Divina Misericordia

Divina Misericordia

Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: –«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: –«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado así también os envío yo».

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: –«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: –«Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó: –«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: –«Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás: –«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás: –«¡Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo: –«¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

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El segundo domingo de pascua es dedicado a La Divina Misericordia, ya que todos los textos de las lecturas litúrgicas hablan del mismo así como las oraciones de la misa. Día que es importante recordar no sólo el heroísmo y la valentía con la que realizó Jesús la obra de la redención, a través de su muerte y resurrección, porque no se trata de un super héroe, sino de Nuestro Redentor.

Por ello remarcamos justamente que uno de los fundamentos principales de esta gran obra, está basada en la Misericordia de Dios, es decir, el amor que nos tiene aunado a su paciencia para esperar las respuestas de amor que le debemos. Misericordia que hay que enfatizar en cada una de sus acciones, porque Jesús no era ningún activista, no estaba enfocado en algún sólo aspecto de la vida, sino que su compromiso era con toda la creación entera.

Dios jamás se desanima ante las actitudes adversas y de negación que le hacemos constantemente como personas y, no se diga como humanidad, hasta pareciera un rechazo y queja de participarnos sus dones y la propia vida. 

Sin embargo, ya es de suyo una bendición el que no reaccione como nosotros, porque ya hace bastante que nos hubiera dejado en el olvido, dónde desde aquí se remarca esa misericordia eterna que no deja de ser una muy propia característica de su Ser.

Misericordia que no es propiedad exclusiva de Él, sino que ademas es compartida con cada uno de nosotros para que juntos la ejerzamos en común unión y con toda la caridad posible entre nuestros hermanos, ya que no es tan sólo para recibirla o exigirla hacia nuestra persona, sino además en conciencia para vivirla con los demás.

“Sacerdocio, Caridad, Eucaristía”

“Sacerdocio, Caridad, Eucaristía”

Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: –«Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?»

Jesús le replicó: –«Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».

Pedro le dijo: –«No me lavarás los pies jamás».

Jesús le contestó: –«Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo».

Simón Pedro le dijo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».

Jesús le dijo: –«Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».

Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: –«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

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En un día como hoy, se nos expresó la máxima muestra del amor de Dios, ya que textualmente lo afirma el evangelio, “los amó hasta el extremo”, porque más no se podía, y si se pudiera, más nos amaría.

Amor que no se contenta con la cercanía y los abrazos, amor que se concreta en testimonio y regalos, no para unos cuantos, sino para todo el género humano. Sabiendo que su obra tiene que pasar y trascender, no duda en instituir el sacerdocio, como un regalo en el que Él mismo se hará presente eficazmente, ya que lo participa como algo suyo y ejercido en su nombre eternamente.

Va vinculado naturalmente a la Eucaristía, en dónde se renueva el hecho salvífico de su sacrificio como memorial, se queda entre nosotros y se nos da en alimento para el camino en esta vida hacia la patria celestial.

Además, coronado con el mandato del amor, con esa caridad que tanto nos hace falta, ya que sin ese amor, tanto el sacerdocio, como la eucaristía no tienen ninguna razón de ser. 

¿Cómo podremos corresponder a tan gran regalo en medio del amor?

La respuesta está claramente implícita: Celebrar junto con el Sacerdote la Eucaristía, alimentarnos y unirnos a través de la comunión íntimamente con Jesús, y salir a las calles, en la familia, en el trabajo o la escuela, con los amigos e incluso con los desconocidos así como los enemigos a ejercer la máxima muestra de caridad con hechos concretos.

“Tanto amó”

“Tanto amó”

Juan 3, 14-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: –«Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.

Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.

En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».

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Parece que en tiempos de crisis, el amor sale sobrando, es algo similar que ocurre en tiempos de guerra, la atención totalmente se centra en la supervivencia y como se dice “ahí todo se vale”, no hay reglas, no hay límites, no se respeta nada y cada quien sale como puede.

