“Pentecostés”

“Pentecostés”

Juan: 7, 37-39

El último día de la fiesta, que era el más solemne, exclamó Jesús en voz alta: “El que tenga sed, que venga a mí; y beba, aquel que cree en mí. Como dice la Escritura:
Del corazón del que cree en mí brotarán ríos de agua viva”.

Al decir esto, se refería al Espíritu Santo que habían de recibir los que creyeran en él, pues aún no había venido el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado.

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A partir del Bautismo, el Espíritu divino habita en el cristiano como en su templo. Gracias a la fuerza del Espíritu que habita en nosotros, el Padre y el Hijo vienen también a habitar en cada uno de nosotros.

El don del Espíritu Santo es el que:

• nos eleva y asimila a Dios en nuestro ser y en nuestro obrar;

• nos permite conocerlo y amarlo;

• hace que nos abramos a las divinas personas y que se queden en nosotros.

La vida del cristiano es una existencia espiritual, una vida animada y guiada por el Espíritu hacia la santidad o perfección de la caridad. Gracias al Espíritu Santo y guiado por Él, el cristiano tiene la fuerza necesaria para luchar contra todo lo que se opone a la voluntad de Dios.

Dones

Para que el cristiano pueda luchar, el Espíritu Santo le regala sus siete dones, que son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu. Estos dones son:

1 Don de Ciencia: es el don del Espíritu Santo que nos permite acceder al conocimiento. Es la luz invocada por el cristiano para sostener la fe del bautismo.

2 Don de consejo: saber decidir con acierto, aconsejar a los otros fácilmente y en el momento necesario conforme a la voluntad de Dios.

3 Don de Fortaleza: es el don que el Espíritu Santo concede al fiel, ayuda en la perseverancia, es una fuerza sobrenatural.

4 Don de Inteligencia: es el del Espíritu Santo que nos lleva al camino de la contemplación, camino para acercarse a Dios.

5 Don de Piedad: el corazón del cristiano no debe ser ni frío ni indiferente. El calor en la fe y el cumplimiento del bien es el don de la piedad, que el Espíritu Santo derrama en las almas.

6 Don de Sabiduría: es concedido por el Espíritu Santo que nos permite apreciar lo que vemos, lo que presentimos de la obra divina.

7 Don de Temor: es el don que nos salva del orgullo, sabiendo que lo debemos todo a la misericordia divina.

Por otro lado, los frutos del Espíritu Santo son:

1 Caridad.

2 Gozo.

3 Paz.

4 Paciencia.

5 Longanimidad.

6 Bondad.

7 Benignidad.

8 Mansedumbre.

9 Fe.

10 Modestia.

11 Continencia.

12 Castidad.

Permitamos que el Espíritu Santo obre en nuestras vidas y plenifique nuestro ser.

Fuente: Aciprensa.com

“Cuando venga el Espíritu…”

“Cuando venga el Espíritu…”

Juan 16, 12-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. El me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará».

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El plan de Dios no se nos da de manera única y en una sola ocasión, sino que se va desarrollando en todo momento mientras tengamos esta vida, se va manifestando paso a paso de manera asimilable, pero no es para que se interprete libremente, sino que es muy preciso y concreto.

Es por ello muy importante poner atención a los designios particulares de Dios en tu vida, pero sobre todo para no caminar despistados en nuestro propio mundo, Dios nos ilumina enviando generosamente su Santo Espíritu que es quien pondrá en orden cada paso que demos sin errar.

No significa que tengamos una dependencia manipulada de parte de Dios, sino que es en realidad una ayuda que complementa lo ya regalado en nuestra propia vida, pero de una manera certera, a tal grado de ubicarnos ante el mundo y ubicarnos ante Dios.

De esa manera con todo nuestro ser y obrar glorificaremos a Dios en todo lo que hagamos, porque el medio y el soporte para ello será el Espíritu Santo. Cosa necesaria será esperarlo, será disponernos a recibirlo, será abrir nuestra mente y corazón porque entonces todo se plenificará cuando venga el Espíritu Santo o en su defecto, cuando lo hagas parte libre y consciente en tu vida.

“…Ya está condenado”

“…Ya está condenado”

Juan: 16, 5-11

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Me voy ya al que me envió y ninguno de ustedes me pregunta: `¿A dónde vas?’ Es que su corazón se ha llenado de tristeza porque les he dicho estas cosas. Sin embargo, es cierto lo que les digo: les conviene que me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Consolador; en cambio, si me voy, yo se lo enviaré.

