“Esperar la Sanación”

“Esperar la Sanación”

Mateo 8, 5-11 

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: —«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho.» Jesús le contestó: —«Voy yo a curarlo.» Pero el centurión le replicó: —«Señor, no soy quien para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: “Ve”, y va, al otro: “Ven”, y viene, a mi criado: “Haz esto”, y lo hace.» Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: —«Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.» 

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Toda espera del Mesías desde tiempos antiguos, se presentaba en el ámbito de lo económico social, donde según las necesidades del momento, pedían a Dios, según la promesa de la salvación, a un Mesías que viniera a solucionar exactamente la dolencia del momento que vivían, olvidando la verdadera razón por la que se prometió.

Se olvida que el principal motivo para la espera del Mesías, es sanar la causa, de la cual se desprenden todas las demás desgracias como consecuencia, y la única razón orginante es el pecado. 

Viene a desvirtuarse la intención de la espera, donde el pecado se asume como lo ordinario en la vida, pidiendo a Dios tan sólo la solución a las necesidades materiales o de salud física, sin cambiar aquello que denigra nuestro corazón y nuestra alma.

Una de las principales necesidades que urgen en esta espera, es pedir los dones espirituales que nos ayuden a preparar su venida, como lo son la sabiduría, la paz, la inteligencia, la fortaleza, el amor, para que así, entonces cuando llegue, sane de raíz el pecado y sane nuestra mente que suele divagar anclándose en ideas que nos quitan la paz y  que a su vez llegan a concretizarse en su momento en actos pecaminosos que nos hacen perder la misma gracia obtenida por su redención y salvación. 

Por ello más que pedir la solución a necesidades materiales, pidamos que sane nuestra mente y corazón, ya que una vez sanada, veremos claro cómo solucionar las demás.

“Miércoles de Ceniza”

“Miércoles de Ceniza”

Mateo 6, 1-6. 16-18

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.
Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará”.

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La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo.

La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.

Las palabras que se usan para la imposición de cenizas, son:

• “Concédenos, Señor, el perdón y haznos pasar del pecado a la gracia y de la muerte a la vida”

• “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”

• “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.

Origen de la costumbre

Antiguamente los judíos acostumbraban cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y los ninivitas también usaban la ceniza como signo de su deseo de conversión de su mala vida a una vida con Dios.

En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un “hábito penitencial”. Esto representaba su voluntad de convertirse.

En el año 384 d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia de Roma acostumbra poner las cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión.

Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos de año anterior. Esto nos recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce a nada.

También, fue usado el período de Cuaresma para preparar a los que iban a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de ayuno.

La imposición de ceniza es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo.Nos enseña que todo lo material que tengamos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que tengamos en nuestra alma nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres.

Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer tener amistad con Dios. La ceniza se le impone a los niños y a los adultos.

Significado del carnaval al inicio de la Cuaresma

La palabra carnaval significa adiós a la carne y su origen se remonta a los tiempos antiguos en los que por falta de métodos de refrigeración adecuados, los cristianos tenían la necesidad de acabar, antes de que empezara la Cuaresma, con todos los productos que no se podían consumir durante ese período (no sólo carne, sino también leche, huevo, etc.)

Con este pretexto, en muchas localidades se organizaban el martes anterior al miércoles de ceniza, fiestas populares llamadas carnavales en los que se consumían todos los productos que se podrían echar a perder durante la cuaresma.

Muy pronto empezó a degenerar el sentido del carnaval, convirtiéndose en un pretexto para organizar grandes comilonas y para realizar también todos los actos de los cuales se “arrepentirían” durante la cuaresma, enmarcados por una serie de festejos y desfiles en los que se exaltan los placeres de la carne de forma exagerada, tal como sigue sucediendo en la actualidad en los carnavales de algunas ciudades, como en Río de Janeiro o Nuevo Orleans.

El ayuno y la abstinencia

El miércoles de ceniza y el viernes santo son días de ayuno y abstinencia. La abstinencia obliga a partir de los 14 años y el ayuno de los 18 hasta los 59 años. El ayuno consiste hacer una sola comida fuerte al día y la abstinencia es no comer carne. Este es un modo de pedirle perdón a Dios por haberlo ofendido y decirle que queremos cambiar de vida para agradarlo siempre.

