¿Se puede volver a nacer?

¿Se puede volver a nacer?

Juan 3, 1-8

Había un fariseo llamado Nicodemo, jefe judío. Éste fue a ver a Jesús de noche y le dijo: –«Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él».

Jesús le contestó: –«Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios».

Nicodemo le pregunta: –«¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?»

Jesús le contestó: –«Te lo aseguro, el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: «Tenéis que nacer de nuevo»; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».

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Parecería que nuestro pensamiento podría tender hacia la reencarnación, pero aquí ese no es el caso, ya que afirmamos la gratuidad de una vida única y plena que puede llegar hasta la eternidad gracias a Cristo Resucitado, y el volver a nacer no se refiere a otra vida distinta de la actual.

Se trata de aquel don de regenerar todo cuanto somos, con la capacidad de restaurar nuestra misma naturaleza pero a través del bautismo, el cual refiere la vida hasta la eternidad y no tan sólo al proceso biológico de nacer, crecer, reproducirnos para el final morir.

Es el regalo y a su vez el milagro de restaurarnos en esta misma vida, el paso de ser criaturas al ser hijos de Dios, dónde se regala ya la eternidad, y se renace a una nueva vida en el espíritu.

Podríamos pensar a manera de ciencia ficción que sería posible con una clonación exacta, pero en realidad sería otro ser distinto a ti, idénticos genéticamente hablando, pero distintos en su ser y su materialidad, así como con una voluntad individual y única. Eso no es renacer.

Ese renacer es la transformación total de nuestro ser intrínsecamente hablando, porque hemos decidido voluntariamente nacer a la vida eterna, a la felicidad al estar eternamente con el Señor Jesús en amor total.

Sí es posible renacer, pero en el aquí y el ahora, y depende de ti.

“Furiosos contra el Bien”

“Furiosos contra el Bien”

Lucas 6, 6-11

Un sábado, entró Jesús en la sinagoga a enseñar. Había allí un hombre que tenía parálisis en el brazo derecho. Los letrados y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo. Pero él, sabiendo lo que pensaban, dijo al hombre del brazo paralítico: —Levántate y ponte ahí en medio.

El se levantó y se quedó en pie. Jesús les dijo: —Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?

Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo al hombre: —Extiende el brazo.

El lo hizo, y su brazo quedó restablecido. Ellos se pusieron furiosos y discutían qué había que hacer con Jesús.

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Es un deseo permanente que en la vida nos vaya bien a nosotros y a los demás, para instaurar un orden común com miras al crecimiento, tanto personal como colectivo porque todos salimos ganando.

Sin embargo a pesar del ideal, encontramos la cruda realidad en la que vemos que el sufrimiento y el dolor se hacen presentes por doquier en todas la etapas de la vida. Ciertamente el plan de Dios es hacernos felices ya desde ésta vida, pero nuestra humana debilidad fracturada por las insidias del maligno hacen mella si no es en un lado, lo es en el otro, el hecho es que nadie se escapa.

Desgraciadamente aún las personas mejor posicionadas y no se diga las que viven en la miseria, suelen reaccionar idénticamente con una inconformidad ante todo que ralla en un divorcio con la propia vida, tienen un odio nativo engendrado y alimentado desde el interior que suele salir a relucirse en todas las oportunidades que sean posibles durante el día. 

Todo aquel que no tiene paz, que no sabe perdonar, que no está reconciliado consigo mismo y con el mundo, será incapaz de dar una muy buena opinión de la belleza que se le presente al frente. Les duele todo y claro, con el orgullo a todo lo que da, a eso aunada la envidia, forman el complemento perfecto para la infelicidad, tanto personal como con los que se le crucen en el camino. 

Es por ello que se ponen furiosos contra el bien, no lo toleran, su inestabilidad emocional dañada por el dolor, les impide tener una opinión distinta a la vivida en su momento, ya que como así lo sienten, piensan que es real. 

Mientras más grande sea el bien, mayor reacción negativa tendrán aquellos que no quieren salir de este estado de trance, inducido por el maligno y adoptado por nosotros. Es una lucha constante, pero siempre victoriosa si permites entrar al Señor en tu vida y dejarlo obrar para que sane eso que no podemos perdonar y perdonarnos. Entonces invertirás la furia, porque ahora será una furia contra el mal, pero controlada por la caridad.

