“Una ley de caridad y justicia”

“Una ley de caridad y justicia”

Mateo: 5, 43-48

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Han oído ustedes que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo; yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos.

Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los paganos? Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto”.

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Cuando desmembramos a la ley de todas sus bases y fundamentos, dando una interpretación totalmente independiente y fría, suele tornarse en dictadura, donde se extrema la aplicación de la misma de manera tajante que pierde en realidad el sentido de propuesta y ayuda al evitar cuanto nos daña, remarcando tan sólo el aspecto negativo y punzante.

Si ese fuera el espíritu con el que Dios nos hace participe de su mandato, a su vez fuera muy estricto con los que transgreden la ley, y no permitiría que fueran beneficiarios de su gracia y beneficios.

Pero la realidad habla de que aunque no la cumplan, no deja de otorgarnos sus bienes, pero sí sepan que  se hacen acreedores de las consecuencias de sus propias malas decisiones.

Por ello deja libremente a cada quien decidir, peo quien opta por cumplir sus preceptos, los llena de gracias y bendiciones, donde denota que es una ley llena de caridad y a su vez acreedora de la justicia, porque no deja de exigir el bien que debemos hacer.

“Una ley para santificarnos”

“Una ley para santificarnos”

Mateo: 5,17-37

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos. Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.

Han oído que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.

Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.

También han oído que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio. Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.

También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio; pero yo les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio, y el que se casa con una divorciada comete adulterio.
Han oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es donde él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey.

Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno”.

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Un pilar fundamental en el judaísmo es la Ley, aquella que se desarrolló en siglos posteriores de que fue dada a Moisés, una ley que pretendía abarcar todos los aspectos de la vida, sobre todo el modus vivendi de aquellos días. 

Sin embargo la misma ley se fue degradando y afirmando cláusulas que de raíz anulaban el mismo mandato original, donde la permisividad estaba a flor de piel, pero eso sí, de manera legal y justificada por el mandato mosaico, aquel que no deja de ser tradición humana más que divina.

Es por ello que Jesús reclama y exige una ley auténtica, no la cambia, porque su origen es válido y sigue siendo eficaz, además que Dios no cambia algo que hizo para la eternidad basado en la verdad.

´´Sin embargo lo que sí pide Jesús, es la coherencia con la verdad, la voluntad de seguir un mandato y la habilidad para permanecer en fidelidad al mismo. Así como en antiguo pretendió guiar a su pueblo por la santidad, ahora de igual manera nos pide con un ley de diez mandatos, además de resumidos en dos, que de igual manera nos santifiquemos con  ella.

No hay necesidad de cambiarla y complicarnos, de suyo tan sólo diez llevan a la felicidad. Esa es la verdadera ley de Santidad. 

“Justificar con la ley humana”

“Justificar con la ley humana”

Marcos: 7, 1-13

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y algunos escribas, venidos de Jerusalén. Viendo que algunos de los discípulos de Jesús comían con las manos impuras, es decir, sin habérselas lavado, los fariseos y los escribas le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos comen con manos impuras y no siguen la tradición de nuestros mayores?” (Los fariseos y los judíos, en general, no comen sin lavarse antes las manos hasta el codo, siguiendo la tradición de sus mayores; al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones, y observan muchas otras cosas por tradición, como purificar los vasos, las jarras y las ollas).

Jesús les contestó: “¡Qué bien profetizó Isaías sobre ustedes, hipócritas, cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a las tradiciones de los hombres”.

Después añadió: “De veras son ustedes muy hábiles para violar el mandamiento de Dios y conservar su tradición. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre. El que maldiga a su padre o a su madre, morirá. Pero ustedes dicen: ‘Si uno dice a su padre o a su madre: Todo aquello con que yo te podría ayudar es corbán (es decir, ofrenda para el templo), ya no puede hacer nada por su padre o por su madre’. Así anulan la palabra de Dios con esa tradición que se han transmitido. Y hacen muchas cosas semejantes a ésta”.

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El Señor nuestros Dios, suele presentarse de manera muy sencilla y comprensible a tal grado de pedirnos de igual manera que lo sigamos cumpliendo con cosas sencillas, de hecho tan sólo nos ha pedido acatar 10 mandamientos, los tres primeros en relación para con Dios y los otro siete en relación con los demás seres humanos.

Mandatos que forman una ley que lleva a la santidad, porque no pide nada que no sea ordinario ni que no se pueda realizar. La distorsión inicia en la medida que los remarcamos tan obsesivamente que se convierten en un morbo y una tentación a quebrantar, de tal manera que mientras más prohibimos una cosa, más deseada la convertimos, hasta caer en una situación de adrenalina al cometerla arriesgando todo.

