“La Madre de Dios”

“La Madre de Dios”

Lucas 2, 16-21

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño.

Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.

Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

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Es ya de suyo una bendición el hecho de que al iniciar un nuevo año civil, desde el primer día nos hacemos acompañar de María Santísima, sobre todo reconociéndola como Madre, y es que es algo que no podemos prescindir si entender el avanzar hacia este nuevo proyecto de vida en el tiempo, depositado desde éste primer día del año, rodeado de los que invariablemente te aman o te han demostrado un amor puro, sincero e incondicional y ese amor es el amor de Madre.

Por ello es justo hoy volver la mirada hacia María, la mujer que lo extraordinario lo vivió con una sencillez y armonía dentro de lo ordinario, a tal grado de engrandecer la simpleza evidenciando lo bello del día a día. Mujer forjada en medio de un seno religioso, aquél mismo que transmite y mantiene en su propio Hijo.

Mujer que maravilla a cuantos tienen la dicha de encontrarse con ella porque su acción a la respuesta de la voluntad divina hace que brille en sí misma y transforme a aquellos, tanto ayer como hoy, los que la buscan. El caso es muy claro en el evangelio de éste día, ya que la gracia y santidad que trae su hijo ante el mundo que lo reconoce les hace reconocer la misma obra de Dios en nuestra misma carne.

Maravilla que, María discretamente como buena madre empieza a ser, conserva esa gracia en su corazón, porque sabe que aquello que le acontece, que no es por sus propios méritos, sino participados por la misma aceptación de la gracia de Dios.

Es por ello, que al igual como lo hizo esa Santa Madre, nos dispongamos en esta oportunidad de vida ante este año nuevo a abrirnos a las gracias y bendiciones divinas, y dejarlas que den su fruto y nos transformen, dándote la oportunidad de ver su acción en los que te rodean y a su vez de igual manera, meditarlas como tuyas en tu propio corazón.

Me uno a tu oración para encomendarte a recibir las mayores bendiciones en este año nuevo.

“…De generación en generación”

Lucas 1, 46-56 

En aquel tiempo, María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. 

Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. 

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre». 

María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa. 

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Si la gracia de Dios fuera estática y referente tan sólo a los hechos acontecidos en el momento ya conocido de cada intervención divina, perderían totalmente el sentido de su ser, serían tan solo una solución en el momento, más no en la historia, mucho menos en la eternidad. 

La gracia de Dios no puede ser contenida y referida a un hecho acontecido en la historia, es siempre presente y actual además de ser totalmente dinámica, su efecto no se da tan sólo para una persona, una situación o una cosa, suele comportarse siempre en toda circunstancia como fuente retransmisora de la gracia en todos los que le circundan a su alrededor. 

María en este caso, tan sólo remarca esa verdad, “su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”, es consciente del hecho trascendental que por su participación y aceptación completa, estará llegando no sólo a ella, sino a toda la humanidad de buena voluntad, a aquellos que de igual manera desean ser partícipes de la misma. 

De igual manera nuestros actos, no quedan en el olvido, ni en el vacío, además de hacer historia, estamos completando y a su vez complementando la obra de Dios, de tal manera que la gracia de Dios recibida y aprovechada no quedará olvidada, seguirá dando frutos de santidad. 

Es por ello que todo aquel bien que hagas, aquella colaboración con Dios, y toda la caridad del mundo en tus manos, llegará hasta Dios, pero además seguirá constantemente rindiendo frutos de generación en generación, porque es más grande que nuestros propios actos, y como María, podemos ya gozarnos en ello por ser llamados además de la vida, a ser participes y colaboradores de la gracia divina, además de las proezas que conlleva.

“María visita a su prima Isabel”

Lucas 1, 39-45

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno.

Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿ Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.

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En el misterio de la Visitación, el preludio de la misión del Salvador

Catequesis mariana

San Juan Pablo II

2 de octubre de 1996

En el relato de la Visitación, san Lucas muestra cómo la gracia de la Encarnación, después de haber inundado a María, lleva salvación y alegría a la casa de Isabel. El Salvador de los hombres oculto en el seno de su Madre, derrama el Espíritu Santo, manifestándose ya desde el comienzo de su venida al mundo.

