“Cristo Rey del Universo”

Mateo 25, 31-46

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: «Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme». 

Entonces los justos le contestarán: Señor, ¿cuando te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?» Y el rey les dirá: «Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis». Y entonces dirá a los de su izquierda: «Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis». 

Entonces también éstos contestarán: «Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?» Y él replicará: «Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo». Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna».

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Hoy con la fiesta de Jesucristo Rey del Universo, coronamos y terminamos un ciclo de lecturas y de celebraciones litúrgicas que van desde la promesa de la salvación hecha desde antiguo, la vida, obras, así como su pasión muerte y resurrección, de Jesús hasta llegar a la espera de su segunda venida, fiesta que celebramos hoy.

Esta fiesta remarca el triunfo al final de los tiempos de la vida de la gracia sobre el pecado y la incorruptibilidad de la carne, que esperamos junto con la resurrección en el último día, cuando Jesús regrese glorioso como justo juez a juzgar vivos y muertos.

Fiesta que además remarca la importancia de una vida llena de obras ordinarias de caridad, realizadas en las más pequeñas e imperceptibles situaciones que se cruzan en nuestras vidas, donde evaluaremos si realmente nos permitimos vivir el Reino, si dejamos que rigiere Jesús en nuestras vidas, o si le usurpamos el trono entregándolo a sabrá Dios quién, o sabrá Dios Qué.

Fiesta que invita a no olvidar de qué y de quién somos parte, como un honor a remarcar. Extirpar el negativo concepto del Dios que te va a juzgar y a refundir en el noveno infierno,  sino realmente conocer a ese Dios misericordioso y justo, que generosamente guía, ayuda y da lo que nosotros realmente quisimos con nuestro ejemplo de vida recibir.

Por ello es una dicha afirmar ¡¡Viva Cristo Rey!!, porque sale del alma, porque lo reconocemos y sobre todo, porque lo amamos.

“Evolución del pensamiento”

Lucas: 20, 27-40

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús algunos saduceos. Como los saduceos niegan la resurrección de los muertos, le preguntaron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano. 

Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo, el tercero y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda y todos murieron sin dejar sucesión. Por fin murió también la viuda. Ahora bien, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?”

Jesús les dijo: “En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues Él los habrá resucitado.

Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos viven”.

Entonces, unos escribas le dijeron: “Maestro, has hablado bien”. Y a partir de ese momento ya no se atrevieron a preguntarle nada.

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El evangelio presente no da la luz necesaria para identificar de una manera muy clara la diferencia entre una manera de pensar, a veces ancestral o tradicional que cuida un esquema de ideas a veces ya caduco ante una actualización que en realidad va conforme a la verdad en sí misma.

Aquí hay que poner muy en claro que en los textos de las Sagradas Escrituras no desdicen la verdad de Dios, la revelación como su mismo nombre lo indica, implica un proceso evolutivo de descubrimiento de la verdad, que se va revelando, pero dicha verdad no está dosificada por Dios, a manera de quien la oculta como un misterio inaccesible, sino que por el contrario, la verdad siempre es revelada en su totalidad en el proceso a través del tiempo en la consolidación de la misma Biblia, sin embargo, eso habla de la libertad que Dios mismo da a sus escritores sagrados para impregnar el mensaje revelado según lo puedan expresar a su muy propia manera personal, en su tiempo y en su cultura.

Entonces encontramos que la verdad revelada no esta limitada en sí misma, sino que la capacidad cultural y de raciocinio es la que no la puede asimilar en su totalidad, marcando una limitante en cada época con las personas en turno. Por lo que la evolución del pensamiento ha hecho posible entender aún más la misma verdad revelada a su tiempo.

Con Jesús llega la plenitud de los tiempos, ya que por un lado se cumplen las promesas hechas desde antiguo, pero la verdad sigue siento la misma, mejor expuesta y clara a su vez. De tal manera que Jesús entra en un conflicto al afirmarla en su plenitud, ante las antiguas concepciones que en su tiempo se consideraban perfectas según la madurez alcanzada al momento, ya que chocan, pero no es cuestión de verdades ya que es la misma, sino la manera de entenderla.