La oración 

La oración en este tiempo es importante, ya que nos ayuda a estar más cerca de Dios para poder cambiar lo que necesitemos cambiar de nuestro interior. Necesitamos convertirnos, abandonando el pecado que nos aleja de Dios. Cambiar nuestra forma de vivir para que sea Dios el centro de nuestra vida. Sólo en la oración encontraremos el amor de Dios y la dulce y amorosa exigencia de su voluntad.

Para que nuestra oración tenga frutos, debemos evitar lo siguiente:

La hipocresía: Jesús no quiere que oremos para que los demás nos vean llamando la atención con nuestra actitud exterior. Lo que importa es nuestra actitud interior.

La disipación: Esto quiere decir que hay que evitar las distracciones lo más posible. Preparar nuestra oración, el tiempo y el lugar donde se va a llevar a cabo para podernos poner en presencia de Dios.

La multitud de palabras: Esto quiere decir que no se trata de hablar mucho o repetir oraciones de memoria sino de escuchar a Dios. La oración es conformarnos con Él; nuestros deseos, nuestras intenciones y nuestras necesidades. Por eso no necesitamos decirle muchas cosas. La sinceridad que usemos debe salir de lo profundo de nuestro corazón porque a Dios no se le puede engañar.

El sacrificio

Al hacer sacrificios (cuyo significado es “hacer sagradas las cosas”), debemos hacerlos con alegría, ya que es por amor a Dios. Si no lo hacemos así, causaremos lástima y compasión y perderemos la recompensa de la felicidad eterna. Dios es el que ve nuestro sacrificio desde el cielo y es el que nos va a recompensar. “Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo, ya recibieron su recompensa. Tú cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino Tu Padre, que está en lo secreto: y tu padre que ve en lo secreto, te recompensará. “ (Mt 6,6)”

Conclusión

Como vemos, la ceniza no es un rito mágico, no nos quita nuestros pecados, para ello tenemos el Sacramento de la Reconciliación. Es un signo de arrepentimiento, de penitencia, pero sobre todo de conversión. Es el inicio del camino de la Cuaresma, para acompañar a Jesús desde su desierto hasta el día de su triunfo que es el Domingo de Resurrección.

Debe ser un tiempo de reflexión de nuestra vida, de entender a donde vamos, de analizar como es nuestro comportamiento con nuestra familia y en general con todos los seres que nos rodean.

En estos momentos al reflexionar sobre nuestra vida, debemos convertirla de ahora en adelante en un seguimiento a Jesús, profundizando en su mensaje de amor y acercándonos en esta Cuaresma al Sacramento de la Reconciliación (también llamado confesión), que como su nombre mismo nos dice, representa reconciliarnos con Dios y sin reconciliarnos con Dios y convertirnos internamente, no podremos seguirle adecuadamente.

Está Reconciliación con Dios está integrada por el Arrepentimiento, la Confesión de nuestros pecados, la Penitencia y finalmente la Conversión.

El arrepentimiento debe ser sincero, reconocer que las faltas que hemos cometido (como decimos en el Yo Pecador: en pensamiento, palabra, obra y omisión), no las debimos realizar y que tenemos el firme propósito de no volverlas a cometer.

La confesión de nuestros pecados.- el arrepentimiento de nuestras faltas, por sí mismo no las borra, sino que necesitamos para ello la gracia de Dios, la cual llega a nosotros por la absolución de nuestros pecados expresada por el sacerdote en la confesión.

La penitencia que debemos cumplir empieza desde luego por la que nos imponga el sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación, pero debemos continuar con la oración, que es la comunicación íntima con Dios, con el ayuno, que además del que manda la Iglesia en determinados días, es la renuncia voluntaria a diferentes satisfactores con la intención de agradar a Dios y con la caridad hacia el prójimo.

Y finalmente la Conversión que como hemos dicho es ir hacia delante, es el seguimiento a Jesús.

Es un tiempo de pedir perdón a Dios y a nuestro prójimo, pero es también un tiempo de perdonar a todos los que de alguna forma nos han ofendido o nos han hecho algún daño. Pero debemos perdonar antes y sin necesidad de que nadie nos pida perdón, recordemos como decimos en el Padre Nuestro, muchas veces repitiéndolo sin meditar en su significado, que debemos pedir perdón a nuestro Padre, pero antes tenemos que haber perdonado sinceramente a los demás.