El evangelista, describiendo la salida de María hacia Judea, use el verbo anístemi, que significa levantarse, ponerse en movimiento. Considerando que este verbo se use en los evangelios pare indicar la resurrección de Jesús (cf. Mc 8, 31; 9, 9. 31; Lc 24, 7.46) o acciones materiales que comportan un impulso espiritual (cf. Lc 5, 27¬28; 15, 18. 20), podemos suponer que Lucas, con esta expresión, quiere subrayar el impulso vigoroso que lleva a María, bajo la inspiración del Espíritu Santo, a dar al mundo el Salvador.

El texto evangélico refiere, además, que María realice el viaje “con prontitud” (Lc 1, 39). También la expresión “a la región montañosa” (Lc 1, 39), en el contexto lucano, es mucho más que una simple indicación topográfica, pues permite pensar en el mensajero de la buena nueva descrito en el libro de Isaías: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: ‘Ya reina tu Dios’!” (Is 52, 7).

Así como manifiesta san Pablo, que reconoce el cumplimiento de este texto profético en la predicación del Evangelio (cf. Rom 10, 15), así también san Lucas parece invitar a ver en María a la primera evangelista, que difunde la buena nueva, comenzando los viajes misioneros del Hijo divino.

La dirección del viaje de la Virgen santísima es particularmente significativa: será de Galilea a Judea, como el camino misionero de Jesús (cf. Lc 9, 51).

En efecto, con su visita a Isabel, María realiza el preludio de la misión de Jesús y, colaborando ya desde el comienzo de su maternidad en la obra redentora del Hijo, se transforma en el modelo de quienes en la Iglesia se ponen en camino para llevar la luz y la alegría de Cristo a los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos.

El encuentro con Isabel presenta rasgos de un gozoso acontecimiento salvífico, que supera el sentimiento espontáneo de la simpatía familiar. Mientras la turbación por la incredulidad parece reflejarse en el mutismo de Zacarías, María irrumpe con la alegría de su fe pronta y disponible: “Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel” (Lc 1, 40).

San Lucas refiere que “cuando oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno” (Lc 1, 41). El saludo de María suscita en el hijo de Isabel un salto de gozo: la entrada de Jesús en la casa de Isabel, gracias a su Madre, transmite al profeta que nacerá la alegría que el Antiguo Testamento anuncia como signo de la presencia del Mesías.

Ante el saludo de María, también Isabel sintió la alegría mesiánica y “quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: ‘Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno'” (Lc 1, 41¬42).

En virtud de una iluminación superior, comprende la grandeza de María que, más que Yael y Judit, quienes la prefiguraron en el Antiguo Testamento, es bendita entre las mujeres por el fruto de su seno, Jesús, el Mesías.

La exclamación de Isabel “con gran voz” manifiesta un verdadero entusiasmo religioso, que la plegaria del Avemaría sigue haciendo resonar en los labios de los creyentes, como cántico de alabanza de la Iglesia por las maravillas que hizo el Poderoso en la Madre de su Hijo.

Isabel, proclamándola “bendita entre las mujeres” indica la razón de la bienaventuranza de María en su fe: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1, 45). La grandeza y la alegría de María tienen origen en el hecho de que ella es la que cree.

Ante la excelencia de María, Isabel comprende también qué honor constituye pare ella su visita: “De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1, 43). Con la expresión “mi Señor”, Isabel reconoce la dignidad real, más aun, mesiánica, del Hijo de María. En efecto, en el Antiguo Testamento esta expresión se usaba pare dirigirse al rey (cf. IR 1, 13, 20, 21, etc.) y hablar del rey-mesías (Sal 110, 1). El ángel había dicho de Jesús: “EI Señor Dios le dará el trono de David, su padre” (Lc 1, 32). Isabel, “llena de Espíritu Santo”, tiene la misma intuición. Más tarde, la glorificación pascual de Cristo revelará en qué sentido hay que entender este título, es decir, en un sentido trascendente (cf. Jn 20, 28; Hch 2, 34-36).

Isabel, con su exclamación llena de admiración, nos invita a apreciar todo lo que la presencia de la Virgen trae como don a la vida de cada creyente.

