“San José obrero”

“San José obrero”

Mateo 13, 54-58

En aquel tiempo, Jesús llegó a su tierra y se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal forma, que todos estaban asombrados y se preguntaban: —«¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? ¿Acaso no es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Qué no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde, pues, ha sacado todas estas cosas?»

Y se negaban a creer en él. Entonces, Jesús les dijo: –«Un profeta no es despreciado más que en su patria y en su casa».

Y no hizo muchos milagros allí por la incredulidad de ellos.

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Fiesta instituida por Pío XII el 1 de mayo de 1955, para que -como dijo el mismo Pío XII a los obreros reunidos aquel día en la Plaza de San Pedro – “el humilde obrero de Nazaret, además de encarnar delante de Dios y de la Iglesia la dignidad del obrero manual, sea también el próvido guardián de vosotros y de vuestras familias”.

San José, descendiente de reyes, entre los que se cuenta David, el más famoso y popular de los héroes de Israel, pertenece también a otra dinastía, que permaneciendo a través de los siglos, se extiende por todo el mundo. Es la de aquellos hombres que con su trabajo manual van haciendo realidad lo que antes era sólo pura idea, y de los que el cuerpo social no puede prescindir en absoluto. Pues si bien es cierto que a la sociedad le son necesarios los intelectuales para idear, no lo es menos que, para realizar, le son del todo imprescindibles los obreros. De lo contrario, ¿cómo podría disfrutar la colectividad del bienestar, si le faltasen manos para ejecutar lo que la cabeza ha pensado? Y los obreros son estas manos que, aun a través de servicios humildes, influyen grandemente en el desarrollo de la vida social. Indudablemente que José también dejaría sentir, en la vida de su pequeña ciudad, la benéfica influencia social de su trabajo.

Sólo Nazaret -la ciudad humilde y desacreditada, hasta el punto que la gente se preguntaba: “¿De Nazaret puede salir alguna cosa buena?”- es la que podría explicarnos toda la trascendencia de la labor desarrollada por José en su pequeño taller de carpintero, mientras Jesús, a su lado, “crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres”.

En efecto, allí, en aquel pequeño poblado situado en las últimas estribaciones de los montes de Galilea, residió aquella familia excelsa, cuando pasado ya el peligro había podido volver de su destierro en Egipto. Y allí es donde José, viviendo en parte en un taller de carpintero y en parte en una casita semiexcavada en la ladera del monte, desarrolla su función de cabeza de familia. Como todo obrero, debe mantener a los suyos con el trabajo de sus manos: toda su fortuna está radicada en su brazo, y la reputación de que goza está integrada por su probidad ejemplar y por el prestigio alcanzado en el ejercicio de su oficio.

Es este oficio el que le hace ocupar un lugar imprescindible en el pueblo, y a través del mismo influye en la vida de aquella pequeña comunidad. Todos le conocen y a él deben acudir cuando necesitan que la madera sea transformada en objetos útiles para sus necesidades. Seguramente que su vida no sería fácil; las herramientas, con toda su tosquedad primitiva, exigirían de José una destreza capaz de superar todas las deficiencias de medios técnicos; sus manos encallecidas estarían acostumbradas al trabajo rudo y a los golpes, imposibles de evitar a veces. Habiendo de alternar constantemente con la gente por quien trabajaba, tendría un trato sencillo, asequible para todos. Su taller se nos antoja que debía de ser un punto de reunión para los hombres -al menos algunos- de Nazaret, que al terminar la jornada se encontrarían allí para charlar de sus cosas.

José, el varón justo, está totalmente compenetrado con sus conciudadanos. Éstos aprecian, en su justo valor, a aquel carpintero sencillo y eficiente. Aun después de muerto, cuando Jesús ya se ha lanzado a predicar la Buena Nueva, le recordarán con afecto: “¿Acaso no es éste el hijo de José, el carpintero?”, se preguntaban los que habían oído a Jesús, maravillados de su sabiduría. Y, efectivamente, era el mismo Jesús; pero José ya no estaba allí. Él ya había cumplido su misión, dando al mundo su testimonio de buen obrero. Por eso la Iglesia ha querido ofrecer a todos los obreros este espectáculo de santidad, proclamándole solemnemente Patrón de los mismos, para que en adelante el casto esposo de María, el trabajador humilde, silencioso y justo de Nazaret, sea para todos los obreros del mundo, especial protector ante Dios, y escudo para tutela y defensa en las penalidades y en los riesgos del trabajo.

Tomada de Multimedios.org

“Riesgo de perder el rumbo”

“Riesgo de perder el rumbo”

Juan: 14, 1-6

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque voy a prepararles un lugar. Cuando me vaya y les prepare un sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy”.

Entonces Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí”.

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No es nada fácil seguir el camino cuando se está cansado y agobiado por miles de problemas que nos tocan de manera ya sea directa o indirecta, porque una vez fatigados, todos los problemas del mundo, de los que nos enteramos solemos hacerlos nuestros y de igual manera sufrir por ellos, es decir, nos enganchamos a todo.

