¡Ay de aquel…!

¡Ay de aquel…!

Mateo 26, 14-25

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: –«¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»

Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: –«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»

Él contestó: –“Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: «El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos»”.

Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo: –«Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar».

Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: –«¿Soy yo acaso, Señor?»

Él respondió: –«El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido».

Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: –«¿Soy yo acaso, Maestro?»

Él respondió: –«Tú lo has dicho».

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Cuando los intereses personales se nos colocan de por medio, no importa el fin para obtenerlos, así sea beneficiar o, como ocurre en la mayoría de los casos: perjudicar. Lo que pasa es que la obsesión del momento nubla y satura nuestra mente a tal grado de perder de vista las circunstancias que conllevarán en el ínter, sin darnos cuenta de la gravedad del mal que ocasionamos a los demás.

Lo peor del caso se presenta, cuando además deseamos proceder con ese mal intencionado, por lo que falsamente nos comportamos, para no indagar en dudas y mantener la cercanía de la persona afectada, evitando las sospechas y poder ejecutar el mal deseado sin contratiempos.  

En cierta manera se le llama: alevosía y ventaja, que es la herramienta más común sobre todo en los negocios en nuestros días, pero sobre todo en los que los poseen. Además de que las leyes están establecidas no para apoyar al necesitado, sino al que lo tiene todo y de sobra.

Al fin de cuentas, existen los responsables de ello, y sintiéndose como Judas con todo el derecho de moverse, pero no quedan impunes ya que en todo tipo de traición, legal o no legal, personal o social, existen esos ¡ay de aquel!, que no vienen de nosotros, sino de Dios. 

Dios da toda la oportunidad en toda una vida, y no es una amenaza, mas que nada es un ¡Ay! lastimero de dolor por ver como se consumen en sus malas acciones, alejándose cada vez más de Dios y por ende de su acción con los hermanos hiriendo su dignidad. Espero que porque no nos pasa nada, no pensemos que no pasará.

“Traiciones”

“Traiciones”

Juan 13, 21-33. 36-38

En aquel tiempo, Jesús, profundamente conmovido, dijo: –«Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar».

Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.

Uno de ellos, el que Jesús tanto amaba, estaba reclinado a la mesa junto a su pecho. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: –«Señor, ¿quién es?»

Le contestó Jesús: –«Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».

Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote.

Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo: –«Lo que tienes que hacer hazlo enseguida».

Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.

Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche. Cuando salió, dijo Jesús: –“Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: «Donde yo voy, vosotros no podéis ir»”.

Simón Pedro le dijo: –«Señor, ¿a dónde vas?» Jesús le respondió: «Adonde yo voy no me puedes acompañar ahora, me acompañarás más tarde».

Pedro replicó: –«Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora? Daré mi vida por ti».

Jesús le contestó: –«¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces».

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Mientras en nuestro caminar sea todo salud y dulzura, parece que nada adolece, es más, nos acostumbramos rápidamente a esa condición, tanto así que cegamos nuestra confianza a veces en quien no debemos. El problema no es que no veamos, sino que esa confianza es abusada, por lo general las traiciones son llamadas así, porque vienen precisamente de aquellos en quienes depositamos un voto y han respondido ordinariamente bien, son aquellos que cambian de repente su voluntad para dañar  nuestra persona por múltiples e irracionales motivos, soliendo ser los más cercanos, la misma familia, los mejores amigos y a quienes más amamos, eso es traición.

Lo que más duele, no son los medios que se utilicen en el acto mismo que se empleen para atacarnos directamente, sino el amor roto que sale herido y al cual principalmente se le ha ofendido. Parece algo inconcebible pero se da en medio de las mayores confianzas, como lo fue la de Jesús con sus discípulos.

Jesús tenía todo un mundo en contra, ganado por el pecado y el demonio detrás del mismo, pero el mal vino de dentro, de uno de los suyos, que en realidad no es novedad ya que es el modus ordinario y operante del demonio, puesto que el mismo Luzbel, teniendo toda la confianza y el amor de Dios decide rechazarlo, renunciando a la gracia y a la vida.

