“Es el Señor”

“Es el Señor”

Juan: 21, 1-14

En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Cana de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: “También nosotros vamos contigo”. Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.

Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: “Muchachos, ¿han pescado algo?” Ellos contestaron: “No”. Entonces él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.

Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: “Es el Señor”. Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.

Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan. Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar”. Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastro hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres, y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: “Vengan a almorzar”. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres?’, porque ya sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado.

Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos. 

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Cuando los discípulos obedecieron la orden que les había dado de que se fueran a Galilea después de la crucifixión, es para que no solamente se retiraran de ese ambiente politizado, sino para que estuvieran tranquilos en su entorno, con la familiaridad del los lugares natos en los que se desarrollaron, para que una vez recuperada la paz y las habituales ocupaciones, tengan la sobriedad para poder con un corazón más apacible identificarlo y asimilar la etapa de crisis de la Pasión y muerte.

Tercera es la ocasión en que Jesús se hace presente entre ellos y ya no les causa tanta admiración, ya lo van identificando sin tanto estupor, empiezan a convivir con Él percibiéndolo vivo.

Situación que los hace afianzar su confianza además de impregnar sus palabras en la misión que procede.

Es por ello que Jesús los quiere reforzar para que puedan manejar las crisis y ya no les peguen en medio de sus propias debilidades, para poder decir en cualquiera circunstancia “Es el Señor” que está presente y poder identificarlo.

“…Testigos de esto”

“…Testigos de esto”

Lucas: 24, 35-48

Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Mientras hablaban de esas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma. Pero él les dijo: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que tengo yo”. Y les mostró las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?” Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos.

Después les dijo: “Lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.

Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto”.

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Jesús después de su resurrección no se la pasó presentándose a personas que no le conocieran para invitarlos a la fe, sino que por el contrario retornó a los suyos, a sus discípulos precisamente porque ellos ya tienen la formación necesaria, instruída por su parte de manera personal, aquella que en éste preciso momento saldrá a flote.

Formación que es vital para la misión que continúa, ya que el hecho de la salvación no termina con la resurrección, ahora es el momento de aplicar al resto del mundo la gracia obtenida por medio de su prédica, de la oración, de la fracción del pan, pero sobre todo la base para este éxito será su propio testimonio.

Es por ello que se presenta de manera presencial para que sean testigos de su resurrección, es el cúlmen de esta etapa, donde no quiere que todo quede en la nada por el miedo y los rumores que no dejan de comentarse morbosamente en Jerusalén y que contaminan el ambiente.

Testimonio que no se limita a hablar de Él y los suceso ocurridos, sino que demuestren de manera vivencial la propia vida nueva en Cristo Resucitado, y eso no se platica, se expresa una vez conocida su experiencia en cercanía, además del complemento de verlo vivo y resucitado.

“Su corazón ardía”

Su corazón ardía”

Lucas: 24, 13-35 

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.

Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?”

Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?” Él les preguntó: “¿Qué cosa?” Ellos le respondieron: “Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, ¡y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Alguno de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron”.

Entonces Jesús les dijo: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?” Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.

Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!” 

Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: “De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón”.

Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

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Ya San Agustín lo decía en su magnífica obra “Las Confesiones” «Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». (Libro 1, 1, 1-2,) precisamente asegurando que nuestra total existencia llama al creador en el mismo rubro con el que fuimos creados, el amor.

Situación nada ajena que se manifiesta evidente en los discípulos de Emaús, aquellos que dentro de su tristeza salen de Jerusalén tratando de asimilar los hechos que le acontecieron a su Maestro Jesús, pero con la anotación de que salen huyendo.

Es ahí donde Cristo Resucitado continúa su obra, en todos, en los que habían muerto previamente a su resurrección para rescatarlos de la muerte, pero sobre todo en los que preparó para que continuaran su misión.