Es por ello que Jesús nos invita a no perder la paz, ya que sin ella nos volvemos totalmente vulnerables y manejables, tanto por las circunstancias negativas, aunque también se dé la docilidad para las positivas, sin ella las situaciones de dolor permanecen y se agudizan cada vez más al volcarnos sobre ellas una y otra vez sin ver la solución que suele ser sencilla, pero que obsesionados en el dolor no la visualizamos.

Siempre se tiene el riesgo de perder el rumbo, sin embargo se nos recuerda que Jesús siempre está al alcance de la mano para mostrarnos el camino de la paz, aquella que una vez restaurada, se tiene la serenidad para poder repensar las cosas y tomar las mejores y ponderadas decisiones.

Aún perdidos en la bastedad de los problemas, el camino de retorno siempre está disponible, sin juicios ni culpas, y ese camino es el Señor Jesús, quien con su pronta caridad predispone a salir de esas situaciones e ilumina para fortalecer la sabiduría que en el momento se necesita, don recibido al contacto con él por medio de su Santo Espíritu en cualquier momento. Aprovéchalo.

“Santa Catalina de Siena”

“Santa Catalina de Siena”

Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, Jesús exclamó: «¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien!

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave, y mi carga ligera».

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Dios en medio de las crisis da sus soluciones, y no me refiero tan sólo a las crisis de la Iglesia, porque de suyo es parte del mundo, aquella que en el caminar de la historia va constantemente cayendo y levantándose, donde las mismas tensiones de la humanidad, sus mismas debilidades, así como sus mismos errores, afectan directamente a sus miembros, dónde podría afirmar que las crisis que refleja la Iglesia, no son otra cosa sino las mismas crisis de la humanidad en curso.

Más sin embargo, a su tiempo y en su momento Dios hace surgir de entre la misma humanidad a aquellas personas extraordinarias y excepcionales que marcan la diferencia y la solución; son esos agentes de cambio, esos que se desencadenan con pequeñas acciones pero que conlleva una avalancha de renovaciones desde el interior dando fin a una etapa de crecimiento e iniciando otra. 

Y qué dicha poder ser una de ellas. 

Entre esas personas maravillosas encontramos a Santa Catalina de Siena, de quien expongo a continuación una pequeña biografía. 

SANTA CATALINA DE SIENA
Virgen y Doctora de la Iglesia

1347-1380


UNA TEMPRANA VIDA DE VIRTUD


Santa Catalina nació en 1347 en Siena, hija de padres virtuosos y piadosos. Ella fue favorecida por Dios con gracias extraordinarias desde una corta edad, y tenía un gran amor hacia la oración y hacia las cosas de Dios. A los siete años, consagró su virginidad a Dios a través de un voto privado. A los doce años, la madre y la hermana de Santa Catalina intentaron persuadirla para llegar al matrimonio, y así comenzaron a alentarla a prestar más atención a su apariencia. Para complacerlos, ella se vestía de gala y se engalanaba con joyas que se estilaban en esa época. Al poco tiempo, Santa Catalina se arrepintió de esta vanidad. Su familia consideró la soledad inapropiada para la vida matrimonial, y así comenzaron a frustrar sus devociones, privándola de su pequeña cámara o celda en la cual pasaba gran parte de su tiempo en soledad y oración. Ellos le dieron varios trabajos duros para distraerla. Santa Catalina sobrellevó todo esto con dulzura y paciencia. El Señor le enseñó a lograr otro tipo de soledad en su corazón, donde, entre todas sus ocupaciones, se consideraba siempre a solas con Dios, y donde no podía entrar ninguna tribulación.


Más adelante, su padre aprobó finalmente su devoción y todos sus deseos piadosos. A los quince años de edad, asistía generosamente a los pobres, servía a los enfermos y daba consuelo a los afligidos y prisioneros. Ella prosiguió el camino de la humildad, la obediencia y la negación de su propia voluntad. En medio de sus sufrimientos, su constante plegaria era que dichos sufrimientos podían servir para la expiación de sus faltas y la purificación de su corazón.