“La moda: Sucumbir”

“La moda: Sucumbir”

Mateo 13, 18-23

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la Palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno».

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Entre acelerones y pasividades mantenemos una forzada vida en los tiempos actuales. Por un lado tan ocupados y llenos de actividades laborales así como familiares que parecen faltarle horas al día, Inmersos en un activismo en el cual meten inclusive a los hijos, que terminan por cansarlos y pasar por desapercibidas las etapas de su infancia y adolescencia, por ello luego en medio de ese cansancio se vuelven rebeldes y los padres sin tiempo para asimilar la situación se preguntan el por qué, creyendo que todo lo hacen bien.

Por otro lado los pasivos, a quienes todo les pesa y también todo les molesta porque les interrumpe abruptamente su estática atmósfera, forzándolos a actuar aunque sea en lo más mínimo, casi comportándose como parásitos totalmente inútiles pero sí aprovechando la labor de los que trabajan sin cesar.

Parece una idea muy radicalista, de hecho son extremos entre los que oscilamos, a veces inconscientes de una solución mejor, porque pensamos que eso es ya lo ordinario.

Ante ésta situación que se vive, después de un saturado cansancio, lo más fácil es sucumbir, dejar todo, y hasta lo promueven como un común denominador, cuando lo convierten en estadísticas afirmando que lo más normal es que una persona cambie de actividad laboral o de pareja al menos 5 veces en su vida.

Es un plan que llevan acabo y del que en medio del acelere ni cuenta nos damos a dónde vamos, pero ellos sí saben a dónde nos quieren llevar.

Por ello orar, meditar, descansar y pensar lo mejor para nosotros y para los demás.

“Esas esclavitudes”

“Esas esclavitudes”

Juan: 8, 31-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a los que habían creído en él: “Si se mantienen fieles a mi palabra, serán verdaderamente discípulos míos, conocerán la verdad y la verdad los hará libres”. Ellos replicaron: “Somos hijos de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: ‘Serán libres’?”

Jesús les contestó: “Yo les aseguro que todo el que peca es un esclavo del pecado y el esclavo no se queda en la casa para siempre; el hijo sí se queda para siempre. Si el Hijo les da la libertad, serán realmente libres. Ya sé que son hijos de Abraham; sin embargo, tratan de matarme, porque no aceptan mis palabras. Yo hablo de lo que he visto en casa de mi Padre: ustedes hacen lo que han oído en casa de su padre”.

Ellos le respondieron: “Nuestro padre es Abraham”. Jesús les dijo: “Si fueran hijos de Abraham, harían las obras de Abraham. Pero tratan de matarme a mí, porque les he dicho la verdad que oí de Dios. Eso no lo hizo Abraham. Ustedes hacen las obras de su padre”. Le respondieron: “Nosotros no somos hijos de prostitución. No tenemos más padre que a Dios”.

Jesús les dijo entonces: “Si Dios fuera su Padre me amarían a mí, porque yo salí de Dios y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino enviado por él”.

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Todo el mundo se declara libre y soberano, afirma que nadie le manda ni es esclavo de nada, pero curiosamente cuando escuchamos esas afirmaciones, resulta que la propia esclavitud es la que habla por la persona defendiéndose para permanecer.

A lo mejor no estamos atados a grilletes y cadenas de una manera física, ni estamos en la mazmorra aislados de todo mundo, pero que tal esas esclavitudes mentales y conductuales que por un lado hemos aprendido y por otro adquirido tanto del ambiente, la cultura y las así llamadas amistades.

La negación de las esclavitudes es totalmente ideológica, pero si nos vamos a la realidad podemos enumerar algunas como lo es el celular, el internet, las redes sociales, la pornografía, algunos alimentos, las bebidas azucaradas, los licores por decir algunas, sin olvidar que a su vez tenemos apegos a personas y a fantasías.

Esclavos de todo eso y las que cada quien sabe que tiene, más sin embargo la liberación puede ser real si usamos esas situaciones y cosas de manera responsable y en medida, ya que no forman parte de nuestra propia vida, sino que las hemos adoptado libre y voluntariamente.

