“Sin desaprovechar la gracia”

“Sin desaprovechar la gracia”

Marcos: 6, 1-6

En aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro: “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?” Y estaban desconcertados.

Pero Jesús les dijo: “Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa”. Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos.

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No es raro descubrir que el lugar en donde menos podemos dar testimonio, es precisamente con los nuestros, los que nos conocen y dicen amarnos, a su vez los que de igual manera se empecinan en no dejarnos crecer.

La situación que suele imperar es el desconcierto, ya que la persona en cuestión se sale de nuestros comunes esquemas en que se le cataloga, y aceptar una nueva realidad, precisa de la asimilación dedicada, lo cual ante la falta de paciencia, se opta por el rechazo.

Por lo que en lo que la misma gente que conoce personalmente a Jesús de hace tiempo lo asimila, el tiempo apremia y va a dar a conocer el Reino a otras regiones donde haya un corazón y una mente más abierta y sin las limitaciones del desconcierto.

Es por ello que no deja Jesús sin desaprovechar la gracia, va precisamente donde se necesita y dará frutos su prédica, es decir, a los pueblos vecinos. La vida es muy corta como para desperdiciar los momentos que se nos dan junto con las oportunidades de crecer, hay que caminar, no limitarnos a lo que digan y nos frenen los demás.

“El Bautismo del Señor”

“El Bautismo del Señor”

Mateo: 3, 13-17

En aquel tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara. Pero Juan se resistía, diciendo: “Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?” Jesús le respondió: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”. Entonces Juan accedió a bautizarlo.

Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre él en forma de paloma y oyó una voz que decía desde el cielo: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”.

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Normalmente el domingo que sigue a la fiesta de la Epifanía es dedicado a celebrar el bautismo de Cristo, este año se celebra el domingo 13 de enero y señala la culminación de todo el ciclo natalicio o de la manifestación del Señor. Es también el domingo que da paso al tiempo durante el año, llamado también tiempo ordinario.

Cuando Cristo se metió en la cola para esperar su turno de ser bautizado, seguramente San Juan Bautista no sabía que hacer. Llegó el Mesías delante de él y pidió el bautismo. El Bautista exclamó: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿tú vienes a mí?” (Mt 3,14). El Catecismo hace referencia a esta actitud humilde de Cristo en el n.536:

Hay una diferencia importante entre los dos bautismos: 

El de Juan: con agua, exterior, signo de arrepentimiento para el perdón de los pecados.

El de JESÚS: con Espíritu Santo, renovación interior que nos hace “partícipes de la naturaleza divina”

“No soy digno ni siquiera de desatar la correa de su sandalia…” trabajo reservado al más inútil de los esclavos… Juan destaca la infinita distancia entre él y Jesús…

¿Porqué entonces Jesús se hace bautizar por Juan? [es una escena tan impresionante, que podría resultar incomprensible, y hasta escandalosa]…

Pero admitámoslo, y descubramos nuevamente el “modo” que Dios emplea para salvarnos: hoy se pone en la fila de los pecadores, y aunque no lo necesitaba, se somete también a un bautismo de penitencia… Se ha hecho semejante a nosotros en todo, y por eso no se avergüenza de colocarse en la fila de aquellos que se preparaban para la llegada del Reino de Dios… así como tampoco se avergonzó de nosotros cuando tomó sobre sí todos nuestros pecados, y subió a la Cruz como si fuese un delincuente…

Pero el bautismo que recibió Jesús fue muy “especial”: ciertos hechos nos indican que con Él comienza un nuevo bautismo:

El cielo abierto (ya nunca más cerrado por los pecados, como hasta este momento) Es decir, comienza una nueva etapa de relación entre Dios y los hombres: el Cielo viene a nosotros, y nosotros vamos allá: viene con Cristo y el Espíritu Santo. Llega todo, porque Dios mismo viene, y Él será para nosotros y nos dará todo. Estamos frente al comienzo de una nueva humanidad, divinizada.