En la Visitación, la Virgen lleva a la madre del Bautista el Cristo, que derrama el Espíritu Santo. Las mismas palabras de Isabel expresan bien este papel de mediadora: “Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo saltó de gozo el niño en mi seno” (Lc 1, 44). La intervención de María produce, junto con el don del Espíritu Santo, como un preludio de Pentecostés, confirmando una cooperación que, habiendo empezado con la Encarnación, esta destinada a manifestarse en toda la obra de la salvación divina.

“Hágase en mí según tu palabra”

Lucas 1, 26-38 

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. 

El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú eres entre las mujeres». Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. 

El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». 

Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso pues no conozco a varón?» El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y la dejó el ángel. 

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Este ya cuarto domingo del tiempo del adviento, el más próximo a la finalización de esa espera en la gracia de Dios, preparados y dispuestos a recibir al Verbo de Dios Encarnado, que se hace hombre, que comparte nuestra naturaleza, que eleva nuestra propia dignidad, se resalta la colaboración humana, aquella, puesta en la persona de María. 

Colaboración que es indispensable de parte de la humanidad que será redimida, ya que no le corresponde todo a Dios, implica nuestra propia participación, por lo que un testimonio real y generoso, es el Sí de María, que a su corta edad, es capaz de comprometerse en el plan de la Salvación de una manera directa y personal. Plan que es para nosotros, pero que nos implica a nosotros, no es sólo humano, no es sólo divino, es una mutua alianza de amor que incluye ambas partes. 

Ya se había hablado de varios partícipes en la historia bíblica, como lo son los profetas, los patriarcas, las tribus de Israel, entre muchos más, pero nunca se había dado una respuesta tan precisa y tan concreta de colaboración de una humana, porque María no es ninguna Diosa, es un ser humano capaz de responder al plan de Dios en toda su extensión. 

Por ello ensalzamos el momento bendito de esa participación y aceptación, expresada de su misma boca, dando la importancia a la palabra misma convertida en compromiso concreto con la frase: “hágase en mí según tu palabra”; Ese Hágase es la primera y concreta unión de Dios con su creación en participación de la misma, se hace uno como nosotros para redimirnos posteriormente a nosotros, y el medio es María, que aceptó, que siguió y continuó amando a Dios con sus obras y su maternal ahora intercesión. 

Ese hágase es el que necesitamos día a día para transformar el mundo, no el hágase de Dios, sino el nuestro, nuestra pronta participación, donde lo concreto de nuestra parte se vea reflejado en los hechos y en el mundo entero. “Fiat voluntas tua”

“Santa María de Guadalupe”

“Conformados por María de Guadalupe”


Lucas 1, 39-48


María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó:

«¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.»

María dijo entonces: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz».

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Este 12 de diciembre los mexicanos celebramos una de las fiestas más importantes, Santa María de Guadalupe, Nuestra Señora, fiesta que remarca la alegría e identidad de un pueblo y una cultura, celebramos el hecho Mariano, en que se manifiesta claramente la identidad de Dios y su participación de esos dones pertenecientes y provenientes de Él.

Concretamente remarcamos con gozo a través de Santa María de Guadalupe, ese aspecto divino que brota de la paternidad de Dios pero manifestado tierna, dulce y amablemente en la maternidad de María, ella muestra el aspecto femenino de los dones de Dios en toda su expresividad, marcando así una espiritualidad que llamamos Mariana.

Es espiritualidad es la que ha moldeado con toda la delicadeza maternal y sensible nuestra fe, complementándose con el aspecto firme y todopoderoso de Dios Padre, dones que en su conjunto proveen en cada fiel, la firmeza y a la vez la ternura maternal que nos completan en un ser íntegro. Suave mezcla prudente y oportuna.

Santa María de Guadalupe ha forjado a toda una nación dándole un toque único porque nos sabemos plenamente amados por una madre cercana que ha querido permanecer con nosotros, mayor gracia no podríamos pedir, y eso nos ha dado esa identidad cordial, amable, hospitalaria, siempre disponible de quién se sabe tiene una madre de esa calidad. Es un regalo que podría ser mayor si además de aceptarla, nos unimos a ella a través de la oración, a través del amor a su hijo.

