“Perdón, orgullo, liberación, sanación”

“Perdón, orgullo, liberación, sanación”

Mateo: 18, 21-35

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.

Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.

Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

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Dentro de una cultura donde cada vez más se ensalza la propia figura personal, nos volvemos más exigentes con nosotros mismos y por ende con el resto de la creación, caemos fácilmente en la crítica deseando que todo sea perfecto conforme a la norma, y que los demás se apeguen a la norma establecida o en su defecto a lo que yo considero como verdadero.

Cuando alguien nos daña u ofende, recalcitramos el dolor guardando un eterno rencor insaciable, no porque no tenga solución, sino porque no la buscamos ni la hacemos eficaz. Nos encanta estar dolidos y así tener un motivo de que hablar y que nos compadezcan, llamando la atención aunque sea de esa manera.

Por lo que nos conviene no perdonar ni solucionar el dolor que nos causan o causamos. Con lo que alimentamos un orgullo que crece a tal grado de sentirnos tan ofendidos que creemos erróneamente que no se puede perdonar, auto infringiéndonos aún más dolor y de igual manera manteniéndolo vivo y resentido.

Nos conviene perdonar cuantas veces nos hayan ofendido o dañado, sobre todo si nos lo solicitan, no por la otra persona, que ciertamente es importante perdonarla para liberarla, pero lo más importante es para que no te encadenes a un autosufrimiento eterno que no es sano. Conviene perdonar por ti, para que tengas salud y estés libre de todo sentimiento ajeno y nocivo. Porque sin ningún cargo es más fácil vivir en felicidad y tranquilidad, sabiendo manejar los dolores que pudieran presentarse.

“Hay que sacudirse…”

“Hay que sacudirse…”

Mateo: 10, 7-15


En aquel tiempo, envió Jesús a los Doce con estas instrucciones: “Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente. No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven morral para el camino ni dos túnicas ni sandalias ni bordón, porque el trabajador tiene derecho a su sustento.
Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, pregunten por alguien respetable y hospédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar, saluden así: ‘Que haya paz en esta casa’. Y si aquella casa es digna, la paz de ustedes reinará en ella; si no es digna, el saludo de paz de ustedes no les aprovechará. Y si no los reciben o no escuchan sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacúdanse el polvo de los pies. Yo les aseguro que el día del juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos rigor que esa ciudad”.

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Es muy claro el mensaje del Señor Jesús, cuando al enviar a sus discípulos les pide llevar en concreto el anuncio del Reino de los cielos, el cual no debe de ser interferido puesto que la obra debe de ser integra ya que quien realiza la obra es Dios por medio de ellos.

Es muy importante no distraerse, pero no ir de una manera estricta, sino flexible que demuestre la soltura de una tranquilidad que el mismo Señor da para manifestar su paz, esa que se desea llevar, pero tampoco debe de ser el comportamiento tan holgado que permita todo, ya que el maligno bien sabemos siempre pone en el medio trabas y tentaciones en las que se puede caer.

El ejemplo lo tenemos claro cuando al mismo Jesús pretende distraerlo, le pone tentaciones para que su misión quede en un fiasco y no se realice la obra de la salvación, para que siga imperando el mal, por eso le propone en una tentación adorar al maligno para que le entregue toda riqueza inimaginable. 

Nosotros al igual como discípulos corremos el mismo riesgo. Si por alguna situación  en nuestro caminar hacia la santidad encontramos ocasiones de riesgo, en las que se nos invita quedar atrapados, inmediatamente nos dice el Señor que nos sacudamos el polvo, ese polvo que se pega y mancha, siendo notorio por dondequiera que vayamos, es decir el pecado que nos invita a permanecer en el mismo adictivamente.

Hay que sacudirnos y desprendernos de esas personas que nos hacen caer, aquellos ya inmersos en las faltas, a tal grado que les parecen ordinarias y a las que quieren iniciar a quienes no las practican, como lo pueden ser los vicios de drogas o alcoholes, las personas apegadas, el confort que desarma seguir por el bien, las adicciones sexuales, etc… 

“Sin juicio, todo compasión”

“Sin juicio, todo compasión”

Juan: 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.
Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?” Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.
Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.
Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”. Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.

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Es ya una innata y connatural tendencia a enjuiciar a Dios, es decir, afirmar que es irascible, intolerante, radical, enojón, todo juicio sin misericordia, y sobre todo un castigador, que además lo plasmamos en la misma legislación de manera tajante. O cuando menos eso reinterpretamos, sobre todo en el Antiguo Testamento de las Sagradas Escrituras porque la cultura así lo asimiló y que no deja de ser una proyección de nuestra propia situación.

