“Sentidos y mente en plenitud”

“Sentidos y mente en plenitud”

Mateo: 13, 10-17

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús sus discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?” Él les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos; pero a ellos no. Al que tiene se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.

En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Ustedes oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.

Pero, dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”.

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Dios en su infinita misericordia nos ha participado de múltiples gracias y dones, con los que nos enriquece y da tanto una fisonomía como una personalidad, además de que en común nos ha dado un conjunto de similaridades como el pensar, caminar, ver, etc… 

Sin embargo el auto descubrir esas capacidades, muchas veces, aunque son evidentes, solemos quedar atorados en algunas cuantas, sin desarrollar el resto, ni propiciar su desarrollo.

Descubrimos que podemos utilizar eficazmente nuestra inteligencia, nuestras capacidades físicas, deportivas, así como habilidades, y pocos son los que las hacen rendir a su máxima capacidad, como un deportista, un científico, un artista que siempre buscan crecer en su ramo.

La cuestión radica en que no solamente debemos de ejercitar las cualidades físicas o mentales, el límite no es lo material o racional, podemos crecer además, en todos los dones espirituales, como el de la sabiduría, la paz, el amor, entre otros que además complementan y plenifican la propia vida. 

Es por ello, que nuestro ser fue creado con una capacidad impresionante de crecimiento, tanto físico como mental y espiritual, pero qué cortos nos quedamos cuando no queremos entender ni participar de esas gracias tan peculiares que sacian, que hacen sentirlos completos. Es entonces que cuando quedamos varados en lo material como lo es el dinero, como no sacia, ni migramos a un bien superior, más queremos, al igual en lo físico y a la buena apariencia, nunca es suficiente hasta obsesionarnos y perdernos en ello.

Falta escuchar y ejercer lo que nos hace crecer, y esa es la palabra de Dios, porque sin ella siempre quedaremos vacíos e incompletos.

“Un profeta idealizado”

“Un profeta idealizado”

Juan 7,40-53

En aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían:

«Este es de verdad el profeta».

Otros decían:

«Este es el Mesías».

Pero otros decían:

«¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?».

Y así surgió entre la gente una discordia por su causa.

Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima.

Los guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos, y estos les dijeron:

«¿Por qué no lo habéis traído?».

Los guardias respondieron:

«Jamás ha hablado nadie como ese hombre».

Los fariseos les replicaron:

«También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos».

Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo:

«¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?».

Ellos le replicaron:

«¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas».

Y se volvieron cada uno a su casa.

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Es totalmente comprensible que nuestra imaginación se desborde cuando nos interesa algo, lo idealizamos a una postura que sacie nuestra expectativa, nada diferente cuando a aspectos de fe refiere.

Las promesas de Dios siempre se cumplen, con la diferencia que nosotros las ensanchamos tanto que ya no caben en la realidad, las esperanzas se desbordan olvidando que Dios no de ordinario las realiza en medio de nuestra naturaleza y la ordinariedad.

Lo malo acontece cuando ya todo lo esperamos de manera milagrosa y espectacular, saciamos y alimentamos sueños que esperamos se realicen, pero cuando bordean lo fantasioso y a veces hasta lo absurdo, se convierte automáticamente en irrealizable, no porque Dios no lo pueda realizar, sino porque no obra nada en contra de la verdad en sí misma de las cosas, incluso respeta los procesos naturales de la vida.

Es por eso que ante una necesidad alimentada con dudas, dolor, soledad, entre otras situaciones, crece a tal grado dejar de pisar suelo firme, y por ende no ver la solución, ya que está rebasado su origen simple para sanarlo.

La espera del Mesías, no es la excepción, ya magnificada, nadie da el ancho, y como Dios obra de raíz por medios naturales donde se integra a la gracia del milagro, resulta demasiado obvio para aceptarlo.

Y hasta la fecha, ningún profeta da el ancho para los Judíos, por lo que ante este ejemplo, no dejemos que se exageren las esperanzas ya que un profeta idealizado, es inalcanzable, esperar un milagro bajo este esquema, resulta imposible. Lo sencillo es lo más eficaz en el obrar de Dios. 

