“Hace oír y hablar”

“Hace oír y hablar”

Marcos 7, 31-37

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. El, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: —Effetá (esto es, «ábrete»).

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. El les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: —Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

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El mayor y más común hecho milagroso que esperamos de Jesús tanto en su tiempo como hoy, es el de los milagros sobre todo de manera espectacular con los lisiados y discapacitados, claro, milagros muy sorprendentes porque cambian radicalmente el ser de la persona de un estado de discapacidad a uno de total acción y laboralidad.

Creemos que nosotros estamos sanos y completos, pero en realidad tenemos muchas discapacidades, no se diga las mentales, donde nuestro mundo se cierra al propio pensamiento y nada más; las discapacidades del corazón, donde estamos imposibilitados a amar, donde nos contentamos a ratos con tan sólo pequeños satisfactores emocionales y con películas que nos hagan llorar; o inclusive las discapacidades para actuar, donde no somos capaces de levantar la voz ante una injusticia o de escuchar a quien lo necesita, con la omisión a todo lo que da.

En fin miles de discapacidades más, entre millones que se sienten sanos.

Aquí es donde en medio de la salud puede nuevamente ocurrir un milagro enorme, me estoy refiriendo al milagro de que se nos abran los oídos para poder saber escuchar y entender el a los demás, con el lenguaje de la humanidad que llora, que sufre, que ama, que vive feliz y en alegría, donde nada de eso hoy se entiende y se juzga amargamente.

Saber hablar y no decir tan solo insolencias, tonterías y absurdos que nos parecen graciosos e importantes, pero que en realidad no dicen nada ni generan más que tan sólo incomodidad sin novedad, además de maldecir.

Aquí es donde necesitamos el milagro en medio de nuestras vidas y no con los discapacitados físicamente, porque es un hecho que ellos con lo poco que se expresan, dicen y siembran mucho más que tú con tu lenguaje durante toda tu vida.

Aquí y ahora es cuando más necesitamos el milagro de Jesús para que nos haga oír y hablar primero correctamente y luego como Dios manda.

“Jesús extendió la mano y lo tocó…”

“Jesús extendió la mano y lo tocó…”

Lucas 5, 12-16

Una vez, estando Jesús en un pueblo, se presentó un hombre lleno de lepra; al ver a Jesús cayó rostro a tierra y le suplicó: «Señor, si quieres puedes limpiarme». Y Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». Y enseguida le dejó la lepra. Jesús le recomendó que no lo dijera a nadie, y añadió: «Ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés para que les conste». Se hablaba de él cada vez más, y acudía mucha gente a oírle y a que los curara de sus enfermedades. Pero él solía retirarse a despoblado para orar.

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Cuando a Dios nos referimos, como que hay un común denominador de respeto, pero un respeto un tanto desmedido, porque como puede rayar en el miedo, así cómo lo puede ser en la indiferencia total.

Un claro ejemplo de la cercanía fraternal y llena de caridad la encontramos en la curación del leproso, quien con una humildad total le sugiere en súplica su permiso para obtener la salud, actitud que se ganó la atención y admiración de Jesús, al encontrar en ese medio tan cansado por el dolor causado de la enfermedad tan penosa, una actitud de no exigencia, sino de respeto y reconocimiento de su labor.

Es por ello que remarco con cuánta alegría y disposición “Jesús extendió la mano y lo tocó”, pudo ante el mal aspecto el leproso obrar desde lejos, pero la persona se hizo digna de su atención y la disposición de recibir aquella gracia sin demandarla. Personas que brillan por su personalidad a pesar de su aspecto físico, que ganan afectos y voluntades, aquellas que el proceso mismo de la enfermedad las ha acrisolado y pulido, no con resignación, sino con aceptación real de su situación, brindándoles esa paz necesaria para sobrellevar no tan sólo su situación, sino la reacción de los demás ante su condición.

Son joyas que Dios mismo aprovecha en el camino para dar testimonio de su intercesión y aún más en los que desean recibirla. Actitud que sigue ganando voluntades, por ello lo buscaban con mayor intensidad.

Es por ello que Dios no repara en rechazos ante nadie, a no ser que tu seas quien se retira del alcance de su bendita mano con una actitud de rechazo en medio de tu miedos y cansancios. Hazte digno porque lo eres y lo puedes ser aún más, no importa ni tu aspecto, ni tu pecado, ni tu culpa, importa tu corazón.

