“Jesucristo Rey del Universo”

“Jesucristo Rey del Universo”

Lucas 23, 35-43 

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: —«A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.» Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: —«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.» Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.» Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: —«¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.» Pero el otro lo increpaba: —«¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.» Y decía: —«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.» Jesús le respondió: —«Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.» 

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Último domingo del Año Litúrgico

Cristo es el Rey del universo y de cada uno de nosotros.

Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, porque celebramos que Cristo es el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

Un poco de historia

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de Marzo de 1925.

El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.

Posteriormente se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido. Al cerrar el año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Cristo reina en las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres.

Con la fiesta de Cristo Rey se concluye el año litúrgico. Esta fiesta tiene un sentido escatólogico pues celebramos a Cristo como Rey de todo el universo. Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace casi dos mil años, pero Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía.

Si quieres conocer lo que Jesús nos anticipó de ese gran día, puedes leer el Evangelio de Mateo 25,31-46.

En la fiesta de Cristo Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos, y así el Reino de Dios puede hacerse presente en nuestra vida. De esta forma vamos instaurando desde ahora el Reino de Cristo en nosotros mismos y en nuestros hogares, empresas y ambiente.

Jesús nos habla de las características de su Reino a través de varias parábolas en el capítulo 13 de Mateo:

“es semejante a un grano de mostaza que uno toma y arroja en su huerto y crece y se convierte en un árbol, y las aves del cielo anidan en sus ramas”;

“es semejante al fermento que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que fermenta toda”;

“es semejante a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta, y lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo”;

“es semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra”.

En ellas, Jesús nos hace ver claramente que vale la pena buscarlo y encontrarlo, que vivir el Reino de Dios vale más que todos los tesoros de la tierra y que su crecimiento será discreto, sin que nadie sepa cómo ni cuándo, pero eficaz.

La Iglesia tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los hombres. Su predicación y extensión debe ser el centro de nuestro afán vida como miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el corazón de los hombres, en el seno de los hogares, en las sociedades y en los pueblos. Con esto conseguiremos alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor, la paz y la justicia y la salvación eterna de todos los hombres.

Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica.

Acerquémonos a la Eucaristía, Dios mismo, para recibir de su abundancia. Oremos con profundidad escuchando a Cristo que nos habla.

Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, por que Él es toda bondad. Y cuando uno está enamorado se le nota.

El tercer paso es imitar a Jesucristo. El amor nos llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado para nosotros.

Por último, vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante obras concretas de apostolado. No nos podremos detener. Nuestro amor comenzará a desbordarse.

Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una paz profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la vida.

A lo largo de la historia hay innumerables testimonios de cristianos que han dado la vida por Cristo como el Rey de sus vidas. Un ejemplo son los mártires de la guerra cristera en México en los años 20’s, quienes por defender su fe, fueron perseguidos y todos ellos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!”.

La fiesta de Cristo Rey, al finalizar el año litúrgico es una oportunidad de imitar a estos mártires promulgando públicamente que Cristo es el Rey de nuestras vidas, el Rey de reyes, el Principio y el Fin de todo el Universo.

Fuente: Es.Catholic.net

“¿A quién quieres de rey?”

“¿A quién quieres de rey?”

Lucas 19, 11-28 

En aquel tiempo, dijo Jesús una parábola; el motivo era que estaba cerca de Jerusalén y se pensaban que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro: Dijo, pues: Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver después. Llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro, diciéndoles: Negociad mientras vuelvo. Sus conciudadanos, que lo aborrecían, enviaron tras de él una embajada para informar: «No queremos que él sea nuestro rey». Cuando volvió con el título real, mandó llamar a los empleados a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno. El primero se presentó y dijo: Señor, tu onza ha producido diez. El le contestó: Muy bien, eres un empleado cumplidor; como has sido fiel en una minucia, tendrás autoridad sobre diez ciudades. El segundo llegó y dijo: Tu onza, señor, ha producido cinco. A ése le dijo también: Pues toma tú el mando de cinco ciudades. El otro llegó y dijo: Señor, aquí está tu onza; la he tenido guardada en el pañuelo; te tenía miedo porque eres hombre exigente, que reclamas lo que no prestas y siegas lo que no siembras. El le contestó: Por tu boca te condeno, empleado holgazán. ¿Con que sabías que soy exigente, que reclamo lo que no presto y siego lo que no siembro? Pues, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses. Entonces dijo a los presentes: quitadle a éste la onza y dádsela al que tiene diez. Le replicaron: Señor, si ya tiene diez onzas. Os digo: Al que tiene se le dará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a esos enemigos míos, que no me querían por rey, traedlos acá y degolladlos en mi presencia. Dicho esto, echó a andar delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén.

