“…Deja que los muertos entierren a sus muertos”

“…Deja que los muertos entierren a sus muertos”

Mateo: 8, 18-22

En aquel tiempo, al ver Jesús que la multitud lo rodeaba, les ordenó a sus discípulos que cruzaran el lago hacia la orilla de enfrente. En ese momento se le acercó un escriba y le dijo: “Maestro, te seguiré a dondequiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en donde reclinar la cabeza”. Otro discípulo le dijo: “Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre”. Pero Jesús le respondió: “Tú sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos”.

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El seguimiento de Jesús de manera permanente, como aquellos que consagran toda su vida dedicada a ello, no es para todos, porque Dios en su infinita misericordia ya tiene un plan perfecto, preparado para cada uno de nosotros, plan que debemos de ir descubriendo en el transcurso de nuestra vida para responder, cuando en la mayoría de los casos ya estamos donde el Señor pretende que demos frutos.

Y es que no se trata de una moción sentimental que se da de manera circunstancial, en este caso al paso de Jesús quien mueve corazones, sino que su presencia debe remarcar la misión de cada uno de nosotros como sus discípulos e hijos de Dios, donde en nuestras labores y a través de ellas, viviendo el Reino de Dios, haremos un ambiente excelente para santificarnos y disponer nuestros dones a dar frutos, todo por la gracia que Jesús brinda y comparte.

Por eso, esas llamaradas de petate tan efusivas y llenas de sentimiento en su momento, con los hechos y las labores así como las renuncias personales que conlleva el seguimiento, se pierden en aquellos que al momento no le encuentran sentido a esa forma de vida dedicada a Dios. Cuando los ánimos bajan, nos encontramos nuevamente con nosotros mismos y lo que queremos en la vida. Que de suyo ya es una bendición de Dios, donde realmente sabremos que nuestra misión es otra.

De igual manera, es una bendición cuando directamente el Señor llama, porque sabe a quién le ha preparado su corazón para ello y quiere que responda con los dones ya otorgados.

 Pero si los dones son para otra área del Reino de Dios, es ahí donde Dios los ha dispuesto para complementar su obra, con tu propia manera de ser en conciencia de Discípulo que sigue participando del llamado, pero desde el lado del testimonio ordinario de la vida.

Habrá quien quiera seguirlo como en el evangelio, pero si esa no es su vocación, no responderá con alegría, ahí es mejor que siga donde está porque desde ahí se santificará, habrá otros que son llamados a responder cerca del Señor, y no lo harán, pretextos siempre pondremos, como lo hace quien le dice que le permita enterrar a su padre, a lo mejor un pretexto excusándose de una no tan necesaria labor, porque por algo lo llama, Dios sabe lo que dejará y también lo que podrá realizar en adelante.

La respuesta: “deja a los muertos que entierren a sus muertos” precisamente se refiere a que si el Señor te ha llamado a transmitir esa vida nueva, deja a aquellos que no lo desean seguir, se encarguen de esos detalles como un funeral, que cualquiera lo puede hacer.

El Señor te llama, a todos sin excepción, síguelo dondequiera que estés, y si es más de cerca, es una bendición especial a unirte precisamente a su pasión y misión, el resto no te preocupe que ya lo tiene contemplado y está todo en sus manos. Tú síguelo. 

“Pascua de Resurrección”

“Pascua de Resurrección”

Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: –«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

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La vida no puede ser contenida en ningún lugar de tan grandiosa que es, pero la gracia de  Dios ha hecho posible todo, e inclusive poseerla en un ser materializado como lo es en nuestra limitada humanidad, ya que somos toda una proeza junto con la creación entera que revela la magnificencia del Creador. 

El mismo sepulcro queda estrecho a tan gran don, y más aún para aquella vida que se nos da en felicidad y libertad, ya que la muerte es el paso necesario y agradecido para esta carne que nos ha contenido generosamente, en donde con toda su dignidad queda en reposo para la espera de la resurrección, así precisamente como Jesús, en quien esperamos la plenitud no tan sólo de la vida, sino glorificada junto con ese cuerpo que se nos ha dado, y dónde a su vez reinaremos eternamente con Él.

No es tan sólo un sueño, sino una tajante realidad, es una promesa, pero venida de Dios que siempre las cumple en su momento. De aquí debe brotar esa alegría unida a la esperanza plena, en la confianza de aquél que ya ha dado el paso definitivo a la meta eterna, a la cual somos invitados y en amor bien recibidos.

