“Sensatez, un paso al Reino de Dios”

Sensatez, un paso al Reino de Dios”

Marcos: 12, 28-34

En aquel tiempo, uno de los escribas se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Jesús le respondió: “El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos”.

El escriba replicó: “Muy bien, Maestro. Tienes razón, cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él, y amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios”.

Jesús, viendo que había hablado muy sensatamente, le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. Y ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

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Cuantas veces pensamos que para estar y hacer presente el Reino de los cielos, a veces basta tan sólo vivir sacramentalmente, ser de golpe de pecho y comulgar a Diario, como si fuera una dependencia. Actitud nada sana, ya que cuando no se canaliza a la verdadera acción de los que nos hacemos llamar hijos de Dios, resulta en un acercamiento a Dios, bueno, pero mal entendido,

A veces nos radicalizamos y nos creemos tan buenos, que juzgamos a los demás porque no hacen lo que nosotros fieles cumplidores del precepto. Hasta este punto tan sólo lo que falta es la caridad.

Y es que de nada sirve asistir a los sacramentos si no los proyectamos en la vida ordinaria del diario proceder. Nos hace falta no tan sólo conocer el precepto del amor, sino vivirlo con sensatez, con cordura y eficacia, ya que al vincular la gracia con el diario vivir, es hacer presente el Reino de una manera palpable y eficaz, sin esperar que nos caiga estrepitosa y radicalmente del cielo.

Es por ello, que más que nada, vivir la sensatez, es dar ya un paso eficaz a vivir el Reino de Dios.

“Mentalidades malagradecidas”

“Mentalidades malagradecidas” 

Lucas: 17,11-19

En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!”

Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.

Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ése era un samaritano. Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”.

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Resulta en toda una vida el poder conocer y profundizar los misterios de Dios, y eso para quien desea indagar en ello, porque la gran mayoría ni siquiera se preocupan por entenderse a sí mismos, y mucho menos el proceso de la vida.

Eso nos lleva a en cada una de las etapas de la vida entrar en crisis, por no aceptar una maduración cuando llega un cambio tanto físico como mental. Todo originado por el cambio de la cultura humanística, a la tecnológica e impersonal.

Lo poco que llegamos a conocer de Dios lo negamos, o en su defecto le atribuimos el deber de darnos todo y quejarnos lastimeramente cuando falta lo no necesario, aunque la vida siga y se viva con ello.

El caso es muy claro cuando Jesús sana a aquellos que ya lo tenían perdido todo por la enfermedad de la lepra, eran en su totalidad excluidos y rechazados. Cosa que no pasa desapercibida para el Señor, por ello los sana, les cambia la vida. Pero con toda una vida nueva de oportunidades olvidamos lo más necesario, dar gracias. 

Aquí es donde nacen esas mentalidades malagradecidas, no les alcanza la vida ni el tiempo para vivir lo que parecía perdido, deseamos abarcar el mundo y hasta atribuimos a la suerte el cambio y la salud.

Resulta en inconcebible, que los que se dicen religiosos y amantes de Dios, los que van al templo a dar gracias, son los que no fueran capaces de regresar con quien los sanó. Fue el extranjero, el samaritano, el impuro según el mundo judío quien sí es consciente de en obligación retornar a Jesús para luego seguir con su vida.

Es importante no sentirnos que con la salud no es necesario ser agradecidos, cuando en todo momento lo debemos de ser, más aún en la plenitud de tu vida.

“Todos cuentan”

“Todos cuentan”

Mateo: 19,13-15

En aquel tiempo, le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orase por ellos. Los discípulos regañaron a la gente; pero Jesús les dijo: “Dejen a los niños y no les impidan que se acerquen a mí, porque de los que son como ellos es el Reino de los cielos”. Después les impuso las manos y continuó su camino.

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Es ya casi una norma social que en ciertos lugares de viviendas se pongan limitaciones acerca de lo niños, en donde por igual suelen solicitar que no se tengan ni habiten ahí, porque provocan la pérdida de la paz del pseudo sacro recinto.

Lo mismo pasa en ciertos eventos sociales y celebraciones familiares, se especifica en la recepción “no niños”, porque no son bienvenidos, cuando sí es viable de vez en cuando se pueda disfrutar de un sano esparcimiento sin la responsabilidad de los mismos.

En otros lugares ciertamente es conveniente por la restricción de las edades, ya que lo que presenciarán no es apto para menores, aunque en realidad a veces tampoco es apto aún para los mayores. Aquí habría que cuestionar la calidad del evento y lo sano del mismo.

Sería un absurdo que en la Iglesia pase lo mismo, donde se pida que a los niños no los lleven al templo por juguetones o por chillones, eso sería inaceptable, porque precisamente será donde se sembrará el conocimiento y el amor a Dios, además de lo que ya hace la propia familia, el resto se afirma y complementa en la iglesia.