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Hoy en día estamos muy acostumbrados a elegir quien nos gobierne, y mientras sean ciertas las elecciones o manipuladas, nos ceñimos a solicitar patrones e ideologías que nos favorezcan lo más posible con nuestra intención y gusto personal.

Ciertamente cada rey en su momento gobernaba sobre una plataforma legal social, aunque muchos lo hacían a gusto y capricho propio en sus decisiones. No hay que olvidar que el rey tiene el deber de ser representante de la auténtica autoridad divina, la cual debe replicar en su gestión.

Pero hoy en Día queremos que los reyes gobiernen a nuestro capricho, las leyes se nos hacen ingobernables e imponemos las nuestras, y es que nuestros temores se hacen presentes ante los retos que conlleva una administración, y lo más bajo que podemos caer es a no crecer, ni promover el progreso, sino mi propio beneficio particular.

Lo más curioso redunda en que quiénes menos trabajan, son los que más exigen, y piden derrocar a un rey que los pone a trabajar. Al igual pasa con Dios, no deseamos seguirle y si lo hacemos será bajo nuestros términos, ya no amamos a Dios, sino que buscamos que nos ame y acepte sin comprometernos un poco a su amor.

Es por ello, que la pregunta será ¿A quién quieres de rey? porque el que pidas será quien te salvará con su entrega, pero igual con la tuya, o con  sus limitaciones como las tuyas.

"Cristo Rey del Universo"


“Cristo Rey del Universo”
Mateo 25, 31-46
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: «Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme». 
Entonces los justos le contestarán: Señor, ¿cuando te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?» Y el rey les dirá: «Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis». Y entonces dirá a los de su izquierda: «Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis». 
Entonces también éstos contestarán: «Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?» Y él replicará: «Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo». Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna».
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Hoy con la fiesta de Jesucristo Rey del Universo, coronamos y terminamos un ciclo de lecturas y de celebraciones litúrgicas que van desde la promesa de la salvación hecha desde antiguo, la vida, obras, así como su pasión muerte y resurrección, de Jesús hasta llegar a la espera de su segunda venida, fiesta que celebramos hoy.
Esta fiesta remarca el triunfo al final de los tiempos de la vida de la gracia sobre el pecado y la incorruptibilidad de la carne, que esperamos junto con la resurrección en el último día, cuando Jesús regrese glorioso como justo juez a juzgar vivos y muertos.
Fiesta que además remarca la importancia de una vida llena de obras ordinarias de caridad, realizadas en las más pequeñas e imperceptibles situaciones que se cruzan en nuestras vidas, donde evaluaremos si realmente nos permitimos vivir el Reino, si dejamos que rigiere Jesús en nuestras vidas, o si le usurpamos el trono entregándolo a sabrá Dios quién, o sabrá Dios Qué.
Fiesta que invita a no olvidar de qué y de quién somos parte, como un honor a remarcar. Extirpar el negativo concepto del Dios que te va a juzgar y a refundir en el noveno infierno,  sino realmente conocer a ese Dios misericordioso y justo, que generosamente guía, ayuda y da lo que nosotros realmente quisimos con nuestro ejemplo de vida recibir.

Por ello es una dicha afirmar ¡¡Viva Cristo Rey!!, porque sale del alma, porque lo reconocemos y sobre todo, porque lo amamos.

“…Y tenía ganas de verlo"

“…Y tenía ganas de verlo”
Lucas 9, 7-9
En aquel tiempo, el virrey Herodes se enteró de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado, otros que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. Herodes se decía: —A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?
Y tenía ganas de verlo.
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No es casualidad que aquellos que se sienten seguros en el poder, tengan curiosidad de aquellas situaciones que se les salen de entre las manos y que no las pueden dominar del todo, porque pareciese en el caso de Herodes, que habiendo muerto Juan, la situación vendría a menos y tendría el control total.
Pero eso es una muestra de lo erróneo de la información de aquellos, los que se hacen pasar por sus informantes, no son capaces de obtener los datos certeros de quién es Jesús, en primer lugar porque el medio en el que se desenvuelven y navegan es el del poder viciado y corrompido; al hablar de Jesús, es en el plano de la fe y lo divino, que ni de chiste lo conocerán por el miedo disfrazado de poder que les es riesgoso, como lo fue con Herodías, ya que su misma vida los condena.
Y esa curiosidad que no cuadra con la información que él tiene, no es sino miedo a lo desconocido, morbo y descontento que no amerita acercarse a Jesús, ya que no hará la más mínima mella en su vida y corazón porque su seguridad está puesta en sí mismo y sus malos manejos como virrey.

