“Ley caduca pero vigente”

“Ley caduca pero vigente”

Mateo: 5, 38-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente; pero yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo. Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda; al que te quiera demandar en juicio para quitarte la túnica, cédele también el manto. Si alguno te obliga a caminar mil pasos en su servicio, camina con él dos mil. Al que te pide, dale; y al que quiere que le prestes, no le vuelvas la espalda”.

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Evidentemente todo cambia y se va adaptando a los tiempos y los modos en que va viviendo la comunidad, las costumbres migran, los valores cambian, y las leyes se adaptan suponiendo siempre un mayor y mejor bien común.

Pero parece que hay normas que aunque ya son caducas y no aplican en nuestros tiempos, porque vivimos en una conciencia más clara de nuestro compromiso social, sin embargo, ideológicamente aceptamos las nuevas, pero en la práctica actuamos con las normas primitivas, como la llamada ley del Talión, ojo por ojo, diente por diente.

Se crea una conciencia dual, donde pensamos una cosa y hacemos otra, creyendo que nuestro obrar es ordinario y normal, cuando no lo es.

La vinculación de nuestro pensar con nuestro hacer, se logra con el ejercicio constante de  la rectificación, la meditación, el examen de conciencia, y sobre todo con la generosidad, para con los demás y con uno mismo, sin olvidar la oración que nos transforma y hace crecer, ya que si no ejercitamos estas prácticas, seguiremos con nuestras mociones sentimentales apoyadas de esas leyes caducas y vigentes por nosotros.

“Odios de defensa”

“Odios de defensa”

Juan: 15, 18-21

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes. Si fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya; pero el mundo los odia porque no son del mundo, pues al elegirlos, yo los he separado del mundo.

Acuérdense de lo que les dije: ‘El siervo no es superior a su señor’. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán, y el caso que han hecho de mis palabras lo harán de las de ustedes. Todo esto se lo van a hacer por mi causa, pues no conocen a aquel que me envió”.

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Tan amplia y tan compleja es nuestra propia psicología, que las reacciones más básicas y comunes se manifiestan de una manera tan similar, que parecen un patrón impreso en  el comportamiento de la propia humanidad.

Y cuando de odio se trata, en realidad no considero que el mismo sea tan puro, natural y autentico, que no provenga de una situación previa que lo respalda.

Por lo general dicho odio surge de los propios miedos que alguien en su momento nos implantó, suelen ser los mismo miedos heredados de nuestros propios padres y así sucesivamente transmitidos de una generación a otra. 

No dudo que en su momento alguien con la basta inteligencia, desee sanar y rompa dichas cadenas que no tienen porque continuar. Pero en lo que identificamos esos miedos impregnados de odio, el primer receptor será Dios, ya que todo cuanto acontece aunque procede de Él, de igual manera le colgamos lo negativo que proviene del maligno y nos quejamos.

Es por ello que la primera reacción ante esos odios implantados, es rechazar a Dios, como autor indirecto según nuestra concepción populachera. Cuando en realidad sin conocerlo ya lo alejamos, dejando atrás la oportunidad de amarle, seguirle y dejarse impregnar de su gracia, paz y felicidad.

Con su presencia, santidad y amistad, ningún miedo, ni odio, puede permanecer, porque resulta más grande la gracia que el pecado.

“Acobardarse en…”

“Acobardarse en…”

Juan: 14, 27-31a

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: ‘Me voy, pero volveré a su lado’. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean.

Ya no hablaré muchas cosas con ustedes, porque se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo sepa que amo al Padre y que cumplo exactamente lo que el Padre me ha mandado”.

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La cobardía no deja de ser un miedo que refleja una inseguridad ante una realidad que no sabemos manejar o administrar, y por ende, cuando se presentan esos retos que vemos inalcanzables o no deseables, solemos evadir dicha situación para permanecer en nuestro estatus de equilibrio personal.

Es precisamente ahí, donde Jesús viene a reforzar todos los vacíos e inseguridades que tenemos, pero que cuando estos están muy arraigados o estamos prendados de otras seguridades puestas en personas, situaciones o cosas, no deseamos soltarlas porque eso es lo que tenemos asegurado y no deseamos arriesgarnos a perder lo poco por lo mucho.

Es por ello que el Señor Jesús remarca muy claramente que ya nos na dejado su paz, esa que viene acompañada de la gracia y la serenidad de su confianza. Esa paz que debemos de mantener firme y cuidar, ya que el maligno está dispuesto a poner todos lo medios e instrumentos necesarios para derribarla.

