“Se ha cumplido el plazo…”

“Se ha cumplido el plazo…”

Marcos 1, 12-15

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto.

Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían.

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: –«Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio».

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Pareciese que al afirmar que el plazo se ha cumplido, tenemos una sensación de falta de oportunidades, en realidad no es así ni nunca ha sido, se refiere muy concretamente en un plano muy positivo de que el plazo del mal ha caducado y la nueva oportunidad se ha brindado en Cristo Jesús.

Este primer domingo de cuaresma remarca esa oportunidad, iniciamos este año, la nueva y excelente etapa abierta de gracias durante este tiempo especial, por ello la invitación es muy clara, la novedad esta a la puerta por lo que no hay que temer a lo nuevo cuando más que impuestos estamos a sobrellevar el mal pleno en nuestras vidas.

Pero ¿cómo podemos iniciar una nueva etapa?, si no somos capaces de dejar nuestras antiguas rutinas de pecado. Para ello es necesario como el mismo evangelio lo remarca, una conversión que implica precisamente tener una confianza total, creer en aquello que pensamos es imposible.

La confianza en Dios creo que no sería problema, creo que el mayor miedo es a nosotros mismos, a nuestros egos, a nuestras tediosas rutinas, a perder lo poco que tenemos aunque nos esté dañando, dígase situaciones, personas o cosas, sin ser capaces de mirar hacia adelante con las mejores opciones en la vida. 

El plazo de eso negativo en tu propia vida ya caducó, ya no vale la pena, no pretendas vivir atado a lo anacrónico y descontinuado como lo es el pecado, que se presenta como novedad y como necesidad, lucrando con tus dependencias, cuando lo nuevo esta presente, y se te invita a crecer a la altura a la que estás destinado. 

La oportunidad inicia y continúa ésta cuaresma. Animo, se ha cumplido el plazo, ahora ya puedes ser más y realmente feliz.

La Presentación del Señor

La Presentación del Señor

Lucas 2, 22-32

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: -«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.

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Siguiendo la tradición antigua, aquella basada en las leyes mosaicas del Antiguo Testamento Bíblico, Justo al terminar la respetada cuarentena del nacimiento de Jesús, se tiene el deber entre los judíos aún hoy, de que el día cuarenta con respecto al nacimiento de un nuevo ser, se debe realizar un doble rito que implica la purificación de la madre, por aquello de que queda impura por el derramamiento de sangre en el parto, y la presentación del bebé al templo, donde si es varón se le realiza la circuncisión.

Éste rito fue el que María Santísima junto con San José, como buenos judíos, conscientes de sus deberes realizan a su tiempo, al presentar a su hijo Jesús al templo. así lo pedía la ley: Levítico 12:6 “Cuando se cumplan los días de su purificación por un hijo o por una hija, traerá al sacerdote, a la entrada de la tienda de reunión, un cordero de un año como holocausto, y un pichón o una tórtola como ofrenda por el pecado.”

Levítico 12:8 “Pero si no le alcanzan los recursos para ofrecer un cordero, entonces tomará dos tórtolas o dos pichones, uno para el holocausto y el otro para la ofrenda por el pecado; y el sacerdote hará expiación por ella, y quedará limpia.”

Sin embargo aun para nosotros los cristianos, encontramos en este acontecimiento un hecho extraordinario, ya que ahí mismo se manifestó ante los presentes de su tiempo la misma luz de Cristo, aquella que ilumina a cuantos se le acercan y dejan ser tocados por su luz. 

Ahí mismo se manifiesta su misión, la cual es alumbrar precisamente a todas las naciones además de ser una gloria para el mismo pueblo de Israel. Por ello es importante saber reconocer esa luz la cual nos es participada para a su vez transmitirla con aquellos que nos crucemos en el camino, iniciando por la casa y terminando donde lleguemos.

Por ello, Cristo, Luz del mundo. Ilumínanos.

“…Se llenaba de sabiduría”

Lucas 2, 36-40 

En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. 

Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba. 