Tan sólo basta callar para manifestar esa alegría que brota de la certeza de la vida eterna.

Felices pascuas a todos ustedes junto con su familia y amistades.

“Todos los Fieles Difuntos”

San Lucas 23, 33. 39-43

Cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: –¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.

Pero el otro le increpaba: –¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.

Y decía: –Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.

Jesús le respondió: –Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

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“Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre 

su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios.” 

                                        -San Agustín

“Cada uno se presentará ante el tribunal de Dios para 

darle cuenta de lo que ha hecho, de lo bueno y de lo malo.” 

                                     – Santa Biblia

Las tres Iglesias: Se llama Iglesia a la asociación de los que creen en Jesucristo. La Iglesia se divide en tres grupos. Iglesia triunfante: los que ya se salvaron y están en el cielo (los que festejamos ayer). Iglesia militante: los que estamos en la tierra luchando por hacer el bien y evitar el mal. E Iglesia sufriente: los que están en el purgatorio purificándose de sus pecados, de las manchas que afean su alma.

El Catecismo de la Iglesia Católica, publicado por el Papa Juan Pablo II en 1992, es un texto de máxima autoridad para todos los católicos del mundo y dice cinco cosas acerca del Purgatorio:

1ª. Los que mueren en gracia y amistad de Dios pero no perfectamente purificados, sufren después de su muerte una purificación, para obtener la completa hermosura de su alma (1030).

2ª. La Iglesia llama Purgatorio a esa purificación, y ha hablado de ella en el Concilio de Florencia y en el Concilio de Trento. La Iglesia para hablar de que será como un fuego purificador, se basa en aquella frase de San Pablo que dice: “La obra de cada uno quedará al descubierto, el día en que pasen por fuego. Las obras que cada cual ha hecho se probarán en el fuego”. (1Cor. 3, 14).

3ª. La práctica de orar por los difuntos es sumamente antigua. El libro 2º. de los Macabeos en la S. Biblia dice: “Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados” (2Mac. 12, 46).

4ª. La Iglesia desde los primeros siglos ha tenido la costumbre de orar por los difuntos (Cuenta San Agustín que su madre Santa Mónica lo único que les pidió al morir fue esto: “No se olviden de ofrecer oraciones por mi alma”).

5ª. San Gregorio Magno afirma: “Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su eterno descanso”.

De San Gregorio se narran dos hechos interesantes. El primero, que él ofreció 30 misas por el alma de un difunto, y después el muerto se le apareció en sueños a darle las gracias porque por esas misas había logrado salir del purgatorio. Y el segundo, que un día estando celebrando la Misa, elevó San Gregorio la Santa Hostia y se quedó con ella en lo alto por mucho tiempo. Sus ayudantes le preguntaron después por qué se había quedado tanto tiempo con la hostia elevada en sus manos, y les respondió: “Es que vi que mientras ofrecía la Santa Hostia a Dios, descansaban las benditas almas del purgatorio”. Desde tiempos de San Gregorio (año 600) se ha popularizado mucho en la Iglesia Católica la costumbre de ofrecer misas por el descanso de las benditas almas.

La respuesta de San Agustín: a este gran Santo le preguntó uno: “¿Cuánto rezarán por mí cuando yo me haya muerto?”, y él le respondió: “Eso depende de cuánto rezas tú por los difuntos. Porque el evangelio dice que la medida que cada uno emplea para dar a los demás, esa medida se empleará para darle a él”.

¿Vamos a rezar más por los difuntos? ¿Vamos a ofrecer por ellos misas, comuniones, ayudas a los pobres y otras buenas obras? Los muertos nunca jamás vienen a espantar a nadie, pero sí rezan y obtienen favores a favor de los que rezan por ellos.

Tomado de EWTN.com

“De tierra se trata”

Lucas 8, 4-15

En aquel tiempo, se le juntaba a Jesús mucha gente y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo. Entonces les dijo esta parábola: —Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, y, al crecer, se secó por falta de humedad. Otro poco cayó entre zarzas, y las zarzas, creciendo al mismo tiempo, lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena, y, al crecer, dio fruto al ciento por uno.

Dicho esto, exclamó: —El que tenga oídos para oír, que oiga.

