“Cuando la vida llama”

Cuando la vida llama”

Juan 11,3-7.17.20-27.33b-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»

Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.

Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. 

Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»

Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»

Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»

Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»

Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»

Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»

Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»

Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.

Dice Jesús: «Quitad la losa.»

Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»

Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»

Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. 

Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

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No es nada raro que de manera ordinaria enfaticemos la muerte, ya sea por el respeto o el temor que se le tiene, y es que el miedo instintivo y natural hace que tanto para negarla como para afirmarla, la tengamos muy presente.

Cuando llega a extremos incluso se le denigra formando una cultura que le da culto y que mira siempre como única opción a ir muriendo lentamente pero en medio de un pesimismo reflejado en la rebeldía de actitudes, posturas, ideologías y situaciones que hacen perder el sentido de la vida a tal grado de vivir sin respeto a la misma y de manera extrema porque no vale.

Por el contrario Jesús nos demuestra un Dios que ya desde el profeta Jeremías nos habla de la promesa de la vida, de la resurrección, de una vida eterna que vale desde el primer día que se nos otorga, a la que hay que tributarle respeto y amor, vida que Jesús es capaz de retomar en aquellos que ama y que lo demuestra con su amigo Lázaro, porque su interés no es en enfatizar la muerte o prepararnos para ella, sino por el contrario prepararnos para la vida, para la eternidad y para la resurrección.

Es por ello que la vida misma llama a la vida por naturaleza, remarcando que esa misma vida que se nos ha dado por medio de la biología, ahora es elevada al rango de la dignidad de la filiación, transformándonos por el bautismo no sólo en seres inteligentes, sino en hijos de un padre para quien todos viven y que nos ha regalado la vida eterna.

Nuestra vida llama a la vida eterna, falta que lo descubramos y no quedemos en el intento de vivirla encuadrada en un mundo material que es sólo un recipiente temporal y queriendo llenarla de los dones materiales, olvidando los espirituales, a los cuales pertenece nuestra esencia.

“Inicio y término con Dios”

“Inicio y término con Dios”

Juan 1, 1-18 

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: —«Este es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer. 

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Es justo que al término de un año civil, se nos incite a la generosidad y al agradecimiento por todos lo dones recibidos en el recuento de esos trescientos sesenta y cinco días. Al igual pedir mayor fortaleza para saber llevar las adversidades que pudieran habernos hecho daño, que bien encausadas nos dan una muy valiosa lección de vida y crecimiento, si es que no las alimentamos con odios y resentimientos propios y ajenos que no faltan.

El tiempo es relativo, lo que para nosotros es un año, para Dios es una oportunidad de ganarnos para su amor, ya que interviene en el tiempo para no perdernos e invitarnos a su gracia.

Es por ello que tanto iniciar, como terminar un año, todo redunda en santidad, y el mismo hijo de Dios, desde la eternidad atemporal, se nos presenta en el tiempo con una misión específica basada en el amor hacia nosotros, que es la redención.

Debemos recapitular nuestra vida, acrecentar los dones y extirpar los males, porque de ello dependerá el mañana inmediato y nuestra felicidad.

Por ello hago extensa la invitación al agradecimiento tanto al terminar como iniciar un nuevo ciclo en el tiempo les comparto la siguiente oración:

Señor, Dios, dueño del tiempo y de la eternidad, tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro.

Al terminar este año quiero darte gracias por todo aquello que recibí de TI.

Gracias por la vida y el amor, por las flores, el aire y el sol, por la alegría y el dolor, por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser.

Te ofrezco cuanto hice en este año, el trabajo que pude realizar y las cosas que pasaron por mis manos y lo que con ellas pude construir.

Te presento a las personas que a lo largo de estos meses amé, las amistades nuevas y los antiguos amores, los más cercanos a mí y los que estén más lejos, los que me dieron su mano y aquellos a los que pude ayudar, con los que compartí la vida, el trabajo, el dolor y la alegría.

Pero también, Señor hoy quiero pedirte perdón, perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por la palabra inútil y el amor desperdiciado.

Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho, y perdón por vivir sin entusiasmo.

También por la oración que poco a poco fui aplazando y que hasta ahora vengo a presentarte.

Por todos mis olvidos, descuidos y silencios nuevamente te pido perdón.

En los próximos días iniciaremos un nuevo año y detengo mi vida ante el nuevo calendario aún sin estrenar y te presento estos días que sólo TÚ sabes si llegaré a vivirlos.