Es cuestión de identificar esas esclavitudes e irlas manejando para que nuestra felicidad no dependa de ello, sino que le demos su lugar a quien se lo merece, a ese Dios que tanto nos ama que nos invita a vivir en libertad, y que esa libertad sea la referencia en tu vida.

¿Qué pierdes?

¿Qué pierdes?
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin antes haber visto llegar al Hijo del Hombre con majestad».
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Dentro del mismísimo plan de Dios, está que absolutamente todos sean felices, conozcan y elijan su gloria libre y voluntariamente en ésta vida así como ver la diferencia del mal y del bien. El deseo de mantenerte cerca y en su amor es de Dios, pero la decisión de seguirlo es respetuosamente tuya. 
Hoy el mundo ofrece toda una gama de satisfacciones para vivir sin Dios y suplirlo ficticiamente con felicidades temporales y pasajeras. Claro nos hacen tener el vicio cautivamente a lo material, por lo que no queremos que termine esta vida, de tal manera que la eterna sale sobrando.
Pareciese que no pierdes nada, ahora pagando todo está asegurado y garantizado, pero me gustaría hacer notar algunas cosas que en el camino y muy discretamente se van perdiendo.
Lo primero que se pierde es la privacidad, ya dejas de ser tú como persona para ser un objeto con el que pueden negociar y lucrar. Por ende se pierde la dignidad, porque hasta el alma te la ofrecen en compra remunerada. La felicidad se convierte en algo que se compra y si no tienes dinero te hacen creer que eres infeliz. 
Pierdes la paz, todo te duele y te afecta reaccionando intolerantemente a la frustración, ya que un simple no, te trauma. Pierdes la fortaleza espiritual y todo lo que llegue adversamente te derrumbará.
Pierdes la belleza integral, porque por fuera en apariencia te podrás ver estéticamente muy bien, pero horrible por dentro, que se nota en lo que hablas, el trato a los demás y lo que publicas, es decir eres tu propio enemigo interno.

Pierdes mucho más cosas, pero ganas todo si permites a Cristo guiar tu vida y acrecentarla con todo lo anterior pero respaldado por la verdad y la santidad. No busques perder, sino ganar y con Él lo es posible todo.

“Traiciones”

“Traiciones”
Juan 13, 21-33. 36-38
En aquel tiempo, Jesús, profundamente conmovido, dijo: –«Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar».
Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.
Uno de ellos, el que Jesús tanto amaba, estaba reclinado a la mesa junto a su pecho. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: –«Señor, ¿quién es?»
Le contestó Jesús: –«Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».
Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote.
Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo: –«Lo que tienes que hacer hazlo enseguida».
Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.
Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche. Cuando salió, dijo Jesús: –“Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: «Donde yo voy, vosotros no podéis ir»”.
Simón Pedro le dijo: –«Señor, ¿a dónde vas?» Jesús le respondió: «Adonde yo voy no me puedes acompañar ahora, me acompañarás más tarde».
Pedro replicó: –«Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora? Daré mi vida por ti».
Jesús le contestó: –«¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces».
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Mientras en nuestro caminar sea todo salud y dulzura, parece que nada adolece, es más, nos acostumbramos rápidamente a esa condición, tanto así que cegamos nuestra confianza a veces en quien no debemos. El problema no es que no veamos, sino que esa confianza es abusada, por lo general las traiciones son llamadas así, porque vienen precisamente de aquellos en quienes depositamos un voto y han respondido ordinariamente bien, son aquellos que cambian de repente su voluntad para dañar  nuestra persona por múltiples e irracionales motivos, soliendo ser los más cercanos, la misma familia, los mejores amigos y a quienes más amamos, eso es traición.
Lo que más duele, no son los medios que se utilicen en el acto mismo que se empleen para atacarnos directamente, sino el amor roto que sale herido y al cual principalmente se le ha ofendido. Parece algo inconcebible pero se da en medio de las mayores confianzas, como lo fue la de Jesús con sus discípulos.
Jesús tenía todo un mundo en contra, ganado por el pecado y el demonio detrás del mismo, pero el mal vino de dentro, de uno de los suyos, que en realidad no es novedad ya que es el modus ordinario y operante del demonio, puesto que el mismo Luzbel, teniendo toda la confianza y el amor de Dios decide rechazarlo, renunciando a la gracia y a la vida.
No permitamos que nos invadan esos sentimientos demoniacos de traicionar, porque no son tuyos, pero su acción si te puede afectar de manera permanente, hagamos oración constante para no sucumbir en traición ni con Dios, ni con nadie porque precisamente nadie se lo merece.