Entonces le preguntaron los discípulos: —¿Qué significa esa parábola?

El les respondió: —A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino de Dios; a los demás, sólo en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan. El sentido de la parábola es éste: La semilla es la Palabra de Dios. Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la Palabra de sus corazones, para que no crean y se salven. Los del terreno pedregoso son los que, al escucharla, reciben la Palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan. Lo que cayó entre zarzas son los que escuchan, pero con los afanes y riquezas y placeres de la vida, se van ahogando y no maduran. Lo de la tierra buena son los que con un corazón noble y generoso escuchan la Palabra, la guardan y dan fruto perseverando.

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Por lo general de esta parábola no intento darle ninguna explicación adicional ya que de suyo la explica el mismo Jesús de manera perfecta, por lo que no me atrevería a desvirtuarla o a cambiarle la menor intención, sin embargo hay un aspecto que me agradaría compartir y es el siguiente.

Cuando en la parábola se habla de los tipos de terrenos, es muy claro que encontramos una gran variedad de ellos con efectos totalmente distintos, y algo que me llama la atención es el hecho de que el Señor que va sembrando la semilla, a pesar de que el terreno no sea óptimo, sin embargo la sigue otorgando sin distinción, porque al final quien se dará cuenta si esa semilla germina y dará fruto, no depende ya totalmente de Dios, sino que nos ha hecho corresponsables de la administración de la misma. 

Si ciertamente la semilla ya lleva todo el potencial para ser algo grande y dar fruto, el que crezca y madure, nos implica, porque si no lo hace, no lo es porque la semilla sea mala, sino porque el resto nos toca a nosotros, el cuidarla, regarla, abonarla, y dedicarle atención a diario. Si nos quejamos de que no da fruto o se seca y hacemos un reclamo de ello, es porque lo que a Dios le concierne ya lo hace, pero olvidamos que la queja implica nuestra falta de acción al respecto, aunque reconocemos todo su poder y su obrar, eso no significa que le toque todo, quedando al desnudo nuestra falta de compromiso.

Porque el fruto de dicha semilla, de la tierra depende, y esa tierra nos corresponde aportarla, ya existe, sólo falta utilizarla para ese fin, y esa tierra, somos nosotros.

“Pentecostés”

“Pentecostés”

Juan: 7, 37-39

El último día de la fiesta, que era el más solemne, exclamó Jesús en voz alta: “El que tenga sed, que venga a mí; y beba, aquel que cree en mí. Como dice la Escritura:
Del corazón del que cree en mí brotarán ríos de agua viva”.

Al decir esto, se refería al Espíritu Santo que habían de recibir los que creyeran en él, pues aún no había venido el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado.

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A partir del Bautismo, el Espíritu divino habita en el cristiano como en su templo. Gracias a la fuerza del Espíritu que habita en nosotros, el Padre y el Hijo vienen también a habitar en cada uno de nosotros.

El don del Espíritu Santo es el que:

• nos eleva y asimila a Dios en nuestro ser y en nuestro obrar;

• nos permite conocerlo y amarlo;

• hace que nos abramos a las divinas personas y que se queden en nosotros.

La vida del cristiano es una existencia espiritual, una vida animada y guiada por el Espíritu hacia la santidad o perfección de la caridad. Gracias al Espíritu Santo y guiado por Él, el cristiano tiene la fuerza necesaria para luchar contra todo lo que se opone a la voluntad de Dios.

Dones

Para que el cristiano pueda luchar, el Espíritu Santo le regala sus siete dones, que son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu. Estos dones son:

1 Don de Ciencia: es el don del Espíritu Santo que nos permite acceder al conocimiento. Es la luz invocada por el cristiano para sostener la fe del bautismo.

2 Don de consejo: saber decidir con acierto, aconsejar a los otros fácilmente y en el momento necesario conforme a la voluntad de Dios.

3 Don de Fortaleza: es el don que el Espíritu Santo concede al fiel, ayuda en la perseverancia, es una fuerza sobrenatural.

4 Don de Inteligencia: es el del Espíritu Santo que nos lleva al camino de la contemplación, camino para acercarse a Dios.

5 Don de Piedad: el corazón del cristiano no debe ser ni frío ni indiferente. El calor en la fe y el cumplimiento del bien es el don de la piedad, que el Espíritu Santo derrama en las almas.

