Lucas 5, 14s.

Lucas 5, 14s.

“…Señor, si quieres, puedes curarme”. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero. Queda limpio…” 

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El Señor siempre quiere lo mejor para ti. Pero ¿tú lo quieres?. Si es así, no basta con pedirlo, demuéstralo con tu vida que así lo deseas. 

“La salud no se da por partes”

“La salud no se da por partes”

Lucas 5, 17-26 

Un día estaba Jesús enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor lo impulsaba a curar. Llegaron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y trataban de introducirlo para colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo, a causa del gentío, subieron a la azotea y, separando las losetas, lo descolgaron con la camilla hasta el centro, delante de Jesús. Él, viendo la fe que tenían, dijo: —«Hombre, tus pecados están perdonados.» Los escribas y los fariseos se pusieron a pensar: —«¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados más que Dios?» Pero Jesús, leyendo sus pensamientos, les replicó: —«¿Qué pensáis en vuestro interior? ¿Qué es más fácil: decir “tus pecados quedan perdonados”, o decir “levántate y anda”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados -dijo al paralítico: A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa.» El, levantándose al punto, a la vista de ellos, tomó la camilla donde estaba tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios. Todos quedaron asombrados, y daban gloria a Dios, diciendo llenos de temor: —«Hoy hemos visto cosas admirables.» 

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En el Evangelio de éste día, nos encontramos con el típico conflicto de la humanidad, donde hacemos una división notoria entre lo físico y lo espiritual, como si fueran dos cosas distintas, donde perdernos el rumbo del espíritu pensando que nuestra humana materialidad vive por sí misma, olvidando que el el alma quien la anima. 

El igual cuando nuestro cuerpo enferma, creemos que es lo único que tenemos que sanar, de igual manera olvidando que el alma necesita ser atendida, por lo que resulta ilógico, cuando nos dirigimos a Dios pedir tan sólo una parte, aquella que nos duele y se nota en la apariencia física, pero no pedimos que nos sane de igual manera el alma, de la cual desatendida manifiesta las enfermedades físicas.

Es por ello que Jesús ante aquellos que hasta la salud prohíben por preceptos humanos atribuidos a Moisés como lo es la ley ritual de ofrendas para el perdón de los pecados y la de las ofrendas para la salud, estallan en desacuerdo porque no hace Jesús las cosas a su manera tarifaria. 

Jesús no ejerce una ley, ejerce la misericordia, por ello primeramente de la al paralítico el descanso del alma, al dejarla sana quitando la carga de los pecados acumulados en la vida, y una vez libre de ese mal, sana su cuerpo y le ordena que regrese a sus habituales ocupaciones, que por la enfermedad estaban limitadas, pero que crezca en su nueva condición ahí donde habita y sea un testimonio de la gracia y el poder de la fe y de Dios.

Por ello, no optemos por pedir saludes parciales, ya que el Señor te da la salud total o no la da, ya que en partes no aprovecha. Si pides la salud del cuerpo, el complemento obligado es la salud del alma, ya que una conserva a la otra.

“El hijo sano”

“El hijo sano”

Lucas: 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”.


Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.


No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a pasar necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.


Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.


Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.


Pero el padre les dijo a sus criados: ¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.


El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.


Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.


El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ “.

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La mayoría de las familias procuran que sus hijos se mantengan sanos, que tengan que comer y, algunos otros que cuando menos vayan a la escuela para que reciban la educación que en casa no reciben.

Pero olvidamos que la salud no radica tan sólo en evitar las enfermedades físicas que requieren en un caso extremo hospitalización o guardar reposo por mientras se recuperan, como lo podría ser la gripe o el sarampión.

En realidad somos inconscientes de aquellas enfermedades que heredamos en la cultura familiar, que aprendimos forzosamente a verlas como lo ordinario porque no había de otra, y me refiero a esas enfermedades que a su vez con nuestro comportamiento contagiamos a los nuestros y que no vemos, preguntándonos al final el por qué nos pasa eso, cuando en realidad en la consecuencia necesaria de nuestros propios actos.

Y es que enfermamos a los hijos con los odios, las separaciones, los celos, los abusos de autoridad, la violencia intrafamiliar, la mala educación y el vocabulario bajo, los rencores y orgullos infundados y enfermizos, las imposiciones religiosas mal llevadas en extremo, al igual con nuestros propios morbos y sexualidades descontroladas aunque sean secretas, porque de alguna manera salen a flote y se contagian.

El hecho de que alguien no llore en la familia, no significa que no le duela algo o que no esté bien. 

Aquí es donde en la propia familia, aún completa e integrada con sus padres presentes e hijos, no es garantía de salud. Muestra de ellos es la parábola del hijo prodigo, que yo lo llamaría la familia disfuncional con el hijo enfermo y cansado del ambiente familiar. ya que incluso el mismo hijo mayor revela actitudes enfermizas manifestadas en el orgullo y resentimiento expresado, aunque esté en casa trabajando.

