“Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote”

“Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote”

Lucas 22, 14-20

Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo: –He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios. Y tomando una copa, dio gracias y dijo: –Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios.

Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: –Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía.

Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo: –Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros.

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Definición de la palabra “sacerdote”: un mediador autorizado para ofrecer sacrificios a Dios en reconocimiento de Su dominio supremo y en expiación por los pecados.

Muchas religiones paganas tienen sacerdotes que ofrecen sacrificios según sus conceptos de la divinidad. Pero Dios se reveló a Israel como el Unico Dios verdadero y prohibió la idolatría en el Primer Mandamiento. Los sacerdotes de Israel debían ofrecer sacrificio sólo a Dios.

A diferencia del profeta que comunica el mensaje de Dios a los hombres, el sacerdote es mediador de los hombres ante Dios.

“Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados” -Hebreos 5,1

Sacerdocio común de los fieles y sacerdocio ministerial

El sacerdocio ministerial se diferencia esencialmente, y no sólo de grado, del sacerdocio común de los fieles: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico se ordena el uno para el otro, aunque cada cual participa de forma peculiar del sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial no solo gradual. Porque el sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad que posee, modela y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo: los fieles, en cambio, en virtud del sacerdocio real, participan en la oblación de la eucaristía, en la oración y acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y caridad operante” (LG 10).

Nuevo Testamento

Cristo es Dios y hombre. Como tal es el definitivo Profeta y Sacerdote de la Nueva Alianza. 

Dios lo ha dicho y hecho todo en su Hijo quien, como Hombre, Eterno y Sumo Sacerdote, se ofreció a si mismo una vez y por todas en la Cruz. El es al mismo tiempo sacerdote y víctima de valor infinito y por lo tanto su sacrificio acaba con la necesidad de los antiguos sacrificios que debían repetirse constantemente. Al no necesitarse los antiguos sacrificios, tampoco se necesita el antiguo sacerdocio. Hay un sólo sacerdocio porque hay un sólo sacrificio.

Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos – Jesús, el Hijo de Dios – mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. -Hebreos 4,14-15

Sacerdocio de los fieles bautizados 

Los cristianos de otras iglesias, por lo general, reconocen como nosotros que en el N.T. hay un solo sacerdocio, el de Jesucristo, el Sumo Sacerdote. También por lo general reconocen la doctrina del sacerdocio de todos los fieles, como dice la Escritura:

Pero vosotros sois “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido,” para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz  -I Pedro 2,9

Este pasaje de San Pedro muestra que los miembros de la Iglesia del N.T. tienen un sacerdocio común como lo tenía Israel en el A.T.:

“seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa.” Estas son las palabras que has de decir a los hijos de Israel. Exodo 19, 6

Pero, ¿cómo podemos ser todos sacerdotes si Jesús es el único sacerdote?

Todos los bautizados están unidos a Cristo y participan incluso de su sacerdocio. La mayoría de los protestantes creen, como los católicos, en el sacerdocio universal de los fieles en cuanto a que todos los creyentes ofrecen a Dios oraciones y alabanzas unidos a Cristo.

Sin embargo la fe católica enseña una realidad mas completa sobre el sacerdocio de los fieles: Todos los bautizados somos sacerdotes porque, por la gracia, formamos parte del Cuerpo Místico de Cristo (edificio espiritual).

Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo.
– I Pedro 2,4-5

El bautismo fue el comienzo pero la unión con Cristo debe alimentarse y crecer. Esto significa que todo cristiano debe continuamente ofrecer su vida al Padre en Cristo, morir al hombre viejo y vivir una vida nueva. Es una relación íntima y constante. Ningún cristiano es sacerdote por si mismo pero, en Cristo, todo Cristiano debe ser sacerdote, haciendo de su vida una continua ofrenda.

San Pablo le enseña esto a los que ya eran bautizados:

Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto. -Romanos 12,1-2

Por eso los bautizados tenemos el derecho y deber de ofrecer nuestras vidas y recibir la gracia. Jesús nos ha proveído para ello principalmente por medio de los sacramentos, la participación en la liturgia de la Iglesia y del sacrificio de la Santa Misa. 

El sacrificio de la Santa Misa

Cristo se ofreció al Padre en la Cruz. Este sacrificio se hace presente en la Misa para que nosotros podamos ofrecer nuestras vidas y unirnos a El. Esto es posible porque el sacerdocio del N.T. es muy superior al del A.T. La ofrenda de animales no logra la unión con Dios. Pero ahora es Cristo, Dios y hombre, quien se ofrece, como vimos arriba, para expiar por nuestros pecados y romper las barreras que nos separaban de Dios.

Sacerdocio Ministerial en el A.T.

En el mismo Exodo 19 donde se nos narra sobre el sacerdocio de todos los fieles (según vimos arriba, Cf. Ex 19,6), encontramos la existencia de un sacerdocio ministerial en el A.T.:

Dijo Yahveh a Moisés: «Baja y conjura al pueblo que no traspase las lindes para ver a Yahveh, porque morirían muchos de ellos; aun los sacerdotes que se acercan a Yahveh deben santificarse para que Yahveh no irrumpa contra ellos.» Ex. 19,21-22

Este pasaje, como también la existencia de sacerdotes como Melquisedec, contemporáneo de Abrahán y Jetró, el suegro de Moisés, demuestran que habían sacerdotes aun antes de la Ley de Moisés y el sacerdocio levítico.

Dios transfirió el sacerdocio exclusivamente a la tribu de Leví que se había mantenido fiel a Dios. El libro del Levítico contiene las reglas detalladas para el sacerdocio. Se trata de un sacerdocio organizado con clérigos menores, los levitas y a su cabeza el sumo sacerdote. Los sacerdotes se elegían entre los descendientes de la tribu de Leví y en especial de la familia de Aarón.

