“Señor, ¡sálvanos, que perecemos!”

“Señor, ¡sálvanos, que perecemos!”

Mateo 8, 23-27

 En aquel tiempo, Jesús subió a una barca junto con sus discípulos. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan fuerte, que las olas cubrían la barca; pero él estaba dormido. Los discípulos lo despertaron, diciéndole: “Señor, ¡sálvanos, que perecemos!” El les respondió: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” Entonces se levantó, dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma. Y aquellos hombres, maravillados, decían: “¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?”

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Cuando vamos por la vida, en el camino en cierta manera nos sentimos seguros al saber que somos personas sociables y que vivimos en sociedad. Si no recibimos apoyo de unos, en su medida lo recibimos de otros, y aunque a veces nos sintamos solos, en realidad no lo estamos, sobre todo en la proximidad.

Pero aún estando cerca de cualquier hermano, en ciertas ocasiones, cuando las circunstancias son adversas, sentimos que el mundo se nos viene encima, además de percibir un sentimiento de aislamiento, pensando que estamos solos en el mundo con nuestra situación muy personal que satura nuestra mente y corazón.

En varias ocasiones el Señor permite que se presenten dichos sentimientos, no porque Él los provoque, o se deleite en ello, para nada, al contrario, tan cerca está de nosotros y tan ordinario como un amigo al pendiente de tu vida o tus padres, que ni percibes su apoyo porque estás acostumbrado a ello.

Permite eso, porque nosotros somos los que dejamos de valorar su presencia y, al darnos cuenta no de su ausencia, sino de su necesario apoyo, es cuando viene el sentimiento de vulnerabilidad en nosotros, sentimiento a veces necesario para revalorar lo que tenemos.

A su vez, olvidamos que Jesús está en la misma barca que nosotros, olvidamos quién es, lo ubicamos como un proveedor de ciertas necesidades, pero no como quien está totalmente entregado a ti. Y ese grito desesperado, habla de nuestra falta de confianza y hasta vergüenza debería darnos, porque ese grito: “Señor, ¡sálvanos, que perecemos!” realmente sale sobrando, simplemente, no deja de ser una muestra de nuestra falta de fe en Él.

Tan necesaria es la confianza en Jesús, que sin ella, no entendemos el milagro ya de la propia vida ordinaria que llevamos, ni tampoco entenderemos a dónde vamos ni quién es Él. Por consiguiente, mucho menos sus milagros concretos.

Un poco más de confianza, no perjudica tu vida, al contrario, la renueva y actualiza.

“El miedo de la verdad”

“El miedo de la verdad”

Juan: 10, 22-30

Por aquellos días, se celebraba en Jerusalén la fiesta de la dedicación del templo. Era invierno. Jesús se paseaba por el templo, bajo el pórtico de Salomón.

Entonces lo rodearon los judíos y le preguntaron: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo claramente”.

Jesús les respondió: “Ya se lo he dicho y no me creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano. Me las ha dado mi Padre, y Él es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. El Padre y yo somos uno”.

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La verdad en sí misma, conlleva una serie de valores y satisfactores que sacian nuestra propia inteligencia, aquella que queda clara cuando se adecua la realidad con la verdad, formando un todo comprensible.

¿Pero qué pasa cuando empezamos a dar cabida a la mentira?, la confianza se deposita en ideales no reales que convertimos en esperanzas que por cierto nunca llegan porque son inexistentes. 

Entonces la verdad da miedo, no porque sea violenta, de hecho vivir en la verdad es lo más sano, pero a quienes viven en sus propias mentiras ideales, institucionales o personales, buscan a toda costa que las secunden y que todo el tiempo les den la razón para no perder la estabilidad y ponerse mal.

Pero qué flojera es tener que andar tratando a personas que las puedes herir con lo evidente, eso ya no está bien, porque tienes que hacerte parte de sus errores para poder congeniar.

A Jesús no le cuesta trabajo la verdad, de hecho Él es la verdad, pero a los que viven en sus ideales sublimemente exagerados, les cuesta adecuarse, conflictuando sus principios mal basados o así malamente aprendidos.

Vale la pena encontrarnos con nuestra propia verdad y la del mundo en el mismo plan de Dios, porque con ella, seremos libres, sin miedos, ni temores, la crisis de conocerla es buena, porque sabremos a ciencia cierta lo que hacemos y donde estamos.

“Atemorizar para no hacer el bien”

“Atemorizar para no hacer el bien”

Lucas 13, 31-35

En aquella ocasión, se acercaron unos fariseos a decirle: Márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte. El contestó: Id a decirle a ese zorro: «Hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; pasado mañana llego a mi término». Pero hoy y mañana y pasado tengo que caminar, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas! Pero no habéis querido. Vuestra casa se os quedará vacía. Os digo que no me volveréis a ver hasta el día que exclaméis: «Bendito el que viene en nombre del Señor. 

