“Corpus Christi”

“Corpus Christi”

Marcos 14, 12-16. 22-26

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: –¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?

Él envió a dos discípulos, diciéndoles: –Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde esta la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?”

Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.

Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.

Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: –Tomad, esto es mi cuerpo.

Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron.

Y les dijo: –Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.“Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.

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La fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, donada hacia nosotros, es una muestra de la máxima expresión de su amor, es el vestigio que tenemos día a día el celebrar la Sagrada Eucaristía de su presencia y sobre todo del milagro de estar con nosotros y darse como alimento.

Milagro que obra a través del Sacerdote en el mismo nombre de Jesucristo, bajo la acción del Espíritu Santo, el cual transforma los elementos como lo es el pan en su carne y el vino en su sangre, de una manera sacramentada, es decir, no físicamente, sino con toda su divinidad.

El vino ya consagrado así como hostia, dejan de ser en su ser lo que son, para cambiar de substancia, es lo que llamamos la transubstanciación, si los vemos físicamente veremos el mismo pan y el mismo vino, porque los accidentes de esa materia como lo es el olor, el sabor, la textura, la forma Dios la respeta y permanece, pero en realidad es el mismo Jesucristo presente y vivo que ha llegado a quedarse bajo esa forma como algo muy sencillo y accesible a nosotros, así tan connatural como es el alimentarnos.

Por ello cada vez que tengamos la posibilidad de acercarnos a la mesa del altar, es justo que nos unamos a Él en comunión, porque se nos da como pan de vida para el camino de esta vida y más fácilmente reconocer y esperar la misma vida que ya nos dio pero siempre a su lado eternamente y en felicidad, la cual ya adoramos en la custodia para gozar de lo mismo en el cielo, pero en todo su amor y en toda su plenitud sin límites ni limitantes.

“Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote”

“Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote”

Lucas 22, 14-20

Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo: –He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios. Y tomando una copa, dio gracias y dijo: –Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios.

Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: –Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía.

Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo: –Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros.

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Definición de la palabra “sacerdote”: un mediador autorizado para ofrecer sacrificios a Dios en reconocimiento de Su dominio supremo y en expiación por los pecados.

Muchas religiones paganas tienen sacerdotes que ofrecen sacrificios según sus conceptos de la divinidad. Pero Dios se reveló a Israel como el Unico Dios verdadero y prohibió la idolatría en el Primer Mandamiento. Los sacerdotes de Israel debían ofrecer sacrificio sólo a Dios.

A diferencia del profeta que comunica el mensaje de Dios a los hombres, el sacerdote es mediador de los hombres ante Dios.

“Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados” -Hebreos 5,1

Sacerdocio común de los fieles y sacerdocio ministerial

El sacerdocio ministerial se diferencia esencialmente, y no sólo de grado, del sacerdocio común de los fieles: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico se ordena el uno para el otro, aunque cada cual participa de forma peculiar del sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial no solo gradual. Porque el sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad que posee, modela y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo: los fieles, en cambio, en virtud del sacerdocio real, participan en la oblación de la eucaristía, en la oración y acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y caridad operante” (LG 10).

Nuevo Testamento

Cristo es Dios y hombre. Como tal es el definitivo Profeta y Sacerdote de la Nueva Alianza. 

Dios lo ha dicho y hecho todo en su Hijo quien, como Hombre, Eterno y Sumo Sacerdote, se ofreció a si mismo una vez y por todas en la Cruz. El es al mismo tiempo sacerdote y víctima de valor infinito y por lo tanto su sacrificio acaba con la necesidad de los antiguos sacrificios que debían repetirse constantemente. Al no necesitarse los antiguos sacrificios, tampoco se necesita el antiguo sacerdocio. Hay un sólo sacerdocio porque hay un sólo sacrificio.

Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos – Jesús, el Hijo de Dios – mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. -Hebreos 4,14-15

Sacerdocio de los fieles bautizados 

Los cristianos de otras iglesias, por lo general, reconocen como nosotros que en el N.T. hay un solo sacerdocio, el de Jesucristo, el Sumo Sacerdote. También por lo general reconocen la doctrina del sacerdocio de todos los fieles, como dice la Escritura:

Pero vosotros sois “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido,” para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz  -I Pedro 2,9

Este pasaje de San Pedro muestra que los miembros de la Iglesia del N.T. tienen un sacerdocio común como lo tenía Israel en el A.T.:

“seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa.” Estas son las palabras que has de decir a los hijos de Israel. Exodo 19, 6

Pero, ¿cómo podemos ser todos sacerdotes si Jesús es el único sacerdote?