Es por ello que Jesús se acerca a ellos, que sin reconocerlo, se dejan acompañar, pero su corazón ardía en ese celo y ese amor por aquello que ya había sido depositado en ellos, que en su momento gracias a la fracción del pan, es decir, la Eucaristía, al unirse a Él, se dan cuenta de quién es aquel que los acompaña aún cuando no lo vean y deciden regresar con los suyos.

Ese corazón no deja de arder en nosotros, pero si permitimos que el mundo de odio, dolor, angustia, desenfreno y envidias lo apague, jamás podremos ver a Jesús vivo y resucitado, aunque nuestro corazón clame a gritos que lo necesita.

“Un amor que ciega”

“Un amor que ciega”

Juan: 20, 11-18

El día de la resurrección, María se había quedado llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies. Los ángeles le preguntaron: “¿Por qué estás llorando, mujer?” Ella les contestó: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto”.

Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: “Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?” Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: “Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto”. Jesús le dijo: “¡María!” Ella se volvió y exclamó: “¡Rabuní!”, que en hebreo significa ‘maestro’. Jesús le dijo: “Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios’ “.

María Magdalena se fue a ver a los discípulos para decirles que había visto al Señor y para darles su mensaje.

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Dentro del contexto de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, encontramos un ambiente de Crisis, de dolor, de circunstancias que pasaron muy rápido para poder asimilarlas a la primera, y es que todo el ambiente que movió la Pasión y muerte de Jesús, desató un caos generalizado con sus discípulos y no tan sólo con ellos sino con toda Jerusalén.

Vemos como en medio del miedo y del dolor se manifiesta un amor tan grande y comprometido con el Maestro, que es capaz de mover a María Magdalena a ir hacia el sepulcro, su pena hace que ese amor dolido ciegue su entendimiento y no alcance a recordar el hecho de la resurrección, y que la confusión no le haga reconocerlo al tenerlo  presente en su nueva condición.

Es por ello que el mismo Jesús, una vez superada la etapa del sufrimiento, lleno de gloria y con su vida eterna recuperada, en esa misma paz le ayuda a salir a ella de ese estado de shock y la invita a continuar con la misma obra de la salvación junto con sus hermanos discípulos. 

Al Igual debemos de no apagar ese amor con fuegos fugaces o situaciones de dolor y de muerte, aquellas que en el exterior nos quitan la paz, sino que debemos de permanecer a pesar de las circunstancias sin perder la mirada en el Señor y confiar en sus promesas que siempre llegan a buen fin para darnos vida desde esta vida y que ese amor que le profesamos no sea perturbado por las borrascas de la duda y el miedo.

“Nuevas Versiones”

Nuevas Versiones”

Mateo: 28, 8-15 

Después de escuchar las palabras del ángel, las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, y llenas de temor y de gran alegría, corrieron a dar la noticia a los discípulos. Pero de repente Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron. Entonces les dijo Jesús: “No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán”. 

Mientras las mujeres iban de camino, algunos soldados de la guardia fueron a la ciudad y dieron parte a los sumos sacerdotes de todo lo ocurrido. Éstos se reunieron con los ancianos, y juntos acordaron dar una fuerte suma de dinero a los soldados, con estas instrucciones: “Digan: ‘Durante la noche, estando nosotros dormidos, llegaron sus discípulos y se robaron el cuerpo’. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos arreglaremos con él y les evitaremos cualquier complicación”. 

Ellos tomaron el dinero y actuaron conforme a las instrucciones recibidas. Esta versión de los soldados se ha ido difundiendo entre los judíos hasta el día de hoy. 

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Nunca ha dejado de fomentar tanta polémica desde el primer momento la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Ya el mismo evangelista Mateo lo confirma al querer las autoridades de su tiempo distorsionar la verdad.

Verdad que a quienes viven fomentando la mentira, el engaño, la falsedad, y el desamor, les estorba por el hecho de que ya se acostumbraron a vivir en ellas muy a su manera.

Es por ello que hay que estar totalmente atentos y más en nuestros tiempos en que tenemos acceso a múltiples plataformas informativas, donde cada una presenta su propia versión de los hechos que acontecieron, y donde precisamente la intención es atacar y confundir.

