“Odiados por hacer el bien”

Odiados por hacer el bien”

Lucas 21, 12-19 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Os echarán mano, los perseguirán, entregándolos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa: porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. 

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En nuestra cultura y tiempo actual, se ha estandarizado tanto el obrar mal, que parece absurdo hacer las cosas bien, ya todo mundo vive en situaciones de pecado que se les hacen tan naturales y ordinarias que las protegen, al grado de hasta exigirlas a los demás, sin ver las consecuencias de sus propios actos que redundan en ansiedad e infelicidad.

Parece heroico hacer el bien ordinario, sobre todo en aquellos que lo promueven para darse a conocer o aumentar su fama con esos motes colgados muy a fuerzas por los medios actuales de comunicación, que al final resultan en falsedad.

Pero si alguien cercano a nosotros hace el bien, nos parece mal porque hiere mi orgullo al sabernos no tan buenos y disponibles a realizar obras que nos hagan crecer en santidad. La herramienta de ataque es sencilla y al alcance de todo ser humano, es decir, la lengua, levantar falsos, atacar verbal y físicamente.

Nada nuevo ante un mundo cada vez más dominado por el maligno. El bien se convierte en enemigo. Es por ello que ante el mundo seremos odiados por dar testimonio del bien y del Señor Jesús. Sin embargo la felicidad otorgada por nuestro buen obrar, no se puede comparar con ninguna recompensa que en este mundo se extingue.

“No nos cansemos de hacer el bien”.

“El tiempo de los engaños”

“El tiempo de los engaños”

Lucas: 21, 5-11

En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.
Entonces le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?”
Él les respondió: “Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.
Luego les dijo: “Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles”.

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Se habla mucho de que estamos en los últimos tiempos, de que en cualquier momento llegará el juicio final universal para todos y que al demonio se le termina su reinado, para ello se utilizan las ya características señales que al día de hoy nos son comunes, sin embargo como el mismo evangelio lo indica: “eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.

Por el contrario, somos bien informados para que ciertamente no se den los típicos abusos en el tema, ya que con la temática del miedo y del fin del mundo, se manipula a las personas y sobre todo, se les miente.

Es que olvidamos que desde todos los tiempos, la principal herramienta que utiliza el maligno es la mentira, aquella que precisamente se usa en contraposición radical a la verdad misma y contra Dios, de quien emana todo bien y autenticidad.

Y si a eso añadimos que al chamuco se le termina el tiempo, entonces, utilizando todo su arsenal y empeño en atacar por la premura de su final, es muy evidente que en la más sublime de sus acciones, junto con todas las marionetas que ya sea consciente o inconscientemente se disponen a ser utilizadas para el mal, usan como lema oficial el engaño y la mentira.

Es por ello que ante este ataque ideológico de falsedad envuelta en un velo de ilícita verdad para engancharnos, Jesús revela, que ante todo, hay que vivir en la verdad, y ella nos iluminará, por ello no asustarnos, ya que el miedo nos hace tomar decisiones arrebatadas con consecuencias nefastas.

Simplemente en éste tiempo de los engaños institucionalizados, hay que estar preparados de tal manera que no caigamos en las trampas que por doquier las encontramos, viviendo la verdad, la vida de la gracia y la oración, entonces estaremos capacitándonos para que como cera se nos resbalen todas aquellas faramallas y no hagan mella en nosotros.

“Todo lo que hacen dos monedas”

“Todo lo que hacen dos monedas”

Lucas: 21, 1-4

En aquel tiempo, levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que echaban sus donativos en las alcancías del templo. Vio también a una viuda pobre, que echaba allí dos moneditas, y dijo: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha dado más que todos. Porque éstos dan a Dios de lo que les sobra; pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir”.

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En éste mundo las escalas de valores son tan inestables que varían según la necesidad pero también según la conveniencia, de tal manera que un día amanecemos con los productos básicos en un valor, para al siguiente cambiarlos y darle una exagerada estima a un metal o a un líquido como lo pueden ser los energéticos. 

Vivimos en un vaivén de inestabilidad que se ve reflejado aún en nuestra propia personalidad, y de hecho lo tomamos como lo común actualmente entre los mortales. Sin embargo hay escalas que nunca varían pero que a su vez no se valoran en la misma intensidad. 

Entre las mismas encontramos aquellos valores que nunca cambian como lo son los espirituales, ya que no son mensurables con las escalas humanas, sino con las divinas aunque algo nos damos cuenta del valor de ello.