Todos los bautizados están unidos a Cristo y participan incluso de su sacerdocio. La mayoría de los protestantes creen, como los católicos, en el sacerdocio universal de los fieles en cuanto a que todos los creyentes ofrecen a Dios oraciones y alabanzas unidos a Cristo.

Sin embargo la fe católica enseña una realidad mas completa sobre el sacerdocio de los fieles: Todos los bautizados somos sacerdotes porque, por la gracia, formamos parte del Cuerpo Místico de Cristo (edificio espiritual).

Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo.
– I Pedro 2,4-5

El bautismo fue el comienzo pero la unión con Cristo debe alimentarse y crecer. Esto significa que todo cristiano debe continuamente ofrecer su vida al Padre en Cristo, morir al hombre viejo y vivir una vida nueva. Es una relación íntima y constante. Ningún cristiano es sacerdote por si mismo pero, en Cristo, todo Cristiano debe ser sacerdote, haciendo de su vida una continua ofrenda.

San Pablo le enseña esto a los que ya eran bautizados:

Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto. -Romanos 12,1-2

Por eso los bautizados tenemos el derecho y deber de ofrecer nuestras vidas y recibir la gracia. Jesús nos ha proveído para ello principalmente por medio de los sacramentos, la participación en la liturgia de la Iglesia y del sacrificio de la Santa Misa. 

El sacrificio de la Santa Misa

Cristo se ofreció al Padre en la Cruz. Este sacrificio se hace presente en la Misa para que nosotros podamos ofrecer nuestras vidas y unirnos a El. Esto es posible porque el sacerdocio del N.T. es muy superior al del A.T. La ofrenda de animales no logra la unión con Dios. Pero ahora es Cristo, Dios y hombre, quien se ofrece, como vimos arriba, para expiar por nuestros pecados y romper las barreras que nos separaban de Dios.

Sacerdocio Ministerial en el A.T.

En el mismo Exodo 19 donde se nos narra sobre el sacerdocio de todos los fieles (según vimos arriba, Cf. Ex 19,6), encontramos la existencia de un sacerdocio ministerial en el A.T.:

Dijo Yahveh a Moisés: «Baja y conjura al pueblo que no traspase las lindes para ver a Yahveh, porque morirían muchos de ellos; aun los sacerdotes que se acercan a Yahveh deben santificarse para que Yahveh no irrumpa contra ellos.» Ex. 19,21-22

Este pasaje, como también la existencia de sacerdotes como Melquisedec, contemporáneo de Abrahán y Jetró, el suegro de Moisés, demuestran que habían sacerdotes aun antes de la Ley de Moisés y el sacerdocio levítico.

Dios transfirió el sacerdocio exclusivamente a la tribu de Leví que se había mantenido fiel a Dios. El libro del Levítico contiene las reglas detalladas para el sacerdocio. Se trata de un sacerdocio organizado con clérigos menores, los levitas y a su cabeza el sumo sacerdote. Los sacerdotes se elegían entre los descendientes de la tribu de Leví y en especial de la familia de Aarón.

Sacerdocio Ministerial en el N.T.
Cristo quiso comunicarnos su vida, no sólo en el bautismo sino también en la Santa Misa y los otros sacramentos. Para recibirlos necesitamos que haya un sacerdocio ministerial que imparta estos sacramentos. Hay un paralelo entre el A.T. y el N.T. Hemos visto que en ambos hay un Sumo Sacerdote, un sacerdocio ministerial y un sacerdocio de los fieles.

El sacerdocio ministerial es esencialmente diferente al sacerdocio común de los fieles.
Los sacerdotes, actuando en la persona de Cristo, ofrecen el sacrificio de la Misa y perdonan los pecados. Cuando el sacerdote ofrece la Misa, es Cristo quien se ofrece; Cuando el sacerdote confiesa es Cristo quien perdona los pecados (Cf. Jn 20,22-23). Es Cristo quien actúa por medio de los sacerdotes para comunicar Su propia vida.