“…Aquí hay uno que es más que Jonás"

“…Aquí hay uno que es más que Jonás”
Lucas 11, 29-32
En aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús y él se puso a decirles: «Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del Hombre para esta generación. Cuando sean juzgados los hombres de esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que los condenen; porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón. Cuando sea juzgada esa generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen; porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás».
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Nosotros somos los que elegimos, al final de cuentas, quiénes son importantes para nosotros, todo lo hacemos en base a las garantías y seguridades sobre las que nos desarrollamos, porque es una pena, que realmente las que son una base fundamental en tu vida, son las que menos valoramos.
Tenemos el caso de que, como estamos establemente seguros del apoyo y amor incondicional de parte de nuestros padres, quedamos mal impuestos a tenerlos ahí, sin reconocer su importante labor en toda tu vida, tornando en importante para ti a ciertas amistades, ciertas ideologías, ciertas situaciones, que la verdad ni mella van a hacer en tu vida, cuando no sea negativamente que al final suele ser lo más probable. 
De igual manera pretendemos reconocer a Dios como un ente que está en el templo y, que da flojera agradecerle siquiera cada domingo por el don de la vida y todo lo que nos brinda, sin reconocer para empezar que te permitió despertar, te da la salud, te brinda la inteligencia, te hace independiente, además de no dejarte abandonado de su amor en los tuyos mismos.
Preferimos darle la importancia a la flojera, a la televisión, al internet y sus redes “sociales”, o a la influencia de los demás, no digo que sean malas, pero que se ponen en lugar de lo que realmente vale la pena cultivar, como lo es la relación de pareja, los hijos, las amistades valiosas, la familia, y a Dios mismo.

Porque como lo dice el evangelio: “aquí hay uno que es más que Jonás”, tomando a Jonás como todos los distractores existentes pero no fundamentales, y olvidando realmente a quien vale la pena darle su lugar, es decir a Jesús, quien iluminará el resto de valores y relaciones para darle justamente a cada una su específico valor y lugar, sin denigrarlas, ni exaltarlas de más.

“…Muchos son los llamados y pocos los escogidos.”

“…Muchos son los llamados y pocos los escogidos.”
Mateo 22, 1-14
En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo, diciendo: «El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”. Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda”. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?”. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos».
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Pareciese una exclusión mal intencionada y selectiva la que hace Dios al mencionar que pocos son los escogidos, pero si no se conoce, ni se entiende muy bien el mensaje concreto y real que nos está manifestando, la tomaremos con un sentido despectivo y de rechazo, en la que automáticamente nos sentiremos excluidos y esa no es la intención.
Es muy claro que todo el ejemplo dado en la parábola del rey que invita al banquete, es  muestra total del interés de Dios por nosotros de inclusión, de aceptación, de tenerte presente y en cuenta todo el tiempo en su mente, y no se trata aquí de una muy buena intención solamente de manera poética, sino real.
La situación es muy evidente cuando todos aquellos invitados, es decir todos nosotros sin excluir a nadie, somos los que rechazamos la invitación, hemos elegido otros distractores y darle importancia a eventos que al final serán los que impacten en tu vida, porque de igual manera eso impactará en la eternidad, ya sea para el gozo eterno o para las tinieblas, porque la elección de participar del banquete es totalmente tuya.
Y no basta con dejarle a Dios la elección bondadosa de salvarte, eso es cosa tuya, no basta tampoco con quedarte callado, como el hombre que no iba con traje de fiesta, que no quiere comprometer ni tal sólo sus palabras, como quien no toma parte de nada y queda amorfo. Porque ante Dios, si te está tomando en cuenta, requiere en contraparte de igual manera que le tomes en cuenta en la misma situación e intensidad. 
Porque los callados, los que, mejor no se inmiscuyen en nada, quienes se quedan inertes y lejanos de todo compromiso, ahí mismo quedarán, no serán elegidos, porque no lo quieren ser; es como cuando un capitán elige a su equipo, buscará a los que quieran jugar, no a los que estorbarán en el camino y vayan con actitud no participativa y negativa, quedarán excluidos porque ellos así lo desearon, sin pena ni gloria, pero sin Dios y su banquete que preparó también para ti. 