No permitamos que nos invadan esos sentimientos demoniacos de traicionar, porque no son tuyos, pero su acción si te puede afectar de manera permanente, hagamos oración constante para no sucumbir en traición ni con Dios, ni con nadie porque precisamente nadie se lo merece. 

“La traición viene desde dentro”

La traición viene desde dentro”

Mateo: 26, 14-25

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: ¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?” Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselos. 

El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?” El respondió: “Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: `El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’. Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua. 

Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce y mientras cenaban, les dijo: “Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme”. Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: “¿Acaso soy yo, Señor?” Él respondió: “El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de Él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido”. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: “¿Acaso soy yo Maestro?” Jesús le respondió: “Tú lo has dicho”. 

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Todo tipo de traiciones duelen bastante no por el hecho de que no ataquen, sino que llegan de quienes menos lo esperamos, de aquellos en los que por lo general hemos depositado nuestra confianza ya sea parcial o total, los que usan nuestra propia información para debilitar la confianza de los demás y usarla en pro de un beneficio propio o por simple envidia y ánimos de dañar.

Situación que al mismo Jesús le aconteció, lo pudo evitar, sí, pero permite que la persona que le quiere dañar decida por sí sola su manera de actuar y sea responsable de las consecuencias que le llevarán a tomar una nueva decisión para resarcirla o para evadirla.

A veces la confianza con aquellos que nos daña, llega a tal grado que se les hace fácil tomar esa errónea decisión, porque a lo mejor piensan que no pasará a mayores, se adormece su perspectiva y creen que será solamente un mal rato.

Pero no saben a ciencia cierta hasta donde puede llegar la persona dañada, porque ya implica no tan sólo su decisión, sino las decisiones del afectado y la de los nuevos implicados.

Lealtad es lo que se necesita hoy más que nunca en nuestros días, pero si podemos evitar esas personas tóxicas, les ayudamos a no hacer tanto mal al no seguir sus malas propuestas, y al no permitirles dañarnos, si es que percibimos el caso.

“Miedo a fallar”

“Miedo a fallar”

Mateo 26, 14-25

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: ¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?” Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselos. El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?” Él respondió: “Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: `El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’. Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua. Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce y mientras cenaban, les dijo: “Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme”. Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: “¿Acaso soy yo, Señor?” Él respondió: “El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de Él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido”. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: “¿Acaso soy yo Maestro?” Jesús le respondió: “Tú lo has dicho”.

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Mientras una persona se va esmerando por avanzar e ir creciendo en todos los aspectos de su vida, surge una constante de aprovechar lo que se nos brinda en el camino de capacitación o formación, ya que sabemos lo que en el futuro nos servirá, entonces nace un propio sentido de responsabilidad así como de orgullo por las metas alcanzadas.

Precisamente es en este punto cuando surge ese miedo a fallar, a hacer las cosas mal, porque bien sabemos que nos afecta, e incluso pedimos que nos digan si algo que realizamos no está bien hecho para corregirnos.

Pero la dimensión del miedo cambia cuando nuestra responsabilidad no recae tan sólo actividades o procesos, sino cuando se encuentran personas a nuestro cargo,  porque no se trata tan sólo de objetos, sino de otro ser a la par en dignidad que uno mismo. Más aún cuando se nos ha conferido en confianza la corresponsabilidad de alguien muy importante que carga sobre sí no tan sólo un muy buen cargo o postura, sino lo que a su alrededor  le conlleva estar ahí.

Es por ello que los discípulos de Jesús, y en concreto sus apóstoles, que están muy cercanos a Jesús, y en los que ha depositado de una manera especial toda su confianza, temen fallarle, porque ahora son conscientes y han sido testigos de los prodigios que ha hecho, por lo que el vínculo que los une es mayor y de gran responsabilidad.

Es por ello que cuando no se le conoce a Dios, no se le teme el fallarle, pero conociendo la magnitud de su amor personal hacia ti, nos obliga de manera natural y nada forzada a amarle, y por ende, hay un mayor temor a ofenderle, por ello en esta escala de amor, es natural y muy propio el miedo a fallar.

Es muy común que a quien no le importa fallar, es porque no conoce a quien le falla ni es consciente del daño que infringe, porque de igual manera no sabe amar. 

