“El poder de uno”

El poder de uno”

Juan: 4, 43-54

En aquel tiempo, Jesús salió de Samaria y se fue a Galilea. Jesús mismo había declarado que a ningún profeta se le honra en su propia patria. Cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que Él había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían estado allí.

Volvió entonces a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía un hijo enfermo en Cafarnaúm. Al oír éste que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue a verlo y le rogó que fuera a curar a su hijo, que se estaba muriendo. Jesús le dijo: “Si no ven ustedes signos y prodigios, no creen”. Pero el funcionario del rey insistió: “Señor, ven antes de que mi muchachito muera”. Jesús le contestó: “Vete, tu hijo ya está sano”.

Aquel hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Cuando iba llegando, sus criados le salieron al encuentro para decirle que su hijo ya estaba sano. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Le contestaron: “Ayer, a la una de la tarde, se le quitó la fiebre”. El padre reconoció que a esa misma hora Jesús le había dicho: ‘Tu hijo ya está sano’, y creyó con todos los de su casa.

Éste fue el segundo signo que hizo Jesús al volver de Judea a Galilea.

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Pareciese que una sola persona no puede hacer mucho, pensamos que se necesita un grupo para poder hacer o cambiar cosas, situaciones y personas, sintiendo que estamos en soledad y nadie nos apoya.

Sin embargo el empeño, la dedicación, el amor, la tenacidad y valentía de uno, hace mucho más que miles, ya que muchas veces, esos miles, cientos o hasta dos o tres, pueden desanimarnos a no hacer lo que planeamos, haciendo sentir que es un error o que estamos equivocados cuando no; muchas veces la equivocación y error de cien, presentan su mentira como verdad para que claudiques en tu intención y eso no viene de Dios.

Uno solo es capaz de cambiar un entorno, como lo es Jesús, como lo transmite a los demás y que a través de la fe se realiza eficazmente el cambio.

El Caso es claro cuando el funcionario real pide a Jesús una sanación, situación que se convierte en milagro, y milagro que transforma familias, como es el caso de los allegados del del funcionario real, que junto con los de su casa creyeron en Cafarnaúm por el testimonio de uno.

Es por ello que se nos invita a no depender de un grupo para realizar un cambio y menos si es una conversión, nuestro testimonio hará que primero se siembre la semilla de la Palabra y el mensaje de Dios aún cuando se le rechace; irá creciendo poco a poco hasta que madure y acepte el cambio en su vida, pero requiere paciencia, oración y testimonio.

“Saciar esas sedes”

“Saciar esas sedes”

Juan: 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca del mediodía.

Entonces llegó una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: “Dame de beber”. (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: “¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (Porque los judíos no tratan a los samaritanos). Jesús le dijo: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”.

La mujer le respondió: “Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?” Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna”.

La mujer le dijo: “Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla”. Él le dijo: “Ve a llamar a tu marido y vuelve”. La mujer le contestó: “No tengo marido”. Jesús le dijo: “Tienes razón en decir: ‘No tengo marido’. Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”.

La mujer le dijo: “Señor, ya veo que eres profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén”. Jesús le dijo: “Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos. Porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así es como el Padre quiere que se le dé culto. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu yen verdad”.

La mujer le dijo: “Ya sé que va a venir el Mesías (es decir, Cristo). Cuando venga, él nos dará razón de todo”. Jesús le dijo: “Soy yo, el que habla contigo”.

En esto llegaron los discípulos y se sorprendieron de que estuviera conversando con una mujer; sin embargo, ninguno le dijo: ‘¿Qué le preguntas o de qué hablas con ella?’ Entonces la mujer dejó su cántaro, se fue al pueblo y comenzó a decir a la gente: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?” Salieron del pueblo y se pusieron en camino hacia donde él estaba.