Hoy te pido para mí y los míos la paz y la alegría, la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría.

Quiero vivir cada día con optimismo y bondad llevando a todas partes un corazón lleno de comprensión y paz.

Cierra Tú mis oídos a toda falsedad y mis labios a palabras mentirosas, egoístas, mordaces o hirientes.

Abre en cambio mi ser a todo lo que es bueno que mi espíritu se llene sólo de bendiciones y las derrame a mi paso.

DOCE CAMPANADAS

Para el nuevo año te ofrecemos doce frases, como doce campanadas:

1.Agradece el pasado como don de Dios.

2.Vive el presente con esperanzas y creatividad.

3.Di “sí” al paso de Dios por tu vida.

4.Confía, Dios te encomienda cosas grandes.

5.Valora lo pequeño, llegarás a lo grande.

6.Mira a la vida con sencillez y amor.

7.Ten buen humor, pase lo que pase.

8.Perdona y pide perdón.

9.Haz algo por el otro y serás feliz.

10.Atento, Dios te habla cada día.

11.Dios cuenta contigo.

12.Ama la vida, ama al mundo, ama a Dios.

QUE DIOS TE BENDIGA HOY Y SIEMPRE

Fuente Anónima

“Un Dios en medio de nosotros”

Un Dios en medio de nosotros”

Mateo 1, 18-24 

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: —«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel que significa “Dios-con-nosotros”.» Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer. 

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Una situación más real no puede ser apreciada como tal, y es que solemos idealizar las situaciones así como los contenidos de las sagradas escrituras como algo muy bonito, aunque en realidad lo es.

Pero en el ya cuarto y último domingo de Adviento, las promesas hechas desde antiguo, especialmente remarcadas por el profeta Isaías con el tema del Emmanuel, es decir el Dios con nosotros, que se hace presente y real, cumpliendo todas las expectativas bíblicas, precisamente en en el momento del Sí de María, Un Dios encarnado, un Dios que se hace presente en la misma situación que nosotros para sanarnos desde nuestra humanidad con su propia humanidad adquirida por amor.

Ya solamente esperamos que nazca porque se ha engendrado en María Santísima. Pero hay que remarcar que tanto la situación de Isaías como la de María no eran nada fáciles en su momento, se desarrollan en medio de una crisis.

Isaías es forzado por el rey a que le profetice como ganar la guerra, a lo cual responde: “No tentaré al Señor mi Dios” su misión no es dar tácticas de guerra, por lo que bajo presión anuncia que “una doncella concebirá y dará a luz un hijo, y será llamado Emmanuel, es decir, Dios con nosotros” Is 7,14. en vez de solucionar la guerra, anuncia una solución que será real de raíz y que traerá la paz duradera.

Con María, se enfrenta ante una crisis al estar embarazada sin estar unida  José, Caso que ameritaba la lapidación hasta la muerte, problema que enfrenta porque sabe que Dios está con ella y la sostendrá, José colabora en amor al plan de Dios después de estar oración donde en sueños se le da la respuesta.

En ambos caso situación de crisis, a lo cual nos revela que quitando todo lo poético, denotamos la realidad adversa, donde es más que evidente la presencia de Dios en medio de los problemas. Nunca alejado, del problema saca una solución excelente.

Ese es el Dios con nosotros, que no sólo está en las buenas, sino también el las malas y en todos momento.

“Alegría inminente”

“Alegría inminente”

Mateo 11, 2-11 

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: —«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Jesús les respondió: —«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!» Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: —«¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti.” Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.» 

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Iniciamos ya la tercer semana del tiempo de Adviento, la promesa del mesas está cada vez más cerca, ya no es una esperanza lejana, es un hecho que se nos presenta tras la puerta donde se anuncia que Jesús ya está presente en la persona de Juan el bautista, quien lo presenta como el Cordero de Dios, es decir aquel que viene a ofrecerse en oblación como pago por nuestras faltas para restaurar la santidad perdida.

Alegría que el mismo Jesús confirma al hacer notoria la misma labor precursora de Juan Bautista, quien es su carta de presentación, y lo hace porque puede quedar en un falso levantador de esperanzas. Con ello queda ratificada y cumplida su misión, poniendo en claro la evidencia del cumplimiento de la promesa de Salvación.