INTIMIDAD Y CELEBRACIONES ESPONSALES CON JESÚS 

Como una consagración más formal a Dios, a los diez y ocho años, Santa Catalina recibió el largo hábito blanco y negro deseado de la tercera orden de Santo Domingo. El hecho de pertenecer a una tercera orden significaba que la persona viviría la espiritualidad Dominica, pero en el mundo secular. Ella fue la primera mujer soltera en ser admitida. A partir de ese momento su celda llego a ser su paraíso, y se ofrecía a si misma en oración y mortificación. Durante tres años vivió como en una ermita, manteniéndose en silencio y sin hablar con nadie excepto Dios y su confesor. Durante este período, había momentos en que formas repugnantes y figuras tentadoras se presentarían en su imaginación, y las tentaciones más degradantes la asediaban. Posteriormente, el diablo extendió en su alma como una nube y una oscuridad tan grande que fue la prueba más severa jamás imaginable. Santa Catalina continuó con un espíritu de oración ferviente, de humildad y de confianza en Dios. Mediante ello perseveró victoriosa, y al final fue liberada de dichas pruebas que solo habían servido para purificar su corazón. Cuando Jesús la visitó después de este tiempo, ella le pregunto: “¿Dónde estabas Tú, mi divino Esposo, mientras yacía en una condición tan abandonada y aterradora?” Ella escuchó una voz que le decía, “Hija, estaba en tu corazón, fortificándote por la gracia.” En 1366, Santa Catalina experimentó lo que se denominaba un ‘matrimonio místico’ con Jesús. Cuando ella estaba orando en su habitación, se le apareció una visión de Cristo, acompañado por Su madre y un cortejo celestial. Tomando la mano de Santa Catalina, Nuestra Señora la llevó hasta Cristo, quien le colocó un anillo y la desposó Consigo, manifestando que en ese momento ella estaba sustentada por una fe que podría superar todas las tentaciones. Para Catalina, el anillo estaba siempre visible, aunque era invisible para los demás.


SU SERVICIO AL PRÓJIMO 


Luego de tres años de vida solitaria en su hogar, Santa Catalina sintió que el Señor la estaba llamando en ese momento a llevar una vida más activa. Por lo tanto, comenzó a relacionarse más con los demás y a servirlos. Dios recompensó su caridad con los pobres a través de varios milagros, a menudo multiplicando víveres en sus manos, y haciendo que ella pudiera llevar todo lo necesario a los pobres, lo cual no hubiera podido lograrlo de otro modo a través de su fortaleza natural. En su ardiente caridad, trabajó intensamente por la conversión de los pecadores, ofreciendo sus continuas oraciones y ayunos. En Siena, cuando hubo un terrible brote de peste, trabajó constantemente para aliviar a los enfermos. “Nunca se la vio tan admirable como en ese momento”, escribió un sacerdote que la había conocido desde su infancia. “Siempre estaba con los que padecían por causa de la peste; los preparaba para la muerte y los enterraba con sus propias manos. Yo mismo fui testigo del gozo con que los atendía y de la maravillosa eficacia de sus palabras, que dieron lugar a muchas conversiones.”


Todos sus discursos, acciones y su silencio inducían a los hombres al amor a la virtud, de tal modo a que nadie, de acuerdo al Papa Pío II, que se acercara alguna vez a ella regresaba sin ser una mejor persona. Santa Catalina era capaz de reconciliar a los peores enemigos, más a través de sus oraciones que de sus palabras. Por ejemplo, un hombre a quien ella estaba tratando de persuadir para que llevara una vida virtuosa, cuando Santa Catalina vio que sus palabras no estaban teniendo efecto, ella hizo una pausa repentina en su discurso para ofrecer oraciones por el. Sus oraciones fueron escuchadas en ese mismo instante, y un cambio radical se produjo en el hombre. Luego se reconcilió con sus enemigos y adoptó una vida penitencial. Los pecadores más empedernidos no podían resistir sus exhortaciones y oraciones en pos de un cambio de vida. Miles acudían a escucharla o solo a verla, y fueron ganados por sus palabras y por su ejemplo de arrepentimiento.


Se reunieron alrededor de la santa un grupo de fervientes seguidores. Por ejemplo, un ermitaño de edad avanzada abandonó su soledad para estar cerca de ella porque decía que encontraba más paz de mente y progreso en la virtud siguiéndola que lo que jamás hubiera hallado en su celda. Otro descubrió que cuando ella hablaba, el amor divino se inflamaba en todo su ser, y su desprecio por lo mundano aumentaba. Un cálido afecto la vinculaba a aquellos a quienes ella llamaba su familia espiritual – hijos suyos dados por Dios a quienes podía ayudar a lo largo del camino hacia la perfección. Ellos eran testigos de su espíritu de profecía, su conocimiento de las conciencias de los demás y su extraordinaria luz en las cuestiones espirituales. Ella leía sus pensamientos y frecuentemente tenía conocimiento de sus tentaciones cuando se alejaban de ella. En ese momento la opinión pública acerca de Catalina estaba dividida; varios la reverenciaban como a una santa, mientras que otros la consideraban una fanática o la denunciaban como hipócrita. Su confesor de ese tiempo, el Padre Raimundo, sería posteriormente el biógrafo de la santa.