Sacerdocio Ministerial en el N.T.
Cristo quiso comunicarnos su vida, no sólo en el bautismo sino también en la Santa Misa y los otros sacramentos. Para recibirlos necesitamos que haya un sacerdocio ministerial que imparta estos sacramentos. Hay un paralelo entre el A.T. y el N.T. Hemos visto que en ambos hay un Sumo Sacerdote, un sacerdocio ministerial y un sacerdocio de los fieles.

El sacerdocio ministerial es esencialmente diferente al sacerdocio común de los fieles.
Los sacerdotes, actuando en la persona de Cristo, ofrecen el sacrificio de la Misa y perdonan los pecados. Cuando el sacerdote ofrece la Misa, es Cristo quien se ofrece; Cuando el sacerdote confiesa es Cristo quien perdona los pecados (Cf. Jn 20,22-23). Es Cristo quien actúa por medio de los sacerdotes para comunicar Su propia vida.

Los protestantes llaman a sus pastores “ministros” porque no han recibido el sacramento del orden. No participan del sacerdocio ministerial de Cristo y por eso no tienen el poder de ofrecer el sacrificio de la Santa Misa (en su lugar, dirigen un “servicio”). No pueden tampoco perdonar pecados en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Comparativa del sacerdocio:

Católicos

Sumo Sacerdote (Cristo)

Unico sacerdocio del N.T.
Sacerdocio ministerial
(Participan del sacerdocio de Cristo como todos los fieles y además reciben el sacramento del orden para servir a los fieles como pastores e impartirles los sacramentos.)
Sacerdocio de los fieles
(Participan de Cristo por el bautismo, crecen en esa unión por medio de la Eucaristía y otros sacramentos que reciben por medio del sacerdote ministerial)

Protestantes

Sumo Sacerdote (Cristo)

Unico sacerdocio del N.T.

No tienen sacerdocio ministerial

(Tienen pastores que pueden bautizar pero no ofrecer el sacrificio de la Santa Misa o impartir los otros sacramentos)

Sacerdocio de los fieles
(Participan de Cristo por el bautismo pero no lo reciben en la Eucaristía ni otros sacramentos)

El sacerdocio del N.T. no es el antiguo sacerdocio levítico

Pues bien, si la perfección estuviera en poder del sacerdocio levítico – pues sobre él descansa la Ley dada al pueblo -, ¿qué necesidad había ya de que surgiera otro sacerdote a “semejanza de Melquisedec,” y no «a semejanza de Aarón»? -Hebreos 7,11, Cf. 7,14

El sacerdote en la Santa Misa NO ofrece nuevos sacrificios. 

Cristo posee un “sacerdocio perpetuo”, por lo tanto su sacrificio es perpetuo. Ese sacrificio que ofreció en el Calvario hace 2000 años se hace presente en la Santa Misa, no es un nuevo sacrificio ni una repetición, sino el mismo y único sacrificio por el cual nos unimos a Cristo para salvarnos del pecado y entrar en la vida nueva:

Pero éste posee un sacerdocio perpetuo porque permanece “para siempre.” De ahí que pueda también salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor.  Así es el Sumo Sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos, que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados propios como aquellos Sumos Sacerdotes, luego por los del pueblo: y esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.  -Hebreos 7,24-27

Pues no penetró Cristo en un santuario hecho por mano de hombre, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro,”y no para ofrecerse a sí mismo repetidas veces al modo como el Sumo Sacerdote entra cada año en el santuario con sangre ajena. Para ello habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Sino que se ha manifestado ahora una sola vez, en la plenitud de los tiempos, para la destrucción del pecado mediante su sacrificio. -Hebreos 9,24-26

El sacerdote es sacerdote EN CRISTO y no por cuenta propia. Es Cristo, actuando en el sacerdote, quien consagra y ofrece Su Cuerpo y Sangre en la Santa Misa. San Pablo lo explica:

Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados;  y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo. Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón. De igual modo, tampoco Cristo se apropió la gloria del Sumo Sacerdocio, sino que la tuvo de quien le dijo: “Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy.” -Hebreos 5,1-5

Los Apóstoles fueron los primeros sacerdotes y fueron ordenados por Jesús el Jueves Santo, cuando les dijo: “Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.”
-Lucas 22,19. 

Hasta el fin de los tiempos

Cristo vino no sólo para una generación sino para estar con nosotros hasta el fin del mundo. Su sacrificio del Calvario ha de ser renovado perpetuamente para que todos puedan participar en El. Para ello se vale de los sacerdotes quienes actúan en su nombre y con su poder. Es por eso que San Pablo dice a Tito:

“El motivo de haberte dejado en Creta fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como yo te ordené” -Tt 1, 5. 

Los obispos y sacerdotes reciben el sacramento del orden que viene de los apóstoles, como Tito lo recibió de Pablo, por medio de la ordenación. Esta línea que da ordenaciones que viene del mismo Cristo por medio de los Apóstoles se llama “sucesión apostólica”. 

También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo. -I Pedro 2,5

“Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote”

“Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote”

Lucas: 22, 14-20

En aquel tiempo, llegada la hora de cenar, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: “Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer, porque yo les aseguro que ya no la volveré a celebrar, hasta que tenga cabal cumplimiento en el Reino de Dios”. Luego tomó en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias y dijo: “Tomen esto y repártanlo entre ustedes, porque les aseguro que ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios”.

Tomando después un pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”. Después de cenar, hizo lo mismo con una copa de vino, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes”.

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El jueves posterior a la Solemnidad de Pentecostés en algunos países se celebra la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, festividad que no aparece en el calendario de la Iglesia universal (como sí lo hacen las fiestas del Sagrado Corazón de Jesús o Jesucristo Rey del Universo), pero que se ha expandido por muchos países.

Esta fiesta tiene sus orígenes en la celebración del sacerdocio de Cristo que en la misa latina se introdujo en algunos calendarios y que tras la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II fue renovada por la Congregación de Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote.

La celebración fue introducida en España en 1973 con la aprobación de la Sagrada Congregación para el Culto Divino.

Asimismo, ésta contiene textos propios para la Santa Misa y el Oficio que fueron aprobados dos años antes.