Sin embargo somos muy diestros para añadir incisos a la ley que va expandiendo su alcance a detalle, pero de igual manera se presta para manipular y justificar de alguna manera el mismo mandato para elegantemente nulificarlo, sobre todo en aquellas situaciones que tan comúnmente caemos y a las que no pretendemos renunciar.

Eso es lo que Jesús intenta reparar, no está en contra de la ley divina, sino del mandato modificado a conveniencia, que siempre trata de justificar con la ley humana muy acomodaticia cuando se le da autoridad y poder al ser humano para hacerlo.

“Imponer”

“Imponer”

Lucas: 6, 1-5

Un sábado, Jesús iba atravesando unos sembrados y sus discípulos arrancaban espigas al pasar, las restregaban entre las manos y se comían los granos. Entonces unos fariseos les dijeron: “¿Por qué hacen lo que está prohibido hacer en sábado?” Jesús les respondió: “¿Acaso no han leído lo que hizo David una vez que tenían hambre él y sus hombres? Entró en el templo y tomando los panes sagrados, que sólo los sacerdotes podían comer, comió de ellos y les dio también a sus hombres”. Y añadió: “El Hijo del hombre también es dueño del sábado”.

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Lo más fácil en una relación para no complicarnos la vida, o en su defecto para complicársela a otros, es utilizar una muy conveniente ley oficial y activa, que aplique estrictamente mis deseos e imposiciones.

Ciertamente Dios no se impone, sugiere con los mandamientos eliminar de nuestra propia vida aquello que pudiera truncar nuestro propio caminar y felicidad, por ello tan sólo propone 10 mandamientos, y nada más, en ellos implica todo lo que puede ayudarnos durante toda la vida para de manera segura llegar a la gloria eterna en su momento.

Pero cuando hacemos que sean demasiado, reconsideramos su sugerencia divina, y a nombre de la propia humanidad se proponen nuevas leyes que vayan de acuerdo a nuevas situaciones de vida porque no se quiere vivir en la naturalidad de la ley y la verdad.

Por ello se impone la ley del sábado, donde hasta a Dios mismo en la tradición humana de los sabatistas, se le obliga a Descansar. La misma tradición se encargó de estructurar la creación de una manera veraz y lógica, pero limitada al séptimo día, donde dicen que Dios impone el descanso.

Hay que tener ene cuenta que Dios no necesita descanso, si lo tomamos como un momento para dedicarlo a Dios que se merece todo agradecimiento por cuanto nos regala día a día y momento a momento, es válido, pero imponer una ley humana que en su momento sobrepasa la misma caridad humana, no es propia.

Cuando vivimos en la caridad y el amor pleno, la ley sale sobrando con todas sus limitaciones humanas muy bien escritas e impuestas como tal, por ello, un amor bien intencionado y plenificado junto al amor de Dios, supera toda ley porque de suyo está de manera implícita, pero libre, sin ataduras ni retorcijones mentales, que nos llevan a con el tiempo complicamos nuestra existencia y la propia vida, deseando que así sea para los demás, lo cual es un error. No hay como el amor pleno y responsable en la libertad de sabernos hijos de Dios.

“Superposición de leyes”

“Superposición de leyes”

Mateo: 12, 1-8

Un sábado, atravesaba Jesús por los sembrados. Los discípulos, que iban con él, tenían hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerse los granos. Cuando los fariseos los vieron, le dijeron a Jesús: “Tus discípulos están haciendo algo que no está permitido hacer en sábado”.
Él les contestó: “¿No han leído ustedes lo que hizo David una vez que sintieron hambre él y sus compañeros? ¿No recuerdan cómo entraron en la casa de Dios y comieron los panes consagrados, de los cuales ni él ni sus compañeros podían comer, sino tan sólo los sacerdotes? ¿Tampoco han leído en la ley que los sacerdotes violan el sábado porque ofician en el templo y no por eso cometen pecado? Pues yo digo que aquí hay alguien más grande que el templo.
Si ustedes comprendieran el sentido de las palabras: Misericordia quiero y no sacrificios, no condenarían a quienes no tienen ninguna culpa. Por lo demás, el Hijo del hombre también es dueño del sábado”.

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La legislación cada día va en aumento, pero en la actualidad ya no se usan las leyes para poner un orden que ayude al bien común y la sociedad en general, se crean nuevas normas, pero ahora alejadas de la misma realidad, sin un fundamento base, que se imponen para una manipulada necesidad y abuso de los demás.