De igual manera Jesús solicita de nuestra parte no quedarnos con pensamientos arcaicos, sino nuevos y plenos, de tal manera que nosotros evolucionemos siempre en una mejor comprensión de la verdad y de la vida misma, para no andar con pleitos de esquemas de pensamiento diferentes cuando al final es lo mismo. Por ello al convergir en la misma verdad, ya nadie cuestiona nada.

“Mi casa es casa de oración”

Lucas 19, 45-48

En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: —Escrito está: «Mi casa es casa de oración»; pero vosotros la habéis convertido en una «cueva de bandidos».

Todos los días enseñaba en el templo. Los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios.

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Es horrible cuando al llegar a un santuario dispuesto a orar, te encuentres con un mundo de distractores que te impiden poder estar en concentración y por ende en contacto con Dios, ya parece que el motivo de la visita es para ir por los chicles, la cajeta, las pulseritas, los tlacoyos, las botanitas, las fritangas, los dulces, etc, es un mundo comercializado en torno a los santuarios y a los templos.

A esa gente no le importa tu fe, sino que se aprovechan económicamente de los lugares sagrados y de los fieles haciendo negocio redondo, nada nuevo, ya en los tiempos de Jesús acontecía lo mismo, por lo que remarca que precisamente en el lugar sagrado, su principal y única finalidad es encontrarte con Dios en dedicada, atenta y profunda oración, tal celo llevó a Jesús a echar a los vendedores, lo que les obtuvo su rechazo, pero ese rechazo no es de fe, porque en esos casos la fe está muy menguada y manipulada.

Lo que se ganó fue un deseo de que lo asesinaran, porque estorba a los comerciantes y a los dirigentes religiosos que les rompe el esquema ya desvirtuado y viciado, es necesaria una restauración y Jesús lo está sembrando.

Esa misma historia se repite, existen santuarios que han querido crecer en la fe y atención  de los fieles, al modificar los lugares, con tan sólo obtener amenazas de muerte de los comerciantes, nada nuevo, ¿acaso tendrá que volver a venir Jesús a restaurar lo perdido? o ¿será que no estamos haciendo bien nuestra labor al seguir permitiendo esos esquemas?

Por lo pronto, el que lo promueve eres tú, empezando a realmente tomar el templo como lo que es, casa de oración, y no apoyando el comercio circundante en torno a tu fe.

“Lo que nos conduce a la paz…”

Lucas: 19, 41-44

En aquel tiempo, cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y contempló la ciudad, lloró por ella y exclamó:
“¡Si en este día comprendieras tú lo que puede conducirte a la paz! Pero eso está oculto a tus ojos. Ya vendrán días en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán y te atacarán por todas partes y te arrasarán. Matarán a todos tus habitantes y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no aprovechaste la oportunidad que Dios te daba”.

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Cuando me refiero a la paz en ésta ocasión, no lo hago en el sentido de aquella que brota de nuestro ser interior, sino de aquella que es un reflejo del orden y la armonía social entre los seres humanos. Aunque a fin de cuentas una es el reflejo de la otra.

Una de las cosas que Jesús observa, es el hecho de que toda la mente y el obrar del ser humano, en concreto al contemplar la ciudad de Jerusalén y su modo de vida, las personas están centradas en actividades superfluas, no se están atendiendo nuestras necesidades básicas, como lo es el alimentarnos, la salud, la educación y la cultura, las buenas relaciones sociales.

Por el contrario, en todos los estratos sociales se proclaman los excesos, el abuso, el libertinaje y la manipulación, cosa que al final crea una codependencia a ellas, rayando en  adicciones que nos controlan, de las cuales siendo inconscientes a uno mismo, es muy difícil auto detectarlas y por ende salir de ellas, ya que no permitimos remarcarlas cuando nos las hacen notar; pero eso sí, vemos las dependencias y errores de los demás, pero jamás los nuestros, porque nunca hemos experimentado la auto observación, además de que nos da pavor saber quiénes realmente somos.

