“Ubica tus temores”

Lucas 12, 1-7

En aquel tiempo, miles y miles de personas se agolpaban hasta pisarse unos a otros. Jesús empezó a hablar, dirigiéndose primero a sus discípulos: «Cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía. Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse. Por eso, lo que digáis de noche, se repetirá a pleno día, y lo que digáis al oído en el sótano, se pregonará desde la azotea. A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer más. Os voy a decir a quién tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después echar en el fuego. A ése tenéis que temer, os lo digo yo. ¿No se venden cinco gorriones por dos cuartos? Pues ni de uno solo se olvida Dios. Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados. Por lo tanto, no tengáis miedo: no hay comparación entre vosotros y los gorriones».

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Habrá quien se pase la vida comparando y comparándose con medio mundo, remarcando las tan odiosas diferencias, sobre todo cuando se utilizan de manera despectiva, más sin embargo no deja de ser una distracción estratégica para desviar mentes y corazones a modelos no veraces ni institucionales.

Resulta que en la actual inversión de valores el verdadero temor de Dios, un don que no tiene nada que ver con el tenerle miedo al Creador, sino con el pendiente para no herir a un amor que plenamente se nos da y nos ama con tanta dedicación y franqueza que no deseamos romper la más mínima relación porque no se lo merece.

Por el contrario, parece que vivir en el pecado y el mal, es ahora el pan nuestro de cada día, cuando menos la cultura de la muerte así lo proclama, teniendo consecuentemente un pavor a todo lo que mencione el compromiso con Dios y con la Iglesia. 

Para nada cuesta hoy en día arriesgar la vida en deportes y lugares extremos que atentan contra la salud física y espiritual, pero sí da miedo el estar casado, el tener hijos, el cumplir las responsabilidades incluso laborales y estar cerca de Dios. Ser cool es ser malo y vivir odiando así como criticando a cuanto se nos cruce en el camino.

Todo eso viene del maligno y hasta en las caricaturas a los niños se le presenta como el mejor amigo, es decir, desde temprana edad corromper sus propios corazones para de ahí en adelante odiar a Dios, toda su creación y por ende odiarse a sí mismos.

Al maligno es en realidad a quien debemos temer sin miedo, enfrentarlo con valentía y la fortaleza que Dios ya nos ha otorgado por la gracia bautismal para que no nos domine, porque su interacción no puede con aquel que nos ha creado en su amor. 

Es por ello necesario ubiques tus temores, no te equivoques y los confundas con tus miedos, que son los que nos hacen no actuar, por el contrario el temor nos hace prever y estar preparados para que al que realmente nos mata lo hagamos a un lado y no caigamos en el juego de su muerte que pretenda matarte en vida.

“Miedo preguntar”

Lucas 9, 43-45

En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: «Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres».

Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no cogían el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.

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Hay una cierta tendencia en la mayoría de nosotros que se manifiesta en sociedad como un seguir la corriente ante el común de las opiniones y comentarios de los demás, aunque éstos no sean verídicos. Preferimos dar razón a quien no la tiene y quedarnos en la omisión de la verdad.

Hay una cierta cultura que poco a poco va despersonalizando al individuo sabiendo que su opinión no vale en ese medio ya caduco y manipulado. Se sabe que opinar viene a menos por el miedo a la denigración y ridiculización de la verdad, por ello mejor dar oídos sordos y seguir tendencias.

Sin embargo esto trae consigo consecuencias, ya que no se está ejerciendo el don recibido llamado profético de anunciar y denunciar, que precisamente se quiere silenciar, ya que estorba a la inversión de valores, donde lo malo ahora se cataloga como bueno y lo bueno se ridiculiza como anacrónico y caduco.

Nos hace cobardes inclusive con lo evidente, y aunque todos conocen la verdad de una situación, nadie dice ni hace nada. Eso llega hasta la propia vida personal, porque ni a la propia familia, hijos y pareja nos atrevemos a llamar a las incomodidades por su nombre y por ende no tratarlas ni solucionarlas.

Nada nuevo en la historia de la humanidad es esto, y como dice el mismo evangelio, nos resulta oscuro, pero porque el verdadero miedo no es a la verdad, sino a nuestra verdad que nos aterra, mejor no indagar, ni crecer, ni escarbar al interior personal porque nos paraliza.

