“Qué más pruebas queremos”

“Qué más pruebas queremos”

Marcos 8, 11-13

En aquel tiempo, se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús, para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo. Jesús dio un profundo suspiro y dijo: —¿Por qué esta generación reclama un signo? Os aseguro que no se le dará un signo a esta generación. Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla.

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De suyo ya es una desgracia cuando de antemano para poder creer necesitamos signos y pruebas que en realidad salen sobrando, ya que Dios no necesita probar nada, además de que los signos que solicitados son tan claros y evidentes por doquier que resulta absurdo pedirlos.

Digo absurdo porque en realidad en esa petición se asoman nuestros miedos e inseguridades que no soltamos si es que no nos prendemos de otras, que más que convencernos en realidad nos encandilan, predisponiendo tu confianza en quien te pueda manipular y depender de ellos, sea quien sea, empezando por la astrología hasta los dioses que se acomodan a tu gusto y necesidad, así que como dice el dicho, “enseñamos el cobre”.

Basta con presentarte de manera amigable y no exigente las seguridades que brinda Dios, para que sueltes las que estas acostumbrado, sin dejarlas, tan sólo usarlas a su debido tiempo y lugar, pero agarrado de la principal, la total confianza en Dios, que ilumina todas las demás y las plenifica.

Por ello ante necedades y exigencias de fe, cuando éstas no soltarán a la persona, es mejor dejarlas así, porque de primero de antemano la libertad y la voluntad. Pero con esas esclavitudes es imposible ver los múltiples signos que Dios brinda a cada momento, desde el amanecer hasta el final del día.

Mayores pruebas no necesitamos.

“Jamás en soledad”

“Jamás en soledad”

Marcos 6, 1-6

En aquel tiempo, fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: —¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí? Y desconfiaban de él. Jesús les decía: —No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.

No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

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Comúnmente creemos que tenemos de manera muy cercana a ciertas personas, entre ellas no se diga la familia, los amigos, los vecinos y hasta los desconocidos, mas habría que distinguir entre proximidad y cercanía, ya que solemos confundir una con la otra.

De hecho, el común denominador podría afirmar sin lugar a dudas, es la proximidad, es decir, estamos rodeados de un mundo de gente con o sin contacto directo, háblese escuela, trabajo, incluso la propia familia, pero eso no es garantía de en realidad tener compañía cercana caminando al unísono en el pensar y el actuar.

La mayoría de las veces aún rodeados de gente conocida, nos sentimos solos, por el simple hecho de que no hay una conexión de conformidad con los otros. Se ha estado gradualmente perdiendo el sentido común y el compromiso con el otro sea quien sea. Tan sólo el hecho mismo de voltear a ver la mirada a otra persona, sobre todo los más jóvenes se sienten atacados y los mayores inseguros.

Pérdida por la desconexión humana y la conexión tecnológica. Pero independientemente de ello, vemos que esa barrera es totalmente superable, porque día a día tenemos la oportunidad de acercarnos y entablar una buena y afable relación con los demás, sólo falta la valentía para hacerlo.

Jesús demuestra que vivió mucho tiempo próximo a los suyos, pero en realidad alejado  de ellos, no por sí, sino por los demás, porque su gente es quien lo desconoce, los que no aceptan su misión, los que desean no sea más que el común de ellos, desconectados de su ser y su realidad, cosa más acentuada en nuestros días.

Sin embargo jamás estuvo en soledad, ya que el mismo evangelio remarca que valientemente volvió a su tierra, pero no solo, sino acompañado de aquellos con los que realmente están con Él y no me refiero a los que le dan por su lado, sino los que están en cuerpo y espíritu unidos a un mismo caminar.

A veces eso falta, unirnos a los demás en todos los niveles para no estar solos aún entre miles de otras personas.

“Se le quitará hasta lo que tiene”

“Se le quitará hasta lo que tiene”

Marcos 4, 21-25

En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre: —¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero? Si se esconde algo es para que se descubra; si algo se hace a ocultas, es para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír que oiga.

Les dijo también: —Atención a lo que estáis oyendo: La medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.

