“Saber esperar”

“Saber esperar”

Juan: 16, 20-23

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Les aseguro que ustedes llorarán y se entristecerán, mientras el mundo se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se transformará en alegría.

Cuando una mujer va a dar a luz, se angustia, porque le ha llegado la hora; pero una vez que ha dado a luz, ya no se acuerda de su angustia, por la alegría de haber traído un hombre al mundo. Así también ahora ustedes están tristes, pero yo los volveré a ver, se alegrará su corazón y nadie podrá quitarles su alegría. Aquel día no me preguntarán nada”.

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Es un hecho muy común el que cuando estamos cansados y desesperados, solemos colgarnos de actitudes por medio de las cuales desencadenamos nuestras frustraciones y por lo general se canalizan por nuestras debilidades, como el enojarnos, llorar, entristecernos entre otras más, según nuestra moción se manifieste.

Cuando no sabemos esperar nos prendemos de todo ello, mas por el contrario, Jesús nos invita a la paciencia, aquella que en su momento rinde frutos además de templar y fortalecer nuestra alma y corazón para saber manejar esas situaciones incómodas, paciencia que combinada con los demás dones de la sabiduría, la fe, la inteligencia y otros más según sea el caso, sacamos el mejor provecho para propio bien o de la comunidad.

Espera que no permite el arrebato de las emociones con las que podemos dañarnos o decidir precipitadamente soluciones inmediatas que no corrigen el problema. La espera es un don que precisamente como su nombre lo dice, lleva a la esperanza que con toda confianza conoce el buen fin al que se pretende llegar.

Es por ello que en medio de este mundo inmediatista, que todo lo quiere al instante, sepamos esperar y elegir lo mejor, cualquiera que sea el caso.

“Se pusieron furiosos…”

“Se pusieron furiosos…”

Lucas: 6, 6-11

Un sábado, Jesús entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada. Los escribas y fariseos estaban acechando a Jesús para ver si curaba en sábado y tener así de qué acusarlo. Pero Jesús, conociendo sus intenciones, le dijo al hombre de la mano paralizada: “Levántate y ponte ahí en medio”. El hombre se levantó y se puso en medio.

Entonces Jesús les dijo: “Les voy a hacer una pregunta: ¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado: el bien o el mal, salvar una vida o acabar con ella?” Y después de recorrer con la vista a todos los presentes, le dijo al hombre: “Extiende la mano”. Él la extendió y quedó curado. Los escribas y fariseos se pusieron furiosos y discutían entre sí lo que le iban a hacer a Jesús.

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Cuando la sabiduría no está muy bien desarrollada en nuestras prácticas de vida ordinaria, ese discernimiento para en cada situación y problemática que se presente, creo que no será muy certero. 

Es que cuando estamos adoctrinados en una forma de vida, ideología o sistema impuesto, solemos muy diligentemente seguir al pie de la letra de lo que nos piden, claro, sin pensar un tanto en las consecuencias, porque la ley precisamente se basa en la caridad y en la sabiduría, pero cuando éstas carecen de su presencia, la ley se convierte en una herramienta para imponer buenas intenciones muy forzadamente.

La Sabiduría de Dios suaviza y hace entender a profundidad cada situación y problemática, pero no con una decisión legal hechiza, sino bien ponderada, pensada, ecuánime y prudente, ya que se busca obtener el mejor bien posible.

Es por ello que cuando cerramos la mente y el corazón a preceptos legales ya resueltos, olvidamos esos pequeños incisos que la afirman o la derogan según sea el caso, porque la misma ley es flexible cuando se busca lo positivo.

No es raro que, quien vive en la estrictez de la ley, se ponga furioso cuando existe una variante a la misma, que aunque no sea opuesta, la contraría, aunque el bien sea mayor y por ello se busquen represalias por no aceptarlo.

La sabiduría y la caridad profundizan la comprensión de cada persona y su situación, sabiendo que se evitaran esas innecesarias furias, cuando se entienda la mejor manera de aplicar la ley.