Mientras tanto, sus discípulos le insistían: “Maestro, come”. Él les dijo: “Yo tengo por comida un alimento que ustedes no conocen”. Los discípulos comentaban entre sí: “¿Le habrá traído alguien de comer?” Jesús les dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿Acaso no dicen ustedes que todavía faltan cuatro meses para la siega? Pues bien, yo les digo: Levanten los ojos y contemplen los campos, que ya están dorados para la siega. Ya el segador recibe su jornal y almacena frutos para la vida eterna. De este modo se alegran por igual el sembrador y el segador. Aquí se cumple el dicho: ‘Uno es el que siembra y otro el que cosecha’. Yo los envié a cosechar lo que no habían trabajado. Otros trabajaron y ustedes recogieron su fruto”.

Muchos samaritanos de aquel poblado creyeron en Jesús por el testimonio de la mujer: ‘Me dijo todo lo que he hecho’. Cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba, le rogaban que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días. Muchos más creyeron en él al oír su palabra. Y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has contado, pues nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es, de veras, el Salvador del mundo”.

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No es ninguna novedad el concepto de tener sed, ya que Dios mismo, a través de la biología que nos regaló en la naturaleza, hace que el mismo instinto de supervivencia esté alerta en todo momento para saciar las necesidades que tiene, entre ellos, el hidratarnos según se requiera para vivir.

Bajo ese mismo esquema, el Señor ha dado una analogía para entender claramente lo que es saciar, ya que no solamente tenemos sed del agua física, sino que de igual manera tenemos sed de muchas otras cosas, aquellas que necesitamos apagar, aquellas que incluso traemos arrastrando desde nuestra infancia, algunos por una cosa y otros por otra.

Sedes que buscan saciar el sentimos amados, aceptados, reconocidos, sed de justicia, sed de libertad, sed de buen trato, sed de dignidad, sed de ser escuchados, sedes que son saciadas precisamente con esa agua de la gracia que el Señor Jesús trae consigo y que hace presente y eficaz dondequiera que va, pero sobre todo aquellos que aceptan tener sed.

Caso concreto lo tenemos en la samaritana y su comunidad, que es saciada de esa esperanza en el Mesías y en la aceptación como pueblo, sed que se ve confortada a tal grado de pedirle a Jesús que se quede entre ellos.

Sedes que debemos saciar y no morir poco a poco de inanición. Si el propio organismo nos exige saciar la sed para vivir, me extraña que no reaccionemos cuando es necesario apagar aquello que va carcomiendo nuestras vidas poco a poco, como lo es el pecado que adormece la conciencia y la deja llegar a la muerte plena. Hay que saciar esas sedes y esa agua viva de la gracia tan sólo la provee el Señor Jesús.

“Fiesta de La Cátedra de San Pedro”

“Fiesta de La Cátedra de San Pedro”

Mateo: 16,13-19

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.

Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.

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Hoy se celebra la festividad de la Cátedra de San Pedro, una ocasión solemne que se remonta al cuarto siglo y con la que se rinde homenaje y se celebra el primado y la autoridad de San Pedro.

La palabra “cátedra” significa asiento o trono y es la raíz de la palabra catedral, la iglesia donde un obispo tiene el trono desde el que predica. Sinónimo de cátedra es también “sede” (asiento o sitial): la “sede” es el lugar desde donde un obispo gobierna su diócesis. Por ejemplo, la Santa Sede es la sede del obispo de Roma, el Papa.

Antes de rezar el Ángelus en este día, el Papa Juan Pablo II recordó que “la festividad litúrgica de la Cátedra de San Pedro subraya el singular ministerio que el Señor confió al jefe de los apóstoles, de confirmar y guiar a la Iglesia en la unidad de la fe. En esto consiste el ‘ministerium petrinum’, ese servicio peculiar que el obispo de Roma está llamado a rendir a todo el pueblo cristiano. 

Misión indispensable, que no se basa en prerrogativas humanas, sino en Cristo mismo como piedra angular de la comunidad eclesial”. “Recemos -dijo- para que la Iglesia, en la variedad de culturas, lenguas y tradiciones, sea unánime en creer y profesar las verdades de fe y de moral transmitidas por los apóstoles”.

La cátedra es en realidad el trono que Carlos el Calvo regaló al papa Juan VIII y en el que fue coronado emperador el día de Navidad del año 875. Carlos el Calvo era nieto de Carlomagno. Durante muchos años la silla fue utilizada por el papa y sus sucesores durante las ceremonias litúrgicas, hasta que fue incorporada al Altar de la Cátedra de Bernini en 1666.

