“Alimento selectivo”

“Alimento selectivo”

Juan 6, 52-59

En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: –«¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Entonces Jesús les dijo: –«Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí.

Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

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Obligadamente tenemos un gusto gastronómico muy peculiar, el cual ha sido forjado a través del tiempo con el sazón propio del medio, las personas y el ambiente en que te desarrollaste, por consiguiente tu paladar y gusto, reconocerá como la más perfecta aquella comida que te hacía Mamá y que te revoca a los momentos felices en curso, así sea una sopa casera o un pan con leche, y aunque las recetas sean las mismas, los condimentos semejantes, no habrá mejor que la que yo conozco, o mas bien la que me enseñe a comer aunque no fuera perfecta.

Ya con el pasar del tiempo, nuestro gusto se refina y amplía, más sin embargo no deja de ser selectivo. Jesús nos da un nuevo menú, claro, parecería grotesco y algo hasta canibal, digo, si es que se toma textualmente la frase, de “comer su carne y beber su sangre”, nada que ver con el gusto gastronómico, pero sí con el alimentarse.

Y es que Jesús no repara en darnos lo que providencialmente necesitamos para tener vigor y fuerzas, sino que también nos brinda lo que nos da fortaleza y paz, además de los demás dones que se desprenden de éstos y los regalados por medio del Espíritu Santo, al cual le estamos permitiendo reforzar los dones propios que puede poseer nuestra espiritualidad.

Para ello es necesario alimentarnos además del Pan de Vida, que realmente sacia todas las hambres y en caso de tenerlas, a saberlas manejar y sobrellevarlas.

Podríamos pensar que con un Padre Nuestro basta o una oración matinal, o un persignado antes de dormir, cosas buenas y muy bien intencionadas, pero nada que ver con el comulgar en la Eucaristía ya sea de cada día o la dominical. 

Si somos selectivos inclusive en lo espiritual, recuerda que no es lo mismo comer bocadillos que un plato fuerte, y también recuerda que tú eres lo que comes. porque se nota. Aliméntate sanamente, en tu vida y en tu espíritu.

“Complementos”

“Complementos”

Juan 3, 7-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: –«Te lo aseguro, tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.

Nicodemo le preguntó: –¿Cómo puede suceder eso?

Le contestó Jesús: –«Y tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo? Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna».

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A primera instancia, creemos que el centro del universo lo somos nosotros, es decir, crees que lo eres tú, porque desde el momento en que nacemos, no hacemos otra cosa sino pedir atención y ser saciados en todos los aspectos de la vida. Necesidades que son conatos a nuestro ser, pero que en su momento pareciese que quedan permanentemente en nuestra vida, demandando constantemente todo a todos.

Aquí es donde Jesús resucitado nos brinda la oportunidad muy certera de crecer y no depender tan sólo de lo que humanamente se nos ha regalado, es por ello necesario nacer de nuevo, optar por una vida no tan sólo centrada en mí mismo, sino que hay que salir de nuestro ego y elevar la mirada para ver claramente de dónde venimos y a dónde vamos, así como los que están a nuestro alrededor.

Ya que centrados en nuestro ego, es imposible detectar de dónde viene el viento y a dónde va, porque no es relevante ni importante para mi, hay que nacer a esa vida más plena dónde la riqueza de los dones y capacidades de los demás nos complementan exitosamente; dónde descubrimos que existe algo más que yo y aún así más importante, sin degradar nuestra propia apreciación y autoestima.

Son esos complementos que además de los evidentemente reconocidos en esta tierra, nos ayudan y esclarecen los que vienen del cielo, y aquí es donde el complemento se plenifica, ya que no tan sólo dependemos del aquí y el ahora, sino que nuestra vida y espíritu se abre a donde pertenece, a lo eterno.

Cristo es el mejor y mayor complemento, ya que sin Él, tan sólo eres tú y tu efímera fama de quince minutos.