¿Qué quieres que haga por ti?..

Lucas 18, 35-43

En aquel tiempo, cuando Jesús se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado a un lado del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello, y le explicaron que era Jesús el nazareno, que iba de camino. Entonces él comenzó a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!” Los que iban adelante lo regañaban para que se callara, pero él se puso a gritar más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”

Entonces Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” Él le contestó: “Señor, que vea”. Jesús le dijo: “Recobra la vista; tu fe te ha curado”.

Enseguida el ciego recobró la vista y lo siguió, bendiciendo a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.

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En el camino de nuestra vida, solemos andar sin mirar junto con quien vamos a los lados, habrá gente que nos dañe, pero también habrá quien nos apoye y ayude.

Cuando vemos que acontece algo fuera de lo común preguntamos ¿quien es? o ¿qué sucede? para enterarnos, así diariamente el Señor pasa cercano, pero si no lo conocemos o nos informamos, lo dejaremos pasar de largo.

Enterados como el ciego, aprovecha y clama al Señor a voz abierta, hasta que lo escucha, pues al ver Jesús tan vivo interés, es Él mismo quien toma la iniciativa y se pone a disposición preguntando ¿Qué quieres que haga por ti?.

Sabemos lo que pide el ciego, más las circunstancias no varían en nuestro caso, porque Jesús siempre dispuesto va a hacerte la misma pregunta y ¿qué pedimos?, no será que desaprovechamos la oportunidad solicitando caprichos, necedades o que complete nuestros deberes inconclusos, cosas no necesarias.

No será que nos cegamos para ver egoístamente sólo lo nuestro y nos hacemos de la vista gorda para no ver las obligaciones que competen al bien recibido.

El ciego PIDIO lo que más necesitaba en realidad, RECIBIÓ lo que solicitó y RESPONDIÓ agradecido con su vida GLORIFICANDO a Dios, además MOTIVÓ a los demás con su ejemplo.

Eso realizó una simple pregunta, que la supo escuchar quien está atento al paso del Señor.

Simple dinámica de transformación.

“Ten compasión…”

Lucas: 17, 11-19

En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!”
Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.
Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ése era un samaritano. Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”.

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Varias son las culturas y los tiempos en que la concepción que se tenía de Dios difería de la realidad, ya que la toma de conciencia primeramente de sí mismos ha tardado en demasía, con la novedad de que aún no hemos terminado de definirnos ni de afirmar quien somos porque cada vez cambiamos los propios conceptos. En esa misma escala se encuentra nuestra comprensión de quién es Dios, cómo actúa, y a veces definiéndolo como muy radicalista.

Es un hecho que la misma teología hoy en día, aunque apoyada por el método científico en cuando a la Biblia se refiere, serán interpretaciones de punta, pero dista mucho de ser de avanzada, podríamos afirmar sin dudar que todo el progreso teológico sigue en pañales, y no por arcaico, sino porque nuestra idiosincracia no da para más.

Va evolucionando y eso ya es una ventaja, pero los términos de amor, caridad, compasión, siguen rallando en lo visceral, en lo sentimental, más no en el sentido y la acción profunda que cada uno de ellos desarrolla en su ejecución, porque olvidamos que no terminan en el aquí y el ahora, sino que se proyectan en una trascendencia que deja huella en los nuestros y que llega hasta Dios en la eternidad.

Por ello cuando a Jesús le piden que tenga compasión de ellos, es decir de esos leprosos, habría que ver hasta dónde iba a llegar su obra, el resultado es muy claro, de los diez que recibieron el milagro, nueve no tenían la capacidad de mirar más allá en la obra que Jesús había realizado, para ellos fue tan sólo un curandero, pero no transformó sus vidas, mientras que tan sólo uno, fue capaz para empezar, de regresar a dar tan siquiera las gracias, que es un atisbo dónde inicia la trascendencia y la transformación en la persona de la obra de Dios.

Ese tener compasión, no es para Dios, es para nosotros mismos que debemos de tener dedicación hacia nuestra propia alma y permitirnos aceptar aquella gracias que vienen de Dios, donde el signo primero es la salud física, pero que depende de nosotros hacerlo llegar más allá, trascender y permitirnos en su totalidad ser sanos, ser salvos.

