“Causas evitables”

“Causas evitables”

Juan: 3, 16-21 

Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios.

La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

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Suena duro el decir que precisamente la causa de la condenación es precisamente conocerlo y no creer en Él, porque más que nunca hoy en día, resulta muy fácil hacer llegar el mensaje de Jesús, por todos los medios accesibles e inmediatos para facilitar el comunicado, que hasta de manera gratuita se aprovecha.

Entonces resulta mucho peor la causa condenativa, ya que el desperdicio de tiempos y oportunidades destaca en negligencia, ya que pudiendo emplear esos medios para la difusión de el mensaje evangélico, lo utilizamos exactamente para lo contrario, es decir, para hacer nuestro el mal, así como los antivalores y propagarlos de manera ya natural y ordinaria.

Pensamos que los destinos ya están asignados, por ello se recurre a la adivinación, que solicita tantas explicaciones ante el miedo al futuro y a la seguridad de estar cerca de Dios porque compromete.

Olvidamos que todas esas causas no son inevitables, la condenación es totalmente reversible y opcional, siempre Dios otorga la oportunidad de retroceder al pecado y avanzar en la gracia y santidad. La misma condenación no es un designio decidido por un poder divino y superior, sino que resulta de la propia elección de vida que deseemos vivir.

Por ello toda causa de condenación es evitable, y no basta tan sólo una vida espiritual, sino una vida espiritual pero llena de gracia, fortalecida y alimentada por los sacramentos, la Palabra de Dios, la oración y las obras permanentes en una actitud de caridad para con todos.

“El Reino y la felicidad crecen a la par”

“El Reino y la felicidad crecen a la par”

Marcos: 4, 26-34

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”. Les dijo también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”.


Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.

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No deja de ser una realidad, que cuando cambia su forma de ser una persona, en realidad está cambiando su entorno, no importa que ese sienta en soledad, ya que no deja de ser referencia de diferencia ante lo común.

A lo mejor siente que no encaja, cuando en realidad es necesario ver el mundo de manera diferente, para que las personas reaccionen ante su rutina y revaloren todo. Eso es bueno porque ya se está haciendo pensar a los demás, a veces reaccionando con enojo por desestabilizarlos, a veces agradecidos, pero siempre para un bien, a no ser que alguien ente el cambio se permita permanecer en su coraje sin necesidad. 

Todo cambio es bueno, y el Reino conforme crece y se desarrolla, sobre todo desde nuestro interior, da firmes pautas para a la par permanecer en felicidad, ya que al final de cuentas, con las herramientas que la fe en desarrollo nos da, nosotros decidimos si dejamos que la angustia y el cansancio nos domine o la alegría y la felicidad.

Fomentemos la felicidad, aquella que se da de dentro hacia fuera, y no aquella que depende del dinero, porque el Reino no se compra, se adquiere con respeto y voluntad,  con amor y dedicación, con oración y vida de gracia, y si así lo deseamos, promovemos y cuidamos permanece para siempre y crece.

“Un reino de eternidad”

“Un reino de eternidad”

Lucas 21, 29-33 

En aquel tiempo, puso Jesús una comparación a sus discípulos: Fijaos en la higuera o en cualquier árbol: cuando echan brotes, os basta verlos para saber que la primavera está cerca. Pues cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. Os aseguro que antes que pase esta generación, todo eso se cumplirá. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán. 

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Hoy en día por norma bien sabemos que todo tiene una fecha de caducidad y aún más los alimentos; el mismo cuerpo va dando señales del tiempo que tiene de vida hasta llegar a su final, como parte de un proceso natural.

Sin embargo hoy el mundo nos hace pensar que debemos de dedicarnos a obtener cosas como si fueran eternas, olvidando lo caducas que son, como si el fin último fuera obtener lo mayormente posible en cuanto a bienes materiales, además de hacernos pensar que simplemente valemos por lo que poseemos.

Al final todo eso se queda y nos vamos vacíos, con el dolor de dejar las posesiones a las que estamos apegados.

Es por ello necesario hacer que quede en claro el irnos enriqueciendo de todos los valores del Reino de los Cielos, esos que se obtienen, se trabajan, dan fruto y nos llevan a la vida eterna, como lo es la justicia, la paz, la honestidad, el amor, la gracia, la fraternidad entre otros.

Ya lo remarca Jesús, todo cuanto vemos en este mundo pasará, porque hasta el mismo sol tiene una fecha en que caducará, pero esas palabras, todos los valores espirituales y todas las promesa hechas por Dios nunca pasarán ya que nos los llevamos junto con nosotros a la eternidad.