“…Va creciendo, sin que él sepa cómo”

“…Va creciendo, sin que él sepa cómo”

Marcos 4, 26-34

En aquel tiempo, decía Jesús a las turbas: —El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. El duerme de noche, y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega. Dijo también: —¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después, brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas. Con muchas parábolas parecidas les exponía la Palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

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Una de las explicaciones del Reino que hace Jesús en éstos ejemplos es la de la semilla, que refleja claramente cómo Dios es el autor mismo de todo, porque a veces nos sentimos muy confiados de que las cosas van a salir bien, pensando que en todo dependen de nosotros, y olvidando que somos colaboradores de Dios y Dios de nosotros.

A veces deseamos que todas nuestras encomiendas, labores y circunstancias, se den en el fin que deseamos muy particularmente, pero olvidamos que la gracia y el poder de Dios es quien todo lo lleva a buen fin.

Una cosa es ser partícipe de la responsabilidad, y otra cosa es ser al autor mismo, lo malo es cuando nosotros nos ponemos el título de autores, cuando en realidad sólo somos colaboradores, porque la semilla no da fruto tan sólo si le pones agua, o cuidados, tú no la haces crecer, ni la haces a voluntad dar frutos, es muy cierto que ayudaste, aquí es donde radica la grandeza de tu valiosa participación, pero no es obra tuya, es en común colaboración con el Creador.

Igual la obra de Dios en tu vida espiritual no depende tan sólo de tu elección de amarlo a voluntad, es fruto de respuesta del mismo amor de Dios, y tu santidad es partícipe de su santidad, es tu dedicación y esfuerzo, aunado a la misma gracia de Dios, que Él, sin que tu sepas hace lo suyo en ti. 

Basta con reconocer tu parte y a su vez la parte del Señor, porque hasta sin ti el Señor hace crecer sus frutos, cuan mejor ser darán si tu te dispones a ayudar, serás colaborador y a su vez digno receptor de sus dones.

“Empezó a divulgar el hecho”

“Empezó a divulgar el hecho”

Marcos 1, 40-45

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. El lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés». Pero cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

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Las grades obras y maravillas que Dios hace en nuestras vidas, claro que brindan tal cantidad de alegría y gozo que no pueden contenerse, pero si nuestra mente no mide las consecuencias de aquello, lo que para nosotros fue un bien, para otros puede ser una tragedia, si una tragedia ocasionada por nuestra misma euforia.

El caso es muy claro, que por lástima y compasión ante esta persona, cansada, cargando el peso del desprecio de su enfermedad, ante su sanción, se desborda de alegría, pero la alegría no siempre es bien recibida en todos los corazones, porque no sabemos como la vayan a recibir. En algunos fomentará el gozo, en otros la admiración, en otros la motivación por las obras de Dios, pero en otros tantos que no entienden ese don, buscaran sus propias interpretaciones personales sin descubrir la realidad de un fin sublime ni divino, sino simplemente material, y para no dejarlos atrás, también aquellos en los que genera envidias.

Por ello, ante la diversa reacción de la gente, ya no pudo llevar su plan iniciando con su Palabra que es alimento y que también sana, empezando con los corazones y culminando con la salud física.

Es decir le rompieron el esquema, como quien deshace totalmente tu plan personal para alguna actividad. La diferencia la hace Jesús, porque se reinventó en un nuevo proyecto y prosigue con misión, aunque fuera de los poblados, pero aún así exitosamente.

Es por ello que hay que tener cuidado incluso con nuestras alegrías, porque no sabemos en donde llegarán a parar y con quiénes, ademas de saber que si te rompen tu esquema, al igual que Jesús puedes reinventar uno mejor y exitoso. Al final de cuentas, todo es para  la gloria de Dios.