Por el contrario, Jesús presenta una plena y única actitud nueva que revela una real misericordia, que llega a transformar nuestras vidas, actitud que evidencía un sano juicio en toda su integridad moral y religiosa. Donde ya las manchas de intervención humana quedan extirpadas para expresar la plena y justa actitud de compasión, en donde el juicio sale sobrando porque se está manifestando algo más grande, y ese es el perdón, que implica alentar al mismo pecador para que no quede preso de las consecuencias cíclicas de su propio pecado.

Por ello Jesús no se une a la multitud en dichas condiciones de euforia desembocada en donde ante un acto de pecado explícito y evidenciado, descargan toda su frustración, y a su vez remarcando la falta del pecador o pecadora, para desviar la atención de las miradas de los demás hacia mis propias faltas.

Para ello, de igual manera debemos de tener la conciencia y la verdad de disponernos y confiar sin dudar en el ser realmente perdonados, ya que a veces nosotros somos los que nos sentimos indignos del perdón engrandeciendo mayormente la falta sin necesidad. 

Es por ello que Jesús no se pone a juzgar en público, para no alimentar los odios retorcidos de los demás, sino que es todo perdón, todo compasión, encausando toda vida a un estado de salud total, alcanzando a ver un horizonte más amplio que incluso el de la ley limitados.

“Querer el perdón”

“Querer el perdón”

Mateo: 18, 21-35

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.
Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.
Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.
Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

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Cuando uno se pregunta en la cantidad de veces que se debe de otorgar el perdón cuando alguien nos ofende, en realidad quien está hablando es el mismo cansancio, ya que se ha bloqueado la actitud en una actitud predispuesta a rechazar o a actuar de manera quejumbrosa ante la siguiente falta que pudiese ocurrir.

Para empezar hay que tener en cuenta que la persona que nos ofende se encuentra en una situación no asimilada de dolor, por lo que la falta hacia nosotros no es la causa sino la consecuencia de un problema no resuelto en su vida y que a lo mejor no nos corresponde sanar o en su defecto, sentirnos responsable de ello.

El origen del dolor es muy variado y puede alojarse en una persona desde la infancia y no reconocerlo al afirmar la persona dañada con un autoconvencimiento ya caduco que se manifiesta en una “así soy”, es que en realidad ni se ha perdonado, ni ha perdonado a quienes lo dañaron. 

El perdón inicia por uno mismo, ya que de ninguna otra manera vamos a aceptar el perdón de los demás, porque no se tiene la experiencia senadora manifestódose de una manera renuente al cambio y a aceptar a los demás.

Por lo que es muy necesario sanar y perdonarnos a nosotros mismos, una vez obteniendo la paz, el perdón a los demás resulta como una consecuencia sencilla y natural.

“Perdón y plena salud”

“Perdón y plena salud”

Mateo: 6, 7-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando ustedes hagan oración no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar, serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes, pues, oren así:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal. Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas”.

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A veces el perdón se considera como un aspecto tan sólo religioso, donde nos fijamos tan sólo en la cuestión de condenación y salvación, donde implicamos tan sólo el hecho de quedar bien con Dios, con el Padre celestial, y olvidamos el verdadero motivo del perdón, porque bien sabemos que una ofensa a nuestros prójimos resulta en ofensa a Dios por el hecho de ser la persona imagen el mismo Creador.

La oración del Padre Nuestro contempla e implica ambos aspectos, ya que enfatiza primeramente sanar el origen de la falta, que es aquella persona a la que ofendemos, y no hacer hincapié tan solo en la trascendente consecuencia hacia Dios, al que tan sólo le pedimos la reconciliación, sin sanar al directamente herido que es tu hermano.

Es por ello que a diario se nos recomienda hacer dicha oración tan común para estarnos recordando cual sería el método para no guardar tanto odio y resentimiento que desemboca por lo generan en ansiedad, despertando motivos para canalizar el dolor por otros males como puede ser la crítica, levantar falsos y maltratar a todo mundo por la pérdida de esa paz tan necesaria para el equilibrio en nuestra vida.

La plena salud llega cuando te liberas de toda carga al en realidad perdonar sin la necesidad de estar remarcando la falta en la persona, ya que los que nos herimos constantemente somos nosotros mismos alimentando el dolor que al momento a lo mejor ya no existe pero que no soltamos.

Cuando perdones no lo hagas por los demás, ni por nadie mas, hazlo por ti, porque tu eres el principal beneficiado.

¿Perdonar al que no quiere ser perdonado?

¿Perdonar al que no quiere ser perdonado?

Mateo 18, 21-35; 19, 1

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: —Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?

Jesús le contesta: —No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Y les propuso esta parábola: —Se parece el Reino de los Cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. El Señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

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Es muy cierto que se nos invita a saber otorgar el perdón cuando alguien intencionalmente nos ofende y se retracta, la medida no tiene límite, y cuantas veces lo reconozca es merecedor del perdón.

