“La perfección se auto limita”

“La perfección se auto limita”

Mateo: 9, 9-13

En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió.

Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús los oyó y les dijo: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

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Es una pena encontrarnos con situaciones en donde las personas creen que porque hacen un supuesto bien, con eso basta para sentirse graduados en santidad y superiores, con el poder de juzgar a quien se equivoca, sin ayudar al que poco a poco va creciendo en el camino de perfeccionar sus dones y criterios.

Sentirnos perfectos es tan negativo como quien se siente imperfecto, a saber que ninguna de las dos situaciones atañe a la realidad efectiva, ya que solemos estancarnos y exagerar ya sea una o la otra.

Y es que la perfección que conocemos, es gradual, cada vez más podemos crecer en ella, hasta llegar a la altura de nuestro Padre Celestial, que capacidad tenemos para ello, pero falta saltar al siguiente nivel, ya que cuando nos quedamos en cierto tipo de perfección a los ojos personales o del mundo, en realidad la estamos limitando a no ir más allá y quedarnos cómodamente con esa imagen que brindamos, pero que en su momento caduca.

No hay como sentir la satisfacción por el bien realizado, porque da gozo y alegría, pero sin olvidar que se trata de una actitud dinámica, que una vez habiendo llegado a una meta, estamos más que capacitados para el siguiente reto que nos santificará aún más, y así progresivamente. 

Es por ello que sentirnos perfectos nos autolimita a crecer, y sobre todo a aceptar a aquellos que podemos a la par dar la mano en el camino recorrido y superado, he ahí la verdadera misericordia.

“Entrega la Ofrenda…”

“Entrega la Ofrenda…”


Mateo 8, 1-4


En aquel tiempo, al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente. En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: —Señor, si quieres, puedes limpiarme.

Extendió la mano y lo tocó diciendo: —¡Quiero, queda limpio!

Y enseguida quedó limpio de la lepra. Jesús le dijo: —No se lo digas a nadie, pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés.


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Cuando somos recurrentes a Dios, ya sea a través de la oración, ya sea a través de los sacramentos, nuestra actitud no debería de ser de trueque, es decir de recibir algo a cambio, cuando a lo mejor ni eso se da porque en la mayoría de los casos volvemos hacia Él tan sólo para pedir recibir algo en nuestra necesidad y en una sola vía, la de mi provecho.


A veces nos desilusionamos porque el trueque o negocio con Dios no se llevó a buen fin, claro para nosotros, porque no recibí lo que pedí, pero en realidad sí lo recibiste, ya que la sabiduría de Dios en realidad sabe lo que necesitas y si un dolor te hará crecer, lo permitirá por tu propio bien y no tu detrimento con lo que pides y no te ayuda, ni te hace mejor persona.


Pero además de esas negativas, Dios no deja de ser generoso, pero a conciencia y en real necesidad basada en la verdad. Porque si sabe que el milagro requerido no ransformará tu vida, a tal grado que tu mismo agradecimiento se vea reflejado en tu comportamiento como una ofrenda digna y agradable a Dios, ¿Dónde queda la reciprocidad?, hay que entregar la ofrenda y esa te implica a tí y no tu monedero.


Por ello así como toda compra requiere una factura, todo milagro requiere una ofrenda, y si no estas dispuesto a otorgarla en tu actitud y tu vida, sencillamente el milagro ya se dió pero no a tu gusto para no autoperjudicarte.

“Brillar o ensombrecer”

“Brillar o ensombrecer”

Mateo: 5, 13-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa.

Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”. 

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Cientos de veces se escucha por todos lados y más ahora que se tiene acceso por medio de las redes sociales, el constante quejarse de la situación tan negativa que se vive en el mundo, el denunciar y exponer todo cuanto no va acorde a nuestro sentir y pensar, y alimentarse de tan sólo lo que alimenta morbosamente la mente para tener de qué dialogar, en cierta manera esparciendo por sus propios y personales medios, un veneno sutil y voraz que pretende arrancar cuanta paz posea una persona.

Habrá quien llame a eso activismo, remarcando y echando en cara que al mundo no le importa cuanto sufrimiento y situación negativa existe y, no es porque no le importe al resto del mundo, sino que no se tiene la necesidad de remarcar o enfatizar cuanto yace en el mal, porque el tan sólo hecho de evidenciarlo, se le está dando una difusión que no la merece, cuando en realidad necesitamos escuchar más que nada cosas buenas y alentarlas.