Además de España, otras Conferencias Episcopales incluyeron esta fiesta en sus calendarios particulares como Chile, Colombia, Perú, Puerto Rico, Uruguay, Venezuela. En algunas diócesis este día es también la ‘Jornada de Santificación de los Sacerdotes’.

San Juan Pablo II, en el documento “Ecclesia de Eucharistia” señala que “el Hijo de Dios se ha hecho hombre, para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquél que lo hizo de la nada”.

“De este modo, Él, el sumo y eterno Sacerdote, entrando en el santuario eterno mediante la sangre de su Cruz, devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad”.

Jesús, Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza

En el Nuevo Testamento con la palabra “sacerdote” no solo se nombra a los ministros, sino que se reserva especialmente para denominar a Cristo y a todo el pueblo de Dios, unidos como un Sacerdocio real:

“Ustedes, en cambio, son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz” (1 Pedro 2,9)

En el capítulo 4 de Hebreos se explica el Sumo Sacerdocio de Jesucristo de esta forma:

“Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos -Jesús, el Hijo de Dios- mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna” (Hebreos 4,14-16)

La carta a los Hebreos también interpreta el sacrificio de Cristo como el nuevo, único y definitivo sacerdocio, diferenciándose así de los sacrificios de los sacerdotes de la antigua alianza:

“Así también Cristo no se apropió la gloria de ser sumo sacerdote, sino que Dios mismo le había dicho: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. O como dice también en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre igual que Melquisedec” (Hebreos 5,5-6)

La misma carta a los Hebreos añade: “Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos” (Hebreos 9,11)

Fuente: Aciprensa.com

Sacerdocio, Eucaristía, Mandato del Amor.

“Jueves Santo”

Sacerdocio, Eucaristía, Mandato del Amor.

Juan: 13,1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido.

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: “Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?” Jesús le replicó: “Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”. Pedro le dijo: “Tú no me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. Entonces le dijo Simón Pedro: “En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos”. Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: ‘No todos están limpios’.

Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”.

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La liturgia del Jueves Santo es una invitación a profundizar concretamente en el misterio de la Pasión de Cristo, ya que quien desee seguirle tiene que sentarse a su mesa y, con máximo recogimiento, ser espectador de todo lo que aconteció ‘en la noche en que iban a entregarlo’. Y por otro lado, el mismo Señor Jesús nos da un testimonio idóneo de la vocación al servicio del mundo y de la Iglesia que tenemos todos los fieles cuando decide lavarle los pies a sus discípulos.

En este sentido, el Evangelio de San Juan presenta a Jesús ‘sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía’ pero que, ante cada hombre, siente tal amor que, igual que hizo con sus discípulos, se arrodilla y le lava los pies, como gesto inquietante de una acogida incansable.

San Pablo completa el retablo recordando a todas las comunidades cristianas lo que él mismo recibió: que aquella memorable noche la entrega de Cristo llegó a hacerse sacramento permanente en un pan y en un vino que convierten en alimento su Cuerpo y Sangre para todos los que quieran recordarle y esperar su venida al final de los tiempos, quedando instituida la Eucaristía.

La Santa Misa es entonces la celebración de la Cena del Señor en la cuál Jesús, un día como hoy, la víspera de su pasión, “mientras cenaba con sus discípulos tomó pan…” (Mt 28, 26).

Él quiso que, como en su última Cena, sus discípulos nos reuniéramos y nos acordáramos de Él bendiciendo el pan y el vino: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22,19).

Antes de ser entregado, Cristo se entrega como alimento. Sin embargo, en esa Cena, el Señor Jesús celebra su muerte: lo que hizo, lo hizo como anuncio profético y ofrecimiento anticipado y real de su muerte antes de su Pasión. Por eso “cuando comemos de ese pan y bebemos de esa copa, proclamamos la muerte del Señor hasta que vuelva” (1 Cor 11, 26).

De aquí que podamos decir que la Eucaristía es memorial no tanto de la Ultima Cena, sino de la Muerte de Cristo que es Señor, y “Señor de la Muerte”, es decir, el Resucitado cuyo regreso esperamos según lo prometió Él mismo en su despedida: ” un poco y ya no me veréis y otro poco y me volveréis a ver” (Jn 16,16).

Como dice el prefacio de este día: “Cristo verdadero y único sacerdote, se ofreció como víctima de salvación y nos mandó perpetuar esta ofrenda en conmemoración suya”. Pero esta Eucaristía debe celebrarse con características propias: como Misa “en la Cena del Señor”.

En esta Misa, de manera distinta a todas las demás Eucaristías, no celebramos “directamente” ni la muerte ni la Resurrección de Cristo. No nos adelantamos al Viernes Santo ni a la Noche de Pascua.

Hoy celebramos la alegría de saber que esa muerte del Señor, que no terminó en el fracaso sino en el éxito, tuvo un por qué y para qué: fue una “entrega”, un “darse”, fue “por algo” o, mejor dicho, “por alguien” y nada menos que por “nosotros y por nuestra salvación” (Credo). “Nadie me quita la vida, había dicho Jesús, sino que Yo la entrego libremente. Yo tengo poder para entregarla.” (Jn 10,16), y hoy nos dice que fue para “remisión de los pecados” (Mt 26,28).

Por eso esta Eucaristía debe celebrarse lo más solemnemente posible, pero, en los cantos, en el mensaje, en los signos, no debe ser ni tan festiva ni tan jubilosamente explosiva como la Noche de Pascua, noche en que celebramos el desenlace glorioso de esta entrega, sin el cual hubiera sido inútil; hubiera sido la entrega de uno más que muere por los pobre y no los libera. Pero tampoco esta Misa está llena de la solemne y contrita tristeza del Viernes Santo, porque lo que nos interesa “subrayar”; en este momento, es que “el Padre nos entregó a su Hijo para que tengamos vida eterna” (Jn 3, 16) y que el Hijo se entregó voluntariamente a nosotros independientemente de que se haya tenido que ser o no, muriendo en una cruz ignominiosa.