La cuestión radica en que un hecho o actitud realizada, refleja los dos mundos tanto el material como el espiritual con muy diferentes apreciaciones y consecuencias. El ejemplo claro es la mujer viuda y pobre, que el hecho de echar dos monedas de poco valor al cepo de las ofrendas, desatará una serie de controversias según el mundo que lo analice.

Para el mundo financiero, ciertamente la juzgará de totalmente inservible su obra, porque dos monedas de poco valor, no cotizan en la bolsa, aunque sí cuentan las mismas en el caso de que falten para completar un billón de dólares, pero aisladas e indiferentes resultan infructuosas porque en el mundo de los millones, despegadas de una gran cuenta no califican, al contrario de ser el sobrante de miles son la base que inician el siguiente millón por lo que nunca son descartables.

Por el contrario, dos monedas en el plano de la fe, resultan en la manifestación de una confianza total en Dios, de una fe que sabe que aunque le falten no quedará desprotegida, de que su vida y felicidad no dependen de ellas, son totalmente accesorias y no son indispensables para que el corazón le deje de funcionar. Hablan de una donación total y de un conocimiento en la esperanza de la providencia divina que nunca falla.

Hasta allá llegan las dos moneditas, así que ya sabes, con ellas puedes invertir en tu primer millón y desvivirte por ello, o usarlas sabiamente, conociendo que sin ellas, sigues siendo el mismo y el renombre, como su nombre lo indica es un RE-nombre que no deja de ser accesorio y totalmente inútil porque así como llega, así se va, en cambio tu vida es la que realmente vale, no lo que tienes.

“Jesucristo Rey del Universo”

“Jesucristo Rey del Universo”

Lucas 23, 35-43 

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: —«A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.» Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: —«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.» Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.» Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: —«¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.» Pero el otro lo increpaba: —«¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.» Y decía: —«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.» Jesús le respondió: —«Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.» 

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Último domingo del Año Litúrgico

Cristo es el Rey del universo y de cada uno de nosotros.

Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, porque celebramos que Cristo es el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

Un poco de historia

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de Marzo de 1925.

El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.

Posteriormente se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido. Al cerrar el año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Cristo reina en las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres.

Con la fiesta de Cristo Rey se concluye el año litúrgico. Esta fiesta tiene un sentido escatólogico pues celebramos a Cristo como Rey de todo el universo. Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace casi dos mil años, pero Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía.

Si quieres conocer lo que Jesús nos anticipó de ese gran día, puedes leer el Evangelio de Mateo 25,31-46.

En la fiesta de Cristo Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos, y así el Reino de Dios puede hacerse presente en nuestra vida. De esta forma vamos instaurando desde ahora el Reino de Cristo en nosotros mismos y en nuestros hogares, empresas y ambiente.

Jesús nos habla de las características de su Reino a través de varias parábolas en el capítulo 13 de Mateo:

“es semejante a un grano de mostaza que uno toma y arroja en su huerto y crece y se convierte en un árbol, y las aves del cielo anidan en sus ramas”;

“es semejante al fermento que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que fermenta toda”;

“es semejante a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta, y lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo”;

“es semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra”.

En ellas, Jesús nos hace ver claramente que vale la pena buscarlo y encontrarlo, que vivir el Reino de Dios vale más que todos los tesoros de la tierra y que su crecimiento será discreto, sin que nadie sepa cómo ni cuándo, pero eficaz.

La Iglesia tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los hombres. Su predicación y extensión debe ser el centro de nuestro afán vida como miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el corazón de los hombres, en el seno de los hogares, en las sociedades y en los pueblos. Con esto conseguiremos alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor, la paz y la justicia y la salvación eterna de todos los hombres.

Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica.

Acerquémonos a la Eucaristía, Dios mismo, para recibir de su abundancia. Oremos con profundidad escuchando a Cristo que nos habla.

Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, por que Él es toda bondad. Y cuando uno está enamorado se le nota.

El tercer paso es imitar a Jesucristo. El amor nos llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado para nosotros.

Por último, vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante obras concretas de apostolado. No nos podremos detener. Nuestro amor comenzará a desbordarse.

Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una paz profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la vida.

A lo largo de la historia hay innumerables testimonios de cristianos que han dado la vida por Cristo como el Rey de sus vidas. Un ejemplo son los mártires de la guerra cristera en México en los años 20’s, quienes por defender su fe, fueron perseguidos y todos ellos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!”.