En esa inconsciencia de nuestro ser, actuar y relacionarnos, vamos caminando en cierta manera ciegos, ensimismados a tal grado de no poder prever cuando externamente se planea una guerra contra nosotros ya sea personal o social, de igual manera no vemos ni el plan de Dios, pero tampoco el del maligno contra nosotros que nos ataca. No lo vemos venir.

Por ello Jesús se lamenta de nuestra inconsciencia, sabe que al final caeremos y, aunque lo avise hacemos caso omiso. Perdemos la paz, luego exigimos y reclamamos su falta. Pero la solución es sencilla; estar aún más presente, en mayor oración, en mayor contacto contigo mismo, con tu ser y con el Creador. Ya que eso te ubica en el aquí y el ahora como un vigilante de tu propio actuar y el de los demás. Así es seguro que realmente te conduzcas a la paz y la mantengas porque verás por donde la puedes perder y la cuidarás.

La inconsciencia es grata porque no nos responsabiliza, pero en realidad es ignorancia y ésa es culpable, no tan sólo de lo que haces, sino también de lo que no haces o dejas de hacer, también llamada omisión.

“Exigente y reclama lo que no ha sembrado…”

“Exigente y reclama lo que no ha sembrado…”


Lucas 19, 11-28

En aquel tiempo, dijo Jesús una parábola; el motivo era que estaba cerca de Jerusalén y se pensaban que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro. Dijo, pues: «Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver después. Llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro, diciéndoles: “Negociad mientras vuelvo”.
Sus conciudadanos, que lo aborrecían, enviaron tras de él una embajada para informar: “No queremos que él sea nuestro rey”. Cuando volvió con el título real, mandó llamar a los empleados a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno. El primero se presentó y dijo: “Señor, tu onza ha producido diez”. El le contestó: “Muy bien, eres un empleado cumplidor; como has sido fiel en una minucia, tendrás autoridad sobre diez ciudades”. El segundo llegó y dijo: “Tu onza, señor, ha producido cinco”. A ése le dijo también: “Pues toma tú el mando de cinco ciudades”. El otro llegó y dijo: “Señor, aquí está tu onza; la he tenido guardada en el pañuelo; te tenía miedo porque eres hombre exigente, que reclamas lo que no prestas y siegas lo que no siembras”.
El le contestó: “Por tu boca te condeno, empleado holgazán. ¿Con que sabías que soy exigente, que reclamo lo que no presto y siego lo que no siembro? Pues, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses”. Entonces dijo a los presentes: “Quitadle a éste la onza y dádsela al que tiene diez”. Le replicaron: “Señor, si ya tiene diez onzas”. “Os digo: Al que tiene se le dará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a esos enemigos míos, que no me querían por rey, traedlos acá y degolladlos en mi presencia”».
Dicho esto, echó a andar delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén.
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Si vemos en el ejemplo de la parábola del hombre elegido rey, encontramos aquellos amigos cercanos a los que les tiene total confianza y a los mismos que les encomienda sus propios bienes, planeando a futuro el servicio público que presentará, es decir, va poniendo a trabajar lo suyo en ventaja y en confidencia.
Encontramos una media aritmética positiva, ya que de diez depositarios, nueve de ellos sin respingo alguno y sin dificultad se ponen a trabajar, como una oportunidad de demostrar lo que son capaces haciendo fructificar su labor, son corresponsables en el bien común así como en el crecimiento personal. Dan mucho de sí, así como aportan a los demás.
Pero nunca falta esa pequeña porción, que no entra mayoritariamente en la media porque es tan sólo uno, que junto con los otros escandalosos, que no aportan pero se meten en todo alborotando a los demás, de los cuales se mencionan que fueron por delante a poner en mal al nuevo rey y a rechazarlo, son los típicos lacras de la sociedad que viven de parásitos, no aportan nada pero se la viven quejándose de todo, son los que hacen más escándalo público para aparentar gran número y poder, cuando en realidad la mayoría de las personas buenas hacen su labor sin molestarse en lo más mínimo.
Entre esos flojos y escandalosos está ese tipo al que le dieron tan sólo una onza, como lo remarca la parábola, que no hizo nada, y eso que era de los de confianza, pues ese es el que se pone a remarcar como si le debieran, que su amo sólo recoge cuando no siembra, pero es incapaz de agradecer la cercanía, la confianza, el respeto que se le tiene, la dignidad con que se le trata; lo típico en esas personas es defenderse atacando.
Pero de nada le vale, porque las obras al final hablan por sí mismas y son las que sostienen a la persona. No ven que el título de rey es un servicio y una responsabilidad, ellos sólo se sienten en desventaja y lo remarcan. Resulta que el exigente y demandante es el rey, cuando los demandantes y exigentes son ellos, los flojos, no es de extrañar que siempre inviertan la situación a su favor. Por ello sabiamente lo dice “por tu propia boca te condeno…”

