“Sentidos y mente en plenitud”

“Sentidos y mente en plenitud”

Mateo: 13, 10-17

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús sus discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?” Él les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos; pero a ellos no. Al que tiene se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.

En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Ustedes oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.

Pero, dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”.

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Dios en su infinita misericordia nos ha participado de múltiples gracias y dones, con los que nos enriquece y da tanto una fisonomía como una personalidad, además de que en común nos ha dado un conjunto de similaridades como el pensar, caminar, ver, etc… 

Sin embargo el auto descubrir esas capacidades, muchas veces, aunque son evidentes, solemos quedar atorados en algunas cuantas, sin desarrollar el resto, ni propiciar su desarrollo.

Descubrimos que podemos utilizar eficazmente nuestra inteligencia, nuestras capacidades físicas, deportivas, así como habilidades, y pocos son los que las hacen rendir a su máxima capacidad, como un deportista, un científico, un artista que siempre buscan crecer en su ramo.

La cuestión radica en que no solamente debemos de ejercitar las cualidades físicas o mentales, el límite no es lo material o racional, podemos crecer además, en todos los dones espirituales, como el de la sabiduría, la paz, el amor, entre otros que además complementan y plenifican la propia vida. 

Es por ello, que nuestro ser fue creado con una capacidad impresionante de crecimiento, tanto físico como mental y espiritual, pero qué cortos nos quedamos cuando no queremos entender ni participar de esas gracias tan peculiares que sacian, que hacen sentirlos completos. Es entonces que cuando quedamos varados en lo material como lo es el dinero, como no sacia, ni migramos a un bien superior, más queremos, al igual en lo físico y a la buena apariencia, nunca es suficiente hasta obsesionarnos y perdernos en ello.

Falta escuchar y ejercer lo que nos hace crecer, y esa es la palabra de Dios, porque sin ella siempre quedaremos vacíos e incompletos.

“La Ascensión del Señor”

“La Ascensión del Señor”

Mateo: 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.

Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

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Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo

“Hoy nuestro Señor Jesucristo ha subido al cielo; suba también con él nuestro corazón. Oigamos lo que nos dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Poned vuestro corazón en las cosas del cielo, no en las de la tierra. Pues, del mismo modo que él subió sin alejarse por ello de nosotros, así también nosotros estamos ya con él allí, aunque todavía no se haya realizado en nuestro cuerpo lo que se nos promete.

Él ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros. Así lo atestiguó con aquella voz bajada del cielo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y también: Tuve hambre y me disteis de comer. ¿Por qué no trabajamos nosotros también aquí en la tierra, de manera que, por la fe, la esperanza y la caridad que nos unen a él, descansemos ya con él en los cielos? Él está allí, pero continúa estando con nosotros; asimismo, nosotros, estando aquí, estamos también con él. Él está con nosotros por su divinidad, por su poder, por su amor; nosotros, aunque no podemos realizar esto como él por la divinidad, lo podemos sin embargo por el amor hacia él.

Él, cuando bajó a nosotros, no dejó el cielo; tampoco nos ha dejado a nosotros, al volver al cielo. Él mismo asegura que no dejó el cielo mientras estaba con nosotros, pues que afirma: Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. Esto lo dice en razón de la unidad que existe entre él, nuestra cabeza, y nosotros, su cuerpo. Y nadie, excepto él, podría decirlo, ya que nosotros estamos identificados con él, en virtud de que él, por nuestra causa, se hizo Hijo del hombre, y nosotros, por él, hemos sido hechos hijos de Dios.

En este sentido dice el Apóstol: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. No dice: “Así es Cristo”, sino: Así es también Cristo. Por tanto, Cristo es un solo cuerpo formado por muchos miembros. Bajó, pues, del cielo, por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también en él por la gracia. Así, pues, Cristo descendió él solo, pero ya no ascendió él solo; no es que queramos confundir la divinidad de la cabeza con la del cuerpo, pero sí afirmamos que la unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su cabeza.”

De los Sermones de San Agustín, obispo
(Sermón Mai 98, Sobre la Ascensión del Señor, 1-2; PLS 2, 494-495)

“Un profeta idealizado”

“Un profeta idealizado”

Juan 7,40-53

En aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían:

«Este es de verdad el profeta».