La fiesta de Cristo Rey, al finalizar el año litúrgico es una oportunidad de imitar a estos mártires promulgando públicamente que Cristo es el Rey de nuestras vidas, el Rey de reyes, el Principio y el Fin de todo el Universo.

Fuente: Es.Catholic.net

“Las preocupaciones de este mundo”

“Las preocupaciones de este mundo”

Lucas 20, 27-40 

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección y le preguntaron: Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano». Pues bien, había siete hermanos el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con el1a. Jesús les contestó: En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles;  son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: «Dios de Abrahám, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos. Intervinieron unos letrados: Bien dicho, Maestro. Y no se atrevían a hacerle más preguntas.

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Resulta inevitable mezclar las cosas de éste mundo, con las que hemos crecido en todo el caminar de nuestra vida, con las cosas del cielo, sobre todo que entran en el plano de la fe.

El caso es evidente en este evangelio ante el tema de la resurrección, y claro, los que opinan al respecto no creen, pero sí imponen sus criterios y opinión. No es raro que al no ser expertos en el tema hagan una total tragedia revolviendo conceptos para confundir, nada nuevo en los criterios de éste mundo.

Es por ello la importancia de conocer el criterio de la verdad, no para imponerla porque se defiende sola, sino para esclarecerla ante aquellos que siembran la impunidad y la mentira.

Las cosas de este mundo con sus propios y muy válidos criterios no se contradicen con los criterios y verdades de la fe, ya que son un complemento, lo malo acontece cuando no conocemos una, la mezclamos erróneamente con la otra, y como fruto tenemos una religiosidad popular a voces sin fundamento bíblico. Pero las preocupaciones de este mundo nos deben de llevar a crecer con las mismas del cielo.

“Mi casa es casa de oración”

“Mi casa es casa de oración”

Lucas 19, 45-48

En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: —Escrito está: «Mi casa es casa de oración»; pero vosotros la habéis convertido en una «cueva de bandidos».

Todos los días enseñaba en el templo. Los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios.

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Es horrible cuando al llegar a un santuario dispuesto a orar, te encuentres con un mundo de distractores que te impiden poder estar en concentración y por ende en contacto con Dios, ya parece que el motivo de la visita es para ir por los chicles, la cajeta, las pulseritas, los tlacoyos, las botanitas, las fritangas, los dulces, etc, es un mundo comercializado en torno a los santuarios y a los templos.

A esa gente no le importa tu fe, sino que se aprovechan económicamente de los lugares sagrados y de los fieles haciendo negocio redondo, nada nuevo, ya en los tiempos de Jesús acontecía lo mismo, por lo que remarca que precisamente en el lugar sagrado, su principal y única finalidad es encontrarte con Dios en dedicada, atenta y profunda oración, tal celo llevó a Jesús a echar a los vendedores, lo que les obtuvo su rechazo, pero ese rechazo no es de fe, porque en esos casos la fe está muy menguada y manipulada.

Lo que se ganó fue un deseo de que lo asesinaran, porque estorba a los comerciantes y a los dirigentes religiosos que les rompe el esquema ya desvirtuado y viciado, es necesaria una restauración y Jesús lo está sembrando.

Esa misma historia se repite, existen santuarios que han querido crecer en la fe y atención  de los fieles, al modificar los lugares, con tan sólo obtener amenazas de muerte de los comerciantes, nada nuevo, ¿acaso tendrá que volver a venir Jesús a restaurar lo perdido? o ¿será que no estamos haciendo bien nuestra labor al seguir permitiendo esos esquemas?

Por lo pronto, el que lo promueve eres tú, empezando a realmente tomar el templo como lo que es, casa de oración, y no apoyando el comercio circundante en torno a tu fe.

“La Presentación de la Santísima Virgen”

“La Presentación de la Santísima Virgen”

Lucas 19, 41-44 

En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: ¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos. Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida.

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A la edad de 3 años María es presentada por sus padre Joaquín y Ana en el templo de Jerusalén.

La Presentación de Nuestra Señora en el Templo suele confundirse a veces con la Presentación del Niño Jesús en el Templo, fiesta que se celebra el día 2 de febrero en conmemoración de un hecho ampliamente descrito en los evangelios y que corresponde a la ley judía, que obligaba a los israelitas a ofrecer sus primogénitos a Dios.

