“Hablar de Él”

“Hablar de Él”

Mateo 9, 27-31 

En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando: —«Ten compasión de nosotros, hijo de David.» Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: —«¿Creéis que puedo hacerlo?» Contestaron: —«S[, Señor.» Entonces les toco los ojos, diciendo: —«Que os suceda conforme a vuestra fe.» Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: —«¡Cuidado con que lo sepa alguien!» Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca. 

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Cuando estamos esperando a una persona que amamos, es evidente que la alegría brota mientras llega, por ello en este tiempo de adviento se nos propone compartir el gusto de saber que está por llegar aquél que trae consigo toda la riqueza necesaria para compartirla con nosotros y darnos su propia vida, junto con sus dones para así vivirla en felicidad.

Uno de los testimonios más claros al respecto, se ve reflejado en esos ciegos que esperan con ansias que Jesús llegue a ellos; tanta es su necesidad y emotividad que lo llaman a gritos para llamar su atención, a su vez ellos lo llaman por quien es, reconociendo su misión y su autoridad, es decir: el Mesías que habría de venir.

Por ello Jesús les pregunta si creen que puede hacerlo, a lo que ellos sin titubeos dicen que sí, recibiendo la sanación esperada.

Tanta es su alegría que no pueden dejar de hablar de Él. De igual manera a nosotros se nos invita a hablar de Él, hacer notoria su venida, y esperarlo con alegría, sabiendo quién es, a qué viene y qué nos traerá consigo, porque callarlo sería imposible.

“Alimentarse y seguir caminando”

“Alimentarse y seguir caminando”

Mateo 15, 29-37

En aquel tiempo, llegó Jesús a la orilla del mar de Galilea, subió al monte y se sentó. Acudió a él mucha gente, que llevaba consigo tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros enfermos. Los tendieron a sus pies y él los curó. 

La gente se llenó de admiración, al ver que los lisiados estaban curados, que los ciegos veían, que los mudos hablaban y los tullidos caminaban; por lo que glorificaron al Dios de Israel. 

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: “Me da lástima esta gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. 

No quiero despedirlos en ayunas, porque pueden desmayarse en el camino”. Los discípulos le preguntaron: “¿Dónde vamos a conseguir, en este lugar despoblado, panes suficientes para saciar a tal muchedumbre?” Jesús les preguntó: “¿Cuántos panes tienen?” Ellos contestaron: “Siete, y unos cuantos pescados”. 

Después de ordenar a la gente que se sentara en el suelo, Jesús tomó los siete panes y los pescados, y habiendo dado gracias a Dios, los partió y los fue entregando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y llenaron siete canastos con los pedazos que habían sobrado. 

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El papel de todos los gobiernos del planeta tienen como objetivo promover el bien común, la sanidad, la justa asistencia social así como alimenticia, entre otros deberes natos que les competen. Pero entre poderes, cada vez con más responsabilidad por el número de habitantes a atender, esto suele convertirse en algo ingobernable dándose excesos.

Sin embargo hay que tener muy en cuenta que a los gobiernos no les toca hacer todo, se supone que trabajan junto con nosotros en mutua corresponsabilidad de una manera organizativa que supla y distribuya justamente los bienes para atender aquellas necesidades que se suelen presentar tanto en un sector como en otro.

La situación es muy clara cuando no hay una justa distribución de las riquezas así como de los alimentos, se rompe con el esquema básico, afectando el resto de las estructuras sociales, entonces no se puede crecer ni rendir en el trabajo. Esto nos acontece ordinariamente en el plano de lo material, sin embargo de igual manera pasa en el ámbito de lo espiritual.

Jesús es claro que a lo primero que viene es a restaurar, por medio del Reino de los Cielos, el cual se hace presente desde la propia vida hasta los ámbitos sociales más estructurados.

Así como físicamente no podemos recorrer el camino si no tenemos fuerzas, fruto de una sana alimentación, por ende si no alimentamos el espíritu de igual manera decaerá ante la primer desavenencia, Jesús no es ajeno ni a un alimento ni al otro, ambos son importantes, por ello tenemos un Padre Providente que suple en su momento lo necesario, pero ello no es excusa pedir sólo lo material, ya que una vez suplido en lo básico nos capacita para seguir caminando incluso en el ámbito espiritual. 