Hoy hay alegría y la iglesia rompe la austeridad cuaresmal cantando él “gloria”: es la alegría del que se sabe amado por Dios, pero al mismo tiempo es sobria y dolorida, porque conocemos el precio que le costamos a Cristo.

Podríamos decir que la alegría es por nosotros y el dolor por Él. Sin embargo predomina el gozo porque en el amor nunca podemos hablar estrictamente de tristeza, porque el que da y se da con amor y por amor lo hace con alegría y para dar alegría.

Podemos decir que hoy celebramos con la liturgia (1a Lectura). La Pascua, pero la de la Noche del Éxodo (Ex 12) y no la de la llegada a la Tierra Prometida (Jos. 5, 10-ss).

Hoy inicia la fiesta de la “crisis pascual”, es decir de la lucha entre la muerte y la vida, ya que la vida nunca fue absorbida por la muerte pero si combatida por ella. La noche del sábado de Gloria es el canto a la victoria pero teñida de sangre y hoy es el himno a la lucha pero de quien lleva la victoria porque su arma es el amor.

Fuente: Aciprensa.com

“La Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo”

“La Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo”

Mateo: 6, 19-23

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No acumulen ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y el moho los destruyen, donde los ladrones perforan las paredes y se los roban. Más bien acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el moho los destruyen, ni hay ladrones que perforen las paredes y se los roben; porque donde está tu tesoro, ahí también está tu corazón.
Tus ojos son la luz de tu cuerpo; de manera que, si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo tendrá luz. Pero si tus ojos están enfermos, todo tu cuerpo tendrá oscuridad. Y si lo que en ti debería ser luz, no es más que oscuridad, ¡qué negra no será tu propia oscuridad!”

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Con motivo de la celebración de la Preciosa Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, les comparto esta catequesis de San Juan Crisóstomo, obispo.

De la catequesis de San Juan Crisóstomo, Obispo

(Catequesis 3, 13-19:  SCh 50, 174-177)

El valor de la sangre de Cristo

¿Quieres saber el valor de la sangre de Cristo?  Remontémonos a las figuras que profetizaron y recorramos las antiguas Escrituras.

Inmolad ­­–dice Moisés­- un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa.  «¿Qué dices Moisés?  La sangre de un cordero irracional, ¿puede salvar a los hombre dotados de razón?»  «Sin duda –responde Moisés-:  no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor.»

Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos.

¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre?  Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente.  Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor.  Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio. Uno de los soldados se acercó con la lanza y le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre:  agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía.  El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada.  Esto fue lo que ocurrió con el cordero:  los judíos sacrificaron el cordero, y yo recibo el fruto del sacrificio.

Del costado salió sangre y agua.  No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística.  He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía.  Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia:  con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado ambos del costado.  Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.

Por esta misma razón, afirma San Pablo:  Somos miembros de su cuerpo, formado de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo.  Pues del mismo modo que Dios hizo a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salida de su costado, para edificar la Iglesia.  Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto.

Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre.  Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos.  De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre, y con su leche a aquel a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes Él mismo ha hecho renacer.

Tomada de la Celebración del Oficio de Lecturas del Viernes Santo.

“Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote”

“Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote”

Lucas: 22, 14-20

En aquel tiempo, llegada la hora de cenar, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: “Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer, porque yo les aseguro que ya no la volveré a celebrar, hasta que tenga cabal cumplimiento en el Reino de Dios”. Luego tomó en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias y dijo: “Tomen esto y repártanlo entre ustedes, porque les aseguro que ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios”.

Tomando después un pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”. Después de cenar, hizo lo mismo con una copa de vino, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes”.

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Uno de los dones otorgados por Dios desde Antiguo es el sacerdocio, como instrumento mediador de las gracias donadas y canalizadas entre Dios y los seres humanos, oficializado por medio de un ritual que preside un sacerdote. 

Desde los inicios del pueblo de Israel se eligió a una de las doce tribus, la de Levi para ejercer esta función, es decir los todos los varones levitas serán por decreto sacerdotes y tan sólo ellos podrán ejercer este trabajo, de tal manera que les agrade o no tendrán de manera programada que hacerlo.

Esto trajo una decadencia en el sacerdocio levítico, ya que así como había quien desempeñara el cargo a conciencia, había quien lo hiciera por compromiso sin el amor que el cargo requiere.

Cristo viene a plenificar el Sacerdocio y a elevarlo a una nueva dignidad, porque Él es el perfecto mediador entre Dios y los hombres, por lo que ya no le pertenece a una casta o tribu por tradición, ahora el Señor mismo llama a quienes desea realicen dicho cargo, y les infunde su gracia para que respondan al llamado con una vocación integra, libre y voluntaria.

Ahora el nuevo y eterno sacerdocio es el de Jesucristo, quien es el sumo y eterno sacerdote y, quien hace partícipe de esta gracia inmerecida al hombre para que lo ejerza en confianza en su nombre, de tal manera que Cristo se haga presente en la misma persona del Sacerdote, el altar, en las ofrendas, en su palabra.

Ya no es el sacerdocio de una tribu, es el único y eterno sacerdocio, el de Jesucristo quien se hace presente en cada lugar donde se celebre en su nombre, a través de sus elegidos y consagrados para dar testimonio en el mundo.

Tarea hermosa, pero difícil ante un mundo que vive la imperfección y reclama la perfección que no da, sin embargo llevado en alegría porque la obra no es de ningún sacerdote, sino del mismo Cristo, quien hace todo en todos.

No dejen de pedir por nosotros, y cuenten con mi pobre oración.

Sacerdos in aeternum.

“Lavar los pies al otro”

“Lavar los pies al otro”

Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido.
Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: “Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?” Jesús le replicó: “Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”. Pedro le dijo: “Tú no me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. Entonces le dijo Simón Pedro: “En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos”. Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: ‘No todos están limpios’.
Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”.