“Jesús extendió la mano y lo tocó…”

“Jesús extendió la mano y lo tocó…”

Lucas 5, 12-16

Una vez, estando Jesús en un pueblo, se presentó un hombre lleno de lepra; al ver a Jesús cayó rostro a tierra y le suplicó: «Señor, si quieres puedes limpiarme». Y Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». Y enseguida le dejó la lepra. Jesús le recomendó que no lo dijera a nadie, y añadió: «Ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés para que les conste». Se hablaba de él cada vez más, y acudía mucha gente a oírle y a que los curara de sus enfermedades. Pero él solía retirarse a despoblado para orar.

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Cuando a Dios nos referimos, como que hay un común denominador de respeto, pero un respeto un tanto desmedido, porque como puede rayar en el miedo, así cómo lo puede ser en la indiferencia total.

Un claro ejemplo de la cercanía fraternal y llena de caridad la encontramos en la curación del leproso, quien con una humildad total le sugiere en súplica su permiso para obtener la salud, actitud que se ganó la atención y admiración de Jesús, al encontrar en ese medio tan cansado por el dolor causado de la enfermedad tan penosa, una actitud de no exigencia, sino de respeto y reconocimiento de su labor.

Es por ello que remarco con cuánta alegría y disposición “Jesús extendió la mano y lo tocó”, pudo ante el mal aspecto el leproso obrar desde lejos, pero la persona se hizo digna de su atención y la disposición de recibir aquella gracia sin demandarla. Personas que brillan por su personalidad a pesar de su aspecto físico, que ganan afectos y voluntades, aquellas que el proceso mismo de la enfermedad las ha acrisolado y pulido, no con resignación, sino con aceptación real de su situación, brindándoles esa paz necesaria para sobrellevar no tan sólo su situación, sino la reacción de los demás ante su condición.

Son joyas que Dios mismo aprovecha en el camino para dar testimonio de su intercesión y aún más en los que desean recibirla. Actitud que sigue ganando voluntades, por ello lo buscaban con mayor intensidad.

Es por ello que Dios no repara en rechazos ante nadie, a no ser que tu seas quien se retira del alcance de su bendita mano con una actitud de rechazo en medio de tu miedos y cansancios. Hazte digno porque lo eres y lo puedes ser aún más, no importa ni tu aspecto, ni tu pecado, ni tu culpa, importa tu corazón.

“Entró en la barca con ellos…”

“Entró en la barca con ellos…”

Marcos 6, 45-52

Después que se saciaron los cinco mil hombres, Jesús enseguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente. Y después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar. Llegada la noche, la barca estaba en mitad del lago, y Jesús, solo, en tierra. Viendo el trabajo con que remaban, porque tenían viento contrario, a eso de la madrugada, va hacia ellos andando sobre el lago, e hizo ademán de pasar de largo. Ellos, viéndolo andar sobre el lago, pensaron que era un fantasma y dieron un grito, porque al verlo se habían sobresaltado. Pero él les dirige enseguida la palabra y les dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Entró en la barca con ellos, y amainó el viento. Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque eran torpes para entender.

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Los procesos tanto de la vida así, como los de la fe, con mayor razón aún en éste último caso, Dios está al pendiente de ellos, nada escapa de su misericordiosa providencia ni de su bendita mano. El caso es que muchas veces las circunstancias varían un poco o un mucho, donde atareados con las responsabilidades de la vida, se nos dificulta asimilar aquello que en su momento nos acontece, es por ello que en dichos procesos es bueno tener una mano amiga y confiable en la que podamos descansar y recibir consejo.

El caso en éste segmento del evangelio que nos presenta marcos es muy claro cuando Jesús se percata de que presenciar el acontecimiento de la multiplicación de los panes, sus discípulos aún no lo han terminado de asimilar, y dentro de ese proceso, acontece que Jesús creyendo que el suceso los haría confiar y conocerlo aún más, no estaba bien definido, iba en camino pero no estaba totalmente asentado.

Tan es así que al verlo en medio de su crisis personal, no tan solo por los milagros presenciados, sino además por su trayectoria de vida a veces accidentada aunada a esto, les hacer reaccionar ante sí mismos muy violentamente, demostrando un miedo a pesar de estar en grupo, muy marcado que denota su falta de confianza y de seguridad ante sí mismos.