Pero que no te de miedo preguntar, claro, sin caer en la cruda franqueza; para ello permitir a la prudencia moderarla y a la caridad aplicarla. Pero preguntando se llega más certeramente a donde quieres llegar, y si duele, es signo de que va sanando.

“No lo permita Dios…”

“No lo permita Dios…”

Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”. Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!”

Luego Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.

¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla? Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras”.

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Cuando en nuestra propia vida tenemos una referencia a Dios, ante alguna contrariedad o algo que se presente como posiblemente adverso, solemos reaccionar con un “No lo permita Dios” o de igual manera un “Dios no lo quiera”, o “Ni lo mande Dios”, en fin, son varias las expresiones que ya hablan de una petición de esperanza a Dios donde ponemos nuestra confianza en su Santa Voluntad para evitar un mal no deseado.

Pero muchas veces si nuestra voluntad personal no está muy bien ubicada o en dado caso estuviera apegada a bienes o personas, quisiéramos que eso nunca cambie, aquí ya entra un cierto egoísmo donde a pesar del plan de Dios, queremos estancarnos en nuestro propio plan y, en grado extremo truncar otros planes para obtener el nuestro a pesar de los demás.

Encontramos en Jesús ante sus apóstoles algo similar, como siempre en nuestros planes proyectamos en un camino ascendente y cada vez mejor; no se contempla lo negativo que pudiera acontecer, ya que en este caso, implica la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, el cual la explica de manera muy clara, situación que no agrada comentarla y causa exasperación entre los suyos, pero hay que tratarla porque se tiene que prever la reacción y la solución.

Pedro ante el amor que le profesa a Jesús, a manera de desapruebo y defensa reacciona diciendo “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”, actitud muy legítima, pero también podría ser muy perturbadora para hacer renunciar a Jesús a su misión, cosa que rechaza, porque hasta el demonio muy amablemente, a través de los más cercanos, puede presentarnos nuevos planes para renunciar a los verdaderos y santificadores, en concreto al plan de la redención del género humano.

Aquí es donde necesitamos esa sabiduría para saber manejar no solamente lo bueno y agradable, sino también lo adverso y doloroso, eso es lo que realmente nos hace crecer y valorar la excelente vida que Dios nos da. Con una vida solamente basada en lo bueno, no seremos capaces de reconocer la bondad del Señor, estaremos mal impuestos a que todo esta bien y ni sabor tendría, los contrastes son los que remarcan la diferencia y nos hacen crecer.

Por ello si Dios te bendice con una contrariedad, Bendito sea Dios, te está haciendo crecer y si logras superarlo porque puedes, bien por ti, la que sigue será más fácil porque capacitado estarás para manejar lo que venga.

“Tiempos de desconfianza”

“Tiempos de desconfianza”

Mateo: 10, 16-23

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “Yo los envío como ovejas entre lobos. Sean, pues, precavidos como las serpientes y sencillos como las palomas.

Cuídense de la gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, los llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa; así darán testimonio de mí ante ellos y ante los paganos. Pero, cuando los enjuicien, no se preocupen por lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque en ese momento se les inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.

El hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre a su hijo; los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán; todos los odiarán a ustedes por mi causa, pero el que persevere hasta el fin, se salvará.

Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. Yo les aseguro que no alcanzarán a recorrer todas las ciudades de Israel, antes de que venga el Hijo del hombre”.

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Hoy vivimos en medio de una sociedad, que cuando ha perdido los valores fundamentales y básicos como es la educación, la honestidad, el respeto, el servicio a los demás, entonces cuesta trabajo entablar una relación de confianza, ya que no se posee una plataforma firme en la que podemos construir una excelente comunicación a discreción.

Nada nuevo ya que en los tiempos de Jesús el ambiente estaba similar, y es que el problema no son las personas, sino que alejándose de Dios, inmersos en el pecado habitual y sin ánimos de mejorar, se obtiene la receta perfecta para desconfiar del otro aunque sea nuestro prójimo, que merece respeto aunque no lo valore.

Es por ello, que si pretendemos anunciar y dar testimonio del Reino de los Cielos, hay que cuidar lo que hagamos para quede bien implantado y no que un mal intencionado destroce lo sembrado. 