Los protestantes llaman a sus pastores “ministros” porque no han recibido el sacramento del orden. No participan del sacerdocio ministerial de Cristo y por eso no tienen el poder de ofrecer el sacrificio de la Santa Misa (en su lugar, dirigen un “servicio”). No pueden tampoco perdonar pecados en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Comparativa del sacerdocio:

Católicos

Sumo Sacerdote (Cristo)

Unico sacerdocio del N.T.
Sacerdocio ministerial
(Participan del sacerdocio de Cristo como todos los fieles y además reciben el sacramento del orden para servir a los fieles como pastores e impartirles los sacramentos.)
Sacerdocio de los fieles
(Participan de Cristo por el bautismo, crecen en esa unión por medio de la Eucaristía y otros sacramentos que reciben por medio del sacerdote ministerial)

Protestantes

Sumo Sacerdote (Cristo)

Unico sacerdocio del N.T.

No tienen sacerdocio ministerial

(Tienen pastores que pueden bautizar pero no ofrecer el sacrificio de la Santa Misa o impartir los otros sacramentos)

Sacerdocio de los fieles
(Participan de Cristo por el bautismo pero no lo reciben en la Eucaristía ni otros sacramentos)

El sacerdocio del N.T. no es el antiguo sacerdocio levítico

Pues bien, si la perfección estuviera en poder del sacerdocio levítico – pues sobre él descansa la Ley dada al pueblo -, ¿qué necesidad había ya de que surgiera otro sacerdote a “semejanza de Melquisedec,” y no «a semejanza de Aarón»? -Hebreos 7,11, Cf. 7,14

El sacerdote en la Santa Misa NO ofrece nuevos sacrificios. 

Cristo posee un “sacerdocio perpetuo”, por lo tanto su sacrificio es perpetuo. Ese sacrificio que ofreció en el Calvario hace 2000 años se hace presente en la Santa Misa, no es un nuevo sacrificio ni una repetición, sino el mismo y único sacrificio por el cual nos unimos a Cristo para salvarnos del pecado y entrar en la vida nueva:

Pero éste posee un sacerdocio perpetuo porque permanece “para siempre.” De ahí que pueda también salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor.  Así es el Sumo Sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos, que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados propios como aquellos Sumos Sacerdotes, luego por los del pueblo: y esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.  -Hebreos 7,24-27

Pues no penetró Cristo en un santuario hecho por mano de hombre, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro,”y no para ofrecerse a sí mismo repetidas veces al modo como el Sumo Sacerdote entra cada año en el santuario con sangre ajena. Para ello habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Sino que se ha manifestado ahora una sola vez, en la plenitud de los tiempos, para la destrucción del pecado mediante su sacrificio. -Hebreos 9,24-26

El sacerdote es sacerdote EN CRISTO y no por cuenta propia. Es Cristo, actuando en el sacerdote, quien consagra y ofrece Su Cuerpo y Sangre en la Santa Misa. San Pablo lo explica:

Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados;  y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo. Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón. De igual modo, tampoco Cristo se apropió la gloria del Sumo Sacerdocio, sino que la tuvo de quien le dijo: “Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy.” -Hebreos 5,1-5

Los Apóstoles fueron los primeros sacerdotes y fueron ordenados por Jesús el Jueves Santo, cuando les dijo: “Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.”
-Lucas 22,19. 

Hasta el fin de los tiempos

Cristo vino no sólo para una generación sino para estar con nosotros hasta el fin del mundo. Su sacrificio del Calvario ha de ser renovado perpetuamente para que todos puedan participar en El. Para ello se vale de los sacerdotes quienes actúan en su nombre y con su poder. Es por eso que San Pablo dice a Tito:

“El motivo de haberte dejado en Creta fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como yo te ordené” -Tt 1, 5. 

Los obispos y sacerdotes reciben el sacramento del orden que viene de los apóstoles, como Tito lo recibió de Pablo, por medio de la ordenación. Esta línea que da ordenaciones que viene del mismo Cristo por medio de los Apóstoles se llama “sucesión apostólica”. 

También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo. -I Pedro 2,5

“Alimento selectivo”

“Alimento selectivo”

Juan 6, 52-59

En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: –«¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Entonces Jesús les dijo: –«Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

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Obligadamente tenemos un gusto gastronómico muy peculiar, el cual ha sido forjado a través del tiempo con el sazón propio del medio, las personas y el ambiente en que te desarrollaste, por consiguiente tu paladar y gusto, reconocerá como la más perfecta aquella comida que te hacía Mamá y que te revoca a los momentos felices en curso, así sea una sopa casera o un pan con leche, y aunque las recetas sean las mismas, los condimentos semejantes, no habrá mejor que la que yo conozco, o mas bien la que me enseñe a comer aunque no fuera perfecta.