Por ello, como decimos drásticamente: “Primero comer, que ser cristianos”, pero si ya comimos, entonces hay que auténticamente ser cristianos.

“Sin pendiente alguno”

“Sin pendiente alguno”

Lucas 21, 20-28 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que está cerca su destrucción. Entonces los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad, que se alejen; los que estén en el campo, que no entren en la ciudad; porque serán días de venganza en que se cumplirá todo lo que está escrito. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días ! Porque habrá angustia tremenda en esta tierra y un castigo para este pueblo. Caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones, Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que a los gentiles les llegue su hora. Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad, ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo temblarán. Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. 

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Los temores a las enfermedades así como a la muerte es una reacción muy natural, la cual si no se profundiza y entiende, queda como una situación que marca cada una de nuestras actividades diarias, ya que los miedos fundados por la incomprensión del evento, interfieren.

De suyo el principio de la salvación radica, que en que todos queremos llegar a la gloria eterna, de la que nadie queda excluido, y sobre todo aquellos que en realidad la hacen suya. 

Pero existe un miedo tajante a la segunda venida del Hijo de Dios, cuando se nos habla de los acontecimientos que serán el signo evidente del juicio final, deseamos que no llegue nunca, aunque sea para llevarnos a la vida eterna.

El miedo en realidad se da porque no se vive de acuerdo al mandato divino, es decir no se está preparado viviendo en la gracia de Dios, sino que se permanece en el pecado ya como hábito usual de cada día. 

Pero para quien ha adentrado en el misterio de Dios a través de la oración, de los sacramentos, del estudio sistemático de las Sagradas Escrituras y del ejercicio de la caridad, el anuncio del fina del mundo, por dramático que se presente, no moverá la voluntad ni el miedo a quienes aman y conocen a Dios. Todos ellos estarán sin pendiente alguno, ya que su vida espera ese momento para cuando llegue, sin urgencias ni prisas, trabajando en cordialidad y santificándose mientras llega.

“Todo lo que hacen dos monedas”

“Todo lo que hacen dos monedas”

Lucas: 21, 1-4

En aquel tiempo, levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que echaban sus donativos en las alcancías del templo. Vio también a una viuda pobre, que echaba allí dos moneditas, y dijo: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha dado más que todos. Porque éstos dan a Dios de lo que les sobra; pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir”.

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En éste mundo las escalas de valores son tan inestables que varían según la necesidad pero también según la conveniencia, de tal manera que un día amanecemos con los productos básicos en un valor, para al siguiente cambiarlos y darle una exagerada estima a un metal o a un líquido como lo pueden ser los energéticos. 

Vivimos en un vaivén de inestabilidad que se ve reflejado aún en nuestra propia personalidad, y de hecho lo tomamos como lo común actualmente entre los mortales. Sin embargo hay escalas que nunca varían pero que a su vez no se valoran en la misma intensidad. 

Entre las mismas encontramos aquellos valores que nunca cambian como lo son los espirituales, ya que no son mensurables con las escalas humanas, sino con las divinas aunque algo nos damos cuenta del valor de ello.

La cuestión radica en que un hecho o actitud realizada, refleja los dos mundos tanto el material como el espiritual con muy diferentes apreciaciones y consecuencias. El ejemplo claro es la mujer viuda y pobre, que el hecho de echar dos monedas de poco valor al cepo de las ofrendas, desatará una serie de controversias según el mundo que lo analice.

Para el mundo financiero, ciertamente la juzgará de totalmente inservible su obra, porque dos monedas de poco valor, no cotizan en la bolsa, aunque sí cuentan las mismas en el caso de que falten para completar un billón de dólares, pero aisladas e indiferentes resultan infructuosas porque en el mundo de los millones, despegadas de una gran cuenta no califican, al contrario de ser el sobrante de miles son la base que inician el siguiente millón por lo que nunca son descartables.