Pero ya se ha hecho común la crisis, hasta ordinaria nos es al interno del día y de nuestra propia vida, por lo que el mismo amor, como en los tiempos de guerra, sale sobrando, hay otros distractores que saturan nuestra mente y corazón, lo malo es que sin la paz y el amor necesarios, vitales en nosotros, tendemos a buscar soluciones erróneas que en medio del vértigo de la rapidez con que se vive, tomamos  decisiones arrebatadas con la mira a solucionar de tajo los problemas y dolores, optando a veces por situaciones que en la realidad no son soluciones, sino mas problemas pintados de alivio pero que en la realidad complican aún más nuestra existencia.

En éste acelerado embrollo parece imposible ver una pizca de misericordia, o de reconocerla si alguien la brinda, estamos totalmente a la defensiva para protegernos ante cualquier atentado que nos ocasione más dolor, y por ello inconscientemente bloqueamos de manera directa un acto de amor que Dios brinda a través de nuestros prójimos.

En ésta postura es imposible reconocer la grandeza de la obra del amor de Dios al enviarnos a su propio Hijo, lo vemos como una frase bonita, algo que es de Dios, pero no de nosotros; la realidad es que más nuestro no puede ser, porque el fin último de esa acción es restaurar tu amor, tu paz, tu eterna felicidad iniciada ya desde éste mundo.

Hay que dedicar un poco de tiempo para salir del ritmo del mundo, y regalarnos un momento para nosotros de restauración, de reflexión, de serenidad y llegar a descubrir la grandeza de la obra del amor de Dios, que su mayor expresión se nos da en su Hijo Jesucristo, en su obra, en su vida, en su muerte, en su resurrección, que lo hizo por ti. 

Entonces vislumbraremos ese tanto amor que nos dio y que nos sigue dando.

“Abismos”

“Abismos”

Marcos 12, 28-34

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: –«¿Qué mandamiento es el primero de todos?»

Respondió Jesús: –El primero es: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». El segundo es éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». No hay mandamiento mayor que éstos.

El escriba replicó: –«Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: –«No estás lejos del reino de Dios».

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

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Nuestra mente en medio de una sociedad tan cargada de imágenes, normas, situaciones y estilos diversos de vida, tiende a reconocer y maravillarse de la belleza así como de la verdad en sí misma, tendemos a identificarnos con esquemas de pensamiento incluso a veces radicales, amamos la poesía, la literatura, la música y su letras, pero creo que es ahí hasta donde llegamos.

El siguiente paso sería conformar nuestra vida en base al pensamiento que llevamos, pero resulta que nos hemos convertido en activistas, es decir, una clase en extinción que sólo revuelve las cosas con escándalos, pero que no se compromete en serio con ello en su vida.

Aquí es donde surgen esos abismos, entre la realidad y el ideal pensamiento, entre la verdad y su aplicación concreta a la vida. Ya parece que es normal salir con una cara y actitud, para al retorno retomar la que en realidad somos. Damos una muy buena imagen con nuestros grupos de convergencia y aceptación ideológica, a veces por hobbie o diversión, pero no hay un compromiso íntegro con ellos, sino que eso sólo es etéreo y circunstancial.

No se diga con el mandamiento del amor, a todos les parece una maravilla y es aceptado en todos los niveles de la humanidad, según con concepción. Pero del amor al amar, ahí si que existe un enorme abismo, digno de mención pero no de valentía para cruzarlo.

Es por ello que es muy importante ir tapando esos abismos en los que al final caemos sin piedad, basta con iniciar aceptando nuestra vida, la de los demás y convergerla con la realidad, eso es el amor concreto y claro, pero si lo deseamos ideal, jamás lo veremos porque ese no existe y al no encontrarlo, seremos como aquellos con los que termina éste evangelio: Nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

“Cuando ores…”

“Cuando ores…”

Mateo 6, 7-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: –«Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros rezad así: «Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación sino líbranos del Maligno».

Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas».

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Los tiempos nos invitan a no leer, a no mirar las necesidades, a no reflexionar, sí a estar saturados de ruido, de distractores, de opiniones absurdas, y por ende a no tener tiempo para orar. 

Lo importante es orar, pero no tan sólo en ocasiones de necesidad sino siempre, porque la oración transforma tu mente, tu corazón, tus dones, entre ellos la inteligencia, la sabiduría, la ciencia, la paz, la fe, y por ende el amor y la caridad. 

En realidad al orar te estás atendiendo a ti mismo y por supuesto a los demás, porque nunca queda sin fruto tu intercesión. Es en cierta medida indispensable retroalimentarte, no dejarle todo a Dios como si de mi parte no requiriera la más mínima atención. Es muy bueno saber orar y saber a su vez escuchar lo que Dios tiene que decirte y el medio es la oración.

La oración es purificadora de corazones y liberadora de ataduras mentales. La oración implica a la creación entera, y de ella eres parte, pide por el orden de la misma sin dejarnos engañar por el desorden y el caos que pretende distraernos.

Pero sobre todo recuerda que la mayor eficacia se da, como diría San Benito en su regla monástica, “Ora et Labora”, Orar y trabajar, a que una complementa a la otra, a la palabra ofensiva, el perdón concreto. 

“Este mandamiento es el principal…”

Mateo 22, 34-40

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: —Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?

Él le dijo: —«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.

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Todo, pero absolutamente todo tiene un fundamento, una base, un principio, si hablamos de helados de sabores, el fundamento será el frío; de zoológicos, serán los animales; de negocios el dinero, y así cada cosa tendrá su razón de ser, En el caso de la religión, podríamos pensar en que el fundamento es Dios, pero como el termino religión viene del vocablo latino re-ligare, unir con… el fundamento principal es el amor, es el motivo principal y único por el que existimos, para unir al Creador con la creación y permanecer.

A lo mejor ponemos como base fundamental el pecado, la ley con sus mandamientos, los santos o incluso, respetuosamente a María Santísima. No dejan cada uno de ser muy vitales e importantes, pero la verdadera causa por la que nos creó, estando perdidos nos rescató, y sigue siendo generosamente providente a pesar de nuestras limitaciones, es el amor real, puro y verdadero de Dios.

Porque cuando descartamos el amor de Dios en nuestra vida y relaciones personales, habrá que suplirlo con algo, si es el temor al pecado, la justicia, la religiosidad, todo esto sin amor, cae en desvíos, y por ahí se desenvolverá tu vida, remarcando en exceso esos aspectos, más no el amor.

Imagina si Dios mismo perdiera o cambiara el rumbo y, decidiera que en vez del amor se fundamentara en la justicia, ¿Donde quedaríamos en este preciso momento?, ¿quién saldría ileso?, ¿Quien sería justo?, ¿Tú?, solamente Dios y tú lo saben, de igual manera conmigo y los demás, porque si tu cambias el fundamento en tu vida, no es problema de Dios el que no sepas ni quieras amar, es tuyo y los cercanos a ti pagarán las consecuencias colateralmente.

Tampoco remarcamos que es el único mandato, para tomarlo radicalmente a extremo, simplemente es la base fundamental, el eje, la piedra angular, el principal motor, y la única causa a veces irracional de que estemos en este mundo junto con el resto de la creación, por que todo lo ha hecho con amor y sin amor nada cumple su cometido completamente.

El amar al amor mismo, es amar a su vez lo que ha creado, porque ha emanado del ser mismo de Dios, entendiéndolo y viviéndolo le da sentido a todo, todo lo ilumina, y no atolondradamente, sino ecuánime y sensatamente con la mente y el corazón en la mano,  porque sin el amor, nada vale la pena, nada tiene sentido, pero todo es amado en sí mismo por el hecho de existir, cuanto más tú, cuanto más tu prójimo.