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Una de las propiedades muy actuales del mantenernos constantemente cercanos a Dios, es que sus gracias y dones, nos son compartidos en la medida que vamos disponiéndonos a recibirlos, los hechos lo van diciendo todo, la oración va teniendo sus frutos y la vida de lo sagrado sus consecuencias. 

El testimonio en esta fracción del evangelio es muy claro, ya se nos remarca que Ana, hija de Fanuel, que por cierto era ya anciana, no se apartaba del lugar sagrado en ningún momento, podría parecer fanatismo, pero en realidad se trata del haber encontrado ese tesoro que sacia de amor al estar en la presencia del Señor, fruto de la perseverancia en la oración, regalo de Dios, además de los frutos que parcialmente le irá dando hasta llegar a la vida eterna. 

Uno de esos regalos fue el de haber sido partícipe de ver al mismo Mesías, donde Dios hace patente sus promesas, verlas en pleno seguimiento y cumplimiento, conscientes de ello, es ya una bendición de Dios que no a cualquiera se le da, simplemente por el hecho de que no les interesa seriamente el asunto. 

La vida de la Gracia cuando se cuida da múltiples y grandes frutos, es por ello que es muy interesante el hecho de saber conservarnos en ella, en el caso de la familia de Jesús, no encontramos diferencia alguna de la misma, el hecho de hacer vida la Palabra a través de sus propios actos, redunda en la santidad de su propio hijo, el cual de la mano de ellos como remarca el mismo evangelio, se ve proyectada en la propia vida de Jesús que va creciendo, robusteciéndose y llenándose de sabiduría. 

Hoy en nuestros días, la eficacia de la gracia de Dios sigue siendo la misma, no esperemos un personaje o un suceso importante para recibirla, cuando hoy la podemos hacer nuestra a través de la vida cercana con Dios, a través de la oración; de nosotros depende y de igual manera sus frutos. Por ello, de una gracia brota la que le sigue, pero si no la atendemos, trunca quedará. No desaprovechemos la oportunidad en vida de crecer constantemente en la gracia de Dios, que nunca es suficiente, siempre basta y en Dios será plena.

“Sucedió para que se cumpliera…”

Mateo 1, 18-24 

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. 

José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados». 

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: “Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros»”. 

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer. 

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Al estar ya próximos al nacimiento del redentor, hacemos una pausa para recordar esos momentos gozosos en los que la dicha embargó no solamente a María, sino inclusive a Gabriel el ángel, que fue el depositario de la confianza del Padre para dar el anuncio a María Santísima, la cual en un momento extraordinario, cuestiona certeramente cual será su misión y su papel. 

Sin embargo María, conocedora del proyecto de Dios sobre el pueblo de Israel y del mundo entero, participa libre y voluntariamente, no solamente cumpliendo un requisito esquemático milenario, sino que todo se da en la misma gracia de Dios tal como lo esperaba, respondiendo a su participación personal generosamente. 

De esta misión y ese cumplimiento es testigo José, quien a su vez colabora en el plan de Dios, situación nada cómoda ya que se presenta todo en medio del proyecto de su boda con María, no significa que Dios destruyera los planes de José, sino que lo invitó a un proyecto mayor, el cual de manera lenta va asimilando, a tal grado que de igual manera corresponde al proyecto de Dios, sucediendo todo para que a su vez se cumpliera lo que los profetas habían anunciado. 

Este tiempo de preparación del adviento, es justo que levantemos la mirada, veamos a lo lejos, interpretemos los signos de Dios que dispone en tu camino, y entremos en su proyecto que es mejor que el nuestro, pero hay que descubrirlo y discernirlo, como María, como José, en oración para ver claro el plan de Dios sobre nosotros.

“Hay uno que no conocéis…”

Juan 1, 6-8.19-28 

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?» Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías». 

Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?» El dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el Profeta?» Respondió: «No». Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?» 

Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías». Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?» Juan les respondió: 

«Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia». Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando. 