La presentación de Nuestra Señora no se narra en los evangelios. Es una tradición piadosa muy antigua, que ha tenido amplia repercusión en toda la Iglesia universal.

Dice esta tradición que Joaquín y Ana, piadosos israelitas, después de varios años de matrimonio, habían llegado a una avanzada edad sin lograr descendencia. Sobre ellos pesaba el terrible oprobio de la esterilidad, que para los israelitas era doblemente doloroso, porque significaba la exclusión de la familia de las promesas del Señor, tanto más cuanto, como en el caso de Joaquín y Ana, se trataba de personas que pertenecían a la casa de David, de la que, en su día había de nacer el Mesías.

En su angustia, Ana hizo una oración fervorosa, prometiendo al Señor ofrecerle el fruto de sus entrañas si se dignaba concederle descendencia. El nacimiento de la Santísima Virgen fue el resultado de esta oración y esta promesa. Joaquín y Ana, fieles a su voto, presentaron a la Niña en el templo a la edad de tres años, y allí permaneció en compañía de otras doncellas y piadosas mujeres, hasta sus desposorios con San José, dedicada a la oración y al servicio del templo.

Varias referencias bíblicas parecen aludir a la existencia de una comunidad femenina dentro del recinto sagrado. El Antiguo Testamento habla de

“las mujeres que velaban en la entrada del tabernáculo de la reunión”, aunque no se sabe cuál era su misión ni si vivían ciertamente dentro de la casa de Dios. Por otra parte, San Lucas dice en su evangelio que la profetisa Ana “no se apartaba del templo, sirviendo con ayunos y oraciones de noche y día”.

“Que había habitaciones en el templo para los sacerdotes, las personas consagradas y los servidores del mismo, dice el padre Muñana, lo sabemos por la historia del niño Samuel y del sacerdote Helí.” Además, allí estuvo escondido Joás durante seis años cuando Atalía quería acabar con los descendientes de Ococías. La Biblia relata así el suceso: “Josaba, hija del rey, cogió a Joás, hijo de Ococías, y le arrebató de en medio de los hijos del rey cuando los mataba, escondiéndole a él y a su nodriza en el dormitorio. Así Josaba, hija del rey Joram, mujer del sacerdote Joyada y hermana de Ococías, le escondió de Atalía, que no pudo matarle. Seis años estuvo escondido con ellos en la casa de Dios.”

Sin embargo, no tenemos ninguna referencia bíblica de que hubiera nunca niñas en el templo de Jerusalén. Francisco William escribe en su Vida de María, la Madre de Jesús:

“La leyenda popular dice que María se educó en el templo. Si así fue, influiría para ello su parentesco con Zacarías, el cual podía hacer valer sus derechos. El voto de los padres de la Virgen y la ofrenda de Nuestra Señora en el templo encaja perfectamente dentro del ambiente religioso y psicológico del pueblo de Israel. La esterilidad era un oprobio para los hebreos, y frecuentemente los israelitas ofrecían votos al Señor pidiéndole hijos a cambio de ofrecérselos a Él. La ley autorizaba a rescatar a las personas así consagradas, y la forma de hacerlo se establece minuciosamente en los libros sagrados; pero sabemos que a veces no se ejercía ese derecho, como en el caso del pequeño Samuel, que quedó en el templo desde su infancia”.

“María, se consagró a Dios, escribe F. William porque su vida en Dios despertaba en su alma un anhelo que se apoderaba de ella por completo: el de pertenecer a Dios de tal manera, que no quedase libre ni un átomo de su ser. Este anhelo, que ya se prendió en su alma cuando empezó a ser consciente, se fue desarrollando con más rapidez que ella misma. Como el murmurar de una fuente es siempre el mismo, y el mismo el silbido del viento, como el fuego lanza su llama sin cesar a las alturas, así los sentimientos y aspiraciones de María eran siempre los mismos y estaban dirigidos a Dios únicamente.”

ORIGEN DE LA FIESTA

Entre las numerosas fiestas establecidas por la Iglesia cristiana en honor a la Virgen María, la de su Presentación en el templo es una de las pocas con que la ensalza la Iglesia universal.

Celebrada el 21 de noviembre, esta fiesta (de jerarquía menor, aunque con rito doble mayor) constituye una de las cuatro festividades marianas que la cristiandad occidental tomó de la oriental, junto a las de la Anunciación, la Natividad y la Asunción.