Es fundamental y básico dentro del desarrollo de los pequeños fundamentar la misma confianza en Dios, que es la etapa de vida en donde se asienta ese vínculo tanto con la familia como con Dios, pero si los hacemos de menos, cuando no son tomados en cuenta, crecen con la impresión de que no son importantes ni dignos de ello, ni tampoco será importante acudir al lugar del encuentro con el Señor.

Es por ello que para Jesús todos cuentan, nadie queda excluido y menos los niños, ya que serán los futuros cristianos que darán luz en medio de un mundo cada vez más en tinieblas, porque si los excluyes, ya se habrán perdido en medio de su propia sombra y oscuridad. No lo olvides, si para ti no cuentan, para Dios sí.

“Sin espectáculo”

“Sin espectáculo”

Mateo 12, 14-21

En aquel tiempo, los fariseos, al salir, planearon el modo de acabar con Jesús. Pero Jesús se enteró, se marchó de allí y muchos le siguieron. El los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran. Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: «Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones».

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Dentro de la compleja psicología humana encontramos dos vertientes antagónicas entre si sobre la importancia que se la da a la persona o a cada uno en lo particular, y estas van desde llamar la atención con fanfarrias y alfombra roja, hasta los que no quiene. Ni que el aire se entere de que por ahí estamos presentes.

Claro, esto depende la autoestima que tengamos cada uno sobre nosotros mismos, pero los extremos siempre son repugnantes puesto que exageran cada situación rayando en lo ridículo, aunque lo más común es nativa mente querer ser tomado en cuenta, merecedores de la atención necesaria y digna del buen trato humano. 

Sin embargo, en su momento Jesús, consciente de su dignidad, busca la normal atención para acercarnos e integrarnos en el reino de los cielos, como el plan de su Padre lo tiene asignado, más el resto de su misión, como el mismo Profeta Isaías lo dice, será sumamente discreto, silente, sin mayor aspaviento que el que hagan escandalosamente los que lo tienen en sus manos durante su Pasión dolorosa.

A veces esperamos esa presencia de Dios aparatosa y a veces escandalosa que llama la atención, pero eso lo deseamos para ensalzar nuestras vidas, puro chantaje, la,obra de Dios no te hace publicidad ni de santidad, ni de milagriento, mucho menos de buena gente, eso ya es un egoísmo empapado de vanidad hasta las cachas, y más los y las que le añaden el toque mágico de sentirse víctimas y mártires.

Quienes más hablan y dan testimonio de la presencia de Dios y su obra, son precisamente los que el silencio habla por ellos, mas fuerte y agudamente que toda la campaña de la coca cola, porque el, amor con que hacen sus obras ordinarias habla mas que las palabras.

“Sin complicaciones”

“Sin complicaciones”

Mateo: 11, 25-27

En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.
El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

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Es ya una tradición milenaria el hecho mismo de cada pensamiento hacerlo casi inaccesible y enteramente complicado, no porque lo sea en sí mismo, sino porque le imprimimos nuestro sello particular, tan complejo como enredada hemos hecho nuestra propia vida.

Los conceptos divinos son tan simples y sencillos que no se necesita una mayor explicación, incluso Dios mismo es un Espíritu simple, único y eterno, los que no lo entendemos somos nosotros, ya que los enredos que tenemos inconclusos en nuestra propia mente los proyectamos en todo lo que conceptuamos y, para entenderlos, por más simples que sean, tenemos primero que salir de nuestra propia maraña retorcida de ideas  aprendidas y condicionadas de las que estamos presos.

Es como una operación simple de matemáticas, en donde preguntamos el resultado de  la multiplicación de cinco por ocho, donde el simple resultado resulta en cuarenta; pero nuestros propios enredos nos hacen dudar, negarlo, replantearlo y auto convencer a nuestra cabecita inestable de que 3 mas 5 entre dos por 10, elevado a la segunda potencia, luego eliminando tres cuartas partes y dividiéndolo entre 10 nos da el mismo resultado que 5 X 8, es decir cuarenta, pero esas complicaciones que las usamos para hacernos los interesantes se gritan a los cuatro vientos sembrando su propia confusión, para que los más débiles y sencillos se confundan y lo acepten en su incapacidad natural de no comprender una lógica ilógica de quien así lo presenta.

Que bueno que al Padre le ha parecido bien moverse entre lo sencillo, y qué pena que la misma gente se auto complique la existencia. Si tuvieran paz, serenidad y un amor aceptado en toda su plenitud no se andarían con tantos enredos y complicaciones.