Y terminemos recorriendo al revés nuestra frase inicial, diciendo que debemos escuchar y leer el Evangelio, meditarlo y Creer en él y con ello Convertir nuestra vida, siguiendo las palabras del Evangelio y evangelizando, es decir transmitiendo su mensaje con nuestras acciones y nuestras palabras.

Fuente Es.Catholic.net

“Atacar con los miedos”

“Atacar con los miedos”

Mareos: 3, 22-30

En aquel tiempo, los escribas que habían venido de Jerusalén, decían acerca de Jesús: “Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera”.

Jesús llamó entonces a los escribas y les dijo en parábolas: “¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Porque si un reino está dividido en bandos opuestos no puede subsistir. Una familia dividida tampoco puede subsistir. De la misma manera, si Satanás se rebela contra sí mismo y se divide, no podrá subsistir, pues ha llegado su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.

Yo les aseguro que a los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón; será reo de un pecado eterno”. Jesús dijo esto, porque lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo.

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Nada nuevo resulta en este mundo cuando una persona ataca a otra sembrando sus miedos en los demás, como si el otro fuera el mismo mal quien amenaza, para crear un ambiente de psicosis y temor grupal, y así salir como redentores y solucionadores del mismo problema que siembran.

El inconveniente resulta en este caso, en que no se están dando cuenta de la magnitud del problema que están acarreando, así como del que están dejando, porque en medio de su ignorancia y necedad, directamente están blasfemando en contra de los más sagrado que es el Espíritu Santo que obra en todo y en Jesús como autor de sus obras.

Hasta allá llegan los miedos y sus consecuencias directas, las herramientas más comunes para obtener sus malos deseos y afirmar sus negativos juicios son la mentira, la difamación, el escándalo, la maldición, la envidia, el celo; herramientas que no vienen precisamente de Dios, y que inclusive a quienes hablan de Dios, como en este caso son los mismos escribas, no los excluye el pecado, ya que se vuelven contra lo que predican.

Fortaleza de espíritu, oración, vida de gracia, es lo que necesitamos para que nuestros miedos no nos hagan atacar inclusive al mismo bien.

“Quitar el oprobio”

“Quitar el oprobio”

Lucas 1, 5-25

Hubo en tiempo de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, del grupo de Abías, casado con una descendiente de Aarón, llamada Isabel. Ambos eran justos a los ojos de Dios, pues vivían irreprochablemente, cumpliendo los mandamientos y disposiciones del Señor. Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril y los dos, de avanzada edad.
Un día en que le correspondía a su grupo desempeñar ante Dios los oficios sacerdotales, le tocó a Zacarías, según la costumbre de los sacerdotes, entrar al santuario del Señor para ofrecer el incienso, mientras todo el pueblo estaba afuera, en oración, a la hora de la incensación. Se le apareció entonces un ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se sobresaltó y un gran temor se apoderó de él. Pero el ángel le dijo: “No temas, Zacarías, porque tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu mujer, te dará un hijo, a quien le pondrás el nombre de Juan. Tú te llenarás de alegría y regocijo, y otros muchos se alegrarán también de su nacimiento, pues él será grande a los ojos del Señor; no beberá vino ni licor y estará lleno del Espíritu Santo, ya desde el seno de su madre. Convertirá a muchos israelitas al Señor; irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia sus hijos, dar a los rebeldes la cordura de los justos y prepararle así al Señor un pueblo dispuesto a recibirlo”. 

Pero Zacarías replicó: “¿Cómo podré estar seguro de esto? Porque yo ya soy viejo y mi mujer también es de edad avanzada”. El ángel le contestó: “Yo soy Gabriel, el que asiste delante de Dios. He sido enviado para hablar contigo y darte esta buena noticia. Ahora tú quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que todo esto suceda, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su debido tiempo”. 

Mientras tanto, el pueblo estaba aguardando a Zacarías y se extrañaba de que tardara tanto en el santuario. Al salir no pudo hablar y en esto conocieron que había tenido una visión en el santuario. Entonces trató de hacerse entender por señas y permaneció mudo. 

Al terminar los días de su ministerio, volvió a su casa. Poco después concibió Isabel, su mujer, y durante cinco meses no se dejó ver, pues decía: “Esto es obra del Señor. Por fin se dignó quitar el oprobio que pesaba sobre mí”. 