Pese a la rápida y ferviente acogida popular de esas leyendas apócrifas sobre la Presentación de la Virgen, la correspondiente celebración litúrgica tardaría bastante en introducirse. La tradición más antigua que se recuerda sobre la fiesta de la Presentación de María data del 21 de noviembre de 543, fecha en que se consagró la basílica de Santa María la Nueva en Jerusalén, construida por el emperador Justiniano I (r. 527-565) en el centro de la ciudad.

El festejo por la dedicación de dicha basílica se convirtió de inmediato en Jerusalén en remembranza local de la presentación de María en el templo, bajo la forma de una nueva festividad religiosa. Conmemorada, al parecer, como devoción particular en algunos enclaves del Imperio Bizantino desde el siglo VI, esa fiesta mariana no tardaría en instituirse entre los siglos VII y VIII en la propia Iglesia de Constantinopla, cuyos calendarios litúrgicos a partir de esas centurias la incluyeron siempre en la referida fecha. Finalmente, en 1143 el emperador Manuel I Comneno el Grande (r. 1143-1180) la convirtió en celebración oficial en todo el territorio del Imperio Bizantino.

Desde Oriente la festividad fue introducida en Occidente en fecha muy tardía (siglos X-XII) y de modo paulatino, lo cual revela cierto desinterés ante ella por parte de los europeos. De hecho, al inicio apareció en esporádicas incidencias en dos evangeliarios en griego, manuscritos en Cesena en los siglos X y XII, respectivamente, en un calendario inglés de Winchester del siglo XII, y en un par de calendarios litúrgicos húngaros, uno de ellos de 1200. Por lo demás, ya en el siglo XII esta festividad se celebraba en el sur de Italia y en algunas partes de Inglaterra.

La Presentación de María en el templo comenzó a generalizarse en Europa como celebración litúrgica en 1372, cuando el papa Gregorio XI (r. 1370-1378) la introdujo en el calendario de la Curia Pontificia (instalada entonces en Aviñón), luego de que el rey Carlos V de Francia le instase a aceptarla como festividad religiosa, como lo había hecho él mismo al autorizar -inducido por su embajador en Chipre y con el consentimiento del propio papa- que se celebrase en la iglesia de los Frailes Menores en Aviñón.

Tras esa iniciativa de Gregorio XI, la fiesta no tardó en ser adoptada por toda la cristiandad occidental, luego de que la aceptasen los carmelitas en 1391 y los cartujos en 1474. Los papas Pio II (r. 1458-1464) y Sixto IV (r. 1471-1484) fomentaron su difusión; sin embargo, si bien Pío IV (r. 1559-1565) la introdujo en el Breviario romano, la Presentación de María fue suprimida luego, junto con otras muchas fiestas, por el Papa San Pío V (r. 1566-1572), al reformar el breviario y el calendario litúrgico, por ser de origen apócrifo. Escasos lustros más tarde (en 1585) el papa Sixto V (r. 1585-1590) restableció en dicho calendario para toda la Iglesia universal la Presentación de María como fiesta menor con rito doble, aprovechando para ello el mismo formulario de la liturgia de la Natividad de María.

Y, pese a otros varios intentos de suprimirla por sus orígenes apócrifos, la festividad litúrgica de la Presentación de María fue, a la postre, conservada, si bien re-simbolizada bajo el concepto de la personal y autónoma “oblación” o “consagración” de María a Dios, más bien que bajo el originario concepto de su presentación heterónoma (hecha por sus padres) en el templo, cuando ella apenas tenía tres años de edad.

En todo caso, los pormenores con que, desde tiempo inmemorial, se quiso revestir el acto del ofrecimiento de María al templo se incorporaron desde temprana data a la tradición cristiana a través de los tres relatos apócrifos, siguiendo el ejemplo del primigenio Protoevangelio de Santiago (c. siglo II).

Por si fuera poco, a partir del siglo V los Santos Padres -en especial, los de la Iglesia oriental- se refieren a este presunto episodio mariano como algo no sólo verosímil, sino del todo verídico, episodio que después glosarían e interpretarían en sentido doctrinario o dogmático no pocos teólogos, santos y oradores eclesiásticos. Según precisa Gaetano Passarelli, a la consolidación de esa fiesta mariana contribuyeron ciertos homiletas, como San Andrés de Creta (c. 660-740), San Germán (715-733) y Tarasio (784-806), ambos patriarcas de Constantinopla, como también algunos melodas, como Sergio de Jerusalén (ss. VIII-IX) y Jorge de Nicomedia (s. IX), autor del Canon de Maitines de dicha celebración litúrgica.