“Sin pendiente alguno”

“Sin pendiente alguno”

Lucas 21, 20-28 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que está cerca su destrucción. Entonces los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad, que se alejen; los que estén en el campo, que no entren en la ciudad; porque serán días de venganza en que se cumplirá todo lo que está escrito. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días ! Porque habrá angustia tremenda en esta tierra y un castigo para este pueblo. Caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones, Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que a los gentiles les llegue su hora. Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad, ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo temblarán. Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. 

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Los temores a las enfermedades así como a la muerte es una reacción muy natural, la cual si no se profundiza y entiende, queda como una situación que marca cada una de nuestras actividades diarias, ya que los miedos fundados por la incomprensión del evento, interfieren.

De suyo el principio de la salvación radica, que en que todos queremos llegar a la gloria eterna, de la que nadie queda excluido, y sobre todo aquellos que en realidad la hacen suya. 

Pero existe un miedo tajante a la segunda venida del Hijo de Dios, cuando se nos habla de los acontecimientos que serán el signo evidente del juicio final, deseamos que no llegue nunca, aunque sea para llevarnos a la vida eterna.

El miedo en realidad se da porque no se vive de acuerdo al mandato divino, es decir no se está preparado viviendo en la gracia de Dios, sino que se permanece en el pecado ya como hábito usual de cada día. 

Pero para quien ha adentrado en el misterio de Dios a través de la oración, de los sacramentos, del estudio sistemático de las Sagradas Escrituras y del ejercicio de la caridad, el anuncio del fina del mundo, por dramático que se presente, no moverá la voluntad ni el miedo a quienes aman y conocen a Dios. Todos ellos estarán sin pendiente alguno, ya que su vida espera ese momento para cuando llegue, sin urgencias ni prisas, trabajando en cordialidad y santificándose mientras llega.

“Cultura sin cultura”

“Cultura sin cultura”

Juan: 3, 7-15


En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: “No te extrañes de que te haya dicho: Tienen que renacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así pasa con quien ha nacido del Espíritu”. Nicodemo le preguntó entonces: “¿Cómo puede ser esto?”
Jesús le respondió: “Tú eres maestro de Israel, ¿y no sabes esto? Yo te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio. Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán si les hablo de las celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del hombre, que bajó del cielo y está en el cielo. Así como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna”.

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Cada vez más la ciencia y la técnica van avanzando a un ritmo demasiado acelerado, por lo que parece que nos ha dejado atrás en la asimilación de su contexto, y aunque los cambios últimamente se han estado dando muy rápido, esa falta de profundización está dejando bastantes huecos en las personas y en la sociedad.

Estamos viviendo una época donde la cultura se proclama estar en su máxima expresión, cuando en realidad se ha perdido tanto de la misma que a cualquier espantajo le llaman arte, por lo que consecuentemente ante dicha situación en el plano de las relaciones personales se da un desfase tal y cada vez mayor que se olvida marcadamente quienes somos. 

Hemos caído en un escepticismo, donde la misma verdad no sacia, pero tampoco la mentira, ya no se cree ni se confía aún en las cosas materiales de este mundo, porque el manejo de información parece estar inclinada hacia tendencias de ganancia monetaria y control de mentes que incluso hasta los mismos científicos parecen estar en guerra política por implantar sus teorías retóricas como una verdad absoluta.

Y como lo dice el mismo evangelio, si no creemos cuando nos hablan de las cosas de la tierra, entonces mucho menos entenderemos y aceptaremos las del cielo, la fe y todo lo que implica el mundo espiritual de la gracia de Dios. 

Es por ello, que en esta cultura sin cultura, no caigamos en el engaño de la facilidad del aprendizaje, donde cualquiera puede sacar una carrera pagando en internet por un título académico y sin exámenes ni tesis, porque la educación se vive y se manifiesta como tal cuando se tiene, más aún si la hemos fortalecido y reforzado con las mismas herramientas de la fe.

“Estar orgullosos”

“Estar orgullosos”

Lucas 10, 21-24 

En aquella misma horaJesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”.
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Existen situaciones en las que nos desarrollamos junto con personas, con lugares, con cosas que por su cercanía y presencia constante los percibimos como ordinarios en nuestra vida, somos los últimos en reconocer su importancia o su grandeza, todo por el hecho de no tener la ocasión de autoevaluarnos constantemente a manera de examen de conciencia para reconocer lo que tenemos, lo que somos, lo que hacemos tanto bueno como malo.

Perdemos la capacidad de maravillarnos, de tal manera que por buena que sea una cosa aburre, cayendo en el tedio día a día y por ende mirar nuestra vida y la de los demás como una proyección y, sin ser conscientes permanecer muy vacíos.