Si el rey exige y recoge lo cosechado, es porque te ha tomado en cuenta en su reino para complementar la creación y eso es una dicha y un honor.

“Si he defraudado a alguien…”

Lucas 19, 1-10

En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó, y al ir atravesando la ciudad, sucedió que un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de conocer a Jesús, pero la gente se lo impedía, porque Zaqueo era de baja estatura. Entonces corrió y se subió a un árbol para verlo cuando pasara por ahí. Al llegar a ese lugar, Jesús levantó los ojos y le dijo: “Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”.

Él bajó enseguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, comenzaron todos a murmurar diciendo: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”.

Zaqueo, poniéndose de pie, dijo a Jesús: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”. Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”.

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A la gente nos gusta verla sonriendo, alegre, que transmitan vida y nos contagien de ella, especialmente los nuestros, pero cuando su ánimo decae, es todo lo contrario.

Sin embargo el hecho de que una persona no llore o se queje, no significa que esté exenta del dolor, parece que nos conformamos verlos con una sonrisa externa y al parecer tranquilos, como engañándonos fingiendo que todo esta perfecto, o cuando menos eso queremos ver, sin solucionar la incomodidad que causamos ya sea mental, física o verbalmente

Lo mismo acontece en el nivel espiritual, porque cuando nos animamos valientemente a reconocer las faltas, creemos erróneamente que con reconciliarnos solo con Dios y confesarnos, la culpa queda saldada.

Pero para una reconciliación integral, una parte implica el perdón de Dios y su complemento siempre será la restauración humana del hermano ofendido.

Zaqueo hoy nos demuestra que su reconciliación es íntegra y total, porque no sólo queda bien con Jesús, sino que remarca “si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”.

Restituir es lo que nos hace muchas veces falta, el perdón completo llega hasta el hermano y no basta con el divino, para empezar es bueno, para plenamente terminar reconcilia y hasta salva a tu prójimo.

La verdadera salvación incluye no sólo la reconciliación con Dios, sino la alegría de querer hacerlo también hasta cuatro veces con el hermano.

¿Qué quieres que haga por ti?..

Lucas 18, 35-43

En aquel tiempo, cuando Jesús se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado a un lado del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello, y le explicaron que era Jesús el nazareno, que iba de camino. Entonces él comenzó a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!” Los que iban adelante lo regañaban para que se callara, pero él se puso a gritar más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”

Entonces Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” Él le contestó: “Señor, que vea”. Jesús le dijo: “Recobra la vista; tu fe te ha curado”.

Enseguida el ciego recobró la vista y lo siguió, bendiciendo a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.

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En el camino de nuestra vida, solemos andar sin mirar junto con quien vamos a los lados, habrá gente que nos dañe, pero también habrá quien nos apoye y ayude.