EL RELATO DE LA PRESENTACIÓN DE MARÍA EN EL TEMPLO

Basándose quizá en otras leyendas orales más antiguas, los tres escritos apócrifos – el Protoevangelio de Santiago (c. siglo II), el Evangelio del Pseudo Mateo (c. siglo IV) y el Libro de la Natividad de María (c. siglo IX) – sintetizan el contenido del evento de la presentación de María en estos detalles esenciales:

a los tres años de edad María fue conducida por sus padres, Joaquín y Ana, a Jerusalén para ser consagrada al Señor y dedicada al servicio del templo, en un género de vida recoleta y devota similar al que ya cumplían otras doncellas allí recluidas; subiendo con rapidez por su propio pie las gradas de acceso al santuario, la Virgen niña fue recibida con toda solemnidad por el sumo sacerdote, antes de ser conducida por éste al sancta sanctorum; en aquella intimidad sacra viviría María durante toda su infancia, en diálogo permanente con los ángeles, uno de los cuales la nutría en persona con pan celestial.

El hecho medular de la “oblación” incondicional y la total consagración de María a Dios desde los primeros instantes de su existencia, tras su inicial presentación en el templo, fue defendida con entusiastas apologías -en refrendo de su intuida validez dogmática y de su indiscutible ejemplaridad moral y catequética- por numerosos Padres de la Iglesia oriental, como San Epifanio, San Andrés de Creta, San Gregorio de Nisa, San Gregorio Nacianceno, San Juan Crisóstomo, San Cirilo de Jerusalén, San Germán de Constantinopla y San Juan Damasceno, y por algunos Padres de la Iglesia occidental, como San Ambrosio, como asimismo por incontables teólogos y exegetas, y, en general, por la mayoría de los santos y los oradores sacros.

Así lo sostiene, por ejemplo, San Juan Damasceno, al afirmar: “Nace [María] en casa de Joaquín y es conducida al templo, y en seguida plantada allí en la Casa de Dios, y nutrida allí por el Espíritu Santo, quedó constituida en asiento de todas las virtudes cual fructuosa oliva; como que había apartado de su mente toda sensualidad de esta vida y de su cuerpo, conservando así con virginal pureza, no solamente su cuerpo, sino también su alma, cual correspondía a la que había de llevar a Dios en su seno.”

Si se combinan los detalles descriptivos propuestos por los tres relatos apócrifos mencionados, el suceso puntual de la presentación de María -sin incluir aquí la permanencia de María en el templo durante los once años subsiguientes- contiene los siguientes elementos:

  1. Protagonistas: María (niña de tres años, subiendo las gradas de acceso al santuario), sus padres, Joaquín y Ana, el sumo sacerdote que recibe a la niña a la entrada del templo.

2. Comparsas: grupo de doncellas (que, según uno u otro apócrifo, pueden ser las que, con candelas encendidas, acompañan a Joaquín y Ana, sea las que habitan ya en el templo, dedicadas al servicio religioso), otros sacerdotes (“pontífices”), y, a veces, público local (“toda la casa de Israel”, “todo el pueblo”).

3. Escenografía: templo de Salomón en Jerusalén (“el templo del Señor”), cuyo exterior marcan quince gradas de acceso, y cuyo interior se materializa casi siempre mediante el altar de los holocaustos (por lo general, inserto bajo un cimborrio o baldaquino, apeado sobre cuatro columnas) o incluso mediante el sancta sanctorum.

Movidos e inspirados por esas primigenias fuentes apócrifas, los artistas medievales contribuyeron en gran medida a popularizar este tema iconográfico mariano mediante imágenes devocionales. En concordancia con el hecho de que fue la Iglesia de Oriente la primera en aceptar desde temprana fecha el relato apócrifo y en introducir la correspondiente festividad de la Presentación de María en el templo (la cual se convertiría en una de las doce grandes festividades del año litúrgico oriental), las representaciones plásticas de dicho acontecimiento se multiplicaron pronto en el ámbito bizantino.

