“Hay niveles de alegría”

“Hay niveles de alegría”

Juan: 15, 9-11

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena”.

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Por lo general conceptualizamos la alegría como una actitud que se vive en momentos, a veces hay quienes consideran que la alegría proviene de ciertas actividades como ir al circo, a actividades culturales, a visitar personas, a comprar cosas, o a exigirla a los demás como un deber hacia nosotros, casi como si fuéramos bufones, para tener contenta a la gente y darle pos su lado.

Esas alegrías no negamos que se vivan confortablemente, pero la alegría que propone Jesús, no radica ni en momentos, ni en personas, radica en una actitud permanente que brota de la gracia que Dios nos participa al cumplir y tener la satisfacción de realizar un deber bien hecho y aún más por motivos de fe y divinos que se complementan con la amistad a través de la oración, los sacramentos y las sagradas escrituras.

Es una alegría que no se ubica en el nivel de lo afectivo sentimental, sino que es una forma de vida que irradia algo más que una moción, sino una plenitud de lo que se vive intensa y pacificamente. 

Alegría que se mueve en el nivel del amor, aquél que no se solicita como necesidad a los demás, sino aquel que se comparte sin interés alguno, más que el simple participar del mismo amor de Dios.

Por ello Jesús nos invita a que permanezcamos en su amor, para que precisamente, la alegría esté al nivel del amor de Dios.

“Un amor que ciega”

“Un amor que ciega”

Juan: 20, 11-18

El día de la resurrección, María se había quedado llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies. Los ángeles le preguntaron: “¿Por qué estás llorando, mujer?” Ella les contestó: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto”.

Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: “Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?” Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: “Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto”. Jesús le dijo: “¡María!” Ella se volvió y exclamó: “¡Rabuní!”, que en hebreo significa ‘maestro’. Jesús le dijo: “Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios’ “.

María Magdalena se fue a ver a los discípulos para decirles que había visto al Señor y para darles su mensaje.

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Dentro del contexto de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, encontramos un ambiente de Crisis, de dolor, de circunstancias que pasaron muy rápido para poder asimilarlas a la primera, y es que todo el ambiente que movió la Pasión y muerte de Jesús, desató un caos generalizado con sus discípulos y no tan sólo con ellos sino con toda Jerusalén.

Vemos como en medio del miedo y del dolor se manifiesta un amor tan grande y comprometido con el Maestro, que es capaz de mover a María Magdalena a ir hacia el sepulcro, su pena hace que ese amor dolido ciegue su entendimiento y no alcance a recordar el hecho de la resurrección, y que la confusión no le haga reconocerlo al tenerlo  presente en su nueva condición.

Es por ello que el mismo Jesús, una vez superada la etapa del sufrimiento, lleno de gloria y con su vida eterna recuperada, en esa misma paz le ayuda a salir a ella de ese estado de shock y la invita a continuar con la misma obra de la salvación junto con sus hermanos discípulos. 

Al Igual debemos de no apagar ese amor con fuegos fugaces o situaciones de dolor y de muerte, aquellas que en el exterior nos quitan la paz, sino que debemos de permanecer a pesar de las circunstancias sin perder la mirada en el Señor y confiar en sus promesas que siempre llegan a buen fin para darnos vida desde esta vida y que ese amor que le profesamos no sea perturbado por las borrascas de la duda y el miedo.

“Una razón de ser y vivir”

“Una razón de ser y vivir”

Mateo: 5, 13-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero, para que alumbre a todos los de la casa.

Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”.

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La vida nunca ha dejado de ser un don tan preciado que cuando somos conscientes de su valor, se vuelve incalculable. De suyo el hecho de vivir es una gracia única, pero la vida no consiste tan sólo en vivirla porque se posee.

Uno de los objetivos de esta vida es llevarla a una plenitud en todos los aspectos. Habrá quien desarrolle en ella lo físico, lo cultural, lo espiritual, las artes, lo intelectual y filosófico, entre otras tantas posibilidades que a la par se pueden ir complementando. 