“Cuida tu paz ante los que la perdieron”

“Cuida tu paz ante los que la perdieron”

Mateo: 10, 16-23

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “Yo los envío como ovejas entre lobos. Sean, pues, precavidos como las serpientes y sencillos como las palomas. Cuídense de la gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, los llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa; así darán testimonio de mí ante ellos y ante los paganos. Pero, cuando los enjuicien, no Se preocupen por lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque en ese momento se les inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.
El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo; los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán; todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el fin, se salvará. Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. Yo les aseguro que no alcanzarán a recorrer todas las ciudades de Israel, antes de que venga el Hijo del hombre”.

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Es un hecho que Dios nos brinda una seguridad tal y tan basta, que nos hace confiados en su total intercesión y protección, lo que está muy bien, pero además insta en afirmar que de igual manera, debemos de tener un cierto cuidado para conservar la paz, y es que por doquier encontramos ambientes y personas que se especializan en hacerte perderla  para que saques lo peor de ti.

Por ello, depende mucho de nosotros el ser conscientes de los lugares y las amistades que solemos buscar para compartir nuestra vida y amistad, ya que como el mismo Jesús lo remarca, hay que cuidarnos de la gente, y no porque sean malos, sino porque ellos teniendo la oportunidad de ser mejores, han decidido no crecer, pero que a su vez defienden sus limitaciones tratando de mantenerlas y exigiendo que los demás permanezcan y queden en los mismos límites que ellos.

Aquí es donde Jesús nos recuerda que hay cuidarnos de ese tipo de gentes, pero no rechazando a la persona, sino a su situación y a su pecado. Ciertamente las co-dependencias y vicios de pecado en los que hemos caído, de los que a veces ya no tenemos registro de conciencia de ello, son muy hábiles para mantenerse y subsistir, por lo que cuando se ven amenazadas suelen defenderse atacando a la persona que está sana y trata de llevar una vida en paz y en gracia.

Por ello no hay que dejar de aprovechar la oportunidad, de que cuando esas personas hablan para ofender y atacar, según la intensidad con la que lo hagan, veamos lo frágil y herido que está su corazón, porque sale y se manifiesta el propio dolor pero canalizado en el odio a los demás. No hay que permitirnos engancharnos en el dolor del otro, porque le alimentarás su dosis de insatisfacción a la que están impuestos día a día.

“Corazón igual a mente”

“Corazón igual a mente”

Juan 14,23-29

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado.” Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»

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Por lo general nos encontramos con una identificación acerca de los sentimientos con el corazón, como si surgieran del mismo, cuando en realidad, nuestro cerebro es quien administra y activa todos los órganos de nuestro cuerpo, haciéndolos reaccionar según la motivación se de en el momento.

Por ello siempre se habla de cambiar el corazón, ya que reacciona ante todo sentimiento por los estímulos electro químicos de nuestro sistema nervioso cenbtral. La realidad es que lo que debemos cambiar es nuestra propia mente que es la que domina y ordena.

La cuestión radica en que se nos invita a amar y a no perder la paz, pero si nuestra propia mente está saturada de ideas, preocupaciones, corajes o aquello que la obsesiona, resulta imposible dejar lugar para estos dones, por lo que se requiere una intervención racional, consciente y directa para extirpar aquello que nos estorba y daña, que en su momento se ha establecido en ella como si fuera lo ordinario y, que por ende empapa toda la actividad de nuestro día así como las propias relaciones interpersonales.

El hecho es, que se nos promete el Espíritu Santo, pero para ello es necesario disponer todo nuestro ser para recibirlo, especialmente a descartar todo lo que le impide su pleno desarrollo en nuestro ser como lo es todo lo que nos da la infelicidad, es decir las malas acciones que proceden de una mente que se va enfermando malamente de poco a poco.

Por ello para recibirlo plenamente, ese corazón, es decir, nuestra mente, debe dejarse sanar por los Dones del Espíritu Santo, para que cuando llegue, plenifique toda buena acción y nos ayude a desterrar todo lo malo que nos lleva incluso a la muerte.

Se nos promete un Espíritu en plenitud, prepara tu corazón, prepara tu mente.

“Alegría plena”

“Alegría plena”

Juan: 15, 9-11

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena”.

