“Una alegría especial”

“Una alegría especial”

Mateo: 5, 1-12

En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó.

Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles y les dijo:

“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos los que lloran, porque serán consolados.

Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. 

Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. 

Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía.

Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos, puesto que de la misma manera persiguieron a los profetas que vivieron antes que ustedes”.

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Es un tanto perturbador el hecho, de que hoy más que nunca se pretende obtener la felicidad por medio del tener abundancia de bienes materiales, como ultimo y único objetivo, ofreciendo toda opción de compra como la máxima felicidad a la que podemos aspirar, que ciertamente se disfruta, pero que nunca sacia, porque vuelve la sed de obtener hasta convertirnos en compradores compulsivos sin retorno a la sobriedad, y que al final ese es el plan de quien ofrece y vende para mantener cautiva a la clientela y garantizar sus ingresos.

No descarto la alegría del comprar en su momento, pero de igual manera no olvidemos que Dios nos ha dado la capacidad de ser felices con menos y sin dificultad porque existen gozos, alegrías y dichas que llegan con lo más simple que podamos imaginar.

Además de que falta reconocer que tenemos la capacidad de cambiar el entorno, aquella que por más negativa sea una situación de vida, podemos ver la misma que el mundo remarca como crisis, y transformarla en una alegría y un paso para crecer aún más en experiencia, paciencia y santidad.

Dones que vienen de Dios y que dan la dicha precisamente ahí, donde el mundo no la puede dar, porque no posee las herramientas para manejar y transformar lo adverso en un alegría especial, aquella que no depende del qué dirán, ni de la imagen que pretendemos dar a los demás, sino que proviene de una realidad basada en una verdad que aunque adversa, como verdad misma, se puede arrancar de esa plataforma pisando en firme para crecer al siguiente nivel, sin engaños, fantasías ni mentiras.

Es por ello, que permaneciendo libre y voluntariamente cerca del Señor, el nos da esa alegría especial sin importar la situación, demostrándonos que podemos eso y más.

“Saber esperar”

“Saber esperar”

Juan: 16, 20-23

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Les aseguro que ustedes llorarán y se entristecerán, mientras el mundo se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría.

Cuando una mujer va a dar a luz, se angustia, porque le ha llegado la hora; pero una vez que ha dado a luz, ya no se acuerda de su angustia, por la alegría de haber traído un hombre al mundo. Así también ahora ustedes están tristes, pero yo los volveré a ver, se alegrará su corazón y nadie podrá quitarles su alegría. Aquel día no me preguntarán nada”.

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Es un hecho muy común el que cuando estamos cansados y desesperados, solemos colgarnos de actitudes por medio de las cuales desencadenamos nuestras frustraciones y por lo general se canalizan por nuestras debilidades, como el enojarnos, llorar, entristecernos entre otras más, según nuestra moción se manifieste.

Cuando no sabemos esperar nos prendemos de todo ello, mas por el contrario, Jesús nos invita a la paciencia, aquella que en su momento rinde frutos además de templar y fortalecer nuestra alma y corazón para saber manejar esas situaciones incómodas, paciencia que combinada con los demás dones de la sabiduría, la fe, la inteligencia y otros más según sea el caso, sacamos el mejor provecho para propio bien o de la comunidad.

Espera que no permite el arrebato de las emociones con las que podemos dañarnos o decidir precipitadamente soluciones inmediatas que no corrigen el problema. La espera es un don que precisamente como su nombre lo dice, lleva a la esperanza que con toda confianza conoce el buen fin al que se pretende llegar.

Es por ello que en medio de este mundo inmediatista, que todo lo quiere al instante, sepamos esperar y elegir lo mejor, cualquiera que sea el caso.

“La maternidad en el plan de Dios”

“La maternidad en el plan de Dios”

Juan: 12, 44-50

En aquel tiempo, exclamó Jesús con fuerte voz: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas.

Si alguno oye mis palabras y no las pone en práctica, yo no lo voy a condenar; porque no he venido al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.

