“Una razón de ser y vivir”

“Una razón de ser y vivir”

Mateo: 5, 13-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero, para que alumbre a todos los de la casa.

Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”.

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La vida nunca ha dejado de ser un don tan preciado que cuando somos conscientes de su valor, se vuelve incalculable. De suyo el hecho de vivir es una gracia única, pero la vida no consiste tan sólo en vivirla porque se posee.

Uno de los objetivos de esta vida es llevarla a una plenitud en todos los aspectos. Habrá quien desarrolle en ella lo físico, lo cultural, lo espiritual, las artes, lo intelectual y filosófico, entre otras tantas posibilidades que a la par se pueden ir complementando. 

De hecho se nos ha revelado a través de las Sagradas Escrituras, que precisamente se nos compara a la sal y a la luz, es decir, a realizar las actividades que exponencian todas las capacidades, porque nos ha regalado el Señor un cuerpo maravilloso que sabe salir adelante ante todas las adversidades y que se desarrolla generosamente cuando se le cuida y cultiva al igual que la mente y el corazón, para con ello dar sabor y sentido a la vida misma iluminando a quienes se han perdido en sus propias tinieblas.

Es una pena, cuando el dolor y la ansiedad las alimentamos a tal grado de perder el sentido falso de no poder vivir la vida. Mientras tengamos vida, tenemos un proyecto y una oportunidad por delante ya que además Dios nos da una razón de ser y vivir aquí en este mundo, con su ayuda para alcanzar a que esa misma vida llegue hasta la eternidad, por medio de su hijo que la ha llevado a su plenitud por medio de la gracia y santidad que nos pide vivirla igual.

“Queremos verte hacer…”

“Queremos verte hacer…”

Mateo: 12, 38-42

En aquel tiempo, le dijeron a Jesús algunos escribas y fariseos: “Maestro, queremos verte hacer una señal prodigiosa”. Él les respondió: “Esta gente malvada e infiel está reclamando una señal, pero la única señal que se le dará, será la del profeta Jonás. Pues de la misma manera que Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena, así también el Hijo del hombre estará tres días y tres noches en el seno de la tierra.
Los habitantes de Nínive se levantarán el día del juicio contra esta gente y la condenarán, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay alguien más grande que Jonás.
La reina del sur se levantará el día del juicio contra esta gente y la condenará, porque ella vino de los últimos rincones de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien más grande que Salomón”.

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Una de las actitudes de Jesús, consiste en que los milagros que llegó a realizar, no fueron preparados, simplemente los realizó donde fue necesario, sobre todo entre gente sencilla que manifestó una fe creciente, afianzada con los signos de la presencia del Reino, que son los milagros.

Aquellos que se dicen conocedores de Dios y sus obras, los escribas y fariseos, no son capaces de creer, no se acaban de convencer de que se trata del Mesías tan esperado, por ello piden que haga un milagro, pero ante un corazón y una razón cerrada, el milagro no tendrá su efecto transformador, porque implica a la persona que se permita dar fe al suceso, para que éste haga un cambio interior en la persona que lo recibe y que lo ve.

Pedir ver un milagro, ya va sembrado de incredulidad, si se supone que ellos ya tienen fe,  porque son dirigentes religiosos, no deberían de solicitarlo.

Al igual nosotros podemos pedir lo mismo, verle hacer algo y no sólo a Dios, sino a cualquier persona para que nos demuestre alguna actitud que deseamos ver, pero eso es un chantaje y manipulación, habla de la incredulidad que llevamos dentro y que impide el crecimiento interior de los mismos dones de Dios y de la confianza en los demás.

Querer ver hacer, hay que dejarlo a los infantes que tienen curiosidad de conocer todo cuanto acontece en el mundo, pero a nosotros, ya crecidos, no cabe esa pregunta ante toda la evidencia de su presencia que nos rodea por doquier, en las personas, en las circunstancias y en la cosas.

“Santo Tomás”

“Santo Tomás”

Juan: 20, 24-29

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano; métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.