“Salían de sus labios”

“Salían de sus labios”

Lucas 4, 24-30

En aquel tiempo, fue Jesús a Nazaret, y añadió: Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del Profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que Naamán, el sirio. Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo.

Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

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Hay que saber distinguir entre una boca y otra lo que dice, y aunque es muy desagradable escuchar a gente mal hablada, para ellos parece lo más normal de el mundo y hasta piensan que agradan muy bien a los demás, ciertamente no deja de ser un espectáculo, aunque claramente hay que distinguir a aquellos que maldicen con toda la intención del mundo de ofender a Dios y a los hijos de Dios, para hacerlos sentir mal y provocarlos, a simplemente decir malditurías con un léxico que revela que la persona en sí es muy mal educada. 

Nada que ver con Jesús, quien invita a no decir esas malas palabras porque en sí ya llevan de suyo la marca del maligno, y aunque parezcan graciosas nunca dejan de importar a quien las escucha; no lo hace no porque no pueda, ni porque quisiera parecer en onda, no lo hace por tan sólo saber que está respetando a una persona que es imagen de Dios, con una dignidad elevada a la de Cristo que se dignó hacerse hombre como nosotros, dignificando nuestra humanidad, aquella que está precisamente restaurando, por ello no las usa porque sabe a dónde van y cuál intención de ofender es su origen.

Sin embargo Jesús al hablar no tan sólo educadamente, sino con toda veracidad e integridad moral que respalda sus palabras, desconcierta a aquellos no suelen usar sus palabras para decir plenamente la verdad. Claro que saca de onda oír a alguien que no está metido en el mundo con su hablar corriente y de moda, sino que te habla con toda propiedad la verdad absoluta en sí misma. 

Esas son las palabras que salían de su boca y que incomodaron a muchos porque la verdad les ofendía, como hoy lo sigue haciendo ante muchos, a aquellos que les duele la verdad porque no son capaces de enfrentarla pero sí de evitarla. 

Esa es la boca que nos invita a imitar, no solamente la educada, sino la que dice la verdad plena, la que profetiza, es decir la que anuncia en su momento y denuncia a su vez lo que no es verdad. Esa es la boca que debemos imitar para semejarnos los cristianos cada vez más a Cristo.

“Sin desaprovechar la gracia”

“Sin desaprovechar la gracia”

Marcos: 6, 1-6

En aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro: “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?” Y estaban desconcertados.

Pero Jesús les dijo: “Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa”. Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos.

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No es raro descubrir que el lugar en donde menos podemos dar testimonio, es precisamente con los nuestros, los que nos conocen y dicen amarnos, a su vez los que de igual manera se empecinan en no dejarnos crecer.

La situación que suele imperar es el desconcierto, ya que la persona en cuestión se sale de nuestros comunes esquemas en que se le cataloga, y aceptar una nueva realidad, precisa de la asimilación dedicada, lo cual ante la falta de paciencia, se opta por el rechazo.

Por lo que en lo que la misma gente que conoce personalmente a Jesús de hace tiempo lo asimila, el tiempo apremia y va a dar a conocer el Reino a otras regiones donde haya un corazón y una mente más abierta y sin las limitaciones del desconcierto.

Es por ello que no deja Jesús sin desaprovechar la gracia, va precisamente donde se necesita y dará frutos su prédica, es decir, a los pueblos vecinos. La vida es muy corta como para desperdiciar los momentos que se nos dan junto con las oportunidades de crecer, hay que caminar, no limitarnos a lo que digan y nos frenen los demás.

“Elías ya ha venido…”

“Elías ya ha venido…” 

Mateo 17, 10-13

Cuando bajaban de la montaña, los discípulos preguntaron a Jesús: «¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?». Él les contestó: «Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido, y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos». Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan, el Bautista.

