“Y el ganador es…”

Lucas 12, 35-38

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá. Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos”.

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Qué pena debería darnos estar buscando reconocimientos, que pertenecen al área de los deberes ordinarios, y hasta queremos que nos festejen lo más mínimo, porque tenemos un déficit de atención, que tiene sus raíces desde la infancia, donde pedías atención de tus padres y no la obtenías.

Situación superable, pero al contrario, si te mal impusieron a festejarte todas tus simplezas y ahora repites el esquema.

Hoy el Señor es muy claro, lo más sano, es ser conscientes de la lista de deberes naturales adquiridos en base a nuestras responsabilidades ordinarias que debemos hacer sin chistar, porque tenemos la capacidad para ello.

El cumplir con lo ordinario no es nada extraordinario, ni requiere el mérito, (vgr. Trabajar, hacer el aseo, estudiar, ejercicio, etc…) pero dichosos los que ya cumplen plenamente lo ordinario, porque ya están capacitados para lo extraordinario, y hacer después de ello algo más, es entonces donde entramos en el rango de la gracia, la caridad y la generosidad.

Pero si no puedes con lo ordinario, te dejo este reconocimiento en blanco para que lo imprimas y lo llenes con lo que te quieres alabar.

Buen día.

“Les será quitado…”

Mateo 21, 33-43


En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: “Había una vez un propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego lo alquiló a unos viñadores y se fue de viaje. 

Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro y a otro más lo apedrearon. Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo. 

Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: ‘A mi hijo lo respetarán’. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: ‘Este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia’. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron. 

Ahora, díganme: cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?” Ellos le respondieron: “Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo”. 

Entonces Jesús les dijo: “¿No han leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable? 

Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

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Las promesas de Dios siempre llegan a buen fin, y las que parecieran juicios temerarios sobre ciertas circunstancias de vida  no aptas para el discernimiento y desarrollo espiritual no son amenazas, ya que encontramos muchas afirmaciones que remarcan la negativa de perder la gracia de Dios.

La cuestión radica no en que Dios mismo sea malo y castigador, eso ni en lo más mínimo se puede concebir, sino que por el contrario, cuando no conocemos, ni nos acercamos a Dios, tenemos una conciencia errónea sobre su ser y sobre sus designios, porque creemos que Dios es muy pero muy bueno, y lo es, pero nos atenemos creyendo que al ser nosotros el principal objeto de su amor, en automático y por su infinita bondad nos salvará indudablemente pasando por alto su justicia.

Eso en ese esquema no es posible, ya que nos pide un mínimo como corresponsables de la misma creación y de nuestras propias vidas y, ahí no depende de la bondad de Dios, sino de la nuestra para con nosotros mismos, si es que deseamos y queremos ser salvos.

Por ello no nos asuste el hecho de que si desatendemos nuestra propia vida íntegramente, es decir, sin hacer a un lado el aspecto espiritual, será un hecho que daremos por perdido eso que nunca en realidad deseamos, por lo que sin lugar a dudas nos será quitado, pero si por el contrario lo cuidas y cultivas constantemente se te dará aún más con creces.

“Enviados con una finalidad”

Lucas: 10, 1-12. 17-20

En aquel tiempo, Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa’. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes se cumplirá; si no, no se cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’.

Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca’. Yo les digo que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad”. Los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”. Él les contestó: “Vi a Satanás caer del cielo como el rayo. A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les someten. Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo”.

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El llamado, preparación, testimonio y seguimiento de Jesús, no son para ver si algo tomamos como una opción, porque no lo es. A todos aquellos que invitó a estar cerca de Él, precisamente los prepara para hacer extensiva su misión de preparar a toda la humanidad para implementar el Reino de Dios sobre nuestras vidas, no importa la circunstancia que vivamos.

No los envía para ver que hacen, que encuentran, que pueden aprender, o a que decidan por su propia voluntad para dar solución a problemas de los que pudiesen enterarse de ellos, porque de otra manera empaparán la solución con sus propias limitaciones, sino que van con la finalidad de llevar el anuncio de la Buena Nueva y a Jesús mismo.

Situación que hasta el momento no ha cambiado, por lo que a su vez nos invita a no perder el rumbo, porque el mensaje es claro: la gracia está por ser restaurada y la muerte pierde fuerza, el mal está condenado y el Espíritu Santo nos llenará de sus dones a quienes deseen recibirlo. 

Es por ello que cuando en el camino nos encontramos con ambientes que nos distraen o invitan incluso a claudicar, por muy agradable que sea lo que nos ofrecen, el mismo Jesús nos invita a rechazarlo, no a las personas, sí al mal y al pecado, de tal manera que ni el polvo se nos pegue a los pies, para no llevarnos fragmentos que remarquen estar sucios y nos quiten la paz.