Por lo general esas nuevas normas van en beneficio siempre de la clase económicamente fuerte, cada vez se legisla para justificar malas acciones como normales y para robar legalmente al indefenso. 

Mientras más leyes se hagan, denotan una justificación para un fin ambivalente y velado que no se ve su efecto hasta que nos afecta, pero que esa intención se planeó así. 

Puede llegar el momento en que las verdaderas leyes base se pierdan, como lo es la ley natural, la ley divina y el auténtico derecho positivo que nació civilmente con el Derecho Romano; están en pro y a favor de la dignidad de todo ser humano, en la que una ley se basa en la anterior sin descartarla o contradecirla, sino apoyada sólidamente desde la ley natural hasta la ley positiva. 

Corremos el riesgo de que ahora la ley sea la nueva manera de engañar e imponer desde lo legislativo, desvirtuando toda auténtica ley y navegando entre las nuevas normas que desdicen la misma dignidad humana y faltan a la caridad, como en las que cayeron los fariseos y doctores de la ley con su tan famosa Ley de Moisés, que no es la divina, es decir los diez mandamientos, sino que elaboraron una pura ley humana que rayó en lo inhumano y por debajo del precepto divino, aunque se llamaba religiosa y de santidad. 

Sobreponer leyes, imponerlas, arrancarlas de su base, resulta en una ley no autentica ni obligada a seguir, hay que saber distinguirlas para no ser engañados, porque aunque se legisle en áreas ajenas a ti, en realidad afectan a toda la humanidad para la que se aplica.

“Una ley al alcance, para iniciar…”

“Una ley al alcance, para iniciar…”

Lucas: 10, 25-37

En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?” El doctor de la ley contestó: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, ya tu prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “Has contestado bien; si haces eso, vivirás”.
El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús le dijo: “Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo”.

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Una manera de justificar nuestros actos muy cómoda es cuando tengo una tabla de comparación que me dicta lo que hay que hacer y lo que no, como lo es la ley, ya que las situaciones están resueltas y tarifadas, ya no se tiene que pensar para ver si se hace el bien o el mal. 

Pero en lo particular a mi no convence que deba de seguir una ley de la que dependa nuestra existencia de manera mecánica, como para uniformar a la humanidad, al final la ley no deja de ser un instrumento para mentes débiles y flojas, aquellas que necesitan que les digan lo que tienen que hacer y de igual manera los enjuicien para ver si andan bien o mal, al final depende del otro mi manera de obrar.

Desgraciadamente la gran mayoría utiliza este recurso de la ley, lo valida, lo promueve, lo estandariza y lo impone a los demás como el esquema único y exclusivo. Pero la ley solamente es el A B C por donde debemos de caminar, más no es la última palabra, Dios nos ha capacitado maravillosamente con una conciencia que proviene de la misma conciencia de Dios, es participada, pero que la apocamos con la letra.

La verdadera ley no está escrita en papel, está grabada en tu propio ser, en lo más profundo de tu alma, pero no para sacarla a juzgar, sino para vivirla en la libertad del Espíritu con la dignidad de Hijos de Dios, donde su base es el amor, por lo que queda abolida de inmediato al saber en realidad qué es lo correcto en nuestro obrar y pensar, pero no lo hacemos, dependemos de la ley para que el otro me juzgue.

Dios no juzga como nosotros pensamos, fue necesario dar una regla para que la gente que aún no ha llegado a conocer esa ley interna que plenifica la propia vida, sino que navega en la inmanencia de lo material, sin mirar un poco al interior de sí mismos donde radica la plenitud de los Dones de Dios, pero que saturamos nuestros sentidos con el ruido del mundo para permanecer en un estado de trance con lo externo, sin llegar a darnos cuenta de lo que podemos.

“Mandatos que nos convienen”

“Mandatos que nos convienen”

Juan: 15, 12-17

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre.
No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre. Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros”.

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Por lo general tenemos una reacción instantánea cuando se nos manda realizar algo de manera imperativa y, en buena parte ésta es de rechazo, todo por algo de orgullo al no permitir que los demás manden o dominen sobre nosotros; aunque de igual manera por el contrario existen personas con una codependencia total, a tal grado de que no hacen nada si no son movidos, ya sea por temor a equivocarse o por que de plano dependen de que les den las propuestas a realizar ya resueltas y digeridas.