UNA CONCILIADORA PARA LA IGLESIA

Uno de los mayores logros de Santa Catalina fue su labor de llevar de vuelta el Papado a Roma a partir de su desplazamiento a Francia. Asimismo, se la llego a reconocer como conciliadora – ella comenzó ayudando a resolver varios conflictos familiares, y luego su trabajo se amplió para incluir el establecimiento de la paz en las ciudades estados italianas. Por ejemplo, en 1375, Santa Catalina tuvo noticias a través de Fray Raimundo de que la gente de Florencia se había adherido a una liga que estaba en contra de la Santa Sede. El Papa Gregorio XI, que residía en Avignon, escribió a la ciudad de Florencia, pero sin éxito. Ocurrieron divisiones internas y asesinatos entre los florentinos, y pronto se demando su reconciliación. Santa Catalina fue enviada por los magistrados de la ciudad como mediadora. Antes de llegar a Florencia, se reunió con los jefes de los magistrados, y la ciudad encomendó toda la situación a su criterio, con la promesa de que debía ser seguida a Avignon por sus Embajadores, quienes debían firmar y ratificar las condiciones de reconciliación y confirmar cada cosa que había hecho. Su Santidad, luego de haber tenido una conferencia con ella, en admiración de su prudencia y santidad, le manifestó: “No deseo nada más que la paz. Dejo esta cuestión totalmente en sus manos; solo le recomiendo el honor de la Iglesia.” Sin embargo, los florentinos no fueron sinceros en su búsqueda de la paz, y continuaron sus intrigas secretas para apartar a toda Italia de su obediencia a la Santa Sede.


La santa tuvo otra misión durante su viaje a Avignon. El Papa Gregorio IX, electo en 1370, tenía su residencia en Avignon, donde los cinco papas previos también habían residido. Los romanos se quejaban de que sus obispos habían abandonado su iglesia durante setenta y cuatro años, y amenazaron con llevar a cabo un cisma. Gregorio XI hizo un voto secreto para regresar a Roma; pero no hallando este deseo agradable a su corte, el mismo consulto a Santa Catalina acerca de esta cuestión, quien le respondió: “Cumpla con su promesa hecha a Dios.” El Papa, sorprendido de que tuviera conocimiento por revelación lo que jamás había revelado a nadie, resolvió inmediatamente hacerlo. La Santa pronto partió de Avignon. Se cuenta con varias cartas escritas por ella y dirigidas al Papa, a fin de adelantar su retorno a Roma, en donde finalmente falleció en 1376.
Posteriormente, Santa Catalina escribió al Papa Gregorio XI en Roma, exhortándole firmemente a contribuir por todos los medios posibles a la paz general de Italia. Su Santidad le encomendó la misión de ir a Florencia, aún dividida y obstinada en su desobediencia. Ella vivió un tiempo allí en medio de varios peligros incluso contra su propia vida. A la larga, ella logró que la gente de Florencia se dispusiera a la sumisión, a la obediencia y a la paz, aunque no bajo la autoridad de Gregorio XI, sino del Papa Urbano VI. Esta reconciliación ocurrió en 1378, luego de lo cual Santa Catalina regresó a Siena.


CONCLUSIÓN DE LA VIDA DE LA SANTA
Santa Catalina regreso de esta manera a Siena, donde prosiguió su vida de oración. Ella obtuvo la unión perpetua de su alma con Dios. Aunque a veces estuviera obligada a conversar con diferentes personas sobre varios y diversos asuntos, ella siempre estaba ocupada y absorta en Dios. En una visión, Jesús se le presentó con dos coronas, una de oro y otra de espinas, ofreciéndole elegir con cual de las dos se complacería. Ella respondió: “Yo deseo, Oh Señor, vivir aquí siempre conforme a tu pasión, y encontrar en el dolor y en el sufrimiento mi reposo y deleite.” Luego, tomando ansiosamente la corona de espinas, se la colocó sobre la cabeza.

En 1378, cuando Urbano VI fue electo Papa, su temperamento hizo que los cardenales se distanciaran, y que varios de ellos se retiraran. Luego declararon la elección nula, y eligieron a Clemente VII, con quien se retiraron de Italia y residieron en Avignon. Santa Catalina escribió largas cartas a los cardenales quienes primero habían reconocido a Urbano, y luego eligieron a otro; presionándolos a volver a su pastor legal. Ella también le escribió a Urbano mismo, exhortándolo a sobrellevar con temple y gozo los problemas en que se encontraba, y a aplacar el temperamento que le había llevado a tener tantos enemigos. A través del Padre Raimundo de Capua, su confesor y posteriormente su biógrafo, el Papa pidió a Santa Catalina regresar a Roma. El la escuchó y siguió sus instrucciones. Ella también escribió a los reyes de Francia y de Hungría para exhortarlos a renunciar al cisma.