Pero no es para que nos acobardemos, lo perdido, perdido está, y el maligno en ese estado está, por ello no dejes que un derrotado te derrote, la fortaleza que da el Señor hace que no le des la importancia a los miedos e inseguridades que remarca el mal, pero con su gracia, todo se puede y la cobardía desaparece, porque ya no tiene motivo para temer.

“Negligencias”

“Negligencias”

Juan: 8, 21-30

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo me voy y ustedes me buscarán, pero morirán en su pecado. A donde yo voy, ustedes no pueden venir”. Dijeron entonces los judíos: “¿Estará pensando en suicidarse y por eso nos dice: ‘A donde yo voy, ustedes no pueden venir’?” Pero Jesús añadió: “Ustedes son de aquí abajo y yo soy de allá arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Se lo acabo de decir: morirán en sus pecados, porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados”.

Los judíos le preguntaron: “Entonces ¿quién eres tú?” Jesús les respondió: “Precisamente eso que les estoy diciendo. Mucho es lo que tengo que decir de ustedes y mucho que condenar. El que me ha enviado es veraz y lo que yo le he oído decir a él es lo que digo al mundo”. Ellos no comprendieron que hablaba del Padre.

Jesús prosiguió: “Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy y que no hago nada por mi cuenta; lo que el Padre me enseñó, eso digo. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que a él le agrada”. Después de decir estas palabras, muchos creyeron en él.

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Que pena resulta cuando una persona daña con sus propios actos y piensa que está bien, que es lo correcto, que se siente en la rectitud y niega su falta. A veces no es intencional porque la mayoría de las veces padecemos la inconsciencia de nuestra propia vida, estamos tan acostumbrados a en el ambiente familiar ofendernos que se convierte en hábito ordinario.

Por ello el Señor nos ilumina para que reconozcamos y corrijamos aquellas actitudes, palabras y acciones dañinas. Pretendemos hacernos los que no sabemos la verdad para seguir en nuestros errores, pero eso se convierte en negligencia, aquella que nos mantiene en el orgullo sin incluso intentar ser mejores.

Negligencia que habla de pretender que las cosas así estén bien, pero que al final cansa colateralmente a quienes impacta en en día a día, aquella que repite constantemente los mismos errores sin solución.

Sin embargo Dios no permite que las cosas a su tiempo continúen así, pone en su momento la verdad de frente ante quienes la niegan hasta que se den cuenta de su error, porque nos ama y no quiere que nuestra propia negligencia nos lleve a la muerte eterna.

“Cegueras selectivas”

“Cegueras selectivas”

Juan: 9, 1-41

En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?” Jesús respondió: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”.

Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a lavarte en la piscina de Siloé” (que significa ‘Enviado’). Él fue, se lavó y volvió con vista.

Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?” Unos decían: “Es el mismo”. Otros: “No es él, sino que se le parece”. Pero él decía: “Yo soy”. Y le preguntaban: “Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?” Él les respondió: “El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: ‘Ve a Siloé y lávate’. Entonces fui, me lavé y comencé a ver”. Le preguntaron: “¿En dónde está él?” Les contestó: “No lo sé”.

Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?” Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?” Él les contestó: “Que es un profeta”.

Pero los judíos no creyeron que aquel hombre, que había sido ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron, pues, a sus padres y les preguntaron: “¿Es éste su hijo, del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres contestaron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es que ahora veo quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo”. Los padres del que había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque éstos ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías. Por eso sus padres dijeron: ‘Ya tiene edad; pregúntenle a él’.

Llamaron de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. Contestó él: “Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron otra vez: “¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Ya se lo dije a ustedes y no me han dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” Entonces ellos lo llenaron de insultos y le dijeron: “Discípulo de ése lo serás tú. Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero ése, no sabemos de dónde viene”.

Replicó aquel hombre: “Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha. Jamás se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?” Y lo echaron fuera.

Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?” Jesús le dijo: “Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró.

Entonces le dijo Jesús: “Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”. Al oír esto, algunos fariseos que estaban con él le preguntaron: “¿Entonces, también nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado”.

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Cuantas bendiciones recibimos desde que fuimos concebidos hasta el día de hoy, y cuántas de ellas aún no somos conscientes de ellas, además de las que hemos desarrollado y las que potencialmente están ahí en germen esperando las retomemos y hagamos crecer.

Dones como el de la vista, que aunque resulta ordinario, es un don extraordinario y vital para nosotros. Sin embargo podemos canalizarlo de muchas maneras, ya que sabemos que buena parte de cuanto aprendemos del exterior, entra por el sentido dela vista, pero aunque tenemos la capacidad de ver todo lo que la luz refleja, vamos descartando lo que en algún momento no es grato o lo que nos incomoda, ya sea por gusto o por decisión personal.