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Dentro de este mundo que proclama una cultura cada vez más egocentrista, donde se le da toda la importancia al aparecer, al tener, a la fama y al acumular bienes, olvida que poco a poco va rompiendo el vínculo con los demás, y no es raro encontrar sub-mundos aislados en la manera de tratar a los demás y vivir aislados a tal grado de quedarnos solos en medio de millones de almas con las que podemos enriquecernos humanamente hablando, convivir y ser felices.

Acercarnos a lavarle los pies al otro, parece absurdo, ni siquiera a los mejores amigos pudiéramos hacerlo, porque a lo mejor sería darle poder sobre mi ser, o rebajarme a un estatus inferior, o pensar que soy menos que los demás.

Sin embargo esto acontece precisamente por la falta de conocimiento como de ejecución del mandato del amor, que precisamente Jesús en la última cena afirma al decir: “ámense los unos a los otros, como yo los he amado (Jn 13,34). Es un signo de caridad con el otro, de profunda amistad, de quitar las apariencias, de entrega sin restricciones, de amor incondicional, de eso que el mundo de hoy ya ha perdido.

Pero cuando somos capaces de lavarle los pies a quien sea, afirmamos nuestra superioridad en el amor y en nuestra propia dignidad que esta libre de enredos mentales clasistas y despiadados que llegan hasta el racismo. El amor se profesa a cualquier ser humano que sea digno y consciente de recibirlo, por ello, no hay problema tanto en lavar como en dejarse lavar los pies. aquí el amor y la humildad está todo lo que da engrandeciendo tu ser y santificándolo.

“Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote”

“Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote”

Lucas 22, 14-20

Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo: –He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios. Y tomando una copa, dio gracias y dijo: –Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios.

Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: –Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía.

Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo: –Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros.

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Definición de la palabra “sacerdote”: un mediador autorizado para ofrecer sacrificios a Dios en reconocimiento de Su dominio supremo y en expiación por los pecados.

Muchas religiones paganas tienen sacerdotes que ofrecen sacrificios según sus conceptos de la divinidad. Pero Dios se reveló a Israel como el Unico Dios verdadero y prohibió la idolatría en el Primer Mandamiento. Los sacerdotes de Israel debían ofrecer sacrificio sólo a Dios.

A diferencia del profeta que comunica el mensaje de Dios a los hombres, el sacerdote es mediador de los hombres ante Dios.

“Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados” -Hebreos 5,1

Sacerdocio común de los fieles y sacerdocio ministerial

El sacerdocio ministerial se diferencia esencialmente, y no sólo de grado, del sacerdocio común de los fieles: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico se ordena el uno para el otro, aunque cada cual participa de forma peculiar del sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial no solo gradual. Porque el sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad que posee, modela y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo: los fieles, en cambio, en virtud del sacerdocio real, participan en la oblación de la eucaristía, en la oración y acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y caridad operante” (LG 10).

Nuevo Testamento

Cristo es Dios y hombre. Como tal es el definitivo Profeta y Sacerdote de la Nueva Alianza. 

Dios lo ha dicho y hecho todo en su Hijo quien, como Hombre, Eterno y Sumo Sacerdote, se ofreció a si mismo una vez y por todas en la Cruz. El es al mismo tiempo sacerdote y víctima de valor infinito y por lo tanto su sacrificio acaba con la necesidad de los antiguos sacrificios que debían repetirse constantemente. Al no necesitarse los antiguos sacrificios, tampoco se necesita el antiguo sacerdocio. Hay un sólo sacerdocio porque hay un sólo sacrificio.

Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos – Jesús, el Hijo de Dios – mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. -Hebreos 4,14-15

Sacerdocio de los fieles bautizados 

Los cristianos de otras iglesias, por lo general, reconocen como nosotros que en el N.T. hay un solo sacerdocio, el de Jesucristo, el Sumo Sacerdote. También por lo general reconocen la doctrina del sacerdocio de todos los fieles, como dice la Escritura:

Pero vosotros sois “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido,” para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz  -I Pedro 2,9

Este pasaje de San Pedro muestra que los miembros de la Iglesia del N.T. tienen un sacerdocio común como lo tenía Israel en el A.T.:

“seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa.” Estas son las palabras que has de decir a los hijos de Israel. Exodo 19, 6

Pero, ¿cómo podemos ser todos sacerdotes si Jesús es el único sacerdote?

Todos los bautizados están unidos a Cristo y participan incluso de su sacerdocio. La mayoría de los protestantes creen, como los católicos, en el sacerdocio universal de los fieles en cuanto a que todos los creyentes ofrecen a Dios oraciones y alabanzas unidos a Cristo.

Sin embargo la fe católica enseña una realidad mas completa sobre el sacerdocio de los fieles: Todos los bautizados somos sacerdotes porque, por la gracia, formamos parte del Cuerpo Místico de Cristo (edificio espiritual).

Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo.
– I Pedro 2,4-5

El bautismo fue el comienzo pero la unión con Cristo debe alimentarse y crecer. Esto significa que todo cristiano debe continuamente ofrecer su vida al Padre en Cristo, morir al hombre viejo y vivir una vida nueva. Es una relación íntima y constante. Ningún cristiano es sacerdote por si mismo pero, en Cristo, todo Cristiano debe ser sacerdote, haciendo de su vida una continua ofrenda.

San Pablo le enseña esto a los que ya eran bautizados:

Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto. -Romanos 12,1-2

Por eso los bautizados tenemos el derecho y deber de ofrecer nuestras vidas y recibir la gracia. Jesús nos ha proveído para ello principalmente por medio de los sacramentos, la participación en la liturgia de la Iglesia y del sacrificio de la Santa Misa.

El sacrificio de la Santa Misa

Cristo se ofreció al Padre en la Cruz. Este sacrificio se hace presente en la Misa para que nosotros podamos ofrecer nuestras vidas y unirnos a El. Esto es posible porque el sacerdocio del N.T. es muy superior al del A.T. La ofrenda de animales no logra la unión con Dios. Pero ahora es Cristo, Dios y hombre, quien se ofrece, como vimos arriba, para expiar por nuestros pecados y romper las barreras que nos separaban de Dios.