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Las esperanzas de aquello que deseamos que cambie radicalmente ante un cansancio en nuestra vida o situación social, solemos aumentarlas deseando cada vez mayores cosas, más inalcanzables o demasiado exageradas, sobre todo cuando perdemos las ganas de poner de nuestra parte para realmente poder ver un cambio.

Un modelo de estas esperanzas era Elías, Profeta del Antiguo Testamento, que vino a convertirse en el modelo ideal del Mesianísmo al desaparecer misteriosamente, por lo que se convirtió en un ícono de su retorno en espera, y pues mientras esperaban, le fueron colgando milagritos, peticiones, deseos utópicos, a tal grado de en conjunto esperar un súper héroe en lo que en religión se espera.

Cuando Jesús aclara esas esperanzas a sus discípulos, remarca las expectativas ya realizadas, en este caso cumplidas en el papel de Juan el Bautista, pero no vistas por lo infladas que estaban las ya hasta fantasiosas ideas de su venida, por eso no lo reconocieron, no encajó con sus falsas esperanzas, pero en el plan de Dios Elías no iba a regresar, lo idealizaron, pero el verdadero papel atribuido a Elías lo realizó Juan el Bautista.

Es por eso que a lo mejor los dones y gracias que esperamos de Dios para cambiar nuestra vida y al mundo entero, ya han llegado y por ende, no las hemos visto, porque nuestra mirada estaba puesta fuera de enfoque, donde no había que mirar, y la vida, y la gracia y, hasta la fe se nos pasa por seguir esperando en lo que ya tenemos y no aprovechamos. Si Elías ya ha venido, ¿no crees que Cristo ya haya restaurado tu naturaleza? porque ya lo hizo, sólo falta que lo aproveches y lo hagas eficaz.

“Signos del cumplimiento desde antiguo”

“Signos del cumplimiento desde antiguo”

Mateo 15, 29-37

En aquel tiempo, Jesús, bordeando el lago de Galilea, subió al monte y se sentó en él.

Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies, y él los curaba.

La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y dieron gloria al Dios de Israel. Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da lástima de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen en el camino».

Los discípulos le preguntaron: «¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?». Jesús les preguntó: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos contestaron: «Siete y unos pocos peces».

Él mandó que la gente se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete cestas llenas.

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La actitud de este tiempo de Adviento, hoy nos recuerda como esos signos y hechos prodigiosos que distinguirían al Mesías, son una esperanza certera a recibir, signos que son los que ya se nos dan como un hecho realizado en plenitud, en los obrados concretamente en este evangelio.

Es por ello que lo propio sería el agradecimiento, de que eso tan ansiado es ya un hecho concreto en la venida de Jesús. Recordar esos acontecimientos nos refrescan la memoria vivida con anterioridad, dando una razón de ser a cada una de nuestras celebraciones.

Milagros que podemos seguir esperando, milagros que seguirán realizándose, como un eterno plan de renovación de las promesas y de los hechos divinos que se irán manifestando a lo largo de nuestra vida. Por ello es justo ubicarlos en el tiempo, recordarlos en la actitud apropiada, y reconocer la gratuidad de la misericordia de Dios en todo tiempo que amándonos sigue eficazmente dando aquello que necesitamos.

Es justo reconocer esos signos realizados y prometidos desde antiguo, ya que no debemos de olvidar la memoria histórica, pero sobre todo llena de gracia y salvífica en nuestros días

“Martirio de San Juan Bautista”

“Martirio de San Juan Bautista”

Marcos: 6, 17-29

En aquel tiempo, Herodes había mandado apresar a Juan el Bautista y lo había metido y encadenado en la cárcel. Herodes se había casado con Herodías, esposa de su hermano Filipo, y Juan le decía: “No te está permitido tener por mujer a la esposa de tu hermano”. Por eso Herodes lo mandó encarcelar.

Herodías sentía por ello gran rencor contra Juan y quería quitarle la vida, pero no sabía cómo, porque Herodes miraba con respeto a Juan, pues sabía que era un hombre recto y santo, y lo tenía custodiado. Cuando lo oía hablar, quedaba desconcertado, pero le gustaba escucharlo.