Ya con el pasar del tiempo, nuestro gusto se refina y amplía, más sin embargo no deja de ser selectivo. Jesús nos da un nuevo menú, claro, parecería grotesco y algo hasta canibal, digo, si es que se toma textualmente la frase, de “comer su carne y beber su sangre”, nada que ver con el gusto gastronómico, pero sí con el alimentarse.

Y es que Jesús no repara en darnos lo que providencialmente necesitamos para tener vigor y fuerzas, sino que también nos brinda lo que nos da fortaleza y paz, además de los demás dones que se desprenden de éstos y los regalados por medio del Espíritu Santo, al cual le estamos permitiendo reforzar los dones propios que puede poseer nuestra espiritualidad.

Para ello es necesario alimentarnos además del Pan de Vida, que realmente sacia todas las hambres y en caso de tenerlas, a saberlas manejar y sobrellevarlas.

Podríamos pensar que con un Padre Nuestro basta o una oración matinal, o un persignado antes de dormir, cosas buenas y muy bien intencionadas, pero nada que ver con el comulgar en la Eucaristía ya sea de cada día o la dominical. 

Si somos selectivos inclusive en lo espiritual, recuerda que no es lo mismo comer bocadillos que un plato fuerte, y también recuerda que tú eres lo que comes. porque se nota. Aliméntate sanamente, en tu vida y en tu espíritu.

“Procede de Dios”

“Procede de Dios”

Juan 6, 44-51

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: –«Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado.

Y yo lo resucitaré el último día.

Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios».

Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí.

No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre.

Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.

Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

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Las cosas tienen un camino de vida lógico y comprensible, asimilable en nuestro esquema de pensamiento, que no porque algo entendamos, pensemos que lo conocemos todo. Hay cosas que tienen su consecuencia necesaria, y todo lo que hacemos lleva a algún fin o intención.

Estas acciones en nuestra vida las podemos inclusive programar como una meta a llegar, como puede ser comprar un auto, ir a un viaje, planear los estudios, entre otras mil, desde la menor hasta la mayor escala según nuestras posibilidades. 

Mas sin embargo podríamos decir que todas ellas son en su mayoría generadas o proceden de nuestra dedicación y trabajo, son muy nuestras, con la diferencia que de igual manera tienen una caducidad y pasan.

Sin embargo, el Señor Jesús nos comparte algo que ciertamente no es algo que sea muy nuestro, pero que sí es para nosotros, y es que sabiéndonos capaces de hacer y deshacer lo que se nos ocurra, pues entonces nos regala un complemento en el ámbito espiritual que no es ajeno a nosotros.

Nos invita a alimentarnos del Pan de vida eterna, aquél que no podemos nosotros fabricar aunque los frutos de la tierra nos den para ello, porque no procede de nosotros, procede de Dios, aquel que solamente Él es capaz de dar porque de nadie mas puede emanar, aquel que se nos da hoy en día en la Eucaristía, y del que el sacerdote, como instrumento de la gracia de Dios, lo hace no en nombre propio, ni de su propio poder porque no lo tiene, sino en nombre de Jesucristo, quien hace presente su cuerpo y su sangre sacramentada en el mismo altar, como un milagro que se renueva día a día.

Hay que alimentarnos de eso que sólo Dios da, del Pan de Vida, porque es para ti y porque complementa perfectamente tu vida y la eleva al rango divino, a hacernos uno con Él sin perder ni su individualidad ni la nuestra.

“…danos siempre de este pan”

“…danos siempre de este pan”

Juan 6, 30-35

En aquel tiempo, dijo la gente a Jesús: –“¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: «Les dio a comer pan del cielo»”.

Jesús les replicó: –«Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».

Entonces le dijeron: –«Señor, danos siempre de este pan».

Jesús les contestó: –«Yo soy el pan de la vida. El que viene a mi no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed».

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Ante nuestra conciencia podemos afirmar mientras tengamos vida, que aún con hambre no hemos muerto, y eso ya es una bendición, poco o mucho, escaso o abundante, seguimos con vida en el plan de Dios, aunque algunas veces desearíamos que ese alimento estuviera siempre presente de manera estable en la mesa y al gusto, más sin embargo llegamos a pensar que de donde lo llegásemos a obtener, de ahí nos prenderíamos lo más posible.