Y cuando El venga, establecerá la culpabilidad del mundo en materia de pecado, de justicia y de juicio; de pecado, porque ellos no han creído en mí; de justicia, porque me voy al Padre y ya no me verán ustedes; de juicio, porque el príncipe de este mundo ya está condenado”.

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En varias ocasiones nos asustamos en cuanto a la salvación se refiere y sobre todo al juicio que Dios hará en su momento. Sentimiento de temor que habla de nuestra conciencia o de nuestro desconocimiento de la verdad Divina que no hemos dedicado tiempo a profundizar.

No es que venga a condenar con su Santo Espíritu, es muy claro en sus palabras cuando afirma que precisamente la meta ha sido recuperada, es decir la santidad, por lo que el elegir seguirle o no, ya depende de nosotros, aunque tenemos la obligación moral de primeramente conocer para saber que rechazamos aun así sea Dios.

Si lo rechazamos en el desconocimiento o aún así conociéndole, no es que Dios nos condene por ello, sino que estaremos en automático eligiendo a quien ya lo rechazó y está condenado por libre elección, es decir al maligno.

Porque el plan es nuestra plena santificación y felicidad eterna, si no elegimos eso, el intermedio no existe, por lo que la causa consecuente será el pecado y la tristeza eterna, a la que ya éste mundo nos presenta como lo ordinario en esta vida y que no lo es.

No olvides que el maligno ya está condenado, está juzgado, ya eligió estar en la oscuridad, no permitas que tu elección sea igual, porque tu destino  jamás será ese, sino la gloria eterna, que de igual manera podemos elegir.

“Conocer al Paráclito”

“Conocer al Paráclito” 

Juan: 15, 26-16, 4

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Consolador, que yo les enviaré a ustedes de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí y ustedes también darán testimonio, pues desde el principio han estado conmigo.

Les he hablado de estas cosas para que su fe no tropiece. Los expulsarán de las sinagogas y hasta llegará un tiempo cuando el que les dé muerte creerá dar culto a Dios. Esto lo harán, porque no nos han conocido ni al Padre ni a mí. Les he hablado de estas cosas para que, cuando llegue la hora de su cumplimiento, recuerden que ya se lo había predicho yo”.

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Muchas personas toman como un hecho que lo que se imaginan, proviene de Dios, cuando en realidad no dejan de ser pensamientos según la lógica y la voluntad de la persona, que en ocasiones dice ser instrumento de Dios cuando no.

Para que Dios nos haga partícipes de su voluntad, que se sigue manifestando, aunque en materia de revelación de su palabra, ya ha dado a conocer su designio salvador, aporta su gracia para hacerla eficaz, pero para ello es necesario precisamente llevar una vida cercana a Él.

Vida que inicia por la aceptación de su verdad y voluntad hecha vida en cada uno de nuestros actos, todos dirigidos hacia el bien común y la santidad. Vida que se conoce precisamente por medio de su Santo Espíritu, quien participa de la misma claridad, inteligencia y sabiduría de Dios.

Es por ello, que el requisito indispensable, es llevar una vida digna en su gracia, participar de sus dones y sacramentos, pedirlos en oración, disponer nuestra alma y, así entonces, el Señor una vez conociendo que realmente queremos ser participes de sus dones, los otorga inundándonos con su Espíritu Santo, que complementa su obra en nosotros.

Si nuestra vida no es conforme a la vida de la gracia, entonces no es Dios quien nos ilumina, sino nosotros mismos en el mundo de las grandes elucubraciones o, en su defecto el maligno que nos miente y confunde, que para eso no es ni tardo, ni perezoso.

“Nunca solos”

“Nunca solos”

Juan: 14, 15-21

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.

No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes. El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él”.

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Son muchas las ocasiones en que se nos remarca que nadie debe de quedarse solo, sobre todo aquellas personas que suelen tener codependencias no pueden vivir sin tener a alguien a su lado, sobre todo para que supla las seguridades y atenciones que demandamos.

Además hay personas que en realidad la compañía no es una necesidad, saben moverse solas en todos los aspectos de su vida y no necesariamente es una situación indeseable, como muchos lo ven en medio de sus miedos.

De hecho hay personas que aunque tengan cientos o una persona a su lado, se sienten solos. La sociedad está precisamente estructurara para que en sana convivencia aportemos con nuestro trabajo, capacidades y dones lo que necesitan, para hacer más fácil la vida, cada quien poniendo de su parte incluso con lo que sustentan y se sustentan a sí mismos dentro de una gama de servicios establecidos.