No creo que Santa María de Guadalupe nos pida algo extra para dar, porque en su imagen Guadalupana es muy claro su mensaje, no ha querido que cambiemos, ni nos ha exigido algo que no podamos dar, ella misma se ha identificado con este pueblo, tomando sus rasgos y características, facilitando el acceso a lo sagrado desde una realidad concreta y cercana, eso es lo que manifiesta en esa imagen, creo que eso sería en contraparte lo que nos pediría, que nos encarnemos en Dios, que lo hagamos nuestro, que seamos uno en Él, porque ella viene a entregarnos a su hijo y quiere que lo hagas tuyo.

A quien la falte el amor a María, a quien no acepte su maternal intercesión, a quién no lo mueva al servicio, a quién no la reconozca como tal, creo que ese no es mexicano. Será un extranjero en su propio país. Porque la forja, incluye a María.

Santa María de Guadalupe, ruega por nosotros.

“La Inmaculada Concepción”

Lucas 1, 26-38 

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. 

La virgen se llamaba María. Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. 

Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y Él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin”. 

María le dijo entonces al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?”. El ángel le contestó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. 

Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”. 

María contestó: “Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que me has dicho”. Y el ángel se retiró de su presencia. 

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Cada 8 de diciembre, la Iglesia celebra el dogma de fe que nos revela que, por la gracia de Dios, la Virgen María fue preservada del pecado desde el momento de su concepción, es decir desde el instante en que María comenzó la vida humana.

El 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus, el Papa Pío IX proclamó este dogma:

“…declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles…”

(Pío IX, Bula Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854)

María es la “llena de gracia”, del griego “kecharitomene” que significa una particular abundancia de gracia, es un estado sobrenatural en el que el alma está unida con el mismo Dios. María como la Mujer esperada en el Protoevangelio (Gn. 3, 15) se mantiene en enemistad con la serpiente porque es llena de gracia.

Las devociones a la Inmaculada Virgen María son numerosas, y entre sus devotos destacan santos como San Francisco de Asís y San Agustín. Además la devoción a la Concepción Inmaculada de María fue llevada a toda la Iglesia de Occidente por el Papa Sixto IV, en 1483.

El camino para la definición dogmática de la Concepción Inmaculada de María fue trazado por el franciscano Duns Scotto. Se dice que al encontrarse frente a una estatua de la Virgen María hizo esta petición: “Dignare me laudare te: Virgo Sacrata” (Oh Virgen sacrosanta dadme las palabras propias para hablar bien de Ti).

Y luego el franciscano hizo estos cuestionamientos:

1. ¿A Dios le convenía que su Madre naciera sin mancha del pecado original? 

Sí, a Dios le convenía que su Madre naciera sin ninguna mancha. Esto es lo más honroso, para Él.

2. ¿Dios podía hacer que su Madre naciera sin mancha de pecado original?

Sí, Dios lo puede todo, y por tanto podía hacer que su Madre naciera sin mancha: Inmaculada.

3. ¿Lo que a Dios le conviene hacer lo hace? ¿O no lo hace? 

Todos respondieron: Lo que a Dios le conviene hacer, lo que Dios ve que es mejor hacerlo, lo hace.

Entonces Scotto exclamó:

Luego

1. Para Dios era mejor que su Madre fuera Inmaculada: o sea sin mancha del pecado original.

2. Dios podía hacer que su Madre naciera Inmaculada: sin mancha

3. Por lo tanto: Dios hizo que María naciera sin mancha del pecado original. Porque Dios cuando sabe que algo es mejor hacerlo, lo hace.

La Virgen María es Inmaculada gracias a Cristo su hijo, puesto que Él iba a nacer de su seno es que Dios la hizo Inmaculada para que tenga un vientre puro donde encarnarse. Ahí se demuestra cómo Jesús es Salvador en la guarda de Dios con María y la omnipotencia del Padre se revela como la causa de este don. Así, María nunca se inclinó ante las concupiscencias y su grandeza demuestra que como ser humano era libre pero nunca ofendió a Dios y así no perdió la enorme gracia que Él le otorgó.

La Inmaculada Virgen María nos muestra la necesidad de tener un corazón puro para que el Señor Jesús pueda vivir en nuestro interior y de ahí naciese la Salvación. Y consagrarnos a ella nos lleva a que nuestra plegaria sea el medio por el cual se nos revele Jesucristo plenamente y nos lleve al camino por el cual seremos colmados por el Espíritu Santo.