“Una ley al alcance, para iniciar…”

“Una ley al alcance, para iniciar…”

Lucas: 10, 25-37

En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?” El doctor de la ley contestó: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, ya tu prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “Has contestado bien; si haces eso, vivirás”.
El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús le dijo: “Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo”.

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Una manera de justificar nuestros actos muy cómoda es cuando tengo una tabla de comparación que me dicta lo que hay que hacer y lo que no, como lo es la ley, ya que las situaciones están resueltas y tarifadas, ya no se tiene que pensar para ver si se hace el bien o el mal. 

Pero en lo particular a mi no convence que deba de seguir una ley de la que dependa nuestra existencia de manera mecánica, como para uniformar a la humanidad, al final la ley no deja de ser un instrumento para mentes débiles y flojas, aquellas que necesitan que les digan lo que tienen que hacer y de igual manera los enjuicien para ver si andan bien o mal, al final depende del otro mi manera de obrar.

Desgraciadamente la gran mayoría utiliza este recurso de la ley, lo valida, lo promueve, lo estandariza y lo impone a los demás como el esquema único y exclusivo. Pero la ley solamente es el A B C por donde debemos de caminar, más no es la última palabra, Dios nos ha capacitado maravillosamente con una conciencia que proviene de la misma conciencia de Dios, es participada, pero que la apocamos con la letra.

La verdadera ley no está escrita en papel, está grabada en tu propio ser, en lo más profundo de tu alma, pero no para sacarla a juzgar, sino para vivirla en la libertad del Espíritu con la dignidad de Hijos de Dios, donde su base es el amor, por lo que queda abolida de inmediato al saber en realidad qué es lo correcto en nuestro obrar y pensar, pero no lo hacemos, dependemos de la ley para que el otro me juzgue.

Dios no juzga como nosotros pensamos, fue necesario dar una regla para que la gente que aún no ha llegado a conocer esa ley interna que plenifica la propia vida, sino que navega en la inmanencia de lo material, sin mirar un poco al interior de sí mismos donde radica la plenitud de los Dones de Dios, pero que saturamos nuestros sentidos con el ruido del mundo para permanecer en un estado de trance con lo externo, sin llegar a darnos cuenta de lo que podemos.

“Todo sale…”

“Todo sale…”

Mateo: 10, 24-33

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “El discípulo no es más que el maestro, ni el criado más que su señor. Le basta al discípulo ser como su maestro y al criado ser como su señor. Si al señor de la casa lo han llamado Satanás, ¡qué no dirán de sus servidores!
No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas. No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo. ¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.
A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos”.

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Es una realidad que cada uno de nosotros tiene una parte muy privada en la que nadie tiene derecho a conocerla ni a entrometerse con la misma, viene a ser algo secreto, sin embargo olvidamos que todo nuestro ser es expresividad y comunicación, y aunque no lo digas con la boca ni lo compartas aún con quien más confianza tengas, todo sale, todo se manifiesta en tu propio ser que comunica lo que tiene y lo que ha hecho.

Sin embargo nos encanta auto engañarnos, pensando que nadie sabrá lo que hacemos, sobre todo lo negativo, lo oculto, lo que se desea mantener en secreto, lo que da incluso vergüenza, que ya es un signo de que bueno no es, creyendo que los demás no ven lo que haz hecho mal, pero somos los únicos que lo creemos, porque no notamos que nuestra actitud, trato y palabras cambian, no se dice la falta cometida con las palabras, pero nuestro ser hasta por los codos lo expresa y no se queda callado.

Todo sale, nada se mantiene oculto, aunque en realidad sale como una manera de hacer que el Señor nos haga tomar conciencia y reparar el daño hecho con nuestra irresponsabilidad, porque “no hay nada oculto que no llegue a descubrirse”.

Por ello en vez de cuidar de que no salga a la luz tu mala vida, mejor cuídate de no caer en faltas contra tu propia dignidad y contra la de los demás, así como la de Dios. Porque todo sale, pero que en realidad si va a salir, que salga lo bueno que hay en ti y que sea lo que haz hecho de bien, eso no da miedo, pero el mal y lo mal hecho sí.

“Destinados a dar sentido”

“Destinados a dar sentido”

Mateo: 5, 13-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa.
Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”.

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Casi siempre esperamos que nuestra propia vida y lo que hacemos tenga un sentido, como si Dios con una total predeterminación diera su mandato y te condenara a ser algo que no deseas, teniendo que vivir la vida porque ya la tienes sin haberla pedido.

Sin embargo, la propia vida consciente, habla en sí misma y se autoafirma, porque no deja de ser una gratuidad de Dios que revela su amor hacia cada ser viviente, precisamente sin pedirlo, expresando una donación de sí, al regalarte un don que es de Dios, pero que te da la gran oportunidad de independientemente manejarlo por ti.