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Dentro de las preocupaciones por nuestra salud y bienestar, hay personas que están alertas ante un mal inminente, por ello nos notifican cuando éste se hace presente, aún más cuando se trata de poner en peligro la propia vida.

Sin embargo en ocasiones se utilizan esos recursos tan sólo para atemorizar, infundir inseguridad y miedos para menguar en nuestra actividad y presencia, para que destaque  y se haga presente la de otros. 

El miedo a la verdad es tan poderoso, que hace desaparecer incluso a las personas más buenas y transformadoras como fue el caso de los profetas; además cuántas veces nuestras vidas están soportadas en una o varias mentiras, donde la apariencia impera y el manejo de voluntades está a todo lo que da, por ello la verdad duele.

El recurso del miedo suele ser eficaz, pero no en Jesús, que sabe de donde viene la amenaza de raíz, a la vez que sabe cuáles son esas intenciones, por ello le da el calificativo a Herodes de zorro, quien administra su poder a través de favores y miedos. Su seguridad viene de tener muy el claro su misión, sabiendo que su Padre está con Él en todo momento.

Es por ello que no debemos de ceder a la primera amenaza, ya que quien amenaza es porque tiene miedo, es cuestión de dejarnos influir de la misma sabiduría de Dios en oración para ver clara la estrategia a seguir y no dejar de hacer el bien.

“Iban huyendo”

“Iban huyendo”

Lucas 24, 13-35

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.


Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?”


Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?” Él les preguntó: “¿Qué cosa?” Ellos le respondieron: “Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, ¡y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Alguno de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron”.


Entonces Jesús les dijo: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?” Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.


Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!”


Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: “De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón”.
Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

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Es de lo más común la reacción nata e instintiva de protegernos ante un peligro que sepamos atente contra nuestra integridad o ante algo malo e inminente. Instinto que nace para protección y, aunque sea muy propio de los animales, sin embargo no deja de prevalecer en nosotros. 

Es por ello que ante la muerte de Jesús y la amenaza contra todos los discípulos que le amaban, hace que huyan de Jerusalén con el temor a todo lo que da, con la mente obsesionada por el dolor que no da pie a reflexionar aquellos aspectos de la resurrección ya supuestamente asimilados porque les fueron comunicados por el mismo Jesús con bastante anterioridad. 

Sin embargo Jesús nos regala en esta escena un regalo que aclara todo cuanto nos rodea y acontece, es un enfatizar en la importancia de la Eucaristía, ya que se nos narra que en la misma fracción del pan recibieron toda la fortaleza, fue evidente y fue eficaz la presencia del mismo Señor, que hasta ese momento no lo habían identificado. 

Es entonces cuando pierden todos los miedos y regresan llenos de alegría a Jerusalén, para reencontrarse con los suyos, con su nueva familia en la fe, alimentando la esperanza y confirmando el ser testigos de la resurrección.

Ejemplo claro para nosotros. Deseamos reconocer al Señor que va a nuestro lado, la Eucaristía se encarga de ello; basta con acercarnos a recibir el alimento de su palabra y de su Cuerpo junto con su Sangre y el resto lo hace eficaz el Señor. Y no sólo le verás a Él, sino que además será claro el panorama que nos rodea para manejarlo y administrarlo sabiamente, sobre todo con alegría y esperanza, sin huir de los que nos tiene cansados o asustados.

“Se calman los vientos”

“Se calman los vientos”

Marcos: 6, 45-52

En aquel tiempo, después de la multiplicación de los panes, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se dirigieran a Betsaida, mientras Él despedía a la gente. Después de despedirlos, se retiró al monte a orar.

Entrada la noche, la barca estaba en medio del lago y Jesús, solo, en tierra. Viendo los trabajos con que avanzaban, pues el viento les era contrario, se dirigió a ellos caminando sobre el agua, poco antes del amanecer, y parecía que iba a pasar de largo.

Al verlo andar sobre el agua, ellos creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban espantados. Pero Él les habló enseguida y les dijo: “¡Ánimo! Soy yo; no teman”. Subió a la barca con ellos y se calmó el viento. Todos estaban llenos de espanto y es que no habían entendido el episodio de los panes, pues tenían la mente embotada.

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Razones y motivos existen en cantidad para por cualquier situación perder la calma y la paz, los ritmos del mundo nos invitan a entrar en una velocidad en la que apenas podemos correr a la par, todo a su vez de una manera sobre-informada, que en la realidad no alcanzamos a asimilar las primeras impresiones cuando ya nos llegan las siguientes.