SEGÚN EL PROTOEVANGELIO DE SANTIAGO

Al llegar la niña a los tres años, dijo Joaquín: Llamad a las doncellas hebreas que están sin mancilla y que tomen sendas candelas encendidas (para que la acompañen), no sea que la niña se vuelva atrás y su corazón sea cautivado por alguna cosa fuera del templo de Dios.

Y así lo hicieron mientras iban subiendo al templo de Dios. Y la recibió el sacerdote, quien, después de haberla besado, la bendijo y exclamó:

El Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel.

Entonces la hizo sentar sobre la tercera grada del altar. El Señor derramó gracia sobre la niña, quien danzó, haciéndose querer de toda la casa de Israel.

Bajaron sus padres, llenos de admiración, alabando al Señor Dios porque la niña no se había vuelto atrás. Y María permaneció en el templo como una paloma, recibiendo alimento de manos de un ángel.

SEGÚN EL EVANGELIO DE LA NATIVIDAD DE MARIA

VI 1. Transcurridos tres años y terminado el tiempo de la lactancia, llevaron a la Virgen con ofrendas al templo del Señor. Y había alrededor del templo, según el número de los salmos graduales, quince gradas que subir. Porque, estando el templo situado sobre una altura, sólo por gradas era accesible el altar de los holocaustos, que estaba situado en el exterior.

2. Y sobre la primera de aquellas gradas colocaron los padres a la bienaventurada María, todavía muy pequeña. Y, en tanto que ellos se quitaban los vestidos de viaje, para ponerse, siguiendo la costumbre, trajes más bellos y más propios de la ceremonia, la Virgen del Señor subió todas las gradas, sin mano alguna que la condujese, de tal suerte que todos pensaron que no le faltaba nada, a lo menos en aquella circunstancia, de la perfección de la edad. Es que el Señor, en la infancia misma de la Virgen, operaba ya grandes cosas, y mostraba por aquel milagro lo que sería un día.

3. Y, después de haber celebrado un sacrificio conforme al uso de la ley, dejaron allí a la Virgen, para ser educada en el recinto del templo, con las demás vírgenes. Y ellos regresaron a su casa.

SEGÚN EL EVANGELIO DEL PSEUDO-MATEO

IV 1. Y nueve meses después, Ana dio a luz una niña, y llamó su nombre María. Y, destetada que fue al tercer año, Joaquín y su esposa Ana se encaminaron juntos al templo, y ofrecieron víctimas al Señor, y confiaron a la pequeña a la congregación de vírgenes, que pasaban el día y la noche glorificando a Dios.

2. Y, cuando hubo sido depositada delante del templo del Señor, subió corriendo las quince gradas, sin mirar atrás, y sin reclamar la ayuda de sus padres, como hacen de ordinario los niños. Y este hecho llenó a todo el mundo de sorpresa, hasta el punto de que los mismos sacerdotes del templo no pudieron contener su admiración.

Fuente: forosdelavirgen.org

“¿A quién quieres de rey?”

“¿A quién quieres de rey?”

Lucas 19, 11-28 

En aquel tiempo, dijo Jesús una parábola; el motivo era que estaba cerca de Jerusalén y se pensaban que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro: Dijo, pues: Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver después. Llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro, diciéndoles: Negociad mientras vuelvo. Sus conciudadanos, que lo aborrecían, enviaron tras de él una embajada para informar: «No queremos que él sea nuestro rey». Cuando volvió con el título real, mandó llamar a los empleados a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno. El primero se presentó y dijo: Señor, tu onza ha producido diez. El le contestó: Muy bien, eres un empleado cumplidor; como has sido fiel en una minucia, tendrás autoridad sobre diez ciudades. El segundo llegó y dijo: Tu onza, señor, ha producido cinco. A ése le dijo también: Pues toma tú el mando de cinco ciudades. El otro llegó y dijo: Señor, aquí está tu onza; la he tenido guardada en el pañuelo; te tenía miedo porque eres hombre exigente, que reclamas lo que no prestas y siegas lo que no siembras. El le contestó: Por tu boca te condeno, empleado holgazán. ¿Con que sabías que soy exigente, que reclamo lo que no presto y siego lo que no siembro? Pues, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses. Entonces dijo a los presentes: quitadle a éste la onza y dádsela al que tiene diez. Le replicaron: Señor, si ya tiene diez onzas. Os digo: Al que tiene se le dará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a esos enemigos míos, que no me querían por rey, traedlos acá y degolladlos en mi presencia. Dicho esto, echó a andar delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén.