Jesús que conoce de manera personal nuestra naturaleza humana, es consciente de las necesidades de la misma, por lo que se atreve a afirmar que en realidad ese alimento físico está cubierto de la necesidad hacia arriba, no debe de preocuparnos tanto, ni tan desesperadamente para pedirlo a flor de piel. Por el contrario como ya lo garantiza, cuando menos de su parte, invita a seguirnos alimentando, pero ahora de aquello que perfecciona nuestra vida y nuestra alma, de los dones y las gracias que la complementan y la llevan a su plenitud.

Es evidente que a su vez se refiere a la Eucaristía, donde Él mismo se nos da como alimento y el cual lo garantiza a través de sus ministros consagrados, ahí siempre está presente, pero parece que aunque lo tengamos a la mano, decidimos tomar dieta estricta de los dones divinos y sobre todo de su Cuerpo y Sangre, sacramentados.

Así, siempre vamos a tener hambre, aunque tengamos el estomago saciado, porque esa ansiedad y esa falta de paz no la quita la mejor aspirina del mundo, ni el mejor psicólogo por más caro que cobre o fama tenga. Esa hambre la quita el Señor, en su cuerpo, en la Eucaristía, en la Comunión, donde realmente debemos a su vez de estar preocupados por cuidar nuestro culto y a nuestros sacerdotes para que en realidad nunca falte ese pan, de lo contrario un hambre se va comer a la otra y líbrenos Dios de ello.

Por ello te invito también a pedirle constantemente al Señor: “…danos siempre de este pan”.

“Que nada se desperdicie…”

“Que nada se desperdicie…”

Juan 6, 1-15

En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos.

Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.

Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: –«¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?»

Lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.

Felipe le contestó: –«Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: –«Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?»

Jesús dijo: –«Decid a la gente que se siente en el suelo».

Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil.

Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.

Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: –«Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie».

Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: –«Este sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo».

Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

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En la escena de la multiplicación de los panes, encontramos un contexto de hambre, pero no es aquella que surge de la falta de alimento, en cierta manera sí, pero una nos lleva a la otra, a aquella que se revela inmediata y anteriormente a la de los panes, y es el hambre de paz, de justicia, de amor de atención, de esperanza, que surge inicialmente al buscar a aquel que la sacia y, ese es Jesús.

Esas hambres siempre traen consigo complicaciones y es que de suyo ya implica un problema: el saciarla. ¿Cómo? es entonces dónde hay que buscar las soluciones, pero las que sean correctas y adecuadas para que realmente se sacien.

Tenemos el caso de la búsqueda de pan, dónde Jesús permite a sus discípulos ser parte de la solución y en donde cada quien, errónea o certeramente proponen sus soluciones según ellos adecuadas. Sin embargo la solución de Dios junto con las nuestras se complementan y llegan a buen fin, el deseado, ya que su milagro, complementa nuestra obra.

Tan valiosa es la búsqueda y la solución de saciar las hambres en todos los niveles, que no vale la pena desperdiciar nada, todo hay que aprovecharlo, implica nuestro esfuerzo y la gracia de Dios, por ello no desperdiciar nada ya que siempre a alguien le aprovechará.

“Sacerdocio, Caridad, Eucaristía”

“Sacerdocio, Caridad, Eucaristía”

Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: –«Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?»

Jesús le replicó: –«Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».

Pedro le dijo: –«No me lavarás los pies jamás».

Jesús le contestó: –«Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo».

Simón Pedro le dijo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».

Jesús le dijo: –«Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».

Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: –«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

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En un día como hoy, se nos expresó la máxima muestra del amor de Dios, ya que textualmente lo afirma el evangelio, “los amó hasta el extremo”, porque más no se podía, y si se pudiera, más nos amaría.

Amor que no se contenta con la cercanía y los abrazos, amor que se concreta en testimonio y regalos, no para unos cuantos, sino para todo el género humano. Sabiendo que su obra tiene que pasar y trascender, no duda en instituir el sacerdocio, como un regalo en el que Él mismo se hará presente eficazmente, ya que lo participa como algo suyo y ejercido en su nombre eternamente.