“Perdón, orgullo, liberación, sanación”

“Perdón, orgullo, liberación, sanación”

Mateo: 18, 21-35

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.

Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.

Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

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Dentro de una cultura donde cada vez más se ensalza la propia figura personal, nos volvemos más exigentes con nosotros mismos y por ende con el resto de la creación, caemos fácilmente en la crítica deseando que todo sea perfecto conforme a la norma, y que los demás se apeguen a la norma establecida o en su defecto a lo que yo considero como verdadero.

Cuando alguien nos daña u ofende, recalcitramos el dolor guardando un eterno rencor insaciable, no porque no tenga solución, sino porque no la buscamos ni la hacemos eficaz. Nos encanta estar dolidos y así tener un motivo de que hablar y que nos compadezcan, llamando la atención aunque sea de esa manera.

Por lo que nos conviene no perdonar ni solucionar el dolor que nos causan o causamos. Con lo que alimentamos un orgullo que crece a tal grado de sentirnos tan ofendidos que creemos erróneamente que no se puede perdonar, auto infringiéndonos aún más dolor y de igual manera manteniéndolo vivo y resentido.

Nos conviene perdonar cuantas veces nos hayan ofendido o dañado, sobre todo si nos lo solicitan, no por la otra persona, que ciertamente es importante perdonarla para liberarla, pero lo más importante es para que no te encadenes a un autosufrimiento eterno que no es sano. Conviene perdonar por ti, para que tengas salud y estés libre de todo sentimiento ajeno y nocivo. Porque sin ningún cargo es más fácil vivir en felicidad y tranquilidad, sabiendo manejar los dolores que pudieran presentarse.

“Querer ser curados”

“Querer ser curados”

Marcos: 6, 53-56

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos terminaron la travesía del lago y tocaron tierra en Genesaret.

Apenas bajaron de la barca, la gente los reconoció y de toda aquella región acudían a él, a cualquier parte donde sabían que se encontraba, y le llevaban en camillas a los enfermos.

A dondequiera que llegaba, en los poblados, ciudades o caseríos, la gente le ponía a sus enfermos en la calle y le rogaba que por lo menos los dejara tocar la punta de su manto; y cuantos lo tocaban, quedaban curados.

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No es raro encontrar un cansancio generalizado donde estar en una actitud no cómoda resulta que se considera como lo ordinario, pero incluso tenemos una dinamicidad tal que incluso lo bueno nos cansa.

Existen cantos que remarcan incluso el cansancio de que salga a diario el mismo sol, rutinas que matan, pero que lo hacen porque enfatizamos lo negativo y no la novedad de cada día, que en realidad nadie de nosotros es el mismo de un momento a otro ya que hay millones de factores que, cambian, desde la ubicación del la galaxia, hasta los glóbulos de tu sangre que están en distinta ubicación.

Es como un río que siempre lo vemos con agua, pero no nos percatamos que en cada momento cada molécula es nueva y nunca es la misma agua.

De aquí que la salud inicia desde nuestra propia actitud, el ver la novedad de cada momento, el maravillarnos de ello, porque los que sanan, son precisamente los que inician un proceso y quieren ser curados.

“Mis obras, Tus Obras Señor”

“Mis obras, Tus Obras Señor”

Marcos 6, 7-13

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: –Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.

Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

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Dios en su infinita misericordia nos brinda día a día todo aquello que necesitamos, pero además nos proporciona de igual manera generosamente aquello que desea compartamos, podríamos pensar que se trata de dinero y bienes materiales, sí, también de los da, pero hay una obra mucho mayor que no afecta a nuestras avaricias y egoísmos, y esa es la acción de motivar, activar, entusiasmar a aquellos que viven apagados y que su fe ha quedado relegada a eventos sociales, más sociales que eventos.

Pero si nosotros somos los que estamos desmotivados, presos de nuestro confort en casa y situaciones actuales, olvidamos aquello que se nos compartió y que quieras o no, gritará en los más profundo de tu conciencia si no es canalizado para lo que te fue dado.

Olvidamos que incluso las obras que hacemos para nosotros mismos, de suyo son las mismas obras de Dios, porque participamos de su gracia, de su vida, de su Santo Espíritu, no es porque tu lo hagas de manera totalmente autónoma e independiente, sino porque estás ligado a una red tanto humana como divina para realizarlas.