Es por ello muy importante volver a mirar y redescubrir el valor de todo cuanto nos circunda, la vida, el aire, las flores, la familia, los amigos, los bienes que poseemos de tal manera que nuevamente, no dejemos de dar las gracias por todo ello. 

Jesús solicita nuestra atención para redescubrir la gracia, esa que gracias al pecado hemos perdido, pero que puede totalmente ser restaurada, ya que en Jesús mismo encontramos el camino de recuperación.

De tal manera que, hay que estar orgullosos de tener la oportunidad y capacidad de ver, escuchar, tratar y estar con Jesús diariamente, y por ello dichosos, la salud está a la mano, Jesús está a nuestro lado, de manera mejor no podemos aprovechar la situación, pero qué pena si no lo aprovechas, porque si no te alimentas teniendo el banquete a la mano, qué será cuando éste sea retirado, hasta las migajas desearemos encontrar confundidos y en necesidad espiritual, así cualquier falso Mesías nos podrá embaucar.

Aliméntate del Pan de Vida, de Jesús, prepararte para celebrar su nacimiento, para que te dispongas plenamente a recibir sus dones esta navidad, porque las migajas que otros te dan, inclusive con esos famosos regalos tan ansiados, nunca te llenarán.

“Tu proyecto de compra”

“Tu proyecto de compra”

Mateo 13, 44-46

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra».

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En cada una de las etapas de la vida nos encontramos con la novedad de que algo deseamos tener a toda costa y hacemos hasta lo imposible para obtenerlo. Cuando somos pequeños algún dulce o algún juguete obsesiona nuestra mente, claro luego pasa el interés por que en el camino vamos ambicionando cada vez cosas mayores.

Ciertamente son etapas que en su momento van evolucionando, lo malo es cuando nos estancamos residualmente en lo material, dónde el mayor objetivo es lo económico o las propiedades, que cuando se tienen carecen de sentido porque seguiremos buscando algo más que sacie esa necesidad, ese hueco que tan sólo la plena felicidad llena.

Felicidad que no se compra, que no se obtiene a pedido, sino la que se trabaja día a día a pesar de las adversidades. Aquella que no se limita a los satisfactores circunstanciales según la necesidad del momento, sino que se pide como un don que también proviene de Dios.

Es por ello, que el proyecto de compra que tienes en mente, búscalo con una plusvalía tan grande y tan llena de valores que dure toda la vida y que aún cuando ya no se tenga, el recuerdo te siga dando la alegría que sembró durante su permanencia junto a ti.

Eso es lo que vale la pena, es lo que merece vender todo para obtenerlo, porque lo demás va y viene sin mayor dificultad, pero eso vale por sí mismo y lo vale todo, y aunque se da gratis, no significa que no sirva, sino que implica a Dios mismo en tu vida que la transforma y llena de la mayor felicidad desde aquí y que llega hasta la eternidad.

“Era necesario…”

“Era necesario…”

Lucas 24, 13-35

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos, pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo: –«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: –«¿Eres tú el único forastero de Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»

Él les preguntó: –«¿Qué?

Ellos le contestaron: –«Lo de Jesús de Nazaret, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; como lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces Jesús les dijo: –«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?»

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

Ya cerca de la aldea donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.

Ellos comentaron: –«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: –«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Y “Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

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El segmento post pascual de la muerte de Jesús, invariablemente nos lleva a la resurrección, ya que el gozo después de la crisis necesaria, se valora mucho más que si no hubiera pasado nada.

Y es que es necesario enfatizar tanto un valor como lo es otro, y me atrevo a llamarle valor al dolor porque de suyo lleva implícito el descanso y la alegría posteriores que conlleva un crecimiento único en su especie, ya que va adecuado a las circunstancias de la persona en el momento justo donde necesita crecer.

Es por ello necesario que todo aquello que para nosotros acontece como una tragedia negativa en su totalidad, ya que no es sino la parte faltante en medio de un plan que implica un gozo mayor.

Es necesario caer para saber lo que es levantarse, es necesario llorar para reconocer nuestra fragilidad, Es necesario callar para saber escuchar… …es necesario morir para resucitar.

A veces queremos pasar de largo todos esos momentos duros que nos incomoda y meten en crisis, de suyo hasta llegamos a decir, que si Dios es tan grande, por qué no nos lleva de golpe a la alegría plena, pero es que es necesario conocer la diferencia entre una y otra cosa de la misma manera testimonial y no de oídas ni de pláticas.