Es por ello que al acercarnos aún más al ya próximo nacimiento del Mesías, se nos invita a levantar los ánimos y la esperanza ante esa alegría inminente que brota del hecho real que Jesús está realmente cerca.

Los tiempos de Dios se cumplen, sus promesas ya son un hecho y la confianza debe afianzarse, no permitamos distraernos ya que el momento esperado es ya un hecho.

“Prepararnos en la esperanza”

“Prepararnos en la esperanza”

Lucas: 21, 5-19

En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.


Entonces le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?”. Él les respondió: “Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.


Luego les dijo: “Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles.


Pero antes de todo esto los perseguirán y los apresarán, los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Con esto ustedes darán testimonio de mí.


Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes.
Los traicionarán hasta sus propios padres, hermanos, parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes, y todos los odiarán por causa mía. Sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”.

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Al llegar el penúltimo domingo del año litúrgico, se nos hace la propia invitación a estar a atentos y tener cuidado de la preparación que en el campo de la gracia debemos tener. No se trata de un amenazar para indagar el miedo y por consecuencia buscar la salvación que Dios brinda por temor a perdernos en la condenación y muerte eterna.

Se trata de vivir de manera actual la gracia de Dios y vivir la propia salvación como un estado natural en el aquí y el ahora, por lo que surge de ello la premisa de estar preparados en todo momento sin amenazas, previendo en salud nuestra salvación. 

Se nos invita a sin temores vivir en la esperanza serena y tranquila para que no llegue a sorprendernos con la amenaza del engaño, sobre todo aquellos que infunden el miedo haciéndose pasar por falsos profetas e incluso por el medías, con la intención de dividir y aprovecharse de la situación y la vulnerabilidad de los más débiles.

El mensaje es claro, hay que prepararnos en la esperanza, sin miedo y sin prisa, todo tan natural, como natural procede la vida.

“La siembra, siempre es para el futuro”

“La siembra, siempre es para el futuro”

Lucas 14, 12-14 

En aquel tiempo, decía Jesús a uno de los principales fariseos que le había invitado: Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ni a los vecinos ricos: porque corresponderán invitándote y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; pero ya te pagarán cuando resuciten los justos. 

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Resulta ilógico e inconcebible pretender que una semilla de cualquier planta, con todo su potencial, dé los resultados esperados de manera inmediata, ya que implica un proceso, un tiempo y una espera.

Al igual que un agricultor, lo que siembra un día, en el momento justo lo cosechará. Pero con las prisas del inmediatismo que impera hoy en día, ya no se sabe esperar, todo se exige en el aquí y el ahora, incluso se sufre por no obtener lo que trabajamos o lo que queremos de manera inmediata.

El Señor nos propone un solución que acompaña nuestra vida, esa es la esperanza, aquella virtud que nos hace saber esperar y reconocer que todo lo que sembremos, ya sea palabra, obras, consejos, amistades, al momento presente son eso, una siembra y, a lo mejor con el tiempo nos toca cosecharlas.

No hay que olvidar que los bienes de los que hoy eres partícipe, alguna persona tiempo atrás los sembró y ahora los disfrutas. Así es como funciona la vida, hoy gozamos de lo que otros o inclusive tú sembraste ayer. 

Por ello se nos invita a hacer las buenas obras sin esperar una retribución o un gracias hoy, eso es una siembra, ya se te pagarán en esta vida y si no, están sembradas y garantizadas para cuando resuciten los justos.

“Vivir preocupados”

“Vivir preocupados”

Mateo: 6, 24-34

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro, o bien obedecerá al primero y no le hará caso al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero.
Por eso les digo que no se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con qué se vestirán. ¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo, que ni siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿Acaso no valen ustedes más que ellas? ¿Quién de ustedes, a fuerza de preocuparse, puede prolongar su vida siquiera un momento?
¿Y por qué se preocupan del vestido? Miren cómo crecen los lirios del campo, que no trabajan ni hilan. Pues bien, yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vestía como uno de ellos. Y si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy florece y mañana es echada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe?
No se inquieten, pues, pensando: ¿Qué comeremos o qué beberemos o con qué nos vestiremos? Los que no conocen a Dios se desviven por todas estas cosas; pero el Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas. Por consiguiente, busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura. No se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá ya sus propias preocupaciones. A cada día le bastan sus propios problemas”.