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Todo en la creación tiene un fin, y fue creado para un fin concreto, es aquello que le da su razón de ser, a tal grado que cuando se emplea para tal, a lo que fue llamado cumple su vocación plenamente.

En ésta enseñanza evangélica de Jesús, no está hablando de posesiones o bienes materiales, que en nuestro esquema de pensamiento sería lo primero que entenderíamos, lo juzgaríamos de injusto y monopolizador y selectivo al preferir a los que tienen más.

En realidad está hablando de vocaciones, de el fin para el que fue creado cada ser tanto animado como inanimado. Si tomamos como ejemplo la misma sal, si no cumple su fin, si no da sabor, entonces no sirve y esa cualidad se la participara a otro elemento que si lo cumpla y de dicha propiedad. Lo mismo con un perro, si no ladra, si no cuida, si no se comporta como tal, estará negando su propio ser, entonces se busca otro que sí lo cumpla como tal.

Al igual se aplica con nosotros, hemos sido creados en responsabilidad con el resto de la creación, para preservar, cuidar, amar, crecer, desarrollar, y ser partícipes además como depositarios de los dones divinos que complementan nuestra vida, pero si no damos la medida que sí podemos dar, entonces ahí aquello a lo que fuiste llamado, se lo participará a quien sí responda para completar el plan de la redención divino junto con nosotros.

A aquellos que no desean hacerse capaces en confianza de realizar la encomienda en el plan de Dios, entonces simplemente los descartará en medio de Su dolor, porque ellos no aceptaron ser dignos del llamado en el que pudieron santificarse dando lo que ya habían recibido.

A ellos sí se les quitará hasta lo que tienen, porque la gracia de Dios no puede ser desechada, sino aprovechada en los que realmente desean hacerla también suya y dar frutos de santidad.

“Es señor también del sábado”

“Es señor también del sábado”

Marcos 2, 23-28

Un sábado atravesaba el Señor un sembrado; mientras andaban, los discípulos iban arrancando espigas.

Los fariseos le dijeron: —Oye, ¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?

El les respondió: —¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre? Entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros.

Y añadió: —El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del Hombre es señor también del sábado.

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Es tanta y tan eficiente la libertad que Dios nos otorga, a tal grado de pensar que el mundo depende de nosotros, como si la realidad fuera como nosotros la deseamos ver e interpretar. Sí, es tan grande dicha libertad que hasta independientes nos sentimos de todo, incluso hasta de Dios, pero es un sentir que lo vivimos como real, porque al final somos dependientes, incluso del aire.

Es por eso que con esa misma libertad, libremente creamos nuestras propias cadenas y nos amarramos con ellas, creamos nuestras propias leyes y las ceñimos a los demás, formamos nuestros propios criterios y los aplicamos a nuestra propia familia y amistades. Lo peor del caso es que nos la creemos tajantemente coartando nuestra propia libertad y lo mismo no se diga en el plano del pecado, que nos sentimos con la libertad y el derecho de pecar, pero del cual dependemos a veces como un vicio cíclico del cual no podemos salir.

Aquí es donde Jesús viendo hasta dónde hemos llegado, inventando e implementando leyes positivas, en éste caso la ley de Moisés, que difiere de la Ley de Dios, porque le es un anexo muy re-elaborado y extendido de los diez mandamientos; por lo que viendo las consecuencias tan radicales que expone a la misma humanidad, de eso también pretende librarnos.

Es por ello que remarca sobre esa ley, aunque hecha con una intención inicial muy buena, raya en la exigencia humana olvidada de la caridad que es el fundamento principal de la Ley y, viendo eso Jesús remarca a todo derecho que él no se ciñe a dichos mandatos humanos, cuando vive plenamente una ley más legítima la cual pretende restaurar, porque si esos mandatos soy de intervención humana, él exige los de intervención divina, por ello confirma que ante la ley del sábado, el es Señor también de ella y sobre ella.