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Cada vez que se nos invita a abordar el tema de la fe, no resulta tan fácil ante un esquema que tan sólo se aboca a lo asimilable por nuestros cinco sentidos, es decir, tan sólo la creación material. Es necesario reconocer que somos entes dotados de un espíritu el cual de igual manera se fortalece y desarrolla con aquello que le alimenta y que proviene de las gracias de Dios.

No es novedad que entre los mismos apóstoles encontremos diferencias entre ellos, por la sencilla razón de que no todos asimilan las situaciones con la misma apertura y disposición, ya que cada uno lleva un proceso personal, natural y razonable.

Por ello Tomás se da el lujo de dudar, ya que para él es necesario llevarlo de esa manera y auto convencerse a sí mismo, y no que para que los demás lo sepan.

Muchas veces con justa razón afirmamos un “no creeré”, totalmente aceptable, pero lo que no es aceptable es que lo utilices como defensa para no crecer y conocer aquello que nos es connatural y, quedarnos estancados voluntariamente sin beneficio personal ni comunitario.

La duda e incredulidad se destierra con el conocimiento y acercamiento a Dios, pero si no lo hacemos, nos radicalizaremos aún más en nuestras posturas truncas y vacías que no llevan más que a la confusión generalizada.

“Palabras o hechos”

“Palabras o hechos”

Mateo: 7, 21-29

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Aquel día muchos me dirán: ‘¡Señor, Señor!, ¿no hemos hablado y arrojado demonios en tu nombre y no hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros?’ Entonces yo les diré en su cara: ‘Nunca los he conocido. Aléjense de mí, ustedes, los que han hecho el mal’.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa; pero no se cayó, porque estaba construida sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente”.
Cuando Jesús terminó de hablar, la gente quedó asombrada de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

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A veces somos san exquisitamente conformistas en el seguimiento del Señor y la obediencia a Dios, que pretendemos callar nuestra conciencia en el ámbito del pensamiento y las ideas gritando lo más fuerte que podamos ‘¡Señor, Señor!’, y creer que  por decirlo, aún de lo más profundo del corazón, ya somos buenos y con eso basta.

Así son las muy ineficaces buenas intenciones, que desgarran el sentimiento, pero no la voluntad de actuar y hacer algo realmente eficaz por los demás.

Olvidamos que estamos construyendo tanto en el exterior con esos ánimos y ejemplos a seguir, iniciado desde la caridad para concluirlos en acciones concretas y ponderadamente  hechas en el momento, las circunstancias y las personas que lo necesitan oportunamente.

 A su vez estamos construyendo en nuestro interior, fortaleciendo esa voluntad y ese espíritu que cuando sea necesario estará firme ante cualquier tormenta que se desprenda y nos impacte tratando de derrocarnos, sabiendo que tenemos herramientas para cuidar y acrecentar la gracia de Dios obtenida no por el pensamiento, sino por aquello que realmente hicimos a aquellos que en su momento lo necesitaban.

Las palabras son muy importantes, pero los hechos dicen más que las palabras, y aunque la Palabra de Dios es vida, lo puede ser aún más con toda su eficacia cuando la vivimos en tiempo real y con personas concretas. Así que tú decides si te quedas con las palabras o migras a los hechos.

“Entre apariencias nos veamos””

“Entre apariencias nos veamos”” 

Mateo: 6, 1-6. 16-18

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres, para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.
Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. En cambio, cuando tú des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará”.

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Dentro de la búsqueda de relaciones sanas y amistosas, el poder llegar a encontrar el propio ser de los demás, indagar en su interioridad y poder confiar totalmente en otra persona, nunca ha sido fácil, en ningún tiempo, las desconfianzas se dan al por mayor, pero lo que consta en los tiempos actuales, es que el distanciamiento en las relaciones humanas se ha recrudecido aunque seamos cada vez más y vivamos en espacios cada vez mas cortos y juntos.

Uno de los problemas se relaciona directamente con las apariencias, ya que para poder introducirse a un grupo de gente reunida en torno a un interés, (ya que no me atrevo a estas alturas llamarlos amigos entre ellos), viene a ser un requisito indispensable la apariencia, y no me refiero a aquella que tiene que ser maquillada y plastificada, sino que ya cualquier grupo especifica la apariencia que desea transmitir, así sea en los cánones de belleza o todo lo contrario.