Es por ello que Jesús en medio de sus crisis, los calma, calma el entorno predisponiéndoles a recuperar la paz y “Entró en la barca con ellos”, es decir, no los deja solos, jamás aunque lejos los ha dejado sin su atención.

De igual manera acontece con nosotros, Jesús entra contigo en la barca que vas, ya sea de la alegría, del dolor, de la enfermedad, de la melancolía o de cualquier situación por la que estés pasando, nunca nos deja solos a pesar de nuestras reacciones de incredulidad y desesperanza en medio de las crisis que nos suceden. 

Basta con seguir confiando y dejar que pase la tormenta, pero nunca vas solo.

«¿Creéis que puedo hacerlo?»


Mateo 9, 27-31

En aquel tiempo, dos ciegos seguían a Jesús, gritando: «Ten compasión de nosotros, hijo de David».Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: «¿Creéis que puedo hacerlo?»Contestaron: «Sí, Señor».Entonces les tocó los ojos, diciendo: «Que os suceda conforme a vuestra fe».Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Cuidado con que lo sepa alguien!»Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca.
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Continuamos esta semana del tiempo de Adviento con la invitación al aprovechamiento de la gracia de Dios, son varios aspectos desde los que se nos motiva en estos días, por lo que en este día se remarca en el ejemplo de los ciegos, una actitud de confianza en donde precisamente de igual manera como en los dos ciegos, en nosotros este tiempo será tan provechoso, hablando en el ámbito de la gracias de Dios, cuanto sea la disposición personal que cada uno de nosotros pongamos, así como el interés al llamado santificador de prepararnos para la próxima Natividad y recibir lo que pedimos.
Por eso la pregunta de Jesús ¿Creen que puedo hacerlo?, de ello precisamente dependerá lo que al final recibirás, porque si la preparación queda en los adornos de navidad, el arbolito, el nacimiento, las luces centelleantes de colores, los gastos en los regalos a dar y a recibir, la preocupación de la comida en las celebraciones ya próximas e inclusive asistir a la misa de gallo en la navidad, cuan profunda sea tu preparación, eso será lo que recibirás.
Si te preparaste para el regalo, eso recibirás, para la fiesta recibirás lo mismo, la misa ya es un poco más, pero creo que será una como las demás de cada día o domingo. 
Pero si dispusiste tu alma a recibir a Jesús, el cual renueva tu gracia, tu vida, la alegría de ser salvos a través de la dignificación de la humanidad con la encarnación y nacimiento del Hijo de Dios, así como el reconocer el inicio del cumplimiento de las promesas hechas por Dios, esa será la escala de lo que recibirás.

No sólo te animes a pedir cosas más caras y decorosas, eso aunque no sea navidad te llegará en su justo momento si es lo que realmente necesitas, anímate a preparar tu vida y corazón, que inicie ese año junto con Jesús y crezcas a su lado a la par, porque en realidad recibirás conforme a tu fe.

“Nos falta fe”

“Nos falta fe”

Mateo: 17, 14-20

En aquel tiempo, al llegar Jesús a donde estaba la multitud, se le acercó un hombre, que se puso de rodillas y le dijo: “Señor, ten compasión de mi hijo. Le dan ataques terribles. Unas veces se cae en la lumbre y otras muchas, en el agua. Se lo traje a tus discípulos, pero no han podido curarlo”.

Entonces Jesús exclamó: “¿Hasta cuándo estaré con esta gente incrédula y perversa? ¿Hasta cuándo tendré que aguantarla? Tráigame aquí al muchacho”. Jesús ordenó al demonio que saliera del muchacho, y desde ese momento éste quedó sano.

Después, al quedarse solos con Jesús, los discípulos le preguntaron: “¿Por qué nosotros no pudimos echar fuera a ese demonio?” Les respondió Jesús: “Porque les falta fe. Pues yo les aseguro que si ustedes tuvieran fe al menos del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a ese monte: ‘Trasládate de aquí para allá’, y el monte se trasladaría. Entonces nada sería imposible para ustedes”.