Sin embargo hay situaciones que obsesivamente recurrimos a mirarlas y a alimentarlas  aunque su contenido no sea bueno, y es que cuando alimentamos nuestro ser con cosas que a la vista son pecaminosas, que nos quitan la paz, que se vuelven morbo, luego dependencia y luego necesidad como si fuera lo ordinario, vamos descartando las buenas  cosas que ocurren a nuestro lado y que de plano ya no alcanzamos a ver.

El alimentar el orgullo, la vanidad, el egoísmo, el creernos buenos cuando no hacemos ninguna obra para ratificarlo, hace que la ceguera llegue a su tope y la impongamos a los demás. Es cuando nuestras Cegueras colectivas, las hacemos selectivas y pasamos de largo cuanta oportunidad nos invite a santificarnos, ya solamente vemos lo que queremos ver, ahora le llamamos gusto, pero en realidad es una limitante, es una ceguera que hoy el Señor Jesús nos invita a sanar, porque se puede, y este tiempo especial de gracia cuaresmal nos otorga el don, pero hay que disponer el corazón para conocerlo, aceptarlo y amarlo, como ese ciego que no lo conocía, pero que viéndolo no duda en hacerlo suyo.

“El dolor de juzgar”

“El dolor de juzgar”

Lucas: 6, 36-38

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.

Den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica. Porque con la misma medida con que midan, serán medidos”.

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Parece un común denominador tener una opinión tanto personal como ajena sobre toda circunstancia que acontezca en el mundo o en lo personal y comunitario. Opinión que resulta horrorosa por todo cuanto conlleva su emisión y afirmación.

Ya que cuando emitimos un juicio, no necesariamente resulta en productivo y solucionador de situaciones, sino todo lo contrario, sale con una muy buena medida de nuestro propio pensar y sentir, que por lo general va lleno de una dosis de odio personal, causado por el dolor que llevamos al no desear salir de nuestros propios problemas y vivir con ellos como lo ordinario en la vida e infelices o insatisfechos.

Por lo que cuando dejamos de emitir juicios, dejamos de sufrir por el qué y  el cómo de los demás, no los hacemos nuestros, ni les añadimos nuestra empapada de coraje. En realidad cuando un juicio es emitido, habla de cómo está nuestro corazón, se descubre ante los demás en la forma y el modo de expresar dicho juicio o crítica, habla más de si, que de lo que enjuicia.

Es por ello que si deseamos evitar ese dolor que vamos alimentando y acumulando cada vez más en nuestro corazón, dejemos de juzgar, evitemos esa ansiedad, y simplemente cuando tengamos la suficiente paz, acerquémonos a ayudar si es que nos toca, porque acelerados, aceleramos aún más el dolor de los demás.

“Mal enterados”

“Mal enterados”

Marcos: 3, 20-21

En aquel tiempo, Jesús entró en una casa con sus discípulos y acudió tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse sus parientes, fueron a buscarlo, pues decían que se había vuelto loco.

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No nos resulta en nada extraño que la información que nos llega sea adquirida por otras personas, y para variar, vaya impregnada de sus juicios y opiniones muy particulares, en donde nos presentan una realidad parcial o falsa, ya que no conocen a profundidad ni la verdad, ni a la persona.

Caso muy elocuente y breve que se nos presenta en esta fracción del Evangelio de Marcos, donde conociendo a Jesús desde otra perspectiva, se les hace raro el que haya tenido un cambio de vida al iniciar su ministerio. 

Y es que las personas no pueden asimilar ni aceptar el hecho de que una persona sea y actúe de manera distinta a como la conocemos de toda la vida, por ello la conclusión más práctica y fácil, será declararlo loco y dejar el pleito a sus familiares para que se encarguen, desestabilizando y perturbando su paz, que no deja de ser un reflejo de cómo viven los informantes.

Es por ello necesario tener la prudencia de no dejarnos impregnar por las apreciaciones y conclusiones de quién no tiene paz, ya que estarán mal enterados, e inclusive cerrando su mente y corazón ante la verdad para que predomine su versión, y con ello la oportunidad de crecimiento en Cristo Jesús.

“Hay que expulsarlos”

“Hay que expulsarlos”

Marcos: 1, 29-39

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. Él se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles.

Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era Él. De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: “Todos te andan buscando”. Él les dijo: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido”. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.

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Muy clara es la misión de Jesus: restaurar la gracia, anunciar el reino, darnos vida plena y eterna, ante un mundo que ha perdido el sentido incluso de la vida, aquel que está dominado por el pecado con todas sus consecuencias.

Hace presente una gracia de la que se había perdido su conocimiento y sentido, por lo que se percibe como algo totalmente nuevo.