Por lo que, independientemente del grupo al que te quieras integrar, hay que despersonalizarse para encajar en el común del resto, y en éstas circunstancias la relación no se da entre personas, no se profundiza, no se llega a la confidencialidad, sino que se dialoga tan sólo de apariencia a apariencia, tornando el ambiente en un cumulo de falsedad, vaciedad e hipocresía. 

Hacer cosas para que nos vean es en realidad crear una falsa imagen de nosotros que no nos pertenece y por ende que no nos hace felices, cuando lo más sano es lo simple, lo sencillo, la verdad, la autenticidad, sin esperar el reconocimiento del otro, que lleva a una auténtica felicidad y que permanece.

“Destinados a dar sentido”

“Destinados a dar sentido”

Mateo: 5, 13-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa.
Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”.

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Casi siempre esperamos que nuestra propia vida y lo que hacemos tenga un sentido, como si Dios con una total predeterminación diera su mandato y te condenara a ser algo que no deseas, teniendo que vivir la vida porque ya la tienes sin haberla pedido.

Sin embargo, la propia vida consciente, habla en sí misma y se autoafirma, porque no deja de ser una gratuidad de Dios que revela su amor hacia cada ser viviente, precisamente sin pedirlo, expresando una donación de sí, al regalarte un don que es de Dios, pero que te da la gran oportunidad de independientemente manejarlo por ti.

A la par, ante aquellos que no cobran sentido a su propia vida, por el cúmulo de malas experiencias que han delimitado y marcado su ser, el Señor nos invita precisamente a tomar las propiedades de la sal, dar sabor, dar sentido y acentuarlo como testimonio de los dones recibidos, a manera de remarcar los míos, para que valores los tuyos, y con ello retroalimentar la misma fuente que es Dios, con una agradecido y ejemplar amor.

El mismo sentido se aplica con la luz, hay que brillar, no para soberbiamente presumir, sino para evidenciar las obras del Padre, de las que somos partícipes y por ellas glorificar a Dios.

Es por ello que estamos destinados a dar sentido, a ser sal, a ser luz, porque tenemos la capacidad otorgada para ello y más. Simplemente hay que hacerlo.

“Milagros sin milagro”

“Milagros sin milagro”

Juan 6, 30-35

En aquel tiempo, la gente le preguntó a Jesús: “¿Qué señal vas a realizar tú, para que la veamos y podamos creerte? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo”.

Jesús les respondió: “Yo les aseguro: No fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo”.

Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Jesús les contestó: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed”.

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En todos los tiempos así como en todas las culturas permanece una constante ante la duda acerca de Dios, acerca de sus obras, y sobre su amor hacia nosotros, por lo que que como prueba innegable se pide el milagro a manera de un racional si físico auto convencimiento.

Pero precisamente cuando se solicita el milagro, pierde todo su sentido de ser porque deja de ser milagro para convertirse en espectáculo, y en cierta manera obliga al espectador a creer, pero no por amor, sino por pura racionalización.

El milagro no se limita tan sólo a los acontecimientos inexplicables o a las sanaciones inesperadas, esa es una de las partes que lo integran, pero el milagro se hace pleno cuando dicho testimonio mueve y transforma los corazones de las personas y no queda en el acto presenciado. 

Hoy el mundo pide milagros sin milagro, porque no se está dispuesto a cambiar la mente ni el corazón, la razón es sencilla: el miedo a comprometernos y dejar atrás nuestros ya cotidianos y ordinarios ritos que alimentan codependencias con el pecado.

El milagro se da sin pedirlo, como un regalo, y si se pide y se otorga, es porque Dios ya sabe hasta dónde va a llegar, no tan sólo al impacto de tu vista, sino de tu alma y corazón.

“Un regalo que no se rechaza”

“Un regalo que no se rechaza”

Juan: 3, 31-36

El que viene de lo alto está por encima de todos; pero el que viene de la tierra pertenece a la tierra y habla de las cosas de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. Da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios, porque Dios le ha concedido sin medida su Espíritu.