Al igual nosotros, que tipo de curiosidad tenemos ante Jesús; aquella que confirmará su amor con el tuyo, o aquella de quienes buscan tan sólo el espectáculo para criticarlo y ridiculizarlo en tus miedos, para defenderte atacando.

“La compasión al prójimo”

“La compasión al prójimo”
Mateo 18, 21-35
En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: —Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?
Jesús le contesta: —No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo». El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.
Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes». El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré». Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
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Es muy común que en repetidas ocasiones digamos que se nos acabó la paciencia, que ya no podemos, que estamos hartos de situaciones repetitivas y que aquello se ha convertido en un infierno. En realidad, lo único que esas expresiones están manifestando es un cansancio que ha llegado a presentarse crónicamente en una crísis.
Ante una situación así, lo primero que se pierde es la cordura, ya que nuestros razonamientos estarán empapados de la situación que afecta al momento, pintando todo el entorno del mismo color, la mente estará demasiado saturada para ver claramente soluciones, aunque éstas sean muy simples.
Por ello hay que saber descansar, saber recobrar no solo las fuerzas, sino la cordura y aun más la paz, obtener una mente despejada de todo eso que la sabotea y la hace decidir en su momento acaloradamente. 
Aquí es donde la compasión al prójimo es nula, ya que las mociones sentimentales encontradas, no permiten que decidamos certeramente ante un bien posible que se presente, solamente pensamos en nosotros mismos y nuestros particulares intereses.
Es lo más probable que pidamos el perdón para nosotros, pero que no seamos capaces de otorgarlo a los que nos han fallado en situaciones mínimas. Si Dios es capaz de perdonar tus mayores faltas, ¿por que entonces no lo hacemos de igual manera con los demás?. La compasión es un don que habla de nosotros mismos, de nuestra capacidad de trato y de buenos manejos, cuando no se presenta, el resto jamás será bueno.

Sin embargo esa gran diferencia la puedes marcar tu, porque si tienes capacidad para el orgullo, es señal de que de igual manera y en el mismo tamaño e intensidad podrías ejercer el perdón y la caridad, no se te olvide que al final tu bondad será la que salga a flote; los rencores y malas obras las que te hundan.

‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’

‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’
Mateo 22, 1-14
En aquel tiempo, volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:
“El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir. Envió de nuevo a otros criados que les dijeran: ‘Tengo preparado el banquete; he hecho matar mis terneras y los otros animales gordos; todo está listo. Vengan a la boda’. Pero los invitados no hicieron caso. 
Uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron. Entonces el rey se llenó de cólera y mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego les dijo a sus criados: ‘La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos. Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren’. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de convidados. Cuando el rey entró a saludar a los convidados, vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’ Aquel hombre se quedó callado.
Entonces el rey dijo a los criados: ‘Atenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación’. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”.
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Es un hecho que cuando una persona nos invita a una fiesta, los anfitriones son los que menos la disfrutan, se la viven tratando de ser hospitalarios con todos aquellos que han asistido a la misma, aunque en realidad si se quiere disfrutar del todo, es cuestión de saber invitar a gente positiva, porque los negativos sean invitados o no, vayan o no, de igual manera no les darás gusto con nada, si los puedes excluir, sale lo mismo y no pierdes nada que no estuviera perdido ya, si no van te hacen un gran favor.
Sin embargo, en esta parábola se menciona algo similar, aquellos que fueron invitados especialmente buscaron un pretexto para no asistir, aún siendo favorables a los ojos del Rey, no valoran su esfuerzo y, hasta son capaces de asesinar a sus enviados, así que una vez conociendo y descubriendo que clase de amigos tenía, no duda en descartarlos e invitar a nuevos, aquellos que no había conocido aún.
El Rey al llenar su sala de invitados, ya no es capaz de tolerar abusos de aquellos, los que gozan de su bondad, por ello cuando descubre que uno no ha ido con traje de fiesta, actitud un tanto rara porque fueron invitados en los caminos, pero que en realidad manifiesta no tanto la importancia de la vestimenta, sino esa actitud abierta a compartir la alegría de su señor, aquella que perturba y distrae del verdadero interés de la fiesta a los demás comensales, aquella que les quita la paz y los puede volver contra su señor. Esa es la actitud de esa vestimenta que no tolera el Rey. 
Cuántas veces de igual manera somos perfectamente invitados a participar de la fiesta, en este caso la eucarística, ponemos mil excusas y pretextos, acomodando nuestros tiempos tan solo a lo que el mundo ofrece, pero no a saber dar gracias a Dios, auto excluyéndonos de dicha presencia y participación.