Otros decían:

«Este es el Mesías».

Pero otros decían:

«¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?».

Y así surgió entre la gente una discordia por su causa.

Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima.

Los guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos, y estos les dijeron:

«¿Por qué no lo habéis traído?».

Los guardias respondieron:

«Jamás ha hablado nadie como ese hombre».

Los fariseos les replicaron:

«También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos».

Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo:

«¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?».

Ellos le replicaron:

«¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas».

Y se volvieron cada uno a su casa.

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Es totalmente comprensible que nuestra imaginación se desborde cuando nos interesa algo, lo idealizamos a una postura que sacie nuestra expectativa, nada diferente cuando a aspectos de fe refiere.

Las promesas de Dios siempre se cumplen, con la diferencia que nosotros las ensanchamos tanto que ya no caben en la realidad, las esperanzas se desbordan olvidando que Dios no de ordinario las realiza en medio de nuestra naturaleza y la ordinariedad.

Lo malo acontece cuando ya todo lo esperamos de manera milagrosa y espectacular, saciamos y alimentamos sueños que esperamos se realicen, pero cuando bordean lo fantasioso y a veces hasta lo absurdo, se convierte automáticamente en irrealizable, no porque Dios no lo pueda realizar, sino porque no obra nada en contra de la verdad en sí misma de las cosas, incluso respeta los procesos naturales de la vida.

Es por eso que ante una necesidad alimentada con dudas, dolor, soledad, entre otras situaciones, crece a tal grado dejar de pisar suelo firme, y por ende no ver la solución, ya que está rebasado su origen simple para sanarlo.

La espera del Mesías, no es la excepción, ya magnificada, nadie da el ancho, y como Dios obra de raíz por medios naturales donde se integra a la gracia del milagro, resulta demasiado obvio para aceptarlo.

Y hasta la fecha, ningún profeta da el ancho para los Judíos, por lo que ante este ejemplo, no dejemos que se exageren las esperanzas ya que un profeta idealizado, es inalcanzable, esperar un milagro bajo este esquema, resulta imposible. Lo sencillo es lo más eficaz en el obrar de Dios. 

“Tradición superada”

“Tradición superada”

Lucas 1, 57-66 

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le habla hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: —«¡No! Se va a llamar Juan.» Le replicaron: -«Ninguno de tus parientes se llama así.» Entonces preguntaban por señas al padre como quería que se llamase. El pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre.» Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente se le salto la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: —«¿Que va a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con el. 

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No cabe duda que Dios se manifiesta en cada momento y de muchas maneras, no es la excepción aún en las mimas tradiciones que pasan de una generación a otra, donde aunque sea muy arraigada, sin embargo Dios las va mejorando como lo es el caso al imponerle el nombre a Juan Bautista.

Hasta el día de hoy solemos en la propia familia, cuando llega un nuevo integrante, asignarle el nombre de alguno de los ascendientes directos a manera de reconocimiento; en tiempos antiguos era una tradición impuesta la cual es superada cuando queriendo Isabel y Zacarías llamar a su hijo como su padre, Isabel que no tenía ningún derecho al respecto, pide que se llame Juan.

No deja de ser una situación especial ya que ahí mismo denota una intervención divina desde su promesa y gestación. Zacarías reconociendo el hecho divino, afirma que Juan será su nombre, e inmediatamente se le soltó la lengua para proceder a bendecir a Dios por todos sus beneficios.

Dios prepara y cambia corazones en un proceso donde no se obliga, sino se descubre su necesidad. De igual manera Dios hace que las tradiciones se superen y mejoren, para alabanza del Señor y santificación nuestra.

“Identificando el Plan de Dios y sus colaboradores”

“Identificando el Plan de Dios y sus colaboradores”

Mateo 1, 1-17 

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán. Abrahán engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Farés y a Zara, Farés a Esrón, Esrón a Aram, Aram a Aminadab, Aminadab a Naasón, Naasón a Salmón, Salmón engendró, de Rahab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed a Jesé, Jesé engendró a David, el rey. David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón a Roboam, Roboam a Abías, Abías a Asaf, Asaf a Josafat, Josafat a Joram, Joram a Ozías, Ozías a Joatán, Joatán a Acaz, Acaz a Ezequías, Ezequías engendró a Manases, Manasés a Amós, Amós a Josías;Josías engendro a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia. Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendro a Salatiel, Salatiel a Zorobabel, Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliaquín, Eliaquín a Azor, Azor a Sadoc, Sadoc a Aquim, Aquim a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matan, Matán a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. Así, las generaciones desde Abrahán a David fueron en total catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta el Mesías, catorce. 

