“Permanecer en…”

“Permanecer en…”

Juan 15, 1-7

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: –«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador.

A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.

Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.

Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.

Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará.

Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

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El éxito de algún plan dentro de nuestros objetivos, no depende de la buena intención que tengamos en el mismo, ya que denota la falta de interés y a veces la flojera de iniciarlo concretamente con hechos reales.

Es una realidad que hemos sido desde siempre seres relacionales por naturaleza y también es un hecho que nos hemos desarrollado basados en la ayuda mutua que brinda el vivir en sociedad, ya que aprovechamos lo que otros aportan y de igual manera los demás lo que yo puedo proporcionar.

A veces hay una falsa concepción de autonomía, de libertad incondicional, cuando en realidad estamos condicionados a crecer y desarrollarnos a partir de permanecer en relación con los demás, ya sea para obtener unos zapatos o una botella de agua, cosa que solo, se complica.

Es de suyo una bendición la comunidad, porque gracias a ella somos quien somos, con sus múltiples relaciones y servicios, hasta con sus complicaciones y problemas que nos hacen crecer.

Más sin embargó ya adentrados en esta permanecía-dependencia muy benéfica y abierta al crecimiento, es donde Jesús nos invita sin aspavientos y en el mismo esquema, a permanecer unidos a Él, siempre lo hemos estado, pero ahora de una manera consciente y basada en la voluntad afectiva cercana.

Curiosamente permanecemos unidos a todo, excepto a Dios, que es con quien más nos conviene estar unidos, porque para dar mucho fruto abundantemente y hasta en exceso hay que permanecer unidos a Él, de otra manera no se puede en esas cantidades.

“Glorificarnos en Él”

“Glorificarnos en Él”

Juan: 17, 1-11

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo también te glorifique, y por el poder que le diste sobre toda la humanidad, dé la vida eterna a cuantos le has confiado. La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.

Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame en ti con la gloria que tenía, antes de que el mundo existiera. He manifestado tu nombre a los hombres que tú tomaste del mundo y me diste. Eran tuyos y tú me los diste. Ellos han cumplido tu palabra y ahora conocen que todo lo que me has dado viene de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste; ellos las han recibido y ahora reconocen que yo salí de ti y creen que tú me has enviado. Te pido por ellos; no te pido por el mundo, sino por éstos, que tú me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. Yo he sido glorificado en ellos. Ya no estaré más en el mundo, pues voy a ti; pero ellos se quedan en el mundo”.

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Uno de los aspectos que se nos olvidan o en su defecto que no conocemos es el efecto que de suyo trae como consecuencia acercarnos a Jesús; los medios para hacerlo son múltiples, como la oración, la meditación, la eucaristía, las obras de caridad, la lectura de las Sagradas Escrituras, las lecturas espirituales, etc.

Y es que tiene un doble efecto nuestra dedicación a Dios. A veces creemos que es tan sólo para pedir necesidades, y en una sola vía, pero en realidad cada acto que hagamos ante el Señor, tiene la peculiaridad de devolvernos su santidad y gracias.

De hecho una vez Jesús glorificado, gracias a su muerte y resurrección, nos glorifica, pero no en automático e involuntariamente, sino en reciprocidad por cuanto hagamos un acto de oración, litúrgico y de caridad. 

Por una parte ora e intercede por nosotros, ya que aún estamos en el mundo, pero eso no es una limitante, ya que si de nuestra parte pedimos su glorificación, con gusto la otorgará porque la adquirió para nosotros.

Es por ello que no dejemos de orar y celebrar su sacramentos, porque es mayor lo que nos brinda que lo que le ofrecemos.