La ocasión llegó cuando Herodes dio un banquete a su corte, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea, con motivo de su cumpleaños. La hija de Herodías bailó durante la fiesta y su baile les gustó mucho a Herodes y a sus invitados. El rey le dijo entonces a la joven: “Pídeme lo que quieras y yo te lo daré”. Y le juró varias veces: “Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”.

Ella fue a preguntarle a su madre: “¿Qué le pido?” Su madre le contestó: “La cabeza de Juan el Bautista”. Volvió ella inmediatamente junto al rey y le dijo: “Quiero que me des ahora mismo, en una charola, la cabeza de Juan el Bautista”.

El rey se puso muy triste, pero debido a su juramento y a los convidados, no quiso desairar a la joven, y enseguida mandó a un verdugo que trajera la cabeza de Juan. El verdugo fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una charola, se la entregó a la joven y ella se la entregó a su madre.

Al enterarse de esto, los discípulos de Juan fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron.

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La celebración de la fiesta del martirio de San Juan Bautista, que en la Iglesia Latina tiene orígenes antiguas (en Francia en el siglo V, y en Roma en el siglo VI), está vinculada a la dedicación de la Iglesia construida en Sebaste en la Samaria, en el supuesto túmulo del Precursor de Cristo.

La fiesta aparece ya en la fecha del 29 de agosto en los sacramentarios romanos, y conforme el Martirólogo Romano esa fecha correspondería a la segunda vez que encontrarán la cabeza de San Juan bautista, transportada a Roma.

Tenemos sobre San Juan Bautista las narraciones de los Evangelios, en particular de Lucas, que en ellos habla de su nacimiento, de la vida en el desierto, de su predicación, y de Marcos que nos refiere a su muerte.

Por el Evangelio y por la tradición podemos reconstruir la vida del precursor, cuya palabra de fuego parece en la verdad con el espíritu de Elías. Negó categóricamente ser el Mesías esperado, afirmando la superioridad de Jesús, que apuntó a sus seguidores por ocasión del bautismo en las orillas del Rio Jordán.

Su figura perece irse deshaciendo, a la medida que va surgiendo “el más fuerte”, Jesús. Todavia, “el mayor de entre los profetas” no cesó de hacer oir su voz donde fuese necesaria para consertar los sinuosos caminos del mal. Reprobó públicamente el comportamiento pecaminoso de Herodes Antipas y de la cuñada Herodíades, mas la previsible susceptibilidad de él le costó la dura prisión en Maqueronte, en la orilla oriental del Mar Muerto.

Por ocasión de la fiesta celebrada en Maqueronte, la hija de Herodíades, Salomé, habiendo dado verdadero show de agilidad en la danza, entusiasmó a Herodes. Como premio pidió, por instigación de la madre, la cabeza de San Juan Bautista. Ultimo profeta y primer apóstol, dio la vida por su misión y por eso es venerado en la Iglesia como mártir.

Fuente: Aciprensa.com

“Recibir bendiciones en personas”

“Recibir bendiciones en personas”

Mateo: 10, 37-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará. Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo. Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.

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Cada vez más se está perdiendo la capacidad de santificarnos a través de la hospitalidad que se sacrifica en pro de la seguridad, ya no es tan fácil recibir a extraños, y en cierta medida es razonable, porque las personas así como las comunidades y la sociedad en general ha perdido los valores fundamentales que daban confianza al otro.

Una antigua tradición remarca cómo Dios permite que sus bendiciones lleguen a ti a través de aquellas personas que se han consagrado a Él y que tratan de vivir los valores del Reino de los cielos en medio de un mundo infestado de pobreza espiritual y saturado de pecado como lo ordinario del día a día.

Recibrirlos, ayudarlos, acompañarlos y convivir con ellos, es un gran valor, ya que el mundo en medio de sus temores al compromiso o, al miedo reverencial a la persona por no saber tratar a los consagrados a Dios, no porque sean entes distintos del resto, sino que su función radica en dar un testimonio efectivo de que se puede vivir en y con la gracia de Dios en cualquier circunstancia.