El resultado es tal que hasta se alegran de que los mismos demonios se les sometan en el nombre de Jesús, pero si somos nosotros los que nos predicamos, entonces el mismo demonio utilizará tu debilidad y carencias para que el mal siga y no sea extirpado. La finalidad es clara, y cuando ésta no se cumple, el envío fracasa y Jesús, su salvación y gracia no llega a los demás.

“La compañía”

Lucas 8, 1-3

En aquel tiempo, Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando la Buena Noticia del Reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes.

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Nuestro sistema social está organizado de tal manera para que nunca estemos en soledad, somos seres relacionales, competitivos y productivos, todo para un mismo fin, el mutuamente ayudarnos con los servicios y dones puestos en pro de uno mismo y de los demás.

Desde que nacemos estamos al lado de alguien mas, iniciando con la familia y luego con los que nos vamos desarrollando y conociendo en el camino; de tal manera que vamos creando un entorno a nuestro alrededor delimitado por la propia cultura personal recibida, como los gustos particulares de cada quien, que se manifiestan con quienes convivimos por el perfil que buscamos.

Aquí hay que resaltar que la compañía que aceptemos a nuestro lado, tiene que ser lo más sana posible, ya sea para que te ayude a crecer o le ayudes en su caso. Jesús tenía varias personas que lo seguían, entre ellos varias mujeres, que al reconocer que las había sanado de sus enfermedades y demonios, no dudan en estar cerca de Él.

Sanación que libera de odios, depresiones, envidias, criticas, malos pasos, cosas que menguan la salud física y la degradan, iniciando con la psique, continuando con la somatización corporal y hasta terminando en la posesión. Pues Jesús a quien le acompaña lo libera de todo eso porque quieren estar con Él y ser salvos tanto en lo mental, físico y espiritual.

La compañía debe ser una verdadera relación de amistad, amor y respeto, porque cuando no se dan estos elementos, entonces no es amistad, sino complicidad, ya que en la relación se comparte mutuamente la responsabilidad del otro. Y si son para hacer el mal y auto hundirse, no vale la pena. 

Permite que Jesús entre en tu compañía y verás hasta dónde puedes llegar y sobre todo, la tranquilidad y paz que vas a sentir, porque si nada de eso tienes, entonces hay que ver de qué o quién te acompañas. Dime con quién andas, y te diré…….

“No soy digno…”

Lucas 7, 1-10

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar a la gente, entró en Cafarnaúm. Había allí un oficial romano, que tenía enfermo y a punto de morir a un criado muy querido. 

Cuando le dijeron que Jesús estaba en la ciudad, le envió a algunos de los ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su criado. Ellos, al acercarse a Jesús, le rogaban encarecidamente, diciendo: “Merece que le concedas ese favor, pues quiere a nuestro pueblo y hasta nos ha construido una sinagoga”. Jesús se puso en marcha con ellos. 

Cuando ya estaba cerca de la casa, el oficial romano envió unos amigos a decirle: “Señor, no te molestes, porque yo no soy digno de que tú entres en mi casa; por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente a verte. Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano. Porque yo, aunque soy un subalterno, tengo soldados bajo mis órdenes y le digo a uno: ‘¡Ve!’, y va; a otro: ‘¡Ven!’, y viene; y a mi criado: ‘¡Haz esto!’, y lo hace”.

Al oír esto, Jesús quedó lleno de admiración, y volviéndose hacia la gente que lo seguía, dijo: “Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande”. Los enviados regresaron a la casa y encontraron al criado perfectamente sano. 

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Somos muchos los que a veces creemos, que somos tan perfectos, que no necesitamos nada de los demás, y claro, tampoco de Dios, pero también somos otros tantos los que nos sentimos no merecedores de su gracia, nos sentimos impuros, indignos de estar cerca de el y por consiguiente alejados temerosamente de Él.

Otras tantas veces lo imaginamos tan lejos, con una santidad inalcanzable y una pureza tal que tememos contaminarla, en resumidas cuentas, todo lo que huela a Dios creemos que somos indignos, lo malo es que hacemos que los demás lo vean así hiper-inalcanzable.

Nos sentimos no merecedores de las gracias divinas, pero mayormente las exigimos a los que intentan acercarse a Él, no somos capaces de entrar, pero tampoco se lo permitimos a los demás.

Si hablamos en términos de santidad y de estar cerca de Dios, sobre todo en la eucaristía, claro que nadie seríamos dignos, inclusive ni los sacerdotes.