O a veces en su defecto estamos presentes pero sin estar ahí, sin ese traje de actitud participativa y consciente, que perturba a los demás y no los hace disfrutar del gozo de dicho banquete, por ello la invitación esta dada, asistir y poner el traje correcto ya depende de ti; tomado en cuenta eres, tomar en cuenta la invitación, corresponde totalmente a tu persona.

"Pasión Jesucristo"

PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO SEGÚN SAN MATEO (26, 14-27, 66)

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?” Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo.
¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?
El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?”. El respondió: “Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: ‘El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’ “. Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.
Uno de ustedes va a entregarme
Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce, y mientras cenaban, les dijo: “Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme”. Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: “¿Acaso soy yo, Señor?” Él respondió: “El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido”. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: “¿Acaso soy yo, Maestro?” Jesús le respondió: “Tú lo has dicho”.
Éste es mi Cuerpo. Ésta es mi Sangre
Durante la cena, Jesús tomó un pan, y pronunciada la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen y coman. Este es mi Cuerpo”. Luego tomó en sus manos una copa de vino, y pronunciada la acción de gracias, la pasó a sus discípulos, diciendo: “Beban todos de ella, porque ésta es mi Sangre, Sangre de la nueva alianza, que será derramada por todos, para el perdón de los pecados. Les digo que ya no beberé más del fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre”.
Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas
Después de haber cantado el himno, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: “Todos ustedes se van a escandalizar de mí esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después de que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea”. Entonces Pedro le replicó: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré”. Jesús le dijo: “Yo te aseguro que esta misma noche, antes de que el gallo cante, me habrás negado tres veces”. Pedro le replicó: “Aunque tenga que morir contigo, no te negaré”. Y lo mismo dijeron todos los discípulos.
Comenzó a sentir tristeza y angustia
Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a los discípulos: “Quédense aquí mientras yo voy a orar más allá”. Se llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: “Mi alma está llena de una tristeza mortal. Quédense aquí y velen conmigo”. Avanzó unos pasos más, se postró rostro en tierra y comenzó a orar, diciendo: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú”. Volvió entonces a donde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: “¿No han podido velar conmigo ni una hora? Velen y oren, para no caer en la tentación, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil”. Y alejándose de nuevo, se puso a orar, diciendo: “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”. Después volvió y encontró a sus discípulos otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Los dejó y se fue a orar de nuevo, por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Después de esto, volvió a donde estaban los discípulos y les dijo: “Duerman ya y descansen. He aquí que llega la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está aquí el que me va a entregar”.
Echaron mano a Jesús y lo aprehendieron
Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegó Judas, uno de los Doce, seguido de una chusma numerosa con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que lo iba a entregar les había dado esta señal: “Aquel a quien yo le dé un beso, ése es. Aprehéndanlo”. Al instante se acercó a Jesús y le dijo: “¡Buenas noches, Maestro!” Y lo besó. Jesús le dijo: “Amigo, ¿es esto a lo que has venido?” Entonces se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo apresaron.
Uno de los que estaban con Jesús, sacó la espada, hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó una oreja. Le dijo entonces Jesús: “Vuelve la espada a su lugar, pues quien usa la espada, a espada morirá. ¿No crees que si yo se lo pidiera a mi Padre, Él pondría ahora mismo a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Pero, ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, que dicen que así debe suceder?” Enseguida dijo Jesús a aquella chusma: “¿Han salido ustedes a apresarme como a un bandido, con espadas y palos? Todos los días yo enseñaba, sentado en el templo, y no me aprehendieron. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las predicciones de los profetas”. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Verán al Hijo del hombre sentado a la derecha de Dios
Los que aprehendieron a Jesús lo llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde los escribas y los ancianos estaban reunidos. Pedro los fue siguiendo de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello.
Los sumos sacerdotes y todo el sanedrín andaban buscando un falso testimonio contra Jesús, con ánimo de darle muerte; pero no lo encontraron, aunque se presentaron muchos testigos falsos. Al fin llegaron dos, que dijeron: “Éste dijo: ‘Puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días “. Entonces el sumo sacerdote se levantó y le dijo: “¿No respondes nada a lo que éstos atestiguan en contra tuya?” Como Jesús callaba, el sumo sacerdote le dijo: “Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Jesús le respondió: “Tú lo has dicho. Además, yo les declaro que pronto verán al Hijo del hombre, sentado a la derecha de Dios, venir sobre las nubes del cielo”.
Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: “¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?” Ellos respondieron: “Es reo de muerte”. Luego comenzaron a escupirle en la cara y a darle de bofetadas. Otros lo golpeaban, diciendo: “Adivina quién es el que te ha pegado”.
Antes de que el gallo cante, me habrás negado tres veces
Entretanto, Pedro estaba fuera, sentado en el patio. Una criada se le acercó y le dijo: “Tú también estabas con Jesús, el galileo”. Pero él lo negó ante todos, diciendo: “No sé de qué me estás hablando”. Ya se iba hacia el zaguán, cuando lo vio otra criada y dijo a los que estaban ahí: “También ése andaba con Jesús, el nazareno”. Él de nuevo lo negó con juramento: “No conozco a ese hombre”. Poco después se acercaron a Pedro los que estaban ahí y le dijeron: “No cabe duda de que tú también eres de ellos, pues hasta tu modo de hablar te delata”. Entonces él comenzó a echar maldiciones y a jurar que no conocía a aquel hombre. Y en aquel momento cantó el gallo. Entonces se acordó Pedro de que Jesús había dicho: ‘Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces’. Y saliendo de ahí se soltó a llorar amargamente.