Pero llenos de su gracia y fortalecidos no hay necesidad de perturbarnos con cualquier variante que se nos presente, porque conoceremos la verdad.

“Resucitó”

“Resucitó”

Juan: 20, 1-9

El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.

En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.

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El plan desde antiguo por fin se ha realizado, aquella promesa de restauración hecha desde el primer momento en que decidimos pecar y separarnos de Dios, en Cristo Jesús se ha cumplido.

Precisamente el hecho más peculiar y particular que identifica al verdadero Mesías, es su total donación, incluso con la muerte, pero con el poder de retomar su vida, pero ahora de una manera gloriosa, donde resucita con un cuerpo incorruptible, aquel mismo que ha prometido que recuperaremos al final de los tiempos.

La vida se engalana, porque ahora llega a esa plenitud para la que originalmente fue diseñada y en la que el Creador desea participemos y permanezcamos todos.

La gracia se desborda y nos es devuelta, después de haberla perdida, la hemos recuperado.

Es Dios que cumple su promesa y que no deja nada en el olvido. Es un equipo que es familia quienes en el amor deciden misericordiosamente devolvernos todo cuando habíamos perdido y que nos pertenece por pura donación suya.

Así es, resucitó y nos invita a vivir su nueva vida, a renovarnos y permanecer en ella.

Felices Pascuas de Resurrección.

“Sábado de Gloria”

“Sábado de Gloria”

Mateo: 28, 1-10

Transcurrido el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. De pronto se produjo un gran temblor, porque el ángel del Señor bajó del cielo y acercándose al sepulcro, hizo rodar la piedra que lo tapaba y se sentó encima de ella. Su rostro brillaba como el relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: “No teman. Ya sé que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí; ha resucitado, como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde lo habían puesto. Y ahora, vayan de prisa a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de ustedes a Galilea; allá lo verán’. Eso es todo”.

Ellas se alejaron a toda prisa del sepulcro, y llenas de temor y de gran alegría, corrieron a dar la noticia a los discípulos. Pero de repente Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron. Entonces les dijo Jesús: “No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán”.

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Les comparto el pregón Pascual

Exulten por fin los coros de los ángeles,

exulten las jerarquías del cielo,

y por la victoria de Rey tan poderoso

que las trompetas anuncien la salvación.

Goce también la tierra,

inundada de tanta claridad,

y que, radiante con el fulgor del Rey eterno,

se sienta libre de la tiniebla

que cubría el orbe entero.

Alégrese también nuestra madre la Iglesia,

revestida de luz tan brillante;

resuene este templo con las aclamaciones del pueblo.

En verdad es justo y necesario

aclamar con nuestras voces

y con todo el afecto del corazón

a Dios invisible, el Padre todopoderoso,

y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre

la deuda de Adán

y, derramando su sangre,

canceló el recibo del antiguo pecado.

Porque éstas son las fiestas de Pascua,

en las que se inmola el verdadero Cordero,

cuya sangre consagra las puertas de los fieles.

Ésta es la noche

en que sacaste de Egipto

a los israelitas, nuestros padres,

y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.

Ésta es la noche

en que la columna de fuego

esclareció las tinieblas del pecado.

Ésta es la noche

en que, por toda la tierra,

los que confiesan su fe en Cristo

son arrancados de los vicios del mundo

y de la oscuridad del pecado,

son restituidos a la gracia

y son agregados a los santos.

Ésta es la noche

en que, rotas las cadenas de la muerte,

Cristo asciende victorioso del abismo.

¿De qué nos serviría haber nacido

si no hubiéramos sido rescatados?

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!

¡Qué incomparable ternura y caridad!

¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!

Necesario fue el pecado de Adán,

que ha sido borrado por la muerte de Cristo.

¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!

¡Qué noche tan dichosa!

Sólo ella conoció el momento

en que Cristo resucitó de entre los muertos.

Ésta es la noche

de la que estaba escrito:

«Será la noche clara como el día,

la noche iluminada por mí gozo.»