El regreso del hijo representa a ese hijo que por fin se dio cuenta de su enfermedad y el camino le ha servido para darse cuenta de su realidad, el padre le recibe con gran alegría porque a su vez se da cuenta que ha recuperado a uno de sus hijos sano, no fisicamente sino también mentalmente, donde creo que a su vez, además de ser misericordioso ha de haber reconocido sus defectos como padre, es una sanción total y familiar que lleva a la felicidad.

Por ello hay que permitirnos curar al niño o niña dañados para llegar a la salud que llevamos dentro, no importa si eres hijo o padre, si tienes 8 o 75 años: perdón, aceptación, reconciliación, unidad y retomar la vida en un nuevo sentido son los elementos de sanación que llevan a la plena felicidad y descartar al cien todos los patrones aprendidos.

“Querer el perdón”

“Querer el perdón”

Mateo: 18, 21-35

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.
Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.
Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.
Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

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Cuando uno se pregunta en la cantidad de veces que se debe de otorgar el perdón cuando alguien nos ofende, en realidad quien está hablando es el mismo cansancio, ya que se ha bloqueado la actitud en una actitud predispuesta a rechazar o a actuar de manera quejumbrosa ante la siguiente falta que pudiese ocurrir.

Para empezar hay que tener en cuenta que la persona que nos ofende se encuentra en una situación no asimilada de dolor, por lo que la falta hacia nosotros no es la causa sino la consecuencia de un problema no resuelto en su vida y que a lo mejor no nos corresponde sanar o en su defecto, sentirnos responsable de ello.

El origen del dolor es muy variado y puede alojarse en una persona desde la infancia y no reconocerlo al afirmar la persona dañada con un autoconvencimiento ya caduco que se manifiesta en una “así soy”, es que en realidad ni se ha perdonado, ni ha perdonado a quienes lo dañaron. 

El perdón inicia por uno mismo, ya que de ninguna otra manera vamos a aceptar el perdón de los demás, porque no se tiene la experiencia senadora manifestódose de una manera renuente al cambio y a aceptar a los demás.

Por lo que es muy necesario sanar y perdonarnos a nosotros mismos, una vez obteniendo la paz, el perdón a los demás resulta como una consecuencia sencilla y natural.

“Perdón y plena salud”

“Perdón y plena salud”

Mateo: 6, 7-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando ustedes hagan oración no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar, serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes, pues, oren así:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal. Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas”.

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A veces el perdón se considera como un aspecto tan sólo religioso, donde nos fijamos tan sólo en la cuestión de condenación y salvación, donde implicamos tan sólo el hecho de quedar bien con Dios, con el Padre celestial, y olvidamos el verdadero motivo del perdón, porque bien sabemos que una ofensa a nuestros prójimos resulta en ofensa a Dios por el hecho de ser la persona imagen el mismo Creador.

La oración del Padre Nuestro contempla e implica ambos aspectos, ya que enfatiza primeramente sanar el origen de la falta, que es aquella persona a la que ofendemos, y no hacer hincapié tan solo en la trascendente consecuencia hacia Dios, al que tan sólo le pedimos la reconciliación, sin sanar al directamente herido que es tu hermano.

Es por ello que a diario se nos recomienda hacer dicha oración tan común para estarnos recordando cual sería el método para no guardar tanto odio y resentimiento que desemboca por lo generan en ansiedad, despertando motivos para canalizar el dolor por otros males como puede ser la crítica, levantar falsos y maltratar a todo mundo por la pérdida de esa paz tan necesaria para el equilibrio en nuestra vida.

La plena salud llega cuando te liberas de toda carga al en realidad perdonar sin la necesidad de estar remarcando la falta en la persona, ya que los que nos herimos constantemente somos nosotros mismos alimentando el dolor que al momento a lo mejor ya no existe pero que no soltamos.

Cuando perdones no lo hagas por los demás, ni por nadie mas, hazlo por ti, porque tu eres el principal beneficiado.

“Extirpar de raíz”

“Extirpar de raíz”

Marcos: 9, 41-50

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Todo aquel que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no se quedará sin recompensa.
Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar.

Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; pues más te vale entrar manco en la vida eterna, que ir con tus dos manos al lugar de castigo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo; pues más te vale entrar cojo en la vida eterna, que con tus dos pies ser arrojado al lugar de castigo. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo; pues más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al lugar de castigo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

Todos serán salados con fuego. La sal es cosa buena; pero si pierde su sabor, ¿con qué se lo volverán a dar? Tengan sal en ustedes y tengan paz los unos con los otros”.