6 Don de Sabiduría: es concedido por el Espíritu Santo que nos permite apreciar lo que vemos, lo que presentimos de la obra divina.

7 Don de Temor: es el don que nos salva del orgullo, sabiendo que lo debemos todo a la misericordia divina.

Por otro lado, los frutos del Espíritu Santo son:

1 Caridad.

2 Gozo.

3 Paz.

4 Paciencia.

5 Longanimidad.

6 Bondad.

7 Benignidad.

8 Mansedumbre.

9 Fe.

10 Modestia.

11 Continencia.

12 Castidad.

Permitamos que el Espíritu Santo obre en nuestras vidas y plenifique nuestro ser.

Fuente: Aciprensa.com

"Objetivo claro: la vida"

“Objetivo claro: la vida”

Juan: 6, 1-15

En aquel tiempo, Jesús se fue a la otra orilla del mar de Galilea o lago de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto las señales milagrosas que hacía curando a los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, festividad de los judíos. Viendo Jesús que mucha gente lo seguía, le dijo a Felipe: “¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?” Le hizo esta pregunta para ponerlo aprueba, pues él bien sabía lo que iba a hacer. Felipe le respondió: “Ni doscientos denarios de pan bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan”. Otro de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: “Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es eso para tanta gente?” Jesús le respondió: “Díganle a la gente que se siente”. En aquel lugar había mucha hierba. Todos, pues, se sentaron ahí; y tan sólo los hombres eran unos cinco mil.


Enseguida tomó Jesús los panes, y después de dar gracias a Dios, se los fue repartiendo a los que se habían sentado a comer. Igualmente les fue dando de los pescados todo lo que quisieron. Después de que todos se saciaron, dijo a sus discípulos: “Recojan los pedazos sobrantes, para que no se desperdicien”. Los recogieron y con los pedazos que sobraron de los cinco panes llenaron doce canastos.


Entonces la gente, al ver la señal milagrosa que Jesús había hecho, decía: “Este es, en verdad, el profeta que habría de venir al mundo”. Pero Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró de nuevo a la montaña, Él solo.

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No cabe duda que nuestra Santa Madre Iglesia, propone y provee en este tiempo de gracia de la pascua, los recursos que el Señor Jesús transmitió a sus discípulos, enfatizando la misión encomendada que jamás desvía, porque el pueblo en sus múltiples necesidades, solicita aquello que según el momento histórico requiera.

Su objetivo claro es restaurar la vida, pero no solamente la vida biológica, sino la vida plena que incluye nuestro espíritu, situación de la que hay hacer conciencia, cuando lo inmanente parece ser lo único que importa por los requerimientos de las necesidades físico – biológicas.

Es evidente el dolor de las situaciones sociales y morales que en su momento evocan a una solución de intervención divina, y se le busca a Jesús para sanar todas estas realidades que aquejan a todo ser humano. 

Un aspecto realmente de necesidad se ve reflejado cuando a Jesús lo quieren proclamar rey, precisamente porque sació una necesidad y les dio alimento, encontrando la gente una zona de confort que atañe a una necesidad, pero manifestando que salta hasta el extremo de la comodidad y la flojera. 

Jesús no se deja impactar, aún sabiendo que en esa área puede hacer mucho bien, no se engancha en el ego de ser un héroe alimenticio con los vítores del pueblo que le adula. Sigue adelante, su objetivo es claro, la vida eterna es la meta.

De igual manera no dejemos que pequeños triunfos opaquen el verdadero sentido de la vida, sino que sigamos caminando para que las ambiciones materiales, que se pueden con toda dignidad obtener, o de igual manera atarnos a personas e ideologías que no permiten que lleguemos a la meta deseada y obtenida por Jesús en el plan del Padre Misericordioso, es decir, la vida eterna.

“Resucitó”

“Resucitó”

Juan: 20, 1-9

El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.

En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.

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El plan desde antiguo por fin se ha realizado, aquella promesa de restauración hecha desde el primer momento en que decidimos pecar y separarnos de Dios, en Cristo Jesús se ha cumplido.

Precisamente el hecho más peculiar y particular que identifica al verdadero Mesías, es su total donación, incluso con la muerte, pero con el poder de retomar su vida, pero ahora de una manera gloriosa, donde resucita con un cuerpo incorruptible, aquel mismo que ha prometido que recuperaremos al final de los tiempos.