Y así, esta noche santa

ahuyenta los pecados,

lava las culpas,

devuelve la inocencia a los caídos,

la alegría a los tristes,

expulsa el odio,

trae la concordia,

doblega a los poderosos.

En esta noche de gracia,

acepta, Padre santo,

este sacrificio vespertino de alabanza

que la santa Iglesia te ofrece

por medio de sus ministros

en la solemne ofrenda de este cirio,

hecho con cera de abejas.

Sabernos ya lo que anuncia esta columna de fuego,

ardiendo en llama viva para gloria de Dios.

Y aunque distribuye su luz,

no mengua al repartirla,

porque se alimenta de esta cera fundida,

que elaboró la abeja fecunda

para hacer esta lámpara preciosa.

¡Que noche tan dichosa

en que se une el cielo con la tierra,

lo humano y lo divino!

Te rogarnos, Señor, que este cirio,

consagrado a tu nombre,

arda sin apagarse

para destruir la oscuridad de esta noche,

y, como ofrenda agradable,

se asocie a las lumbreras del cielo.

Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,

ese lucero que no conoce ocaso

y es Cristo, tu Hijo resucitado,

que, al salir del sepulcro,

brilla sereno para el linaje humano,

y vive y reina glorioso

por los siglos de los siglos.

Amén.

Fuente: Aciprensa.com

“Cuando la vida llama”

Cuando la vida llama”

Juan 11,3-7.17.20-27.33b-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»

Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.

Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. 

Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»

Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»

Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»

Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»

Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»

Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»

Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»

Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.

Dice Jesús: «Quitad la losa.»

Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»

Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»

Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. 

Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

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No es nada raro que de manera ordinaria enfaticemos la muerte, ya sea por el respeto o el temor que se le tiene, y es que el miedo instintivo y natural hace que tanto para negarla como para afirmarla, la tengamos muy presente.

Cuando llega a extremos incluso se le denigra formando una cultura que le da culto y que mira siempre como única opción a ir muriendo lentamente pero en medio de un pesimismo reflejado en la rebeldía de actitudes, posturas, ideologías y situaciones que hacen perder el sentido de la vida a tal grado de vivir sin respeto a la misma y de manera extrema porque no vale.

Por el contrario Jesús nos demuestra un Dios que ya desde el profeta Jeremías nos habla de la promesa de la vida, de la resurrección, de una vida eterna que vale desde el primer día que se nos otorga, a la que hay que tributarle respeto y amor, vida que Jesús es capaz de retomar en aquellos que ama y que lo demuestra con su amigo Lázaro, porque su interés no es en enfatizar la muerte o prepararnos para ella, sino por el contrario prepararnos para la vida, para la eternidad y para la resurrección.

Es por ello que la vida misma llama a la vida por naturaleza, remarcando que esa misma vida que se nos ha dado por medio de la biología, ahora es elevada al rango de la dignidad de la filiación, transformándonos por el bautismo no sólo en seres inteligentes, sino en hijos de un padre para quien todos viven y que nos ha regalado la vida eterna.

Nuestra vida llama a la vida eterna, falta que lo descubramos y no quedemos en el intento de vivirla encuadrada en un mundo material que es sólo un recipiente temporal y queriendo llenarla de los dones materiales, olvidando los espirituales, a los cuales pertenece nuestra esencia.

“Cuando olvidamos el cielo…”

“Cuando olvidamos el cielo…”

Juan: 11, 19-27

En aquel tiempo, muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano Lázaro. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”.
Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?”. Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

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Casi siempre el dolor, sobre todo cuando es intenso, no solamente el físico, sino el moral, suele dominar o no según nuestra débil humanidad ó la fortaleza espiritual que al momento hayamos cultivado delicadamente a través del trato con Dios y el ejercicio de una vida activa en los valores espirituales que son totalmente naturales a nuestro ser, pero ejercitados y fuertes.

