“Que sean uno…”

“Que sean uno…”

Juan 17, 11b-19

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo: –«Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que ellos mismos tengan mi alegría cumplida. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad».

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Entrar al esquema del mundo, ante una competitiva lucha por sobresalir en múltiples áreas, va forjando una personalidad que remarca cada vez más la individualidad a tal grado de valernos tan sólo de nosotros mismos y mientras haya oportunidad del uso de los demás.

Es que la unidad no radica tan sólo en trabajar juntos y sentirse equipo, porque por lo general cuando termina la jornada, cada quien se deslinda de sus labores y por ende de sus compañeros. La unidad radica precisamente en adherirnos al mismo proyecto de manera integral, con las metas fijas y claras en la mente, así como en el obrar, comprometidos al unísono y en la mutua motivación.

Donde el proyecto es de uno, pero es de todos a la vez porque todos lo viven como tal. Así debería ser la unidad laboral o familiar, tan firmemente que la manera de integrarnos sea la misma en todos los niveles de nuestra vida, donde se espera la misma entrega y unidad con Dios, ya que el esquema sería el mismo.

Pero los egoísmos y las divisiones que vivimos a flor de piel, impiden de igual manera la unidad desde una relación personal y familiar, hasta la unidad con el Creador. Por ello pide en oración que nos mantengamos en unidad, como Jesús con el Padre, modelo de toda relación.

“La confianza de pedir”

“La confianza de pedir”

Juan: 15, 1-8

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.

Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde.

Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos”.

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Las maneras de comunicarnos con Dios, dependen de la confianza que tengamos en el trato personal con Él, ya que en un término genérico se tiene la concepción que está ahí para pedirle lo que se nos antoje y de la manera que nosotros lo dispongamos, porque Él es todo poderoso y lo puede hacer.

Por el contrario, el mismo Jesús propone el esquema más viable, y éste consiste en pedir con confianza, pero con la diferencia de que esa confianza esté arraigada en un trato personal que nos haga permanecer muy cerca del mismo, con un amor tan pleno que dicha confianza se traduce en peticiones de solicitud llenas de optimismo y realismo, que sabe lo que se pide sabiendo lo que Dios pide cambio de nuestra parte.

Lo que espera Dios, es una respuesta de amor y de compromiso con la verdad y su Palabra, lo malo es cuando pedimos sin consecuencia nuestra, como si toda la obligación le correspondiera a Dios, olvidando la respuesta de nuestra parte en esa permanencia en su amor.

Es por ello que tantas personas constantemente se quejan de que no se cumplen las peticiones que se solicitan a Dios, cuando en realidad la actitud personal de quien las pide raya en indiferencia ante lo que se pide.

La confianza de pedir va unida a la confianza de su amor personal que conocemos y con el cual nos comprometemos.

“Ten compasión de mi…”

“Ten compasión de mi…”

Lucas 18, 35-43 

En aquel tiempo, cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explicaron: Pasa Jesús Nazareno. Entonces gritó: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí! Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: ¡Hijo de David, ten compasión de mí! Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: ¿Qué quieres que haga por ti? El dijo: Señor, que vea otra vez. Jesús le contestó: Recobra la vista, tu fe te ha curado. Enseguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios. 

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Pareciese que tan sólo la compasión se solicita en los momentos de crisis cuando es evidente que se necesita, y aún más cuando el dolor define nuestro día a día. Mas cabe recalcar, que la compasión se puede solicitar en la total plenitud de la vida y las facultades, porque ésta no se refiere tan sólo al dolor físico.

Existen situaciones en las que nuestra persona suele cansarse, que van desde el ámbito personal, familiar o comunitario y laboral, hasta la rutina mental, donde no dejamos de cíclicamente dar una y otra vez vueltas a ideas fijas que deterioran nuestra salud mental.

Ahí también hay que pedir compasión, porque solos es un hecho que no hemos podido salir de esa moción, y la muestra es que solemos repetir las mismas faltas, con la tendencia a acrecentarlas de poco en poco. 