Tan fácil que es vivir los preceptos divinos, de los cuales derivan el resto de los positivos humanos, pero si no conocemos la base y el fundamento, jamás podremos entender ni vivir el resto sabiendo de dónde vienen ni a donde van. Y no olvides que antes de las leyes humanas, cualesquiera que sean, la base deben ser las del Señor, si no, todo se desvirtúa y manipula, cuando no se corrompa ya.

“Es el Señor”

“Es el Señor”

Juan: 21, 1-14

En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Cana de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: “También nosotros vamos contigo”. Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.

Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: “Muchachos, ¿han pescado algo?” Ellos contestaron: “No”. Entonces él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.

Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: “Es el Señor”. Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.

Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan. Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar”. Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastro hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres, y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: “Vengan a almorzar”. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres?’, porque ya sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado.

Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos. 

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Cuando los discípulos obedecieron la orden que les había dado de que se fueran a Galilea después de la crucifixión, es para que no solamente se retiraran de ese ambiente politizado, sino para que estuvieran tranquilos en su entorno, con la familiaridad del los lugares natos en los que se desarrollaron, para que una vez recuperada la paz y las habituales ocupaciones, tengan la sobriedad para poder con un corazón más apacible identificarlo y asimilar la etapa de crisis de la Pasión y muerte.

Tercera es la ocasión en que Jesús se hace presente entre ellos y ya no les causa tanta admiración, ya lo van identificando sin tanto estupor, empiezan a convivir con Él percibiéndolo vivo.

Situación que los hace afianzar su confianza además de impregnar sus palabras en la misión que procede.

Es por ello que Jesús los quiere reforzar para que puedan manejar las crisis y ya no les peguen en medio de sus propias debilidades, para poder decir en cualquiera circunstancia “Es el Señor” que está presente y poder identificarlo.

“La verdad no es opcional”

“La verdad no es opcional”

Juan: 5, 31-47

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Si yo diera testimonio de mí, mi testimonio no tendría valor; otro es el que da testimonio de mí y yo bien sé que ese testimonio que da de mí, es válido.

Ustedes enviaron mensajeros a Juan el Bautista y él dio testimonio de la verdad. No es que yo quiera apoyarme en el testimonio de un hombre. Si digo esto, es para que ustedes se salven. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y ustedes quisieron alegrarse un instante con su luz. Pero yo tengo un testimonio mejor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar y que son las que yo hago, dan testimonio de mí y me acreditan como enviado del Padre.

El Padre, que me envió, ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro, y su palabra no habita en ustedes, porque no le creen al que él ha enviado.

Ustedes estudian las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues bien, ellas son las que dan testimonio de mí. ¡Y ustedes no quieren venir a mí para tener vida! Yo no busco la gloria que viene de los hombres; es que los conozco y sé que el amor de Dios no está en ellos. Yo he venido en nombre de mi Padre y ustedes no me han recibido. Si otro viniera en nombre propio, a ése sí lo recibirían. ¿Cómo va a ser posible que crean ustedes, que aspiran a recibir gloria los unos de los otros y no buscan la gloria que sólo viene de Dios?

No piensen que yo los voy a acusar ante el Padre; ya hay alguien que los acusa: Moisés, en quien ustedes tienen su esperanza. Si creyeran en Moisés, me creerían a mí, porque él escribió acerca de mí. Pero, si no dan fe a sus escritos, ¿cómo darán fe a mis palabras?”

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En un mundo que prevalece la mentira y el acto de mentir como una ordinariedad ya asumida en la vida, donde los medios se dedican a predicar inconsistencias, tendencias, falsos, escándalos como una manera de atraer la atención morbosamente, resulta cada vez más difícil saber distinguir la verdad de la mentira.

Sobre todo las generaciones más nuevas, que en la precaria educación con modelos no basados en la razón y la autocrítica, sino en teorías oficiales no comprobadas, hace que todo cuanto yace escrito sea tomado en serio como verdad absoluta.

De esta manera la verdad se convierte en una opción, porque el engaño es común además que la realidad no se presenta como viable cuando lo virtual resulta confortante aunque no se crezca ni se produzca nada-

Pero hemos descartado la opción a conocer la verdad, ya que no es una opción, sino un deber que va acorde a nuestra realidad, al complementar la vida y su realización plena. Por ello tanto sufrimiento en querer emparejar lo irreal y mentiroso con nuestra evidente realidad, no cuadra.

