“Nos falta fe”

“Nos falta fe”

Mateo: 17, 14-20

En aquel tiempo, al llegar Jesús a donde estaba la multitud, se le acercó un hombre, que se puso de rodillas y le dijo: “Señor, ten compasión de mi hijo. Le dan ataques terribles. Unas veces se cae en la lumbre y otras muchas, en el agua. Se lo traje a tus discípulos, pero no han podido curarlo”.

Entonces Jesús exclamó: “¿Hasta cuándo estaré con esta gente incrédula y perversa? ¿Hasta cuándo tendré que aguantarla? Tráigame aquí al muchacho”. Jesús ordenó al demonio que saliera del muchacho, y desde ese momento éste quedó sano.

Después, al quedarse solos con Jesús, los discípulos le preguntaron: “¿Por qué nosotros no pudimos echar fuera a ese demonio?” Les respondió Jesús: “Porque les falta fe. Pues yo les aseguro que si ustedes tuvieran fe al menos del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a ese monte: ‘Trasládate de aquí para allá’, y el monte se trasladaría. Entonces nada sería imposible para ustedes”.

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Hoy en día parece que a las personas les gusta presumirse de vanguardia intelectual negando oficialmente la fe y a Dios en primera plana, viven acordes a lo que opinen los demás y estar al pendiente del miedo de sentirse rechazados por sus creencias religiosas, tan buenos para ponerse en postura según les convenga.

Tanto negamos a Dios que lo afirmamos en medio de nuestra negación, hasta nos damos el lujo de odiarlo, pero contradictoriamente olvidamos que, en medio de nuestra soberbia y necedad, no se puede odiar algo o alguien que no existe, resulta en un absurdo.

Entonces cuando nuestras fuerzas, amigos, dinero, posesiones y salud menguan, quedamos vacíos y tan faltos de sentido, que terminamos con una muy marcada baja autoestima, y es cuando solos ya no podemos ante el monstruo en que hemos convertido nuestro orgullo que nos domina y doblega.

Es por ello que muchas veces no podemos hacer grandes cosas y obras en la fe, porque es mayor nuestra desconfianza e inseguridad en Dios, depositada a cambio de otras seguridades temporales y materiales que se acaban.

Ahí es donde nos falta fe, donde necesitamos abandonarnos en la total confianza en Dios, para que él mismo la fortalezca y la haga manifiesta con frutos de bondad y felicidad para nosotros y cuantos nos rodean, ahí si que nada sería imposible, aunque el mundo lo remarque como tal.

“A cuantos lo tocaron…”

“A cuantos lo tocaron…”

Mateo: 14, 22-36

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba Él solo allí.

Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

Terminada la travesía, llegaron a Genesaret. Apenas lo reconocieron los habitantes de aquel lugar, pregonaron la noticia por toda la región y le trajeron a todos los enfermos. Le pedían que los dejara tocar siquiera el borde de su manto; y cuantos lo tocaron, quedaron curados.

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Hay que tener muy en cuenta que la presencia del Señor, aunque siempre esté entre nosotros, existen momentos en donde no sabemos ubicarlo, lo dejamos de sentir, creemos que no nos escucha y que nos ha abandonado.

Sin embargo nada de eso es cierto, ya que tan sólo es nuestro sentir que ha sido saturado por otras circunstancias que roban la tranquilidad y la paz, donde mientras les demos importancia, serán las que prevalecerán dominantemente.

No olvidemos que cuando Jesús envía por delante a alguna misión, es porque sabe que todo estará bien a pesar de las circunstancias que en el camino se nos presenten, tenemos la garantía de llegar a la meta, aunque si perdemos en el ínter la paz, podemos de igual manera quedar varados y no avanzar.

Es por ello que cuando nos acercamos a Él y tenemos la valentía de tocarle, al saber que anhelamos su compañía, desborda sus gracias sobre nosotros dándonos la salud integral, la física y sobre todo aquella que no reconocemos que es la del alma y la mente sana. Eso nomás a cuantos lo tocaron.

“El Sembrador”

“El Sembrador”

Mateo: 13, 1-23

Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo:

“Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga”.

Después se le acercaron sus discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?” Él les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.

En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.

Pero, dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron. Escuchen, pues, ustedes lo que significa la parábola del sembrador. A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino.

Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.

Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto.
En cambio, lo sembrado en tierra buena representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”.

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La eficacia de la gracia de Dios es muy manifiesta en todo momento, basta con mirar cuan perfectas acontecen todas las cosas y los tiempos, desde la perspectiva de lo divino y no tan sólo de lo material.

Caso explícito lo tenemos en la parábola del sembrador, que revela cuanto fruto puede dar la misma palabra de Dios, según se le de la importancia que merece recibirla. Dicha parábola no necesita mayor explicación cuando de suyo Jesús mismo la explica, donde el Sembrador es quien hace la diferencia al manifestar esa generosidad para fecundar la tierra.