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Cada día se nos presentan nuevas maneras y formas de adquirir alegría, algunas son prefabricadas y muy caras como lo son todas aquellas que se promueven como una adición a tu ser que cambiará tu vida. Se nos ofrece todo lo material posible como lo único que provee esa felicidad y alegría.

Algunas de las situaciones que promueven es hacerte sentir una persona fea e inapropiada, poniendo modelos prefabricados como “perfectos”, para que supuestamente sientas la alegría de parecerte a esas personas rechazando tu propia identidad y modificando a veces para empeorar con el tiempo tu condición física alterando tu propia naturaleza.

Otras maneras de engancharte es con el engaño de que teniendo lo último en bienes materiales, predispondrán a la felicidad, pero es falso, porque eso dará satisfactores circunstanciales en el tiempo, pero al final quedando mayormente solos y más vacíos que antes de obtenerlos.

Olvidamos que la verdadera felicidad no está en las cosas, sino en la propia persona, en tu mente y en tu corazón, nadie puede modificarlo si tú no lo permites, y el Señor prepara todo para que de una manera connatural y gratuita llegues a obtener esa felicidad cada vez en un grado mayor por medio de sus dones y gracias.

La receta es muy practica, sencilla y clara: Seguir los mandamientos como guía preventiva de todo aquello que nos hace infelices, cuidándonos de eso que daña, descubriremos esa alegría plena que da el Señor, para ti y para cuanta persona se acerque a tu vida.

“La paz que no se compra”

“La paz que no se compra”

Juan: 14, 27-31

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: `Me voy, pero volveré a su lado’. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean.
Ya no hablaré muchas cosas con ustedes, porque se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo sepa que amo al Padre y que cumplo exactamente lo que el Padre me ha mandado”.

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Hoy el mundo nos ofrece miles de productos para obtener la paz, unos son tomados, otros ungidos, otros medicados para anestesiar la mente, a la vez que se nos sugieren pagar tratamientos anti stress, de relajación, masajes, spas, viajes, o comprarte algo que sientas que te mereces como un premio a ti y que ciertamente tiene que ser caro para amortizar la conciencia de obtener algo que tenga valor y reconocimiento de los demás.

Sin embargo, absolutamente nada de eso otorga esa paz que surge del interior e inunda toda nuestra existencia, paz que ciertamente es un don, que como tal es gratuito, pero como tal, se pide, sobre todo en oración.

Esa es la paz que el Señor Jesús viene a traernos, y que nadie más da, así dures tres días en un centro de relajación, porque tan sólo te quitan lo tenso, pero la paz no te la dan, esa paz llega cuando uno confía, cuando uno se derrota sabiendo que nuestra frágil humanidad es limitada y que no lo puede todo, es entonces cuando se le permite al Señor tomar parte de tu vida, no para robarla y manipularte, sino para complementarla y llevarla a su máxima expresión haciéndonos uno en el amor con el creador.

Por ello no te dejes engañar, aprovecha todos los métodos pro relajación, pero no olvides que quien te da la total serenidad es el Señor.

“Recobrar”

“Recobrar”

Lucas: 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”.
Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a pasar necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.
Se puso entonces a reflexionar y se dijo: `¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.
Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.
Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.
El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.
Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.
El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ “.

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En ocasiones nos hacemos a la idea de que en una familia deben de ser todos iguales en su comportamiento, cuando en realidad algo hay de eso, porque tienen un esquema de primer aprendizaje común que son sus padres, donde se aprenden principios, valores, e incluso las mañas de cada uno de ellos.

Otra situación es querer que respondan ante las responsabilidades con la prontitud y certeza que uno mismo desea, habrá quien lo haga y habrá quien no, por lo que además de manejar las obligaciones ordinarias dentro de la familia, será todo un reto hacer crecer a todos hacia la misma madurez a la que somos invitados todos.

El caso lo tenemos muy claro en el ejemplo del hijo pródigo, dónde uno de los hijos por su actitud incoherente e irresponsable hace reaccionar al resto de la familia no de una manera grata, a tal grado de hacer lo que desea sin importarles los demás.