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En este ya tercer domingo del tiempo de Adviento, se nos presenta la figura nuevamente de Juan el Bautista, sobre todo como el modelo inmediato quien prepara el camino del Señor, el que le precede a Jesús, para que cuando llegue a cumplir su misión, estén enterados, dispuestos y prontos a recibirlo. 

De Igual manera, se nos invita a escuchar a Juan, que nos dice que el Señor ya está presente, que manifestará toda su gracia, que nos devolverá la vida en santidad perdida. ¿Pero qué pasa?, al parecer quedamos impuestos a vivir en medio de la inmundicia del pecado como marca propia de ésta etapa de la humanidad, que no desea ser rescatada de sus propias fauces. 

El papel de Juan es vital, nada fácil cuando una eternidad en término de tiempo humano se ha vivido bajo la misma situación en pecado, como si fuera ya nuestro ser y lo más ordinario del mundo; pero aquí es donde es importante el anuncio, es justo despertar y saber que de fondo todo va a cambiar, como lo había prometido nuestro Padre celestial, que ya es el tiempo y es necesario mirar hacia allá, hacia la gracia, hacia la restauración, hacia su enviado. 

Por ello Juan Bautista remarca, “en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia”, tan inmersos estamos en nuestro pecado como impronta ya natural de la humanidad, que no lo vemos, no lo conocemos, y Juan mismo quien ha despertado a esta nueva etapa del ser humano, reconoce en la grandeza del enviado y su obra, tan no ser capaz ni siquiera de desatar su correa. 

Eso es lo que necesitamos, esa conciencia que nos despierte y reconozcamos al Mesías y su obra, de otra manera, quedaremos seguidamente hundidos en nuestro propio cieno de pecado, cuando ya ha sido anunciado quien te sacará de tu situación y la de toda la humanidad, por lo que necesitamos despertar todos de ese letargo. Esperamos en Dios que Jesús no siga siendo ya el eterno desconocido, pero si no lo anuncias como Juan, lo seguirá siendo.

“Sus palabras no pasarán…”

Lucas 21, 29-33

En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos esta comparación: “Fíjense en la higuera y en los demás árboles. Cuando ven que empiezan a dar fruto, saben que ya está cerca el verano. 

Así también, cuando vean que suceden las cosas que les he dicho, sepan que el Reino de Dios está cerca. Yo les aseguro que antes de que esta generación muera, todo esto se cumplirá. Podrán dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán de cumplirse”. 

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Hay muchas palabras, poesías, literaturas que nos gustan, porque nos identificamos con ellas, las leemos y releemos porque nos llenan y dan alegrías, digo, si es que leemos. 

Pero aún así nos identificamos con cierta manera de pensar, hasta tus amistades, si te pones a pensar, son aquellas, que son como tu, que piensan como tu, que te dan por tu lado, que afirman lo que tu afirmas, y por consiguiente tus enemigos son los que no te dan por tu lado y te contrarían. 

Lo mismo nos pasa con la Palabra de Dios, lo que nos place y nos complementa a nuestro gusto es bien recibida, su palabra es muy buena, según nosotros, pero cuando te dice que lo que haces no está en el plan de Dios, no te agrada, porque te recuerda esa parte que no has querido tratar porque te duele, aunque hable con palabras sanas y sabias, más reaccionamos tan violentamente demostrando que esa es una parte de tu inmadurez que necesita asimilarse en el continuo crecimiento humano y espiritual, porque si estuvieras totalmente sano y con plena madurez, no te dolería nada, venga lo que venga, digan lo que digan. 

Cuantas veces quisiéramos cambiar la voluntad de Dios, que sus palabras cambiaran, porque no me agradan, queremos hacer un dios a nuestra medida, queremos que Dios haga nuestra voluntad, pero se nos olvida que nosotros somos los que debemos hacer su Santa Voluntad, sabía, inteligente, apropiada, directa, recta y crecer ampliamente en todos los sentidos de la vida. Hoy nos recuerda, todo podrá cambiar, el mundo, las circunstancias, las personas, hasta las leyes sociales, pero su Palabra nunca cambiará. No le busques tres pies al gato, acepta su palabra y serás dichoso.