Pero en su infinita gracia y misericordia, demostrando su ternura y cercanía, Él mismo nos ha hecho dignos, no por nuestros méritos, sino por su amor hacia ti.

Y nos invita a no desaprovechar esa oportunidad que procede de su gratuidad, nunca rechazando a nadie, sino incluyendo a todos, a tal grado y con tal confianza que nos dice que no importa de donde vengan, si de Oriente o de Occidente, todos tienen lugar en su mesa, para participar de Él y con Él. Con igual dignidad que Abraham, Isaac y Jacob.

No tienes por que denigrar tu dignidad de Hijo, cuando tienes esa calidad de Padre. Tu ya eres digno, sólo reconócelo y hazlo valer.

“Hasta los extraños son invitados”

Mateo: 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”. Él les contestó: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

Ella se acercó entonces a Jesús y, postrada ante él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!” Él le respondió: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”.

Pero ella replicó: “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces Jesús le respondió: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

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Podría resultar un poco incómodo tratar a extraños de los que no sabemos nada al respecto, como que preferimos desarrollarnos entre aquellos que nos son familiares para sentir seguridad y la confianza de gente ya conocida.

Cuando vamos a una fiesta, esperamos ver rostros con los que estamos familiarizados, y cuando no es así, no digo que sea imposible, pero la estancia no resulta igual.

En el plano de la religiosidad, entablamos relaciones con aquellos que conocemos en el ámbito de la fe, aunque no es garantía de que se haga una amistad confiable, ya es un principio de una relación con algo en común que es la fe.

Para Dios nadie es extraño, y aunque muchos no le conocen, Dios si les conoce y espera que lo identifiquen y le amen con un amor que ya les es profesado desde la eternidad, falta que nosotros nos convenzamos que todos son llamados a la conversión y a retornar a la casa del Padre.

Pareciese que nuestro juicio dicta que todos los malvados y alejados de Dios, aquellos que además se dedican a hacer el mal, serán excluidos del derecho a Dios y con ganancias en la condenación eterna porque se lo merecen según sus obras, pero no, Dios es un Dios que sabe esperar y hacer coincidir todas las circunstancias para que tengan la oportunidad de redimirse, el último que pierde la esperanza es Dios, y digo que la pierde cuando la persona decide condenarse y lo hace, ya que Dios respeta su decisión tomada libremente.

Pero no olvides que todos, inclusive hasta los extraños son invitados, cuanto más nosotros que estamos con el lugar puesto en el banquete para aprovecharlo.

“Saber ver al Señor”

Saber ver al Señor”

Mateo: 14, 22-33

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.

Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

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Las sagradas escrituras son muy claras ya que su contenido no es otro sino el de dar a conocer a Dios que se nos revela a través de su palabra y los escritores sagrados, a quienes por medio de su Santo Espíritu inspiró para que lo manifestaran tal cual es.

Por otro lado, hay quien cree que solamente por la fe pura y la confianza total Dios se le revelará, sin olvidar que una fe ciega, se convierte en fanatismo que desvirtúa totalmente la imagen de Dios y lo vuelve populachero. 

Cuántas veces el interés de internarnos más en su presencia lo hacemos en base a eventos y circunstancias en las que no está presente el Señor, o esperamos que suceda alguna tragedia que nos mueva el piso y entonces necesitemos entender qué está pasando, cuando la atención es en base a una moción de dolor o negativa que nos es la puerta principal de acercamiento a Él, ya que irá impregnada de necesidades y no de búsqueda de amor y verdad.

No hay como conocerlo directamente en el trato, en la oración, en el estudio sistemático de la religión y las ciencias sagradas que se fundamentan en los mismos libros sagrados, que a su vez nos profundiza en su gracia y en su caridad, a tal grado de impregnar, sanar e identificar aquello que pudiese trastornar nuestra vida a tiempo y saberlo ver donde está para no ser engañados por las imágenes de falsos dioses que se presentan por doquier.

“A cuantos lo tocaron…”

“A cuantos lo tocaron…”

Mateo: 14, 22-36

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba Él solo allí.

Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

Terminada la travesía, llegaron a Genesaret. Apenas lo reconocieron los habitantes de aquel lugar, pregonaron la noticia por toda la región y le trajeron a todos los enfermos. Le pedían que los dejara tocar siquiera el borde de su manto; y cuantos lo tocaron, quedaron curados.

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Hay que tener muy en cuenta que la presencia del Señor, aunque siempre esté entre nosotros, existen momentos en donde no sabemos ubicarlo, lo dejamos de sentir, creemos que no nos escucha y que nos ha abandonado.