Nuestra misión de dar testimonio de la verdad es muy atacada por quien vive en la mentira y el pecado, sumergidos en sus propias oscuridades y sombras de muerte, por ello ya que somos pocos los que intentamos dar un testimonio verídico, hay que cuidarnos para seguir haciéndolo eficazmente, ya que fuera de la jugada el mal crece.

No importa que sean tiempos de desconfianza, agarrados de la mano de Dios todo es posible y la confianza la debemos de empezar a restaurar nosotros con nuestra propia vida.

“Señor, ¡sálvanos, que perecemos!”

“Señor, ¡sálvanos, que perecemos!”

Mateo 8, 23-27

 En aquel tiempo, Jesús subió a una barca junto con sus discípulos. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan fuerte, que las olas cubrían la barca; pero él estaba dormido. Los discípulos lo despertaron, diciéndole: “Señor, ¡sálvanos, que perecemos!” El les respondió: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” Entonces se levantó, dio una orden terminante a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma. Y aquellos hombres, maravillados, decían: “¿Quién es éste, a quien hasta los vientos y el mar obedecen?”

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Cuando vamos por la vida, en el camino en cierta manera nos sentimos seguros al saber que somos personas sociables y que vivimos en sociedad. Si no recibimos apoyo de unos, en su medida lo recibimos de otros, y aunque a veces nos sintamos solos, en realidad no lo estamos, sobre todo en la proximidad.

Pero aún estando cerca de cualquier hermano, en ciertas ocasiones, cuando las circunstancias son adversas, sentimos que el mundo se nos viene encima, además de percibir un sentimiento de aislamiento, pensando que estamos solos en el mundo con nuestra situación muy personal que satura nuestra mente y corazón.

En varias ocasiones el Señor permite que se presenten dichos sentimientos, no porque Él los provoque, o se deleite en ello, para nada, al contrario, tan cerca está de nosotros y tan ordinario como un amigo al pendiente de tu vida o tus padres, que ni percibes su apoyo porque estás acostumbrado a ello.

Permite eso, porque nosotros somos los que dejamos de valorar su presencia y, al darnos cuenta no de su ausencia, sino de su necesario apoyo, es cuando viene el sentimiento de vulnerabilidad en nosotros, sentimiento a veces necesario para revalorar lo que tenemos.

A su vez, olvidamos que Jesús está en la misma barca que nosotros, olvidamos quién es, lo ubicamos como un proveedor de ciertas necesidades, pero no como quien está totalmente entregado a ti. Y ese grito desesperado, habla de nuestra falta de confianza y hasta vergüenza debería darnos, porque ese grito: “Señor, ¡sálvanos, que perecemos!” realmente sale sobrando, simplemente, no deja de ser una muestra de nuestra falta de fe en Él.

Tan necesaria es la confianza en Jesús, que sin ella, no entendemos el milagro ya de la propia vida ordinaria que llevamos, ni tampoco entenderemos a dónde vamos ni quién es Él. Por consiguiente, mucho menos sus milagros concretos.

Un poco más de confianza, no perjudica tu vida, al contrario, la renueva y actualiza.

“La siembra del temor”

“La siembra del temor”

Mateo: 10, 26-33

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse. Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas.

No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo. ¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.

A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos”.

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Los recursos y herramientas que utilizan en defensa los débiles de mente, corazón y espíritu, son por lo general medios que implican la intimidación, el miedo, la amenaza, el ataque, la difamación y el soborno por manejo de información.

Herramientas de cobardes, para hacerse sentir fuertes e imponentes, amedrentando a quienes caen en sus engaños. 

Es por ello que el Señor Jesús, motiva a fortalecernos de manera real a través de los dones y gracias que fortalecen el alma, base de toda seguridad y decisiones que tomamos en cada momento y aún con prioridad en las más importantes.

Cuando hacemos caso a otro, ya sea en lo positivo o en lo negativo con la misma dignidad que tú, lo hacemos grande, le damos importancia y autoridad, entonces dejamos de valorar nuestro ser y la grandeza de nuestro espíritu por el miedo que siembran. 

Si nos unimos a Dios por medio de la oración, su Palabra y los sacramentos, estaremos cada vez más transformándonos en su bendita imagen, por ende valorándonos y viendo la verdad cuando ésta es manipulada para dañarnos. 