Situación que un padre amoroso permite, no porque sea muy blando y falto de carácter, sino porque sabe esperar y dejar en libertad para que cada quien afronte sus propias responsabilidades y problemas. Hechos que se cumplen al caer en cuenta el hijo de lo que estaba haciendo cuando lo ve todo lo que se le dio abusado y perdido.

Aquí es donde al recapacitar retorna a su padre con una actitud no de pena, no de chantaje, no de volver a abusar, sino consciente de su condición la cual va sanando ante los suyos y donde el padre recupera a ese hijo que esperaba tener. Para su padre no importan los bienes derrochados cuando ha ganado un hijo que ahora se sabe amado y aceptado, a su vez que responsable con sus propias obligaciones naturales, un recobrar al verdadero hijo perdido aun en su propia casa.

“Lo que nos conduce a la paz…”

“Lo que nos conduce a la paz…”

Lucas: 19, 41-44

En aquel tiempo, cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y contempló la ciudad, lloró por ella y exclamó:
“¡Si en este día comprendieras tú lo que puede conducirte a la paz! Pero eso está oculto a tus ojos. Ya vendrán días en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán y te atacarán por todas partes y te arrasarán. Matarán a todos tus habitantes y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no aprovechaste la oportunidad que Dios te daba”.

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Cuando me refiero a la paz en ésta ocasión, no lo hago en el sentido de aquella que brota de nuestro ser interior, sino de aquella que es un reflejo del orden y la armonía social entre los seres humanos. Aunque a fin de cuentas una es el reflejo de la otra.

Una de las cosas que Jesús observa, es el hecho de que toda la mente y el obrar del ser humano, en concreto al contemplar la ciudad de Jerusalén y su modo de vida, las personas están centradas en actividades superfluas, no se están atendiendo nuestras necesidades básicas, como lo es el alimentarnos, la salud, la educación y la cultura, las buenas relaciones sociales.

Por el contrario, en todos los estratos sociales se proclaman los excesos, el abuso, el libertinaje y la manipulación, cosa que al final crea una codependencia a ellas, rayando en  adicciones que nos controlan, de las cuales siendo inconscientes a uno mismo, es muy difícil auto detectarlas y por ende salir de ellas, ya que no permitimos remarcarlas cuando nos las hacen notar; pero eso sí, vemos las dependencias y errores de los demás, pero jamás los nuestros, porque nunca hemos experimentado la auto observación, además de que nos da pavor saber quiénes realmente somos.

En esa inconsciencia de nuestro ser, actuar y relacionarnos, vamos caminando en cierta manera ciegos, ensimismados a tal grado de no poder prever cuando externamente se planea una guerra contra nosotros ya sea personal o social, de igual manera no vemos ni el plan de Dios, pero tampoco el del maligno contra nosotros que nos ataca. No lo vemos venir.

Por ello Jesús se lamenta de nuestra inconsciencia, sabe que al final caeremos y, aunque lo avise hacemos caso omiso. Perdemos la paz, luego exigimos y reclamamos su falta. Pero la solución es sencilla; estar aún más presente, en mayor oración, en mayor contacto contigo mismo, con tu ser y con el Creador. Ya que eso te ubica en el aquí y el ahora como un vigilante de tu propio actuar y el de los demás. Así es seguro que realmente te conduzcas a la paz y la mantengas porque verás por donde la puedes perder y la cuidarás.

La inconsciencia es grata porque no nos responsabiliza, pero en realidad es ignorancia y ésa es culpable, no tan sólo de lo que haces, sino también de lo que no haces o dejas de hacer, también llamada omisión.

“Actitud fresca”

“Actitud fresca”

Mateo 6, 1-6.16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará. Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga. Cuando tú vayas a rezar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará. Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los farsantes que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

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Es por ende de naturaleza que nuestro cuerpo manifieste todo aquello que nos afecta, tanto positivo como negativo, más esa es una expresión nata que refleja el interior de la persona. Además sabemos que tenemos la inteligencia y la capacidad para poder gobernar en cierta manera nuestra expresividad, de tal manera que si somos buenos para diplomáticamente aparentar una prudente actitud ante situaciones alegres, cuánto más no será en las negativas.