“Ataques internos”

“Ataques internos”

Juan 13, 21-33.36-38

En aquel tiempo, cuando Jesús estaba a la mesa con sus discípulos, se conmovió profundamente y declaró: “Yo les aseguro que uno de ustedes me va a entregar”. Los discípulos se miraron perplejos unos a otros, porque no sabían de quién hablaba. Uno de ellos, al que Jesús tanto amaba, se hallaba reclinado a su derecha. Simón Pedro le hizo una seña y le preguntó: “¿De quién lo dice?” Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: “Señor, ¿quién es?” Le contestó Jesús: “Aquel a quien yo le dé este trozo de pan, que voy a mojar”. Mojó el pan y se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote; y tras el bocado, entró en él Satanás.
Jesús le dijo entonces a Judas: “Lo que tienes que hacer, hazlo pronto”. Pero ninguno de los comensales entendió a qué se refería; algunos supusieron que, como Judas tenía a su cargo la bolsa, Jesús le había encomendado comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el bocado, salió inmediatamente. Era de noche.
Una vez que Judas se fue, Jesús dijo: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará.
Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes. Me buscarán, pero como les dije a los judíos, así se lo digo a ustedes ahora: ‘A donde yo voy, ustedes no pueden ir”‘. Simón Pedro le dijo: “Señor, ¿a dónde vas?” Jesús le respondió: “A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; me seguirás más tarde”. Pedro replicó: “Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti”. Jesús le contestó: “¿Conque darás tu vida por mí? Yo te aseguro que no cantará el gallo, antes de que me hayas negado tres veces”.

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No nos resulta nada raro tanto en el pasado como hoy saber que, tanto los males como los daños que nos aquejan, provienen del interior de nuestro círculo ya sea familiar, laboral o de amistades cercanas. 

Ya no es preocupante el que se nos ataque por fuera porque los enemigos los tenemos bien definidos e identificados, lo malo es que los que realmente nos dañan son los que están cercanos y aparentemente nos brindan toda su confianza. 

Así es. El mal lo tenemos dentro y se dice amarnos. Como a Jesús le proclamaban amista absoluta y pleno seguimiento, resulta que precisamente uno de los suyos fue quien lo traicionó. 

A la par de tener confianza hay que correr el riesgo para depositar nuestros más íntimos momentos con aquellos que se dicen amigos. Sin embargo Dios no deja de otorgar personas fieles e intachables que nos siguen acompañando en el camino de esta vida. 

Tan sólo hay que aprender a identificar cuando de amistad sincera se trata y no rechazarla porque Dios provee en el justo momento. Tan solo de igual manera pedir el don para identificar a los falsos que nos circundan.  

¡Ay de aquel…!

¡Ay de aquel…!

Mateo 26, 14-25

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: –«¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»

Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: –«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»

Él contestó: –“Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: «El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos»”.

Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo: –«Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar».

Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: –«¿Soy yo acaso, Señor?»

Él respondió: –«El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido».

Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: –«¿Soy yo acaso, Maestro?»

Él respondió: –«Tú lo has dicho».

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Cuando los intereses personales se nos colocan de por medio, no importa el fin para obtenerlos, así sea beneficiar o, como ocurre en la mayoría de los casos: perjudicar. Lo que pasa es que la obsesión del momento nubla y satura nuestra mente a tal grado de perder de vista las circunstancias que conllevarán en el ínter, sin darnos cuenta de la gravedad del mal que ocasionamos a los demás.

Lo peor del caso se presenta, cuando además deseamos proceder con ese mal intencionado, por lo que falsamente nos comportamos, para no indagar en dudas y mantener la cercanía de la persona afectada, evitando las sospechas y poder ejecutar el mal deseado sin contratiempos.

En cierta manera se le llama: alevosía y ventaja, que es la herramienta más común sobre todo en los negocios en nuestros días, pero sobre todo en los que los poseen. Además de que las leyes están establecidas no para apoyar al necesitado, sino al que lo tiene todo y de sobra.

Al fin de cuentas, existen los responsables de ello, y sintiéndose como Judas con todo el derecho de moverse, pero no quedan impunes ya que en todo tipo de traición, legal o no legal, personal o social, existen esos ¡ay de aquel!, que no vienen de nosotros, sino de Dios.