Sin embargo la mayoría de las veces no contemplamos usar la tregua, es decir, tomar de una manera no abusiva sino recíproca, en la que tomamos acuerdos que nos benefician a ambas partes tratadas, y es que, sabiendo entender el mandato del amor, habrá que descubrir que no se limita tan sólo a los afectos, sino a todo lo que compete a toda relación humana sana y prolifera.

Es por ello que nos conviene el mandato del amor porque aún sin que se den los apegos afectivos, las relaciones humanas llegan a tratarse en lo que cabe en toda su dignidad y respeto.

Pero si a ello le agregamos ese amor afable, ese amor desinteresado, las relaciones se fortalecerán a un grado que rebasaría la misma confianza, que al final es la intención de la instauración de los valores del Reino de Dios, Por ello esos mandatos nos convienen porque todos, salimos ganando sin necesidad de percibirlos como impositivos y adversos, quien no los aplica, sufrirá la ignominia de caminar solo con lo que la limitada relación le de a conocer, ante el mar desconocido que hay detrás de cada persona.

“El miedo al compromiso”

“El miedo al compromiso”

Marcos: 10, 1-12

En aquel tiempo, se fue Jesús al territorio de Judea y Transjordania, y de nuevo se le fue acercando la gente; él los estuvo enseñando, como era su costumbre. Se acercaron también unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?”

Él les respondió: “¿Qué les prescribió Moisés?” Ellos contestaron: “Moisés nos permitió el divorcio mediante la entrega de un acta de divorcio a la esposa”. Jesús les dijo: “Moisés prescribió esto, debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por eso, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”.

Ya en casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre el asunto. Jesús les dijo: “Si uno se divorcia de su esposa y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio”.

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Ya hace algo de tiempo, que nuestra cultura, influenciada por los vecinos que se dicen de primer mundo, así como de pensamiento avanzado y liberal, aunque sea bromeando, pero asomando la verdad, niegan y rechazan el matrimonio.

Ya en antiguo las mismas sagradas escrituras se dejaba ver cierta inestabilidad, que en el caso de la ley de Moisés, llegó a modificarse para legitimar el mismo divorcio.

Pero hoy, ante tanta falta de relaciones interpersonales y directas, los que pretenden vivir una vida juntos, nacen divorciados desde el momento que no quieren ningún documento que oficialice su unión. 

Ya las relaciones van fragmentadas y se unen por el atractivo visual-sexual, o por cambiar de realidad en la que habitan, y en un extremo por miedo a la soledad. Se toman decisiones arrebatadas, y su solución ante sus miedos no dan frutos que asienten una relación estable.

El miedo al compromiso les ataca y aterra, tanto así que aún estando en unión libre por décadas, cuando formalizan ante lo civil o eclesiástico, la relación fracasa, no saben manejar la donación, se saben utilizar mutuamente, pero el éxito llega cuando el compromiso se da a la par, en una alianza con igualdad de derechos y obligaciones, coronado por un amor creciente y constante.

A veces olvidan, que la parte importante no la llevas tú, ni tu pareja, sino Dios que habiendo llamado a la vocación marital, junto con ello otorga los dones para llevarla acabo, pero hay que permitírselo. No dejemos que el miedo al compromiso, a la verdad, a la santidad, quebrante nuestra voluntad, porque en pareja, también se llega a la eternidad.

“Mandato impide ayuda”

“Mandato impide ayuda”

Marcos: 7, 1-13

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y algunos escribas, venidos de Jerusalén. Viendo que algunos de los discípulos de Jesús comían con las manos impuras, es decir, sin habérselas lavado, los fariseos y los escribas le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos comen con manos impuras y no siguen la tradición de nuestros mayores?” (Los fariseos y los judíos, en general, no comen sin lavarse antes las manos hasta el codo, siguiendo la tradición de sus mayores; al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones, y observan muchas otras cosas por tradición, como purificar los vasos, las jarras y las ollas).
Jesús les contestó: “¡Qué bien profetizó Isaías sobre ustedes, hipócritas, cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a las tradiciones de los hombres”.
Después añadió: “De veras son ustedes muy hábiles para violar el mandamiento de Dios y conservar su tradición. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre. El que maldiga a su padre o a su madre, morirá. Pero ustedes dicen: ‘Si uno dice a su padre o a su madre: Todo aquello con que yo te podría ayudar es corbán (es decir, ofrenda para el templo), ya no puede hacer nada por su padre o por su madre’. Así anulan la palabra de Dios con esa tradición que se han transmitido. Y hacen muchas cosas semejantes a ésta”.

