“Jesús extendió la mano y lo tocó…”

“Jesús extendió la mano y lo tocó…”

Lucas 5, 12-16

Una vez, estando Jesús en un pueblo, se presentó un hombre lleno de lepra; al ver a Jesús cayó rostro a tierra y le suplicó: «Señor, si quieres puedes limpiarme». Y Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». Y enseguida le dejó la lepra. Jesús le recomendó que no lo dijera a nadie, y añadió: «Ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés para que les conste». Se hablaba de él cada vez más, y acudía mucha gente a oírle y a que los curara de sus enfermedades. Pero él solía retirarse a despoblado para orar.

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Cuando a Dios nos referimos, como que hay un común denominador de respeto, pero un respeto un tanto desmedido, porque como puede rayar en el miedo, así cómo lo puede ser en la indiferencia total.

Un claro ejemplo de la cercanía fraternal y llena de caridad la encontramos en la curación del leproso, quien con una humildad total le sugiere en súplica su permiso para obtener la salud, actitud que se ganó la atención y admiración de Jesús, al encontrar en ese medio tan cansado por el dolor causado de la enfermedad tan penosa, una actitud de no exigencia, sino de respeto y reconocimiento de su labor.

Es por ello que remarco con cuánta alegría y disposición “Jesús extendió la mano y lo tocó”, pudo ante el mal aspecto el leproso obrar desde lejos, pero la persona se hizo digna de su atención y la disposición de recibir aquella gracia sin demandarla. Personas que brillan por su personalidad a pesar de su aspecto físico, que ganan afectos y voluntades, aquellas que el proceso mismo de la enfermedad las ha acrisolado y pulido, no con resignación, sino con aceptación real de su situación, brindándoles esa paz necesaria para sobrellevar no tan sólo su situación, sino la reacción de los demás ante su condición.

Son joyas que Dios mismo aprovecha en el camino para dar testimonio de su intercesión y aún más en los que desean recibirla. Actitud que sigue ganando voluntades, por ello lo buscaban con mayor intensidad.

Es por ello que Dios no repara en rechazos ante nadie, a no ser que tu seas quien se retira del alcance de su bendita mano con una actitud de rechazo en medio de tu miedos y cansancios. Hazte digno porque lo eres y lo puedes ser aún más, no importa ni tu aspecto, ni tu pecado, ni tu culpa, importa tu corazón.

“Ten compasión…”

“Ten compasión…”

Lucas: 17, 11-19

En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!”
Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.
Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ése era un samaritano. Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”.

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Varias son las culturas y los tiempos en que la concepción que se tenía de Dios difería de la realidad, ya que la toma de conciencia primeramente de sí mismos ha tardado en demasía, con la novedad de que aún no hemos terminado de definirnos ni de afirmar quien somos porque cada vez cambiamos los propios conceptos. En esa misma escala se encuentra nuestra comprensión de quién es Dios, cómo actúa, y a veces definiéndolo como muy radicalista.

Es un hecho que la misma teología hoy en día, aunque apoyada por el método científico en cuando a la Biblia se refiere, serán interpretaciones de punta, pero dista mucho de ser de avanzada, podríamos afirmar sin dudar que todo el progreso teológico sigue en pañales, y no por arcaico, sino porque nuestra idiosincracia no da para más.

Va evolucionando y eso ya es una ventaja, pero los términos de amor, caridad, compasión, siguen rallando en lo visceral, en lo sentimental, más no en el sentido y la acción profunda que cada uno de ellos desarrolla en su ejecución, porque olvidamos que no terminan en el aquí y el ahora, sino que se proyectan en una trascendencia que deja huella en los nuestros y que llega hasta Dios en la eternidad.

Por ello cuando a Jesús le piden que tenga compasión de ellos, es decir de esos leprosos, habría que ver hasta dónde iba a llegar su obra, el resultado es muy claro, de los diez que recibieron el milagro, nueve no tenían la capacidad de mirar más allá en la obra que Jesús había realizado, para ellos fue tan sólo un curandero, pero no transformó sus vidas, mientras que tan sólo uno, fue capaz para empezar, de regresar a dar tan siquiera las gracias, que es un atisbo dónde inicia la trascendencia y la transformación en la persona de la obra de Dios.

Ese tener compasión, no es para Dios, es para nosotros mismos que debemos de tener dedicación hacia nuestra propia alma y permitirnos aceptar aquella gracias que vienen de Dios, donde el signo primero es la salud física, pero que depende de nosotros hacerlo llegar más allá, trascender y permitirnos en su totalidad ser sanos, ser salvos. 