A la par, ante aquellos que no cobran sentido a su propia vida, por el cúmulo de malas experiencias que han delimitado y marcado su ser, el Señor nos invita precisamente a tomar las propiedades de la sal, dar sabor, dar sentido y acentuarlo como testimonio de los dones recibidos, a manera de remarcar los míos, para que valores los tuyos, y con ello retroalimentar la misma fuente que es Dios, con una agradecido y ejemplar amor.

El mismo sentido se aplica con la luz, hay que brillar, no para soberbiamente presumir, sino para evidenciar las obras del Padre, de las que somos partícipes y por ellas glorificar a Dios.

Es por ello que estamos destinados a dar sentido, a ser sal, a ser luz, porque tenemos la capacidad otorgada para ello y más. Simplemente hay que hacerlo.

“Sin la fe…”

“Sin la fe…”

Lucas 17, 1-6 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Es inevitable que sucedan escándalos; pero ¡ay del que los provoca! Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar. Tened cuidado. Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: «lo siento» , lo perdonarás. Los apóstoles le pidieron al Señor: Auméntanos la fe. El Señor contestó: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a ese árbol: «Arráncate de raíz y plántate en el mar» , y os obedecería. 

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Pareciese que la fe es una opción a elegir o descartar en cualquier momento, y que depende del estado de ánimo o necesidad urgente que nos acontezca, por lo que se desconocen todos aquellos dones que complementa en nuestra vida.

Sin la fe, es muy probable que caigas en la desesperanza ante todo lo que acontece, la tristeza deja de ser pasajera para echar raíces hasta enfermar a la persona en depresión; la confianza se ve mermada y se manifiesta dudosa en toda relación personal, y ante tal cuadro la caridad es imposible de realizarse, tornando a la persona en un egocentrismo del que parece imposible salir sin ayuda ajena y ante la cual se le rechaza.

Sin la fe, es muy probable que no puedas perdonar, porque el dolor invade profundamente los miedos y las debilidades de las que adolecemos, las cuales sin la virtud se refuerzan negativamente.

Sin la fe, utilizamos el recurso del escándalo, porque no tenemos la paz necesaria para manejar las situaciones que nos rebasan, por ello hacemos los problemas más grandes e involucramos a los demás, ya que solos nos es imposible arreglarlos.

Sin la fe, no podemos abrirnos al Don del Espíritu Santo que ilumina nuestras vidas y nos hace comprender la profundidad de su palabra.

Por ello, sin la fe, desatamos como vida ordinaria un infierno al que llamamos vida personal y privada, que deseamos imponer a los demás. Conviene tener un poquito de fe, porque con ella, nada se te traba, a tal grado como dice el evangelio de pedir a un árbol que se arranque de raíz y que se plante en el mar, parece absurdo pero hasta allá puede llegar.

“Insistencia”

“Insistencia”

Lucas 11, 5-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene a medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados: no puedo levantarme para dártelos”. Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe, quien busca, halla, y al que llama, se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?.

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Es un común conocimiento el que Dios siempre está al pendiente de nosotros en todos los aspectos de la vida, así mismo atiende todas las necesidades de los que nos llamamos sus hijos y, aunque no está específicamente para ello, sin embargo las atiende.

Y es que Dios tiene tan grandes proyectos y expectativas sobre cada uno de nosotros, que procura insistentemente el momento en que nosotros deseemos desarrollarlas a su lado, pero a veces, a lo más que llegamos es a pedirle corrija situaciones cuando éstas nos golpean. 

Sin embargo Dios está para apoyarte en todo, ya sabemos que te sientes independiente y autónomo, y a lo mejor al momento crees poderlo todo de manera personal, pero inclusive en la abundancia y estabilidad de vida, Dios también está para con la mayor sabiduría e inteligencia apoyarte desde lo más mínimo hasta la mayor proyección de tus planes laborales y personales.

Por ello se nos recuerda, que en todo momento no hay que dejar de orar, no hay que dejar de pedir, no dejar de dar gracias, no dejar a Dios de lado, porque cuando lo alejamos de nuestras vidas, alguien más ocupará su lugar y ese alguien lo busca desesperadamente para poseerte a ti y tus bienes, no físicamente, pero si en tu pensar actuar y en el trato con los tuyos.

Sí, parece no ser escuchados, pero insistir, una y otra vez, porque la insistencia remarca el trato cercano con Dios, la purificación y la paciencia. Todo llega a su tiempo, no cuando quieres, sino cuando en realidad lo necesitas. Pero no dejes de insistir, así sea en el peor dolor sin ánimos para hacerlo, porque todo es escuchado, pero a su vez, a veces el Señor lo que espera es que te dispongas Tú a escuchar. Insistencia de parte nuestra y a su vez reconoce la insistencia de Dios que quiere hablarte, escúchalo.