La actitud del cristiano a veces la identifican con la abnegación, con el tener que soportar todo sin hacer el mayor aspaviento y hasta a veces sin razón. Pero esa no es la correcta actitud, sino que se nos invita a que ante las circunstancias adversas, sepamos mantener aquella paz que nace precisamente de la gracia que Dios nos brinda al estar cerca de Él, por ello el poder intercesor de la oración, que nos va capacitando para entender esos males, de dónde vienen y a dónde van, y no tan sólo a sufrir por sufrir aprovechando el presente dolor.

Tampoco significa que tengamos que tener una actitud hipócrita que no es lo que la realidad presenta, simplemente es una actitud en la que no debemos de enfatizar el mal, ni el dolor, porque de suyo ya está sanando, y el proceso es doloroso.

Más la gracia de Dios puede darnos esa actitud fresca que denote siempre la alegría de Dios, a pesar de las circunstancias, sabiendo que es tan sólo una etapa y que es transitoria, porque sabemos que no llega para quedarse. Por ello siempre a pesar de todo, tu actitud no dejes que sé o la marchiten, tú mantenla siempre fresca, con la oración y la vida de gracia que ordinariamente la tenemos al alcance de la mano.

“Lo que nos conduce a la paz…”

“Lo que nos conduce a la paz…”

Lucas: 19, 41-44

En aquel tiempo, cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y contempló la ciudad, lloró por ella y exclamó:
“¡Si en este día comprendieras tú lo que puede conducirte a la paz! Pero eso está oculto a tus ojos. Ya vendrán días en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán y te atacarán por todas partes y te arrasarán. Matarán a todos tus habitantes y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no aprovechaste la oportunidad que Dios te daba”.

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Cuando me refiero a la paz en ésta ocasión, no lo hago en el sentido de aquella que brota de nuestro ser interior, sino de aquella que es un reflejo del orden y la armonía social entre los seres humanos. Aunque a fin de cuentas una es el reflejo de la otra.

Una de las cosas que Jesús observa, es el hecho de que toda la mente y el obrar del ser humano, en concreto al contemplar la ciudad de Jerusalén y su modo de vida, las personas están centradas en actividades superfluas, no se están atendiendo nuestras necesidades básicas, como lo es el alimentarnos, la salud, la educación y la cultura, las buenas relaciones sociales.

Por el contrario, en todos los estratos sociales se proclaman los excesos, el abuso, el libertinaje y la manipulación, cosa que al final crea una codependencia a ellas, rayando en  adicciones que nos controlan, de las cuales siendo inconscientes a uno mismo, es muy difícil auto detectarlas y por ende salir de ellas, ya que no permitimos remarcarlas cuando nos las hacen notar; pero eso sí, vemos las dependencias y errores de los demás, pero jamás los nuestros, porque nunca hemos experimentado la auto observación, además de que nos da pavor saber quiénes realmente somos.

En esa inconsciencia de nuestro ser, actuar y relacionarnos, vamos caminando en cierta manera ciegos, ensimismados a tal grado de no poder prever cuando externamente se planea una guerra contra nosotros ya sea personal o social, de igual manera no vemos ni el plan de Dios, pero tampoco el del maligno contra nosotros que nos ataca. No lo vemos venir.

Por ello Jesús se lamenta de nuestra inconsciencia, sabe que al final caeremos y, aunque lo avise hacemos caso omiso. Perdemos la paz, luego exigimos y reclamamos su falta. Pero la solución es sencilla; estar aún más presente, en mayor oración, en mayor contacto contigo mismo, con tu ser y con el Creador. Ya que eso te ubica en el aquí y el ahora como un vigilante de tu propio actuar y el de los demás. Así es seguro que realmente te conduzcas a la paz y la mantengas porque verás por donde la puedes perder y la cuidarás.

La inconsciencia es grata porque no nos responsabiliza, pero en realidad es ignorancia y ésa es culpable, no tan sólo de lo que haces, sino también de lo que no haces o dejas de hacer, también llamada omisión.