La vida se engalana, porque ahora llega a esa plenitud para la que originalmente fue diseñada y en la que el Creador desea participemos y permanezcamos todos.

La gracia se desborda y nos es devuelta, después de haberla perdida, la hemos recuperado.

Es Dios que cumple su promesa y que no deja nada en el olvido. Es un equipo que es familia quienes en el amor deciden misericordiosamente devolvernos todo cuando habíamos perdido y que nos pertenece por pura donación suya.

Así es, resucitó y nos invita a vivir su nueva vida, a renovarnos y permanecer en ella.

Felices Pascuas de Resurrección.

“Impuestos a morir”

“Impuestos a morir”

Juan: 8, 51-59

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo les aseguro: el que es fiel a mis palabras no morirá para siempre”. Los judíos le dijeron: “Ahora ya no nos cabe duda de que estás endemoniado. Porque Abraham murió y los profetas también murieron, y tú dices: ‘El que es fiel a mis palabras no morirá para siempre’. ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Abraham, el cual murió? Los profetas también murieron. ¿Quién pretendes ser tú?”

Contestó Jesús: “Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, aquel de quien ustedes dicen: ‘Es nuestro Dios’, aunque no lo conocen. Yo, en cambio, sí lo conozco; y si dijera que no lo conozco, sería tan mentiroso como ustedes. Pero yo lo conozco y soy fiel a su palabra. Abraham, el padre de ustedes, se regocijaba con el pensamiento de verme; me vio y se alegró por ello”.

Los judíos le replicaron: “No tienes ni cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?” Les respondió Jesús: “Yo les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy”. Entonces recogieron piedras para arrojárselas, pero Jesús se ocultó y salió del templo.

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Cambiar todo un esquema de pensamiento, encarnado en una completa cultura centenaria, no es nada fácil, se necesita un paradigma, aquel que mueva todas las bases de las formas de vivir y del pensamiento, cosa que Jesús está realizando para hacer que la verdad llegue a su plenitud y no quede en medios malos entendidos.

Sin conocer aquel quién es la vida en sí mismo, sin tomarla en cuenta aún cuando se hacer referencia a ella desde milenios como promesa hecha por Dios de restauración y vida eterna, lo único que realmente se conoce y acentúa por el hecho de experimentarla en caso ajeno y posteriormente en persona, es la muerte. 

Es por ello que se acentúa como una realidad, ciertamente real e impresa en nuestra propia biología, pero olvidada en el plano de lo espiritual. 

Jesús ratifica que precisamente Dios no es un dios de muertos, sino de vivos, que permanecen con el creador, ya que el alma no está destinada a morir, sino a vivir eternamente. Jesús hace presente su eternidad dando testimonio de aquellos que se nos han adelantado a través de la historia y que le han conocido como Dios eterno pero ahora encarnado.

Viene a devolver la confianza en la vida, para que la muerte física quede en lo que es, un proceso, una etapa y una transición. Aquello que hará con su propia muerte y resurrección, pagando el precio con la pasión dolorosa.

Es por ello que si estamos impuestos a esperar la muerte, giremos la mirada hacia Cristo que nos ha devuelto la vida eterna con su resurrección.

“Cuando la vida llama”

Cuando la vida llama”

Juan 11,3-7.17.20-27.33b-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»

Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.

Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. 

Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»

Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»

Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»

Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»

Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»

Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»

Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»

Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.

Dice Jesús: «Quitad la losa.»

Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»

Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»

Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. 

Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

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No es nada raro que de manera ordinaria enfaticemos la muerte, ya sea por el respeto o el temor que se le tiene, y es que el miedo instintivo y natural hace que tanto para negarla como para afirmarla, la tengamos muy presente.

Cuando llega a extremos incluso se le denigra formando una cultura que le da culto y que mira siempre como única opción a ir muriendo lentamente pero en medio de un pesimismo reflejado en la rebeldía de actitudes, posturas, ideologías y situaciones que hacen perder el sentido de la vida a tal grado de vivir sin respeto a la misma y de manera extrema porque no vale.