“No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!’…”

“No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!’…”

Mateo: 7, 21-29

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No todo el que me diga: ‘ ¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos.

Aquel día muchos me dirán: `¡Señor, Señor!, ¿no hemos hablado y arrojado demonios en tu nombre y no hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros?’ Entonces yo les diré en su cara: ‘Nunca los he conocido. Aléjense de mí, ustedes, los que han hecho el mal’.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa; pero no se cayó, porque estaba construida sobre roca.

El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente”.

Cuando Jesús terminó de hablar, la gente quedó asombrada de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas

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Existen ciertos tabúes que son interpretados y creídos tan fuertemente que distorsionan la verdad, sobre todo en lo que a la Salvación Eterna se refiere, van desde el que le basta tan solo con creer, hasta el que se mata lenta y sacrificialmente por una manda religiosa.

Los hay que por el hecho de que ya están bautizados se sienten que ya están del otro lado, y el resto de la vida no importa, olvidándose que la gracia recibida hay que cuidarla y hacerla fructificar santamente. Otros creen que son elegidos porque un falso profeta se los afirmó y solamente ellos se van a salvar.

Hay quien piensa que con persignarse en la mañana y decir una oración allá cada que les “nace” es más que suficiente y hasta sienten que les deben el séptimo cielo.

Hay quien va eventualmente al templo, hacen oración y participan de los sacramentos, que de suyo bastan para salvarnos, pero se sienten de los elegidos, su actitud y testimonio no dan para nada de qué bien hablar.

Habrá otros casos que se la pasan en una personal y profunda oración, dedicados enteramente disque intercediendo y sacando demonios con oraciones personales y directas sobre las personas, pero son incapaces de unirse a una comunidad de oración, donde ponga en común su servicio, dones y capacidades, para que en su vida, junto con los demás se fortalezca y lo guíen. Aislados e independiente nunca.  Así no funcionan las cosas.

Clarísimo es el Evangelio de hoy, donde afirma que no basta reconocer su nombre y llamarlo como tal, ni falsamente decirle ¡Señor, Señor!, en este caso las palabras salen sobrando, cuando de suyo la constante oración, muy eficaz, el buen ejemplo y las obras surgidas de la escucha asimilada de su Palabra, son las que nos llevan al buen ejemplo y al obrar. Porque no basta que te conozca Jesús a ti, tú también lo tienes que conocer y amar, así los frutos de ese amor se manifestarán en tu vida y en la de los demás.

Su Palabra una vez escuchada, asimilada y amada, debe de ponerse en práctica, sólo así será viva, activa y eficaz, en eso consiste ya introducirte desde aquí en la vida eterna.

“Nunca solos”

“Nunca solos”

Juan: 14, 15-21

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.

No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes. El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él”.

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Son muchas las ocasiones en que se nos remarca que nadie debe de quedarse solo, sobre todo aquellas personas que suelen tener codependencias no pueden vivir sin tener a alguien a su lado, sobre todo para que supla las seguridades y atenciones que demandamos.

Además hay personas que en realidad la compañía no es una necesidad, saben moverse solas en todos los aspectos de su vida y no necesariamente es una situación indeseable, como muchos lo ven en medio de sus miedos.

De hecho hay personas que aunque tengan cientos o una persona a su lado, se sienten solos. La sociedad está precisamente estructurara para que en sana convivencia aportemos con nuestro trabajo, capacidades y dones lo que necesitan, para hacer más fácil la vida, cada quien poniendo de su parte incluso con lo que sustentan y se sustentan a sí mismos dentro de una gama de servicios establecidos.

Es un hecho, que además Jesús nos revele que precisamente Él vino para quedarse, y ahora resucitado lo puede hacer de una manera eficaz, así como sacramental. Con una presencia humana y física puede atender tan sólo en una locación específica, mientras que a través de su Santo Espíritu, dentro de su ser omnipresente y omnipotente está más cerca que nunca.

Es por ello que nos hace de su conocimiento que debemos de esperar y aceptar el Espíritu Santo, ya que ahora dispuesta y restaurada nuestra alma, puede habitar en toda su plenitud incluso en nosotros mismos, y sobre todo en aquellos que le den cabida, le amen y permitan hacer su obra a través de nuestro ser como una gracia concedida que nos bendice y plenifica en común colaboración.

Nunca estamos solos, y quien así lo sienta, es porque no se ha permitido cohabitar en Cristo que está a su lado, pero requiere tu aceptación y permiso para estar contigo.

“La maternidad en el plan de Dios”

“La maternidad en el plan de Dios”

Juan: 12, 44-50

En aquel tiempo, exclamó Jesús con fuerte voz: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas.