“Sentidos y mente en plenitud”

“Sentidos y mente en plenitud”

Mateo: 13, 10-17

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús sus discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?” Él les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos; pero a ellos no. Al que tiene se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.

En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Ustedes oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.

Pero, dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”.

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Dios en su infinita misericordia nos ha participado de múltiples gracias y dones, con los que nos enriquece y da tanto una fisonomía como una personalidad, además de que en común nos ha dado un conjunto de similaridades como el pensar, caminar, ver, etc… 

Sin embargo el auto descubrir esas capacidades, muchas veces, aunque son evidentes, solemos quedar atorados en algunas cuantas, sin desarrollar el resto, ni propiciar su desarrollo.

Descubrimos que podemos utilizar eficazmente nuestra inteligencia, nuestras capacidades físicas, deportivas, así como habilidades, y pocos son los que las hacen rendir a su máxima capacidad, como un deportista, un científico, un artista que siempre buscan crecer en su ramo.

La cuestión radica en que no solamente debemos de ejercitar las cualidades físicas o mentales, el límite no es lo material o racional, podemos crecer además, en todos los dones espirituales, como el de la sabiduría, la paz, el amor, entre otros que además complementan y plenifican la propia vida. 

Es por ello, que nuestro ser fue creado con una capacidad impresionante de crecimiento, tanto físico como mental y espiritual, pero qué cortos nos quedamos cuando no queremos entender ni participar de esas gracias tan peculiares que sacian, que hacen sentirlos completos. Es entonces que cuando quedamos varados en lo material como lo es el dinero, como no sacia, ni migramos a un bien superior, más queremos, al igual en lo físico y a la buena apariencia, nunca es suficiente hasta obsesionarnos y perdernos en ello.

Falta escuchar y ejercer lo que nos hace crecer, y esa es la palabra de Dios, porque sin ella siempre quedaremos vacíos e incompletos.

“La Ascensión del Señor”

“La Ascensión del Señor”

Mateo: 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.

Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

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Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo

“Hoy nuestro Señor Jesucristo ha subido al cielo; suba también con él nuestro corazón. Oigamos lo que nos dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Poned vuestro corazón en las cosas del cielo, no en las de la tierra. Pues, del mismo modo que él subió sin alejarse por ello de nosotros, así también nosotros estamos ya con él allí, aunque todavía no se haya realizado en nuestro cuerpo lo que se nos promete.

Él ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros. Así lo atestiguó con aquella voz bajada del cielo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y también: Tuve hambre y me disteis de comer. ¿Por qué no trabajamos nosotros también aquí en la tierra, de manera que, por la fe, la esperanza y la caridad que nos unen a él, descansemos ya con él en los cielos? Él está allí, pero continúa estando con nosotros; asimismo, nosotros, estando aquí, estamos también con él. Él está con nosotros por su divinidad, por su poder, por su amor; nosotros, aunque no podemos realizar esto como él por la divinidad, lo podemos sin embargo por el amor hacia él.

Él, cuando bajó a nosotros, no dejó el cielo; tampoco nos ha dejado a nosotros, al volver al cielo. Él mismo asegura que no dejó el cielo mientras estaba con nosotros, pues que afirma: Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. Esto lo dice en razón de la unidad que existe entre él, nuestra cabeza, y nosotros, su cuerpo. Y nadie, excepto él, podría decirlo, ya que nosotros estamos identificados con él, en virtud de que él, por nuestra causa, se hizo Hijo del hombre, y nosotros, por él, hemos sido hechos hijos de Dios.

En este sentido dice el Apóstol: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. No dice: “Así es Cristo”, sino: Así es también Cristo. Por tanto, Cristo es un solo cuerpo formado por muchos miembros. Bajó, pues, del cielo, por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también en él por la gracia. Así, pues, Cristo descendió él solo, pero ya no ascendió él solo; no es que queramos confundir la divinidad de la cabeza con la del cuerpo, pero sí afirmamos que la unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su cabeza.”