El dolor de súbito ciega y entorpece la mente, sobre todo ante la pérdida de un ser querido, donde cíclicamente nos enrolamos, y aunque la verdad de la fe sea muy clara y explícita, rondamos sobre los eternos porqués, inmersos en el sufrimiento mental sin poder vislumbrar la respuesta, aunque ésta esté frente a nosotros.

Aquí es donde la fe resuelve todos los enigmas y restaura esa paz perdida, pero necesita de tu atención y el descarte de la fijación en la conciencia de lo que no hicimos por aquellos que se nos han adelantado.

El verdadero problema radica en que olvidamos el cielo y nos anclamos a la tierra, donde queremos que todo siga tan ordinario como rueda el mundo. No pierdas la mirada vertical, mira hacia el cielo, recuerda que es tan natural la despedida y tan digna, como digna fue la bienvenida en el nacimiento, ya que no daremos un ‘adiós’ total y definitivo, sino un ‘hasta luego’ confiado y lleno de esperanza,

Por el hecho mismo de saber que la muerte fue vencida, que se nos ha devuelto la gracia, que la vida vuelve a ser eterna, y que allá nos veremos, no veinte, ni tres o ciento cincuenta años, sino una eternidad en felicidad, ya libres de las ataduras que conllevan la lógica de este mundo. 

No olvides recordar, vivir y sobre todo experimentar ya el cielo desde esta tierra, prenda temporal y parcial de la que será eterna en felicidad, con un cuerpo glorioso y resucitado al modelo de Cristo, como lo afirmamos en el credo.

“Un amor confirmado”

“Un amor confirmado”

Juan: 21, 1-19

En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Caná de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: “También nosotros vamos contigo”. Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.

Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: “Muchachos, ¿han pescado algo?” Ellos contestaron: “No”. Entonces él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.

Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: “Es el Señor”. Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.

Tan pronto como saltaron a tierra vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan. Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar”.

Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: “Vengan a almorzar”. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Quién eres?, porque ya sabían que era el Señor.

Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Después de almorzar le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Él le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.

Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”.

Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas.

Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme”.

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Los cuarenta días posteriores a la resurrección se enmarcan en un ámbito de recuperación de la fe y manejo de las impresiones dolorosas que le siguieron a la crisis de la crucifixión, que por cierto no son nada fáciles, sobre todo en el contexto de injusticia sobre el que se desarrollaron.

Sin embargo todo eso era necesario, porque el tamaño del pecado del ser humano manifiesta su esencia y podredumbre cuando éste se expone, sobre todo se revelan todas las  bajezas y situaciones que maneja en su hábitat natural. Pecado que es enfrentado y que aunque sea lo más nefasto y de lo peor que podemos encontrar. Aquí Jesús es el único capaz de lidiar y enfrentarlo para sanarlo de raíz en la historia de la humanidad.

Y lo que fue un éxito aparente para el mal al matar a Jesús, resultó en una victoria en el plan de la salvación con su resurrección, porque la muerte fue tomada en cuenta y restaurada, por lo que era necesario que el mal se diera a conocer en todo su esplendor y así de igual manera y de un tamaño mayor sería la misericordia y donación del mismo Hijo de Dios para eliminarlo. Ante un pecado grande, un gran redentor.

Dicha gracia no puede ser encomendada en responsabilidad a cualquiera, se requiere un corazón que de igual manera sepa responder al tamaño del amor que se le confía, por ello Pedro es interrogado no como quien resulta en un buen cuate de compañía, para dejarle una empresa, sino como un gran corazón confiable el cual es interrogado y confirmado en el amor tres veces, porque una no basta.

Al igual a nosotros nos serán encomendadas responsabilidades, pero el tamaño de éstas serán acorde a la capacidad de tu corazón, sobre todo en el amarlas y llevarlas a buen término, para que no envidiemos a los que tienen grandes encomiendas y de las cuales también por consecuencia se benefician de ello, porque dependerá del trabajo con que tu corazón esté dispuesto a donarse y no sólo a recibir. Para ello se necesita un corazón confirmado en el amor.