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La genealogía aquí representada en toda esta cadena de nombres en sucesión hasta llegar a Jesús en múltiplos de catorce, reflejan toda una tradición bíblica que da a conocer muy claramente que el plan de Dios se realiza no tan sólo por acción mágica divina caída del cielo, sino de personas concretas y comunes como nosotros que colaboran aún con la propia descendencia y una misión particular, a veces grande, a veces simple.

Los múltiplos de catorce hablan en la simbología numéricamente bíblica, donde se ve reflejado el número siete, el cual representa la plenitud, lo completo, la perfección, la eternidad, como afirmando que Dios tiene un plan perfecto y lo ha hecho realidad. 

Es por ello que presenta un plan concreto y real, encarnado, donde aquellos que se apegan a los linajes, quede satisfecho.

A lo mejor a nosotros no nos dicen nada esos nombres, pero cada uno de ellos es importante, ya que son parte de la cadena, siendo un eslabón de la línea de la promesa de la Salvación. 

Por ello no hay que sentirnos fuera del esquema salvífico, ya que nosotros de igual manera somos un eslabón, que a lo mejor no damos importancia en nuestra participación, pero que por ello no dejas de ser importante.

“Distorsiones”

“Distorsiones”

Mateo 17,10-13 

Cuando bajaban de la montaña, los discípulos preguntaron a Jesús: —«¿Por que dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?» Él les contestó: -«Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido, y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos.» Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan, el Bautista. 

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Es un proceso largo por el que muchos de nosotros pasamos hasta entender a profundidad la verdad, aunque la tengamos de manera evidente, influyen muchos factores, como lo es la educación familiar, las propias percepciones influenciadas por nuestras experiencias traumáticas, el inclinarla a nuestra voluntad, entre otras tantas.

Perdemos oportunidades tanto de trabajo, de amistad, de afectos, de amor, de ganar o hasta económicas por no darnos cuenta de la realidad que les precede. Lo más común acontece en la propia familia, donde nunca entendemos la dedicación y el sacrificio lleno de amor muy a su manera de nuestros padres hasta cuando ya es demasiado tarde.

No dejan de ser distorsiones que nos roban el tiempo de aprovechar lo que nos quieren brindar. Al igual pasa con la espera del Mesías, unos lo quieren de una manera, otros de otra, total que no atina a los variados gustos de las personas y los grupos sociales.

Es entonces cuando perdemos lo que está a nuestro lado y lo buscamos cuando ya no está. 

No te permitas vivir con la realidad distorsionada, porque aquí ya es tu decisión permanecer ahí o conocer y aprovechar la verdad y la realidad presente.

“Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo”

“Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo”

Lucas: 24, 46-53

En aquel tiempo, Jesús se apareció a sus discípulos y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados.

Ustedes son testigos de esto. Ahora yo les voy a enviar al que mi Padre les prometió. Permanezcan, pues, en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto”.

Después salió con ellos fuera de la ciudad, hacia un lugar cercano a Betania; levantando las manos, los bendijo, y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos y elevándose al cielo. Ellos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo, y permanecían constantemente en el templo, alabando a Dios.

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A los cuarenta días después de la Resurrección habiendo instruido a sus Apóstoles sobre la nobilísima misión de establecer el Reino de Dios en el mundo, Jesús iba a subir al cielo, donde le esperaban las glorias celestiales. Bendijo a su querida Madre, a los Apóstoles y discípulos y se despidió de ellos. Una nube lo ocultó de sus miradas.

Le acompañaban innumerables espíritus, los primeros frutos de la redención, que Él había sacado del Limbo. Las jerarquías angélicas salían al encuentro del Salvador del mundo.

Al situarse junto al Padre, toda la corte celestial entonó un himno glorioso de alabanza, como el que oyó Juan en sus visiones: “Digno es el Cordero, que ha sido degollado, de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría y la fuerza, la honra, la gloria y la alabanza” (Ap 5, 12).