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Algunas de las actitudes que Jesús trata de sanar, son aquellas justificaciones insanas o exageradas que le son atribuidas a Dios de manera oficial por medio de la legislación, convirtiéndolas en una norma a seguir, pero que en realidad resultan en un marcado egoísmo y falta de caridad masiva, incluyendo a los que amamos o tenemos cerca.

El caso es muy claro cuando la original ley de Dios, en el caso del cuarto mandamiento, que indica “honrar a tu padre y a tu madre” lo refiere a todo el agradecimiento que se merecen los padres por su labor en la cooperación con el mismo plan de Dios al ser co-creadores y disponer sus vidas en pro de sus hijos, por lo que mínimo requieren un respeto independientemente de sus actitudes y faltas de responsabilidad, ya que en realidad ningún padre es perfecto, por lo que hay que saber entender el proceso de formación de ellos, ya que inevitablemente heredan las carencias afectivas que a su vez heredaron de sus mismos padres, sin embargo se esfuerzan al máximo posible en su dedicación para realizar una buena tarea paternal.

Sin embargo a la misma ley básica se le van adjuntando justificaciones incoherentes, fruto de una desviación de su propia intención para no realizar dicho compromiso, como lo es el caso de la ley del “Corbán”, que justifica a los consagrados el no compartir el pan y los bienes ofrecidos de los que son partícipes con su propios padres que pudiesen estar en necesidad.

El hecho de ser consagrada una persona, no se debe deslindar de su propia familia, ya que es su primer centro de atención así como su primera responsabilidad, ya que todo su ser se lo debe a ellos, por lo que no se vale justificar una total entrega a Dios olvidando a los suyos.

Pero el problema no lo es tan sólo en lo religioso, de igual manera hoy en día la ley misma desacredita a los padres tener total domino sobre sus hijos, esto viene a fomentar una total fractura de honor y respeto a los suyos, ya que el estado te quita la autoridad a los padres, pero sí los hace responsables de sus actos, aunque no se les permita dominarlos. Todo un absurdo.

Encomendemos a Dios la Familia que sin ella, el fruto de la sociedad es la autodestrucción y el manejo de las voluntades sin valores ni criterios.

“La ley limita”

“La ley limita”

Marcos: 3, 1-6

En aquel tiempo, Jesús entró en la sinagoga, donde había un hombre que tenía tullida una mano. Los fariseos estaban espiando a Jesús para ver si curaba en sábado y poderlo acusar. Jesús le dijo al tullido: “Levántate y ponte allí en medio”.
Después les preguntó: “¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Se le puede salvar la vida a un hombre en sábado o hay que dejarlo morir?” Ellos se quedaron callados. Entonces, mirándolos con ira y con tristeza, porque no querían entender, le dijo al hombre: “Extiende tu mano”. La extendió, y su mano quedó sana.
Entonces se salieron los fariseos y comenzaron a hacer planes, con los del partido de Herodes, para matar a Jesús.

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No negamos la importancia de la ley, que promulgada de manera sencilla y de fácil entendimiento para todos, no deja de ser una herramienta que en todos los niveles del intelecto humano establece un principio común, como referencia de verdad absoluta.

Sin embargo, la ley no queda en el puro precepto, eso es el principio básico, a su vez se desdobla en múltiples especificaciones dentro del mismo concepto normativo en dónde se avalan las circunstancias que la agravan o la despenalizan.

Cuando no se alcanzan a percibir todas las ramificaciones legales hasta donde alcanza un precepto, quedamos cortos, es decir nos conformamos con la aplicación tajante del precepto básico, a veces por comodidad, pero que malo aún más, si es por ignorancia culpable, cuando en realidad se puede indagar aún más en el precepto.

Aplicada así la ley, limita, no permite analizar las circunstancias por las que se llegó a quebrantar y mucho menos se justifica. Por ello a Jesús le juzgan sin piedad, su herramienta es la misma ley divina, pero aplicada desde una perspectiva limitada y condicionada por las situaciones históricas y culturales.

Qué pena que la misma ley de Dios, juzgue al mismo Dios, sin sus complementos: la caridad, la razón, las circunstancias, la búsqueda del bien mayor. Por ello “los miró con ira y con tristeza, porque no querían entender”, al final de cuenta auto limitados por su propia ley reinterpretada y condicionada, donde impera el hombre, más no Dios.

Al igual nosotros podemos limitar la ley a nuestra conveniencia, o al de quien manipule la sociedad, pero esa ley no dejará de estar limitada por la mente humana.