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Existen ocasiones en que las circunstancias que por el momento nos acontecen, se tornan negativas y no por tan sólo un evento aislado, sino por una cadena de sucesos que se desatan en caída libre uno tras otro, en donde parece que no encontramos la salida.

A veces lo confundimos con aquello que llamamos mala suerte, e inclusive se toma como una maldición. Lo bueno es que, precisamente no es ni una ni otra cosa, por el contrario, suele ser una negativa de nuestro propio ser o de nuestro actuar, que de suyo trae incluidas sus propias consecuencias. 

Solemos apreciarlas como un castigo, como una amonestación, y victimizarnos a tal grado que lo hacemos una crisis incluso compartida. El caso de Zacarías es claro, cuando por su propia boca queda mudo, es decir, su propia manera de actuar hace que caiga en dicha situación, aún sin tener la responsabilidad de ello Dios, más sin embargo lo permite.

Ciertamente no es un castigo infringido, sino la propia consecuencia de nuestro obrar que nos cuesta asimilar. Sin embargo, la solución llega precisamente no cuando a Dios se le ocurre, sino cuando nosotros somos los que a conciencia, decidimos optar por una más sana y coherente postura, sólo hasta entonces, cuando nos damos permiso a nosotros mismos de ceder en nuestro error es cuando Dios, de igual manera deja fluir la solución porque ya la aceptamos y deseamos.

Por ello a Dios no le corresponde quitar el oprobio, sino a nosotros mismos, y cuando eso ocurra, cuando nos permitamos con los hechos hacernos dignos, aceptar nuestros actos erróneos sin echar culpas, entonces Dios permitirá dejar fluir las gracias necesarias para el momento de vida que estamos transitando.

¿Perdonar al que no quiere ser perdonado?

¿Perdonar al que no quiere ser perdonado?

Mateo 18, 21-35; 19, 1

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: —Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?

Jesús le contesta: —No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Y les propuso esta parábola: —Se parece el Reino de los Cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. El Señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

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Es muy cierto que se nos invita a saber otorgar el perdón cuando alguien intencionalmente nos ofende y se retracta, la medida no tiene límite, y cuantas veces lo reconozca es merecedor del perdón.

Lo malo acontece no con el pecador que te ofende, sino con nosotros que esperamos llenos de dolor a que el ofensor se retracte a mi manera, como yo quiero, y que cumpla las condiciones del humillarse para hacerlo.

Ahí nosotros somos lo más pecadores porque exigimos un perdón que no se quiere recibir, sufrimos y renegamos sacando un rencor mayor que el mismo pecado, de tal manera que si la otra persona no quiere ser perdonada, no es problema tuyo, que siga cometiendo los errores que quiera, pero si te afectan, por dignidad debes de poner un límite para que eso a ti no te afecte y si permites que te siga afectando, entonces la persona que no se ama eres tu porque sigues ahí sufridamente sin solución.

Si la otra persona no quiere ser perdonada ya estás libre de conciencia con ella, porque de tu parte está la disposición y la búsqueda de la oportunidad para hacerlo, y no vas a desaprovechar un momento de gracia para que lo destrocen sin darle la menor importancia.

Por ende no vivas dependiendo de recibir la disculpa, porque te haces reo de una situación desesperante y mala para ti y los tuyos, si se da, bueno, si no, vive libre, que no haya problema por ello, si se da lo otorgas, y si no, pues ya se dará. Pero tu tan fresco como la alborada que el perdón ya está dado, sólo faltaría ratificarlo.

“¿Milagros Anónimos?”

“¿Milagros Anónimos?”

Marcos 5, 21-43

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: —Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.

Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente, preguntando: —¿Quién me ha tocado el manto?

Los discípulos le contestaron: —Ves como te apretuja la gente y preguntas: «¿Quién me ha tocado?»

Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. El le dijo: —Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.

Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: —Se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?

Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: —No temas; basta que tengas fe.

No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: —¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.

Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: —“Talitha qumi” (que significa: contigo hablo, niña, levántate).

La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

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En el Evangelio de éste día encontramos una situación un tanto común pero no tan buena en el plan de Dios, y es que la mujer enferma, aunque su confianza en Jesús es muy grande pensando que bastaría con tan sólo tocarlo se curaría; de una manera discreta y anómima ella procede.