Cuando vemos que acontece algo fuera de lo común preguntamos ¿quien es? o ¿qué sucede? para enterarnos, así diariamente el Señor pasa cercano, pero si no lo conocemos o nos informamos, lo dejaremos pasar de largo.

Enterados como el ciego, aprovecha y clama al Señor a voz abierta, hasta que lo escucha, pues al ver Jesús tan vivo interés, es Él mismo quien toma la iniciativa y se pone a disposición preguntando ¿Qué quieres que haga por ti?.

Sabemos lo que pide el ciego, más las circunstancias no varían en nuestro caso, porque Jesús siempre dispuesto va a hacerte la misma pregunta y ¿qué pedimos?, no será que desaprovechamos la oportunidad solicitando caprichos, necedades o que complete nuestros deberes inconclusos, cosas no necesarias.

No será que nos cegamos para ver egoístamente sólo lo nuestro y nos hacemos de la vista gorda para no ver las obligaciones que competen al bien recibido.

El ciego PIDIO lo que más necesitaba en realidad, RECIBIÓ lo que solicitó y RESPONDIÓ agradecido con su vida GLORIFICANDO a Dios, además MOTIVÓ a los demás con su ejemplo.

Eso realizó una simple pregunta, que la supo escuchar quien está atento al paso del Señor.

Simple dinámica de transformación.

“Dar frutos”

Mateo 25, 14-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.

Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: «Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco». Su señor le dijo: «Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor». Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: «Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos». Su señor le dijo: «Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor».

Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: «Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo». El señor le respondió: «Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes».

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Las escalas, balanzas, reglas y medidas son un factor común que nos ayuda a tener un concepto más claro y referencial de los volúmenes en relación para con los demás, es una referencia confiable que nos habla de la cantidad, peso y distancia de las cosas para ubicarlas en la realidad, si cada persona tuviera su propia escala de medidas, al trato con los demás, la convergencia sería distante e irracional.

Eso ciertamente aplica en el mundo material, pero cuando hablamos del mundo espiritual y de la fe, las medidas tienen otra escala, no son por volumen, sino conceptuales y relativas, como lo es en el caso de los talentos.

En base a la escala material, podríamos considerar como una extrema y apocalíptica injusticia el hecho de que Dios sea disparejo al brindar un diferencial explícito en la repartición de talentos, donde a unos les da cinco, mientras que a otros tan sólo uno.

La realidad va más allá que las cantidades expresadas, lo que estamos viendo más que una injusticia, es una justicia total cargada de misericordia, donde en todo momento sus regalos sea uno o sean cinco, denota a un Dios providente y siempre generoso. 

Donde su justicia va cargada de sabiduría al saber brindar las cantidades propias y necesarias para cada persona en sus capacidades y circunstancias de ese momento, donde no le dará mucho más a alguien que no pueda con esa carga de responsabilidad y esfuerzo, o de igual manera, no le dará menos a quien pudiera ser poco lo que le brinda quedando ocioso, tanto en un caso como en otro, sin las correctas y justas proporciones habrá un desbalance que puede derivar en una incomodidad y queja por lo excesivo o lo faltante.

Por ello Dios da lo realmente administrable en su momento, porque sabe que eso te basta para crecer a tu paso y salir exitoso, por ello las cantidades no importan, el de cinco sin dificultad dio otros cinco, igual el de dos, pero si te auto saboteas y te comparas en una escala materialista, tu mismo vendrás a menos; aún un sólo talento es muestra de confianza para luego de bien trabajarlo regalarte más, pero si no seres capaz de manejar uno, ¿Cómo piensas manejar cinco?.

La invitación es a aprovechar hoy lo depositado generosamente en tu vida en confianza, Dios te da y no te pide más de lo que en ese momento no puedes, pero lo que tienes hazlo crecer a lo máximo, que luego vendrá más.

“En todo está…”

Lucas 18, 1-8

En aquel tiempo, para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola:

“En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle: ‘Hazme justicia contra mi adversario‘.

Por mucho tiempo el juez no le hizo caso, pero después se dijo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda voy a hacerle justicia para que no me siga molestando‘”.