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Hoy en día parece que a las personas les gusta presumirse de vanguardia intelectual negando oficialmente la fe y a Dios en primera plana, viven acordes a lo que opinen los demás y estar al pendiente del miedo de sentirse rechazados por sus creencias religiosas, tan buenos para ponerse en postura según les convenga.

Tanto negamos a Dios que lo afirmamos en medio de nuestra negación, hasta nos damos el lujo de odiarlo, pero contradictoriamente olvidamos que, en medio de nuestra soberbia y necedad, no se puede odiar algo o alguien que no existe, resulta en un absurdo.

Entonces cuando nuestras fuerzas, amigos, dinero, posesiones y salud menguan, quedamos vacíos y tan faltos de sentido, que terminamos con una muy marcada baja autoestima, y es cuando solos ya no podemos ante el monstruo en que hemos convertido nuestro orgullo que nos domina y doblega.

Es por ello que muchas veces no podemos hacer grandes cosas y obras en la fe, porque es mayor nuestra desconfianza e inseguridad en Dios, depositada a cambio de otras seguridades temporales y materiales que se acaban.

Ahí es donde nos falta fe, donde necesitamos abandonarnos en la total confianza en Dios, para que él mismo la fortalezca y la haga manifiesta con frutos de bondad y felicidad para nosotros y cuantos nos rodean, ahí si que nada sería imposible, aunque el mundo lo remarque como tal.

“A cuantos lo tocaron…”

“A cuantos lo tocaron…”

Mateo: 14, 22-36

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba Él solo allí.

Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”. Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

Terminada la travesía, llegaron a Genesaret. Apenas lo reconocieron los habitantes de aquel lugar, pregonaron la noticia por toda la región y le trajeron a todos los enfermos. Le pedían que los dejara tocar siquiera el borde de su manto; y cuantos lo tocaron, quedaron curados.

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Hay que tener muy en cuenta que la presencia del Señor, aunque siempre esté entre nosotros, existen momentos en donde no sabemos ubicarlo, lo dejamos de sentir, creemos que no nos escucha y que nos ha abandonado.

Sin embargo nada de eso es cierto, ya que tan sólo es nuestro sentir que ha sido saturado por otras circunstancias que roban la tranquilidad y la paz, donde mientras les demos importancia, serán las que prevalecerán dominantemente.

No olvidemos que cuando Jesús envía por delante a alguna misión, es porque sabe que todo estará bien a pesar de las circunstancias que en el camino se nos presenten, tenemos la garantía de llegar a la meta, aunque si perdemos en el ínter la paz, podemos de igual manera quedar varados y no avanzar.

Es por ello que cuando nos acercamos a Él y tenemos la valentía de tocarle, al saber que anhelamos su compañía, desborda sus gracias sobre nosotros dándonos la salud integral, la física y sobre todo aquella que no reconocemos que es la del alma y la mente sana. Eso nomás a cuantos lo tocaron.

“El Sembrador”

“El Sembrador”

Mateo: 13, 1-23

Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo:

“Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga”.

Después se le acercaron sus discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?” Él les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.

En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.

Pero, dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron. Escuchen, pues, ustedes lo que significa la parábola del sembrador. A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino.

Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.

Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto.
En cambio, lo sembrado en tierra buena representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”.

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La eficacia de la gracia de Dios es muy manifiesta en todo momento, basta con mirar cuan perfectas acontecen todas las cosas y los tiempos, desde la perspectiva de lo divino y no tan sólo de lo material.

Caso explícito lo tenemos en la parábola del sembrador, que revela cuanto fruto puede dar la misma palabra de Dios, según se le de la importancia que merece recibirla. Dicha parábola no necesita mayor explicación cuando de suyo Jesús mismo la explica, donde el Sembrador es quien hace la diferencia al manifestar esa generosidad para fecundar la tierra.