El que me rechaza y no acepta mis palabras, tiene ya quien lo condene: las palabras que yo he hablado lo condenarán en el último día. Porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que mi Padre, que me envió, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar. Y yo sé que su mandamiento es vida eterna. Así, pues, lo que hablo, lo digo como el Padre me lo ha dicho”.

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Hoy celebramos en nuestro país el día de las madres, fiesta que remarcamos con suma importancia por honrar en especial a aquellas mujeres que decidieron colaborar en el plan de Dios, participando de la creación en corresponsabilidad con el Creador.

Dios respeta el mismo don que ha regalado tanto de la paternidad como de la maternidad, ya que a su Unico Hijo, no lo envío en medio de un terremoto surgiendo de las entrañas de la tierra, ni fue lanzado en medio de un rayo, tampoco cayó del cielo, ni fue traído por una corte celestial de ángeles y depositado en tres nosotros. Nació de Mujer.

Es por ello que hoy, en este día especial, remarco ese magnífico don y pido siga bendiciendo a todas aquellas bellas mujeres que le han dicho sí al Señor como María, aquellas que han dicho sí al don de la vida, aquellas que se han donado generosamente al dar de sí tanto su ser, como su tiempo y amor por aquellos que les han sido encomendados en filiación.

Mil Gracias por ser madres. Elevo al creador una oración por todas ustedes solicitando las gracias necesarias para la etapa de vida que estén llevando con sus hijos. Felicidades y bendiciones.

“Cuando la vida llama”

Cuando la vida llama”

Juan 11,3-7.17.20-27.33b-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»

Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.

Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. 

Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»

Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»

Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»

Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»

Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»

Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»

Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»

Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.

Dice Jesús: «Quitad la losa.»

Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»

Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»

Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. 

Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

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No es nada raro que de manera ordinaria enfaticemos la muerte, ya sea por el respeto o el temor que se le tiene, y es que el miedo instintivo y natural hace que tanto para negarla como para afirmarla, la tengamos muy presente.

Cuando llega a extremos incluso se le denigra formando una cultura que le da culto y que mira siempre como única opción a ir muriendo lentamente pero en medio de un pesimismo reflejado en la rebeldía de actitudes, posturas, ideologías y situaciones que hacen perder el sentido de la vida a tal grado de vivir sin respeto a la misma y de manera extrema porque no vale.

Por el contrario Jesús nos demuestra un Dios que ya desde el profeta Jeremías nos habla de la promesa de la vida, de la resurrección, de una vida eterna que vale desde el primer día que se nos otorga, a la que hay que tributarle respeto y amor, vida que Jesús es capaz de retomar en aquellos que ama y que lo demuestra con su amigo Lázaro, porque su interés no es en enfatizar la muerte o prepararnos para ella, sino por el contrario prepararnos para la vida, para la eternidad y para la resurrección.

Es por ello que la vida misma llama a la vida por naturaleza, remarcando que esa misma vida que se nos ha dado por medio de la biología, ahora es elevada al rango de la dignidad de la filiación, transformándonos por el bautismo no sólo en seres inteligentes, sino en hijos de un padre para quien todos viven y que nos ha regalado la vida eterna.

Nuestra vida llama a la vida eterna, falta que lo descubramos y no quedemos en el intento de vivirla encuadrada en un mundo material que es sólo un recipiente temporal y queriendo llenarla de los dones materiales, olvidando los espirituales, a los cuales pertenece nuestra esencia.

“Inicio y término con Dios”

“Inicio y término con Dios”

Juan 1, 1-18 

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: —«Este es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer. 

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Es justo que al término de un año civil, se nos incite a la generosidad y al agradecimiento por todos lo dones recibidos en el recuento de esos trescientos sesenta y cinco días. Al igual pedir mayor fortaleza para saber llevar las adversidades que pudieran habernos hecho daño, que bien encausadas nos dan una muy valiosa lección de vida y crecimiento, si es que no las alimentamos con odios y resentimientos propios y ajenos que no faltan.