Lo malo acontece no con el pecador que te ofende, sino con nosotros que esperamos llenos de dolor a que el ofensor se retracte a mi manera, como yo quiero, y que cumpla las condiciones del humillarse para hacerlo.

Ahí nosotros somos lo más pecadores porque exigimos un perdón que no se quiere recibir, sufrimos y renegamos sacando un rencor mayor que el mismo pecado, de tal manera que si la otra persona no quiere ser perdonada, no es problema tuyo, que siga cometiendo los errores que quiera, pero si te afectan, por dignidad debes de poner un límite para que eso a ti no te afecte y si permites que te siga afectando, entonces la persona que no se ama eres tu porque sigues ahí sufridamente sin solución.

Si la otra persona no quiere ser perdonada ya estás libre de conciencia con ella, porque de tu parte está la disposición y la búsqueda de la oportunidad para hacerlo, y no vas a desaprovechar un momento de gracia para que lo destrocen sin darle la menor importancia.

Por ende no vivas dependiendo de recibir la disculpa, porque te haces reo de una situación desesperante y mala para ti y los tuyos, si se da, bueno, si no, vive libre, que no haya problema por ello, si se da lo otorgas, y si no, pues ya se dará. Pero tu tan fresco como la alborada que el perdón ya está dado, sólo faltaría ratificarlo.

“Y si no perdonas, ¿qué pasa?”

“Y si no perdonas, ¿qué pasa?”

Mateo 6, 7-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando recéis no uséis muchas palabras como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis. Vosotros rezad así: Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno. Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas».

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Parece que el perdonar se ha convertido en un lujo empapado de soberbia y vanidad, dónde la persona se lo reserva para darse importancia y así acentuar la llamada de atención en su persona, se piensa que será la mejor manera de solucionar sus propios dolores, sin embargo no se toma en cuenta que por el contrario se acentuarán aun más sus propias fatigas.

Y es que vivir con una carga de resentimiento, orgullo e indignación, no ayuda mucho para conque con toda la libertad y estabilidad se tomen las siguientes decisiones en la vida, aquellas que marcarán la siguiente pauta. En realidad estarás decidiendo con un peso no resuelto en tu vida que hasta inconscientemente te roba la estabilidad y la paz, por lo que mientras no perdones, todo estará impregnado con esta tinta que adolece internamente.

Olvidamos que perdonar o pedir perdón no tan sólo es un acto externo, no le estamos haciendo el favor a nadie, al contrario, los mayormente beneficiados somos nosotros que liberamos nuestra mente y corazón de ataduras voluntarias que tan sólo lo que hacen es fermentar el mal adoptado y externarlo cuando más no podemos.

Terapéuticamente los más sano es perdonar, pero también no darle importancia y olvidar. Las personas realmente libres, no son las que andan en la calle y van por doquier, sino que son aquellas que no tienen ninguna atadura inclusive en su corazón. Así que si perdonas, ya sabes lo que pasa y si no, también.

“Corazón dividido, divide”

“Corazón dividido, divide”

Marcos 3, 20-35

En aquel tiempo, Jesús fue a casa con sus discípulos y se juntó de nuevo tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales. También los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: —Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios.

Él los invitó a acercarse y les expuso estas parábolas: —¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre.

Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo. Llegaron su madre y sus hermanos y desde fuera lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dijo: —Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan.

Les contestó: —¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?

Y, paseando la mirada por el corro, dijo: —Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.

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Qué pena es saber cómo el dolor personal que nos ocasionan las situaciones, las personas o las cosas le demos una importancia tan grande que parece que llega para quedarse, de tal manera que cuando ya nos ha dominado, suele externarse con divisiones y ataques por doquier ya que impide ver lo bueno de las cosas aunque éstas sean totalmente evidentes.

Sí, es una pena ver cómo a pesar de compartir la alegría y la felicidad que conlleva la cercanía con Dios, los más cercanos, sufren porque rechazan toda muestra de afecto ya sea hacia ellos o hacia cualquier otra persona.

Pero mayor dolo es aún, cuando haciendo alguien una obra buena, impidan que ésta se lleve a cabo, como lo intentaron con Jesús, que en su desventaja y soberbia, tratan de desacreditar desde su máxima autoridad la misma obra de Dios. Levantando el falso de tener Jesús dentro un demonio para mover el miedo ya infundido en los demás a manera de manipulación.