En la proposición que San Marcos hace en su Evangelio, el Padre no “presenta” a su Hijo (“Éste es mi Hijo amado”), sino que se dirige a Él (“Tú eres mi Hijo…”): Cristo nos representa a todos, que desde ese momento pasamos a ser hijos amados, complacencia del Padre… Cuando somos bautizados, esta vocación eterna se verifica efectivamente, verdaderamente: somos una nueva creación. Por lo tanto, nuestra dignidad, nuestra gloria, y nuestro compromiso pasa por VIVIR NUESTRO BAUTISMO…

“Éste es mi Hijo” (Evang.)… “Éste es el servidor sufriente” (Iª lect.)…

Sigamos a Cristo por la Cruz a la Luz.

Fuente: es.Catholic.net

“Un Dios de vida y de vivos”

“Un Dios de vida y de vivos”

Lucas 20, 27-38 

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: —«Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con e11a.» Jesús les contestó: —«En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahám, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»

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No hay que dejar de pasar por desapercibido el conocimiento acerca de la vida, ya que Dios nos revela el que hemos sido creados participativa mente de su propia vida, y donde ésta de la misma manera viene a ser eterna, porque Dios no creó la muerte, sino que fue el resultado consecuente de vivir separados en desobediencia y en pecado. 

Aunque nuestra esperanza aspira siempre a lo superior, tendemos a anclarnos a lo material a tal grado de poner nuestra total confianza en los bienes materiales palpables, donde por consecuencia vivimos cuidándolos, con un temor a perderlos y a su vez enfatizando toda una tragedia cuando llega la muerte natural y física, porque no podemos llevarnos nada de eso.

Por consecuencia la muerte se toma como el final de todo, claro lo material, olvidando que nuestra alma es eterna, y que Dios en su eterno designio ha otorgado la oportunidad de en ésta vida elegir retornar a la casa eterna de nuestro Padre o permanecer en la obscuridad eterna, junto con el maligno y sus seguidores.

Si la muerte fuera el final, sería un absurdo innecesario el orar por los difuntos, pero como sabemos que viven, nuestro deber es orar por ellos, para que alcancen la meta prometida más prontamente, ya que Dios es precisamente un Dios de vivos y no de muertos, pues en realidad todos viven, excepto aquellos que eligen la muerte eterna.

Allá es a donde debemos mirar, y no tan sólo al miedo a la muerte cuando pensamos que ahí será el final, porque no lo es, ya que Él es el Dios de la vida y de los vivos que buscan cuidar su eternidad.

“Un regalo que no se rechaza”

“Un regalo que no se rechaza”

Juan: 3, 31-36

El que viene de lo alto está por encima de todos; pero el que viene de la tierra pertenece a la tierra y habla de las cosas de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. Da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios, porque Dios le ha concedido sin medida su Espíritu.

El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna. Pero el que es rebelde al Hijo no verá la vida, porque la cólera divina perdura en contra de él.

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Uno de los conceptos que conocemos como propiedades de Dios es la generosidad, en la que sin dudar sabe darnos todo cuanto necesitamos, a veces decimos que desmedidamente, pero eso es falso, ya que no desborda ni desparrama gracias al por mayor porque por un lado se pueden desperdiciar y por el otro nos pueden mal imponer a tener en exceso y ni una ni otra son buenas.

Por ello, la medida del Señor para dar y darse es tan basta que da a plenitud, por lo que cuando más se le pide, más otorga siempre en el consecuente aprovechamiento, y ahí es donde no se mide, sino que da lo justo y necesario, que jamas es limitado de tal manera que no sacie.

En este evangelio de San Juan nos revela cómo el mismo Padre en esa expresión siempre de amor, nos entrega a su propio Hijo, que a su vez lo ama entrañablemente y con toda la confianza del mundo le otorga el regalo de rescatarnos y recuperar la vida eterna, así como librarnos del pecado. 