La compasión nos ubica en nuestro propio ser, como un descanso del alma que se apoya en aquél que lo puede todo, y que nos da la luz para salir y seguir adelante de una manera más optima en nuestra vida.

Por ello, es muy recomendable pedir compasión en nuestra supuesta salud, para que sane aquello que nos es velado a nuestra propia conciencia y razón. 

“La verdad en un mundo de Hipocresía”

“La verdad en un mundo de Hipocresía”

Lucas 13, 10-17

Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga. Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: —Mujer, quedas libre de tu enfermedad.

Le impuso las manos, y enseguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la gente: —Seis días tenéis para trabajar: venid esos días a que os curen, y no los sábados.

Pero el Señor, dirigiéndose a él, dijo: —Hipócritas: cualquiera de vosotros, ¿no desata del pesebre al buey o al burro, y lo lleva a abrevar, aunque sea sábado? Y a ésta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no había que soltarla en sábado?

A estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba de los milagros que hacía.

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Lamentablemente vivimos en un mundo que ha caído en la paranoia de las dependencias y las adicciones en todos los ámbitos de la vida, no me refiero tan sólo a los casos clínicos en crisis manifiesta, sino también a aquellos que han sido inducidos como un plan de control en cada uno de nosotros, los cuales se han oficializado como socialmente aceptables aunque cuando se remarcan son causa de escándalo sobre todo cuando se habla con la verdad..

Tenemos el caso de la manifiesta tendencia al abuso de la sexualidad, por todos los medios se presenta un erotismo explícito que incita a un libertinaje sexual, claro, la sexualidad puesta en el plano de la morbosidad vende con ganancias multimillonarias, nos hacen dependientes de ella, para luego ante una falta en ese ámbito, escandalizarnos, poniendo el énfasis en la persona acusada para que o miren hacia nosotros que estamos igual o peor. Eso es Hipocresía. Les espanta, pero les encanta.

Ante tanta dependencia ya oficializada y comercializada, todo mundo busca cubrir su cuota buscando aquello que lo satisface como una droga sin ser estupefacientes, ya sea el sexo, el romanticismo, las relaciones personales, no podemos vivir sin ellas de manera normal, sino utilizando inclusive a las personas, aquellas que no nos importan sino tan solo para que nos den lo que necesitamos obsesivamente: atención, romances narcisistas y sexo.

Eso hace que perdamos el piso, ya no vivamos en la realidad y entremos en el mundo de la fantasía, rechacemos la verdad, los valores morales, perdamos la espiritualidad por obtener las dosis de las que dependemos, incluso lo que erróneamente llaman amor. Ante ésta realidad, viviendo de manera hipócrita la verdad duele, y es evitada hasta violentamente.

Para muestras fíjate en los medios de comunicación, todo el tiempo están dando las dosis de lo que dependemos, Amores imposibles, Sexo, relaciones cósmicas con las princesas y príncipes azules, todo inalcanzable e insaciable, pero anclados a ellas. Hasta en el face si se publica algo que alimente las dependencias y todo mundo le pone likes, pero publica la verdad de una situación o de cómo superar las dependencias y todo mundo la rechaza porque le tiene miedo.

Es my difícil presentar la verdad en un mundo enfermo y lleno de hipocresía, porque ahora resulta que los sanos son los locos.

“Dignidad multi-nivel”

“Dignidad multi-nivel”

Juan 13, 16-20

Cuando Jesús acabó de lavar los pies a sus discípulos, les dijo: –«Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: «El que compartía mi pan me ha traicionado». Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy.

Os lo aseguro: El que recibe a mi enviado me recibe a mí; el que a mí me recibe, recibe al que me ha enviado».

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Si las relaciones humanas y sociales, se estandarizaran por categorías, creo que seguirían abiertas al debate de una lista interminable, porque continuamente hacemos distinciones y exclusiones.