Si alguno oye mis palabras y no las pone en práctica, yo no lo voy a condenar; porque no he venido al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.

El que me rechaza y no acepta mis palabras, tiene ya quien lo condene: las palabras que yo he hablado lo condenarán en el último día. Porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que mi Padre, que me envió, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar. Y yo sé que su mandamiento es vida eterna. Así, pues, lo que hablo, lo digo como el Padre me lo ha dicho”.

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Hoy celebramos en nuestro país el día de las madres, fiesta que remarcamos con suma importancia por honrar en especial a aquellas mujeres que decidieron colaborar en el plan de Dios, participando de la creación en corresponsabilidad con el Creador.

Dios respeta el mismo don que ha regalado tanto de la paternidad como de la maternidad, ya que a su Unico Hijo, no lo envío en medio de un terremoto surgiendo de las entrañas de la tierra, ni fue lanzado en medio de un rayo, tampoco cayó del cielo, ni fue traído por una corte celestial de ángeles y depositado en tres nosotros. Nació de Mujer.

Es por ello que hoy, en este día especial, remarco ese magnífico don y pido siga bendiciendo a todas aquellas bellas mujeres que le han dicho sí al Señor como María, aquellas que han dicho sí al don de la vida, aquellas que se han donado generosamente al dar de sí tanto su ser, como su tiempo y amor por aquellos que les han sido encomendados en filiación.

Mil Gracias por ser madres. Elevo al creador una oración por todas ustedes solicitando las gracias necesarias para la etapa de vida que estén llevando con sus hijos. Felicidades y bendiciones.

"Explicó los pasajes"

Explicó los pasajes”

Lucas: 24,13-35

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.

Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?” Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?” Él les preguntó: “¿Qué cosa?”. Ellos le respondieron: “Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron.

Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron”.

Entonces Jesús les dijo: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?” Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.

Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!”.

Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: “De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón”. Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

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Cuánta necesidad tenemos de obtener conocimientos, de tener la oportunidad de adquirirlos y por otro lado de poder asimilarlos, ya que no cualquier persona tiene acceso a ellos de manera oficial, y aunque hoy en día se dice que la educación es gratuita, la calidad y manipulación de la misma no da para mucho.

Se ha creado una conciencia de que es mejor por la situación que cada persona vive, quedarse navegando en en el analfabetismo, cuando en realidad si la persona lo desea puede salir de dicha situación. 

De hecho existen por doquier lugares de profundización del conocimiento en todos los aspectos y materias de manera gratuita, pero aun así no los aprovechamos. Y claro que eso redunda en nuestra vida.

Esa necesidad de conocer, es la que nos hace equivocarnos y sufrir, porque ya no tenemos esa ciencia infusa que se nos había participado desde los orígenes de la creación adjunta a la santidad y gracia divina, pero junto con el pecado se han perdido.

Ahora hay que aprender, y quien tiene el conocimiento lo usa para manipular y limitarlo a los demás, para nada se asemeja eso al plan De Dios.

Sin embargo Jesús, restaurando la gracia, a su vez da a conocer y a explicar ese conocimiento a veces perdido, olvidado o no bien entendido sobre el plan de Dios expuesto desde antiguo en las Sagradas Escrituras.

Su plan es dar a conocer la verdad y restaurarla desde la gracia. Por ello dejemos que la verdad sea la que se nos descubra y la hagamos nuestra, ya que complementa aquello que habíamos pedido, y que en realidad necesitamos para cambiar y caminar en nuestra vida por el verdadero plan y, no por el que nos presentan para beneficio de otros. Es por ello que Jesús también nos explicó esos pasajes, para darnos a conocer lo que de suyo desconocíamos. 

“Complementos”

“Complementos”

Juan 3, 7-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: –«Te lo aseguro, tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.

Nicodemo le preguntó: –¿Cómo puede suceder eso?

Le contestó Jesús: –«Y tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo? Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna».

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A primera instancia, creemos que el centro del universo lo somos nosotros, es decir, crees que lo eres tú, porque desde el momento en que nacemos, no hacemos otra cosa sino pedir atención y ser saciados en todos los aspectos de la vida. Necesidades que son conatos a nuestro ser, pero que en su momento pareciese que quedan permanentemente en nuestra vida, demandando constantemente todo a todos.

Aquí es donde Jesús resucitado nos brinda la oportunidad muy certera de crecer y no depender tan sólo de lo que humanamente se nos ha regalado, es por ello necesario nacer de nuevo, optar por una vida no tan sólo centrada en mí mismo, sino que hay que salir de nuestro ego y elevar la mirada para ver claramente de dónde venimos y a dónde vamos, así como los que están a nuestro alrededor.