Pero si rechazamos ese regalo, el que se torna rebelde, no significa que Dios lo castigue y condene, sino que quien lo rechaza a su vez rechaza su amor, su gracia, su perdón, sus dones, su luz y su verdad, por ello nos lo dice “no verá la vida” pero por propia negación de quien no lo acepta, entonces al estar alejado de Dios, todo se torna en vacío y oscuridad, y esa tan mentada cólera de Dios, será tan terrible, pero no por que Dios la infunda, sino por el horror de saberse y experimentar el no estar en Él.

Es por eso que un regalo así no se rechaza, y si se rechaza quedas no tan solo sin regalo, sino en el vacío.

“Trabajando hasta tarde y nada”

“Trabajando hasta tarde y nada”

Lucas 5, 1-11

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: —Rema mar adentro y echad las redes para pescar.

Simón contestó: —Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.

Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: —Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.

Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: —No temas: desde ahora serás pescador de hombres.

Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

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Es muy duro pensar cuánto nos hemos esforzado para que las cosas salgan bien, para que nos vaya mejor, para que sanen nuestros seres queridos enfermos, sin embargo cuando llegamos a la fatiga, solemos bajar la defensa y manifestar el cansancio a más no poder, sobre todo por nuestras debilidades y aquello que en su momento toleramos, pero que ya no.

Ciertamente la tendencia en medio de la vulnerabilidad es a dejarlo todo y librarnos de los pesos que acarrean nuestras propias responsabilidades, en su momento sería una salida rápida, pero falsa. Digo falsa porque no estamos realmente atendiendo el problema y, en su momento suele manifestarse aún mayor e insoluto, claro, son su respectivo volver a empezar y restaurar nuevamente el daño desatendido.

Ésta tendencia es muy normal, pero Jesús nos invita a desviarnos a una solución más eficaz, y esa es, que aunque estemos trabajando en conjunto con otros en la misma situación, hay que dejarse ayudar y tomar los consejos de aquellos que están fuera de tu dolor y tu contexto, aquellos que lo ven de una manera alternativa y no necesariamente remarcando el dolor, sino dando una propuesta mayor que traerá mejores resultados.

Pretextos para justificarnos los vamos a tener siempre por el cansancio, sin embargo claramente en el evangelio ante la sugerencia de Jesús, y su negativa de hacerlo, optan por hacerlo en “su nombre, confiados en su palabra”, con resultados superiores y no esperados.

Por ello, aunque estés cansado y no hayas dejado de trabajar tus situaciones a veces nos falta una segunda opinión, la de alguien que tenga mejor óptica, y qué mejor la del Señor Jesús, para acercarnos a Él y hacerlo en su nombre.

“Gracia más efectiva que Magia”

“Gracia más efectiva que Magia”

Juan 15, 1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

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Ante tanta propaganda y anuncios supersticiosos llenos de sortilegios, magias, hadas y adivinaciones por doquier, podemos abrir la esperanza a la posibilidad de las soluciones mágicas ante nuestras necesidades o proyectos ficticios olvidando la maravillosa realidad.

Nuestra mente es tan vasta y variada, que puede brincar de un estado a otro instantáneamente y en automático, esperando soluciones pasivas, sin nosotros mover tan sólo un dedo y por ende sin ningún esfuerzo o compromiso. Deseamos que el problema provocado por nosotros y nuestras actitudes, de las que ni conscientes somos por dicha atención y distracción en lo fantasioso, y que así de igual manera e inconsecuentemente deseamos se vaya. 

Más como lo cita el evangelio, hay que permanecer unidos a la vid, unidos a la realidad y unidos a la verdad, porque lo que fácil o mágicamente viene, fácil y mágicamente se va, sin inmutarnos, pero a su vez sin hacernos crecer.

Unidos a la vid, unidos a Cristo, garantiza la sabia directa para crecer y asirse firmemente, aún si los vientos son violentos o la sequía es dura, es mucho mejor abismalmente que no estar unidos a nada o a ficticias y efímeras fantasías. Por ello indudablemente la gracia es incalculablemente mayor a la magia, además de que la gracia sí es real.