Es un hecho, que además Jesús nos revele que precisamente Él vino para quedarse, y ahora resucitado lo puede hacer de una manera eficaz, así como sacramental. Con una presencia humana y física puede atender tan sólo en una locación específica, mientras que a través de su Santo Espíritu, dentro de su ser omnipresente y omnipotente está más cerca que nunca.

Es por ello que nos hace de su conocimiento que debemos de esperar y aceptar el Espíritu Santo, ya que ahora dispuesta y restaurada nuestra alma, puede habitar en toda su plenitud incluso en nosotros mismos, y sobre todo en aquellos que le den cabida, le amen y permitan hacer su obra a través de nuestro ser como una gracia concedida que nos bendice y plenifica en común colaboración.

Nunca estamos solos, y quien así lo sienta, es porque no se ha permitido cohabitar en Cristo que está a su lado, pero requiere tu aceptación y permiso para estar contigo.

“Conocer y reconocer”

“Conocer y reconocer”

Juan: 1, 29-34

En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel”.

Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.

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La relación que Juan en Bautista tiene con Jesús es familiar, ya que se conocen de toda la vida, más aún desde el vientre de sus respectivas madres. Pero una cosa es la cercanía y conocimiento mutuo, mientras que en sus respectivos caminos así como su misión, Dios les va dando un conocimiento más profundo que ya no implica la percepción personal, sino además la invitación a participar del mismo plan y voluntad de Dios.

Aquí es donde por obra del Espíritu Santo, Juan Bautista reconoce hasta dónde llega su obra y la de Jesús.

Al igual, nosotros debemos de estar abiertos y a profundizar tanto en el propósito de nuestra vida y de la de aquellos que Dios ha hecho coincidir en el caminar de nuestra vida, porque nos es suerte el solamente conocernos, que aunque a veces es una bendición, en otras es una situación a mejorar y crecer cuando no salen las relaciones humanas como deseamos.

Que bello es poder visualizar el propósito del plan de Dios, realizarlo conscientes y gustosos de ser tomados en cuenta para ello. Porque no basta sólo conocernos, sino reconocer el papel de aquellos que caminan a nuestro lado y hacernos ver el nuestro. Eso suele ser viable y posible cuando estamos abiertos a los dones de Dios por medio del trato directo y la oración con el creador. Porque cuando no, sólo alcanzamos a ver al otro cuando mucho en sola amistad. 

“No conveniencia, aunque conviene”

“No conveniencia, aunque conviene”

Lucas 12, 8-12

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del Hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios. Y si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán a él ante los ángeles de Dios. Al que hable contra el Hijo del Hombre se le podrá perdonar, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará. Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de lo que vais a decir, o de cómo os vais a defender. Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir».

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Una de las actitudes que el cristianismo promueve ante todo, es la autenticidad basada en la caridad, la cual debe de estar sustentada en un amor genuino y verdadero a Nuestro Señor Jesucristo, no como un ente superior y lejano, sino como aquél amigo que siempre está esperándonos y dándonos su mano en todo momento.

Pero da la casualidad de que a Jesús lo reconocemos por lo general con un amor auténtico mientras pasa la infancia, porque posteriormente en las siguientes etapas de la vida parece no tan grato amarle y seguirle, pero da la casualidad que al llegar la edad adulta o vejez, místicamente surge nuevamente el amor a Dios.

Mira, qué casualidad, tan sólo cuando eres vulnerable y te ves frágil convenientemente recurrimos a Dios para sanar nuestras necesidades y solventar las penas, pero cuando estamos sanos y llenos de vida, pensamos que las podemos solos. Ahh pero que no te suceda algo negativo porque entonces convenientemente lo vuelves a buscar, tan sólo en las crisis y la necesidad.

Sin embargo vemos que nosotros a Jesús no le convenimos ya que ningún provecho saca de nosotros, no le somos útiles, pero por el contrario aún así no deja de amarnos, ni nos busca tan sólo cuando tiene necesidad, su amor es pleno y constante. Los inestables somos nosotros que no sabemos valorarlo, sino cuando nos es necesario y a veces por orgullo ni eso.

Pues ya es una ventaja que de conveniencia lo busques, pero recuerda que en la medida que lo niegues con la vida, al no tomarlo en cuenta incluso en tus alegrías y fortalezas, estarás dando a conocer cómo deseas que la relación de Dios se de contigo. Abre tu corazón y tu mente que no cuesta nada y el beneficio es mayor, porque de la conveniencia se pasa a la necesidad de amarlo en toda circunstancia y en todo tiempo.