Así es, un corazon dividido, divide, pero divide a los que ya empiezan a fragmentarse o están vulnerables por algún suceso de dolor, pero como el mismo Jesús, fortalecidos en el Espíritu, nada ni nadie podrá dividirnos, ni podrá apartarnos del camino del Señor. Es por ello que a esa gente, se le escucha con caridad, pero no se le hace caso, ya que el mismo demonio dividido en sí mismo, utiliza a esas personas divididas, que no saben ni siquiera lo que quieren para sí mismos, fruto de su misma división.

Oración, vida sacramental, lectura Sagrada y obras de caridad, es el antídoto contra un corazón dividido, porque más integro y fortalecido no puede estar.

“Entonces dirá el Rey a los de su derecha…”

“Entonces dirá el Rey a los de su derecha…”

Mateo 25,31-46

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos.

Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme’.

Entonces los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?’.

Y el Rey les dirá: ‘En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis’. »Entonces dirá también a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis’.

Entonces dirán también éstos: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’. Y él entonces les responderá: ‘En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo’. E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna».

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La lectura del día de hoy nos recuerda que ciertamente el Señor en su momento pedirá cuentas de los dones y capacidades otorgadas en nuestra vida, ya que nos ha dado siempre a la oportunidad de producir excelentes frutos, que además nos llevan a la santidad.

Además de los dones, nos brinda la oportunidad y las circunstancias donde podemos ejercerlos y desarrollarlos, tiempos precisos y situaciones concretas, personas para ayudarlas y cosas para aprovecharlas.

Más cada quien sabe por donde las canaliza, si van al fin concreto, o sólo a la utilidad personal. La Cuaresma es el tiempo propicio para ello, si te fijas bien, en vez de quejarte de los andrajosos, los pedíches, los limosneros, los vagabundos, que parecerá que se vienen en manada, aún más en este tiempo, cuando en realidad las oportunidades de crecer en las obras de caridad que Dios dispone en nuestro camino.

Creemos que con una última confesión al final de nuestra vida y un buen arrepentimiento antes de morir bastan para salvarnos. No dudo de la misericordia de Dios, pero más claro no puede explicarlo Jesús en el evangelio donde remarca “tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme”. Es decir, no encuentro donde dice ‘vengan los que se arrepintieron cinco minutos antes’, la verdad no lo veo por ningún lado.

Lo que sí veo son la obras con la oportunidad de toda una vida para realizarlas. A lo mejor ni cinco minutos tienes al final. Cuaresma, tiempo de fortaleza y de conversión, aprovéchalo, al final tus obras te defenderán y hablaran por ti, no lo digo yo, lo dice el Señor.

“No hay nada de fuera que pueda contaminarte…”

“No hay nada de fuera que pueda contaminarte…”

Mc 7,14-23

En aquel tiempo, Jesús llamó a la gente y les dijo: «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Y cuando, apartándose de la gente, entró en casa, sus discípulos le preguntaban sobre la parábola. Él les dijo: «¿Así que también vosotros estáis sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede contaminarle, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al excusado?» —así declaraba puros todos los alimentos—.

Y decía: «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre».

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Una preocupación principal que nos roba casi siempre toda la atención es la apariencia externa, buscamos mantener una imagen impecable, siempre que nos vean con la mejor pose. En este punto y a este nivel importa mucho el que dirán, nos preocupamos en demasía de la opinión de los otros, que al final de cuentas no es importante en sí mismo

Ante este esquema, la reacción suele ser la defensa a través de la crítica, como pienso que me critican, yo critico, entonces tengo que levantarme rebajando a los demás. Esos son sólo esfuerzos vanos y perdidos en sí mismos, porque lo que define tu ser, no es lo que piensan los demás, sino lo que sabes valer de ti mismo.

Por eso nada que venga de fuera puede mancharte, intentarán embarrarte pero eso se lava fácilmente. Otras veces faltamos a la caridad negando el saludo a los “pecadores”, como si nos fueran a contaminar, claro que no te contaminan en nada externo, al contrario tomando esa actitud ya estás manchado en sí mismo con la indiferencia de tu desprecio.

A lo mejor sí te rompe el esquema de tu entorno con los teatreros y con los qué dirán. Qué lástima cuando tu mundo gira en esos esquemas, ya me imagino cuán grande ha de ser tu ansiedad porque ese nos es camino para la felicidad, mucho menos para la paz interior.

Lo que sí nos mancha de a feo, es cuando optas libre y voluntariamente dañar, criticar, levantar falsos, así como cualquier pecado que tramemos realizar, porque eso decides que te defina por antonomasia personal, ahí si que nadie te obliga a realizar un acto pecaminoso y si lo hacemos es porque lo permitimos.

Por eso más que cuidar la buena fama, hay que cuidar la gracia, que ante ésta, la otra sale sobrando. No olvides, nada que venga de fuera puede contaminarte en sí mismo, sólo que caigas en la trampa y lo permitas.