Más sin embargo es imposible que un milagro pueda ser anómimo, que no implique a ambas partes, ya que la acción requiere de las dos: Dios y la persona. En la mayoría de los casos desearíamos que así fuera, ya que uno obteniendo su sanación de igual manera anónimamente me desaparezco sin compromiso ni agradecimiento alguno.

Eso no lo permite Jesús, y aunque para los demás la búsqueda de esa persona en medio de la muchedumbre descontrolada y eufórica sea un absurdo, la obra de Dios debe completarse con el agradecimiento y la toma de conciencia del don recibido, sobre todo para que éste de más frutos y sea un notorio testimonio de fe en la comunidad.

Además no puede quedar en la pasada el milagro, porque se inició con ello un proceso de fe que culminará en la santidad. Al igual nosotros debemos ser conscientes de que los milagros requieren del mínimo agradecimiento y acción de nuestra parte, pero si no somos capaces de retornar lo mínimo, Dios no deja de hacer el milagro, pero quien no lo permite que obre en su plenitud eres tu. Déjalo hacer su obra en ti, que quien sale ganando eres tu y sin pedirte nada que no puedas dar en lo ordinario de tu vida.

“Todos te andan buscando…”

“Todos te andan buscando…”

Marcos 1,29-39

En aquel tiempo, Jesús, saliendo de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles. 

Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». El les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.

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Nuestros tiempos exigen que llevemos una vida muy acelerada, a su vez exigimos de la misma manera servicios, favores y atenciones, son los tiempos de la comida rápida, de lo desechable, de las velocidades vertiginosas, del poseer, del derrochar. Podríamos pensar: eso que tiene de raro, es lo normal.

Así es, estamos tan profundamente sumergidos en este sistema, que ese ritmo vertiginoso parece ya lo ordinario y como todo, tiene sus consecuencias. Resulta que nuestra capacidad de asimilación mental no lleva esa velocidad obligándonos a pasar a la siguiente actividad o pensamiento dejando todo de manera superficial, no hay tiempo de meditar ni de profundizar, no se tiene el tiempo para uno mismo, porque ahora está catalogado en la escala monetaria, si importar todo lo que puedas hacer en tu propio bien.

La situación es que así nos exigimos y de igual manera lo hacemos con los demás, pero ahí no queda, si es que dejamos un pequeño lugar para Dios, actuamos similarmente, pedimos todo rápido y a nuestro gusto. A Jesús en su momento le aconteció lo mismo, le quieren quitar su tiempo personal de encuentro con su Padre, tiempo de restitución de la gracia y la fortaleza a través de la oración.

Le exigimos su presencia con un “todos te andan buscando”, como quien le dijera: no me interesa que estés en oración, lo que me interesa es que me atiendas. Actitud que no merece la atención de Dios porque no se entiende que es necesario tener un tiempo personal para permitir restaurarse uno mismo y entender la acción de Dios. Eso es la asimilación que viviendo aceleradamente es imposible comprender.

Por ello Jesús mismo dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Si no entendemos su misión no entenderemos su acción, por eso obra donde su gracia quiere ser recibida, donde su palabra es escuchada, donde la fe predispone para que todo sé de tanto interior como exteriormente. Ahí encontrarás lo que pedirás y las soluciones antes de exigirlas.

Actitud de oración como Jesús es lo que necesitamos para no perder el rumbo. Date ese tiempo, si no existe en tu vida, hazle un espacio, porque no es por falta de tiempo, ese existe y tu lo administras, lo que falta es el interés.

“Te ruego por Dios que no me atormentes…”

“Te ruego por Dios que no me atormentes…”

Marcos: 5, 1-20

En aquel tiempo, después de atravesar el lago de Genesaret, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Apenas desembarcó Jesús, vino corriendo desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu inmundo, que vivía en los sepulcros.

a ni con cadenas podían sujetarlo; a veces habían intentado sujetarlo con argollas y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba las argollas; nadie tenía fuerzas para dominarlo. Se pasaba días y noches en los sepulcros o en el monte, gritando y golpeándose con piedras. Cuando aquel hombre vio de lejos a Jesús, se echó a correr, vino a postrarse ante él y gritó a voz en cuello: “¿Qué quieres tú conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Te ruego por Dios que no me atormentes”.Dijo esto porque Jesús le había mandado al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre.

Entonces le preguntó Jesús: “¿Cómo te llamas?” Le respondió: “Me llamo Legión, porque somos muchos”. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca. Había allí una gran piara de cerdos, que andaban comiendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaban a Jesús: “Déjanos salir de aquí para meternos en esos cerdos”. Y Él se lo permitió.

Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y todos los cerdos, unos dos mil, se precipitaron por el acantilado hacia el lago y se ahogaron. Los que cuidaban los cerdos salieron huyendo y contaron lo sucedido, en el pueblo y en el campo. La gente fue a ver lo que había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al antes endemoniado, ahora en su sano juicio, sentado y vestido. Entonces tuvieron miedo. Y los que habían visto todo, les contaron lo que le había ocurrido al endemoniado y lo de los cerdos.

Ellos comenzaron a rogarle a Jesús que se marchara de su comarca. Mientras Jesús se embarcaba, el endemoniado le suplicaba que lo admitiera en su compañía, pero Él no se lo permitió y le dijo: “Vete a tu casa a vivir con tu familia y cuéntales lo misericordioso que ha sido el Señor contigo”. Y aquel hombre se alejó de ahí y se puso a proclamar por la región de Decápolis lo que Jesús había hecho por él. Y todos los que lo oían se admiraban.

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Hay algo muy de moda en nuestros días que se llama secularismo, es decir prohibir todo lo que huela y hable de Dios en todos los ambientes de nuestra vida, cada vez más arraigado sobre todo en lo más jóvenes que suelen ser manejables y de mente débil, terreno fresco para sembrar profundamente tanto la verdad como la mentira. Terreno que el maligno aprovecha cuando se prestan las circunstancias mientras que nosotros descansamos confortablemente dormidos en nuestros laureles.

Pero las consecuencias ya presentes no las apreciamos, pensamos que son los tiempos y sus cambios, mas detalles sobran por doquier para darnos cuenta cuán perdido está el sentido de Dios y cuán ganado está el maligno entre nosotros. Vemos en el evangelio a Jesús pasar por una zona donde domina un endemoniado, espantando y amenazando, haciendo su escándalo como lo suele hacer para llamar la atención, se encuentra con Jesús reclamando el por qué se hace presente, que su sola presencia lo perturba y atormenta, además de remarcar que no es uno sino varios.

Exactamente es la misma actitud con la que cuántos de los nuestros, llámense familiares o amigos reaccionan de igual manera, hay que ver donde andan y con quién se juntan, como el endemoniado que no salía de los sepulcros, porque cuando hacemos presente en algún momento tan sólo una plática acerca de Dios, no se diga estar en su presencia sagrada les duele, y eso no es secularismo es la legión de demonios que habitan y hemos permitido entrar en nuestras vidas y que no hemos sabido rechazar, ni tan sólo ayudar a alejarlos de aquellos los que decimos amamos y compartimos la amistad.

El maligno está más dentro de lo que pensamos, es como la humedad, pareciese que no hace nada, pero se infiltra por doquier dañando sin compasión. Desde el momento que somos un poco permisivos, ya estamos dándole la bienvenida.

Por ello, fortalécete con el escudo de la luz y de la gracia que inicia con la oración y se refuerza plenamente con los sacramentos, así el demonio te atacará pero no te hará suyo, atormentarás con el bien al mal y te reclamará, pero prendido de la vida de la gracia, no te podrán hacer nada salvo el escándalo que es su herramienta vulgar. Que la preciosa Sangre de Nuestro Señor Jesucristo nos proteja y conserve siempre en su Santa Gracia.

“Perdón, orgullo, liberación, sanación”

“Perdón, orgullo, liberación, sanación”

Mateo: 18, 21-35

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.

Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.

Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

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Dentro de una cultura donde cada vez más se ensalza la propia figura personal, nos volvemos más exigentes con nosotros mismos y por ende con el resto de la creación, caemos fácilmente en la crítica deseando que todo sea perfecto conforme a la norma, y que los demás se apeguen a la norma establecida o en su defecto a lo que yo considero como verdadero.

Cuando alguien nos daña u ofende, recalcitramos el dolor guardando un eterno rencor insaciable, no porque no tenga solución, sino porque no la buscamos ni la hacemos eficaz. Nos encanta estar dolidos y así tener un motivo de que hablar y que nos compadezcan, llamando la atención aunque sea de esa manera.

Por lo que nos conviene no perdonar ni solucionar el dolor que nos causan o causamos. Con lo que alimentamos un orgullo que crece a tal grado de sentirnos tan ofendidos que creemos erróneamente que no se puede perdonar, auto infringiéndonos aún más dolor y de igual manera manteniéndolo vivo y resentido.