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Ya parece una constante ordinaria mantenernos en un estrés intenso, sobre todo cuando nos están bombardeando constantemente con las alzas a los alimentos y los energéticos, así como las divisas internacionales, creando una conciencia y un miedo a no alcanzar  para el diario con lo que tenemos o en otras circunstancias a quejarnos de ello.

En cierta medida lo hacen para estar propiciando un constante trabajo en base al temor de perder lo que se tiene laboralmente hablando, pero el ambiente que se crea es de desconfianza y preocupación, trayendo consecuencias en las mismas relaciones personales y familiares, teniendo como única preocupación lo económico y cayendo en tener por amo al dinero. 

Hacer remarcar tan sólo las necesidades materiales, hace olvidar que en realidad Dios es un Padre providente, que jamás nos dejará sin el sustento diario, perdiendo deliberadamente la confianza por esperar de manera inmediata las cosas, por el temor que brinda poner la seguridad tan sólo en los bienes materiales.

Sí hay que trabajar por obtener el sustento diario, pero no vale la pena hacerlo cansados y estresados ya que ni rendimos en el trabajo y estallamos donde no debemos en la familia. Todo depende de en dónde pones tu confianza, ya que no vale la pena permanecer preocupados y dolidos por el futuro cuando aún no llega, alimentando una constante infelicidad que puede sembrar al igual que si lo hacemos con alegría. Sin embargo la paz que brinda el Señor, ante la problemática actual, puede darte la serenidad para manejar eso y mas sin preocupación sabiendo que te encuentras en las manos del Señor junto con los tuyos.

“Sin salirnos del mundo”

“Sin salirnos del mundo”

Juan: 17, 11-19

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me diste; yo velaba por ellos y ninguno de ellos se perdió, excepto el que tenía que perderse, para que se cumpliera la Escritura.

Pero ahora voy a ti, y mientras estoy aún en el mundo, digo estas cosas para que mi gozo llegue a su plenitud en ellos. Yo les he entregado tu palabra y el mundo los odia, porque no son del mundo, como yo tampoco soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

Santifícalos en la verdad. Tu palabra es la verdad. Así como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Yo me santifico a mí mismo por ellos, para que también ellos sean santificados en la verdad”. 

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El mismo evangelio de San Juan nos habla del mundo, identificándolo como todo aquello que ha sido entregado al maligno y el cual lo posee, con el cual pretende hacernos perder toda espiritualidad y dones otorgados por Dios, manteniéndonos apegados tan sólo a los bienes materiales como lo absoluto, presentándolo como lo único existente, ya que su lógica se basa tan sólo en lo sensitivo y visual de los sentidos físicos que poseemos.

Sin embargo Jesús desde siempre intercede por nosotros para hacernos conocer y saber lidiar de la misma manera con todo lo espiritual que nos lleva y desarrolla a todo nuestro potencial con los dones otorgados por Dios, para no atarnos tan sólo a los bienes de la tierra.

Jesús nunca ha rechazado los dones y bienes materiales de la tierra, de hecho es muy claro cuando afirma en su intensa y profunda oración que no pretende sacarnos del mundo para angelizarnos, porque sería de igual manera negar su propia creación como algo malo, y no lo es, al contrario, pide estar aquí en el mundo, sin olvidarnos de los bienes del cielo.

Ya que si rechazamos el mundo para mantenernos totalmente dedicados a lo espiritual, olvidamos las herramientas que nos ha dado en el medio donde debemos de dar testimonio, es decir, en el mundo, sin ser del mundo, sino de Dios, pero plenificando el mundo para la misma gloria de Dios, renovando la faz de la tierra hasta implantar el mismo Reino de los Cielos aquí en la tierra, desterrando al maligno y devolviéndolo a Dios a quien le pertenece.

Por ello no hay que desesperarnos ya que el mundo ha sido dominado por el maligno, pero la obra se lleva a cabo, paso a paso firme, con el testimonio de amor implantado el el mismo mundo y sin salirnos del mundo.

“Allá me verán”

“Allá me verán”

Mateo: 28, 8-15

Después de escuchar las palabras del ángel, las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, y llenas de temor y de gran alegría, corrieron a dar la noticia a los discípulos. Pero de repente Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron. Entonces les dijo Jesús: “No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán”.
Mientras las mujeres iban de camino, algunos soldados de la guardia fueron a la ciudad y dieron parte a los sumos sacerdotes de todo lo ocurrido. Éstos se reunieron con los ancianos, y juntos acordaron dar una fuerte suma de dinero a los soldados, con estas instrucciones: “Digan: ‘Durante la noche, estando nosotros dormidos, llegaron sus discípulos y se robaron el cuerpo’. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos arreglaremos con él y les evitaremos cualquier complicación”.
Ellos tomaron el dinero y actuaron conforme a las instrucciones recibidas. Esta versión de los soldados se ha ido difundiendo entre los judíos hasta el día de hoy.