Llevaron a Jesús ante el procurador Poncio Pilato
Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. Después de atarlo, lo llevaron ante el procurador, Poncio Pilato, y se lo entregaron.
Entonces Judas, el que lo había entregado, viendo que Jesús había sido condenado a muerte, devolvió arrepentido las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: “Pequé, entregando la sangre de un inocente”. Ellos dijeron: “¿Y a nosotros qué nos importa? Allá tú”. Entonces Judas arrojó las monedas de plata en el templo, se fue y se ahorcó.
No es lícito juntarlas con el dinero de las limosnas
Los sumos sacerdotes tomaron las monedas de plata y dijeron: “No es lícito juntarlas con el dinero de las limosnas, porque son precio de sangre”. Después de deliberar, compraron con ellas el Campo del alfarero, para sepultar ahí a los extranjeros. Por eso aquel campo se llama hasta el día de hoy “Campo de sangre”. Así se cumplió lo que dijo el profeta Jeremías: Tomaron las treinta monedas de plata en que fue tasado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel, y las dieron por el Campo del alfarero, según lo que me ordenó el Señor
¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús compareció ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús respondió: “Tú lo has dicho”. Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Entonces le dijo Pilato: “¿No oyes todo lo que dicen contra ti?” Pero El nada respondió, hasta el punto de que el procurador se quedó muy extrañado. Con ocasión de la fiesta de la Pascua, el procurador solía conceder a la multitud la libertad del preso que quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Dijo, pues, Pilato a los ahí reunidos: “¿A quién quieren que les deje en libertad: a Barrabás o a Jesús, que se dice el Mesías?” Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia.
Estando él sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle: “No te metas con ese hombre justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa”.
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la muchedumbre de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Así, cuando el procurador les preguntó: “¿A cuál de los dos quieren que les suelte?”, ellos respondieron: “A Barrabás”. Pilato les dijo: “¿Y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?” Respondieron todos: “Crucifícalo”. Pilato preguntó: “Pero, ¿qué e mal ha hecho?” Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza: “¡Crucifícalo!” Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: “Yo no me hago responsable de la muerte de este hombre justo. Allá ustedes”. Todo el pueblo respondió: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás. En cambio a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran.
¡Viva el rey de los judíos!
Los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de Él a todo el batallón. Lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; le pusieron una caña en su mano derecha y, arrodillándose ante Él, se burlaban diciendo: “¡Viva el rey de los judíos!”, y le escupían. Luego, quitándole la caña, lo golpeaban con ella en la cabeza. Después de que se burlaron de Él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar.
Juntamente con Él crucificaron a dos ladrones
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Al llegar a un lugar llamado Gólgota, es decir, “Lugar de la Calavera”, le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel; Él lo probó, pero no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes, y se quedaron sentados ahí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: ‘Éste es Jesús, el rey de los judíos’. Juntamente con Él, crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz
Los que pasaban por ahí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole: “Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz”. También se burlaban de Él los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, diciendo: “Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en Él. Ha puesto su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora, si es que de verdad lo ama, pues Él ha dicho: ‘Soy el Hijo de Dios’ “. Hasta los ladrones que estaban crucificados a su lado lo injuriaban.
Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra. Y alrededor de las tres, Jesús exclamó con fuerte voz: “Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?”, que quiere decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Algunos de los presentes, al oírlo, decían: “Está llamando a Elías”.
Enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y sujetándola a una caña, le ofreció de beber. Pero los otros le dijeron: “Déjalo. Vamos a ver si viene Elías a salvarlo”. Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró.
Aquí todos se arrodillan y guardan silencio por unos instantes
Entonces el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron. Se abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos que habían muerto, y después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. Por su parte, el oficial y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”.
Estaban también allí, mirando desde lejos, muchas de las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban Maria Magdalena, María, la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
José tomó el cuerpo de Jesús y lo depositó en un sepulcro nuevo
Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, y Pilato dio orden de que se lo entregaran. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo, que había hecho excavar en la roca para sí mismo. Hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se retiró. Estaban ahí Maria Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro.
Tomen un pelotón de soldados, vayan y aseguren el sepulcro como quieran
Al otro día, el siguiente de la preparación de la Pascua, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato y le dijeron: “Señor, nos hemos acordado de que ese impostor, estando aún en vida, dijo: ‘A los tres días resucitaré’. Manda, pues, asegurar el sepulcro hasta el tercer día; no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: ‘Resucitó de entre los muertos’, porque esta última impostura sería peor que la primera”. Pilato les dijo: “Tomen un pelotón de soldados, vayan y aseguren el sepulcro como ustedes quieran”. Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, poniendo un sello sobre la puerta y dejaron ahí la guardia.