De hecho se nos ha revelado a través de las Sagradas Escrituras, que precisamente se nos compara a la sal y a la luz, es decir, a realizar las actividades que exponencian todas las capacidades, porque nos ha regalado el Señor un cuerpo maravilloso que sabe salir adelante ante todas las adversidades y que se desarrolla generosamente cuando se le cuida y cultiva al igual que la mente y el corazón, para con ello dar sabor y sentido a la vida misma iluminando a quienes se han perdido en sus propias tinieblas.

Es una pena, cuando el dolor y la ansiedad las alimentamos a tal grado de perder el sentido falso de no poder vivir la vida. Mientras tengamos vida, tenemos un proyecto y una oportunidad por delante ya que además Dios nos da una razón de ser y vivir aquí en este mundo, con su ayuda para alcanzar a que esa misma vida llegue hasta la eternidad, por medio de su hijo que la ha llevado a su plenitud por medio de la gracia y santidad que nos pide vivirla igual.

“La Candelaria”

“La Candelaria

Lucas: 2, 22-40

Transcurrido el tiempo de la purificación de Ma-ría, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley: Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la ley, un par de tórtolas o dos pichones.

Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu, fue al templo, y cuando José y María entraban con el niño Jesús para cumplir con lo prescrito por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo:

“Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me habías prometido, porque mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado para bien de todos los pueblos; luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”.

El padre y la madre del niño estaban admirados de semejantes palabras. Simeón los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció: “Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma”.

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana. De joven, había vivido siete años casada y tenía ya ochenta y cuatro años de edad. No se apartaba del templo ni de día ni de noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Ana se acercó en aquel momento, dando gracias a Dios y hablando del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.

Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él.

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La fiesta de la Presentación celebra una llegada y un encuentro; la llegada del anhelado Salvador, núcleo de la vida religiosa del pueblo, y la bienvenida concedida a él por dos representantes dignos de la raza elegida, Simeón y Ana. Por su provecta edad, estos dos personajes simbolizan los siglos de espera y de anhelo ferviente de los hombres y mujeres devotos de la antigua alianza. En realidad, ellos representan la esperanza y el anhelo de la raza humana.

Al revivir este misterio en la fe, la Iglesia da de nuevo la bienvenida a Cristo. Ese es el verdadero sentido de la fiesta. Es la “Fiesta del Encuentro”, el encuentro de Cristo y su Iglesia. Esto vale para cualquier celebración litúrgica, pero especialmente para esta fiesta. La liturgia nos invita a dar la bienvenida a Cristo y a su madre, como lo hizo su propio pueblo de antaño: “Oh Sión, adorna tu cámara nupcial y da la bienvenida a Cristo el Rey; abraza a María, porque ella es la verdadera puerta del cielo y te trae al glorioso Rey de la luz nueva”2.

Al dramatizar de esta manera el recuerdo de este encuentro de Cristo con Simeón, la Iglesia nos pide que profesemos públicamente nuestra fe en la Luz del mundo, luz de revelación para todo pueblo y persona.

En la bellísima introducción a la bendición de las candelas y a la procesión, el celebrante recuerda cómo Simeón y Ana, guiados por el Espíritu, vinieron al templo y reconocieron a Cristo como su Señor. Y concluye con la siguiente invitación: “Unidos por el Espíritu, vayamos ahora a la casa de Dios a dar la bienvenida a Cristo, el Señor. Le reconoceremos allí en la fracción del pan hasta que venga de nuevo en gloria”.

Se alude claramente al encuentro sacramental, al que la procesión sirve de preludio. Respondemos a la invitación: “Vayamos en paz al encuentro del Señor”; y sabemos que este encuentro tendrá lugar en la eucaristía, en la palabra y en el sacramentóo Entramos en contacto con Cristo a través de la liturgia; por ella tenemos también acceso a su gracia. San Ambrosio escribe de este encuentro sacramental en una página insuperable: “Te me has revelado cara a cara, oh Cristo. Te encuentro en tus sacramentos”.

Función de María. La fiesta de la presentación es, como hemos dicho, una fiesta de Cristo antes que cualquier otra cosa. Es un misterio de salvación. El nombre “presentación” tiene un contenido muy rico. Habla de ofrecimiento, sacrificio. Recuerda la autooblación inicial de Cristo, palabra encarnada, cuando entró en el mundo: “Heme aquí que vengo a hacer tu voluntad”. Apunta a la vida de sacrificio y a la perfección final de esa autooblación en la colina del Calvario.

