“Las perlas no son para los cerdos”

“Las perlas no son para los cerdos”

Mateo 7, 6.12-14

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; las pisotearán y luego se volverán para destrozaros. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la ley y los profetas. Entrad por la puerta estrecha. Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos».

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Hay que tener en cuenta que el proceso de madurez en la vida de cada persona varía exponencialmente, aunque tengan los mismos estudios y la misma edad, ya que eso no es garantía, es muy distinto el desarrollo emocional, el desarrollo intelectual, el desarrollo físico, el desarrollo espiritual y por ende la madurez como cúspide del proceso.

De igual manera los intereses en cada quien distan en la misma proporción y quizá un poco mas ya que aquí entran los gustos y las tendencias. Más si hemos iniciado un proceso Kerigmático de evangelización que inicia con el bautismo, se afianza en la confirmación y se complementa con las catequesis que van desde la infancia hasta la edad adulta, porque de igual manera se cultiva la fe, entonces depende en el peldaño que vayas será lo mayormente comprensible la fe.

Con esto no quiero decir que se es o se consideran más importantes, al contrario, vamos en el mismo riel y siempre será Dios novedad mientras deseemos estar más cerca de Él no importa la preparación, por lo que hay que saber participar de la misma fe en el nivel que se encuentre la otra persona, ya que no le podemos exigir a un pagano que no conoce a Dios que se porte como a quien no se le dificulta ya la oración y comunión profunda, ni sin miedos a realizar la caridad.

Si exigimos algo que no conocen de raíz, corremos el riesgo de que no lo valoren o se sientan atacados, reaccionando defensivamente con ofensas que podrían rallar en la blasfemia, más aun nosotros seríamos los imprudentes que expondríamos la fe al insulto.

Si sabes que te van a atacar, no seas tú quien les provoque, porque las perlas no se le dan a lo cerdos, las pisotearán en su propio cieno, esos animalitos ni las conocen ni las aprovechan, analógicamente a quienes no valoran la fe hay que darles algo más ligero y digerible, para que al final se den cuenta del tipo de perla que están recibiendo.

“Autoridad”

“Autoridad”

Marcos 11, 27-33

En aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén, y, mientras paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores, y le preguntaron: –¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?

Jesús les replicó: –Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿era cosa de Dios o de los hombres? Contestadme.

Se pusieron a deliberar: –Si decimos que es de Dios, dirá: «¿Y por qué no le habéis creído?» Pero como digamos que es de los hombres… (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta.)

Y respondieron a Jesús: –No sabemos.

Jesús les replicó: –Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.

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Uno de los principios que debemos entender de base, es que precisamente la autoridad no depende de tu aceptación o negación personal, aunque la denigremos o le faltemos al respeto, la autoridad cuando es otorgada, vale en sí misma y no depende de la aprobación de los demás.

En nuestros días está muy de moda el negar todo tipo de autoridad y relegarla a mucho menos que una igualdad social, porque no se le ve en un contexto igualitario de dignidad, sino como un objeto al cual hay que denigrar por debajo del estándar que a estas alturas dudo que se tenga.

No depende de nuestra inferioridad el que la neguemos, al contrario, es un don que precisamente viene de Dios el cual debe de ser respetado como tal y en su momento una guía de crecimiento a seguir, ya que si no lo haces, entonces quien se denigra es tu propia persona al no ser capaz de reconocer y mucho menos ganarte la más mínima autoridad, y si no respetas nada ni nadie, por ende estás gritando a los cuatro vientos que no eres una persona digna de que tampoco sea respetada.

Jesus no permite que denigren su autoridad, la defiende, al igual nosotros si no lo hacemos estaremos rebajándola como la de los demás que la niegan. Además la autoridad habla sola con los hechos de cada momento, es por ello que hay que ganársela y a su vez cuidarla, ya que sin ella, a nada se le dará valor.

“Que dure…”

“Que dure…”

Juan 15, 9-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis el Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros».

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A veces creemos que las cosas no duran para siempre, bueno, si hablamos en términos materiales, todo en lo absoluto cambia, porque todo se transforma ya sea lenta o rápidamente, pero nada permanece estático, y a veces a esos cambios les llamamos caducidad, pero entendidos de manera degenerativa y, eso como que pinta el esquema del día a día así como de la vida donde esperamos que todo se acabe.