Dicho esto, Jesús comentó: “Si así pensaba el juez injusto, ¿creen acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen que encontrará fe sobre la tierra?”

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Cuando pequeños, al momento de querer algo, insistíamos de tal manera que por abrumamiento nos daban, lo que queríamos obtener.

Esa capacidad de insistencia, con el tiempo va menguando, más es la misma que el Señor Jesús nos invita a mantener, pero ahora muy bien encausada en el plano de la oración, porque esa es la intensidad que de base deberíamos tener al dirigirnos a Él, claro eliminando la inmadurez infantil.

Y aunque así fuera, Dios está detrás de todo, el ejemplo es claro: el juez que no teme a Dios, por la molesta insistencia de la mujer, le hace justicia de mala gana, pero lo hace, las cosas no salen como en oración las pediste, pero salen, se cumple al final la voluntad de Dios no importando el medio y las circunstancias.

Por ello, hasta de los males Dios obtiene un fin bueno. No dejes de pedir con insistencia. Aunque todo se vea adverso, de ahí, saldrá una solución mejor de lo que la esperas.

No te desanimes, porque eso puede menguar tu fe, aprende a esperar, y no permitas que a través del cansancio o los desánimos retiren de ti el don de la fe, al contrario enciéndela sabiendo que en todo esta Dios y todo esta en sus benditas manos.

“La inconsistencia de la vida”

Lucas: 17, 26-37

En aquellos días, Jesús dijo a sus discípulos: “Lo que sucedió en el tiempo de Noé también sucederá en el tiempo del Hijo del hombre: comían y bebían, se casaban hombres y mujeres, hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces vino el diluvio y los hizo perecer a todos.


Lo mismo sucedió en el tiempo de Lot: comían y bebían, compraban y vendían, sembraban y construían, pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y los hizo perecer a todos. Pues lo mismo sucederá el día en que el Hijo del hombre se manifieste.

Aquel día, el que esté en la azotea y tenga sus cosas en la casa, que no baje a recogerlas; y el que esté en el campo, que no mire hacia atrás. Acuérdense de la mujer de Lot. Quien intente conservar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará. Yo les digo: aquella noche habrá dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro abandonado; habrá dos mujeres moliendo juntas: una será tomada y la otra abandonada”.

Entonces, los discípulos le dijeron: “¿Dónde sucederá eso, Señor?” Y Él les respondió: “Donde hay un cadáver, se juntan los buitres”.

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Todo cuanto conocemos, nos entra por la percepción del mundo que acontece ante nuestros sentidos y sobre todo, en la manera como somos adiestrados para interpretarlos. De tal manera que un mismo acontecimiento tendrá diferentes ópticas y opiniones diversas según el aspecto que yo deseo proyectar. 

En este vasto mundo de ideas y opiniones es muy común que nos perdamos y vayamos identificándonos en el camino con unas, para luego migrar a otras, hasta al final no saber en cual quedar. 

Eso hace que nuestra vida pierda valor, pierda sentido y navegue en el mundo de la inconsistencia, sin una meta que ilumine nuestro caminar como una motivación fuerte a seguir, por eso tan sólo se cae en el fastidio de la vida, donde comemos y bebemos, buscamos relaciones y las dejamos, es decir, nada sacia, nada llena, nada te plenifica.

De eso no es responsable Dios, porque el don de la vida ya nos fue otorgado como lo más valioso que poseemos, de tal manera que ahora depende de nosotros el hacerlo efectivo y que de frutos tan plenos, que muchos a nuestro al rededor se gocen con ellos.

Eso llega hasta el final, porque si llegamos a ser del montón que nomás viven porque no les queda de otra, comiendo y bebiendo como si fuera lo único e importante, entonces seremos abandonados, pero si hacemos brillar nuestra vida, a la distancia será visible y el mismo Dios la rescatará como un tesoro bien cultivado en ti, algo digno de formar parte de su Reino.