Aquí es donde nos enfrascamos en esas oscuridades que hacemos extensivas, donde las tinieblas se expanden sin necesidad ni derecho, ensombreciendo aún más a quien está luchando contra sus propias oscuridades.

Por el contrario, hay que medir nuestra vida por cuánto brillamos, y no por lo contrario, por la verdad que vivimos y mediante un simple acto de testimonio callado, iluminar y dejarnos iluminar por quien nos participa de su luz, de su gracia, de su amor y bondad.

Por ello la pregunta: ¿En todo lo que hacemos, brillamos o ensombrecemos a los demás?

“La salud no se da por partes”

“La salud no se da por partes”

Lucas 5, 17-26 

Un día estaba Jesús enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor lo impulsaba a curar. Llegaron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y trataban de introducirlo para colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo, a causa del gentío, subieron a la azotea y, separando las losetas, lo descolgaron con la camilla hasta el centro, delante de Jesús. Él, viendo la fe que tenían, dijo: —«Hombre, tus pecados están perdonados.» Los escribas y los fariseos se pusieron a pensar: —«¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados más que Dios?» Pero Jesús, leyendo sus pensamientos, les replicó: —«¿Qué pensáis en vuestro interior? ¿Qué es más fácil: decir “tus pecados quedan perdonados”, o decir “levántate y anda”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados -dijo al paralítico: A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa.» El, levantándose al punto, a la vista de ellos, tomó la camilla donde estaba tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios. Todos quedaron asombrados, y daban gloria a Dios, diciendo llenos de temor: —«Hoy hemos visto cosas admirables.» 

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En el Evangelio de éste día, nos encontramos con el típico conflicto de la humanidad, donde hacemos una división notoria entre lo físico y lo espiritual, como si fueran dos cosas distintas, donde perdernos el rumbo del espíritu pensando que nuestra humana materialidad vive por sí misma, olvidando que el el alma quien la anima. 

El igual cuando nuestro cuerpo enferma, creemos que es lo único que tenemos que sanar, de igual manera olvidando que el alma necesita ser atendida, por lo que resulta ilógico, cuando nos dirigimos a Dios pedir tan sólo una parte, aquella que nos duele y se nota en la apariencia física, pero no pedimos que nos sane de igual manera el alma, de la cual desatendida manifiesta las enfermedades físicas.

Es por ello que Jesús ante aquellos que hasta la salud prohíben por preceptos humanos atribuidos a Moisés como lo es la ley ritual de ofrendas para el perdón de los pecados y la de las ofrendas para la salud, estallan en desacuerdo porque no hace Jesús las cosas a su manera tarifaria. 

Jesús no ejerce una ley, ejerce la misericordia, por ello primeramente de la al paralítico el descanso del alma, al dejarla sana quitando la carga de los pecados acumulados en la vida, y una vez libre de ese mal, sana su cuerpo y le ordena que regrese a sus habituales ocupaciones, que por la enfermedad estaban limitadas, pero que crezca en su nueva condición ahí donde habita y sea un testimonio de la gracia y el poder de la fe y de Dios.

Por ello, no optemos por pedir saludes parciales, ya que el Señor te da la salud total o no la da, ya que en partes no aprovecha. Si pides la salud del cuerpo, el complemento obligado es la salud del alma, ya que una conserva a la otra.

“El hijo sano”

“El hijo sano”

Lucas: 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”.


Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.


No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a pasar necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.


Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.


Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.


Pero el padre les dijo a sus criados: ¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.


El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.


Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.


El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ “.

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La mayoría de las familias procuran que sus hijos se mantengan sanos, que tengan que comer y, algunos otros que cuando menos vayan a la escuela para que reciban la educación que en casa no reciben.

Pero olvidamos que la salud no radica tan sólo en evitar las enfermedades físicas que requieren en un caso extremo hospitalización o guardar reposo por mientras se recuperan, como lo podría ser la gripe o el sarampión.

En realidad somos inconscientes de aquellas enfermedades que heredamos en la cultura familiar, que aprendimos forzosamente a verlas como lo ordinario porque no había de otra, y me refiero a esas enfermedades que a su vez con nuestro comportamiento contagiamos a los nuestros y que no vemos, preguntándonos al final el por qué nos pasa eso, cuando en realidad en la consecuencia necesaria de nuestros propios actos.

Y es que enfermamos a los hijos con los odios, las separaciones, los celos, los abusos de autoridad, la violencia intrafamiliar, la mala educación y el vocabulario bajo, los rencores y orgullos infundados y enfermizos, las imposiciones religiosas mal llevadas en extremo, al igual con nuestros propios morbos y sexualidades descontroladas aunque sean secretas, porque de alguna manera salen a flote y se contagian.