La realidad de la fe remarca que el proceso no necesariamente sea así, porque existe la opción de cambio para mejorar, pero eso se da si realmente elegimos amar y sobre todo permanecer en el amor, porque el verdadero amor no es el sentimiento de alegría por algo o por alguien que surge en un momento dado, se trata de una permanencia libre y voluntaria que se cuida dedicadamente día a día. 

Por que en realidad cuando queremos que algo dure, no depende de la calidad del producto o de la persona, como quien espera que se acabe en cualquier momento, por el contrario durará cada vez mas si lo atendemos y cuidamos con generosidad.

Si deseamos estar con Dios, hay que permanecer, no es cuestión de buscarlo tan sólo cuando nos nace o a ratitos,  el fruto se da en la continuidad, sin desapegos y en el amor, porque cuando no se ama, o se ama egoístamente entonces nada de eso dura.

Es por ello que si queremos que la felicidad, el amor, la gracia y la paz duren, aun a pesar de las adversidades, hay que permanecer y promoverlos. Es como una planta, si las cuidas crece preciosa, pero si la desatiendes se seca, no dura, pero si dura es gracias a tu empeño y trabajo, así como el de Dios, ya que ese es su plan.

“Paciencias…”

“Paciencias…”

Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: –«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»

Jesús le contesta: –«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.

El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo».

El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes».

El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré»

Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?»

Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

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Ya el psicólogo Jean Piaget en su estudio sobre la teoría del desarrollo nos menciona que en la etapa de la infancia, que abarca de los dos a los siete años de edad, así también llamada Etapa Preoperacional, es donde se enfatiza y desarrolla el pensamiento simbólico marcado por la irreversibilidad, la fijación de ideas como el centro de sus vidas y el egocentrismo. 

Etapa muy importante ya que si no somos acompañados sabia y prudentemente, éstas etapas o al menos algunas de ellas quedarán cautivas dentro de nuestra personalidad, con un muy difícil desapego en el futuro. Con ello no pretendo decir que radicalmente están presentes en nuestra propia vida, pero si dejan atisbos de su acción. 

Ya el evangelio del día nos revela ciertamente algunas de esas actitudes, sobre todo lo remarca como un impedimento para el propio crecimiento espiritual, sobre todo si éste está acentuado en el egocentrismo, que para muchos parece no ser consciente en sus vidas, sino que pretenden actuar como si ello fuera lo ordinario. Es el caso del empleado que es perdonado de sus deudas, atendiendo una solución a su propia persona, llenando su Ego, pero que no es capaz de tolerar una deuda o falta por mínima que sea a su propio ser y falsa autoestima.

Ahí es donde la espiritualidad de la caridad debe de crecer y hacerse notar, porque es el primer paso para recibir el resto de las gracias divinas, ya que al parecer es un principal impedimento para el perdón, pero sobre todo no el de los demás, sino el propio y el divino, ya que uno deriva en el otro. Es por ello, que debemos de tener esas paciencias, primero en el desarrollo gradual humano y segundo en el desarrollo de los dones divinos, ya que de igual manera no todos maduran y crecen al mismo ritmo, por ello, cultivar las paciencias y el perdón, mientras más práctica tengamos de éstos, más fácil los será a futuro.

“Se le quitó inmediatamente”

“Se le quitó inmediatamente”

Marcos 1, 40-45

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: —«Si quieres, puedes limpiarme».

Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: —«Quiero: queda limpio».

La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: —«No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés».

Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

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Como que quedamos acostumbrados a visualizar en base a los evangelios los milagros de una manera tajante, radical y a veces espectacular, ciertamente los cambios se daban si no inmediatamente, sí en el camino. Tendencia que de igual manera esperamos recibir ante una necesidad my personal y particular.

Claro que Jesús podría volver a efectuar tales hechos prodigiosos, pero acaso tendremos la misma intención de amarlo, la misma intención de seguirlo, la misma intención de proclamar esa gracia recibida, porque se me figura que deseamos el milagro, pero rechazamos a Dios y el compromiso con nuestra propia vida y forma de llevarla, y pues claro, así imposible, no por Dios sino por nosotros.

Pero no queremos dedicar este espacio a remarcar lo que no es y no se puede, sino lo que sí podemos y su efecto es inmediato. Me refiero a aquello que en el mismo plano de la fe, después de descartar todo lo espectacular milagriento, que por cierto hace ruido y estorba, descubrir que el milagro empieza de manera directa en tu propio corazón, ahí es donde realmente e inmediatamente puede quitarte los odios, los rencores, las envidias, las situaciones de cansancio, los malos tratos, darte una paz y disponerte a la gracia de tajo y sin tapujos, claro, si de igual manera se lo permites.