Mientras trabajaba afanosamente para extender la obediencia al verdadero Papa, la salud de Santa Catalina comenzó a deteriorarse. Ella falleció de un ataque súbito a los 33 años en Roma. Los habitantes de Siena deseaban conservar su cabeza. Hubo un milagro que se comentó en el cual tuvieron un éxito parcial. Sabiendo que ellos no podían llevar a escondidas todo su cuerpo fuera de Roma, decidieron llevar solo su cabeza, la cual colocaron en un bolso. Cuando fueron detenidos por los guardias romanos, oraron para que Santa Catalina los ayudara. Cuando los guardias abrieron el bolso, parecía que ya no contenía su cabeza sino que todo el bolso estaba lleno de pétalos de rosa. Una vez que regresaron a Siena, volvieron a abrir el bolso y su cabeza estaba visible nuevamente. Debido a este relato, Sana Catalina a menudo es observada sosteniendo una rosa. La cabeza incorruptible y el dedo pulgar fueron sepultados en la Basílica de Santo Domingo, donde se conservan en la actualidad. El cuerpo de Santa Catalina esta enterrado en la Basílica de Santa María sopra Minerva en Roma, que se encuentra cerca del Panteón.


Las cartas de Santa Catalina son consideradas como una de las grandes obras de principios de la literatura Toscana. Ella escribió 364, y más de 300 de ellas se conservan en la actualidad. En sus cartas dirigidas al Papa, a menudo se refería al mismo con afecto como “Papa” o “Papi” (“Babbo” en italiano). Aproximadamente un tercio de sus cartas estaban dirigidas a mujeres. Otros destinatarios incluyen a sus diversos confesores, entre ellos Raimundo de Capua, los reyes de Francia y Hungría, la Reina de Nápoles y numerosas figuras religiosas. Su otra obra magistral es el “Diálogo de la Divina Providencia,” un diálogo entre el alma y Dios. Registrado entre Registrado entre 1377 y 1378 por los miembros de su círculo. A menudo considerada como una analfabeta, Santa Catalina es reconocida por Raimundo en su biografía como capaz de leer latín e italiano, y otro hagiógrafo, Tommaso Caffarini, manifestó que la santa podía escribir. El Papa Pío II canonizó a Catalina en 1461, y el Papa Pablo VI le otorgó el título de Doctora de la Iglesia in 1970, haciéndola una de las primeras mujeres en recibir este honor. Su Fiesta es el 29 de abril.
 

Una muestra de sus obras:

EN LA CONFESIÓN SE REALIZA LA MISERICORDIA DE DIOS

Santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia: Los Diálogos 75.
 


“También recibe el alma de otra manera este bautismo, hablando de un modo figurado, por especial providencia de mi divina caridad. Yo conocía la debilidad y fragilidad del hombre, que le lleva a ofenderme. No que se vea forzado por ella ni por ninguna otra cosa a cometer la culpa, si él no quiere, sino que, como frágil, cae en culpa de pecado mortal, por la que pierde la gracia que recibió en el santo bautismo en virtud de la Sangre. Por esto fue necesario que la divina Caridad proveyese a dejarles un bautismo continuo de la Sangre. Este bautismo se recibe con la contrición del corazón y con la santa confesión, hecha, cuando tienen posibilidad de ello, a los pies de mis ministros, que tienen la llave de la Sangre. Esta Sangre es la que la absolución del sacerdote hace deslizar por el semblante del alma.

Si la confesión es imposible, basta la contrición de! corazón. Entonces es la mano de mi clemencia la que os da el fruto de esta preciosa sangre. Mas, pudiendo confesaros, quiero que lo hagáis. Quien pudiendo no la recibe, se ha privado del precio de la Sangre. Es cierto que en el último momento, si el alma la desea y no la puede haber, también la recibirá; pero no haya nadie tan loco que con esta esperanza aguarde a la hora de la muerte para arreglar su vida, porque no está seguro de que, por su obstinación, yo en mi divina justicia, no le diga: “Tú no te acordaste de mí en vida, mientras tuviste tiempo, tampoco yo me acuerdo de ti en la hora de la muerte”. Que nadie, pues, se fíe, y si alguien, por su culpa, lo hizo hasta ahora, no dilate hasta última hora el recibir este bautismo de la esperanza en la Sangre. Puedes ver, pues, cómo este bautismo es continuo, en el que el alma debe ser bautizada hasta el final de su vida.

En este bautismo conoce que mi operación (es decir, el tormento de la cruz) fue finita, pero el fruto del tormento que por mí habéis recibido es infinito en virtud de la naturaleza divina, que es infinita, unida con la naturaleza humana, finita, que fue la que sufrió en mí. Verbo, vestido de vuestra humanidad. Mas porque una naturaleza está unida y amasada con la otra, la Deidad eterna trajo de sí e hizo suya la pena que yo sufrí con tanto fuego de amor. Por esto puede llamarse infinita esta operación, no porque lo sea el sufrimiento actual del cuerpo y el sufrimiento que me proporcionaba el deseo de cumplir vuestra redención (ya que ambas terminaron en la cruz cuando el alma se separó del cuerpo), pero el fruto, que proviene del sufrimiento y del deseo de vuestra salvación, sí es infinito. Por esto lo recibís infinitamente. Si no hubiese sido infinito, no habría sido restaurado todo el género humano: pasados, presentes y venideros. Ni el hombre cuando peca podría levantarse después de su pecado, si no fuera infinito este bautismo de la Sangre que se os ha dado, es decir, si no fuera infinito su fruto.