“Las Circunstancias Sociales”

“Las Circunstancias Sociales”

Lucas 7,11-19

“…En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío.

Cuando estaba cerca de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo:

–No llores.

Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo:
–¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!

El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo:
–Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo…”

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Pareciese o así quisiéramos entender que Dios, su ámbito está sólo dentro de los templos, que no tuviese ninguna injerencia en la vida ordinaria, ni en lo educativo, ni en lo político, ni en la sociedad.

Sin embargo el Evangelio de hoy, por medio de San Lucas, nos revela lo contrario.


Encontramos a un Jesús, que en busca de esa fe perdida que inunda todos los ámbitos de la vida, al ir caminando en la calle, ve todas las circunstancias sociales, políticas, religiosas que rodean el hecho de una muerte de un hijo único e hijo de una viuda.

En su tiempo, rechazados social y religiosamente por ser considerados impuros y “castigados de Dios”. Ante este hecho Jesús por su iniciativa actúa, nadie se lo pidió, está inmerso en ese contexto cultural sanándolo, no sólo al resucitar al muchacho hijo de la viuda, ya que su situación seguirá igual de rechazo, sino sana el ambiente social y acepta lo que injustamente el mundo rechaza. Dándole un nuevo sentido a las situaciones sociales. Ese es el verdadero milagro, y el otro, un instrumento para manifestarlo.

“Carga Ligera”

“Carga Ligera”

Mateo: 11, 28-30

En aquel tiempo, Jesús dijo: “Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera”.

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Dentro de las pesas y medidas internacionales, independientemente de la escala que se esté utilizando, tanto en un sistema como en otro, las cantidades y los volúmenes son los mismos, simplemente con diferente numeración y nomenclatura, pero el peso es el mismo. un kilo equivale a 2.2 libras pero la masa es la misma.

Por lo que cuando se nos pide cargar con cierta cantidad de masa, será la misma para todos, pero con diferente número, y aquí es donde a unos se les hará pesada, a otros lo normal, a otros muy ligera, pero no depende de la cantidad, sino de la fuerza que se tenga para cargarla. Y por supuesto nuestra opinión al respecto variará según hayamos podido o no. 

Es por ello que existen múltiples opiniones sobre un mismo tema, ya que para algunos es muy difícil tomarlo, cuando para otros es lo más común y sencillo del mundo; la cuestión es que en realidad depende de qué tan entrenados y fortalecidos estemos, al igual de quien suele ejercitarse y mantenerse fuerte, ante quien no hace nada por esforzarse y se la vive quejándose de que todo le pesa y duele.

La carga que pone el cansancio y el agobio de la vida, por así decirlo, es la misma para todo ser humano, ya que estamos en el rango de lo factible. La diferencia se notará cuando estemos entrenados a manejarla, que para eso tenemos un buen entrenador y ese es Jesús que nos prepara para ésta vida y la eterna, ya que con Él todo yugo y peso resulta suave porque lo sabrás manejar. 

Por supuesto que al lado del Señor, llenos de sus dones, de sus gracias, de su amor, de su paz, de su estabilidad, todo carga es ligera. Qué pena para aquellos que teniéndolo cerca no aprovechan, y la más mínima carga o prueba les derrota dramáticamente, ya que son intolerantes a la frustración. Mientras no quieran crecer, no les puedes ayudar con su carga, pero no la cargues por ellos, porque no te pertenece, es de ellos, que ya que tu tienes bastante con la tuya.

“Sin juicio, todo compasión”

“Sin juicio, todo compasión”

Juan: 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.
Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?” Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.
Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.
Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”. Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.

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Es ya una innata y connatural tendencia a enjuiciar a Dios, es decir, afirmar que es irascible, intolerante, radical, enojón, todo juicio sin misericordia, y sobre todo un castigador, que además lo plasmamos en la misma legislación de manera tajante. O cuando menos eso reinterpretamos, sobre todo en el Antiguo Testamento de las Sagradas Escrituras porque la cultura así lo asimiló y que no deja de ser una proyección de nuestra propia situación.

Por el contrario, Jesús presenta una plena y única actitud nueva que revela una real misericordia, que llega a transformar nuestras vidas, actitud que evidencía un sano juicio en toda su integridad moral y religiosa. Donde ya las manchas de intervención humana quedan extirpadas para expresar la plena y justa actitud de compasión, en donde el juicio sale sobrando porque se está manifestando algo más grande, y ese es el perdón, que implica alentar al mismo pecador para que no quede preso de las consecuencias cíclicas de su propio pecado.