“Ha amado mucho”

“Ha amado mucho”


Lucas 7, 36-50

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume, y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado, se dijo: —Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.Jesús tomó la palabra y le dijo: —Simón, tengo algo que decirte.El respondió: —Dímelo, maestro.Jesús le dijo: —Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?Simón contestó: —Supongo que aquel a quien le perdonó más.Jesús le dijo: —Has juzgado rectamente.Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: —¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella en cambio me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella en cambio me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor: pero al que poco se le perdona, poco ama.Y a ella le dijo: —Tus pecados están perdonados.Los demás convidados empezaron a decir entre sí: —¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?Pero Jesús dijo a la mujer: —Tu fe te ha salvado, vete en paz.”
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Las circunstancias sociales y las relaciones interpersonales por lo general marcan un ritmo de vida en el que por así decir, debemos de entrar todos, sin embargo en ese esquema podríamos quedar un tanto limitados, ya que se exigen comportamientos concretos y cualquier actitud no adecuada en ese esquema es considerada no apta, ni para bien, mucho menos para mal.
Sin embargo encontramos en este evangelio el tipo de relaciones sociales en tiempos de Jesús, donde en una comida en casa de un fariseo, que de suyo no es ordinario que se les permita porque, según el esquema de su tiempo, Jesús y sus discípulos son considerados impuros por no seguir al pie de la letra los mandatos de la exigente ley mosaica.


Aun más raro es el hecho de que una mujer considerada pecadora se haya introducido a la misma casa, la cual derrama un frasco de perfume sobre los pies de Jesús, enjugándolos con sus lágrimas. El entorno ya estaba irregular hablando en cuanto a reglas, sin embargo, a pesar de no vivir la norma textual, la actitud de juzgar sin misericordia a los demás, sigue aplicándose plenamente, porque hasta el mismo Jesús es incluido en la crítica por dejarse tocar y permitir eso.


Esa fue la manera de ella de expresar su arrepentimiento, cosa que los demás no vieron, porque cada quien utiliza a su manera su propia expresividad, sin embargo lo principal, que era el verdadero amor con que lo hizo, sólo fue percibido por Jesús, los demás vieron sólo a la pecadora. Si no estamos abiertos a reconocer ese amor, manifestado de mil maneras, si lo queremos estereotipado en corazoncitos y chocolates, aún mismo en un te amo o te quiero, estaremos limitando a la persona a que entre en el esquema común, le quede o no, y todas las demás manifestaciones como lo es el trabajo, la cercanía, la dedicación, el cuidado, el saludo ordinario, todo, absolutamente todo eso va impregnado de amor, pero si lo queremos a la carta, jamás lo reconoceremos por grande que éste sea.

Y ¿a ti cómo quieres que te amen?, o ya te aman y ni cuenta te das.

“La primacía del amor”

“La primacía del amor”

Mateo: 22, 34-40

En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a Él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?”

Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”.

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Para muchas personas hablar del amor resulta tan enfadoso, como si se tratara de un tema sin trascendencia, sin importancia, con una frialdad tal que no alcanzamos a suponer cuáles fueron las circunstancias por las que se cayó en dicha negativa.

No es que Dios sea un ser egocéntrico que requiere sentirse invariablemente amado para existir, como una codependencia del amor, lo cual no es así, de hecho nuestro amor no lo necesita, ni le añade, ni le quita absolutamente nada su majestad y divinidad.

Por el contrario, Él primeramente nos da su amor para que nuestra existencia tenga sentido, y por el mismo amor nos desarrollemos y crezcamos en los mismos dones que de su bondad nos participa, a su semejanza.

No debemos de olvidar, que el punto de partida de la misma creación es el amor, por ello cuando es transgredido desencadena el caos y el dolor, a lo que es necesario que el amor impere y que el modelo a seguir de cómo amar y sentirnos amados es el mismo amor de Dios.