El hecho de que alguien no llore en la familia, no significa que no le duela algo o que no esté bien. 

Aquí es donde en la propia familia, aún completa e integrada con sus padres presentes e hijos, no es garantía de salud. Muestra de ellos es la parábola del hijo prodigo, que yo lo llamaría la familia disfuncional con el hijo enfermo y cansado del ambiente familiar. ya que incluso el mismo hijo mayor revela actitudes enfermizas manifestadas en el orgullo y resentimiento expresado, aunque esté en casa trabajando.

El regreso del hijo representa a ese hijo que por fin se dio cuenta de su enfermedad y el camino le ha servido para darse cuenta de su realidad, el padre le recibe con gran alegría porque a su vez se da cuenta que ha recuperado a uno de sus hijos sano, no fisicamente sino también mentalmente, donde creo que a su vez, además de ser misericordioso ha de haber reconocido sus defectos como padre, es una sanción total y familiar que lleva a la felicidad.

Por ello hay que permitirnos curar al niño o niña dañados para llegar a la salud que llevamos dentro, no importa si eres hijo o padre, si tienes 8 o 75 años: perdón, aceptación, reconciliación, unidad y retomar la vida en un nuevo sentido son los elementos de sanación que llevan a la plena felicidad y descartar al cien todos los patrones aprendidos.

“Querer el perdón”

“Querer el perdón”

Mateo: 18, 21-35

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.
Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.
Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.
Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

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Cuando uno se pregunta en la cantidad de veces que se debe de otorgar el perdón cuando alguien nos ofende, en realidad quien está hablando es el mismo cansancio, ya que se ha bloqueado la actitud en una actitud predispuesta a rechazar o a actuar de manera quejumbrosa ante la siguiente falta que pudiese ocurrir.

Para empezar hay que tener en cuenta que la persona que nos ofende se encuentra en una situación no asimilada de dolor, por lo que la falta hacia nosotros no es la causa sino la consecuencia de un problema no resuelto en su vida y que a lo mejor no nos corresponde sanar o en su defecto, sentirnos responsable de ello.

El origen del dolor es muy variado y puede alojarse en una persona desde la infancia y no reconocerlo al afirmar la persona dañada con un autoconvencimiento ya caduco que se manifiesta en una “así soy”, es que en realidad ni se ha perdonado, ni ha perdonado a quienes lo dañaron. 

El perdón inicia por uno mismo, ya que de ninguna otra manera vamos a aceptar el perdón de los demás, porque no se tiene la experiencia senadora manifestódose de una manera renuente al cambio y a aceptar a los demás.

Por lo que es muy necesario sanar y perdonarnos a nosotros mismos, una vez obteniendo la paz, el perdón a los demás resulta como una consecuencia sencilla y natural.

“Perdón y plena salud”

“Perdón y plena salud”

Mateo: 6, 7-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando ustedes hagan oración no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar, serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes, pues, oren así:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal. Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas”.

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A veces el perdón se considera como un aspecto tan sólo religioso, donde nos fijamos tan sólo en la cuestión de condenación y salvación, donde implicamos tan sólo el hecho de quedar bien con Dios, con el Padre celestial, y olvidamos el verdadero motivo del perdón, porque bien sabemos que una ofensa a nuestros prójimos resulta en ofensa a Dios por el hecho de ser la persona imagen el mismo Creador.

La oración del Padre Nuestro contempla e implica ambos aspectos, ya que enfatiza primeramente sanar el origen de la falta, que es aquella persona a la que ofendemos, y no hacer hincapié tan solo en la trascendente consecuencia hacia Dios, al que tan sólo le pedimos la reconciliación, sin sanar al directamente herido que es tu hermano.

Es por ello que a diario se nos recomienda hacer dicha oración tan común para estarnos recordando cual sería el método para no guardar tanto odio y resentimiento que desemboca por lo generan en ansiedad, despertando motivos para canalizar el dolor por otros males como puede ser la crítica, levantar falsos y maltratar a todo mundo por la pérdida de esa paz tan necesaria para el equilibrio en nuestra vida.

La plena salud llega cuando te liberas de toda carga al en realidad perdonar sin la necesidad de estar remarcando la falta en la persona, ya que los que nos herimos constantemente somos nosotros mismos alimentando el dolor que al momento a lo mejor ya no existe pero que no soltamos.

Cuando perdones no lo hagas por los demás, ni por nadie mas, hazlo por ti, porque tu eres el principal beneficiado.