Ya que centrados en nuestro ego, es imposible detectar de dónde viene el viento y a dónde va, porque no es relevante ni importante para mi, hay que nacer a esa vida más plena dónde la riqueza de los dones y capacidades de los demás nos complementan exitosamente; dónde descubrimos que existe algo más que yo y aún así más importante, sin degradar nuestra propia apreciación y autoestima.

Son esos complementos que además de los evidentemente reconocidos en esta tierra, nos ayudan y esclarecen los que vienen del cielo, y aquí es donde el complemento se plenifica, ya que no tan sólo dependemos del aquí y el ahora, sino que nuestra vida y espíritu se abre a donde pertenece, a lo eterno.

Cristo es el mejor y mayor complemento, ya que sin Él, tan sólo eres tú y tu efímera fama de quince minutos.

“Librarnos de la incredulidad”

“Librarnos de la incredulidad”

Marcos: 16, 9-15

Habiendo resucitado al amanecer del primer día de la semana, Jesús se apareció primero a María Magdalena, de la que había arrojado siete demonios. Ella fue a llevar la noticia a los discípulos, los cuales estaban llorando, agobiados por la tristeza; pero cuando la oyeron decir que estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.

Después de esto, se apareció en otra forma a dos discípulos, que iban de camino hacia una aldea. También ellos fueron a anunciarlo a los demás; pero tampoco a ellos les creyeron.

Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no les habían creído a los que lo habían visto resucitado. Jesús les dijo entonces: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura”.

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No es nada raro encontrar que los discípulos de Jesús así como los doce, van por un camino de crecimiento, donde desprendernos de lo material es muy difícil, ya que los dones espirituales nos son participados por pura generosidad de Dios, pero tenemos que descubrirlos, ubicarlos y hacerlos crecer, cosa que aún falta en muchos de ellos.

Sin embargo de palabra y de testimonio, bastó toda la formación que el Señor Jesús les brindó, mientras estaban acompañándolo a tiempo completo pero que aún falta asimilar, ya que la reacción de Jesús ante todos ellos después de su resurrección es de admiración por tanta incredulidad.

A eso debemos añadir el miedo que les tenía preso por la muerte de Jesús en la que se estancaron, situación dura porque implicaba sus propias vidas, y tres días no bastaban para reaccionar ante tal impacto.

Pero el tiempo apremia, por eso Jesús no deja que otras circunstancias les enfríe su fe, su caridad y su amor, les reclama su incredulidad y los invita a que sean testigos de su resurrección para que vayan a emprender la misión para la que fueron llamados, de llevar el Evangelio a toda creatura.

Es por ello digno de tomar en consideración el librarnos de la incredulidad, que entorpece procesos y evita que siga creciendo la misma fe, hasta afianzarse fuertemente para dar testimonio con las propias obras y el compromiso personal.

“El Reino que no vemos”

“El Reino que no vemos”

Marcos: 8, 34-9,1

En aquel tiempo, Jesús llamó a la multitud y a sus discípulos, y les dijo: “El que quiera venir conmigo, que renuncie así mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.

¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla? Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras ante esta gente, idólatra y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él, cuando venga con la gloria de su Padre, entre los santos ángeles”.

Y añadió: “Yo les aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto primero que el Reino de Dios ha llegado ya con todo su poder”.

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Es muy común vivir hoy en día estresados y cansados, con una visión ciertamente no tan optimista del mundo, sobre todo porque la tónica suele marcarla nuestra actitud disminuida y con perfil bajo, por la saturación de lo que el mundo nos presenta y que no podemos ser. 

Es entonces cuando se nos invita a alzar la mirada a lo alto, hacia Dios que nos ha regalado una vida llena de dones y gracias, aquellas que sabiéndolas conjugar con los valores que el Señor Jesús nos ha otorgado al hacer presente el Reino de los Cielos entre nosotros, podemos potenciar y vivir con todas las herramientas y dones espirituales para vivir en felicidad sin depender de lo que el mundo maneja aún viviendo en el mundo.

Pero precisamente hay toda una campaña para hacernos notar tan sólo lo malo del mundo y lo bueno pero comprado; que no alcanzamos a ver el Reino, y es que la promesa está hecha y cumplida, verlo, pero no desde fuera sino desde nuestro ser hacia afuera.

No es un reino fantasma ni fantasioso, ni está en la otra vida tan sólo, se nos participa desde la eternidad para hacer nuestra vida ya desde este mundo feliz y en camino de constante perfección. 

Ya depende de nosotros si lo deseamos tomar y hacerlo nuestro o verlo presente en esta vida, porque ya ha llegado con todo su poder, e inicia conociendo y amando al autor, a Dios y a su Hijo Jesucristo, y el resto se nos dará por añadidura sin exagerar ni fanatizarnos, sino en la vida real, en el aquí y el ahora. Ama y lo empezarás a ver con un corazón bien intencionado.