Más aún las verdades de fe, que no tienen por que equipararse a las científicas ya que son de otra índole que van hacia todo lo espiritual, que se niega, sobre todo cuando no se conoce.

La verdad misma es quien presenta a Jesús, porque Él es la verdad en sí mismo, por lo que negarlo junto con su palabra y obras, de suyo es ya afirmar la mentira, que es propia del maligno y su especialidad. Jesús no juzga, sino que la verdad misma habla ante la inconsistencia de la mentira que se condena a sí misma.

Por ello, la verdad en todos sus niveles, científico, filosófico, teórico y teológico no es una opción, sino una necesidad que complementa el ser de cada una de ellas.

“Una razón de ser y vivir”

“Una razón de ser y vivir”

Mateo: 5, 13-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero, para que alumbre a todos los de la casa.

Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”.

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La vida nunca ha dejado de ser un don tan preciado que cuando somos conscientes de su valor, se vuelve incalculable. De suyo el hecho de vivir es una gracia única, pero la vida no consiste tan sólo en vivirla porque se posee.

Uno de los objetivos de esta vida es llevarla a una plenitud en todos los aspectos. Habrá quien desarrolle en ella lo físico, lo cultural, lo espiritual, las artes, lo intelectual y filosófico, entre otras tantas posibilidades que a la par se pueden ir complementando. 

De hecho se nos ha revelado a través de las Sagradas Escrituras, que precisamente se nos compara a la sal y a la luz, es decir, a realizar las actividades que exponencian todas las capacidades, porque nos ha regalado el Señor un cuerpo maravilloso que sabe salir adelante ante todas las adversidades y que se desarrolla generosamente cuando se le cuida y cultiva al igual que la mente y el corazón, para con ello dar sabor y sentido a la vida misma iluminando a quienes se han perdido en sus propias tinieblas.

Es una pena, cuando el dolor y la ansiedad las alimentamos a tal grado de perder el sentido falso de no poder vivir la vida. Mientras tengamos vida, tenemos un proyecto y una oportunidad por delante ya que además Dios nos da una razón de ser y vivir aquí en este mundo, con su ayuda para alcanzar a que esa misma vida llegue hasta la eternidad, por medio de su hijo que la ha llevado a su plenitud por medio de la gracia y santidad que nos pide vivirla igual.

“Queremos verte hacer…”

“Queremos verte hacer…”

Mateo: 12, 38-42

En aquel tiempo, le dijeron a Jesús algunos escribas y fariseos: “Maestro, queremos verte hacer una señal prodigiosa”. Él les respondió: “Esta gente malvada e infiel está reclamando una señal, pero la única señal que se le dará, será la del profeta Jonás. Pues de la misma manera que Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena, así también el Hijo del hombre estará tres días y tres noches en el seno de la tierra.
Los habitantes de Nínive se levantarán el día del juicio contra esta gente y la condenarán, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay alguien más grande que Jonás.
La reina del sur se levantará el día del juicio contra esta gente y la condenará, porque ella vino de los últimos rincones de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien más grande que Salomón”.

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Una de las actitudes de Jesús, consiste en que los milagros que llegó a realizar, no fueron preparados, simplemente los realizó donde fue necesario, sobre todo entre gente sencilla que manifestó una fe creciente, afianzada con los signos de la presencia del Reino, que son los milagros.

Aquellos que se dicen conocedores de Dios y sus obras, los escribas y fariseos, no son capaces de creer, no se acaban de convencer de que se trata del Mesías tan esperado, por ello piden que haga un milagro, pero ante un corazón y una razón cerrada, el milagro no tendrá su efecto transformador, porque implica a la persona que se permita dar fe al suceso, para que éste haga un cambio interior en la persona que lo recibe y que lo ve.

Pedir ver un milagro, ya va sembrado de incredulidad, si se supone que ellos ya tienen fe,  porque son dirigentes religiosos, no deberían de solicitarlo.