Fuente: Aciprensa.com

“Natividad de Santísima Virgen María”

“Natividad de Santísima Virgen María”


Mateo 1, 18-23


El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. 

Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: –«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: “Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros»”.
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Ciertamente que no tenemos ningún documento oficial sobre la fecha del nacimiento de la Santísima Virgen María, sin embargo otorgar una fecha para celebrarla es un acto de reconocimiento y grandeza de su obra digna de que se le de gracias a Dios, sin importar la fecha en éste mundo, el habernos regalado en la historia humana un ser tan excelente como lo es María, sin la cual la historia de la Salvación y la redención hubiera sido otra.


Comparto un fragmento de la explicación de ésta fiesta:


Datos históricos y teológicos de la celebración


A diferencia de lo que ocurre con el nacimiento de Juan Bautista, el evangelio no dice nada del nacimiento de Nuestra Señora.


En Jerusalén, en la Iglesia de Santa Ana. La primera fuente de la narración del nacimiento de la Virgen es el apócrifo Protoevangelio de Santiago, que coloca el nacimiento de la Virgen en Jerusalén, en el lugar en que debió existir una basílica en honor a la  María Santísima, junto a la piscina probática, según cuentan diversos testimonios entre los años 400 y 600. Después del año 603 el patriarca Sofronio afirma que ése es el lugar donde nació la Virgen. Posteriormente, la arqueología ha confirmado la tradición.


La fiesta de la Natividad de la santísima Virgen surgió en oriente, y con mucha probabilidad en Jerusalén, hacia el s. v. Allí estaba siempre viva la tradición de la casa natalicia de María. La fiesta surgió muy probablemente como dedicación de una iglesia a María, junto a la piscina probática; tradición que se relaciona con el actual santuario de Santa Ana.


¿Por qué el 8 de septiembre?


La fiesta fue fijada el día 8 de septiembre probablemente porque, representando María el papel del comienzo o proemium de la obra de la salvación (cf. la oración de colecta de la misa), era muy oportuno celebrar su nacimiento al principio del año eclesiástico según el Monologium Basilianum. Una narración apócrifa, titulada De ortu Virginis (sobre el nacimiento de la Virgen), ponía la concepción en el seno de santa Ana a primero de mayo, y refería que Nuestra Señora había nacido, a los cuatro meses de gestación.


Bibliografía: Nuevo Diccionario de Mariología. (Ediciones Paulinas).

“La Asunción de la Santísima Virgen María”

“La Asunción de la Santísima Virgen María”

Lucas: 11, 27-28

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la multitud, una mujer del pueblo, gritando, le dijo: “¡Dichosa la mujer que te llevó en su seno y cuyos pechos te amamantaron!” Pero Jesús le respondió: “Dichosos todavía más los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”.

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En relación al día, año, y modo en que murió Nuestra Señora, nada cierto se conoce. La referencia literaria más antigua de la Asunción se encuentra en un trabajo griego, De Obitu S. Dominae. De todos modos, la fe católica siempre derivó su conocimiento de este misterio de la Tradición Apostólica.

La creencia en la asunción del cuerpo de María se funda en el tratado apócrifo De Obitu S. Dominae, que lleva el nombre de San Juan, y que pertenece de todos modos al siglo cuarto o quinto. También se encuentra en el libro De Transitu Virginis, falsamente imputado a San Melito de Sardes, y en una carta apócrifa atribuida a San Dionisio el Aeropagita. Si consultamos a los genuinos escritores de Oriente, este hecho es mencionado en los sermones de San Andrés de Creta, San Juan Damasceno, San Modesto de Jerusalén y otros. En Occidente, San Gregorio de Tours (De gloria mart., I, iv) es el primero que lo menciona. Los sermones de San Jerónimo y San Agustín para esta fiesta, de todos modos, son apócrifos. San Juan el Damasceno (P. G., I, 96) formula así la tradición de la Iglesia de Jerusalén:

San Juvenal, Obispo de Jerusalén, en el Concilio de Calcedonia (451), hace saber al Emperador Marciano y a Pulqueria, quienes desean poseer el cuerpo de la Madre de Dios, que María murió en presencia de todos los Apóstoles, pero que su tumba, cuando fue abierta, a pedido de Santo Tomás, fue hallada vacía; de esa forma los apóstoles concluyeron que el cuerpo fue llevado al cielo.