Dicho esto; tenemos que pasar a considerar el papel de María en estos acontecimientos salvificos. Después de todo, ella es la que presenta a Jesús en el templo; o, más correctamente, ella y su esposo José, pues se menciona a ambos padres. Y preguntamos: ¿Se trataba exclusivamente de cumplir el ritual prescrito, una formalidad practicada por muchos otros matrimonios? ¿O encerraba una significación mucho más profunda que todo esto? Los padres de la Iglesia y la tradición cristiana responden en sentido afirmativo.

Para María, la presentación y ofrenda de su hijo en el templo no era un simple gesto ritual. Indudablemente, ella no era consciente de todas las implicaciones ni de la significación profética de este acto. Ella no alcanza a ver todas las consecuencias de su fiat en la anunciación. Pero fue un acto de ofrecimiento verdadero y consciente. Significaba que ella ofrecía a su hijo para la obra de la redención con la que él estaba comprometido desde un principio. Ella renunciaba a sus derechos maternales y a toda pretensión sobre él; y lo ofrecía a la voluntad del Padre. San Bernardo ha expresado muy bien esto: “Ofrece a tu hijo, santa Virgen, y presenta al Señor el fruto bendito de tu vientre. Ofrece, para reconciliación de todos nosotros, la santa Víctima que es agradable a Dios’.

Hay un nuevo simbolismo en el hecho de que María pone a su hijo en los brazos de Simeón. Al actuar de esa manera, ella no lo ofrece exclusivamente al Padre, sino también al mundo, representado por aquel anciano. De esa manera, ella representa su papel de madre de la humanidad, y se nos recuerda que el don de la vida viene a través de María.

Existe una conexión entre este ofrecimiento y lo que sucederá en el Gólgota cuando se ejecuten todas las implicaciones del acto inicial de obediencia de María: “Hágase en mi según tu palabra”. Por esa razón, el evangelio de esta fiesta cargada de alegría no nos ahorra la nota profética punzante: “He aquí que este niño está destinado para ser caída y resurgimiento de muchos en Israel; será signo de contradicción, y una espada atravesará tu alma, para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2,34-35).

El encuentro futuro. La fiesta de hoy no se limita a permitirnos revivir un acontecimiento pasado, sino que nos proyecta hacia el futuro. Prefigura nuestro encuentro final con Cristo en su segunda venida. San Sofronio, patriarca de Jerusalén desde el año 634 hasta su muerte, acaecida en el año 638, expresó esto con elocuencia: “Por eso vamos en procesión con velas en nuestras manos y nos apresuramos llevando luces; queremos demostrar que la luz ha brillado sobre nosotros y significar la gloria que debe venirnos a través de él. Por eso corramos juntos al encuentro con Dios”.

La procesión representa la peregrinación de la vida misma. El pueblo peregrino de Dios camina penosamente a través de este mundo del tiempo, guiado por la luz de Cristo y sostenido por la esperanza de encontrar finalmente al Señor de la gloria en su reino eterno. El sacerdote dice en la bendición de las candelas: “Que quienes las llevamos para ensalzar tu gloria caminemos en la senda de bondad y vengamos a la luz que brilla por siempre”.

La candela que sostenemos en nuestras manos recuerda la vela de nuestro bautismo. Y la admonición del sacerdote dice: “Ojalá guarden la llama de la fe viva en sus corazones. Que cuando el Señor venga salgan a su encuentro con todos los santos en el reino celestial”. Este será el encuentro final, la presentación postrera, cuando la luz de la fe se convierta en la luz de la gloria. Entonces será la consumación de nuestro más profundo deseo, la gracia que pedimos en la poscomunión de la misa:

Por estos sacramentos que hemos recibido, llénanos de tu gracia, Señor, tú que has colmado plenamente la esperanza de Simeón; y así como a él no le dejaste morir sin haber tenido en sus brazos a Cristo, concédenos a nosotros, que caminamos al encuentro del Señor, merecer el premio de la vida eterna.