Por ello Jesús no se une a la multitud en dichas condiciones de euforia desembocada en donde ante un acto de pecado explícito y evidenciado, descargan toda su frustración, y a su vez remarcando la falta del pecador o pecadora, para desviar la atención de las miradas de los demás hacia mis propias faltas.

Para ello, de igual manera debemos de tener la conciencia y la verdad de disponernos y confiar sin dudar en el ser realmente perdonados, ya que a veces nosotros somos los que nos sentimos indignos del perdón engrandeciendo mayormente la falta sin necesidad. 

Es por ello que Jesús no se pone a juzgar en público, para no alimentar los odios retorcidos de los demás, sino que es todo perdón, todo compasión, encausando toda vida a un estado de salud total, alcanzando a ver un horizonte más amplio que incluso el de la ley limitados.

“Sintió compasión de ellos…”

“Sintió compasión de ellos…”

Mc 6,30-34

En aquel tiempo, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Él, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco». Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

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Por fuera podemos parecer perfectos y completos, por dentro no sabemos, es un misterio inclusive para nosotros mismos. Nuestra mente está impuesta a estar distraída, es un patrón pedagógico que traemos bien implantado desde que somos pequeños; hay que distraer el pequeño para que no moleste, esquema que seguimos haciendo hasta hoy, seguimos buscando distraernos y olvidarnos de nosotros mismos y nuestras situaciones muy personales.

Es muy justo y bueno el trabajo, ya sea que se conceptúe como un peso u obligación, o como una labor ocupacional que nos agrada y remunera, a veces lo podemos usar como pretexto para evadir a la familia, las amistades, los compromisos e inclusive a nosotros mismos, claro siguiendo el esquema de la distracción.

Esa dinámica evasiva funciona pero un rato, lo malo es que cuando hay que salirnos del esquema, ya sea por problemas o enfermedades entre otros factores, no sabemos que hacer, nos encontramos vacíos e incapaces de dar soluciones, además de tener pavor de mirarnos a nosotros mismos e interiorizar.

Por ello como remarca Jesús en el Evangelio «Vengan también ustedes aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco», es necesario descansar, recuperarnos, pero también dedicarnos tiempo para auto conocernos internamente, reflexionar, ubicar y tomar las circunstancias negativas tal cual son y apoyarnos de las circunstancias positivas para solucionarlos.

Pero en ese esquema de distracción, buscamos más distracción, evasión que no resuelve nada, entonces cuando estamos agobiados por nuestras propias limitaciones buscamos desesperadamente a Dios que lo solucione, exactamente como ovejas sin pastor. No se te pide que todo el tiempo libre lo uses para la autoevaluación, bastan cinco minutos al final de cada día para mejorar el siguiente. Nosotros lo llamamos examen de conciencia, muy saludable para ti, hasta se benefician los que te circundan.

No esperes que te pongan cara de compasión, se tú mismo quien lleve las riendas de tu propia vida, si no puedes déjate ayudar y permite que sólo el Señor te juzgue, porque es compasivo y misericordioso, con su apoyo generoso es más fácil seguir adelante.

“La efectividad de la compasión ajena”

“La efectividad de la compasión ajena”

Lucas: 10, 25-37

En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?”

Jesús le dijo: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?” El doctor de la ley contestó: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “Has contestado bien; si haces eso, vivirás”.

El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús le dijo: “Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’.

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo”.

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Ya en su momento el Señor Jesús había afirmado que “nadie es profeta en su tierra”, (Lucas 4,24), eso hablando directamente en el plano de la fe; pero resulta muy interesante que la actitud en general de la vida, sobre todo ante aquellos que tenemos cerca, bajo la misma actitud dejamos de ver sus necesidades y les merecemos mucha menor atención.

Hacer algo extraordinario por los nuestros resulta un tanto difícil, inclusive dentro de la misma familia, aún conociendo sus limitaciones y debilidades, de quienes menos aceptamos una corrección es de los nuestros.

Es un fenómeno una tanto raro, pero tendemos a hacer mayor caso a quienes nos dicen las cosas importantes y no están vinculados afectivamente con nosotros. Resulta que se nos facilita mostrar mayor compasión con aquellos que no estamos relación directa y en conocimiento personal, que con los nuestros.

Claro que en caso de necesidad somos los primeros que atendemos a los nuestros, pero se da ese no se qué, donde no podemos sacar los sentimientos nobles, en cambio cuando es un extraño, la ayuda se da como en el caso del Buen Samaritano, que es el que se anima a hacer la caridad sin solicitarse mayores trabas y complicaciones culturales.