De tal manera que hacerlos parte de nuestra vida, es aceptar que su misión de alguna manera la apoyamos, y claro, Dios no deja de bendecirnos. Si de suyo Dios bendice cuanta obra buena hagamos con nuestros prójimos, con cuánta mayor razón no dejará sin recompensa a quien tan sólo les de un vaso de agua con buena voluntad por ser enviados del Señor.

Es por ello que vale la pena abrir el corazón y nuestras puertas a la gracia de Dios, ya sea en los sacramentos de la Iglesia o en sus personas.

“Tenemos a quien escuchar…”

“Tenemos a quien escuchar…”

Lucas: 16, 19-31

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él.

Entonces gritó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas’. Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá’.

El rico insistió: ‘Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos’. Abraham le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen’. Pero el rico replicó: ‘No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán’. Abraham repuso: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto’ “.

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Ya se nos ha convertido en un hábito vivir sin pendiente ante los deberes y la responsabilidad de la caridad, aunque tengamos a poca distancia nuestros centros de actividad pastoral y de formación religiosa, optamos por rellenar nuestros tiempos con actividades que a veces como su nombre lo dice quedan en un ocio sin beneficio común.

No significa que debamos vivir metidos en el templo orando todo el santo día, ya habrá un tiempo para cada cosa, pero en realidad incurrimos en una irresponsabilidad culpable cuando ese tiempo para nuestra alma y sus dones no es dedicado.

Como el mismo ejemplo que propone Jesús, que quien teniendo todas las oportunidades y capacidades para hacer el bien, no lo hace, ni se forma a sí mismo, deseando haber en su momento recuperar todo lo perdido, pero como la misma palabra lo expresa, ya está “perdido”.

Deseamos que un Dios paranormal y totalmente sobrenatural haga su presencia de manera apocalíptica para cambiar corazones, cuando día a día se predica su palabra, se hace presente en las eucaristías de todo el planeta, hoy que tenemos quien nos lo haga presente en el sacerdocio ministerial. Pero si no lo aprovechamos, no es porque dependa de Dios, sino de ti mismo, porque hoy tenemos a quien escuchar, todo hecho y dicho en el nombre del Señor Jesús. Mañana sabrá Dios. (y sí lo sabe).

“Cuando hablan los justos”

“Cuando hablan los justos”

Lucas 2, 22-35

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: —«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis oídos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María su madre: —«Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»

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Hoy en día todo mundo siente que tiene el derecho de expresarse y hacerlo de manera pública, derecho que no se le niega a nadie, sin embargo nos encontramos con la realidad  de que al opinar y asentar por escrito su opinión, revelan en realidad quiénes son.

Hay quienes vituperan todo cuanto existe, ya que su ser está alimentado y empapado de odio y resentimientos con la creación entera. Hay quien no expresa nada ya que tendrán sus razones y sus miedos. Hay quien habla mucho y no dice nada. Hay quien habla tanto de Dios que no se da cuenta que cansa desaprovechando la oportunidad de evangelizar con prudencia y eficacia.

Hoy se nos presenta a Simeón, aquel santo hombre que sabe esperar, y que precisamente los dones del Espíritu Santo le han sido otorgados porque ha querido recibirlos. Persona que también habla expresando su agrado y alegría por reconocer a aquél que nos traerá la restauración de nuestro ser íntegro, en cuerpo y alma.

Habla precisamente para bendecir así como para advertir a María lo que le espera, no para asustarla, ya que ella es consciente de su compromiso, sino para apoyarla en su fortalecimiento al lado de Jesús.

Pero qué diferencia se denota cuando alguien tiene paz y alegría en su corazón a cuando alguien nunca se procura el bien, su boca hablará de su situación y su ser, porque cuando hablan los justos, los buenos, los que saben amar, no puede salir con mala intención algo de su boca y corazón. En tu forma de hablar, se nota tu calidad.