Jesús entró en los cielos para tomar posesión de su gloria. Mientras estaba en la tierra, gustaba siempre de la visión de Dios; pero únicamente en la Transfiguración se manifestó la gloria de su Humanidad Sacratísima, que, por la Ascensión, se colocó al lado del Padre celestial y quedó ensalzada sobre toda criatura humana.

La noche antes de morir oraba Jesús al Padre diciendo: “Te he glorificado en la tierra, cumpliendo la obra que me habías encargado. Ahora tu, Padre, dame junto a ti la misma Gloria que tenía a tu lado desde antes que comenzara el mundo”(Juan 17, 4’’).

Por estar unida al Verbo Divino, que es la segunda persona de la Santísima Trinidad, la Humanidad de Jesús disfruta del derecho a la gloria eterna. Comparte con el Padre la infinita felicidad y poder de Dios. Justa recompensa por todo lo que hizo y mereció en la tierra. Humanidad elevada al Cielo por encima de toda criatura, porque en la tierra por debajo de todo se humilló.

Cuando acabe la lucha en esta vida, Jesús nos dará la gracia de compartir eternamente el gozo de su victoria.

Jesús subió a los cielos para ser nuestro Mediador ante el Padre. Allí está intercediendo por nosotros. Subió para rendir cuentas al Padre celestial de la gran obra que había acabado en la tierra. La Iglesia nació, la gracia brota en abundancia de su Cruz en el Calvario y se distribuye por los Sacramentos, la duda de justicia es pagada, la muerte y el infierno son vencidos, el Cielo es abierto y el hombre es puesto en el camino de salvación. Jesús merecía este glorioso recibimiento, al regresar a su hogar.
La Ascensión, además, es garantía de nuestra propia subida al Cielo, después del Juicio de Dios. Fue a prepararnos sitio en su Reino y prometió volver para llevarnos con Él.

Vayamos en espíritu con Jesús al Cielo y moremos allí. Sea esta nuestra aspiración ahora en fe, esperanza en caridad. Busquemos solamente los gozos verdaderos.

fuente: EWTN.com

“Salir de una y entrar en otra”

“Salir de una y entrar en otra”

Marcos: 5, 1-20

En aquel tiempo, después de atravesar el lago de Genesaret, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Apenas desembarcó Jesús, vino corriendo desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu inmundo, que vivía en los sepulcros. Ya ni con cadenas podían sujetarlo; a veces habían intentado sujetarlo con argollas y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba las argollas; nadie tenía fuerzas para dominarlo. Se pasaba días y noches en los sepulcros o en el monte, gritando y golpeándose con piedras.


Cuando aquel hombre vio de lejos a Jesús, se echó a correr, vino a postrarse ante él y gritó a voz en cuello: “¿Qué quieres tú conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Te ruego por Dios que no me atormentes”.


Dijo esto porque Jesús le había mandado al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre. Entonces le preguntó Jesús: “¿Cómo te llamas?” Le respondió: “Me llamo Legión, porque somos muchos”. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.


Había allí una gran piara de cerdos, que andaban comiendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaban a Jesús: “Déjanos salir de aquí para meternos en esos cerdos”. Y él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y todos los cerdos, unos dos mil, se precipitaron por el acantilado hacia el lago y se ahogaron.


Los que cuidaban los cerdos salieron huyendo y contaron lo sucedido, en el pueblo y en el campo. La gente fue a ver lo que había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al antes endemoniado, ahora en su sano juicio, sentado y vestido. Entonces tuvieron miedo. Y los que habían visto todo, les contaron lo que le había ocurrido al endemoniado y lo de los cerdos. Ellos comenzaron a rogarle a Jesús que se marchara de su comarca.


Mientras Jesús se embarcaba, el endemoniado le suplicaba que lo admitiera en su compañía, pero él no se lo permitió y le dijo: “Vete a tu casa a vivir con tu familia y cuéntales lo misericordioso que ha sido el Señor contigo”. Y aquel hombre se alejó de ahí y se puso a proclamar por la región de Decápolis lo que Jesús había hecho por él. Y todos los que lo oían se admiraban.

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Es una realidad el saber que tenemos una y mil limitaciones con las que convivimos ordinariamente hasta el grado de considerarlas normales y justificarnos en ellas poniendo varias excusas para defenderla y seguir igual.