Dios da toda la oportunidad en toda una vida, y no es una amenaza, mas que nada es un ¡Ay! lastimero de dolor por ver como se consumen en sus malas acciones, alejándose cada vez más de Dios y por ende de su acción con los hermanos hiriendo su dignidad. Espero que porque no nos pasa nada, no pensemos que no pasará.

“La traición viene desde dentro”

“La traición viene desde dentro”

Mateo: 26, 14-25

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: ¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?” Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselos.

El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?” El respondió: “Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: `El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’. Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.

Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce y mientras cenaban, les dijo: “Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme”. Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: “¿Acaso soy yo, Señor?” Él respondió: “El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de Él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido”. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: “¿Acaso soy yo Maestro?” Jesús le respondió: “Tú lo has dicho”.

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Todo tipo de traiciones duelen bastante no por el hecho de que no ataquen, sino que llegan de quienes menos lo esperamos, de aquellos en los que por lo general hemos depositado nuestra confianza ya sea parcial o total, los que usan nuestra propia información para debilitar la confianza de los demás y usarla en pro de un beneficio propio o por simple envidia y ánimos de dañar.

Situación que al mismo Jesús le aconteció, lo pudo evitar, sí, pero permite que la persona que le quiere dañar decida por sí sola su manera de actuar y sea responsable de las consecuencias que le llevarán a tomar una nueva decisión para resarcirla o para evadirla.

A veces la confianza con aquellos que nos daña, llega a tal grado que se les hace fácil tomar esa errónea decisión, porque a lo mejor piensan que no pasará a mayores, se adormece su perspectiva y creen que será solamente un mal rato.

Pero no saben a ciencia cierta hasta donde puede llegar la persona dañada, porque ya implica no tan sólo su decisión, sino las decisiones del afectado y la de los nuevos implicados.

Lealtad es lo que se necesita hoy más que nunca en nuestros días, pero si podemos evitar esas personas tóxicas, les ayudamos a no hacer tanto mal al no seguir sus malas propuestas, y al no permitirles dañarnos, si es que percibimos el caso.

“Mentalidades malagradecidas”

“Mentalidades malagradecidas” 

Lucas: 17,11-19

En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!”

Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.

Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ése era un samaritano. Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”.

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Resulta en toda una vida el poder conocer y profundizar los misterios de Dios, y eso para quien desea indagar en ello, porque la gran mayoría ni siquiera se preocupan por entenderse a sí mismos, y mucho menos el proceso de la vida.

Eso nos lleva a en cada una de las etapas de la vida entrar en crisis, por no aceptar una maduración cuando llega un cambio tanto físico como mental. Todo originado por el cambio de la cultura humanística, a la tecnológica e impersonal.

Lo poco que llegamos a conocer de Dios lo negamos, o en su defecto le atribuimos el deber de darnos todo y quejarnos lastimeramente cuando falta lo no necesario, aunque la vida siga y se viva con ello.

El caso es muy claro cuando Jesús sana a aquellos que ya lo tenían perdido todo por la enfermedad de la lepra, eran en su totalidad excluidos y rechazados. Cosa que no pasa desapercibida para el Señor, por ello los sana, les cambia la vida. Pero con toda una vida nueva de oportunidades olvidamos lo más necesario, dar gracias.

Aquí es donde nacen esas mentalidades malagradecidas, no les alcanza la vida ni el tiempo para vivir lo que parecía perdido, deseamos abarcar el mundo y hasta atribuimos a la suerte el cambio y la salud.

Resulta en inconcebible, que los que se dicen religiosos y amantes de Dios, los que van al templo a dar gracias, son los que no fueran capaces de regresar con quien los sanó. Fue el extranjero, el samaritano, el impuro según el mundo judío quien sí es consciente de en obligación retornar a Jesús para luego seguir con su vida.

Es importante no sentirnos que con la salud no es necesario ser agradecidos, cuando en todo momento lo debemos de ser, más aún en la plenitud de tu vida.

¡Ay de aquel…!