Podríamos afirmar que en el ámbito de la fe no existe eso, o más bien, no se debería de dar, pero tan humanos como limitados y condicionados estamos a la cultura que vivimos, que en realidad a veces se remarcan más en el mismo seno de la iglesia, con la sectorización de grupos y pastorales, algo natural y bueno pero inmaduro aún.

Jesús constantemente remarca que dichas diferencias las hacemos nosotros, porque en el plan divino la división no está proyectada, y hablando en el plano laboral, tan importante es el obrero como el administrador y dueño. El tipo de trabajo no rebaja la dignidad de la persona, sino que la desarrolla.

De tal manera que tan sólo podemos hablar de una sola dignidad, y esa es la del ser humano, la de la persona, no la del rol laboral o social. Es muy distinto cuando una persona directamente desea denigrar su propia dignidad con el pecado inmerso hasta la médula de sus huesos o con su actividad ilícita, la cual denigra a su persona y pretende denigrar a los demás.

Por ello, el trato debe estar basado en la dignidad, y esa es una sola, irremplazable en todos los niveles sociales, pero desgraciadamente excluida en algunos de ellos. Pero recuerda que tu dignidad no te la da el otro, sino que de suyo es un regalo que viene de Dios, la cual hay que cuidar y mantener, defendiéndola de no ser pisoteada por quienes no valoran la propia misma.

“Inconformidades”

“Inconformidades”
Mateo 20, 1-16
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: —Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido.
Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: —¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?
Le respondieron: —Nadie nos ha contratado.
El les dijo: —Id también vosotros a mi viña.
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: —Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: —Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.
Él replicó a uno de ellos: —Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?
Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.
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Bien sabemos que cada persona en su individualidad tiene diferentes necesidades, ya que es bien sabido que inclusive en una familia con la misma genética y educación, cada uno requiere de algo en diferente medida, aunque a todos se les brinde exactamente lo mismo sin distinción.
Algo muy similar sucede con el Reino de los Cielos, nuestro concepto es que algunos, al modelo jerárquico y económico de éste mundo, creen van a tener más ventajas que otros, cosa totalmente errónea, ya que la meta y el objetivo será participar del mismo Reino, gozando de la presencia impecable de Dios, que sería la mayor paga por así decirlo.
Sin embargo hasta ahí queremos hacer la diferencia, no estamos conformes con tenerlo todo, sino que nos duele que los demás también lo tengan, esa distinción la hacemos nosotros, somos inconformes e insaciables porque no hemos aprovechado ni asimilado de la abundancia que Dios nos da de Sí mismo.

Siempre la iniciativa es de Dios, aunque nos hagamos los no tomados en cuenta, siempre estás en su presencia, siempre es un Padre providente, pero no limites la caridad de Dios a la tuya. 

“En medio de ellos”

“En medio de ellos”
Mateo 18, 15-20
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
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No es raro identificar nuestra individualidad y querer salir adelante como seres autónomos, porque tan grande es el don de la vida otorgado por Dios, en donde Él mismo preparó un lugar para que lo tuviéramos todo, el aire, el agua, la luz, en fin toda la creación; no significa que te debas la vida por ti mismo, porque no te autocreaste, y esa autonomía no es para que abuses de ella, creyéndote lo que no.
Otra de las cosas que nos regala Dios es la sociabilidad, los demás, con los que en realidad salimos adelante desde el nacimiento hasta la muerte, ya que nos ayudaron a nacer y de igual manera estarán para nuestra sepultura.
Esa autonomía a su vez nos recuerda que somos capaces de crecer y aprender en la relación con los demás por nosotros mismos, y precisamente ahí en medio de esa relación con los demás se nos recuerda que Él está siempre en medio de nosotros y no necesariamente cuando nos unimos a proclamarlo en oración, sino permanentemente en lo que hagamos, así sea bueno o malo.
Claro que su presencia será mucho más notoria cuando lo invocamos y será evidente, aunque a su vez es justo que en esos momentos lo reconozcamos intencionalmente porque de suyo jamás nos abandona.

Por ello cuando sea oportuno no dejes de recordar que Él siempre está en medio de nosotros.