Esto os manifesté en la apertura de mi costado, donde halláis los secretos del corazón, demostrándoos que os amo mucho más de lo que puedo manifestar con un tormento finito. ¿En qué te he revelado que es infinito? En el bautismo de la Sangre, unido con el fuego de mi caridad, derramada por amor, con el bautismo general, dado a los cristianos y a quienes quieran recibirlo, del agua, unido con la Sangre y con el fuego, en que el alma se amasa con mi Sangre. Para dároslo a entender, quise que del costado saliese sangre y agua. Con esto he querido responder a lo que tú me preguntabas.”

“La condena es opcional”

“La condena es opcional”

Juan: 12, 44-50

En aquel tiempo, exclamó Jesús con fuerte voz: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas.

Si alguno oye mis palabras y no las pone en práctica, yo no lo voy a condenar; porque no he venido al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.

El que me rechaza y no acepta mis palabras, tiene ya quien lo condene: las palabras que yo he hablado lo condenarán en el último día. Porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que mi Padre, que me envió, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar. Y yo sé que su mandamiento es vida eterna. Así, pues, lo que hablo, lo digo como el Padre me lo ha dicho”.

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No nos es raro el hecho de que en algún momento de la vida nos hayan presentado un Dios Todopoderoso y colérico al que debemos en su momento tenerle miedo, sobre todo cuando se nos remarca tan insistentemente aquello de la condenación y el castigo merecido por nuestros pecados.

Habrá quien lo tome muy en serio y a pecho, pero habrá muchos otros que les importa un comino lo que suceda o, que no crean en lo absoluto en este hecho. Pero independientemente de eso, existe una realidad mayor que no es comprensible porque no se profundiza en el misterio de Dios y de la salvación, que en realidad vendrá con mayor razón a ser incomprehensible y a convertirse en un misterio total de verdad, no porque lo sea, porque puede ser profundizado, sino porque se permanece en la ignorancia de su existencia y contenido.

Esa realidad es, que ante un juicio ya dado por Dios, como sentencia se ha dictado vivir en el amor, en un camino hacia la salvación que amando se lleva sin dificultad y hasta agradablemente. Más sin embargo, tenemos la libertad de elegir una opción no tan sana, que consiste en apartarnos del amor de Dios, viviendo en la oscuridad de su luz. 

Aquí es cuando entonces optamos por la condena, y no porque Dios la dicte, sino porque nosotros la deseamos al no amar, al rechazar a Dios mismo y la sentencia pues será todo lo contrario al amor con sus subsecuentes consecuencias, que no creo puedan ser agradables aunque se pinten de intenso placer en todos los aspectos de la vida.

Así que si no optas por Dios, Dios no te condena, tu mismo te estás auto condenando porque no hay otra elección distinta al amor, sino el desamor que se suele destinar como fin último, aunque en ésta vida, siempre tendremos la oportunidad de volver a la luz. Por ello no dejemos de orar por todos aquellos que su elección no ha sido certera y que han optado por su propia condena.

“Suspensos”

“Suspensos”

Juan 10, 22-30

Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón. Los judíos, rodeándolo, le preguntaban: –«¿Hasta cuando nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente».

Jesús les respondió: –«Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».

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Por lo general solemos ser adictos a las tramas y, hablando de géneros literarios o en las mismas producciones visuales como lo es el cine y la televisión, se basan totalmente en ellos, ya que al final de cuentas tan sólo lo que hacen es mover estados de ánimo ficticios u ajenos a nuestra situación personal.

En la vida real nos acontecen las mismas situaciones pero afectándonos de manera más directa y concisa, con sus respectivas reacciones según se encuentre la persona. Hablando más concretamente de los suspensos, se suelen dar precisamente cuando algo se sale de nuestro esquema o domino de situaciones, algo que no controlo y que no se cual vaya a ser su consecuencia inmediata. 

Por ende brota la inseguridad y en cierto grado la ansiedad, algo totalmente natural con sus excepciones. Lo malo de esta situación acontece cuando los suspensos son intencionados, en donde los que entramos en estado de suspensión de la realidad y la verdad somos nosotros, porque el fin deseado y el interés no cuadra con lo que espero ó rompe mi mágico esquema personal, por ello el miedo y el no querer ver las cosas como son, esperamos que sean distintas obsesionadamente cerrados a tal grado que tienen que decirnos claramente con peras y manzanas a detalle para poder asimilarlo y/o deprecarlo.

Esos suspensos suelen llegar frecuentemente cuando no deseamos conocer la verdad de Dios mismo, su ser y su obrar en nosotros, por ello cuando se presenta la situación, viene la crisis de cambio al enfrentarse con la realidad. Eso acontece con la fe, donde no se desea creer aunque sea evidente la presencia y obras de Dios. 