Tradiciones, leyendas y creencias afirmaron durante muchos años que la silla era doble y que algunas partes se remontaban a los primeros días de la era cristiana e incluso que la utilizó San Pedro en persona. La silla ha sido objeto de numerosos estudios a lo largo de los siglos y la última vez que fue extraída del nicho que ocupa en el altar de Bernini fue durante un período de seis años, entre 1968 y 1974. Los análisis efectuados en aquella ocasión apuntaban a que se trataba de una sola silla cuyas partes mas antiguas eran del siglo VI. Lo que se había tomado por una segunda silla era en realidad una cubierta que servía tanto para proteger el trono como para llevarlo en procesión.

Todos los años en esta fecha, el altar monumental que acoge la Cátedra de San Pedro permanece iluminado todo el día con docenas de velas y se celebran numerosas misas desde la mañana hasta el atardecer, concluyendo con la misa del Capítulo de San Pedro.

Fuente: VIS – Servicio Informativo Vaticano

“Autoridad”

“Autoridad”

Marcos 11, 27-33

En aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén, y, mientras paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores, y le preguntaron: –¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?

Jesús les replicó: –Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿era cosa de Dios o de los hombres? Contestadme.

Se pusieron a deliberar: –Si decimos que es de Dios, dirá: «¿Y por qué no le habéis creído?» Pero como digamos que es de los hombres… (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta.)

Y respondieron a Jesús: –No sabemos.

Jesús les replicó: –Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.

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Uno de los principios que debemos entender de base, es que precisamente la autoridad no depende de tu aceptación o negación personal, aunque la denigremos o le faltemos al respeto, la autoridad cuando es otorgada, vale en sí misma y no depende de la aprobación de los demás.

En nuestros días está muy de moda el negar todo tipo de autoridad y relegarla a mucho menos que una igualdad social, porque no se le ve en un contexto igualitario de dignidad, sino como un objeto al cual hay que denigrar por debajo del estándar que a estas alturas dudo que se tenga.

No depende de nuestra inferioridad el que la neguemos, al contrario, es un don que precisamente viene de Dios el cual debe de ser respetado como tal y en su momento una guía de crecimiento a seguir, ya que si no lo haces, entonces quien se denigra es tu propia persona al no ser capaz de reconocer y mucho menos ganarte la más mínima autoridad, y si no respetas nada ni nadie, por ende estás gritando a los cuatro vientos que no eres una persona digna de que tampoco sea respetada.

Jesus no permite que denigren su autoridad, la defiende, al igual nosotros si no lo hacemos estaremos rebajándola como la de los demás que la niegan. Además la autoridad habla sola con los hechos de cada momento, es por ello que hay que ganársela y a su vez cuidarla, ya que sin ella, a nada se le dará valor.

“¿Está obligado Dios a amarnos?”

“¿Está obligado Dios a amarnos?”

Lucas: 4, 21-30

En aquel tiempo, después de que Jesús leyó en la sinagoga un pasaje del libro de Isaías, dijo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios, y se preguntaban: “¿No es éste el hijo de José?”


Jesús les dijo: “Seguramente me dirán aquel refrán: `Médico, cúrate a ti mismo’ y haz aquí, en tu propia tierra, todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”. Y añadió: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra. Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, que era de Siria”.


Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio de la montaña sobre la que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de allí.

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Existe una relación para con Dios en la que dentro de todas nuestras co dependencias, le asignamos a Dios la tarea comprometida de atendernos de manera obligada por habernos creado, fruto de una inseguridad personal, en la que ante mi inconsciente falta de acción y, buscando como siempre responsables para cargar incluso con nuestras propias culpas a Dios, imaginando que le corresponde hacer todo por su infinito poder.

Esa actitud impera en el mundo de los que aún no atacan a Dios de manera antiteísta, es decir, antes había ateos a los que les daba por igual amar o no a Dios, reconocerlo y seguirlo o no, eran indiferentes, pero ahora se han tornado las voluntades no solamente a negarlo, sino que ahora se ataca a todo lo que hable o haga referencia a Dios o a la Iglesia y a cualquiera de sus integrantes. Antiteísmo como sinónimo de atacar a Dios.