Pero cuando estamos alejados de Dios y tan sólo confiamos en nuestra sola inteligencia, destreza y fortaleza, quedamos vulnerables ante los hombres que se dedican a esparcir el mal. Por lo que no permitas quedar evidente ante tu debilidad que es notoria y manipulable por el maligno y sus secuaces. Fortalécete, mantente en su gracia y su verdad confiados de que todo está soportado por su bendita mano, dándonos confianza.

“Acobardarse en…”

“Acobardarse en…”

Juan: 14, 27-31a

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: ‘Me voy, pero volveré a su lado’. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean.

Ya no hablaré muchas cosas con ustedes, porque se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo sepa que amo al Padre y que cumplo exactamente lo que el Padre me ha mandado”.

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La cobardía no deja de ser un miedo que refleja una inseguridad ante una realidad que no sabemos manejar o administrar, y por ende, cuando se presentan esos retos que vemos inalcanzables o no deseables, solemos evadir dicha situación para permanecer en nuestro estatus de equilibrio personal.

Es precisamente ahí, donde Jesús viene a reforzar todos los vacíos e inseguridades que tenemos, pero que cuando estos están muy arraigados o estamos prendados de otras seguridades puestas en personas, situaciones o cosas, no deseamos soltarlas porque eso es lo que tenemos asegurado y no deseamos arriesgarnos a perder lo poco por lo mucho.

Es por ello que el Señor Jesús remarca muy claramente que ya nos na dejado su paz, esa que viene acompañada de la gracia y la serenidad de su confianza. Esa paz que debemos de mantener firme y cuidar, ya que el maligno está dispuesto a poner todos lo medios e instrumentos necesarios para derribarla.

Pero no es para que nos acobardemos, lo perdido, perdido está, y el maligno en ese estado está, por ello no dejes que un derrotado te derrote, la fortaleza que da el Señor hace que no le des la importancia a los miedos e inseguridades que remarca el mal, pero con su gracia, todo se puede y la cobardía desaparece, porque ya no tiene motivo para temer.

“El miedo de la verdad”

“El miedo de la verdad”

Juan: 10, 22-30

Por aquellos días, se celebraba en Jerusalén la fiesta de la dedicación del templo. Era invierno. Jesús se paseaba por el templo, bajo el pórtico de Salomón.

Entonces lo rodearon los judíos y le preguntaron: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo claramente”.

Jesús les respondió: “Ya se lo he dicho y no me creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano. Me las ha dado mi Padre, y Él es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. El Padre y yo somos uno”.

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La verdad en sí misma, conlleva una serie de valores y satisfactores que sacian nuestra propia inteligencia, aquella que queda clara cuando se adecua la realidad con la verdad, formando un todo comprensible.

¿Pero qué pasa cuando empezamos a dar cabida a la mentira?, la confianza se deposita en ideales no reales que convertimos en esperanzas que por cierto nunca llegan porque son inexistentes. 

Entonces la verdad da miedo, no porque sea violenta, de hecho vivir en la verdad es lo más sano, pero a quienes viven en sus propias mentiras ideales, institucionales o personales, buscan a toda costa que las secunden y que todo el tiempo les den la razón para no perder la estabilidad y ponerse mal.

Pero qué flojera es tener que andar tratando a personas que las puedes herir con lo evidente, eso ya no está bien, porque tienes que hacerte parte de sus errores para poder congeniar.

A Jesús no le cuesta trabajo la verdad, de hecho Él es la verdad, pero a los que viven en sus ideales sublimemente exagerados, les cuesta adecuarse, conflictuando sus principios mal basados o así malamente aprendidos.

Vale la pena encontrarnos con nuestra propia verdad y la del mundo en el mismo plan de Dios, porque con ella, seremos libres, sin miedos, ni temores, la crisis de conocerla es buena, porque sabremos a ciencia cierta lo que hacemos y donde estamos.

"Explicó los pasajes"

Explicó los pasajes”

Lucas: 24,13-35

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.

Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?” Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?” Él les preguntó: “¿Qué cosa?”. Ellos le respondieron: “Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron.

Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron”.

Entonces Jesús les dijo: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?” Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.

Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!”.

Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: “De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón”. Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

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Cuánta necesidad tenemos de obtener conocimientos, de tener la oportunidad de adquirirlos y por otro lado de poder asimilarlos, ya que no cualquier persona tiene acceso a ellos de manera oficial, y aunque hoy en día se dice que la educación es gratuita, la calidad y manipulación de la misma no da para mucho.

Se ha creado una conciencia de que es mejor por la situación que cada persona vive, quedarse navegando en en el analfabetismo, cuando en realidad si la persona lo desea puede salir de dicha situación. 

De hecho existen por doquier lugares de profundización del conocimiento en todos los aspectos y materias de manera gratuita, pero aun así no los aprovechamos. Y claro que eso redunda en nuestra vida.

Esa necesidad de conocer, es la que nos hace equivocarnos y sufrir, porque ya no tenemos esa ciencia infusa que se nos había participado desde los orígenes de la creación adjunta a la santidad y gracia divina, pero junto con el pecado se han perdido.

Ahora hay que aprender, y quien tiene el conocimiento lo usa para manipular y limitarlo a los demás, para nada se asemeja eso al plan De Dios.

Sin embargo Jesús, restaurando la gracia, a su vez da a conocer y a explicar ese conocimiento a veces perdido, olvidado o no bien entendido sobre el plan de Dios expuesto desde antiguo en las Sagradas Escrituras.

Su plan es dar a conocer la verdad y restaurarla desde la gracia. Por ello dejemos que la verdad sea la que se nos descubra y la hagamos nuestra, ya que complementa aquello que habíamos pedido, y que en realidad necesitamos para cambiar y caminar en nuestra vida por el verdadero plan y, no por el que nos presentan para beneficio de otros. Es por ello que Jesús también nos explicó esos pasajes, para darnos a conocer lo que de suyo desconocíamos. 

“Estrategias con miedo”

“Estrategias con miedo”

Juan: 11, 45-56

En aquel tiempo, muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver que Jesús había resucitado a Lázaro, creyeron en él. Pero algunos de entre ellos fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron al sanedrín y decían: “¿Qué será bueno hacer? Ese hombre está haciendo muchos prodigios. Si lo dejamos seguir así, todos van a creer en él, van a venir los romanos y destruirán nuestro templo y nuestra nación”.

Pero uno de ellos, llamado Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: “Ustedes no saben nada. No comprenden que conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que toda la nación perezca”. Sin embargo, esto no lo dijo por sí mismo, sino que, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios, que estaban dispersos. Por lo tanto, desde aquel día tomaron la decisión de matarlo.

Por esta razón, Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la ciudad de Efraín, en la región contigua al desierto y allí se quedó con sus discípulos.

Se acercaba la Pascua de los judíos y muchos de las regiones circunvecinas llegaron a Jerusalén antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús en el templo y se decían unos a otros: “¿Qué pasará? ¿No irá a venir para la fiesta?” 

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Solemos en el camino de nuestra vida ir adoptando situaciones y formas de actuar conforme la cultura familiar y local nos lo van presentando, a veces con muchos valores y otras no tanto, sino con un esfuerzo grande para sobresalir a pesar de las dificultades en medio de un ambiente hostil.

Ya acostumbrados a cuidar por todos los medios las zonas de confort en las que hemos logrado posicionarnos, cualquier amenaza, aunque en realidad sea una mejora, se convierte en una autodefenza por permanecer.

Esos temores ante los hechos que Jesús presenta eficientemente, aquellos que demuestran su mesianísmo, no convienen a la religiosidad del momento, trunca la ley positiva humana y los planes de sus dirigentes, además de que es duro cambiar un estatus y una forma de vida milenaria de la noche a la mañana, aunque éste se esté ansiosamente esperando.

Por ello, ante el miedo del cambio y la novedad, pretenden extirparlo, y con todo el poder agarrado de la mano en su tiempo, utilizan los recursos existentes para hacerlo. Su inseguridad, mezclada con la desviación de los principios y valores mesiánicos, son el elemento perfecto para en extremo utilizar estrategias de miedo.

Nada nuevo en nuestros tiempos, simplemente hay que ver la realidad y adaptarnos sabiamente a ella, siempre y cuando no contradiga la verdad y promueva el sano crecimiento en todos los aspectos de nuestras vidas.