser.

Te ofrezco cuanto hice en este año, el trabajo que pude realizar y las cosas que pasaron por mis manos y lo que con ellas pude construir.

Te presento a las personas que a lo largo de estos meses amé, las amistades nuevas y los antiguos amores, los más cercanos a mí y los que estén más lejos, los que me dieron su mano y aquellos a los que pude ayudar, con los que compartí la vida, el trabajo, el dolor y la alegría.

Pero también, Señor hoy quiero pedirte perdón, perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por la palabra inútil y el amor desperdiciado.

Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho, y perdón por vivir sin entusiasmo.

También por la oración que poco a poco fui aplazando y que hasta ahora vengo a presentarte.

Por todos mis olvidos, descuidos y silencios nuevamente te pido perdón.

En los próximos días iniciaremos un nuevo año y detengo mi vida ante el nuevo calendario aún sin estrenar y te presento estos días que sólo TÚ sabes si llegaré a vivirlos.

Hoy te pido para mí y los míos la paz y la alegría, la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría.

Quiero vivir cada día con optimismo y bondad llevando a todas partes un corazón lleno de comprensión y paz.

Cierra Tú mis oídos a toda falsedad y mis labios a palabras mentirosas, egoístas, mordaces o hirientes.

Abre en cambio mi ser a todo lo que es bueno que mi espíritu se llene sólo de bendiciones y las derrame a mi paso.

DOCE CAMPANADAS

Para el nuevo año te ofrecemos doce frases, como doce campanadas:

1.Agradece el pasado como don de Dios.

2.Vive el presente con esperanzas y creatividad.

3.Di “sí” al paso de Dios por tu vida.

4.Confía, Dios te encomienda cosas grandes.

5.Valora lo pequeño, llegarás a lo grande.

6.Mira a la vida con sencillez y amor.

7.Ten buen humor, pase lo que pase.

8.Perdona y pide perdón.

9.Haz algo por el otro y serás feliz.

10.Atento, Dios te habla cada día.

11.Dios cuenta contigo.

12.Ama la vida, ama al mundo, ama a Dios.

QUE DIOS TE BENDIGA HOY Y SIEMPRE

Fuente Anónima

“Un Dios en medio de nosotros”

Un Dios en medio de nosotros”

Mateo 1, 18-24 

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: —«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel que significa “Dios-con-nosotros”.» Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer. 

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Una situación más real no puede ser apreciada como tal, y es que solemos idealizar las situaciones así como los contenidos de las sagradas escrituras como algo muy bonito, aunque en realidad lo es.

Pero en el ya cuarto y último domingo de Adviento, las promesas hechas desde antiguo, especialmente remarcadas por el profeta Isaías con el tema del Emmanuel, es decir el Dios con nosotros, que se hace presente y real, cumpliendo todas las expectativas bíblicas, precisamente en en el momento del Sí de María, Un Dios encarnado, un Dios que se hace presente en la misma situación que nosotros para sanarnos desde nuestra humanidad con su propia humanidad adquirida por amor.

Ya solamente esperamos que nazca porque se ha engendrado en María Santísima. Pero hay que remarcar que tanto la situación de Isaías como la de María no eran nada fáciles en su momento, se desarrollan en medio de una crisis.

Isaías es forzado por el rey a que le profetice como ganar la guerra, a lo cual responde: “No tentaré al Señor mi Dios” su misión no es dar tácticas de guerra, por lo que bajo presión anuncia que “una doncella concebirá y dará a luz un hijo, y será llamado Emmanuel, es decir, Dios con nosotros” Is 7,14. en vez de solucionar la guerra, anuncia una solución que será real de raíz y que traerá la paz duradera.

Con María, se enfrenta ante una crisis al estar embarazada sin estar unida  José, Caso que ameritaba la lapidación hasta la muerte, problema que enfrenta porque sabe que Dios está con ella y la sostendrá, José colabora en amor al plan de Dios después de estar oración donde en sueños se le da la respuesta.

En ambos caso situación de crisis, a lo cual nos revela que quitando todo lo poético, denotamos la realidad adversa, donde es más que evidente la presencia de Dios en medio de los problemas. Nunca alejado, del problema saca una solución excelente.

Ese es el Dios con nosotros, que no sólo está en las buenas, sino también el las malas y en todos momento.

“Alegría inminente”

“Alegría inminente”

Mateo 11, 2-11 

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: —«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Jesús les respondió: —«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!» Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: —«¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti.” Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.» 

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Iniciamos ya la tercer semana del tiempo de Adviento, la promesa del mesas está cada vez más cerca, ya no es una esperanza lejana, es un hecho que se nos presenta tras la puerta donde se anuncia que Jesús ya está presente en la persona de Juan el bautista, quien lo presenta como el Cordero de Dios, es decir aquel que viene a ofrecerse en oblación como pago por nuestras faltas para restaurar la santidad perdida.

Alegría que el mismo Jesús confirma al hacer notoria la misma labor precursora de Juan Bautista, quien es su carta de presentación, y lo hace porque puede quedar en un falso levantador de esperanzas. Con ello queda ratificada y cumplida su misión, poniendo en claro la evidencia del cumplimiento de la promesa de Salvación.

Es por ello que al acercarnos aún más al ya próximo nacimiento del Mesías, se nos invita a levantar los ánimos y la esperanza ante esa alegría inminente que brota del hecho real que Jesús está realmente cerca.

Los tiempos de Dios se cumplen, sus promesas ya son un hecho y la confianza debe afianzarse, no permitamos distraernos ya que el momento esperado es ya un hecho.