Por el contrario, dos monedas en el plano de la fe, resultan en la manifestación de una confianza total en Dios, de una fe que sabe que aunque le falten no quedará desprotegida, de que su vida y felicidad no dependen de ellas, son totalmente accesorias y no son indispensables para que el corazón le deje de funcionar. Hablan de una donación total y de un conocimiento en la esperanza de la providencia divina que nunca falla.

Hasta allá llegan las dos moneditas, así que ya sabes, con ellas puedes invertir en tu primer millón y desvivirte por ello, o usarlas sabiamente, conociendo que sin ellas, sigues siendo el mismo y el renombre, como su nombre lo indica es un RE-nombre que no deja de ser accesorio y totalmente inútil porque así como llega, así se va, en cambio tu vida es la que realmente vale, no lo que tienes.

“Ten compasión de mi…”

“Ten compasión de mi…”

Lucas 18, 35-43 

En aquel tiempo, cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explicaron: Pasa Jesús Nazareno. Entonces gritó: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí! Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: ¡Hijo de David, ten compasión de mí! Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: ¿Qué quieres que haga por ti? El dijo: Señor, que vea otra vez. Jesús le contestó: Recobra la vista, tu fe te ha curado. Enseguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios. 

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Pareciese que tan sólo la compasión se solicita en los momentos de crisis cuando es evidente que se necesita, y aún más cuando el dolor define nuestro día a día. Mas cabe recalcar, que la compasión se puede solicitar en la total plenitud de la vida y las facultades, porque ésta no se refiere tan sólo al dolor físico.

Existen situaciones en las que nuestra persona suele cansarse, que van desde el ámbito personal, familiar o comunitario y laboral, hasta la rutina mental, donde no dejamos de cíclicamente dar una y otra vez vueltas a ideas fijas que deterioran nuestra salud mental.

Ahí también hay que pedir compasión, porque solos es un hecho que no hemos podido salir de esa moción, y la muestra es que solemos repetir las mismas faltas, con la tendencia a acrecentarlas de poco en poco. 

La compasión nos ubica en nuestro propio ser, como un descanso del alma que se apoya en aquél que lo puede todo, y que nos da la luz para salir y seguir adelante de una manera más optima en nuestra vida.

Por ello, es muy recomendable pedir compasión en nuestra supuesta salud, para que sane aquello que nos es velado a nuestra propia conciencia y razón. 

“Ten compasión…”

“Ten compasión…”

Lucas: 17, 11-19

En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!”
Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.
Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ése era un samaritano. Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”.

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Varias son las culturas y los tiempos en que la concepción que se tenía de Dios difería de la realidad, ya que la toma de conciencia primeramente de sí mismos ha tardado en demasía, con la novedad de que aún no hemos terminado de definirnos ni de afirmar quien somos porque cada vez cambiamos los propios conceptos. En esa misma escala se encuentra nuestra comprensión de quién es Dios, cómo actúa, y a veces definiéndolo como muy radicalista.

Es un hecho que la misma teología hoy en día, aunque apoyada por el método científico en cuando a la Biblia se refiere, serán interpretaciones de punta, pero dista mucho de ser de avanzada, podríamos afirmar sin dudar que todo el progreso teológico sigue en pañales, y no por arcaico, sino porque nuestra idiosincracia no da para más.

Va evolucionando y eso ya es una ventaja, pero los términos de amor, caridad, compasión, siguen rallando en lo visceral, en lo sentimental, más no en el sentido y la acción profunda que cada uno de ellos desarrolla en su ejecución, porque olvidamos que no terminan en el aquí y el ahora, sino que se proyectan en una trascendencia que deja huella en los nuestros y que llega hasta Dios en la eternidad.

Por ello cuando a Jesús le piden que tenga compasión de ellos, es decir de esos leprosos, habría que ver hasta dónde iba a llegar su obra, el resultado es muy claro, de los diez que recibieron el milagro, nueve no tenían la capacidad de mirar más allá en la obra que Jesús había realizado, para ellos fue tan sólo un curandero, pero no transformó sus vidas, mientras que tan sólo uno, fue capaz para empezar, de regresar a dar tan siquiera las gracias, que es un atisbo dónde inicia la trascendencia y la transformación en la persona de la obra de Dios.