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Hoy no hago ninguna reflexión al respecto porque se debe de mirar el misterio completo, recordando lo que celebraremos esta semana mayor, cada quién se quede y medite con aquel párrafo que le haya llamado más la atención.

"La gente de este tiempo es una gente perversa"

“La gente de este tiempo es una gente perversa”

Lucas: 11, 29-32

En aquel tiempo, la multitud se apiñaba alrededor de Jesús y éste comenzó a decirles: “La gente de este tiempo es una gente perversa. Pide una señal, pero no se le dará más señal que la de Jonás. Pues así como Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para la gente de este tiempo.
Cuando sean juzgados los hombres de este tiempo, la reina del sur se levantará el día del juicio para condenarlos, porque ella vino desde los últimos rincones de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.
Cuando sea juzgada la gente de este tiempo, los hombres de Nínive se levantarán el día del juicio para condenarla, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás”.

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Desde que me acuerdo y me dicen que se acuerdan, he escuchado por doquier, que estos tiempos son tiempos muy cambiados, muy difíciles, cuando el mismo Jesús lo remarca ya en su tiempo.

Todo cambio implica una crisis ante la novedad, despegarse de lo antiguo nunca ha sido fácil, hasta para tirar un suéter viejo nos cuesta, cuanto no más los nuevos paradigmas de los tiempos que se van presentando, más bien conocidos como épocas.

Pero en realidad los cambios son llevaderos, la adaptación aunque cuesta se da sólo con un poco de dolor mientras pasa la transición. Lo malo es que en realidad lo más duro creo que, como Jesús lo remarca es encontrarte con gente perversa, no necesariamente tienen que ser maniacos o asesinos en serie, a esos se les nota y expresan su postura sin tapujos.