Va vinculado naturalmente a la Eucaristía, en dónde se renueva el hecho salvífico de su sacrificio como memorial, se queda entre nosotros y se nos da en alimento para el camino en esta vida hacia la patria celestial.

Además, coronado con el mandato del amor, con esa caridad que tanto nos hace falta, ya que sin ese amor, tanto el sacerdocio, como la eucaristía no tienen ninguna razón de ser. 

¿Cómo podremos corresponder a tan gran regalo en medio del amor?

La respuesta está claramente implícita: Celebrar junto con el Sacerdote la Eucaristía, alimentarnos y unirnos a través de la comunión íntimamente con Jesús, y salir a las calles, en la familia, en el trabajo o la escuela, con los amigos e incluso con los desconocidos así como los enemigos a ejercer la máxima muestra de caridad con hechos concretos.

“Desmayos en el camino”

“Desmayos en el camino”

Marcos 8, 1-10

Uno de aquellos días, como había mucha gente y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: —Me da lástima de esta gente; llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino. Además, algunos han venido desde lejos. Le replicaron sus discípulos: —¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para que se queden satisfechos?

El les preguntó: —¿Cuántos panes tenéis?

Ellos contestaron: —Siete.

Mandó que la gente se sentara en el suelo: tomó los siete panes, pronunció la Acción de Gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos cuantos peces: Jesús los bendijo, y mandó que los sirvieran también. La gente comió hasta quedar satisfecha, y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas; eran unos cuatro mil. Jesús los despidió, luego se embarcó con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.

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Suena un poco fatalista o espectacular el hecho mismo de escuchar que podemos tener desmayos en el camino, como que pensamos que no es lo común ni tampoco una posibilidad a corto plazo, ya que  nos sentimos fortalecidos y con plena salud.

Ese tipo de desmayos, ciertamente es lo mas común con alguien que de suyo no se alimenta propiamente, atentando contra su salud y con la tranquilidad de los suyos. En cierta manera Jesús se refiere primordialmente a cuidar la salud de aquellos encomendados, tiene preocupación por ellos, por lo que pide a sus discípulos con esa excusa, una colaboración concreta en el plano humano, pero también en el plano divino.

Podríamos pensar que ese problema lo tenemos resuelto, ya que, aunque sea poco, tenemos algo con qué alimentarnos. Más sin embargo confío en que esa enseñanza va más allá, es un poco más profunda y específica, ya que a todos a aquellos los que nos decimos consagrados e inclusive a todo fiel cristiano, nos invita comparativamente a alimentarnos del pan que Él nos dará, es decir la eucaristía, pero sobre todo ayudarlo a darlo a los demás una vez que nosotros estemos fortalecidos.

Si nuestras buenas intenciones intentan ayudar a alguien, débiles y dañados por el mal y la propia experiencia de vida, estaremos discapacitados para ello, ya que nuestro apoyo irá impregnado de nuestros propios desmayos y debilidades, los empaparemos de nuestra propia situación, más si por el contrario estamos fortalecidos y con la suficiente paz en nuestros corazones, entonces sabremos manejar lo nuestro sin interferir en lo de los demás.

Somos más vulnerables de lo que pensamos y aunque estemos sanos y fuertes, sufrimos constantes desmayos en el camino por nuestra pobre fe y espiritualidad que no ejercitamos, sobre todo en los vicios de pecado ya rutinarios en tu vida, fortalécete, que el que gana eres tu.

“Muestra de cómo alimentarnos”

“Muestra de cómo alimentarnos”

Mateo: 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.

Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. Él les dijo: “Tráiganmelos”.

Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.

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No existe absolutamente nadie que no haya experimentado el hambre y lo que es saciarla, de hecho algo tan básico Dios en su plan lo toma para que de la manera más intrínsecamente sencilla se entienda cómo alimentar de igual manera nuestra alma.

Al igual que en el evangelio, hoy en día siguen las personas desviviéndose por el alimento, incluso no faltan indigentes y personas con necesidad que frecuentan las iglesias para pedir el pan de cada día.

Situación que se debe tomar con delicadeza, porque puede desencadenar una codependencia a vivir permanentemente con la mano estirada para que el otro obligadamente me alimente, y ese no es el plan de Dios. La gente hasta se enoja porque dice que les tenemos que dar, así como Jesús alimentó a su gente.

Lo más fácil es pedir pan, comer y volver a pedir, sin producir ni dar lo mínimo, pero cuando les ofreces trabajo y una oportunidad de salir y ser auto dependientes, se ofenden e insultan haciendo escándalo. 