Sacerdocio Ministerial en el A.T.

En el mismo Exodo 19 donde se nos narra sobre el sacerdocio de todos los fieles (según vimos arriba, Cf. Ex 19,6), encontramos la existencia de un sacerdocio ministerial en el A.T.:

Dijo Yahveh a Moisés: «Baja y conjura al pueblo que no traspase las lindes para ver a Yahveh, porque morirían muchos de ellos; aun los sacerdotes que se acercan a Yahveh deben santificarse para que Yahveh no irrumpa contra ellos.» Ex. 19,21-22

Este pasaje, como también la existencia de sacerdotes como Melquisedec, contemporáneo de Abrahán y Jetró, el suegro de Moisés, demuestran que habían sacerdotes aun antes de la Ley de Moisés y el sacerdocio levítico.

Dios transfirió el sacerdocio exclusivamente a la tribu de Leví que se había mantenido fiel a Dios. El libro del Levítico contiene las reglas detalladas para el sacerdocio. Se trata de un sacerdocio organizado con clérigos menores, los levitas y a su cabeza el sumo sacerdote. Los sacerdotes se elegían entre los descendientes de la tribu de Leví y en especial de la familia de Aarón.

Sacerdocio Ministerial en el N.T.
Cristo quiso comunicarnos su vida, no sólo en el bautismo sino también en la Santa Misa y los otros sacramentos. Para recibirlos necesitamos que haya un sacerdocio ministerial que imparta estos sacramentos. Hay un paralelo entre el A.T. y el N.T. Hemos visto que en ambos hay un Sumo Sacerdote, un sacerdocio ministerial y un sacerdocio de los fieles.

El sacerdocio ministerial es esencialmente diferente al sacerdocio común de los fieles.
Los sacerdotes, actuando en la persona de Cristo, ofrecen el sacrificio de la Misa y perdonan los pecados. Cuando el sacerdote ofrece la Misa, es Cristo quien se ofrece; Cuando el sacerdote confiesa es Cristo quien perdona los pecados (Cf. Jn 20,22-23). Es Cristo quien actúa por medio de los sacerdotes para comunicar Su propia vida.

Los protestantes llaman a sus pastores “ministros” porque no han recibido el sacramento del orden. No participan del sacerdocio ministerial de Cristo y por eso no tienen el poder de ofrecer el sacrificio de la Santa Misa (en su lugar, dirigen un “servicio”). No pueden tampoco perdonar pecados en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Comparativa del sacerdocio:

Católicos

Sumo Sacerdote (Cristo)

Unico sacerdocio del N.T.
Sacerdocio ministerial
(Participan del sacerdocio de Cristo como todos los fieles y además reciben el sacramento del orden para servir a los fieles como pastores e impartirles los sacramentos.)
Sacerdocio de los fieles
(Participan de Cristo por el bautismo, crecen en esa unión por medio de la Eucaristía y otros sacramentos que reciben por medio del sacerdote ministerial)

Protestantes

Sumo Sacerdote (Cristo)

Unico sacerdocio del N.T.

No tienen sacerdocio ministerial

(Tienen pastores que pueden bautizar pero no ofrecer el sacrificio de la Santa Misa o impartir los otros sacramentos)

Sacerdocio de los fieles
(Participan de Cristo por el bautismo pero no lo reciben en la Eucaristía ni otros sacramentos)

El sacerdocio del N.T. no es el antiguo sacerdocio levítico

Pues bien, si la perfección estuviera en poder del sacerdocio levítico – pues sobre él descansa la Ley dada al pueblo -, ¿qué necesidad había ya de que surgiera otro sacerdote a “semejanza de Melquisedec,” y no «a semejanza de Aarón»? -Hebreos 7,11, Cf. 7,14

El sacerdote en la Santa Misa NO ofrece nuevos sacrificios. 

Cristo posee un “sacerdocio perpetuo”, por lo tanto su sacrificio es perpetuo. Ese sacrificio que ofreció en el Calvario hace 2000 años se hace presente en la Santa Misa, no es un nuevo sacrificio ni una repetición, sino el mismo y único sacrificio por el cual nos unimos a Cristo para salvarnos del pecado y entrar en la vida nueva:

Pero éste posee un sacerdocio perpetuo porque permanece “para siempre.” De ahí que pueda también salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor.  Así es el Sumo Sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos, que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados propios como aquellos Sumos Sacerdotes, luego por los del pueblo: y esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.  -Hebreos 7,24-27

Pues no penetró Cristo en un santuario hecho por mano de hombre, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro,”y no para ofrecerse a sí mismo repetidas veces al modo como el Sumo Sacerdote entra cada año en el santuario con sangre ajena. Para ello habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Sino que se ha manifestado ahora una sola vez, en la plenitud de los tiempos, para la destrucción del pecado mediante su sacrificio. -Hebreos 9,24-26

El sacerdote es sacerdote EN CRISTO y no por cuenta propia. Es Cristo, actuando en el sacerdote, quien consagra y ofrece Su Cuerpo y Sangre en la Santa Misa. San Pablo lo explica:

Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados;  y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo. Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón. De igual modo, tampoco Cristo se apropió la gloria del Sumo Sacerdocio, sino que la tuvo de quien le dijo: “Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy.” -Hebreos 5,1-5

Los Apóstoles fueron los primeros sacerdotes y fueron ordenados por Jesús el Jueves Santo, cuando les dijo: “Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.”
-Lucas 22,19.

Hasta el fin de los tiempos

Cristo vino no sólo para una generación sino para estar con nosotros hasta el fin del mundo. Su sacrificio del Calvario ha de ser renovado perpetuamente para que todos puedan participar en El. Para ello se vale de los sacerdotes quienes actúan en su nombre y con su poder. Es por eso que San Pablo dice a Tito:

“El motivo de haberte dejado en Creta fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como yo te ordené” -Tt 1, 5.