El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna. Pero el que es rebelde al Hijo no verá la vida, porque la cólera divina perdura en contra de él.

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Uno de los conceptos que conocemos como propiedades de Dios es la generosidad, en la que sin dudar sabe darnos todo cuanto necesitamos, a veces decimos que desmedidamente, pero eso es falso, ya que no desborda ni desparrama gracias al por mayor porque por un lado se pueden desperdiciar y por el otro nos pueden mal imponer a tener en exceso y ni una ni otra son buenas.

Por ello, la medida del Señor para dar y darse es tan basta que da a plenitud, por lo que cuando más se le pide, más otorga siempre en el consecuente aprovechamiento, y ahí es donde no se mide, sino que da lo justo y necesario, que jamas es limitado de tal manera que no sacie.

En este evangelio de San Juan nos revela cómo el mismo Padre en esa expresión siempre de amor, nos entrega a su propio Hijo, que a su vez lo ama entrañablemente y con toda la confianza del mundo le otorga el regalo de rescatarnos y recuperar la vida eterna, así como librarnos del pecado. 

Pero si rechazamos ese regalo, el que se torna rebelde, no significa que Dios lo castigue y condene, sino que quien lo rechaza a su vez rechaza su amor, su gracia, su perdón, sus dones, su luz y su verdad, por ello nos lo dice “no verá la vida” pero por propia negación de quien no lo acepta, entonces al estar alejado de Dios, todo se torna en vacío y oscuridad, y esa tan mentada cólera de Dios, será tan terrible, pero no por que Dios la infunda, sino por el horror de saberse y experimentar el no estar en Él.

Es por eso que un regalo así no se rechaza, y si se rechaza quedas no tan solo sin regalo, sino en el vacío.

“El mejor testimonio”

“El mejor testimonio”

Juan: 5, 31-47

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Si yo diera testimonio de mí, mi testimonio no tendría valor; otro es el que da testimonio de mí y yo bien sé que ese testimonio que da de mí, es válido.
Ustedes enviaron mensajeros a Juan el Bautista y él dio testimonio de la verdad. No es que yo quiera apoyarme en el testimonio de un hombre. Si digo esto, es para que ustedes se salven. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y ustedes quisieron alegrarse un instante con su luz. Pero yo tengo un testimonio mejor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar y que son las que yo hago, dan testimonio de mí y me acreditan como enviado del Padre.
El Padre, que me envió, ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro, y su palabra no habita en ustedes, porque no le creen al que él ha enviado.
Ustedes estudian las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues bien, ellas son las que dan testimonio de mí. ¡Y ustedes no quieren venir a mí para tener vida! Yo no busco la gloria que viene de los hombres; es que los conozco y sé que el amor de Dios no está en ellos. Yo he venido en nombre de mi Padre y ustedes no me han recibido. Si otro viniera en nombre propio, a ése sí lo recibirían.
¿Cómo va a ser posible que crean ustedes, que aspiran a recibir gloria los unos de los otros y no buscan la gloria que sólo viene de Dios?
No piensen que yo los voy a acusar ante el Padre; ya hay alguien que los acusa: Moisés, en quien ustedes tienen su esperanza. Si creyeran en Moisés, me creerían a mí, porque él escribió acerca de mí. Pero, si no dan fe a sus escritos, ¿cómo darán fe a mis palabras?”.

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Actualmente los testimonios no son muy tomados en cuenta, ya que la moda son tan sólo las buenas intenciones y las acreditaciones de la persona por la opinión y por los puntos acumulados de los demás, de tal manera que el propio ejemplo ya no importa, sin lo que digan los otros según les amanezca la luna.

Los mismos programas en los medios de comunicación nos hablan de ese esquema, donde el valor, el talento y la belleza de una persona no vale por si misma, sino por la que saque más dinero dentro de una votación populachera y pagada, en donde se le da todo el crédito al común de las masas ya manipuladas tendenciosamente. 

Con esos criterios ya sembrados en las personas que, sin valores firmes oscilan entre el azul celeste y el rosa pastel, sin la mayor complicación ni cuestionamiento razonable, es muy evidente que cuando decidan, por lo general ante una necesidad, busquen a Dios en la secta que mejor les acomode y les suplan su atención personal.