Al igual nosotros podemos pedir lo mismo, verle hacer algo y no sólo a Dios, sino a cualquier persona para que nos demuestre alguna actitud que deseamos ver, pero eso es un chantaje y manipulación, habla de la incredulidad que llevamos dentro y que impide el crecimiento interior de los mismos dones de Dios y de la confianza en los demás.

Querer ver hacer, hay que dejarlo a los infantes que tienen curiosidad de conocer todo cuanto acontece en el mundo, pero a nosotros, ya crecidos, no cabe esa pregunta ante toda la evidencia de su presencia que nos rodea por doquier, en las personas, en las circunstancias y en la cosas.

“Santo Tomás”

“Santo Tomás”

Juan: 20, 24-29

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano; métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.

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Cada vez que se nos invita a abordar el tema de la fe, no resulta tan fácil ante un esquema que tan sólo se aboca a lo asimilable por nuestros cinco sentidos, es decir, tan sólo la creación material. Es necesario reconocer que somos entes dotados de un espíritu el cual de igual manera se fortalece y desarrolla con aquello que le alimenta y que proviene de las gracias de Dios.

No es novedad que entre los mismos apóstoles encontremos diferencias entre ellos, por la sencilla razón de que no todos asimilan las situaciones con la misma apertura y disposición, ya que cada uno lleva un proceso personal, natural y razonable.

Por ello Tomás se da el lujo de dudar, ya que para él es necesario llevarlo de esa manera y auto convencerse a sí mismo, y no que para que los demás lo sepan.

Muchas veces con justa razón afirmamos un “no creeré”, totalmente aceptable, pero lo que no es aceptable es que lo utilices como defensa para no crecer y conocer aquello que nos es connatural y, quedarnos estancados voluntariamente sin beneficio personal ni comunitario.

La duda e incredulidad se destierra con el conocimiento y acercamiento a Dios, pero si no lo hacemos, nos radicalizaremos aún más en nuestras posturas truncas y vacías que no llevan más que a la confusión generalizada.

“Palabras o hechos”

“Palabras o hechos”

Mateo: 7, 21-29

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Aquel día muchos me dirán: ‘¡Señor, Señor!, ¿no hemos hablado y arrojado demonios en tu nombre y no hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros?’ Entonces yo les diré en su cara: ‘Nunca los he conocido. Aléjense de mí, ustedes, los que han hecho el mal’.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa; pero no se cayó, porque estaba construida sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente”.
Cuando Jesús terminó de hablar, la gente quedó asombrada de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

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A veces somos san exquisitamente conformistas en el seguimiento del Señor y la obediencia a Dios, que pretendemos callar nuestra conciencia en el ámbito del pensamiento y las ideas gritando lo más fuerte que podamos ‘¡Señor, Señor!’, y creer que  por decirlo, aún de lo más profundo del corazón, ya somos buenos y con eso basta.

Así son las muy ineficaces buenas intenciones, que desgarran el sentimiento, pero no la voluntad de actuar y hacer algo realmente eficaz por los demás.

Olvidamos que estamos construyendo tanto en el exterior con esos ánimos y ejemplos a seguir, iniciado desde la caridad para concluirlos en acciones concretas y ponderadamente  hechas en el momento, las circunstancias y las personas que lo necesitan oportunamente.

 A su vez estamos construyendo en nuestro interior, fortaleciendo esa voluntad y ese espíritu que cuando sea necesario estará firme ante cualquier tormenta que se desprenda y nos impacte tratando de derrocarnos, sabiendo que tenemos herramientas para cuidar y acrecentar la gracia de Dios obtenida no por el pensamiento, sino por aquello que realmente hicimos a aquellos que en su momento lo necesitaban.

Las palabras son muy importantes, pero los hechos dicen más que las palabras, y aunque la Palabra de Dios es vida, lo puede ser aún más con toda su eficacia cuando la vivimos en tiempo real y con personas concretas. Así que tú decides si te quedas con las palabras o migras a los hechos.