No basta con pedir pan aún con trabajo, sino que Jesús ofrece un nuevo alimento que sacia el hambre espiritual y calma toda moción negativa para estar libres de opresiones y preocupaciones para poder trabajar e ingeniosamente progresar.

Pero ese pan de vida no lo queremos, tan sólo buscamos el que sacia el estómago, pero no el que sana el alma, por ello ese modelo de alimentación es el que con la multiplicación de los panes está implantando, y no el de poner panadería gratis.

“Solemnidad del Cuerpo y La Sangre de Cristo”

“Solemnidad del Cuerpo y La Sangre de Cristo”

Juan: 6, 51-58

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.

Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” Jesús les dijo: “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre”. 

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Corpus Christi es la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía.

Este día recordamos la institución de la Eucaristía que se llevó a cabo el Jueves Santo durante la Última Cena, al convertir Jesús el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.

Es una fiesta muy importante porque la Eucaristía es el regalo más grande que Dios nos ha hecho, movido por su querer quedarse con nosotros después de la Ascensión.

Origen de la fiesta:

Dios utilizó a santa Juliana de Mont Cornillon para propiciar esta fiesta. La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Por diferentes intrigas tuvo que irse del convento. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.

Juliana, desde joven, tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre añoraba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haberse intensificado por una visión que ella tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad.

Ella le hizo conocer sus ideas a Roberto de Thorete, el entonces obispos de Liège, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos; a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Liège, después obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén y finalmente al Papa Urbano IV. El obispo Roberto se impresionó favorablemente y como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; también el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan debía escribir el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.

El obispo Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez por los cánones de San Martín en Liège. Jacques Pantaleón llegó a ser Papa el 29 de agosto de 1261. La ermitaña Eva, con quien Juliana había pasado un tiempo y quien también era ferviente adoradora de la Santa Eucaristía, le insistió a Enrique de Guelders, obispo de Liège, que pidiera al Papa que extendiera la celebración al mundo entero.

Urbano IV, siempre siendo admirador de esta fiesta, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. Este oficio, compuesto por el doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, por petición del Papa, es uno de los más hermosos en el breviario Romano y ha sido admirado aun por Protestantes.

La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Juan XXII, sucesor de Clemente V, instó su observancia.

Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes en a partir del siglo XIV.

La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306; en Worms la adoptaron en 1315; en Strasburg en 1316. En Inglaterra fue introducida de Bélgica entre 1320 y 1325. En los Estados Unidos y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.

En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.

El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurección de Nuestro Señor Jesucristo.

Fuente: http://www.corazones.org

El milagro de Bolsena

En el siglo XIII, el sacerdote alemán, Pedro de Praga, se detuvo en la ciudad italiana de Bolsena, mientras realizaba una peregrinación a Roma. Era un sacerdote piadoso, pero dudaba en ese momento de la presencia real de Cristo en la Hostia consagrada. Cuando estaba celebrando la Misa junto a la tumba de Santa Cristina, al pronunciar las palabras de la Consagración, comenzó a salir sangre de la Hostia consagrada y salpicó sus manos, el altar y el corporal.

El sacerdote estaba confundido. Quiso esconder la sangre, pero no pudo. Interrumpió la Misa y fue a Orvieto, lugar donde residía el Papa Urbano IV.

El Papa escuchó al sacerdote y mandó a unos emisarios a hacer una investigación. Ante la certeza del acontecimiento, el Papa ordenó al obispo de la diócesis llevar a Orvieto la Hostia y el corporal con las gotas de sangre.

Se organizó una procesión con los arzobispos, cardenales y algunas autoridades de la Iglesia. A esta procesión, se unió el Papa y puso la Hostia en la Catedral. Actualmente, el corporal con las manchas de sangre se exhibe con reverencia en la Catedral de Orvieto.

A partir de entonces, miles de peregrinos y turistas visitan la Iglesia de Santa Cristina para conocer donde ocurrió el milagro.

En Agosto de 1964, setecientos años después de la institución de la fiesta de Corpus Christi, el Papa Paulo VI celebró Misa en el altar de la Catedral de Orvieto. Doce años después, el mismo Papa visitó Bolsena y habló en televisión para el Congreso Eucarístico Internacional. Dijo que la Eucaristía era “un maravilloso e inacabable misterio”.