Por ello hay que reconocer y estar enterados, que Dios de antemano no odia y a su vez no está obligado a amarnos ni a hacernos el bien como muchos lo llegaran a entender, de hecho, si nos ama lo hace precisamente por pura iniciativa suya, y sobre todo en total y absoluta libertad.

No está obligado a amarnos, tampoco a concedernos lo que se nos antoje por más altruista que resulte nuestra petición, no negamos que siempre escucha nuestras plegarias, pero obra siempre en base a un plan mayor que el nuestro limitado.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         

Por ello Dios no llega tan sólo a manifestarse ante los personajes oficiales religiosos que se sienten con los derechos, sino con los que tienen una real necesidad y un corazon dispuesto a amarle y seguirle, ya que existe una enorme diferencia entre sentirnos amados y amarlo realmente, una cosa es que nos haga felices, y otra participar de la felicidad. Dios no está obligado, lo hace por su propia iniciativa y a su vez a la par por la tuya.

“En orden es mejor”

“En orden es mejor”

Lucas: 1, 1-4; 4, 14-21

Muchos han tratado de escribir la historia de las cosas que pasaron entre nosotros, tal y como nos las trasmitieron los que las vieron desde el principio y que ayudaron en la predicación. Yo también, ilustre Teófilo, después de haberme informado minuciosamente de todo, desde sus principios, pensé escribírtelo por orden, para que veas la verdad de lo que se te ha enseñado.
(Después de que Jesús fue tentado por el demonio en el desierto), impulsado por el Espíritu, volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas; todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región. Fue también a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.
Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a hablar, diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.

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San Lucas al inicio del su evangelio, explicando a su amigo Teófilo la razón de su fe, nos indica que después de un estudio minucioso y fundamentado decide escribir en una manera ordenada todo aquello que concierne a la tradición oral transmitida fielmente sobre Jesucristo y expuesta en éste evangelio.

Un detalle que no debemos dejar pasar por alto es, que dentro del primer anuncio que se daba para dar a conocer a Jesús, como el Hijo de Dios, se hacía predicando principalmente como centro fundamental, la pasión, muerte y resurrección, expuesto en una donación de amor pleno por cada uno de nosotros, para ser conscientes del mismo y responder con un amor similar al otorgado para redimirnos, eso es llamado el Kerygma.

Kerygma es el primer anuncio lleno de amor y de bondad, posteriormente llegará la catequesis que es la profundización dedicada de cada uno de los misterios de fe aceptados en el primer anuncio que debe suscitar el amor a Dios. El orden de la conversión y la fe requiere que primero se empape la persona del amor de Dios y lo acepte como su Señor, para después seguirlo amando al conocerlo por la catequesis y no al revés.

Por ello a Teófilo le explica ahora quién es Jesús a manera de conocer de su vida y obras, como una catequesis posterior, porque ese primer anuncio ya lo recibió, lo acepta al Señor Jesús en su corazón y lo ama con tal.

Es una pena saber que muchas personas no conocen a Dios en un verdadero orden que transforme a la persona y la haga partícipe del gozo que la fe conlleva. A veces el inicio del amor a Dios lo siembran, en especial las sectas, dentro de una crisis personal en la que se engancha a la persona y se le mantiene en codependencia porque se sienten comprometidos por el suceso, pero la raíz de la fe no debe ser un problema, sino una plena y libre decisión en el amor.

Por ello, tomemos y retomemos un orden en el mismo conocimiento de Dios para amarlo como se le merece y no tan sólo sentimentalmente prendidos del favor que obliga a acercase no abiertamente, sino con temor de obtener un mal mayor y eso no da libertad para obrar en el pleno amor y caridad del Señor.

“He dado potestad…”

“He dado potestad…”

Lucas 10, 17-24

En aquel tiempo, los setenta y dos volvieron muy contentos y dijeron a Jesús: —Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.

El les contestó: —Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.