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Iniciando este tiempo especial de gracias de la Pascua de Resurrección, nosotros junto con la Iglesia nos alegramos porque una vez más se nos invita a recordad que “Cristo vive”, “Cristo ha resucitado”, lo cual debe de llenarnos de inmensa alegría, al saber que todas las promesas de la liberación del mal y de la muerte, se han hecho realidad y ahora nosotros somos los beneficiarios actuales de tan gran don.

Precisamente uno de los mandatos del señor es ser testigos de su resurrección, así como llevar la buena nueva a todas las naciones, por lo que es explícitamente necesario darlo a conocer, pero no en un ámbito de información, sino de transformación de corazones para que lleguen al gozo que da el saber que hemos sido restaurados en nuestra naturaleza derruida por el pecado y que ahora somos herederos de la gloria eterna.

Sin embargo se nos invita a ir en busca de Jesús, no basta sólo el saber que ha resucitado, hay que tomar la iniciativa e ir a su encuentro, como un acto de interés y disponibilidad de nuestra parte, por eso a sus discípulos les dice que salgan de su encierro y de sus miedos, que vayan a Galilea, ahí donde algunos fueron llamados y fueron testigos de sus milagros para reforzarlos y encontrarse con ellos, lejos de ese entorno de dolor y de muerte.

Al igual nosotros debemos de dejar nuestros lugares cómodos y salir de esos letargos de enajenación que nos mantienen apáticos y engañados, la felicidad es activa y se busca, no depende de lo que los otros te den, sino de lo que tu recibas y desees compartir.

Por eso hay que salir, porque allá lo veremos al Señor, se dejará encontrar en la oración, en los sacramentos, en la caridad y el encuentro con los hermanos, en su Palabra y sobre todo en su Eucaristía, en la que por obra del Espíritu Santo se hace presente para entregarse a nosotros en alimento y dejarnos transformar por Él.

Tan sólo falta ir allá donde lo veremos.

“Jesús en el sepulcro y María la única que espera la Resurrección de Cristo”

“Jesús en el sepulcro y María la única que espera la Resurrección de Cristo”

Lucas: 24, 1-12

El primer día después del sábado, muy de mañana, llegaron las mujeres al sepulcro, llevando los perfumes que habían preparado. Encontraron que la piedra ya había sido retirada del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.
Estando ellas todas desconcertadas por esto, se les presentaron dos varones con vestidos resplandecientes. Como ellas se llenaron de miedo e inclinaron el rostro a tierra, los varones les dijeron: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí; ha resucitado. Recuerden que cuando estaba todavía en Galilea les dijo: ‘Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado y al tercer día resucite’ “. Y ellas recordaron sus palabras.
Cuando regresaron del sepulcro, las mujeres anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Las que decían estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana, María (la madre de Santiago) y las demás que estaban con ellas. Pero todas estas palabras les parecían desvaríos y no les creían. Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Se asomó, pero sólo vio los lienzos y se regresó a su casa, asombrado por lo sucedido.

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María y la Resurrección de Cristo

María es la única que mantiene viva la llama de la fe, preparándose para acoger el anuncio gozoso de la Resurrección. 

Después de que Jesús es colocado en el sepulcro, María es la única que mantiene viva la llama de la fe, preparándose para acoger el anuncio gozoso y sorprendente de la Resurrección

La espera que vive la Madre del Señor el Sábado santo constituye uno de los momentos más altos de su fe: en la oscuridad que envuelve el universo, ella confía plenamente en el Dios de la vida y, recordando las palabras de su Hijo, espera la realización plena de las promesas divinas.

Los evangelios refieren varias apariciones del Resucitado, pero no hablan del encuentro de Jesús con su madre. Este silencio no debe llevarnos a concluir que, después de su resurrección, Cristo no se apareció a María; al contrario, nos invita a tratar de descubrir los motivos por los cuales los evangelistas no lo refieren.