De los que si debemos de tener cuidado son de aquellos que aparentan dulzura, nobleza y amabilidad; esos si manipulan la situación perversamente con cara de buenas gentes, esos los tenemos cerca, esos cuando pueden y se presta la ocasión no se la piensan para dañarte. Claro también entre ellos realmente encontramos la gente buena y sincera, nada que decir de ellos, mas que su mérito por conservarse así.

Usualmente viven en situaciones de pecado, que cuando mencionas o insinúas su falta, se sienten ofendidos e intachables, su herramienta de defensa es el ataque verbal, y el desprestigio ajeno, pisoteando al otro para mantener su situación.

Sin embargo señales de pecado notorias, así como de invitación a la gracia, las encontramos por doquier, tan evidentes que hasta los animales las notan con su agrado o rechazo. Pero la gente malvada ante Jesús se defiende pidiendo una señal, por ello Jesús remarca: “perversa” que ante su presencia son capaces de negarlo y pedirle signos viendo su obra completa.

Por eso los deja solos con su ceguera voluntaria, donde las señales seguirán siendo claras, “como la de Jonas” pero si las rechazan, ya es responsabilidad de ellos. Cualquiera con una pizca de sentido común los podrá enjuiciar, como aquellos que reconocieron la evidencia de las obras de Dios, como la reina de Saba, que era no creyente y lo reconoció en la sabiduría de Salomón; aunque no dudo que estas personas, aunque les expliquen los signos claros, sigan defendiendo su ceguera.

La invitación es a retirarte de esa gente falsa y perversa, o en el peor de los casos, a no ser una de esas personas. No es rechazo, no hacerlo con indiferencia, sino con los buenos días bien dados en la caridad, pero sin seguirles el juego.

"Entonces dirá el Rey a los de su derecha…"

“Entonces dirá el Rey a los de su derecha…”

Mt 25,31-46

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda.

Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme’. Entonces los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?’. Y el Rey les dirá: ‘En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis’.

»Entonces dirá también a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis’. Entonces dirán también éstos: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’.

Y él entonces les responderá: ‘En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo’. E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna».

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La lectura del día de hoy nos recuerda que ciertamente el Señor en su momento pedirá cuentas de los dones y capacidades otorgadas en nuestra vida, ya que nos ha dado siempre a la oportunidad de producir excelentes frutos, que además nos llevan a la santidad.

Además de los dones, nos brinda la oportunidad y las circunstancias donde podemos ejercerlos y desarrollarlos, tiempos precisos y situaciones concretas, personas para ayudarlas y cosas para aprovecharlas. Más cada quien sabe por donde las canaliza, si van al fin concreto, o sólo a la utilidad personal.

La Cuaresma es el tiempo propicio para ello, si te fijas bien, en vez de quejarte de los andrajosos, los pedíches, los limosneros, los vagabundos, que parecerá que se vienen en manada, aún más en este tiempo, cuando en realidad las oportunidades de crecer en las obras de caridad que Dios dispone en nuestro camino.

Creemos que con una última confesión al final de nuestra vida y un buen arrepentimiento antes de morir bastan para salvarnos. No dudo de la misericordia de Dios, pero más claro no puede explicarlo Jesús en el evangelio donde remarca “tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme”.

Es decir, no encuentro donde dice ‘vengan los que se arrepintieron cinco minutos antes’, la verdad no lo veo por ningún lado. Lo que sí veo son la obras con la oportunidad de toda una vida para realizarlas. A lo mejor ni cinco minutos tienes al final.

Cuaresma, tiempo de fortaleza y de conversión, aprovéchalo, al final tus obras te defenderán y hablaran por ti, no lo digo yo, lo dice el Señor.

Himno de Epifanía

“EPIFANIA”

HIMNO De la oración de laúdes.

Reyes que venís por ellas,
no busquéis estrellas ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

Mirando sus luces bellas,
no sigáis la vuestra ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

Aquí parad, que aquí está
quien luz a los cielos da:
Dios es el puerto más cierto,
y si habéis hallado puerto
no busquéis estrellas ya.

No busquéis la estrella ahora:
que su luz ha oscurecido
este Sol recién nacido
en esta Virgen Aurora.

Ya no hallaréis luz en ellas,
el Niño os alumbra ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

Aunque eclipsarse pretende,
no reparéis en su llanto,
porque nunca llueve tanto
como cuando el sol se enciende.

Aquellas lágrimas bellas
la estrella oscurecen ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas. Amén.