Situación que nos impide poder tener un espacio para relajarnos, para estar en paz primero con nosotros mismos, con los demás y poder ver con objetividad lógica cada momento para optar por le mejor decisión cuando ésta sea necesaria. 

Es por ello que de igual manera reaccionamos violenta y bruscamente, incluso ante la presencia de Dios que se nos manifiesta bondadosamente, porque acelerados, el cansancio y el dolor que ese ritmo infringe, nos impide verlo con serenidad, evidenciando amargamente la propia percepción con algo de malicia y juicio radical, rechazando el bien porque el mal pudiese tenernos dominados dentro del ya acostumbrado ritmo diario de la vida.

Algo similar acontece con este párrafo del evangelio, donde los discípulos cansados y temerosos reaccionan con un miedo contagiado comúnmente y adoptado por dichas circunstancias. Parece ser algo común a todas las culturas y los tiempos, por lo que Jesús cuando llega, hace calmar todos los vientos impetuosos que azotan nuestra vida, para ello hay que permitirle pasar y mirar hacia Él, que cualquier tempestad la calma, para no quedar náufragos en medio de todo cuanto nos sucede. Simplemente recuérdalo y no permitas que la tormenta te derrote. 

“El miedo al compromiso”

“El miedo al compromiso”

Marcos: 10, 1-12

En aquel tiempo, se fue Jesús al territorio de Judea y Transjordania, y de nuevo se le fue acercando la gente; él los estuvo enseñando, como era su costumbre. Se acercaron también unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?”

Él les respondió: “¿Qué les prescribió Moisés?” Ellos contestaron: “Moisés nos permitió el divorcio mediante la entrega de un acta de divorcio a la esposa”. Jesús les dijo: “Moisés prescribió esto, debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por eso, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”.

Ya en casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre el asunto. Jesús les dijo: “Si uno se divorcia de su esposa y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio”.

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Ya hace algo de tiempo, que nuestra cultura, influenciada por los vecinos que se dicen de primer mundo, así como de pensamiento avanzado y liberal, aunque sea bromeando, pero asomando la verdad, niegan y rechazan el matrimonio.

Ya en antiguo las mismas sagradas escrituras se dejaba ver cierta inestabilidad, que en el caso de la ley de Moisés, llegó a modificarse para legitimar el mismo divorcio.

Pero hoy, ante tanta falta de relaciones interpersonales y directas, los que pretenden vivir una vida juntos, nacen divorciados desde el momento que no quieren ningún documento que oficialice su unión.

Ya las relaciones van fragmentadas y se unen por el atractivo visual-sexual, o por cambiar de realidad en la que habitan, y en un extremo por miedo a la soledad. Se toman decisiones arrebatadas, y su solución ante sus miedos no dan frutos que asienten una relación estable.

El miedo al compromiso les ataca y aterra, tanto así que aún estando en unión libre por décadas, cuando formalizan ante lo civil o eclesiástico, la relación fracasa, no saben manejar la donación, se saben utilizar mutuamente, pero el éxito llega cuando el compromiso se da a la par, en una alianza con igualdad de derechos y obligaciones, coronado por un amor creciente y constante.

A veces olvidan, que la parte importante no la llevas tú, ni tu pareja, sino Dios que habiendo llamado a la vocación marital, junto con ello otorga los dones para llevarla acabo, pero hay que permitírselo. No dejemos que el miedo al compromiso, a la verdad, a la santidad, quebrante nuestra voluntad, porque en pareja, también se llega a la eternidad.

“Dispuestos a todo”

“Dispuestos a todo”

Marcos: 6, 14-29

En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido tanto, llegó a oídos del rey Herodes el rumor de que Juan el Bautista había resucitado y sus poderes actuaban en Jesús. Otros decían que era Elías; y otros, que era un profeta, comparable a los antiguos. Pero Herodes insistía: “Es Juan, a quien yo le corté la cabeza, y que ha resucitado”.

Herodes había mandado apresar a Juan y lo había metido y encadenado en la cárcel. Herodes se había casado con Herodías, esposa de su hermano Filipo, y Juan le decía: “No te está permitido tener por mujer a la esposa de tu hermano”. Por eso Herodes lo mandó encarcelar.

Herodías sentía por ello gran rencor contra Juan y quería quitarle la vida; pero no sabía cómo, porque Herodes miraba con respeto a Juan, pues sabía que era un hombre recto y santo, y lo tenía custodiado. Cuando lo oía hablar, quedaba desconcertado, pero le gustaba escucharlo.