Algo que es muy notorio es la reacción del mal, que se siente atacado, cuando simplemente ya no se le permite obrar tan libremente como solía, es aquí donde se afirma que tiene sus días contados, son los últimos tiempos de su dominio. 

Ahora se impone y predica el Reino de los cielos, aquel que Jesús hace presente e inaugura, donde el maligno no tiene cabida. Por ello hay que expulsarlos, tuvieron su oportunidad y lo hicieron mal.

No permitamos que el Reino venga a menos con nuestra actitud negativa. De donde debemos primeramente expulsar al maligno es de nuestra vida y corazón, para posteriormente hacerlo de nuestro entorno.

Solamente así podemos avanzar para desarrollar nuestra vida y santidad, sin estancamientos, sobre todo aquellos baches y trampas provenientes del maligno y del pecado.

“El pesimismo crece”

“El pesimismo crece”

San Lucas 13, 1-9 

En aquella ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. Y les dijo esta parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás. 

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Parece que la moda en nuestros días es acabar con toda pizca de optimismo, acentuar que la tónica es hablar lo más negativamente de todo cuanto acontece, sobre todo sintiéndonos con todo el derecho de hacerlo, como si fuéramos partícipes y expertos en lo que opinamos, cuando de hecho cualquier negativa u ofensa cubre la propia expectativa porque a veces más no podemos dar.

No ayuda remarcar el mundo de lo negativo, pero sí crece esa actitud pesimista y se establece como un estándar, que necesita estarse alimentando no precisamente de las cosas buenas, sino de lo que nos denigra. El pesimismo mientras más se asienta, mayormente domina a la persona a tal grado de perder la noción de que se vive inmerso en ese mundo que causa dolor.

Es por ello importante a su vez remarcar el optimismo aunque parezcamos desfasados, ya que de igual manera ante el mal, siembra esperanza y cambia ánimos. Gracias a Dios encontramos aún personas como ese viñador, que aunque la higuera no da fruto, se le sigue abonando para que dé lo mejor de sí. 

Además Dios sigue dando tiempos, pero si nosotros no los aprovechamos, es evidente   perderlos, son nuestras actitudes y no el Señor que los retira. Por ello deberá tener cuidado cada persona, de ver si aquellos que iluminan tu día, no lo opacan, ya que si permitimos y secundamos un pesimismo, le estaremos dando todo el  poder y la atención para crecer.

“El escándalo como herramienta”

“El escándalo como herramienta”

Lucas 4, 31-37

En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad. Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo, y se puso a gritar a voces: —¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: el Santo de Dios.

Jesús le intimó: —¡Cierra la boca y sal!

El demonio tiró al hombre por tierra en medio de la gente, pero salió sin hacerle daño. Todos comentaban estupefactos: —¿Qué tiene su palabra? Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen.

Noticias de él iban llegando a todos los lugares de la comarca.

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No es ninguna novedad encontrar escándalos cada vez más fuertes y remarcados muy negativamente para llamar la atención, hoy en día lo utilizan sobre todos los medios de comunicación, porque aún existen personas que se asustan y admiran de los demás al entrometerse en sus vidas, además viene a ser un negocio muy lucrativo para obtener sórdidas ganancias sin importar el daño que infringen en los demás.

Sin embargo no olvidemos que precisamente el escándalo es un recurso que proviene del maligno, con el cual se remarca la mentira para imponerse violentamente, como lo vemos en el caso del endemoniado que exagera y distorsiona la verdad para amedrentar no a Jesús, sino a los demás que le circundan, para ponerlos en duda y en su contra, en este caso una mentira chantajista: “¿Has venido a destruirnos?”, por lo que Jesús jamás les permite que sigan hablando, a sabiendas de su modo de atacar.

En medio del escándalo quien lo impone no da pie al diálogo, es imperativo para sobreponerse ante la verdad, es por ello que se usa muy eficientemente como herramienta para destruir y atacar a todos los que practican y hacen el bien. Así con los nervios impactados por la violencia del asunto, bloquean la mente para no tener una reacción defensiva al momento. Así de rastrero y bajo se maneja el maligno junto con todos los que se prestan a su juego.

Hay que estar preparados con la suficiente formación religiosa para conocer un poco más a fondo la verdad y a Dios mismo, para amarlo junto con el respeto que se merece, de tal manera que ante esta herramienta del maligno, mientras la gente se impone a dejar de ser vulnerable por el escándalo y no haga caso a la mentira, cuando se fortalezca en su espíritu, será cuando la identifiquemos y no dejaremos que prosiga, porque el daño es grande y sus consecuencias graves. Pidamos en oración la fortaleza para no caer en las herramientas y redes del maligno, sino que las identifiquemos y detengamos a su tiempo.