Nos conviene perdonar cuantas veces nos hayan ofendido o dañado, sobre todo si nos lo solicitan, no por la otra persona, que ciertamente es importante perdonarla para liberarla, pero lo más importante es para que no te encadenes a un autosufrimiento eterno que no es sano. Conviene perdonar por ti, para que tengas salud y estés libre de todo sentimiento ajeno y nocivo. Porque sin ningún cargo es más fácil vivir en felicidad y tranquilidad, sabiendo manejar los dolores que pudieran presentarse.

“Saciar esas sedes”

“Saciar esas sedes”

Juan: 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca del mediodía.

Entonces llegó una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: “Dame de beber”. (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: “¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (Porque los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”.

La mujer le respondió: “Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?” Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna”.

La mujer le dijo: “Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla”. Él le dijo: “Ve a llamar a tu marido y vuelve”. La mujer le contestó: “No tengo marido”. Jesús le dijo: “Tienes razón en decir: ‘No tengo marido’. Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”.

La mujer le dijo: “Señor, ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”. Jesús le dijo: “Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así es como el Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu yen verdad”.

La mujer le dijo: “Ya sé que va a venir el Mesías (es decir, Cristo). Cuando venga, él nos dará razón de todo”. Jesús le dijo: “Soy yo, el que habla contigo”.

En esto llegaron los discípulos y se sorprendieron de que estuviera conversando con una mujer; sin embargo, ninguno le dijo: ‘¿Qué le preguntas o de qué hablas con ella?’ Entonces la mujer dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a decir a la gente: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?” Salieron del pueblo y se pusieron en camino hacia donde él estaba.

Mientras tanto, sus discípulos le insistían: “Maestro, come”. Él les dijo: “Yo tengo por comida un alimento que ustedes no conocen”. Los discípulos comentaban entre sí: “¿Le habrá traído alguien de comer?” Jesús les dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿Acaso no dicen ustedes que todavía faltan cuatro meses para la siega? Pues bien, yo les digo: Levanten los ojos y contemplen los campos, que ya están dorados para la siega. Ya el segador recibe su jornal y almacena frutos para la vida eterna. De este modo se alegran por igual el sembrador y el segador. Aquí se cumple el dicho: ‘Uno es el que siembra y otro el que cosecha’. Yo los envié a cosechar lo que no habían trabajado. Otros trabajaron y ustedes recogieron su fruto”.

Muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer: ‘Me dijo todo lo que he hecho’. Cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba, le rogaban que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron en él al oír su palabra. Y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es, de veras, el Salvador del mundo”.

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No es ninguna novedad el concepto de tener sed, ya que Dios mismo, a través de la biología que nos regaló en la naturaleza, hace que el mismo instinto de supervivencia esté alerta en todo momento para saciar las necesidades que tiene, entre ellos, el hidratarnos según se requiera para vivir.

Bajo ese mismo esquema, el Señor ha dado una analogía para entender claramente lo que es saciar, ya que no solamente tenemos sed del agua física, sino que de igual manera tenemos sed de muchas otras cosas, aquellas que necesitamos apagar, aquellas que incluso traemos arrastrando desde nuestra infancia, algunos por una cosa y otros por otra.

Sedes que buscan saciar el sentimos amados, aceptados, reconocidos, sed de justicia, sed de libertad, sed de buen trato, sed de dignidad, sed de ser escuchados, sedes que son saciadas precisamente con esa agua de la gracia que el Señor Jesús trae consigo y que hace presente y eficaz dondequiera que va, pero sobre todo aquellos que aceptan tener sed.

Caso concreto lo tenemos en la samaritana y su comunidad, que es saciada de esa esperanza en el Mesías y en la aceptación como pueblo, sed que se ve confortada a tal grado de pedirle a Jesús que se quede entre ellos.

Sedes que debemos saciar y no morir poco a poco de inanición. Si el propio organismo nos exige saciar la sed para vivir, me extraña que no reaccionemos cuando es necesario apagar aquello que va carcomiendo nuestras vidas poco a poco, como lo es el pecado que adormece la conciencia y la deja llegar a la muerte plena. Hay que saciar esas sedes y esa agua viva de la gracia tan sólo la provee el Señor Jesús.