La ocasión llegó cuando Herodes dio un banquete a su corte, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea, con motivo de su cumpleaños. La hija de Herodías bailó durante la fiesta y su baile les gustó mucho a Herodes y a sus invitados. El rey le dijo entonces a la joven: “Pídeme lo que quieras y yo te lo daré”. Y le juró varias veces: “Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”.

Ella fue a preguntarle a su madre: “¿Qué le pido?” Su madre le contestó: “La cabeza de Juan el Bautista”. Volvió ella inmediatamente junto al rey y le dijo: “Quiero que me des ahora mismo, en una charola, la cabeza de Juan el Bautista”.

El rey se puso muy triste, pero debido a su juramento y a los convidados, no quiso desairar a la joven, y enseguida mandó a un verdugo, que trajera la cabeza de Juan. El verdugo fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una charola, se la entregó a la joven y ella se la entregó a su madre.

Al enterarse de esto, los discípulos de Juan fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron.

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Las personas del mundo actual, así como del antiguo, siempre ha luchado por buscar el poder, el reconocimiento, la fama, la fortuna, el posicionamiento, y aunque sea un derecho natural el poseer, existen situaciones en las que éstas llegan a convertirse en una obsesión y hasta en una enfermedad.

Juan Bautista no tenía enemigos, su actuar y prédica no era belicoso, sin embargo si había un ser que se afectaba directamente: el maligno, y claro, por ende se convertía en uno de sus mayores enemigos a quien tenía que sacar de la jugada.

Es bien sabido que el maligno, con todas las capacidades que Dios le dio y que no le retiró, porque Dios no da y quita, sí podemos perderlas, pero no quitarlas caprichosamente; el maligno en medio de su sagacidad, suele aprovechar las debilidades de los humanos y usarlas a su favor.

Por lo que en Herodes y su concubina Herodías, enfermos de poder, experimentando todos los abusos posibles, tienen un alma débil y perfecta para implantar el mal y sentirse ofendidos por la verdad que Juan Bautista predica.

Es por ello que respaldados por el pecado son capaces de estar dispuestos a todo para no perder el lugar de poder al que han llegado y aunque a Herodes le perturba y mueve su corazón la obra de Juan Bautista, Herodías no permite que crezca y sea influenciado por la verdad, por lo que actúa maléficamente mandando asesinar a quien pone en riesgo su pecado.

Es preciso fortalecer el Espíritu para no permanecer en las consecuencias del pecado tan fácilmente y así matar la conciencia, ya que débiles, somos capaces de caer tan bajo como alimentemos el mal.

“Iban huyendo”

“Iban huyendo”

Lucas 24, 13-35

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.
Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?”
Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?” Él les preguntó: “¿Qué cosa?” Ellos le respondieron: “Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, ¡y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Alguno de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron”.
Entonces Jesús les dijo: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?” Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.
Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!”
Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: “De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón”.
Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

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Es de lo más común la reacción nata e instintiva de protegernos ante un peligro que sepamos atente contra nuestra integridad o ante algo malo e inminente. Instinto que nace para protección y, aunque sea muy propio de los animales, sin embargo no deja de prevalecer en nosotros.

Es por ello que ante la muerte de Jesús y la amenaza contra todos los discípulos que le amaban, hace que huyan de Jerusalén con el temor a todo lo que da, con la mente obsesionada por el dolor que no da pie a reflexionar aquellos aspectos de la resurrección ya supuestamente asimilados porque les fueron comunicados por el mismo Jesús con bastante anterioridad.

Sin embargo Jesús nos regala en esta escena un regalo que aclara todo cuanto nos rodea y acontece, es un enfatizar en la importancia de la Eucaristía, ya que se nos narra que en la misma fracción del pan recibieron toda la fortaleza, fue evidente y fue eficaz la presencia del mismo Señor, que hasta ese momento no lo habían identificado.

Es entonces cuando pierden todos los miedos y regresan llenos de alegría a Jerusalén, para reencontrarse con los suyos, con su nueva familia en la fe, alimentando la esperanza y confirmando el ser testigos de la resurrección.

Ejemplo claro para nosotros. Deseamos reconocer al Señor que va a nuestro lado, la Eucaristía se encarga de ello; basta con acercarnos a recibir el alimento de su palabra y de su Cuerpo junto con su Sangre y el resto lo hace eficaz el Señor. Y no sólo le verás a Él, sino que además será claro el panorama que nos rodea para manejarlo y administrarlo sabiamente, sobre todo con alegría y esperanza, sin huir de los que nos tiene cansados o asustados.