“Has encontrado gracia ante Dios…”

“Has encontrado gracia ante Dios…” 

Mateo 1, 26-38

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.”

Y María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?” El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.

Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.” María contestó: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” Y la dejó el ángel.

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Siempre es muy placentero escuchar el relato de la Anunciación del nacimiento del Hijo de Dios a María Santísima, recordando estos momentos tan preciados en que se celebra la ya próxima venida, más sin embargo, es justo remarcar, que una de las cosas que el Ángel Gabriel remarca, es ese “has encontrado gracia ante Dios”.

No se refiere a la predilección selectiva de Dios hacia ella, descartando a el resto de las mujeres del planeta y de la historia, es en realidad un reconocimiento a la gracia devuelta a Dios pero ahora de parte de María quien ha respondido de manera admirable, a tal grado que es reconocida por el mismo ángel.

Es muy bueno saber que se ha respondido conforme al plan de Dios, por ello es merecedora de una nueva invitación a un mayor plan, ahora de una manera más concreta, así como riesgosa y llena de responsabilidad, ya que implica el cuidado del mismo Hijo de Dios, encarnado humanamente hablando, pero Divino por naturaleza. Ante una respuesta generosa, viene una mejor y mayor, ante ésta y una vez disipadas las dudas, María es capaz de enrolarse directamente en la mecánica de la Salvación.

Gracia que no sólo la beneficia a ella, sino a todo el género humano. De igual manera, podemos ser partícipes del plan de Dios, la gracia de parte de Dios está dada, sólo falta nuestra respuesta traducida en hechos concretos, demostrando así, que si con eso poco podemos, el resto será más fácil de manejar.

Por ello, sería muy bueno, más que descubrir la gracia de Dios, es si Dios la encontrara en nosotros ya madura y fructificando.

“¿Qué puedes comprar con dinero?”

“¿Qué puedes comprar con dinero?”

Lucas: 16, 9-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que, cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo. El que es fiel en las cosas pequeñas, también es fiel en las grandes; y el que es infiel en las cosas pequeñas, también es infiel en las grandes. Si ustedes no son fieles administradores del dinero, tan lleno de injusticias, ¿quién les confiará los bienes verdaderos? Y si no han sido fieles en lo que no es de ustedes, ¿quién les confiará lo que sí es de ustedes?
No hay criado que pueda servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro, o se apegará al primero y despreciará al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero”.

Al oír todas estas cosas, los fariseos, que son amantes del dinero, se burlaban de Jesús. Pero Él les dijo: “Ustedes pretenden pasar por justos delante de los hombres; pero Dios conoce sus corazones, y lo que es muy estimable para los hombres es detestable para Dios”.

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Hoy en nuestros días todo se mide en bienes monetarios, cualquier desastre, trabajo, hasta la salud se mide en billetes; se hace trabajar arduamente para recabar cifras astronómicas que si las contáramos de una en una, una vida no alcanzaría, se ha convertido en irreal e inadministrable tanto dinero, aunque ciertamente desgasten su vida para ello.

Parece que todo tiene un precio, sin embargo existen realidades y cosas que ni teniendo todo el dinero del mundo se pueden comprar. A lo mejor se pueden tener personas y valores espirituales, pero comprarlos a necesidad y discreción resulta en un farsa.

¿Quién no desea tener una millonada bajo el colchón o invertido en múltiples bienes?, claro que eso solucionaría un sin fin de situaciones que en este mundo se manejan como ya lo había mencionado, en cifras y estadísticas.

Sin embargo nadie puede comprar lo más valioso que poseemos: la propia vida, se pueden hacer los intentos de conservarla en los mejores hospitales del mundo, sin embargo esa es un don que no se puede calcular en números, ni conservar al propio gusto y tiempo, y junto con ella todos los dones que la adornan, no entran en el esquema de valores monetarios con precios concretos, sino en el de los valores espirituales donde la medida la tiene sólo Dios.