Sin embargo nada de eso es cierto, ya que tan sólo es nuestro sentir que ha sido saturado por otras circunstancias que roban la tranquilidad y la paz, donde mientras les demos importancia, serán las que prevalecerán dominantemente.

No olvidemos que cuando Jesús envía por delante a alguna misión, es porque sabe que todo estará bien a pesar de las circunstancias que en el camino se nos presenten, tenemos la garantía de llegar a la meta, aunque si perdemos en el ínter la paz, podemos de igual manera quedar varados y no avanzar.

Es por ello que cuando nos acercamos a Él y tenemos la valentía de tocarle, al saber que anhelamos su compañía, desborda sus gracias sobre nosotros dándonos la salud integral, la física y sobre todo aquella que no reconocemos que es la del alma y la mente sana. Eso nomás a cuantos lo tocaron.

“¿Cuánto vale?”

“¿Cuánto vale?”

Mateo (13, 44-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.

El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra”.

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Por lo general nos han convencido que todo en la vida material tiene un precio, todo está evaluado en la moneda oficial de cada lugar, cuando le queremos dar más importancia usamos el equivalente a una moneda extranjera.

Pero si deseamos tasar el Reino, ¿cuánto valdría?. Por lo general los judas solo remarcan los vienes terrenales con los que cuenta la Iglesia, como si ese fuera su valor, lo malo es que se lo creen y hasta juzgan con esos parámetros. 

La situación es algo más importante, porque en la iglesia no se trabaja por esos bienes materiales, le son útiles para el trabajo encomendado y su organización a través de los siglos, pero su verdadero valor no radica ahí.

El móvil principal de la Iglesia, es hacer presente el Reino de los Cielos aquí en la tierra, donde los valores son aquellos que te puedes llevar a la eternidad y no aquellos que se siguen quedando mundanamente en la tasa valuable y variable que el mundo indica.

En el Reino, su valor es reconocido solamente cuando se le encuentra, como en las parábolas, y no es monetario sino en gracia, en santidad, en todo lo que te lleva a una felicidad plena y abundante, por ello remarca la alegría y no solo la cantidad así como la necesidad de obtenerlo a cualquier coste.

Ese valor no tiene precio, pero se puede obtener y sin dinero.

“Cuando la oportunidad converge”

Cuando la oportunidad converge”

Mateo: 12, 1-8

Un sábado, atravesaba Jesús por los sembrados. Los discípulos, que iban con Él, tenían hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerse los granos.

Cuando los fariseos los vieron, le dijeron a Jesús: “Tus discípulos están haciendo algo que no está permitido hacer en sábado”.

Él les contestó: “¿No han leído ustedes lo que hizo David una vez que sintieron hambre él y sus compañeros? ¿No recuerdan cómo entraron en la casa de Dios y comieron los panes consagrados, de los cuales ni él ni sus compañeros podían comer, sino tan sólo los sacerdotes? ¿Tampoco han leído en la ley que los sacerdotes violan el sábado porque ofician en el templo y no por eso cometen pecado? Pues yo digo que aquí hay alguien más grande que el templo.

Si ustedes comprendieran el sentido de las palabras: Misericordia quiero y no sacrificios, no condenarían a quienes no tienen ninguna culpa. Por lo demás, el Hijo del hombre también es dueño del sábado”.

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Resulta muy cómodo que nos organicen la vida y siempre nos digan lo que tenemos qué vestir, qué comer, qué calzar, qué decir, con quién andar y hasta qué pensar, entre otras codependencias, aunque lo mismo para otros resulta en una esclavitud, ya que la norma está establecida para seguirla el pie de la letra.

Y es que cuando se dan leyes y normas a seguir, es porque se da una línea común por la que se pide al menos que las persona converjan en un camino y comportamiento uniforme, en el que a veces es necesario, pero en otras incomoda y abusa.

Lo que pasa en realidad, la norma no deja de ser una ayuda para tomar decisiones, pero cuando en el momento se supera la ley por una actitud mejor y con mejores consecuencias, no hay por que limitarnos a lo que ésta nos pide.

Es aquí cuando las oportunidades de hacer un bien mayor convergen, imperando hacer de los múltiples bienes el mejor. Pero siempre hay quiénes quedan estancados en la norma y no pueden ver algo mayor, ya que no tan fácil lo asimilan, ante mentes  formadas tan cuadradas y llenas de prejuicios que tienen una medida corta.

Cuando el bien supera la ley, es lícito, cuando lo rebaja la ley es la norma, y es que pocos lo entienden, sobre todo aquellos que no solo ven la ley como el todo ó, en su defecto la transgreden sin importar la consecuencia; pero aquellos que han ejercido además la caridad combinada con la justicia, el bien con o sin la ley es absoluto.