Es una garantía que ese primer y transformador milagro sucede si lo pides; lo aparatoso, los miedos de perder salud, seres queridos y bienes, salen sobrando cuando sabes cual será el proceso de pérdida, pero también de recuperación y eso es ya un milagro de poder visualizar y poder ejecutar tu nuevo plan.

Así es, si tu quieres puedes empezar para que eso (lo que te incomoda y estorba para ser feliz) se te quite inmediatamente.

“No te sientes en el lugar principal”

Lucas 14, 1. 7-11

En aquel tiempo, entró Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso este ejemplo: —Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro, y te dirá: Cédele el puesto a éste. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido.

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El hecho de que se nos recomiende no buscar los primeros lugares, no significa que debamos de ubicarnos en los últimos, no es cuestión de radicalidad, ni de navegar tan sólo en los extremos, es cuestión un poco de sentido común, donde basta con ubicarnos en la realidad y no divagar en el mar de nuestros propios pensamientos y falsas concepciones de nosotros y de los demás.

Jesús no pide autonegar nuestra dignidad, pide solamente no tomar posturas ni lugares que en su momento no nos corresponden, como una actitud de sabía prudencia, que es la que debe acompañar a todo cristiano, además de evitar que algún inconveniente surja incómodamente entre amistades, que no es problema si hay verdadera estima y diálogo sincero.

Es muy bueno constantemente renovarnos en la fe que es la que nos ubica en cada circunstancia para no caer en posturas incómodas, porque lenta e imperceptiblemente vamos cayendo en ellas sin darnos cuenta de ello, lo que más nos actualiza en el aquí y el ahora son los sacramentos, la Sagrada Eucaristía, la oración que siempre actualiza a su vez la presencia de Dios en nosotros, constantemente viviendo la alegría en la realidad del ahora.

Si seres invitado, tu lugar está garantizado, permite que los otros te lo otorguen con la atención que te mereces, porque ellos te están dando un lugar en sus vidas y a su vez en su cercanía, es un honor que se hace presente entre quien invita y quien acepta ser invitado.

Por ello, no lo tomes por mucha confianza que les tengas, que ellos te lo den, no importa su ubicación, porque al igual que el más cercano, ambos son partícipes de la alegría de la celebración.

“No basta el mínimo”

“No basta el mínimo”

Mateo: 13, 18-23

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Escuchen ustedes lo que significa la parábola del sembrador. A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino. Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.

Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas, la sofocan y queda sin fruto.
En cambio, lo sembrado en tierra buena, representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto; unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”.

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Es una realidad y una satisfacción reconocer que no todos tenemos las mismas capacidades y que es imposible igualarlas a las del otro, en razón de que eso es lo que nos identifica y nos hace brillar a cada quien de manera única y personal, sin la necesidad de sobrevalorar el bien y los dones del otro en detrimento de los propios.

Una vez convencidos de qué no podemos ni valemos, ya sea por nuestra auto derrota o el ataque de los que se quieren sentir superiores, entonces dejamos de hacer el bien que debemos y que en realidad podemos.

Y para que la conciencia no duela, nos auto convencemos que con dar el mínimo ya basta, ya hasta lo publicamos y gritamos a los cuatro vientos, tanto dentro de la iglesia, en la que abundan queriendo dar buena imagen, con una vida doble, y tanto fuera de ella en situación peor sin la conciencia de Dios.

Lo malo es que cuando reconocemos que somos para dar el treinta, regateamos a dar el cinco, y los del cien, el quince y no. El de treinta que dé el treinta y eso basta, al igual que el de cincuenta y el de cien.

No basta el mínimo, y si el mínimo es treinta, se convierte en tu cien, pero hay que darlo.

“Dignidad humana por igual”

“Dignidad humana por igual”

Juan: 13, 16-20

En aquel tiempo, después de lavarles los pies a sus discípulos, Jesús les dijo: “Yo les aseguro: el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos.

No lo digo por todos ustedes, porque yo sé a quiénes he escogido. Pero esto es para que se cumpla el pasaje de la Escritura, que dice: El que comparte mi pan me ha traicionado.

Les digo esto ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, crean que Yo Soy.
Yo les aseguro: el que recibe al que yo envío, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado”.

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En todos los tiempos y culturas, al ser humano le encanta sobresalir de entre los demás a toda costa, remarca diferencias y exalta sus propios dones y virtudes particulares como si fuera el autor de los mismos, olvidando que son participados en donación por amor.