Suponiendo que se trata de una “omisión”, se podría atribuir al hecho de que todo lo que es necesario para nuestro conocimiento salvífico se encomendó a la palabra de testigos escogidos por Dios (Hch 10, 41), es decir, a los Apóstoles, los cuales con gran poder (Hch 4, 33) dieron testimonio de la resurrección del Señor Jesús. Antes que a ellos el Resucitado se apareció a algunas mujeres fieles, por su función eclesial: Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán (Mt 28, 10).

Si los autores del Nuevo Testamento no hablan del encuentro de Jesús resucitado con su madre, tal vez se debe atribuir al hecho de que los que negaban la resurrección del Señor podrían haber considerado ese testimonio demasiado interesado y, por consiguiente, no digno de fe.

Los evangelios, además, refieren sólo unas cuantas apariciones de Jesús resucitado, y ciertamente no pretenden hacer una crónica completa de todo lo que sucedió durante los cuarenta días después de la Pascua. San Pablo recuerda una aparición “a más de quinientos hermanos a la vez” (1 Co 15, 6). ¿Cómo justificar que un hecho conocido por muchos no sea referido por los evangelistas, a pesar de su carácter excepcional? Es signo evidente de que otras apariciones del Resucitado, aun siendo consideradas hechos reales y notorios, no quedaron recogidas.

¿Cómo podría la Virgen, presente en la primera comunidad de los discípulos (cf. Hch 1, 14), haber sido excluida del número de los que se encontraron con su divino Hijo resucitado de entre los muertos?

Más aún, es legítimo pensar que verosímilmente Jesús resucitado se apareció a su madre en primer lugar. La ausencia de María del grupo de las mujeres que al alba se dirigieron al sepulcro (cf. Mc 16, 1; Mt 28, 1), ¿no podría constituir un indicio del hecho de que ella ya se había encontrado con Jesús? Esta deducción quedaría confirmada también por el dato de que las primeras testigos de la resurrección, por voluntad de Jesús, fueron las mujeres, las cuales permanecieron fieles al pie de la cruz y, por tanto, más firmes en la fe.

En efecto, a una de ellas, María Magdalena, el Resucitado le encomienda el mensaje que debía transmitir a los Apóstoles (cf. Jn 20, 17-18). Tal vez, también este dato permite pensar que Jesús se apareció primero a su madre, pues ella fue la más fiel y en la prueba conservó íntegra su fe.

Por último, el carácter único y especial de la presencia de la Virgen en el Calvario y su perfecta unión con su Hijo en el sufrimiento de la cruz, parecen postular su participación particularísima en el misterio de la Resurrección.

Un autor del siglo V, Sedulio, sostiene que Cristo se manifestó en el esplendor de la vida resucitada ante todo a su madre. En efecto, ella, que en la Anunciación fue el camino de su ingreso en el mundo, estaba llamada a difundir la maravillosa noticia de la resurrección, para anunciar su gloriosa venida. Así inundada por la gloria del Resucitado, ella anticipa el “resplandor” de la Iglesia (cf. Sedulio, Carmen pascale, 5, 357-364: CSEL 10, 140 s).

Por ser imagen y modelo de la Iglesia, que espera al Resucitado y que en el grupo de los discípulos se encuentra con él durante las apariciones pascuales, parece razonable pensar que María mantuvo un contacto personal con su Hijo resucitado, para gozar también ella de la plenitud de la alegría pascual.

La Virgen santísima, presente en el Calvario durante el Viernes santo (cf. Jn 19, 25) y en el cenáculo en Pentecostés (cf. Hch 1, 14), fue probablemente testigo privilegiada también de la resurrección de Cristo, completando así su participación en todos los momentos esenciales del misterio pascual. María, al acoger a Cristo resucitado, es también signo y anticipación de la humanidad, que espera lograr su plena realización mediante la resurrección de los muertos.

En el tiempo pascual la comunidad cristiana, dirigiéndose a la Madre del Señor, la invita a alegrarse: “Regina caeli, laetare. Alleluia”. “¡Reina del cielo, alégrate. Aleluya!”. Así recuerda el gozo de María por la resurrección de Jesús, prolongando en el tiempo el “¡Alégrate!” que le dirigió el ángel en la Anunciación, para que se convirtiera en “causa de alegría” para la humanidad entera.

Catequesis durante la audiencia general del 3 de abril de 1996

Por: SS Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net