En aquel momento, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó: —Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre, ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiere revelar.

Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: —¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.

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Una de las cosas que debemos de tener muy en claro, es aquella autoridad, poder, acción y hasta milagros que Dios otorga a través de su amado Hijo Jesucristo y a quién Él mismo se las quiera participar.

No está de más reconocer que toda la acción Divina, hecha a través del Espíritu Santo  que obra en todo y se canaliza por los medios de la gracias, en particular a través de Jesús, que tiene la autoridad para dar esa potestad a aquellos que le aman y desean extender su misión, así como hacerse uno con el Señor ya que es el Hijo predilecto del Padre.

Potestad que no se puede tomar ni obtener por ningún medio si no se nos concede, ya que quien obra en su Santo Nombre, es quien permite manifestar al mismo Jesucristo en su ser como instrumento cualificado de la Gracia de Dios. 

De tal manera que por más milagriento que resulte cualquier cristiano, no debemos olvidar que no lo es ni por su vida, ni por sus propios méritos, sino por la cercanía y capacidad al demostrar que se quiere vivir en Cristo Jesús, es decir, todo su obrar, predicar y pensar, es asistido por la Gracia de Espíritu Santo.

Esto no es de uso exclusivo de los santos, ni de los consagrados, ellos buscan un camino constante de perfección cristiana día a día, pero en realidad nos atañe a todos los que nos decimos hijos de Dios. Cada quien con el grado de responsabilidad al que se desee comprometer, pero al final la potestad es de Dios.

No es algo merecido, no es algo comprado, tampoco algo estudiado, es algo que se da como un regalo pero que hay que disponerse con la plena vida a recibirlo. Nada del otro mundo, sino tan real como el simple hecho de vivir en el bien natural y básico de nuestra conciencia y de la misma ley de Dios.

“Ascensión de Señor”

“Ascensión de Señor”

Marcos 16, 15-20

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos». Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

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Confianza, es el signo más claro que denota esta fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos, ya que Jesucristo puede sin pendiente regresar al Padre una vez eficazmente después de haber concluido su misión. No significa un abandono, es una responsabilidad de la gracia restaurada y depositada sobre aquellos que ha llamado como administradores de los dones divinos en la iglesia y concretamente en los sacramentos.

Son aquellos que fueron preparados de una manera precisa y cercana para transmitir fielmente, primero su amor y luego su Buena Nueva, con la encomienda casi obligada de compartir el don de la fe depositada en ellos, pero no como una imposición, sino como algo que brota naturalmente y que no se puede contener oculto o de manera personal.

Muestra además de que esa promesa de la resurrección de la carne, aquella que proclamamos en nuestro credo, ya es una realidad porque Jesús, que se ha encarnado y tomado la condición humana, ya está presente con un cuerpo glorioso sentado a la derecha del Padre. Mayor garantía no puede haber de la dignidad de nuestro cuerpo y de la próxima vida eterna.

Ascensión que denota y garantiza una presencia aún más eficaz que la estancia física y particular, dónde todo su poder y majestad, empapado de una amor que domina toda la creación, se hace eficaz milagrosamente a todo ser y a todos los tiempos.

Es una alegría saber, que esa etapa de la redención ya es un hecho y lo es por nosotros. Gracias Padre por tan gran privilegio y tan gran don. 

“A escondidas”

“A escondidas”

Juan 7, 1-2.10.25-30

En aquel tiempo, recorría Jesús la Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las tiendas.

Después que sus parientes se marcharon a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas.

Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron: –«¿No es éste el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que éste es el Mesías? Pero éste sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene».

Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: –«A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz; a ése vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado».

Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.

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Si nos ponemos tajantemente a buscar a Dios de una manera física y científica, nos toparemos con múltiples manifestaciones que nos hablan de Él, pero nunca lo descubriremos tal como pensamos que lo encontraremos frente a frente en este mundo.

A veces dudamos en la fe de su presencia y acción, afirmando en ocasiones que es un Dios escondido, que nos abandona, que no está presente, que no está a nuestro lado ni al  pendiente de nuestras necesidades. Bueno, eso creemos porque no salen las cosas según nuestra propia receta y fórmulas casi mágicas.