Ese tener compasión, no es para Dios, es para nosotros mismos que debemos de tener dedicación hacia nuestra propia alma y permitirnos aceptar aquella gracias que vienen de Dios, donde el signo primero es la salud física, pero que depende de nosotros hacerlo llegar más allá, trascender y permitirnos en su totalidad ser sanos, ser salvos. 

“Sin la fe…”

“Sin la fe…”

Lucas 17, 1-6 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Es inevitable que sucedan escándalos; pero ¡ay del que los provoca! Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar. Tened cuidado. Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: «lo siento» , lo perdonarás. Los apóstoles le pidieron al Señor: Auméntanos la fe. El Señor contestó: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a ese árbol: «Arráncate de raíz y plántate en el mar» , y os obedecería. 

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Pareciese que la fe es una opción a elegir o descartar en cualquier momento, y que depende del estado de ánimo o necesidad urgente que nos acontezca, por lo que se desconocen todos aquellos dones que complementa en nuestra vida.

Sin la fe, es muy probable que caigas en la desesperanza ante todo lo que acontece, la tristeza deja de ser pasajera para echar raíces hasta enfermar a la persona en depresión; la confianza se ve mermada y se manifiesta dudosa en toda relación personal, y ante tal cuadro la caridad es imposible de realizarse, tornando a la persona en un egocentrismo del que parece imposible salir sin ayuda ajena y ante la cual se le rechaza.

Sin la fe, es muy probable que no puedas perdonar, porque el dolor invade profundamente los miedos y las debilidades de las que adolecemos, las cuales sin la virtud se refuerzan negativamente.

Sin la fe, utilizamos el recurso del escándalo, porque no tenemos la paz necesaria para manejar las situaciones que nos rebasan, por ello hacemos los problemas más grandes e involucramos a los demás, ya que solos nos es imposible arreglarlos.

Sin la fe, no podemos abrirnos al Don del Espíritu Santo que ilumina nuestras vidas y nos hace comprender la profundidad de su palabra.

Por ello, sin la fe, desatamos como vida ordinaria un infierno al que llamamos vida personal y privada, que deseamos imponer a los demás. Conviene tener un poquito de fe, porque con ella, nada se te traba, a tal grado como dice el evangelio de pedir a un árbol que se arranque de raíz y que se plante en el mar, parece absurdo pero hasta allá puede llegar.

“Crece”

“Crece”

Lucas 13, 18-21 

En aquel tiempo, Jesús decía: ¿A qué se parece el reino de Dios ? ¿A qué lo compararé? Se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; crece, se hace un arbusto y los pájaros anidan en sus ramas. Y añadió: ¿A qué compararé el Reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta. 

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Cuántas veces hemos pasado por desapercibido todo el potencial que tiene una semilla, y es que de la misma manera, aunque no sean semillas lo que manejamos en la vida, los efectos de nuestros actos coinciden en el mismo esquema, crecen. 

Parece que no pasa nada cuando hacemos nuestro un mal pensamiento y lo alojamos en el corazón por más pequeño que sea, olvidando que una vez depositado no se queda inerte, éste crece. Lo malo es cuando ya lo hacemos nuestro, rompiendo así la primera barrera de la permisión, para posteriormente romper sin problema ni restricción mental la que sigue, de manera imperceptible a nuestra conciencia y así la que le continúa sucesivamente.

Porque lo que permitamos asintiendo en nuestro ser, ya sea lo bueno, ya sea lo malo, éste como efecto inmediato será el crecimiento, de tal manera que si permitimos sembrar el pecado en nuestra vida, sin saber cómo crecerá y nos será tan ordinario como cualquier otro acto.

Por el contrario si sembramos obras buenas, principios y valores, éstos en su momento de igual manera crecerán, como el mismo Reino de los cielos, ya que el bien tiene ese potencial y más cuando Dios sabiendo que se ha sembrado en nosotros con mayor intención lo hace crecer.