Tradiciones mexicanas de Corpus Christi

Esta fiesta tradicional data del año 1526. Se acostumbra rendir culto al Santísimo Sacramento en la Catedral de México. El centro de la festividad era la celebración solemne de la Misa, seguida de una imponente procesión que partía del Zócalo, en la que la Sagrada Eucaristía, portada por el arzobispo bajo palio, era escoltada por autoridades virreinales, cabildo, cofradías, ejército, clero y pueblo. Había también representaciones teatrales alusivas, música y vendimia especial.

Los campesinos traían en sus mulas algunos frutos de sus cosechas para ofrecérselas a Dios como señal de agradecimiento. Esto dio origen a una gran feria que congregaba artesanos y comerciantes de distintos rumbos del país, que traían mercancías a lomo de mula (frutos de la temporada y artesanías que transportaban en guacales).

Cuentan que un hombre, llamado Ignacio, tenía dudas acerca de su vocación sacerdotal y un jueves de Corpus le pidió a Jesucristo que le enviara una señal. Al Pasar el Santísimo Sacramento frente a Ignacio en la procesión, Ignacio pensó: “Si ahí estuviera presente Dios, hasta las mulas se arrodillarían” y, en ese mismo instante, la mula del hombre se arrodilló. Ignacio interpretó esto como señal y entregó su vida a Dios en el sacerdocio y se dedicó para siempre a transmitir a los demás las riquezas de la Eucaristía.

Así fue como surgieron las mulitas elaboradas con hojas de plátano secas con pequeños guacales de dulces de coco o de frutas, de diversos tamaños.

Ponerse una mulita en la solapa o comprar una mulita para adornar la casa, significa que, al igual que la mula de Ignacio, nos arrodillamos ante la Eucaristía, reconociendo en ella la presencia de Dios.

Esta fiesta se celebra cada año el jueves después de la Santísima Trinidad. Se lleva a cabo en la Catedral y los niños se visten de inditos para agradecer la infinita ternura de Jesús. Se venden mulitas con gran colorido.

Diversas maneras de celebrar esta fiesta

Participar en la procesión con el Santísimo

La procesión con el Santísimo consiste en hacer un homenaje agradecido, público y multitudinario de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Se acostumbra sacar en procesión al Santísimo Sacramento por las calles y las plazas o dentro de la parroquia o Iglesia, para afirmar el misterio del Dios con nosotros en la Eucaristía.

Esta costumbre ayuda a que los valores fundamentales de la fe católica se acentúen con la presencia real y personal de Cristo en la Eucaristía.

La Hora Santa

Es una manera práctica y muy bella de adorar a Jesús Sacramentado. El Papa Juan Pablo II la celebra, al igual que la mayoría de las Parroquias de todo el mundo, los jueves al anochecer, para demostrar a Cristo Eucaristía amor y agradecimiento y reparar las actitudes de indiferencia y las faltas de respeto que recibe de uno mismo y de los demás hombres.

Consiste en realizar una pequeña reflexión evangélica, en presencia de Jesús Sacramentado y, al final, se rezan unas letanías especiales para demostrarle a Jesús nuestro amor.

Se puede celebrar de manera formal con el Santísimo Sacramento solemnemente expuesto en la custodia, con incienso y con cantos, o de manera informal con la Hostia dentro del Sagrario. Cualquiera de las dos maneras agrada a Jesús.

Se inicia con la exposición del Santísimo Sacramento o, en su defecto, con una oración inicial a Jesucristo estando todos arrodillados frente al Sagrario.

A continuación, se procede a la lectura de un pasaje del Evangelio y al comentario del mismo por parte de alguno de los participantes.

Luego, se reflexiona adorando a Jesús, Rey del Universo, en la Eucaristía.

Se termina con las invocaciones y las letanías correspondientes y, en el caso de que la Hora Eucarística se haya hecho delante del Santísimo solemnemente expuesto, el sacerdote da la bendición con el Santísimo; en caso contrario, se finaliza la Hora Santa con una plegaria conocida de agradecimiento.

¿Qué hacer cuando no se puede ir a comulgar?

Se puede llevar a cabo una comunión espiritual. Esto es recibir a Jesús en tu alma, rezando la siguiente oración:

“Creo, Jesús mío, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo ardientemente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Quédate conmigo y no permitas que me separe de ti. Amén”