Fuente: Aciprensa.com

Mateo 4, 16s.

Mateo 4, 16s.

“…El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció…” 

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La verdad siempre se manifiesta. Por más que protejamos la apariencia y la mentira, la verdad sale y es una luz que siempre resplandece. Que tu verdad sea digna de mirarse por cualquiera. 

“Fiesta de la Candelaria”

“Fiesta de la Candelaria”

Lucas: 2, 22-40

Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley: Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la ley, un par de tórtolas o dos pichones.


Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu, fue al templo, y cuando José y María entraban con el niño Jesús para cumplir con lo prescrito por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo:


“Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me habías prometido, porque mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado para bien de todos los pueblos; luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”.


El padre y la madre del niño estaban admirados de semejantes palabras. Simeón los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció: “Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma”.


Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Asen Era una mujer muy anciana. De joven, había vivido siete años casada y tenía ya ochenta y cuatro años de edad. No se apartaba del templo ni de día ni de noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Ana se acercó en aquel momento, dando gracias a Dios y hablando del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.


Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
El niño iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él.

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La Fiesta de “La Candelaria” se celebra cada 2 de febrero, coincidiendo con la celebración de la presentación del Señor y la purificación ritual de la Virgen María. A mediados del siglo V esta celebración era conocida como la “Fiesta de las luces”.

Algunos sostienen que comenzó en oriente con el nombre del “Encuentro” y luego se extendió a occidente en el siglo VI, llegándose a celebrar en Roma con carácter penitencial.

Se desconoce con certeza cuándo comenzaron las procesiones con velas relacionadas a esta fiesta, pero ya en el siglo X se celebraban con solemnidad.

La advocación mariana de la Virgen de la Candelaria o Nuestra Señora de la Candelaria tuvo su origen en Tenerife (España). Según la tradición, la Virgen se apareció en 1392 a dos aborígenes “guanches” que pastoreaban su rebaño. Ellos al llegar a la boca de un barranco, vieron que el ganado no avanzaba.

Uno de los pastores avanzó para ver lo que pasaba y vio en lo alto una pequeña imagen de madera de una mujer, como de un metro de alto. En la imagen, la señora portaba una vela en la mano izquierda y cargaba a un niño en el brazo derecho, mientras que el pequeño llevaba en sus manos un pajarito de oro.

La Virgen de la Candelaria, patrona de Canarias, y se venera en la Basílica de Nuestra Señora de la Candelaria en Tenefire.

Más adelante, esta devoción se extendió y llegó también a América. En Argentina, por ejemplo, su fiesta se celebra en la localidad de Candelaria (Misiones), tomado de las antiguas reducciones jesuíticas (capital de los treinta pueblos guaraníes que incluía a Paraguay, Argentina y Brasil). Actualmente hay procesiones y se espera a la Virgen con serenata popular.

Asimismo, en la ciudad de Humahuaca, Jujuy, se realiza la tradicional danza de los toritos y fuegos artificiales. Mientras que en la provincia de Tucumán, en la localidad de Villa de Leales, esta festividad es una de las más multitudinarias. En Guaraní, provincia de Buenos Aires, la Virgen de la candelaria es patrona de la ciudad.

En Copacabana – la paz, en la Bolivia de 1583, fue tallada la imagen de la Virgen de la Candelaria de Copacabana por Francisco “Tito Yupanqui”. El Templo de Copacabana es el segundo templo más antiguo de Hispanoamérica.

En este país altiplánico, la Virgen de la Candelaria es patrona de Aquile (Cochabamba), Rurrenabaque (Beni), Samaipata (Santa Cruz), Azurduy (Chuquisaca) y de la comunidad de La Angostura en Tarija.

En la Iglesia de San Antonio, en la isla Mancera en Valdivia (Chile), hay registros del culto a la Virgen de la Candelaria que datan del año 1645. Es venerada en los sectores mineros del norte del país.

En la ciudad chilena de Copiapó existe un santuario de la Virgen de la Candelaria y en el pueblo de Mincha, comuna de Canela, se encuentra un templo donde hay gran devoción a la Candelaria y que es monumento histórico nacional desde 1980.