El tiempo es relativo, lo que para nosotros es un año, para Dios es una oportunidad de ganarnos para su amor, ya que interviene en el tiempo para no perdernos e invitarnos a su gracia.

Es por ello que tanto iniciar, como terminar un año, todo redunda en santidad, y el mismo hijo de Dios, desde la eternidad atemporal, se nos presenta en el tiempo con una misión específica basada en el amor hacia nosotros, que es la redención.

Debemos recapitular nuestra vida, acrecentar los dones y extirpar los males, porque de ello dependerá el mañana inmediato y nuestra felicidad.

Por ello hago extensa la invitación al agradecimiento tanto al terminar como iniciar un nuevo ciclo en el tiempo les comparto la siguiente oración:

Señor, Dios, dueño del tiempo y de la eternidad, tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro.

Al terminar este año quiero darte gracias por todo aquello que recibí de TI.

Gracias por la vida y el amor, por las flores, el aire y el sol, por la alegría y el dolor, por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser.

Te ofrezco cuanto hice en este año, el trabajo que pude realizar y las cosas que pasaron por mis manos y lo que con ellas pude construir.

Te presento a las personas que a lo largo de estos meses amé, las amistades nuevas y los antiguos amores, los más cercanos a mí y los que estén más lejos, los que me dieron su mano y aquellos a los que pude ayudar, con los que compartí la vida, el trabajo, el dolor y la alegría.

Pero también, Señor hoy quiero pedirte perdón, perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por la palabra inútil y el amor desperdiciado.

Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho, y perdón por vivir sin entusiasmo.

También por la oración que poco a poco fui aplazando y que hasta ahora vengo a presentarte.

Por todos mis olvidos, descuidos y silencios nuevamente te pido perdón.

En los próximos días iniciaremos un nuevo año y detengo mi vida ante el nuevo calendario aún sin estrenar y te presento estos días que sólo TÚ sabes si llegaré a vivirlos.

Hoy te pido para mí y los míos la paz y la alegría, la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría.

Quiero vivir cada día con optimismo y bondad llevando a todas partes un corazón lleno de comprensión y paz.

Cierra Tú mis oídos a toda falsedad y mis labios a palabras mentirosas, egoístas, mordaces o hirientes.

Abre en cambio mi ser a todo lo que es bueno que mi espíritu se llene sólo de bendiciones y las derrame a mi paso.

DOCE CAMPANADAS

Para el nuevo año te ofrecemos doce frases, como doce campanadas:

1.Agradece el pasado como don de Dios.

2.Vive el presente con esperanzas y creatividad.

3.Di “sí” al paso de Dios por tu vida.

4.Confía, Dios te encomienda cosas grandes.

5.Valora lo pequeño, llegarás a lo grande.

6.Mira a la vida con sencillez y amor.

7.Ten buen humor, pase lo que pase.

8.Perdona y pide perdón.

9.Haz algo por el otro y serás feliz.

10.Atento, Dios te habla cada día.

11.Dios cuenta contigo.

12.Ama la vida, ama al mundo, ama a Dios.

QUE DIOS TE BENDIGA HOY Y SIEMPRE

Fuente Anónima

“Un Dios en medio de nosotros”

Un Dios en medio de nosotros”

Mateo 1, 18-24 

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: —«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel que significa “Dios-con-nosotros”.» Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer. 

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Una situación más real no puede ser apreciada como tal, y es que solemos idealizar las situaciones así como los contenidos de las sagradas escrituras como algo muy bonito, aunque en realidad lo es.

Pero en el ya cuarto y último domingo de Adviento, las promesas hechas desde antiguo, especialmente remarcadas por el profeta Isaías con el tema del Emmanuel, es decir el Dios con nosotros, que se hace presente y real, cumpliendo todas las expectativas bíblicas, precisamente en en el momento del Sí de María, Un Dios encarnado, un Dios que se hace presente en la misma situación que nosotros para sanarnos desde nuestra humanidad con su propia humanidad adquirida por amor.