Es necesario salir de nuestras crisis para inclusive mirar hacia Dios y reconocerlo ahí dónde parece nunca estar. Pero si vamos como los discípulos de Emaús, cabisbajos y alimentando mutuamente el dolor, jamás conoceremos la opción de la felicidad, por ellos Jesús remarca la diferencia y con toda la caridad del mundo los va guiando hasta dar razón de cada una de las verdades, que aunque no agraden son necesarias.

Es por ello que en tu vida, todo ese dolor, es necesario, de lo contrario, triste tu existencia.

“Navidad”

“Navidad” 

Juan 1, 1-5. 9-14

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre.

Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

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Hoy se nos recuerda, ese maravilloso plan de Dios acontecido desde toda la eternidad, cambiado en su momento por el pecado, pero renovado a tal grado de proseguir como inicialmente fue proyectado.

Ya desde el principio se remarca ese amor de Dios que en unidad ha ideado la creación entera, desde donde siempre con generosidad nos ha incluido. Plan que falta ser conocido, porque cuando miramos solo al horizonte, vemos la magnificencia de lo creado, pero es justo mirar hacia arriba, hacia el creador mismo para conocerlo y amarlo.

No es que seamos incapaces de reconocer la vida en sí misma, sobre todo en un nacimiento, pero tan impuestos estamos a tenerla, que olvidamos a quien nos la ha participado, por ello en este día recordamos ese nacimiento como el nuestro, aquel que se dio en la historia de la humanidad para devolvernos esa memoria olvidada que nos hace rechazar su plan, que nos hace desconocerlo.

Pero dichosos aquellos que sí desean obtener las gracias proyectadas eternamente sobre los que son el objeto del amor de Dios, llenos de gracia, llenos de verdad, llenos de santidad, llenos del mismo ser de Dios, creados desde el principio a su imagen y semejanza, con la capacidad de llegar a Él, por medio de su Hijo en esa misma semejanza, con esas mismas capacidades y, a su vez, ahora con las mismas oportunidades.

Todo esto conlleva la Navidad, ese nacimiento inicia la restauración de la misma imagen de Dios planeada desde el principio en nosotros. Es por ello que hoy recordamos en su día, el proyecto hecho realidad para nosotros desde la eternidad.

“La inconsistencia de la vida”

“La inconsistencia de la vida”

Lucas: 17, 26-37

En aquellos días, Jesús dijo a sus discípulos: “Lo que sucedió en el tiempo de Noé también sucederá en el tiempo del Hijo del hombre: comían y bebían, se casaban hombres y mujeres, hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces vino el diluvio y los hizo perecer a todos.
Lo mismo sucedió en el tiempo de Lot: comían y bebían, compraban y vendían, sembraban y construían, pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y los hizo perecer a todos. Pues lo mismo sucederá el día en que el Hijo del hombre se manifieste.

Aquel día, el que esté en la azotea y tenga sus cosas en la casa, que no baje a recogerlas; y el que esté en el campo, que no mire hacia atrás. Acuérdense de la mujer de Lot. Quien intente conservar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará. Yo les digo: aquella noche habrá dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro abandonado; habrá dos mujeres moliendo juntas: una será tomada y la otra abandonada”.

Entonces, los discípulos le dijeron: “¿Dónde sucederá eso, Señor?” Y Él les respondió: “Donde hay un cadáver, se juntan los buitres”.

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Todo cuanto conocemos, nos entra por la percepción del mundo que acontece ante nuestros sentidos y sobre todo, en la manera como somos adiestrados para interpretarlos. De tal manera que un mismo acontecimiento tendrá diferentes ópticas y opiniones diversas según el aspecto que yo deseo proyectar.

En este vasto mundo de ideas y opiniones es muy común que nos perdamos y vayamos identificándonos en el camino con unas, para luego migrar a otras, hasta al final no saber en cual quedar.

Eso hace que nuestra vida pierda valor, pierda sentido y navegue en el mundo de la inconsistencia, sin una meta que ilumine nuestro caminar como una motivación fuerte a seguir, por eso tan sólo se cae en el fastidio de la vida, donde comemos y bebemos, buscamos relaciones y las dejamos, es decir, nada sacia, nada llena, nada te plenifica.

De eso no es responsable Dios, porque el don de la vida ya nos fue otorgado como lo más valioso que poseemos, de tal manera que ahora depende de nosotros el hacerlo efectivo y que de frutos tan plenos, que muchos a nuestro al rededor se gocen con ellos.

Eso llega hasta el final, porque si llegamos a ser del montón que nomás viven porque no les queda de otra, comiendo y bebiendo como si fuera lo único e importante, entonces seremos abandonados, pero si hacemos brillar nuestra vida, a la distancia será visible y el mismo Dios la rescatará como un tesoro bien cultivado en ti, algo digno de formar parte de su Reino.