“Tus imposibles”

“Tus imposibles”
Mateo 19, 23-30
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: —Creedme: difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos. Lo repito: Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de los Cielos.
Al oírlo, los discípulos dijeron espantados: —Entonces, ¿quién puede salvarse?
Jesús se les quedó mirando y les dijo: —Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo.
Entonces le dijo Pedro: —Pues nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos va a tocar?
Jesús les dijo: cuando llegue la renovación, y el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos, para regir a las doce tribus de Israel. El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna. Muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros.
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Casi siempre nosotros en su momento nos ponemos objetivos y metas a llegar para un fin deseado, éstas van desde planear la ducha en el día, hasta la mega empresa que deseas construir, conforme vamos avanzando y creciendo en nuestras habilidades, esas cosas las pasamos a un segundo término como algo ya superado y fácil de administrar, porque lo sabemos hacer. 
Sin embargo aunque nuestras ambiciones suelen ser cada vez mayores hay cosas en las que permaneces inmutable, y sobre todo en aquello que te gusta y que hasta se puede convertir en un vicio, no necesariamente de estupefacientes, sino de rutinas cíclicas de las que pudiendo salir, no lo hacemos.
Es entonces cuando las cosas las convertimos en imposibles, te acostumbras a la pareja, al auto, a los viajes, a los banquetes, a la diversión, entre otras cosas, de tal manera que resulta imposible dejarlas, y si llegan a faltar de inmediato las reemplazas; pero no son reales las ataduras, nosotros mentalmente les hacemos cada vez más nudos de apegos tan fuertes que impiden liberarnos de ellas.

Aquí es dónde oficializamos los imposibles y pretendemos imponerlos como lo más ordinario en nuestra vida, poniendo límites a nuestras propias vidas. Pero no olvides que ni un médico ante un caso terminal no tiene la última palabra, ya que sus expectativas no son las mismas que las de Dios, y para Él no existen imposibles, pero intenta de que no seas tú el que inclusive limite a Dios, déjalo que haga sus posibles, porque si te dicen que en un mes te mueres, a lo mejor lo haces, pero no porque Dios quiera, sino porque tu te programaste para ello, del susto y la depresión lo haces. Animo la última palabra la tiene Dios, ni tú, ni los demás.

“No lo permita Dios…”

“No lo permita Dios…”
Mateo 16, 21-27
En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”. Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!”
Luego Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.
¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla? Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras”.
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Cuando en nuestra propia vida tenemos una referencia a Dios, ante alguna contrariedad o algo que se presente como posiblemente adverso, solemos reaccionar con un “No lo permita Dios” o de igual manera un “Dios no lo quiera”, o “Ni lo mande Dios”, en fin, son varias las expresiones que ya hablan de una petición de esperanza a Dios donde ponemos nuestra confianza en su Santa Voluntad para evitar un mal no deseado.
Pero muchas veces si nuestra voluntad personal no está muy bien ubicada o en dado caso estuviera apegada a bienes o personas, quisiéramos que eso nunca cambie, aquí ya entra un cierto egoísmo donde a pesar del plan de Dios, queremos estancarnos en nuestro propio plan y, en grado extremo truncar otros planes para obtener el nuestro a pesar de los demás.
Encontramos en Jesús ante sus apóstoles algo similar, como siempre en nuestros planes proyectamos en un camino ascendente y cada vez mejor; no se contempla lo negativo que pudiera acontecer, ya que en este caso, implica la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, el cual la explica de manera muy clara, situación que no agrada comentarla y causa exasperación entre los suyos, pero hay que tratarla porque se tiene que prever la reacción y la solución.
Pedro ante el amor que le profesa a Jesús, a manera de desapruebo y defensa reacciona diciendo “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”, actitud muy legítima, pero también podría ser muy perturbadora para hacer renunciar a Jesús a su misión, cosa que rechaza, porque hasta el demonio muy amablemente, a través de los más cercanos, puede presentarnos nuevos planes para renunciar a los verdaderos y santificadores, en concreto al plan de la redención del género humano.
Aquí es donde necesitamos esa sabiduría para saber manejar no solamente lo bueno y agradable, sino también lo adverso y doloroso, eso es lo que realmente nos hace crecer y valorar la excelente vida que Dios nos da. Con una vida solamente basada en lo bueno, no seremos capaces de reconocer la bondad del Señor, estaremos mal impuestos a que todo esta bien y ni sabor tendría, los contrastes son los que remarcan la diferencia y nos hacen crecer.

Por ello si Dios te bendice con una contrariedad, Bendito sea Dios, te está haciendo crecer y si logras superarlo porque puedes, bien por ti, la que sigue será más fácil porque capacitado estarás para manejar lo que venga.