Ya es una ventaja cuando alguien nos las hace notar y, aunque con enojo reaccionamos ya es un primer encuentro con nuestra oculta realidad de la que no somos conscientes. Si lo llegamos a aceptar, en realidad inicia un proceso de sanción que lleva la mayor y más dura parte tratada: la aceptación.

Pero el chamuco que nos embauca se prende de esas vulnerabilidades de nuestra personalidad para manipularnos y no dejarnos, ni tener paz. Es muy audaz el condenado ya que usa estrategias para permanecer y seguir sembrando su odio y veneno, un ejemplo de ello lo tenemos en este evangelio cuando le duele que le atormenten con el bien y la gracia de Dios que Jesús con su presencia transmite, dolido sabiendo que su dolor proviene de saberse hacedor del mal que se expone claramente ante el Señor, solicita salir y meterse en una piara de cerdos lo cual Jesús permite.

Al igual nosotros podemos solicitarle a Dios dejar un vicio o una actitud negativa, pero alrededor siempre hay piaras con las que podemos cambiar de un vicio o una codependencia a otra, quedando en el mismo esquema de faltas y dolor.

Hay que permitirnos sanar totalmente y no dejar que una nueva influencia nos haga depender de sus atractivos males, porque por ahí empieza la verdadera salud.

“Cuando venga el Espíritu…”

“Cuando venga el Espíritu…”

Juan 16, 12-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. El me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará».

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El plan de Dios no se nos da de manera única y en una sola ocasión, sino que se va desarrollando en todo momento mientras tengamos esta vida, se va manifestando paso a paso de manera asimilable, pero no es para que se interprete libremente, sino que es muy preciso y concreto.

Es por ello muy importante poner atención a los designios particulares de Dios en tu vida, pero sobre todo para no caminar despistados en nuestro propio mundo, Dios nos ilumina enviando generosamente su Santo Espíritu que es quien pondrá en orden cada paso que demos sin errar.

No significa que tengamos una dependencia manipulada de parte de Dios, sino que es en realidad una ayuda que complementa lo ya regalado en nuestra propia vida, pero de una manera certera, a tal grado de ubicarnos ante el mundo y ubicarnos ante Dios.

De esa manera con todo nuestro ser y obrar glorificaremos a Dios en todo lo que hagamos, porque el medio y el soporte para ello será el Espíritu Santo. Cosa necesaria será esperarlo, será disponernos a recibirlo, será abrir nuestra mente y corazón porque entonces todo se plenificará cuando venga el Espíritu Santo o en su defecto, cuando lo hagas parte libre y consciente en tu vida.

“Sucedió para que se cumpliera…”

“Sucedió para que se cumpliera…” 

Mateo 1, 18-24

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: “Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros»”.

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

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Al estar ya próximos al nacimiento del redentor, hacemos una pausa para recordar esos momentos gozosos en los que la dicha embargó no solamente a María, sino inclusive a Gabriel el ángel, que fue el depositario de la confianza del Padre para dar el anuncio a María Santísima, la cual en un momento extraordinario, cuestiona certeramente cual será su misión y su papel.

Sin embargo María, conocedora del proyecto de Dios sobre el pueblo de Israel y del mundo entero, participa libre y voluntariamente, no solamente cumpliendo un requisito esquemático milenario, sino que todo se da en la misma gracia de Dios tal como lo esperaba, respondiendo a su participación personal generosamente.

De esta misión y ese cumplimiento es testigo José, quien a su vez colabora en el plan de Dios, situación nada cómoda ya que se presenta todo en medio del proyecto de su boda con María, no significa que Dios destruyera los planes de José, sino que lo invitó a un proyecto mayor, el cual de manera lenta va asimilando, a tal grado que de igual manera corresponde al proyecto de Dios, sucediendo todo para que a su vez se cumpliera lo que los profetas habían anunciado.

Este tiempo de preparación del adviento, es justo que levantemos la mirada, veamos a lo lejos, interpretemos los signos de Dios que dispone en tu camino, y entremos en su proyecto que es mejor que el nuestro, pero hay que descubrirlo y discernirlo, como María, como José, en oración para ver claro el plan de Dios sobre nosotros.