Ya solamente esperamos que nazca porque se ha engendrado en María Santísima. Pero hay que remarcar que tanto la situación de Isaías como la de María no eran nada fáciles en su momento, se desarrollan en medio de una crisis.

Isaías es forzado por el rey a que le profetice como ganar la guerra, a lo cual responde: “No tentaré al Señor mi Dios” su misión no es dar tácticas de guerra, por lo que bajo presión anuncia que “una doncella concebirá y dará a luz un hijo, y será llamado Emmanuel, es decir, Dios con nosotros” Is 7,14. en vez de solucionar la guerra, anuncia una solución que será real de raíz y que traerá la paz duradera.

Con María, se enfrenta ante una crisis al estar embarazada sin estar unida  José, Caso que ameritaba la lapidación hasta la muerte, problema que enfrenta porque sabe que Dios está con ella y la sostendrá, José colabora en amor al plan de Dios después de estar oración donde en sueños se le da la respuesta.

En ambos caso situación de crisis, a lo cual nos revela que quitando todo lo poético, denotamos la realidad adversa, donde es más que evidente la presencia de Dios en medio de los problemas. Nunca alejado, del problema saca una solución excelente.

Ese es el Dios con nosotros, que no sólo está en las buenas, sino también el las malas y en todos momento.

“Alegría inminente”

“Alegría inminente”

Mateo 11, 2-11 

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: —«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Jesús les respondió: —«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!» Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: —«¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti.” Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.» 

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Iniciamos ya la tercer semana del tiempo de Adviento, la promesa del mesas está cada vez más cerca, ya no es una esperanza lejana, es un hecho que se nos presenta tras la puerta donde se anuncia que Jesús ya está presente en la persona de Juan el bautista, quien lo presenta como el Cordero de Dios, es decir aquel que viene a ofrecerse en oblación como pago por nuestras faltas para restaurar la santidad perdida.

Alegría que el mismo Jesús confirma al hacer notoria la misma labor precursora de Juan Bautista, quien es su carta de presentación, y lo hace porque puede quedar en un falso levantador de esperanzas. Con ello queda ratificada y cumplida su misión, poniendo en claro la evidencia del cumplimiento de la promesa de Salvación.

Es por ello que al acercarnos aún más al ya próximo nacimiento del Mesías, se nos invita a levantar los ánimos y la esperanza ante esa alegría inminente que brota del hecho real que Jesús está realmente cerca.

Los tiempos de Dios se cumplen, sus promesas ya son un hecho y la confianza debe afianzarse, no permitamos distraernos ya que el momento esperado es ya un hecho.

“Prepararnos en la esperanza”

“Prepararnos en la esperanza”

Lucas: 21, 5-19

En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.


Entonces le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?”. Él les respondió: “Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.


Luego les dijo: “Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles.


Pero antes de todo esto los perseguirán y los apresarán, los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Con esto ustedes darán testimonio de mí.


Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes.
Los traicionarán hasta sus propios padres, hermanos, parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes, y todos los odiarán por causa mía. Sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”.

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Al llegar el penúltimo domingo del año litúrgico, se nos hace la propia invitación a estar a atentos y tener cuidado de la preparación que en el campo de la gracia debemos tener. No se trata de un amenazar para indagar el miedo y por consecuencia buscar la salvación que Dios brinda por temor a perdernos en la condenación y muerte eterna.

Se trata de vivir de manera actual la gracia de Dios y vivir la propia salvación como un estado natural en el aquí y el ahora, por lo que surge de ello la premisa de estar preparados en todo momento sin amenazas, previendo en salud nuestra salvación. 

Se nos invita a sin temores vivir en la esperanza serena y tranquila para que no llegue a sorprendernos con la amenaza del engaño, sobre todo aquellos que infunden el miedo haciéndose pasar por falsos profetas e incluso por el medías, con la intención de dividir y aprovecharse de la situación y la vulnerabilidad de los más débiles.

El mensaje es claro, hay que prepararnos en la esperanza, sin miedo y sin prisa, todo tan natural, como natural procede la vida.