Por ello cuando Jesús llama a los Doce, primeramente los envía de dos en dos, por apoyo físico y moral, además de sostenerse mutuamente en la fe depositada, aquella que es la que hará las obras porque vienen de Dios.

Es poder no es de ellos, no hacen milagros por autonomía, sino en base a aquel que les da la vida misma y la sostiene, por lo que tus obras, sean cual sean excepto las negativas, son de Dios, al beneficiarte beneficia a los demás porque todo está en su plan, y todo es para glorificar a Dios. Por ello te invito a decir: “Mis obras, sonTus Obras Señor”, y si no podemos hacerlo, entonces ¿sabrá de quien serán las obras y si estarán bien hechas?.

“Sana la dignidad femenina”

“Sana la dignidad femenina”

Marcos: 5, 21-43

En aquel tiempo, cuando Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, se quedó en la orilla y ahí se le reunió mucha gente. Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: “Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva”. Jesús se fue con él, y mucha gente lo seguía y lo apretujaba.

Entre la gente había una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar, había empeorado. Oyó hablar de Jesús, vino y se le acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que, con sólo tocarle el vestido, se curaría. Inmediatamente se le secó la fuente de su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba curada.

Jesús notó al instante que una fuerza curativa había salido de él, se volvió hacia la gente y les preguntó: “¿Quién ha tocado mi manto?” Sus discípulos le contestaron: “Estás viendo cómo te empuja la gente y todavía preguntas: `¿Quién me ha tocado?’ ” Pero él seguía mirando alrededor, para descubrir quién había sido. Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad. Jesús la tranquilizó, diciendo: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

Todavía estaba hablando Jesús, cuando unos criados llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle a éste: “Ya se murió tu hija. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?” Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas, basta que tengas fe”. No permitió que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.

Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y les dijo: “¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta, está dormida”. Y se reían de él.

Entonces Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: “¡Talitá, kum!”, que significa: “¡Óyeme, niña, levántate!” La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar. Todos se quedaron asombrados. Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie y les mandó que le dieran de comer a la niña.

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Los tiempos se ven marcados por culturas y tendencias que nos hablan de la forma de vida que se tenía en su momento, así mismo aunque no se justifica, los momentos en que se denigra a la persona humana, como lo es la esclavitud o la minusvaloración de la mujer, responden a circunstancias históricas que incluso hasta la religión las ve ordinarias en su momento.

La misma Sagrada escritura nos revela una total impregnación de las costumbres humanas, tales que pretenden en ocasiones introducirlas como si fueran la misma palabra de Dios.

Sin embargo, encontramos que Jesús res rechazado por romper esos esquemas e imponer nuevos paradigmas basados en la verdad y la dignidad humana.

Es por ello que en este evangelio encontramos que Jesús hace milagros a las mujeres, aquellas que no tenían derecho de pedir nada a Dios, las que eran relegadas a la funciona maternal y el hogar, pues a esa misma mujer Jesús le restaura su dignidad, aquella que desde los orígenes en la narración de la creación, le otorga.

Nadie es excluido, todos son tratados con la misma dignidad, tanto hombres como mujeres, a sabiendas que la cultura en su momento cambiará, por lo que Jesús tiene una visión atemporal y no se ciñe a los mandatos circunstanciales.

Por lo que de igual manera le dice a la niña “¡Talitá, kum!”, es decir levántate, como diciendo: si los hombres te derrumban, tu levántate y sigue adelante.

“Somos muchos…”

“Somos muchos…”

Marcos: 5, 1-20

En aquel tiempo, después de atravesar el lago de Genesaret, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Apenas desembarcó Jesús, vino corriendo desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu inmundo, que vivía en los sepulcros. Ya ni con cadenas podían sujetarlo; a veces habían intentado sujetarlo con argollas y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba las argollas; nadie tenía fuerzas para dominarlo. Se pasaba días y noches en los sepulcros o en el monte, gritando y golpeándose con piedras.