Pagamos por hacer notar lo que poseemos y hay quien nos venda los mismos elementos que poseemos todos como casa, auto, vestimentas, etc. con precios estratosféricos para dar a conocer lo que tenemos, olvidando en realidad lo que valemos en lo que somos.

Dios no nos ha creado dignidades alternas o diferenciadas, esas las hacemos nosotros, aumentando cada vez más nuestra propia infelicidad en la medida que creemos lo que no somos y que nos separa de los demás.

Nuestro ser grita cuando sabe que está solo, con una pobreza tan grande que tan solo se manifiesta en la abundancia material. El don de la riqueza material no tan sólo es para compartirla o regalarla, es una responsabilidad para hacer crecer a los demás con la participación del trabajo digno.

Es por ello que hay que ubicarnos sabiendo lo que somos, sin sobrevalorarnos o minusvalorarnos, simplemente lo que es, que el resto no encaja en la felicidad, ni en la gracia de Dios.

“Falta de respeto”

“Falta de respeto

Mateo: 21, 33-43.45-46

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: “Había una vez un propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego lo alquiló a unos viñadores y se fue de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro, y a otro más lo apedrearon. Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo.

Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: ‘A mi hijo lo respetarán’. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: ‘Éste es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia’. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron.

Ahora díganme: Cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?” Ellos le respondieron: “Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo”.

Entonces Jesús les dijo: “¿No han leído nunca en la Escritura: la piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable?

Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

Al oír estas palabras, los sumos sacerdotes y los fariseos comprendieron que Jesús las decía por ellos y quisieron aprehenderlo, pero tuvieron miedo a la multitud, pues era tenido por un profeta.

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Ciertamente los tiempos nunca son los mismos, y en cada época se van vislumbrando nuevas maneras de comportamiento, algunas en mejora y otras muy desmejoradas. En cuanto al trato con las personas, no hace mucho aún se distinguía un tú de un usted, dando su lugar a los demás ya sea por su edad o por su autoridad.

Sin embargo eso no era sinónimo de un respeto total, ya que de igual manera se les ofendía de manera distinta.

Si ahora independientemente del tuteo a cualquiera persona, incluso a los papás, la perdida del sentido de autoridad es mayor, y es que si no se tiene un modelo o patrón a seguir desde el hogar, resulta en imposible poder tener el debido respeto con cualquier otra autoridad al nivel que ésta se maneje.

Peor aún cuando con alevosía y ventaja, como lo es el caso del evangelio, se pretende derrocar para un fin insano. Por ello en este tiempo de preparación para la Semana Mayor, la propuesta es respetar para ser respetados, ya que una con lleva a la otra.

“Sin ser como los demás”

“Sin ser como los demás”

Mateo: 5, 38-48

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente; pero yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo. Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda; al que te quiera demandar en juicio para quitarte la túnica, cédele también el manto. Si alguno te obliga a caminar mil pasos en su servicio, camina con él dos mil. Al que te pide, dale; y al que quiere que le prestes, no le vuelvas la espalda.

Han oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos. 

Porque, si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los paganos?

Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto”.

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Cuantas veces a lo máximo que aspiramos es a ser como aquellos, los que tenemos al alcance en nuestro entorno, porque es lo manejable y visible que experimentamos; puede ser alguien de la misma familia, o ajeno a ella, pero eso de clonarnos en alguien con distintos dones, no es muy buena idea.

Suele salir la motivación por medio de la envidia o la avaricia, cosa que en su momento da resultado, pero lo que deja a costa, suele auto destruirte con el paso del tiempo como consecuencia lógica y necesaria, que no se puede evitar ya que nosotros mismos lo hemos sembrado y ha crecido hasta afectarnos.

Por el contrario si nos atacan, de igual manera pretendemos pagar con la misma moneda, hasta eso, nos falta iniciativa.

Dios nos invita a crecer con los dones propios, tan originales como tú mismo, y no ser como el común de los mortales, no hay necesidad de estar sufriendo por que el resto no hace las cosas bien, ellos son responsables de sus propios actos, así que mejor y por salud, hay que dedicarnos a superar los propios.

La medida de la perfección en nuestras vidas es llegar a ser como nuestro Padre Celestial, así que la meta ya la conocemos, tan sólo falta dejar de preocuparnos por el mundo, ya haremos oración por ellos, para crecer y dar ese testimonio que nadie se anima por salirnos de la horma del mundo.