“La siembra, siempre es para el futuro”

“La siembra, siempre es para el futuro”

Lucas 14, 12-14 

En aquel tiempo, decía Jesús a uno de los principales fariseos que le había invitado: Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ni a los vecinos ricos: porque corresponderán invitándote y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; pero ya te pagarán cuando resuciten los justos. 

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Resulta ilógico e inconcebible pretender que una semilla de cualquier planta, con todo su potencial, dé los resultados esperados de manera inmediata, ya que implica un proceso, un tiempo y una espera.

Al igual que un agricultor, lo que siembra un día, en el momento justo lo cosechará. Pero con las prisas del inmediatismo que impera hoy en día, ya no se sabe esperar, todo se exige en el aquí y el ahora, incluso se sufre por no obtener lo que trabajamos o lo que queremos de manera inmediata.

El Señor nos propone un solución que acompaña nuestra vida, esa es la esperanza, aquella virtud que nos hace saber esperar y reconocer que todo lo que sembremos, ya sea palabra, obras, consejos, amistades, al momento presente son eso, una siembra y, a lo mejor con el tiempo nos toca cosecharlas.

No hay que olvidar que los bienes de los que hoy eres partícipe, alguna persona tiempo atrás los sembró y ahora los disfrutas. Así es como funciona la vida, hoy gozamos de lo que otros o inclusive tú sembraste ayer. 

Por ello se nos invita a hacer las buenas obras sin esperar una retribución o un gracias hoy, eso es una siembra, ya se te pagarán en esta vida y si no, están sembradas y garantizadas para cuando resuciten los justos.

“Vivir preocupados”

“Vivir preocupados”

Mateo: 6, 24-34

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro, o bien obedecerá al primero y no le hará caso al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero.
Por eso les digo que no se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con qué se vestirán. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo, que ni siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿Acaso no valen ustedes más que ellas? ¿Quién de ustedes, a fuerza de preocuparse, puede prolongar su vida siquiera un momento?
¿Y por qué se preocupan del vestido? Miren cómo crecen los lirios del campo, que no trabajan ni hilan. Pues bien, yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vestía como uno de ellos. Y si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy florece y mañana es echada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe?
No se inquieten, pues, pensando: ¿Qué comeremos o qué beberemos o con qué nos vestiremos? Los que no conocen a Dios se desviven por todas estas cosas; pero el Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas. Por consiguiente, busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura. No se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá ya sus propias preocupaciones. A cada día le bastan sus propios problemas”.

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Ya parece una constante ordinaria mantenernos en un estrés intenso, sobre todo cuando nos están bombardeando constantemente con las alzas a los alimentos y los energéticos, así como las divisas internacionales, creando una conciencia y un miedo a no alcanzar  para el diario con lo que tenemos o en otras circunstancias a quejarnos de ello.

En cierta medida lo hacen para estar propiciando un constante trabajo en base al temor de perder lo que se tiene laboralmente hablando, pero el ambiente que se crea es de desconfianza y preocupación, trayendo consecuencias en las mismas relaciones personales y familiares, teniendo como única preocupación lo económico y cayendo en tener por amo al dinero. 

Hacer remarcar tan sólo las necesidades materiales, hace olvidar que en realidad Dios es un Padre providente, que jamás nos dejará sin el sustento diario, perdiendo deliberadamente la confianza por esperar de manera inmediata las cosas, por el temor que brinda poner la seguridad tan sólo en los bienes materiales.

Sí hay que trabajar por obtener el sustento diario, pero no vale la pena hacerlo cansados y estresados ya que ni rendimos en el trabajo y estallamos donde no debemos en la familia. Todo depende de en dónde pones tu confianza, ya que no vale la pena permanecer preocupados y dolidos por el futuro cuando aún no llega, alimentando una constante infelicidad que puede sembrar al igual que si lo hacemos con alegría. Sin embargo la paz que brinda el Señor, ante la problemática actual, puede darte la serenidad para manejar eso y mas sin preocupación sabiendo que te encuentras en las manos del Señor junto con los tuyos.