De los Sermones de San Agustín, obispo
(Sermón Mai 98, Sobre la Ascensión del Señor, 1-2; PLS 2, 494-495)

“Un profeta idealizado”

“Un profeta idealizado”

Juan 7,40-53

En aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían:

«Este es de verdad el profeta».

Otros decían:

«Este es el Mesías».

Pero otros decían:

«¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?».

Y así surgió entre la gente una discordia por su causa.

Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima.

Los guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos, y estos les dijeron:

«¿Por qué no lo habéis traído?».

Los guardias respondieron:

«Jamás ha hablado nadie como ese hombre».

Los fariseos les replicaron:

«También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos».

Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo:

«¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?».

Ellos le replicaron:

«¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas».

Y se volvieron cada uno a su casa.

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Es totalmente comprensible que nuestra imaginación se desborde cuando nos interesa algo, lo idealizamos a una postura que sacie nuestra expectativa, nada diferente cuando a aspectos de fe refiere.

Las promesas de Dios siempre se cumplen, con la diferencia que nosotros las ensanchamos tanto que ya no caben en la realidad, las esperanzas se desbordan olvidando que Dios no de ordinario las realiza en medio de nuestra naturaleza y la ordinariedad.

Lo malo acontece cuando ya todo lo esperamos de manera milagrosa y espectacular, saciamos y alimentamos sueños que esperamos se realicen, pero cuando bordean lo fantasioso y a veces hasta lo absurdo, se convierte automáticamente en irrealizable, no porque Dios no lo pueda realizar, sino porque no obra nada en contra de la verdad en sí misma de las cosas, incluso respeta los procesos naturales de la vida.

Es por eso que ante una necesidad alimentada con dudas, dolor, soledad, entre otras situaciones, crece a tal grado dejar de pisar suelo firme, y por ende no ver la solución, ya que está rebasado su origen simple para sanarlo.

La espera del Mesías, no es la excepción, ya magnificada, nadie da el ancho, y como Dios obra de raíz por medios naturales donde se integra a la gracia del milagro, resulta demasiado obvio para aceptarlo.

Y hasta la fecha, ningún profeta da el ancho para los Judíos, por lo que ante este ejemplo, no dejemos que se exageren las esperanzas ya que un profeta idealizado, es inalcanzable, esperar un milagro bajo este esquema, resulta imposible. Lo sencillo es lo más eficaz en el obrar de Dios. 

“Tradición superada”

“Tradición superada”

Lucas 1, 57-66 

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le habla hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: —«¡No! Se va a llamar Juan.» Le replicaron: -«Ninguno de tus parientes se llama así.» Entonces preguntaban por señas al padre como quería que se llamase. El pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre.» Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente se le salto la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: —«¿Que va a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con el. 

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No cabe duda que Dios se manifiesta en cada momento y de muchas maneras, no es la excepción aún en las mimas tradiciones que pasan de una generación a otra, donde aunque sea muy arraigada, sin embargo Dios las va mejorando como lo es el caso al imponerle el nombre a Juan Bautista.

Hasta el día de hoy solemos en la propia familia, cuando llega un nuevo integrante, asignarle el nombre de alguno de los ascendientes directos a manera de reconocimiento; en tiempos antiguos era una tradición impuesta la cual es superada cuando queriendo Isabel y Zacarías llamar a su hijo como su padre, Isabel que no tenía ningún derecho al respecto, pide que se llame Juan.

No deja de ser una situación especial ya que ahí mismo denota una intervención divina desde su promesa y gestación. Zacarías reconociendo el hecho divino, afirma que Juan será su nombre, e inmediatamente se le soltó la lengua para proceder a bendecir a Dios por todos sus beneficios.

Dios prepara y cambia corazones en un proceso donde no se obliga, sino se descubre su necesidad. De igual manera Dios hace que las tradiciones se superen y mejoren, para alabanza del Señor y santificación nuestra.