Es por eso que llamados son todos, muchos, como lo quieras entender, pero elegidos tan solo los que así lo deseen y se pongan de modo para participar del gozo de su rey y laborar con dicha cerca del mismo. Ponte el traje, ponte la camiseta y se partícipe de lo que te pertenece desde la creación del mundo.

“San Francisco de Asís”

“San Francisco de Asís”
Mateo 11, 25-30
En aquel tiempo, exclamó Jesús: -«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»
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Dios en su infinita misericordia, a cada tiempo y a cada problema que se va presentando en la historia de la humanidad, le va dando sus propias soluciones, cuando los excesos del mundo corrompen la misma dignidad, Dios Padre Providente hace surgir esos héroes que nos vuelven a ubicar en la realidad para no perder el camino de la santidad.
Uno de esos casos es el de Francisco de Asís, quien metido hasta el fondo  y harto de los pecados de su tiempo, después de una enfermedad, cuidado por sus padres que eran buenos cortesanos acaudalados, recapacita, renunciando a las riquezas y a la falsa felicidad, retirándose del mundo de su tiempo, dando testimonio de pobreza, sencillez y alegría, demostrando que ahí también se encuentra la felicidad y el gozo, haciendo recapacitar al mismo Papa, permitiendo la fundación de las así llamadas órdenes mendicantes, dedicadas por entero a los rechazados por el mundo.
Es una muestra de la misma misericordia de Dios, en aquellos que permiten manifestarla y compartirla como tal; San Francisco es uno de ellos, de igual manera rechazado por los que viven en los excesos, pero mayormente amado por los corazones buenos y sinceros que reconocen el verdadero amor.
Unamos nuestra alegría a la de Francisco que nos enseña el mayor amor desde las cosas sencillas y pequeñas, sin dejar de tomar en cuenta a ningún ser de la creación.

Paz y bien.

“¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?”

“¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?”
Mateo 21, 28-32
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: —¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña». Él le contestó: «No quiero». Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: «Voy, señor». Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?
Contestaron: —El primero.
Jesús les dijo: —les aseguro que los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñando el camino de la justicia, y no le creyeron; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, Ustedes no recapacitaron ni le creyeron.
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En este evangelio nos hace remarcar lo importante que son las buenas obras personales, que al final son las que hablan en sí mismas y acreditan a la persona en su ser y en su actuar. Vivimos en un mundo lleno de promesas que en un buen porcentaje jamás llegan a hacerse realidad, lo peor es que solemos mal imponernos como si eso ya fuera lo ordinario.
Es un mundo en el que la educación ha llegado a un grado muy bueno, que ha erradicado en buena parte la alfabetización, pero no basta con conocer los conceptos bien explicados a profundidad, si éstos no los llevamos a la práctica de lo concreto. 
Y es que seguimos en el mundo educado y etéreo, donde a todo decimos que sí ayudaremos, dedicaremos nuestro tiempo, donaremos bienes, transformaremos el mundo, nos convertiremos a Dios, le decimos ¡Señor!, ¡Señor!, pero en realidad no lo amamos, no le hacemos caso, no lo seguimos y hacemos prácticamente caso omiso a su prédica, porque su Palabra y Santa Voluntad, tiene que aterrizar y concretizarse en nuestra vida ordinaria.
Nos parecemos a aquel hijo, que obedientemente al instante le dice a su padre que sí lo ayudará, pero no hace nada, cuando existen otros que reniegan de todo, parecen rebeldes, dicen que no sistemáticamente a todo, pero son los que en realidad dan un mejor testimonio concreto en las obras personales, aún más de los que aparentamos estar pegadísimos a Dios en el templo.
Al mero final del los tiempos, esas obras serán las que hablen ante nuestro Padre Celestial, y no te extrañe ver a aquellos renegados de la vida, en realidad mejor portados , auténticos y sinceros que nosotros, los que nos decimos, etéreamente buenos sin obras.

“Pero alguno dirá: Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mis obras hechas con fe.” Santiago, 2,18.