La ciudad de Medellín en Colombia fue erigida en sus orígenes como “Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín” y por ello la Virgen aparece en el escudo de la ciudad.

De igual manera, la primera Catedral de la actual Arquidiócesis de Medellín fue la Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria. Otras ciudades colombianas también la tienen como patrona.

En Puno, al sur de Perú, la Fiesta de la Candelaria es una de las más importantes de la región. Allí la imagen de la Virgen de la Candelaria es sacada en procesión por las calles de la ciudad, acompañada de danzas y música tradicional.

En noviembre del 2014, la UNESCO declaró la Festividad de la Virgen de la Candelaria de Puno como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Otros países donde se festeja a la Virgen de la Candelaria son Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, Estados Unidos, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Puerto Rico, Uruguay, Venezuela y muchos más.

“¿De qué nos sirve…?

“¿De qué nos sirve…?

Mateo 5, 13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”

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Cada una de las cosas creadas, de suyo cumplen un fin específico y particular, hasta las piedras, que pareciese que nada aportan, dan cimiento y embellecen, a su vez que se han tomado para manifestar las mayores expresiones del arte y, aunque son objetos inanimados aportan su ser para otras encomiendas.

Si así sucede con los objetos inanimados, cuánta más dedicación ha dispuesto el Señor a los que nos ha regalado además una vida, que la finalidad no es tan sólo vivirla, como lo expresan aquellos que no tienen esperanza, como si fuera un peso y una obligación.

Si el Padre Creador nos ha participado amorosamente su propia vida, no la deja sola ni abandonada, al contrario la colma de bienes y capacidades, tanto físicas como espirituales que podemos desarrollar en conjunto con los dones extra de que dispone para nosotros por medio de su Santo Espíritu, pero sobre todo para aquellos, los que los quieren recibir.

Dios no repara en darnos todo lo suyo, pero de qué nos sirve si en realidad tan sólo nos ufanamos de tener tal o cual don o virtud, pero no los utilizamos para lo que fueron otorgados, de qué nos sirve tener un corazón tan grande si no lo utilizamos para amar, ni siquiera a los que tenemos cerca, aún en la propia familia, parece que lo desvirtuamos ya que en vez de amar, tan sólo saciamos satisfactores emergentes y utilizamos a las personas.

De nada sirve si no ponemos los dones aunque sea para el fin indicado, se haría bastante si los desarrolláramos aunque sea altruista mente, aunque no los dediques a Dios, que en algo estarían cumpliendo su cometido.

Pero si lo haces, Bendito sea Dios, que lo estarás glorificando con sus propias creaciones y obras, dando renombre al mismo autor de ellas.

“Luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel…”

“Luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel…”

Lc 2,22-40

Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor.

Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones.

Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.

El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

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Fiesta de la presentación del Señor, fiesta de la Luz, fiesta de la Candelaria, fiestas que nos hablan de una realidad nada inusual, sino que apegados María y José al mandamiento Mosaico, fieles devotos y seguidores de la ley, fueron cumplido el tiempo de los cuarenta días a presentar a Jesús al templo además de purificarse María, rito que ordinariamente se realizaba a la usanza típica del pueblo de Israel.

Sin embargo esa ordinariedad se torna en extraordinaria ante dos circunstancias que convergen; la primera es que Dios se ha encarnado y se hace presente en nuestra realidad siguiendo el esquema tradicional pero manifestando en esos pequeños detalles la grandeza de su ser, porque no se pueden ocultar, brilla por sí mismo con su propia luz.

La segunda, nos implica a nosotros como humanidad receptiva, pre-dispuesta llena de esperanza además de informada espiritualmente en la oración como un don Dios en donde se nos revela e invita a participar de ese plan, por eso lo esperan y lo reconocen, de otra manera no se podría, y curiosamente los demás ni cuenta se dieron.

Lo más grande es que esa luz no sólo está para iluminar, sino para dejarnos iluminar y a través de ella manifestar la gloria de Dios, porque tiene la propiedad de comunicarse y comunicarla. No basta con maravillarnos, hay que contagiarla, como Simeon que ya no pretende esperar más, porque lo mejor le ha sido regalado y, mejorar esa experiencia es imposible; como Ana que no puede dejar de compartir esa alegría empapada con la gracia de la presencia del Señor a cuánta persona se le presenta en la vida.