“Conociendo acerca de Pentecostés”

“Conociendo acerca de Pentecostés”

Juan 14, 15-16. 23b-26


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad. El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada. El que no me ama, no cumplirá mis palabras. Y la palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió. Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho”. 

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Una fiesta de la Iglesia universal, mediante la cual se conmemora la Venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, cincuenta días después de la Resurrección de Jesucristo; en el antiguo festival judío se llamaba “ Fiesta de las Semanas” o Pentecostés (Éx. 34,22; Deut. 16,10). Se llama whitsunday debido a los ropajes blancos que usaban los bautizados durante la vigilia; Pentecost (“Pfingsten” en alemán), es la palabra griega para “quincuagésimo” (día después de Pascua).

Pentecostés, como una fiesta cristiana, se remonta al siglo I, aunque no hay evidencia de que fuese observada, como es el caso de la Pascua; el pasaje en la 1 Corintios (16,8) probablemente se refiere a la fiesta judía. Esto no es sorprendente, pues la fiesta, que originalmente duraba un sólo día, caía en domingo; además estaba tan estrechamente unida a la Pascua que parece ser no mucho más que la terminación del tiempo pascual.

El hecho de que Pentecostés pertenece a los tiempos apostólicos aparece establecido en el séptimo de los fragmentos (interpolados) atribuidos a San Ireneo. En Tertuliano (Sobre el Bautismo, 19) la fiesta aparece ya como firmemente establecida. El peregrino galicano, da un relato detallado de la forma solemne en que esta fiesta era observada en Jerusalén (“Peregin. Silvae”, ed. Geyer, IV). Las Constituciones Apostólicas (Libro V, Parte XX) dice que Pentecostés duraba una semana, pero en Occidente no se celebró con la octava sino hasta fecha posterior.

De acuerdo a Berno de Reichenau (m. 1048) parece que en su época fue un punto controversial si Pentecostés debía tener una octava. En la actualidad la fiesta tiene un rango similar al del Domingo de Resurrección o Pascua. Anteriormente, se bautizaba durante la vigilia a los catecúmenos que quedaban de la Pascua; en consecuencia, las ceremonias del sábado eran similares a las del Sábado Santo.

El oficio de Pentecostés tiene sólo un nocturno durante toda la semana. En tercia se canta el “Veni Creator” en lugar del himno usual, debido a que el Espíritu Santo descendió a la tercera hora. La Misa tiene una secuencia, de “Veni Sancte Spiritus”, cuya autoría algunos le atribuyen al rey Roberto de Francia.

El color de las vestimentas es rojo, que simboliza el amor del Espíritu Santo o de las lenguas de fuego. Anteriormente los tribunales de justicia no funcionaban durante la semana entera y se prohibían los trabajos serviles. El Concilio de Constanza (1094), limitó esta prohibición a los primeros tres días de la semana. El descanso de martes fue abolido en 1771, y en muchos territorios de misión también el del lunes; este último fue abrogado para toda la Iglesia por el Papa San Pío X en 1911. Todavía, como en Pascua, el rango litúrgico de lunes y martes de Pentecostés es un doble de primera clase.

En Italia era costumbre esparcir pétalos de rosas desde el techo de las iglesias para recordar el milagro de las lenguas de fuego; de ahí que el domingo de Pentecostés es llamado Pascha rosatum en Sicilia y en otras regiones italianas. El nombre italiano Pascha rossa proviene de los colores rojos de las vestimentas usadas en Pentecostés. En Francia era costumbre el toque de trompetas durante el servicio divino, con el objeto de recordar el sonido del poderoso viento que acompañó el descenso del Espíritu Santo.

En Inglaterra, la nobleza se entretenía con carreras de caballos. En la actualidad el festival de “Whitsun Ales” o jaranas está prácticamente obsoleto en Inglaterra. En estas jaranas de Pentecostés se representaban dramas. En las vísperas de Pentecostés, en las Iglesias Orientales se realizaban servicios extraordinarios de genuflexión, acompañados por largas oraciones poéticas y Salmos (cf Maltzew, “Fasten-und Blumen Triodion”, p. 898 en donde se da el servicio greco-ruso completo; cf. también Baumstark, “Jacobit, Fest Brevier”, p. 255). Para los festejos de Pentecostés, los rusos llevan flores y ramas verdes en sus manos.

Fuente Aciprensa.com

“Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo”

“Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo”

Lucas: 24, 46-53

En aquel tiempo, Jesús se apareció a sus discípulos y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados.

Ustedes son testigos de esto. Ahora yo les voy a enviar al que mi Padre les prometió. Permanezcan, pues, en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto”.