¡Ay de aquel…!
Mateo 26, 14-25
En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: –«¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»
Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: –«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
Él contestó: –“Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: «El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos»”.
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo: –«Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar».
Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: –«¿Soy yo acaso, Señor?»
Él respondió: –«El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido».
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: –«¿Soy yo acaso, Maestro?»
Él respondió: –«Tú lo has dicho».
——————————————-
Cuando los intereses personales se nos colocan de por medio, no importa el fin para obtenerlos, así sea beneficiar o, como ocurre en la mayoría de los casos: perjudicar. Lo que pasa es que la obsesión del momento nubla y satura nuestra mente a tal grado de perder de vista las circunstancias que conllevarán en el ínter, sin darnos cuenta de la gravedad del mal que ocasionamos a los demás.
Lo peor del caso se presenta, cuando además deseamos proceder con ese mal intencionado, por lo que falsamente nos comportamos, para no indagar en dudas y mantener la cercanía de la persona afectada, evitando las sospechas y poder ejecutar el mal deseado sin contratiempos.  
En cierta manera se le llama: alevosía y ventaja, que es la herramienta más común sobre todo en los negocios en nuestros días, pero sobre todo en los que los poseen. Además de que las leyes están establecidas no para apoyar al necesitado, sino al que lo tiene todo y de sobra.
Al fin de cuentas, existen los responsables de ello, y sintiéndose como Judas con todo el derecho de moverse, pero no quedan impunes ya que en todo tipo de traición, legal o no legal, personal o social, existen esos ¡ay de aquel!, que no vienen de nosotros, sino de Dios. 

Dios da toda la oportunidad en toda una vida, y no es una amenaza, mas que nada es un ¡Ay! lastimero de dolor por ver como se consumen en sus malas acciones, alejándose cada vez más de Dios y por ende de su acción con los hermanos hiriendo su dignidad. Espero que porque no nos pasa nada, no pensemos que no pasará.

“Traiciones”

“Traiciones”
Juan 13, 21-33. 36-38
En aquel tiempo, Jesús, profundamente conmovido, dijo: –«Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar».
Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.
Uno de ellos, el que Jesús tanto amaba, estaba reclinado a la mesa junto a su pecho. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: –«Señor, ¿quién es?»
Le contestó Jesús: –«Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».
Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote.
Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo: –«Lo que tienes que hacer hazlo enseguida».
Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.
Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche. Cuando salió, dijo Jesús: –“Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: «Donde yo voy, vosotros no podéis ir»”.
Simón Pedro le dijo: –«Señor, ¿a dónde vas?» Jesús le respondió: «Adonde yo voy no me puedes acompañar ahora, me acompañarás más tarde».
Pedro replicó: –«Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora? Daré mi vida por ti».
Jesús le contestó: –«¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces».
——————————————
Mientras en nuestro caminar sea todo salud y dulzura, parece que nada adolece, es más, nos acostumbramos rápidamente a esa condición, tanto así que cegamos nuestra confianza a veces en quien no debemos. El problema no es que no veamos, sino que esa confianza es abusada, por lo general las traiciones son llamadas así, porque vienen precisamente de aquellos en quienes depositamos un voto y han respondido ordinariamente bien, son aquellos que cambian de repente su voluntad para dañar  nuestra persona por múltiples e irracionales motivos, soliendo ser los más cercanos, la misma familia, los mejores amigos y a quienes más amamos, eso es traición.
Lo que más duele, no son los medios que se utilicen en el acto mismo que se empleen para atacarnos directamente, sino el amor roto que sale herido y al cual principalmente se le ha ofendido. Parece algo inconcebible pero se da en medio de las mayores confianzas, como lo fue la de Jesús con sus discípulos.
Jesús tenía todo un mundo en contra, ganado por el pecado y el demonio detrás del mismo, pero el mal vino de dentro, de uno de los suyos, que en realidad no es novedad ya que es el modus ordinario y operante del demonio, puesto que el mismo Luzbel, teniendo toda la confianza y el amor de Dios decide rechazarlo, renunciando a la gracia y a la vida.
No permitamos que nos invadan esos sentimientos demoniacos de traicionar, porque no son tuyos, pero su acción si te puede afectar de manera permanente, hagamos oración constante para no sucumbir en traición ni con Dios, ni con nadie porque precisamente nadie se lo merece.