Por eso entramos en suspenso, en temor e inseguridad, todo por no querer sacar de nuestra vida lo que hacemos mal, a lo que en cierta manera nos acostumbramos y lo hacemos nuestra zona de confort. Por ello los “suspensos”.

“¿Por dónde entras?”

“¿Por dónde entras?”

Juan 10, 1-10

En aquel tiempo, dijo Jesús: –«Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: –«Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.

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Resulta muy curioso ver cómo hoy en nuestros días las relaciones interpersonales han cambiado radicalmente, aquello que se daba tan natural y espontáneo, ahora se ha convertido en todo un arte que realmente hay que saber conocerlo porque si no, podemos perdernos en el intento.

Ya no es tan fácil acercarte y pedir una información cualquiera a alguien, porque lo toman como un ataque a su persona y una intromisión a su espacio y privacidad personal, dónde tan sólo permites su acercamiento si previamente alguien ya conocido los introduce en la relación.

Esto viene a formar con el uso ordinario un patrón, en el que para todo, necesitamos un médium para cualquier transacción y, en los casos más extremos las relaciones se tornan frías y utilitaristas, donde si te puedo usar, me importas, pero si no, ni en el mundo te hago. 

Hasta en los servicios andamos pidiendo hacer cualquier trámite por “la vía corta” es decir, con influencias y tratando de evitar la mayor fatiga posible, pero todo fácil y rápido. A veces hasta haciendo trampa y brincándose olímpicamente a los que llevan el proceso paso a paso con su esfuerzo dedicado.

Hasta para sencillamente hacer un bautizo, quieren evitar todo lo que implica su propio crecimiento en el aspecto y que uno les haga el favor. Ya no hay compromiso ni esfuerzo, todo lo queremos hacer brincando trancas, y hay que ver que tipo de personas somos, porque esos tramite fáciles, hablan de quienes somos. 

Somos de los que nos brincamos por otra parte, como el ladrón, o somos de los que con toda la dignidad y el respeto del mundo entra por la puerta naturalmente. Por ello la pregunta: ¿Por dónde entras?.

“Partícipes o asalariados”

“Partícipes o asalariados”

Juan 10, 11-18

En aquel tiempo, dijo Jesús: –«Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.

Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen; igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».

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El rendimiento en lo laboral estrictamente hablando se distingue abismalmente cuando se es participe o dueño del negocio, a diferencia de ser un asalariado o empleado de confianza.

Y es que tanto en un lado como en el otro, aunque se comparte una misma responsabilidad laboral, el rendimiento no es el mismo por la razón de que nos autocolocamos en estatus ideológicos denigrantes.

El trabajo es una bendición de Dios tanto en una postura como en la otra, ya que es una labor conjunta que en diferente responsabilidad se desarrolla para el bien de los mismos como de la sociedad, por lo que aportan. 

Sin embargo Jesús se coloca y nos invita a tomar el ejemplo y la postura del buen pastor, indistintamente del cargo laboral, porque la responsabilidad ejercida eficazmente también aporta a la santidad.

Pero si nos pasamos la vida quejándonos de lo que de suyo ya es una bendición, entonces no estamos valorando las gracias que Dios nos dio para ejercer dicha labor, como lo es la vida, la salud, la fuerza, la voluntad, y por ende negamos nuestro fin de crecer y desarrollar las propias capacidades, como el asalariado, que vive eternamente acosado por su insatisfacción sin hacer nada para cambiarla. 

Por el contrario hay que ser conscientes de que somos partícipes y agentes efectivos de cambio, haciendo eso que parece que no aporta; si no lo hicieras, se notaría y hará falta porque de suyo es valioso lo que hacemos. 

Por ello como el buen pastor, hay que darlo todo, porque todo se nos da responsablemente para responsablemente hacer uso de ello.

“Necedad ante la verdad”

“Necedad ante la verdad”

Juan: 6, 60-69

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús dijeron al oír sus palabras: “Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?” Dándose cuenta Jesús de que sus discípulos murmuraban, les dijo: “¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes?

El Espíritu es quien da la vida; la carne para nada aprovecha. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida, y a pesar de esto, algunos de ustedes no creen”. (En efecto, Jesús sabía desde el principio quienes no creían y quién lo habría de traicionar).

Después añadió: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.

Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: “¿También ustedes quieren dejarme?” Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

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Continuando hablado del miedo a los cambios y lo nuevo en nuestros ya caducos esquemas de vida así como religiosos, la novedad siempre es atacada en todo tiempo y todas las circunstancias de la vida, sobre todo por aquellos que no quieren aceptarla, manteniendo posturas montadas en una supuesta autoridad y dignidad que en realidad manipula una auto justificación para no verse ridículos y evidenciar los temores más íntimos y personales.

Es aquí donde la necedad se convierte en un muy buen escudo, que por cierto es contagiosa, porque una vez propuesta, no falta quien convenientemente se enganche de ella tomándola como argumento propio.