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Hoy en día estamos muy acostumbrados a elegir quien nos gobierne, y mientras sean ciertas las elecciones o manipuladas, nos ceñimos a solicitar patrones e ideologías que nos favorezcan lo más posible con nuestra intención y gusto personal.

Ciertamente cada rey en su momento gobernaba sobre una plataforma legal social, aunque muchos lo hacían a gusto y capricho propio en sus decisiones. No hay que olvidar que el rey tiene el deber de ser representante de la auténtica autoridad divina, la cual debe replicar en su gestión.

Pero hoy en Día queremos que los reyes gobiernen a nuestro capricho, las leyes se nos hacen ingobernables e imponemos las nuestras, y es que nuestros temores se hacen presentes ante los retos que conlleva una administración, y lo más bajo que podemos caer es a no crecer, ni promover el progreso, sino mi propio beneficio particular.

Lo más curioso redunda en que quiénes menos trabajan, son los que más exigen, y piden derrocar a un rey que los pone a trabajar. Al igual pasa con Dios, no deseamos seguirle y si lo hacemos será bajo nuestros términos, ya no amamos a Dios, sino que buscamos que nos ame y acepte sin comprometernos un poco a su amor.

Es por ello, que la pregunta será ¿A quién quieres de rey? porque el que pidas será quien te salvará con su entrega, pero igual con la tuya, o con  sus limitaciones como las tuyas.

“Recuperar…”

“Recuperar…”

Lucas 19, 1-10 

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa. El bajó en seguida, y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más. Jesús le contestó: Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido. 

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Precisamente la obra de la Salvación, nace de la experiencia del pecado; ya desde los orígenes vemos a un Dios que dentro del dolor por la pérdida de aquellos que ama, jamás los abandona, sino que los invita al retorno de su amor, más ahora será por medio de su hijo, quién nos mostrará el camino a seguir, recuperando por el precio de la muerte y resurrección a aquellos que no ha dejado de amar.

Es por ello que en éste evangelio encontramos a un Jesús que no busca posicionarse, ni crear fama, sino llevar a cabo la voluntad de su Padre hablando del Reino de los Cielos, aquel que está dando a conocer y que ya está presente, donde se acerca no a la gente perfecta y santa, sino a los que están separados y perdidos fuera del amor de Dios.

Más din embargo, nos encontramos que la recuperación es integral, ya que no tan sólo recupera a los pecadores, quienes son su principal objetivo, sino también a los que dentro de su perfección pierden el rumbo de su misión, servicio y caridad.

La tarea es mucha, sin embargo el recuperar es lo mas sano y provechoso de lo que conscientes podemos agradecerle, porque nos tiene permanentemente bajo su cuidado, no de manera obligada, pero sí en corresponsabilidad. Por ende dediquemos a recuperar aquello y aquellos que realmente podemos hacer.

“Ten compasión de mi…”

“Ten compasión de mi…”

Lucas 18, 35-43 

En aquel tiempo, cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explicaron: Pasa Jesús Nazareno. Entonces gritó: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí! Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: ¡Hijo de David, ten compasión de mí! Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: ¿Qué quieres que haga por ti? El dijo: Señor, que vea otra vez. Jesús le contestó: Recobra la vista, tu fe te ha curado. Enseguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios. 

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Pareciese que tan sólo la compasión se solicita en los momentos de crisis cuando es evidente que se necesita, y aún más cuando el dolor define nuestro día a día. Mas cabe recalcar, que la compasión se puede solicitar en la total plenitud de la vida y las facultades, porque ésta no se refiere tan sólo al dolor físico.

Existen situaciones en las que nuestra persona suele cansarse, que van desde el ámbito personal, familiar o comunitario y laboral, hasta la rutina mental, donde no dejamos de cíclicamente dar una y otra vez vueltas a ideas fijas que deterioran nuestra salud mental.

Ahí también hay que pedir compasión, porque solos es un hecho que no hemos podido salir de esa moción, y la muestra es que solemos repetir las mismas faltas, con la tendencia a acrecentarlas de poco en poco. 

La compasión nos ubica en nuestro propio ser, como un descanso del alma que se apoya en aquél que lo puede todo, y que nos da la luz para salir y seguir adelante de una manera más optima en nuestra vida.

Por ello, es muy recomendable pedir compasión en nuestra supuesta salud, para que sane aquello que nos es velado a nuestra propia conciencia y razón.