Los testimonios reales dan miedo porque ante tanta fragilidad mental resultan violentos e incomprensibles en voluntades pequeñas. Es necesario fortalecernos, crecer, enfrentar los testimonios como el de Cristo, y hacerlos nuestros para que hablen aún más fuerte que nuestra propia voz sin gritar, porque se notarán solos y sin necesidad de publicidad, ya que las obras se sostienen a sí mismas por sí solas, pero aunadas a las palabras de verdad, forman el complemento perfecto para manifestar quién se es en realidad.

“Salir de una y entrar en otra”

“Salir de una y entrar en otra”

Marcos: 5, 1-20

En aquel tiempo, después de atravesar el lago de Genesaret, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Apenas desembarcó Jesús, vino corriendo desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu inmundo, que vivía en los sepulcros. Ya ni con cadenas podían sujetarlo; a veces habían intentado sujetarlo con argollas y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba las argollas; nadie tenía fuerzas para dominarlo. Se pasaba días y noches en los sepulcros o en el monte, gritando y golpeándose con piedras.


Cuando aquel hombre vio de lejos a Jesús, se echó a correr, vino a postrarse ante él y gritó a voz en cuello: “¿Qué quieres tú conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Te ruego por Dios que no me atormentes”.


Dijo esto porque Jesús le había mandado al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre. Entonces le preguntó Jesús: “¿Cómo te llamas?” Le respondió: “Me llamo Legión, porque somos muchos”. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.


Había allí una gran piara de cerdos, que andaban comiendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaban a Jesús: “Déjanos salir de aquí para meternos en esos cerdos”. Y él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y todos los cerdos, unos dos mil, se precipitaron por el acantilado hacia el lago y se ahogaron.


Los que cuidaban los cerdos salieron huyendo y contaron lo sucedido, en el pueblo y en el campo. La gente fue a ver lo que había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al antes endemoniado, ahora en su sano juicio, sentado y vestido. Entonces tuvieron miedo. Y los que habían visto todo, les contaron lo que le había ocurrido al endemoniado y lo de los cerdos. Ellos comenzaron a rogarle a Jesús que se marchara de su comarca.


Mientras Jesús se embarcaba, el endemoniado le suplicaba que lo admitiera en su compañía, pero él no se lo permitió y le dijo: “Vete a tu casa a vivir con tu familia y cuéntales lo misericordioso que ha sido el Señor contigo”. Y aquel hombre se alejó de ahí y se puso a proclamar por la región de Decápolis lo que Jesús había hecho por él. Y todos los que lo oían se admiraban.

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Es una realidad el saber que tenemos una y mil limitaciones con las que convivimos ordinariamente hasta el grado de considerarlas normales y justificarnos en ellas poniendo varias excusas para defenderla y seguir igual.

Ya es una ventaja cuando alguien nos las hace notar y, aunque con enojo reaccionamos ya es un primer encuentro con nuestra oculta realidad de la que no somos conscientes. Si lo llegamos a aceptar, en realidad inicia un proceso de sanción que lleva la mayor y más dura parte tratada: la aceptación.

Pero el chamuco que nos embauca se prende de esas vulnerabilidades de nuestra personalidad para manipularnos y no dejarnos, ni tener paz. Es muy audaz el condenado ya que usa estrategias para permanecer y seguir sembrando su odio y veneno, un ejemplo de ello lo tenemos en este evangelio cuando le duele que le atormenten con el bien y la gracia de Dios que Jesús con su presencia transmite, dolido sabiendo que su dolor proviene de saberse hacedor del mal que se expone claramente ante el Señor, solicita salir y meterse en una piara de cerdos lo cual Jesús permite.

Al igual nosotros podemos solicitarle a Dios dejar un vicio o una actitud negativa, pero alrededor siempre hay piaras con las que podemos cambiar de un vicio o una codependencia a otra, quedando en el mismo esquema de faltas y dolor.

Hay que permitirnos sanar totalmente y no dejar que una nueva influencia nos haga depender de sus atractivos males, porque por ahí empieza la verdadera salud.