Después salió con ellos fuera de la ciudad, hacia un lugar cercano a Betania; levantando las manos, los bendijo, y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos y elevándose al cielo. Ellos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo, y permanecían constantemente en el templo, alabando a Dios.

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A los cuarenta días después de la Resurrección habiendo instruido a sus Apóstoles sobre la nobilísima misión de establecer el Reino de Dios en el mundo, Jesús iba a subir al cielo, donde le esperaban las glorias celestiales. Bendijo a su querida Madre, a los Apóstoles y discípulos y se despidió de ellos. Una nube lo ocultó de sus miradas.

Le acompañaban innumerables espíritus, los primeros frutos de la redención, que Él había sacado del Limbo. Las jerarquías angélicas salían al encuentro del Salvador del mundo.

Al situarse junto al Padre, toda la corte celestial entonó un himno glorioso de alabanza, como el que oyó Juan en sus visiones: “Digno es el Cordero, que ha sido degollado, de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría y la fuerza, la honra, la gloria y la alabanza” (Ap 5, 12).

Jesús entró en los cielos para tomar posesión de su gloria. Mientras estaba en la tierra, gustaba siempre de la visión de Dios; pero únicamente en la Transfiguración se manifestó la gloria de su Humanidad Sacratísima, que, por la Ascensión, se colocó al lado del Padre celestial y quedó ensalzada sobre toda criatura humana.

La noche antes de morir oraba Jesús al Padre diciendo: “Te he glorificado en la tierra, cumpliendo la obra que me habías encargado. Ahora tu, Padre, dame junto a ti la misma Gloria que tenía a tu lado desde antes que comenzara el mundo”(Juan 17, 4’’).

Por estar unida al Verbo Divino, que es la segunda persona de la Santísima Trinidad, la Humanidad de Jesús disfruta del derecho a la gloria eterna. Comparte con el Padre la infinita felicidad y poder de Dios. Justa recompensa por todo lo que hizo y mereció en la tierra. Humanidad elevada al Cielo por encima de toda criatura, porque en la tierra por debajo de todo se humilló.

Cuando acabe la lucha en esta vida, Jesús nos dará la gracia de compartir eternamente el gozo de su victoria.

Jesús subió a los cielos para ser nuestro Mediador ante el Padre. Allí está intercediendo por nosotros. Subió para rendir cuentas al Padre celestial de la gran obra que había acabado en la tierra. La Iglesia nació, la gracia brota en abundancia de su Cruz en el Calvario y se distribuye por los Sacramentos, la duda de justicia es pagada, la muerte y el infierno son vencidos, el Cielo es abierto y el hombre es puesto en el camino de salvación. Jesús merecía este glorioso recibimiento, al regresar a su hogar.
La Ascensión, además, es garantía de nuestra propia subida al Cielo, después del Juicio de Dios. Fue a prepararnos sitio en su Reino y prometió volver para llevarnos con Él.

Vayamos en espíritu con Jesús al Cielo y moremos allí. Sea esta nuestra aspiración ahora en fe, esperanza en caridad. Busquemos solamente los gozos verdaderos.

fuente: EWTN.com

“Aconsejar en sano”

“Aconsejar en sano”

Juan 16,12-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que toma de lo mío y os lo anunciará.»

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En más de una ocasión solemos por la cercanía que tenemos en base a la amistad o el conocimiento de la otra persona, solicitar o brindar un consejo, sobre todo cuando atravesamos por circunstancias adversas o indecisas en las que necesitamos una segunda opinión además de la propia.

Cuando se pide dicho consejo, nos convertimos en responsables de las palabras que emitamos hacia la otra persona, por el simple hecho de que está receptiva a lo que le vayamos a comunicar y lo más probable es que lo hará suyo.

Por ello es muy importante saber que aquello que aconsejemos, debe de estar basado en la verdad y en el sentido común. Ya que solemos impregnar el consejo con la propia experiencia tal como lo imaginamos o cómo tenemos experiencia, y a veces dicho consejo va empapado de nuestros propios problemas, entonces el consejo ya no es sano.

Sin embargo, cuando permitimos cultivarnos en la oración y dejamos que el mismo Espíritu Santo inunde toda nuestra existencia, otorga la sabiduría asistente para cada circunstancia de la vida, ilumina de tal manera que, sobre todo busque el mejor fin y la mejor solución para crecimiento de todos, además de procurar con la misma situación santificarnos.

La mejor manera de aconsejar en sano es en base a la verdad y en base al Santo Espíritu, para no impactar a la persona con mis propios errores.