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Ciertamente el evangelio es radical y cero tolerancia en todo lo que se refiere al pecado y lo que nos hace perder la gracia de Dios, más no es radicalista, es decir, que exija de manera tajante y extrema sus preceptos, sino que por el contrario van a sanar de manera generosa y definitiva toda dolencia de alma y cuerpo.

Habrá que ver lo textual de las palabras de Jesús cuando hace mención a amputar partes del cuerpo con las que se puede pecar. Aquí lo que hay que entender de tajo, es que de suyo cualquier extremidad u órgano corporal, no es pecaminoso en sí mismo, no se refiere a extirpar un miembro como si fuera el mal y origen del mismo.

De hecho cada parte de nuestro cuerpo no deja de ser un instrumento con el cual podemos auxiliarnos para realizar nuestras labores; aquí el problema radica en que precisamente no se utilizan para el bien que fueron destinadas, y de eso se encarga nuestra mente, que puede desviar el uso y desuso, así como convertirlo en abuso de cada parte de nuestro cuerpo.

Es por ello, que a lo que se refiere Jesús, no es a mutilar nuestro cuerpo, sino a extirpar de raíz aquello que genera el mal uso de nuestro ser, porque de igual manera podemos hacer mucho bien con el mismo. La referencia el clara: “si te es ocasión de pecado”, entonces la ocasión es la que hay que erradicar y no las partes de nuestro cuerpo con las que podemos santificarnos. 

Extirpar de raíz el mal, los pensamientos negativos, tóxicos y obsesivos, es la solución más sana para no volver a mal utilizar lo que el Creador nos ha regalado.

“Querer, Realizar, Sanar”

Querer, Realizar, Sanar”

Marcos: 6, 53-56

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos terminaron la travesía del lago y tocaron tierra en Genesaret.
Apenas bajaron de la barca, la gente los reconoció y de toda aquella región acudían a él, a cualquier parte donde sabían que se encontraba, y le llevaban en camillas a los enfermos.
A dondequiera que llegaba, en los poblados, ciudades o caseríos, la gente le ponía a sus enfermos en la calle y le rogaba que por lo menos los dejara tocar la punta de su manto; y cuantos lo tocaban, quedaban curados.

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En éste pequeño pasaje del evangelio de Marcos, hay un detalle que me gustaría enfatizar, no es el hecho de que Jesús manifestando su autoridad y poder para dar a conocer el Reino de los Cielos y su misión, esté realizando milagros al por mayor, no es eso, sino que las personas al conocer la circunstancia del paso de Jesús por sus vidas desean ser sanados junto con los suyos.

Pero me maravilla el hecho de que a su vez la gente quería ser sanada, porque les queda claro que hay algo que no está bien en sus vidas, y no es tan sólo el dolor físico de algún padecimiento, sino aquella somatización ya crónica de un corazón que ante Jesús se  descubre delante de la grandeza de la gracia de Dios en comparación con nuestra nimiedad y escasez de obras lo suficientemente fuertes para elevar la frente sin complicaciones.

Esa es la salud que inicia en nuestra mente y manera de pensar, donde la propia iniciativa llega al menos a buscar tocarle el bordo del manto, porque la sanación está causando sus efectos comenzando con la voluntad de ser curado, hasta el hecho de tan sólo tocarlo para comprometernos a disponer recibir esas gracias necesarias para fortalecernos integralmente de alma y cuerpo.

Es por ello que la salud inicia reconociendo la enfermedad, para luego utilizar la voluntad al querer un cambio radical, porque se está cansado de vivir igual y en degradación progresiva, ya que una buena intención de cambio no basta, hay que levantarnos y realizar ese acercarnos a tocar a quien nos puede ayudar para poder sanar, que en este caso es Jesús y aquellos que sabe pueden colaborar y con los que nos hace coincidir en el camino, junto con ellos el proceso se limita a “querer, realizar, sanar”.

“Inconformidades crónicas”

“Inconformidades crónicas”

Lucas 7, 31-35

En aquel tiempo, dijo el Señor: «¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos? Se parecen a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros: “Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis”. Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: “Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de recaudadores y pecadores”. Sin embargo, los discípulos de la Sabiduría le han dado la razón».

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Muchas veces he escuchado, sobre todo a gentes mayores decir que todo tiempo pasado fuer mejor, no creo que sea una simple queja, ya que a su vez está revelando un estancamiento en alguna etapa de su vida, de suyo solemos maximizar los momentos vividos durante la adolescencia – juventud, porque en realidad teníamos un mundo de soporte dependiente de los padres y los amigos, con casi cero responsabilidades, por ellos nos era bello.

Sin embargo los tiempos siempre van dando algo nuevo y mejor, es un hecho que cambian las costumbres y en realidad eso es lo que duele, desearíamos que todo fuera como se dio en la etapa del desarrollo personal. Llegamos a una pasividad estática porque hasta en los gustos de música, seguimos escuchando las mismas canciones de antaño siendo herméticos a la novedad que trae cosas muy buenas.