Sin embargo ya el mismo evangelio remarca la misma prudencia de Jesús, que para poder llegar a buen fin su obra, actúa ocultándose, no por miedo, sino por nosotros mismos, que somos los que debemos de saber reaccionar sin alguna moción sentimental extrema ni con posturas radicales ante lo que le pedimos.

Además el término “Oculto o Escondido” revela su presencia, en otro caso se diría que no está, que no existe, que nos abandonó, que su acción no es eficaz ni real; pero no, en realidad su presencia aunque no visible, está garantizada y es real aunque seamos ciegos, mudos y sordos a su voz, ya que ahí está.

Esos intentos de agarrarlo, denotan aprensión, detención, no dejarlo obrar, meterlo en un esquema distinto y bajo una voluntad personal, a lo cual seria limitarlo, por ello hay que dejarlo obrar, abierta u ocultamente, porque su acción siempre será benéfica y eficaz.

Aunque pareciese en tu vida que no se manifiesta y está oculto, en realidad jamás te ha dejado fuera de su bendita gracia, porque si así fuera, no estarías aquí hoy como estás, que de suyo es una bendición, porque no me imagino cómo estarías realmente sin ella.

“Fiesta de La Cátedra de San Pedro”

“Fiesta de La Cátedra de San Pedro”

Mateo: 16,13-19

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.

Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.

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Hoy se celebra la festividad de la Cátedra de San Pedro, una ocasión solemne que se remonta al cuarto siglo y con la que se rinde homenaje y se celebra el primado y la autoridad de San Pedro.

La palabra “cátedra” significa asiento o trono y es la raíz de la palabra catedral, la iglesia donde un obispo tiene el trono desde el que predica. Sinónimo de cátedra es también “sede” (asiento o sitial): la “sede” es el lugar desde donde un obispo gobierna su diócesis. Por ejemplo, la Santa Sede es la sede del obispo de Roma, el Papa.

Antes de rezar el Ángelus en este día, el Papa Juan Pablo II recordó que “la festividad litúrgica de la Cátedra de San Pedro subraya el singular ministerio que el Señor confió al jefe de los apóstoles, de confirmar y guiar a la Iglesia en la unidad de la fe. En esto consiste el ‘ministerium petrinum’, ese servicio peculiar que el obispo de Roma está llamado a rendir a todo el pueblo cristiano.

Misión indispensable, que no se basa en prerrogativas humanas, sino en Cristo mismo como piedra angular de la comunidad eclesial”. “Recemos -dijo- para que la Iglesia, en la variedad de culturas, lenguas y tradiciones, sea unánime en creer y profesar las verdades de fe y de moral transmitidas por los apóstoles”.

La cátedra es en realidad el trono que Carlos el Calvo regaló al papa Juan VIII y en el que fue coronado emperador el día de Navidad del año 875. Carlos el Calvo era nieto de Carlomagno. Durante muchos años la silla fue utilizada por el papa y sus sucesores durante las ceremonias litúrgicas, hasta que fue incorporada al Altar de la Cátedra de Bernini en 1666.

Tradiciones, leyendas y creencias afirmaron durante muchos años que la silla era doble y que algunas partes se remontaban a los primeros días de la era cristiana e incluso que la utilizó San Pedro en persona. La silla ha sido objeto de numerosos estudios a lo largo de los siglos y la última vez que fue extraída del nicho que ocupa en el altar de Bernini fue durante un período de seis años, entre 1968 y 1974. Los análisis efectuados en aquella ocasión apuntaban a que se trataba de una sola silla cuyas partes mas antiguas eran del siglo VI. Lo que se había tomado por una segunda silla era en realidad una cubierta que servía tanto para proteger el trono como para llevarlo en procesión.

Todos los años en esta fecha, el altar monumental que acoge la Cátedra de San Pedro permanece iluminado todo el día con docenas de velas y se celebran numerosas misas desde la mañana hasta el atardecer, concluyendo con la misa del Capítulo de San Pedro.

Fuente: VIS – Servicio Informativo Vaticano