Los obispos y sacerdotes reciben el sacramento del orden que viene de los apóstoles, como Tito lo recibió de Pablo, por medio de la ordenación. Esta línea que da ordenaciones que viene del mismo Cristo por medio de los Apóstoles se llama “sucesión apostólica”.

También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo. -I Pedro 2,5.

“Sacerdocio, Caridad, Eucaristía”

“Sacerdocio, Caridad, Eucaristía”

Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: –«Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?»

Jesús le replicó: –«Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».

Pedro le dijo: –«No me lavarás los pies jamás».

Jesús le contestó: –«Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo».

Simón Pedro le dijo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».

Jesús le dijo: –«Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».

Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: –«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

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En un día como hoy, se nos expresó la máxima muestra del amor de Dios, ya que textualmente lo afirma el evangelio, “los amó hasta el extremo”, porque más no se podía, y si se pudiera, más nos amaría.

Amor que no se contenta con la cercanía y los abrazos, amor que se concreta en testimonio y regalos, no para unos cuantos, sino para todo el género humano. Sabiendo que su obra tiene que pasar y trascender, no duda en instituir el sacerdocio, como un regalo en el que Él mismo se hará presente eficazmente, ya que lo participa como algo suyo y ejercido en su nombre eternamente.

Va vinculado naturalmente a la Eucaristía, en dónde se renueva el hecho salvífico de su sacrificio como memorial, se queda entre nosotros y se nos da en alimento para el camino en esta vida hacia la patria celestial.

Además, coronado con el mandato del amor, con esa caridad que tanto nos hace falta, ya que sin ese amor, tanto el sacerdocio, como la eucaristía no tienen ninguna razón de ser.

¿Cómo podremos corresponder a tan gran regalo en medio del amor?

La respuesta está claramente implícita: Celebrar junto con el Sacerdote la Eucaristía, alimentarnos y unirnos a través de la comunión íntimamente con Jesús, y salir a las calles, en la familia, en el trabajo o la escuela, con los amigos e incluso con los desconocidos así como los enemigos a ejercer la máxima muestra de caridad con hechos concretos.

“San Juan María Vianney”

“San Juan María Vianney”

Mateo: 13, 54-58

En aquel tiempo, Jesús llegó a su tierra y se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal forma, que todos estaban asombrados y se preguntaban: “¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? ¿Acaso no es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Qué no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde, pues, ha sacado todas estas cosas?”. Y se negaban a creer en Él.

Entonces, Jesús les dijo: “Un profeta no es despreciado más que en su patria y en su casa”. Y no hizo muchos milagros allí por la incredulidad de ellos.

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En 1806, el cura de Ecully, M. Balley, abrió una escuela para aspirantes a eclesiásticos, y Juan Bautista María Vianney fue enviado a ella. Aunque era de inteligencia mediana y sus maestros nunca parecen haber dudado de su vocación, sus conocimientos eran extremadamente limitados, limitándose a un poco de aritmética, historia, y geografía, y encontró el aprendizaje, especialmente el estudio del latín, excesivamente difícil. Uno de sus compañeros, Matthias Loras, después primer obispo de Dubuque, le ayudaba en sus lecciones de latín.

Pero ahora se presentó otro obstáculo. El joven Vianney fue llamado a filas, al haber obligado la guerra de España y la urgente necesidad de reclutas a Napoleón a retirar la exención que disfrutaban los estudiantes eclesiásticos en la diócesis de su tío, el Cardenal Fesch. Matthieu Vianney intentó sin éxito procurarse un sustituto, de modo que su hijo se vio obligado a incorporarse. Su regimiento pronto recibió la orden de marchar.

La mañana de la partida, Juan Bautista María fue a la iglesia a rezar, y a su vuelta a los cuarteles encontró que sus camaradas se habían ido ya. Se le amenazó con un arresto, pero el capitán del reclutamiento creyó lo que contaba y lo mandó tras las tropas. A la caída de la noche se encontró con un joven que se ofreció a guiarle hasta sus compañeros, pero le condujo a Noes, donde algunos desertores se habían reunido. El alcalde le persuadió de que se quedara allí, bajo nombre supuesto, como maestro.

Después de catorce meses, pudo comunicarse con su familia. Su padre se enfadó al saber que era un desertor y le ordenó que se entregara pero la cuestión fue solucionada por su hermano menor que se ofreció a servir en su lugar y fue aceptado.

Juan Bautista María Vianney reanudó entonces sus estudios en Ecully. En 1812 fue enviado al seminario de Verrieres; estaba tan mal en latín que se vio forzado a seguir el curso de filosofía en francés. Suspendió el examen de ingreso al seminario propiamente dicho, pero en un nuevo examen tres meses más tarde aprobó. El 13 de Agosto de 1815 fue ordenado sacerdote por Monseñor Simon, obispo de Grenoble. Sus dificultades en los estudios preparatorios parecen haberse debido a una falta de flexibilidad mental al tratar con la teoría como algo distinto de la práctica – una falta justificada por la insuficiencia de su primera escolarización, la avanzada edad a la que comenzó a estudiar, el hecho de no tener más que una inteligencia mediana, y que estuviera muy adelantado en ciencia espiritual y en la práctica de la virtud mucho antes de que llegara a estudiarla en abstracto. Fue enviado a Ecully como ayudante de M. Balley, quien fue el primero en reconocer y animar su vocación, que le instó a perseverar cuando los obstáculos en su camino le parecían insuperables, que intercedió ante los examinadores cuando suspendió el ingreso en el seminario mayor, y que era su modelo tanto como su preceptor y protector. En 1818, tras la muerte de M. Balley, Vianney fue hecho párroco de Ars, una aldea no muy lejos de Lyon. Fue en el ejercicio de las funciones de párroco en esta remota aldea francesa en las que el “cura de Ars” se hizo conocido en toda Francia y el mundo cristiano. Algunos años después de llegar a Ars, fundó una especie de orfanato para jóvenes desamparadas. Se le llamó “La Providencia” y fue el modelo de instituciones similares establecidas más tarde por toda Francia. El propio Vianney instruía a las niñas de “La Providencia” en el catecismo, y estas enseñanzas catequéticas llegaron a ser tan populares que al final se daban todos los días en la iglesia a grandes multitudes. “La Providencia” fue la obra favorita del “cura de Ars”, pero, aunque tuvo éxito, fue cerrada en 1847, porque el santo cura pensaba que no estaba justificado mantenerla frente a la oposición de mucha buena gente. Su cierre fue una pesada prueba para él.