Por el contrario Jesús nos demuestra un Dios que ya desde el profeta Jeremías nos habla de la promesa de la vida, de la resurrección, de una vida eterna que vale desde el primer día que se nos otorga, a la que hay que tributarle respeto y amor, vida que Jesús es capaz de retomar en aquellos que ama y que lo demuestra con su amigo Lázaro, porque su interés no es en enfatizar la muerte o prepararnos para ella, sino por el contrario prepararnos para la vida, para la eternidad y para la resurrección.

Es por ello que la vida misma llama a la vida por naturaleza, remarcando que esa misma vida que se nos ha dado por medio de la biología, ahora es elevada al rango de la dignidad de la filiación, transformándonos por el bautismo no sólo en seres inteligentes, sino en hijos de un padre para quien todos viven y que nos ha regalado la vida eterna.

Nuestra vida llama a la vida eterna, falta que lo descubramos y no quedemos en el intento de vivirla encuadrada en un mundo material que es sólo un recipiente temporal y queriendo llenarla de los dones materiales, olvidando los espirituales, a los cuales pertenece nuestra esencia.

“El Bautismo del Señor”

“El Bautismo del Señor”

Mateo: 3, 13-17

En aquel tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan que lo bautizara. Pero Juan se resistía, diciendo: “Yo soy quien debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?” Jesús le respondió: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”. Entonces Juan accedió a bautizarlo.

Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre él en forma de paloma y oyó una voz que decía desde el cielo: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”.

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Normalmente el domingo que sigue a la fiesta de la Epifanía es dedicado a celebrar el bautismo de Cristo, este año se celebra el domingo 13 de enero y señala la culminación de todo el ciclo natalicio o de la manifestación del Señor. Es también el domingo que da paso al tiempo durante el año, llamado también tiempo ordinario.

Cuando Cristo se metió en la cola para esperar su turno de ser bautizado, seguramente San Juan Bautista no sabía que hacer. Llegó el Mesías delante de él y pidió el bautismo. El Bautista exclamó: “Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿tú vienes a mí?” (Mt 3,14). El Catecismo hace referencia a esta actitud humilde de Cristo en el n.536:

Hay una diferencia importante entre los dos bautismos: 

El de Juan: con agua, exterior, signo de arrepentimiento para el perdón de los pecados.

El de JESÚS: con Espíritu Santo, renovación interior que nos hace “partícipes de la naturaleza divina”

“No soy digno ni siquiera de desatar la correa de su sandalia…” trabajo reservado al más inútil de los esclavos… Juan destaca la infinita distancia entre él y Jesús…

¿Porqué entonces Jesús se hace bautizar por Juan? [es una escena tan impresionante, que podría resultar incomprensible, y hasta escandalosa]…

Pero admitámoslo, y descubramos nuevamente el “modo” que Dios emplea para salvarnos: hoy se pone en la fila de los pecadores, y aunque no lo necesitaba, se somete también a un bautismo de penitencia… Se ha hecho semejante a nosotros en todo, y por eso no se avergüenza de colocarse en la fila de aquellos que se preparaban para la llegada del Reino de Dios… así como tampoco se avergonzó de nosotros cuando tomó sobre sí todos nuestros pecados, y subió a la Cruz como si fuese un delincuente…

Pero el bautismo que recibió Jesús fue muy “especial”: ciertos hechos nos indican que con Él comienza un nuevo bautismo:

El cielo abierto (ya nunca más cerrado por los pecados, como hasta este momento) Es decir, comienza una nueva etapa de relación entre Dios y los hombres: el Cielo viene a nosotros, y nosotros vamos allá: viene con Cristo y el Espíritu Santo. Llega todo, porque Dios mismo viene, y Él será para nosotros y nos dará todo. Estamos frente al comienzo de una nueva humanidad, divinizada.

En la proposición que San Marcos hace en su Evangelio, el Padre no “presenta” a su Hijo (“Éste es mi Hijo amado”), sino que se dirige a Él (“Tú eres mi Hijo…”): Cristo nos representa a todos, que desde ese momento pasamos a ser hijos amados, complacencia del Padre… Cuando somos bautizados, esta vocación eterna se verifica efectivamente, verdaderamente: somos una nueva creación. Por lo tanto, nuestra dignidad, nuestra gloria, y nuestro compromiso pasa por VIVIR NUESTRO BAUTISMO…

“Éste es mi Hijo” (Evang.)… “Éste es el servidor sufriente” (Iª lect.)…

Sigamos a Cristo por la Cruz a la Luz.

Fuente: es.Catholic.net