Por ello no te afanes en solamente adquirir lo que puedes adquirir con dinero, anímate a adquirir lo gratuito y que más vale, la gracia de Dios con todas las vertientes en los dones derramados por su Santo Espíritu, porque tendremos todo, pero sin Dios al final no tenemos nada.

“La dicha que no se ve”

“La dicha que no se ve”

Lucas: 11, 27-28

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la multitud, una mujer del pueblo, gritando, le dijo: “¡Dichosa la mujer que te llevó en su seno y cuyos pechos te amamantaron!” Pero Jesús le respondió: “Dichosos todavía más los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”.

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Una de las cualidades que no notamos en las personas de manera inmediata suele ser  el que estén bien, ya que por lo general es lo más común, donde olvidamos que estar saludable es de suyo una bendición de Dios, don que se nos otorga a cada uno, y su conservación depende de la responsabilidad y la dedicación que tengamos para con aquello que hemos recibido en nuestro ser.

En la práctica nos damos cuenta más fácilmente cuando hay algo mal o anormal en la persona, cuando está triste o es notoria una enfermedad, así como un daño notorio a simple vista, y es una pena que nomás nos fijemos en eso, ya que hasta los catalogamos por eso mismo.

Es un descanso saber que además de lo físicamente recibido, existe un complemento que precisamente Dios da a manos llenas, que lo otorga a quien lo desea recibir y vivir con ello, es decir, la misma gracia de Dios que nos lleva a una alegría dichosa, aquella misma que reconoce Jesús en su Madre, y la cual la ha portado desde el primer momento en que aceptó la misión de ser la madre del salvador.

Ya el mismo Arcángel Gabriel la reconoce como “la llena de gracia” e Isabel la identifica como la “bendita entre las mujeres”, pues eso que vieron no es otra cosa que la misma gracia de Dios, que se nota sobre el bien y la salud común.

Por ello Jesús afirma que su madre tiene una dicha mayor, no tan solo dar a luz, sino el conservar los mismos dones de Dios sin perderlos. Es esa dicha que no se ve, pero que se manifiesta en todo su esplendor, especialmente con aquellos que se disponen en su vida para verla.

“Decir auténticamente Señor, Señor”

“Decir auténticamente Señor, Señor”

Lucas: 6, 43-49

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos.

El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón, y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón. ¿Por qué me dicen ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que yo les digo? Les voy a decir a quién se parece el que viene a mí y escucha mis palabras y las pone en práctica. Se parece a un hombre, que al construir su casa, hizo una excavación profunda, para echar los cimientos sobre la roca. Vino la creciente y chocó el río contra aquella casa, pero no la pudo derribar, porque estaba sólidamente construida. Pero el que no pone en práctica lo que escucha, se parece a un hombre que construyó su casa a flor de tierra, sin cimientos. Chocó el río contra ella e inmediatamente la derribó y quedó completamente destruida”.

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Es muy claro que cualquiera puede decir en medio de su fe “Señor, Señor”, incluso un no creyente o hasta el mismo maligno lo puede hacer, pero hay una diferencia abismal entre tan sólo decirlo a en realidad hacerlo suyo y vivirlo como tal.

Y es que hay que entender que no se trata tan sólo de una intención, sino que proviene de un Don de Dios, que otorga a aquellos que demuestran con su vida y obras el querer recibirlo, ya que nadie le puede decir Señor verdaderamente, si no le es dada la intención viva por moción del Espíritu Santo, quien lo ha hecho suyo y le permite obrar como templo vivo.

Es un nombre que impera el Señorío de Cristo Jesús, el cual implica una transformación interior, precisamente hecha a través de vida sacramental y de oración, porque cada vez que nos acercamos a Él, nos va injertando en su propia vida.

De tal manera que será la misma gracia la que nos haga afirmar el señorío de Cristo y no tan sólo nuestra inteligencia. De ahí surge un auténtico “Señor, Señor, que todos podemos alcanzar a proclamar, pero que necesita de tu propia colaboración y la obra del Señor en ti.