“Extirpar de raíz”

“Extirpar de raíz”

Marcos: 9, 41-50

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Todo aquel que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no se quedará sin recompensa.
Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar.

Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; pues más te vale entrar manco en la vida eterna, que ir con tus dos manos al lugar de castigo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo; pues más te vale entrar cojo en la vida eterna, que con tus dos pies ser arrojado al lugar de castigo. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo; pues más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al lugar de castigo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

Todos serán salados con fuego. La sal es cosa buena; pero si pierde su sabor, ¿con qué se lo volverán a dar? Tengan sal en ustedes y tengan paz los unos con los otros”.

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Ciertamente el evangelio es radical y cero tolerancia en todo lo que se refiere al pecado y lo que nos hace perder la gracia de Dios, más no es radicalista, es decir, que exija de manera tajante y extrema sus preceptos, sino que por el contrario van a sanar de manera generosa y definitiva toda dolencia de alma y cuerpo.

Habrá que ver lo textual de las palabras de Jesús cuando hace mención a amputar partes del cuerpo con las que se puede pecar. Aquí lo que hay que entender de tajo, es que de suyo cualquier extremidad u órgano corporal, no es pecaminoso en sí mismo, no se refiere a extirpar un miembro como si fuera el mal y origen del mismo.

De hecho cada parte de nuestro cuerpo no deja de ser un instrumento con el cual podemos auxiliarnos para realizar nuestras labores; aquí el problema radica en que precisamente no se utilizan para el bien que fueron destinadas, y de eso se encarga nuestra mente, que puede desviar el uso y desuso, así como convertirlo en abuso de cada parte de nuestro cuerpo.

Es por ello, que a lo que se refiere Jesús, no es a mutilar nuestro cuerpo, sino a extirpar de raíz aquello que genera el mal uso de nuestro ser, porque de igual manera podemos hacer mucho bien con el mismo. La referencia el clara: “si te es ocasión de pecado”, entonces la ocasión es la que hay que erradicar y no las partes de nuestro cuerpo con las que podemos santificarnos. 

Extirpar de raíz el mal, los pensamientos negativos, tóxicos y obsesivos, es la solución más sana para no volver a mal utilizar lo que el Creador nos ha regalado.

“Querer, Realizar, Sanar”

Querer, Realizar, Sanar”

Marcos: 6, 53-56

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos terminaron la travesía del lago y tocaron tierra en Genesaret.
Apenas bajaron de la barca, la gente los reconoció y de toda aquella región acudían a él, a cualquier parte donde sabían que se encontraba, y le llevaban en camillas a los enfermos.
A dondequiera que llegaba, en los poblados, ciudades o caseríos, la gente le ponía a sus enfermos en la calle y le rogaba que por lo menos los dejara tocar la punta de su manto; y cuantos lo tocaban, quedaban curados.

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En éste pequeño pasaje del evangelio de Marcos, hay un detalle que me gustaría enfatizar, no es el hecho de que Jesús manifestando su autoridad y poder para dar a conocer el Reino de los Cielos y su misión, esté realizando milagros al por mayor, no es eso, sino que las personas al conocer la circunstancia del paso de Jesús por sus vidas desean ser sanados junto con los suyos.

Pero me maravilla el hecho de que a su vez la gente quería ser sanada, porque les queda claro que hay algo que no está bien en sus vidas, y no es tan sólo el dolor físico de algún padecimiento, sino aquella somatización ya crónica de un corazón que ante Jesús se  descubre delante de la grandeza de la gracia de Dios en comparación con nuestra nimiedad y escasez de obras lo suficientemente fuertes para elevar la frente sin complicaciones.

Esa es la salud que inicia en nuestra mente y manera de pensar, donde la propia iniciativa llega al menos a buscar tocarle el bordo del manto, porque la sanación está causando sus efectos comenzando con la voluntad de ser curado, hasta el hecho de tan sólo tocarlo para comprometernos a disponer recibir esas gracias necesarias para fortalecernos integralmente de alma y cuerpo.

Es por ello que la salud inicia reconociendo la enfermedad, para luego utilizar la voluntad al querer un cambio radical, porque se está cansado de vivir igual y en degradación progresiva, ya que una buena intención de cambio no basta, hay que levantarnos y realizar ese acercarnos a tocar a quien nos puede ayudar para poder sanar, que en este caso es Jesús y aquellos que sabe pueden colaborar y con los que nos hace coincidir en el camino, junto con ellos el proceso se limita a “querer, realizar, sanar”.