Se necesita una autentica valentía para enfrentar la realidad y sobre todo la verdad, que es dinámica y cada día nos revela situaciones más claras y profundas para el bien común y personal. Los cobardes se defienden afirmando que es intolerable la forma de hablar de Jesús, pero en realidad sólo toleran lo que ellos desean oír. 

Inteligencia y valentía es lo que se necesita para asimilar la verdad, para aceptar a Jesús que desea renovar la gracia y la vida entera, aquellos que no quieren cambiar, ponen mil pretextos para no hacerlo.

Por ello no es necesario ponernos en evidencia absurdamente, y menos en estos tiempos que la conciencia es más clara cada vez para todos en general, porque los que quedaríamos mal seríamos nosotros mismos ante una verdad que siempre será evidente.

“Alimento selectivo”

“Alimento selectivo”

Juan 6, 52-59

En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: –«¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Entonces Jesús les dijo: –«Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

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Obligadamente tenemos un gusto gastronómico muy peculiar, el cual ha sido forjado a través del tiempo con el sazón propio del medio, las personas y el ambiente en que te desarrollaste, por consiguiente tu paladar y gusto, reconocerá como la más perfecta aquella comida que te hacía Mamá y que te revoca a los momentos felices en curso, así sea una sopa casera o un pan con leche, y aunque las recetas sean las mismas, los condimentos semejantes, no habrá mejor que la que yo conozco, o mas bien la que me enseñe a comer aunque no fuera perfecta.

Ya con el pasar del tiempo, nuestro gusto se refina y amplía, más sin embargo no deja de ser selectivo. Jesús nos da un nuevo menú, claro, parecería grotesco y algo hasta canibal, digo, si es que se toma textualmente la frase, de “comer su carne y beber su sangre”, nada que ver con el gusto gastronómico, pero sí con el alimentarse.

Y es que Jesús no repara en darnos lo que providencialmente necesitamos para tener vigor y fuerzas, sino que también nos brinda lo que nos da fortaleza y paz, además de los demás dones que se desprenden de éstos y los regalados por medio del Espíritu Santo, al cual le estamos permitiendo reforzar los dones propios que puede poseer nuestra espiritualidad.

Para ello es necesario alimentarnos además del Pan de Vida, que realmente sacia todas las hambres y en caso de tenerlas, a saberlas manejar y sobrellevarlas.

Podríamos pensar que con un Padre Nuestro basta o una oración matinal, o un persignado antes de dormir, cosas buenas y muy bien intencionadas, pero nada que ver con el comulgar en la Eucaristía ya sea de cada día o la dominical. 

Si somos selectivos inclusive en lo espiritual, recuerda que no es lo mismo comer bocadillos que un plato fuerte, y también recuerda que tú eres lo que comes. porque se nota. Aliméntate sanamente, en tu vida y en tu espíritu.

“Procede de Dios”

“Procede de Dios”

Juan 6, 44-51

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: –«Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado.

Y yo lo resucitaré el último día.

Está escrito en los profetas: «Serán todos discípulos de Dios».

Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí.

No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre.

Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.

Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

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Las cosas tienen un camino de vida lógico y comprensible, asimilable en nuestro esquema de pensamiento, que no porque algo entendamos, pensemos que lo conocemos todo. Hay cosas que tienen su consecuencia necesaria, y todo lo que hacemos lleva a algún fin o intención.

Estas acciones en nuestra vida las podemos inclusive programar como una meta a llegar, como puede ser comprar un auto, ir a un viaje, planear los estudios, entre otras mil, desde la menor hasta la mayor escala según nuestras posibilidades. 

Mas sin embargo podríamos decir que todas ellas son en su mayoría generadas o proceden de nuestra dedicación y trabajo, son muy nuestras, con la diferencia que de igual manera tienen una caducidad y pasan.

Sin embargo, el Señor Jesús nos comparte algo que ciertamente no es algo que sea muy nuestro, pero que sí es para nosotros, y es que sabiéndonos capaces de hacer y deshacer lo que se nos ocurra, pues entonces nos regala un complemento en el ámbito espiritual que no es ajeno a nosotros.

Nos invita a alimentarnos del Pan de vida eterna, aquél que no podemos nosotros fabricar aunque los frutos de la tierra nos den para ello, porque no procede de nosotros, procede de Dios, aquel que solamente Él es capaz de dar porque de nadie mas puede emanar, aquel que se nos da hoy en día en la Eucaristía, y del que el sacerdote, como instrumento de la gracia de Dios, lo hace no en nombre propio, ni de su propio poder porque no lo tiene, sino en nombre de Jesucristo, quien hace presente su cuerpo y su sangre sacramentada en el mismo altar, como un milagro que se renueva día a día.

Hay que alimentarnos de eso que sólo Dios da, del Pan de Vida, porque es para ti y porque complementa perfectamente tu vida y la eleva al rango divino, a hacernos uno con Él sin perder ni su individualidad ni la nuestra.