Es por ello que con las personas ajenas nos sale la compasión muy natural, y de suyo es una bendición, pero a los nuestros les exigimos más y no nos hacen caso. Sin embargo trabajemos en oración para no perderla y ejecutarla no importa la persona que la necesite, aún si son de los nuestros.

“Compasión en todo momento…”

“Compasión en todo momento…”

Lucas: 15, 1-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola: “¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido’. Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos, que no necesitan convertirse.

¿Y qué mujer hay, que si tiene diez monedas de plata y pierde una, no enciende luego una lámpara y barre la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido’. Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte”.

También les dijo esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a pasar necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.

Se puso entonces a reflexionar y se dijo: `¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.

Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’. Pero el padre les dijo a sus criados: `¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo, y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: ‘Tu hermano ha regresado, y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.

Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.

El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ “.

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Una de las propias características de Dios es la fidelidad, ya que Dios cumple siempre a su tiempo todas las promesas, sobre todo las que implican un compromiso con aquellos que ama.

Dentro de las alianzas que ha hecho con el ser humano, todas han incluido de base el acompañamiento y la pertenencia, ya que hemos prometido que Él será nuestro único Dios, a la vez que nosotros seremos su pueblo, en mutuo reconocimiento y amor.

Pero a través de la historia las palabras dicen una cosa y los hechos otra, sobre todo en la parte de la alianza que le corresponde al ser humano. Alejamientos, descuidos, abandonos, negaciones, ofensas, que desdicen nuestro compromiso incurriendo en infidelidad a Dios y a su alianza.

Por el contrario encontramos que a pesar de transgredir esos pactos honoríficos y sagrados, Dios no se retracta ni se desdice en contraposición, no reacciona al igual que nosotros, ya que Él siempre guarda y cumple de manera permanente su fidelidad al pacto acordado.

Es por ello que en base a su fidelidad, procura seguirnos incitando a mantenernos en su alianza y en su amor, por lo que no deja de tener compasión al saber nuestras propias limitaciones que cada vez se recrudecen, porque así lo permitimos, pero que nos sigue llamando y sobre todo perdonando.

El ejemplo es claro con la parábola del Hijo Pródigo, aunque varias sean las circunstancias para rescindir el pacto por incumplimiento, Dios siempre lo hace valido, no para recriminar, sino para restaurarlo y ayudarnos a mantenerlo vigente, porque no caduca a pesar de no cumplirlo.

La compasión es lo que nos mantiene siempre en su amor, sabiendo Dios esperar a que nuestra crisis gestacional pase y reconozcamos que la mejor manera de vivir esta vida y  la otra es corresponder a esa alianza de amor.

“Sin juicio, todo compasión”

“Sin juicio, todo compasión”

Juan: 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.
Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?” Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.
Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.
Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”. Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.

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Es ya una innata y connatural tendencia a enjuiciar a Dios, es decir, afirmar que es irascible, intolerante, radical, enojón, todo juicio sin misericordia, y sobre todo un castigador, que además lo plasmamos en la misma legislación de manera tajante. O cuando menos eso reinterpretamos, sobre todo en el Antiguo Testamento de las Sagradas Escrituras porque la cultura así lo asimiló y que no deja de ser una proyección de nuestra propia situación.

Por el contrario, Jesús presenta una plena y única actitud nueva que revela una real misericordia, que llega a transformar nuestras vidas, actitud que evidencía un sano juicio en toda su integridad moral y religiosa. Donde ya las manchas de intervención humana quedan extirpadas para expresar la plena y justa actitud de compasión, en donde el juicio sale sobrando porque se está manifestando algo más grande, y ese es el perdón, que implica alentar al mismo pecador para que no quede preso de las consecuencias cíclicas de su propio pecado.

Por ello Jesús no se une a la multitud en dichas condiciones de euforia desembocada en donde ante un acto de pecado explícito y evidenciado, descargan toda su frustración, y a su vez remarcando la falta del pecador o pecadora, para desviar la atención de las miradas de los demás hacia mis propias faltas.

Para ello, de igual manera debemos de tener la conciencia y la verdad de disponernos y confiar sin dudar en el ser realmente perdonados, ya que a veces nosotros somos los que nos sentimos indignos del perdón engrandeciendo mayormente la falta sin necesidad.

Es por ello que Jesús no se pone a juzgar en público, para no alimentar los odios retorcidos de los demás, sino que es todo perdón, todo compasión, encausando toda vida a un estado de salud total, alcanzando a ver un horizonte más amplio que incluso el de la ley limitados.