Aquí es cuando si no vamos madurando según la etapa de vida que nos vaya tocando, estaremos pretendiendo que todo confluya a nuestra zona de confort, y cuando no lo logramos vienen las inconformidades, que pueden llegar a manifestarse desde el disgusto por el nuevo lenguaje hasta el reclamo de la propia vida y a todo lo que se nos cruce en el camino.

Es por ello que resulta importante definir, analizar, aceptar y vivir las circunstancias actuales, porque si no, caeremos en la indiferencia mal educada que quejumbrosa de  quien todo lo ve mal, ya como parte de nuestro ser. El Señor da la sabiduría para asimilar dichos sucesos y etapas, pero si nos conformamos con tan sólo la experiencia humana, quedaremos frustrados y limitados al no permitirnos crecer más. Hay que acercarnos a Jesús, los sacramentos, la Sagrada Escritura, la oración, para no ser parte del montón que ni pichan, ni cachan, ni dejan batear, sino todo lo contrario, porque con su sabiduría y gracia nada es imposible y todo se ve de buenas.

“¿Cuál responsabilidad?”

“¿Cuál responsabilidad?”

Mateo 11, 20-24

En aquel tiempo, se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido: —¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy. Os digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti.

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En ciertas ocasiones solemos creer que las responsabilidades no son para todos, o que en su defecto, sólo algunas de manera selectiva lo serán en mi persona según mi agrado, como por ejemplo cuidar una mascota en vez de cuidar a una persona, los niveles de compromiso distan bastante tanto en un caso como en otro, aunque la palabra “cuidar” sea la misma y tenga el mismo significado.

Cada ves nos comprometemos menos, la razón es sencilla, hay una masiva deshumanización intencional que no implica ni a la propia familia, donde tan sólo me sirvo y me acerco a aquellos que en su momento me son útiles para mis necesidades u egos personales, nos saturan ideológicamente con miles de derechos que rechazan cualquier relación afectiva natural, imponiendo barreras que bloquean y niegan las reales obligaciones así como deberes que le siguen sucesivamente, negados totalmente por el compromiso a crecer que desatan.

Todo es parte de un plan impuesto: exijo derechos, niego deberes, no me comprometo, no permito que nadie me corrija, para quedar desvalidos al vaivén de agitadores, sin criterio para pensar ni siquiera en nuestro propio futuro, tan débiles y vulnerables que cualquier contraria nos desmorona en rabietas. 

Sí, creemos que no tenemos responsabilidades, pero la verdad nadie queda exento de ellas, todos las poseemos, que no las cumplamos ya es cuestión personal, pero si no somos capaces de lo mínimo, mucho menos lo mereceremos en aquellas grandes que impliquen una gran remuneración física, donde queremos mucho, haciendo poco o nada.

El problema es que ante el juicio que vendrá, tu ya te habrás juzgado al elegir de antemano el no hacer nada, y ahí Dios respetuosamente nada puede hacer, porque ya haz elegido tu parte sin recompensa, creemos ser listos y tranzas, pero la verdad estamos perdiendo más que lo ganado en apariencias, porque quieras o no, tienes una responsabilidad contigo mismo, con el mundo y con Dios.

“Vista sana”

“Vista sana”

Mateo 6, 19-23

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Amontonad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los roan, ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Y si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!».

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Dentro de los múltiples dones que Dios nos ha regalado encontramos uno muy preciado: la vista, de la cual dependemos mayormente para realizar nuestras actividades diarias con mayor eficacia, sin embargo hoy en nuestros días no es vital para la supervivencia, por los medios con que contamos para su ayuda y beneficios.

Pero esa vista receptora depende mucho hacia dónde la dirijamos, podemos canalizarla a descubrir las maravillas de la creación o podemos anclarla en observar tan sólo amargamente lo que nos lleva a la infelicidad y al mal.

Somos receptores que al final manifestamos aquello de lo que nos hemos saturado, negativamente considerándolo ya como lo ordinario en nuestras propias vidas, cuando un cambio abrupto para corregir eso es necesario en ciertas etapas, a manera de purga y purificación.

Hemos sido hechos para manifestar esa luz que entra por nuestra vista, por lo que cuando no lo hacemos, entonces lo que se ve, es esa ausencia, ese vacío, esa nulidad, habrá oscuridad y no manifestarás nada, pero si se verá tu vacíes.

Es por ello que no tan sólo hay que cuidar la vista, sino que hay que ver aquello que nos da luz, hay que tener vista sana, aquella que hasta un ciego puede tener, porque no tan sólo entra por los ojos, sino que se asimila en el corazón; que todo en ti sea luz, y no vean cuan vacío estas, porque aunque bien te vistas y te cuides externamente, si no tienes esa luz, por más caro que sea tu cuidado nada manifestarás.