Con el amor de Dios, todo se plenifica, cobra sentido y cumple su objetivo además de completar en nuestro ser lo que le llena. La primacía del amor no es otra cosa, sino amar con el mismo amor de Dios, aceptando la creación y nuestro ser en la misma comparte de un todo.

“Cercano a la familia”

“Cercano a la familia”


Mateo 12, 46-50


En aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él. Uno se lo avisó: —Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo.

Pero él contestó al que le avisaba: —¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?

Y señalando con la mano a los discípulos, dijo: —Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.


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Pareciese como hoy se dice despectivamente, que Jesús formó un nuevo grupo familiar, ese ahí donde están sus discípulos y sus apóstoles, donde se la pasa de maravilla,  alejado de los suyos, de su familia y en concreto de su madre, no tiene que estar con los que nació, sino con los que eligió.


Pero me parece que para no entrar en confusiones, habrá que aclarar que son grupos muy definidamente independientes, que llevan una encomienda ya sea laboral o de amistad, pero que jamás se equipararán a la familia.


El núcleo familiar, que atacado invariablemente por la cultura de los desvalores y la muerte, nunca pasará a un tercer término, y en su caso Jesús no lo hace, vemos a su familia cercana y en apoyo total a su misión encomendada, incluso la pone como modelo de relación y de unidad, precisamente en base a la experiencia como lo vivió con su Padre Celestial y como lo vive en la tierra con su madre María, así como con los familiares cercanos que son familia.

Nunca lejos de ellos, a lo mejor físicamente sí, pero jamás distantes en los valores y los afectos, además de la constante comunicación que se da naturalmente. Por ello, no te confíes en que tu circulo de confort amistoso es lo mejor, porque ellos con el tiempo se van y cambian de parecer respecto a ti o viceversa, pero la familia nunca dejara de serlo ni de estar, a no ser que así lo quieras.

“Inmaculado Corazón de María”

“Inmaculado Corazón de María”


Lucas 2, 41-52


Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén para las festividades de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, fueron a la fiesta, según la costumbre. Pasados aquellos días, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Creyendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino; entonces lo buscaron, y al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca.

Al tercer día lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían se admiraban de su inteligencia y sus respuestas. Al verlo, sus padres se quedaron atónitos y su madre le dijo: –«Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia».

El respondió: —«¿Por qué me andaban buscando? ¿No sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?»

Ellos no entendieron la respuesta que les dio. Entonces volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad. Su madre conservaba en su corazón todas aquellas cosas.


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Mes de junio, dedicado a los corazones de Jesús y María, recordándonos sobre todo el amor de Dios concreto en cada uno de ellos. Corazones que no han dejado de manifestar una impronta, ya que hoy en nuestros días seguimos percibiendo y gozando de ese amor tan grande que sigue dando frutos y moviendo tiernamente las voluntades, tornándolas hacia Dios.


Hoy en concreto recordamos el amor de una mujer, que ha marcado una vida y que esa vida, la de su hijo lleve su impronta bañada de caridad, aquel sello característico que como madre dedicada ha sembrado en su propio hijo.


Es un corazón que en mutua confianza con Dios, ha sido esculpido tanto humana como divinamente, como repositorio de las gracias que recibe a su vez de su hijo y que ella asimiladas en su corazón, las devuelve maternalmente a un ser que le fue otorgado en responsabilidad. María es la mayor expresión femenina de la ternura y el mismo amor de Dios. 


Es un Corazón que a su vez se ha desarrollado en la gracia previa otorgada de la Inmaculada Concepción, la cual no ha perdido y por ende a su vez, es inmaculado.


Despejemos los temores, las dudas, los malos entendidos para dar cabida al amor que abra puertas, que define relaciones y que no deja de manifestar la propia delicadeza del amor de Dios.