Por ello la oportunidad de brillar con esa luz natural está a tu alcance, para verla basta tu participación benevolente, porque la primera parte ya la dispuso Dios, su Luz, la segunda te toca a ti.

“Que tal si lo corremos”

“Que tal si lo corremos”

Marcos 1, 29-39

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles.

Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era él.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, don- de se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: “Todos te andan buscando”. Él les dijo: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido”. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.

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Una de las expectativas que tenemos para nuestra vida es el ser felices en todo momento, situación que se hace realidad en la medida que conozcamos precisamente tanto el concepto del mal como del bien. A veces pensamos solamente que debemos de conocer el bien, sin embargo, es necesario ser conscientes de la existencia del mal, no para seguirlo, sino para identificarlo y defendernos del mismo, así como para valorar la grandeza del bien ante lo imperfecto del mal.

El mal nunca es una opción, pero ahora lo equiparan a la par del bien, como si fuera una elección paralela, cuando en realidad jamás se le puede comparar al uno con el otro, el bien siempre supera toda comparación, no es mensurable.

Y aunque algunos optan en realidad de manera fanática por el mal como una rebeldía por alguna circunstancia histórica violenta que les aconteció en la vida, a veces consciente, a veces inconsciente, y permanecen en el mismo. Por el contrario existen circunstancias en las que sin necesidad de declararnos partidarios del mal, de alguna manera lo somos cuando no dejamos de pecar de manera asidua y dependiente.

Nos permitimos odiar, insultar, denigrar y todo pintarlo de sombras por más luz que haya en nuestro alrededor. Aunque lo neguemos, le estamos dando cabida al mal, y por ende al maligno que es quien lo sugiere sutilmente, cayendo en blandito, pero hundiéndonos hasta el fondo, permitiendo que nos ofendan, que nos humillen, que pisen nuestra dignidad, que nos obliguen a negar a Dios prácticamente, reservando su trato a lo secreto e interior.

Es por ello que es necesario un basta, que tal si lo corremos de nuestros ámbitos laborales tan pesados, de nuestro maltrato en la familia, de esas amistades en las que nos mantenemos en mutuas adicciones y codependencias. Hay que permitir que la gracia llene esos espacios y los cambie con su luz, descansa de los asedios del maligno y deja al Señor que lo expulse como lo hace en el evangelio y mejore todos esos ambientes, con tu voluntad inicia ese proceso.

“Brillar o ensombrecer”

“Brillar o ensombrecer”

Mateo: 5, 13-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa.

Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”.

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Cientos de veces se escucha por todos lados y más ahora que se tiene acceso por medio de las redes sociales, el constante quejarse de la situación tan negativa que se vive en el mundo, el denunciar y exponer todo cuanto no va acorde a nuestro sentir y pensar, y alimentarse de tan sólo lo que alimenta morbosamente la mente para tener de qué dialogar, en cierta manera esparciendo por sus propios y personales medios, un veneno sutil y voraz que pretende arrancar cuanta paz posea una persona.

Habrá quien llame a eso activismo, remarcando y echando en cara que al mundo no le importa cuanto sufrimiento y situación negativa existe y, no es porque no le importe al resto del mundo, sino que no se tiene la necesidad de remarcar o enfatizar cuanto yace en el mal, porque el tan sólo hecho de evidenciarlo, se le está dando una difusión que no la merece, cuando en realidad necesitamos escuchar más que nada cosas buenas y alentarlas.

Aquí es donde nos enfrascamos en esas oscuridades que hacemos extensivas, donde las tinieblas se expanden sin necesidad ni derecho, ensombreciendo aún más a quien está luchando contra sus propias oscuridades.

Por el contrario, hay que medir nuestra vida por cuánto brillamos, y no por lo contrario, por la verdad que vivimos y mediante un simple acto de testimonio callado, iluminar y dejarnos iluminar por quien nos participa de su luz, de su gracia, de su amor y bondad.

Por ello la pregunta: ¿En todo lo que hacemos, brillamos o ensombrecemos a los demás?