Cuando aquel hombre vio de lejos a Jesús, se echó a correr, vino a postrarse ante él y gritó a voz en cuello: “¿Qué quieres tú conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Te ruego por Dios que no me atormentes”

Dijo esto porque Jesús le había mandado al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre. Entonces le preguntó Jesús: “¿Cómo te llamas?” Le respondió: “Me llamo Legión, porque somos muchos”. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca

Había allí una gran piara de cerdos, que andaban comiendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaban a Jesús: “Déjanos salir de aquí para meternos en esos cerdos”. Y él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y todos los cerdos, unos dos mil, se precipitaron por el acantilado hacia el lago y se ahogaron

Los que cuidaban los cerdos salieron huyendo y contaron lo sucedido, en el pueblo y en el campo. La gente fue a ver lo que había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al antes endemoniado, ahora en su sano juicio, sentado y vestido. Entonces tuvieron miedo. Y los que habían visto todo, les contaron lo que le había ocurrido al endemoniado y lo de los cerdos. Ellos comenzaron a rogarle a Jesús que se marchara de su comarca

Mientras Jesús se embarcaba, el endemoniado le suplicaba que lo admitiera en su compañía, pero él no se lo permitió y le dijo: “Vete a tu casa a vivir con tu familia y cuéntales lo misericordioso que ha sido el Señor contigo”. Y aquel hombre se alejó de ahí y se puso a proclamar por la región de Decápolis lo que Jesús había hecho por él. Y todos los que lo oían se admiraban.

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Una de las pocas verdades que el demonio saca a relucir es que cuando ataca, nunca está solo porque no tiene el poder sobre la vida de la gracia, por ello debe de manejarse en grupo, como un virus que solo no puede nada, pero en cantidad aunque débiles hacen mucho daño.

Es la típica manera montonera de atacar del maligno, que ante la sola presencia del Señor, exponencialmente se espantan y su táctica es huir.

Cuando los cobardes de envalentonan, es porque basan su seguridad en el respaldo de otros tantos que en grupo les sale la valentía, aunque solos jamás. 

Es por ello que no debemos dejar de mostrar la seguridad que Dios da a la persona y que se manifiesta en Jesús, que como Él, podemos salir adelante sin menguar las fuerzas para unirlas a un conjunto de débiles sin cara ni identidad.

Y aunque nos digan que son muchos para amedrentar nuestros ánimos, el poder de uno solo puede más que unos cuantos.

“Limitar opciones”

“Limitar opciones”

Marcos: 3, 1-6

En aquel tiempo, Jesús entró en la sinagoga, donde había un hombre que tenía tullida una mano. Los fariseos estaban espiando a Jesús para ver si curaba en sábado y poderlo acusar. Jesús le dijo al tullido: “Levántate y ponte allí en medio”. Después les preguntó: “¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Se le puede salvar la vida a un hombre en sábado o hay que dejarlo morir?” Ellos se quedaron callados.

Entonces, mirándolos con ira y con tristeza, porque no querían entender, le dijo al hombre: “Extiende tu mano”. La extendió, y su mano quedó sana. Entonces se fueron los fariseos y comenzaron a hacer planes con los del partido de Herodes, para matar a Jesús.

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Que pequeño se nos hace el mundo cuando se nos adoctrina que las posibilidades de tu vida son muy pocas, sobre todo porque con quienes convives así lo ven y así te lo transmiten, resulta en desesperación al ver que tienes una vida por delante, sin saber lo que nos queda aún, pero que mientras se tenga las posibilidades son infinitas, limitándote a lo que los demás te digan.

Es por ello que Jesús, que desde la eternidad ha estado con el Padre, aquel que nos ha creado y nos conoce a la perfección, se lamente el que no deseemos crecer, progresar, avanzar y todo lo que implique un desarrollo en todas su dimensiones, porque sabe lo que nos ha dado y desearía verlo en su máxima potencialidad.

Hoy en día es una pena ver cuantas personas limitan su vida a lo que los astros les dictan según sus interpretes, como si fuera la verdad suprema a través de los horóscopos, que no es otra cosa que confiar en otro ante nuestros miedos, para en su momento poder culpar a quien decide por mi.

No es justo limitar todas las opciones que tienes en la vida presente y en la futura, mucho menos que otro te lo imponga, Dios te ha creado formidablemente para que te desarrolles sin límites, por ello, tu decides hasta donde quieres llegar, y con la gracia de Dios aún más.