Hoy, la creencia de la asunción del cuerpo de María es Universal tanto en Oriente como Occidente; de acuerdo a Benedicto XIV (De Festis B.V.M., I, viii, 18) es una opinión probable, cuya negación es impía y blasfema.

Tomado de la Enciclopedia Católica (www.enciclopediacatolica.com)

FREDERICK G. HOLWECK 

Transcrito por Janet Grayson

Traducido por Angel Nadales

Lucas: 2, 16ss.

Lucas: 2, 16ss.

“…Los pastores fueron a toda prisa hacia Belén y encontraron a María, a José y al niño, recostado en el pesebre. Después de verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño y cuantos los oían, quedaban maravillados…

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Maravillarnos debemos permitirnos. El asombro alimenta nuestra alegría. Evita caer en el pesimismo, y el mundo se ve y se siente más agradable.

“Santa María de Guadalupe”

“Santa María de Guadalupe”

Lucas: 1, 39-48

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la criatura saltó en su seno. Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”. Entonces dijo María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”.

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Un sábado de 1531 a principios de diciembre, un indio llamado Juan Diego, iba muy de madrugada del pueblo en que residía a la ciudad de México a asistir a sus clases de catecismo y a oír la Santa Misa. Al llegar junto al cerro llamado Tepeyac amanecía y escuchó una voz que lo llamaba por su nombre.

Él subió a la cumbre y vio a una Señora de sobrehumana belleza, cuyo vestido era brillante como el sol, la cual con palabras muy amables y atentas le dijo: “Juanito: el más pequeño de mis hijos, yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. Deseo vivamente que se me construya aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a todos los que me invoquen y en Mí confíen. Ve donde el Señor Obispo y dile que deseo un templo en este llano. Anda y pon en ello todo tu esfuerzo”.

De regresó a su pueblo Juan Diego se encontró de nuevo con la Virgen María y le explicó lo ocurrido. La Virgen le pidió que al día siguiente fuera nuevamente a hablar con el obispo y le repitiera el mensaje. Esta vez el obispo, luego de oir a Juan Diego le dijo que debía ir y decirle a la Señora que le diese alguna señal que probara que era la Madre de Dios y que era su voluntad que se le construyera un templo.

De regreso, Juan Diego halló a María y le narró los hechos. La Virgen le mandó que volviese al día siguiente al mismo lugar pues allí le daría la señal. Al día siguiente Juan Diego no pudo volver al cerro pues su tío Juan Bernardino estaba muy enfermo. La madrugada del 12 de diciembre Juan Diego marchó a toda prisa para conseguir un sacerdote a su tío pues se estaba muriendo. Al llegar al lugar por donde debía encontrarse con la Señora prefirió tomar otro camino para evitarla. De pronto María salió a su encuentro y le preguntó a dónde iba.

El indio avergonzado le explicó lo que ocurría. La Virgen dijo a Juan Diego que no se preocupara, que su tío no moriría y que ya estaba sano. Entonces el indio le pidió la señal que debía llevar al obispo. María le dijo que subiera a la cumbre del cerro donde halló rosas de Castilla frescas y poniéndose la tilma, cortó cuantas pudo y se las llevó al obispo.

Una vez ante Monseñor Zumarraga Juan Diego desplegó su manta, cayeron al suelo las rosas y en la tilma estaba pintada con lo que hoy se conoce como la imagen de la Virgen de Guadalupe. Viendo esto, el obispo llevó la imagen santa a la Iglesia Mayor y edificó una ermita en el lugar que había señalado el indio.

Pio X la proclamó como “Patrona de toda la América Latina”, Pio XI de todas las “Américas”, Pio XII la llamó “Emperatriz de las Américas” y Juan XXIII “La Misionera Celeste del Nuevo Mundo” y “la Madre de las Américas”.

La imagen de la Virgen de Guadalupe se venera en México con grandísima devoción, y los milagros obtenidos por los que rezan a la Virgen de Guadalupe son extraordinarios.

Fuente: Aciprensa.com