Pero la principal labor del Cura de Ars fue la dirección de almas. No llevaba mucho tiempo en Ars cuando la gente empezó a acudir a él de otras parroquias, luego de lugares distantes, más tarde de todas partes de Francia, y finalmente de otros países. Ya en 1835, su obispo le prohibió asistir a los retiros anuales del clero diocesano porque “las almas le esperaban allí”. Durante los últimos diez años de su vida, pasó de dieciséis a dieciocho horas diarias en el confesionario. Su consejo era buscado por obispos, sacerdotes, religiosos, jóvenes y mujeres con dudas sobre su vocación, pecadores, personas con toda clase de dificultades y enfermos. En 1855, el número de peregrinos había alcanzado los veinte mil al año. Las personas más distinguidas visitaban Ars con la finalidad de ver al santo cura y oír su enseñanza cotidiana. El Venerable Padre Colin se ordenó diácono al mismo tiempo, y fue su amigo de toda la vida, mientras que la Madre Marie de la Providence fundaba las hermanas auxiliadoras de las ánimas del purgatorio por su consejo y con su constante aliento. Su dirección se caracterizaba por el sentido común, su notable perspicacia, y conocimiento sobrenatural. A veces adivinaba pecados no revelados en una confesión imperfecta. Sus instrucciones se daban en lenguaje sencillo, lleno de imágenes sacadas de la vida diaria y de escenas campestres, pero que respiraban fe y ese amor de Dios que era su principio vital y que infundía en su audiencia tanto por su modo de comportarse y apariencia como por sus palabras, pues al final, su voz era casi inaudible.

Los milagros registrados por sus biógrafos son de tres clases:

En primer lugar, la obtención de dinero para sus limosnas y alimento para sus huérfanos; en segundo lugar, conocimiento sobrenatural del pasado y del futuro; en tercer lugar, curación de enfermos, especialmente niños.

El mayor milagro de todos fue su vida. Practicó la mortificación desde su primera juventud, y durante cuarenta años su alimentación y su descanso fueron insuficientes, humanamente hablando, para mantener su vida. Y aun así, trabajaba incesantemente, con inagotable humildad, amabilidad, paciencia, y buen humor, hasta que tuvo más de setenta y tres años.

El 3 de Octubre de 1874 Juan Bautista María Vianney fue proclamado Venerable por Pío IX y el 8 de Enero de 1905, fue inscrito entre los Beatos. El Papa Pío X lo propuso como modelo para el clero parroquial.

[Nota: En 1925, el Papa Pío XI lo canonizó. Su fiesta se celebra el 4 de Agosto]

SUSAN T. OTTEN Transcrito por Gerard Haffner Traducido por Francisco Vázquez

Fuente: Aciprensa.com

“Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote”

“Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote”

Lucas: 22, 14-20

En aquel tiempo, llegada la hora de cenar, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: “Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer, porque yo les aseguro que ya no la volveré a celebrar, hasta que tenga cabal cumplimiento en el Reino de Dios”. Luego tomó en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias y dijo: “Tomen esto y repártanlo entre ustedes, porque les aseguro que ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios”.

Tomando después un pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”. Después de cenar, hizo lo mismo con una copa de vino, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes”.

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El jueves posterior a la Solemnidad de Pentecostés en algunos países se celebra la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, festividad que no aparece en el calendario de la Iglesia universal (como sí lo hacen las fiestas del Sagrado Corazón de Jesús o Jesucristo Rey del Universo), pero que se ha expandido por muchos países.

Esta fiesta tiene sus orígenes en la celebración del sacerdocio de Cristo que en la misa latina se introdujo en algunos calendarios y que tras la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II fue renovada por la Congregación de Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote.

La celebración fue introducida en España en 1973 con la aprobación de la Sagrada Congregación para el Culto Divino.

Asimismo, ésta contiene textos propios para la Santa Misa y el Oficio que fueron aprobados dos años antes.

Además de España, otras Conferencias Episcopales incluyeron esta fiesta en sus calendarios particulares como Chile, Colombia, Perú, Puerto Rico, Uruguay, Venezuela. En algunas diócesis este día es también la ‘Jornada de Santificación de los Sacerdotes’.

San Juan Pablo II, en el documento “Ecclesia de Eucharistia” señala que “el Hijo de Dios se ha hecho hombre, para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquél que lo hizo de la nada”.

“De este modo, Él, el sumo y eterno Sacerdote, entrando en el santuario eterno mediante la sangre de su Cruz, devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad”.

Jesús, Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza

En el Nuevo Testamento con la palabra “sacerdote” no solo se nombra a los ministros, sino que se reserva especialmente para denominar a Cristo y a todo el pueblo de Dios, unidos como un Sacerdocio real:

“Ustedes, en cambio, son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz” (1 Pedro 2,9)

En el capítulo 4 de Hebreos se explica el Sumo Sacerdocio de Jesucristo de esta forma:

“Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos -Jesús, el Hijo de Dios- mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna” (Hebreos 4,14-16)

La carta a los Hebreos también interpreta el sacrificio de Cristo como el nuevo, único y definitivo sacerdocio, diferenciándose así de los sacrificios de los sacerdotes de la antigua alianza:

“Así también Cristo no se apropió la gloria de ser sumo sacerdote, sino que Dios mismo le había dicho: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. O como dice también en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre igual que Melquisedec” (Hebreos 5,5-6)

La misma carta a los Hebreos añade: “Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos” (Hebreos 9,11)

Fuente: Aciprensa.com