“Volver al Padre”

“Volver al Padre”

Juan: 16, 23-28

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro: cuanto pidan al Padre en mi nombre, se lo concederá. Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa.

Les he dicho estas cosas en parábolas; pero se acerca la hora en que ya no les hablaré en parábolas, sino que les hablaré del Padre abiertamente. En aquel día pedirán en mi nombre, y no les digo que rogaré por ustedes al Padre, pues el Padre mismo los ama, porque ustedes me han amado y han creído que salí del Padre. Yo salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre”.

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Ya próximos a la fiesta de la Ascensión den Señor, las lecturas nos van preparando para celebrar y estar preparados para dicho evento, donde durante todas las anteriores semanas de Pascua nos han estado preparando para disponer nuestros corazones a recibir la gracia que conlleva además de asimilar con mayor acierto el mismo plan de Dios.

La iniciativa proviene de Dios, cuando Jesús nos invita a que sin dudar pidamos, como una actitud que solicita una actuación de nuestra parte, para que Dios, que aunque lo sabe todo, reafirme nuestra voluntad en lo que pedimos con la autentica disposición de recibirlo.

Ahora con todo el plan cumplido, puede retirarse con la confianza de que por medio de su Santo Espíritu, que ya puede obrar en su plenitud dentro de la misma historia de la Salvación, donde estará más presente y actuando como nunca.

Es por ello que vuelve al Padre, de donde viene su procedencia y a donde pertenece; plan que explica con toda claridad para que tanto en la lógica humana como en la divina se entienda.

Un volver que inicia con el retorno triunfal de Jesús en nuestra humanidad glorificada, y que prosigue con nuestro propio retorno a la Casa del Padre, con las puertas abiertas gracias a la redención dada por el Señor Jesús. No hace falta remarcar que el camino que  Jesús nos ha marcado, es precisamente el de retorno a la presencia del Padre donde pertenecemos de igual manera nosotros, ya que desde el origen, ese es el plan de Dios.

EL VALOR DE LA SANGRE DE CRISTO

EL VALOR DE LA SANGRE DE CRISTO
De las catequesis de san Juan Crisóstomo, obispo
(Catequesis 3, 13-19: SC 50, 174-177)


¿Quieres saber el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que la profetizaron y recorramos las antiguas Escrituras
Inmolad —dice Moisés— un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. «¿Qué dices, Moisés? La sangre de un cordero irracional, ¿puede salvar a los hombres dotados de razón?» «Sin duda —responde Moisés—: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor.»
Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos.
¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza y le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero, y yo recibo el fruto del sacrificio.
Del costado salió sangre y agua. No quiero, amable oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado ambas del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.
Por esta misma razón, afirma san Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que hizo a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salida de su costado para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto.
Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre y con leche a aquel a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes él mismo ha hecho renacer.
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Pido perdón por hoy, no hago comentario alguno a esta reflexión de uno de nuestros Padres de la Iglesia, San Juan Crisóstomo, quien revela magistralmente en este día tan especial, sobre la grandeza del valor de la sangre de Cristo. Espero lo disfrutes.
Sólo remarco sobre la lectura de este día que será la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, que si Dios mismo, en la segunda persona que es el Hijo, encarnado y dejándose manipular por el ser humano, revela inclusive a Dios mismo cómo lo podemos tratar y hasta qué tan bajo podemos llegar, la muestra es Jesús, nuestra humanidad puede llegar a hacer eso y más. Es simplemente una muestra de nuestra condición, la cual no debemos permitir caer en su dignidad, porque perdiéndola, perdemos la de los demás.

"…No hablen mucho…."

“…No hablen mucho….”

Mateo: 6, 7-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando ustedes hagan oración no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar, serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes, pues, oren así:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal. Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas”.

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Cuando hablamos de la oración, es muy variada, con múltiples formas y expresiones, no podemos limitarnos a una sola o en caso extremo afirmar que no sabemos orar, sin embargo Jesús nos recuerda cuán sencillo es, basta elevar la voz y clamar al Padre lo que le queramos decir. Modelo perfecto de oración es el Padre Nuestro, del cual podemos desprender cada vez más un diálogo más profundo.

Es una gracia que dediquemos un momento por pequeño que sea al creador, manifestando nuestro agradecimiento y amor, y por que no, hasta nuestro desagrado en caso de que así se presente.

Sin embargo me gustaría simplemente recordar que el evangelio es claro al respecto de la verdadera oración, no sólo es dirigirle la palabra a Dios, no sólo es acordarnos de Él, no sólo es recitar unas palabras como si fueran un sortilegio protector mágico al inicio o al final del día. Eso no es tan sólo la oración.

Se nos recuerda que la oración va acompañada de la acción, es imposible pedir perdón y no perdonar, ofender y quedar impunes, no es sólo hablar la oración, es hacer eficaz y propio aquello que oramos, sea de agradecimiento, perdón, arrepentimiento, necesitad, salud, etc… Conlleva la actitud correcta en el momento correcto y con la petición correcta, es un conjunto: intención-petición-oración-acción-santificación.

Pero si nos quedamos en el puro hablar, entonces no decimos mucho, porque no expresamos todo, incluyendo la mente y el cuerpo, sólo las palabras y esas no dicen mucho, dice más tu acción.

Y esa es la oración que transforma y te lleva a vivir lo que pides y a recibir lo que anhelas, inicia con el Padre Nuestro y termina con el amor concreto a toda la creación, tanto la visible como la invisible.

"Orar o rezar"

“Orar o rezar”

Lucas 11, 1-4

Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”.

Entonces Jesús les dijo: “Cuando oren, digan:
Padre, santificado sea tu nombre,
venga tu Reino,
danos hoy nuestro pan de cada día
y perdona nuestras ofensas,
puesto que también nosotros perdonamos
a todo aquel que nos ofende,
y no nos dejes caer en tentación”.

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A Jesús le piden enseñarles a orar, hoy en día muy frecuentemente escucho, padre usted q sabe orar pida por mi.

La oración es muy variada, no significa que por no repetir rezos de memoria no sabemos orar, al contrario, los rezos son una herramienta de ayuda muy buena que nos inicializa para luego seguir creciendo en oración, porque orar, no es repetir sólo palabras escritas por alguien que lo hizo con mucha devoción y es válido, pero prácticamente si sabes hablar, sabes orar, porque la oración en sí es diálogo con Dios.

El padre nuestro es un modelo esquemático de como orar y a quien dirigirnos así como una oración para unirnos al unísono al implorar en comunidad a Dios, y elevar una sola voz.

Por ello, tu sabes orar. No olvides hacerlo, es decir no olvides dirigirte a Dios.