Nos toca poco a por ir sembrando esas semillas de bien, y el resto lo realiza el Señor porque Él es quien las hace crecer permaneciendo a su lado.

“Fe, Más sencilla, más grande”

“Fe, Más sencilla, más grande”

Lucas: 17, 5-10

En aquel tiempo, los apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”. El Señor les contestó: “Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decirle a ese árbol frondoso: Arráncale de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería.

¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: ‘Entra en seguida y ponte a comer’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú’? ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación? Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: ‘No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer’ “.

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Dentro de toda las Sagradas Escrituras se nos presentan de igual manera los casos notorios de fe, que los de aquellos que dudan y se mantienen en la incredulidad, no es extraño que se pretenda utilizar la fe como un recurso para usarlo a conveniencia, y en algunos hasta para lucrar con ella, por lo que lleva a no entenderla tal cual es.

Es por ello que Jesús remarca que la fe no es una decisión intelectual o tan solamente sentimental, y no se puede aumentar, ni pedirla como lo hicieron en su momento los apóstoles, ya que ésta llega sola porque es un don de Dios que se recibe y se acepta. 

Pero no es para nada complicada, la realidad es que nosotros la complicamos de una manera intelectual, cuando va mas por la línea de la sabiduría, del entendimiento, de la apertura de mente y corazón, de dejarla que haga su efecto en nosotros.

Cuando permitamos que Dios obre en nuestras vidas, entonces será cuando la fe irá en aumento, pero no depende de nosotros, sino de Dios que al ver la actitud de disponibilidad, entonces hace crecer el don, pero no es de manera directa, sino con todas las circunstancias que rodean una vida en el Señor.

La fe resulta en mayor crecimiento, cuanto más sencilla es, porque implica permitir que la voluntad de Dios interactúe con la nuestra, en una compaginación y armonía que no viene a detrimento de la voluntad propia. 

Es por ello que cuando simplemente hagamos aquello que debemos de hacer, con la naturalidad y sencillez que cada responsabilidad y obligación lleva en sí, sin mayor vanagloria, Dios otorga ese don tan preciado y muchos más.

“Decir auténticamente Señor, Señor”

“Decir auténticamente Señor, Señor”

Lucas: 6, 43-49

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos.

El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón, y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón. ¿Por qué me dicen ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que yo les digo? Les voy a decir a quién se parece el que viene a mí y escucha mis palabras y las pone en práctica. Se parece a un hombre, que al construir su casa, hizo una excavación profunda, para echar los cimientos sobre la roca. Vino la creciente y chocó el río contra aquella casa, pero no la pudo derribar, porque estaba sólidamente construida. Pero el que no pone en práctica lo que escucha, se parece a un hombre que construyó su casa a flor de tierra, sin cimientos. Chocó el río contra ella e inmediatamente la derribó y quedó completamente destruida”.

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Es muy claro que cualquiera puede decir en medio de su fe “Señor, Señor”, incluso un no creyente o hasta el mismo maligno lo puede hacer, pero hay una diferencia abismal entre tan sólo decirlo a en realidad hacerlo suyo y vivirlo como tal. 

Y es que hay que entender que no se trata tan sólo de una intención, sino que proviene de un Don de Dios, que otorga a aquellos que demuestran con su vida y obras el querer recibirlo, ya que nadie le puede decir Señor verdaderamente, si no le es dada la intención viva por moción del Espíritu Santo, quien lo ha hecho suyo y le permite obrar como templo vivo.

Es un nombre que impera el Señorío de Cristo Jesús, el cual implica una transformación interior, precisamente hecha a través de vida sacramental y de oración, porque cada vez que nos acercamos a Él, nos va injertando en su propia vida.

De tal manera que será la misma gracia la que nos haga afirmar el señorío de Cristo y no tan sólo nuestra inteligencia. De ahí surge un auténtico “Señor, Señor, que todos podemos alcanzar a proclamar, pero que necesita de tu propia colaboración y la obra del Señor en ti.