“¡Ábrete!"

“¡Ábrete!”

Marcos 7,31-37

En aquel tiempo, Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effetá», que quiere decir: “¡Ábrete!”. Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

_______________

Esta frase admito que se la copie a una una amiga además de ser mi comadre y dice: “Tu mente es como un paracaídas, funciona sólo cuando lo abres”. Geny Moreno. Me ilumina bastante el evangelio al respecto, convergiendo la frase anterior para mi meditación.

A veces concibo la inteligencia y todas las capacidades humanas o dones, entregadas a cada uno de nosotros como un depósito de luz, la cual se va manifestando de diferente manera en nosotros, además me imagino que ese depósito de luz está cubierto sólidamente por una gruesa placa la cual tiene muchos orificios, como una coladera, pero que no todos están abiertos.

De tal manera que esa luz que se alcanza a escapar la vemos brillar en los demás y la identificamos, podría afirmar; esta persona tiene abierto en ese depósito el orificio de la alegría, esta otra de la inteligencia, otros él de la amabilidad, del trabajo, del servicio, del bien decir, del amor, en otros vemos varios dones abiertos simultáneamente, etc… 

Pero cuántos dones aunque estén presentes en ese depósito no salen porque están cerrados, y en dónde debería haber esa luz, sólo hay oscuridad con los respectivos faltantes y las consecuencias que conlleva. El evangelio es claro, a Jesús le presentan un sordomudo, tiene oídos, tiene boca, pero no oye ni habla bien.

A veces así estamos nosotros, tenemos todos los dones dispuestos a manifestarse y obrar espléndidamente para beneficio propio así como de los demás, pero no los usamos, otros que llamamos discapacitados con lo poco que tienen, brillan y hacen mucho más que los que nos decimos completos.

Hace falta un ¡Ábrete!, un “Effetá”, es necesario abrir puertas y ventanas, permitir que entre más luz y ver con más claridad, destapar esos orificios para que fluyan las gracias, abrir nuestra mente y abarcar aún más de la sabiduría divina, para que tengamos cada vez más esa conciencia que un día será plena en el cielo. No sólo te maravilles con el milagro, hazlo tuyo. Por eso “¡Ábrete!”

“Milagros sin milagro”

“Milagros sin milagro”

Juan 6, 30-35

En aquel tiempo, la gente le preguntó a Jesús: “¿Qué señal vas a realizar tú, para que la veamos y podamos creerte? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo”.

Jesús les respondió: “Yo les aseguro: No fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo”.

Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Jesús les contestó: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed”.

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En todos los tiempos así como en todas las culturas permanece una constante ante la duda acerca de Dios, acerca de sus obras, y sobre su amor hacia nosotros, por lo que que como prueba innegable se pide el milagro a manera de un racional si físico auto convencimiento.

Pero precisamente cuando se solicita el milagro, pierde todo su sentido de ser porque deja de ser milagro para convertirse en espectáculo, y en cierta manera obliga al espectador a creer, pero no por amor, sino por pura racionalización.

El milagro no se limita tan sólo a los acontecimientos inexplicables o a las sanaciones inesperadas, esa es una de las partes que lo integran, pero el milagro se hace pleno cuando dicho testimonio mueve y transforma los corazones de las personas y no queda en el acto presenciado. 

Hoy el mundo pide milagros sin milagro, porque no se está dispuesto a cambiar la mente ni el corazón, la razón es sencilla: el miedo a comprometernos y dejar atrás nuestros ya cotidianos y ordinarios ritos que alimentan codependencias con el pecado.

El milagro se da sin pedirlo, como un regalo, y si se pide y se otorga, es porque Dios ya sabe hasta dónde va a llegar, no tan sólo al impacto de tu vista, sino de tu alma y corazón.

“¡Ábrete!”

“¡Ábrete!”

Marcos 7,31-37

En aquel tiempo, Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effetá», que quiere decir: “¡Ábrete!”. Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

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Esta frase admito que se la copie a una una amiga además de ser mi comadre y dice: “Tu mente es como un paracaídas, funciona sólo cuando lo abres”. Geny Moreno. Me ilumina bastante el evangelio al respecto, convergiendo la frase anterior para mi meditación.

A veces concibo la inteligencia y todas las capacidades humanas o dones, entregadas a cada uno de nosotros como un depósito de luz, la cual se va manifestando de diferente manera en nosotros, además me imagino que ese depósito de luz está cubierto sólidamente por una gruesa placa la cual tiene muchos orificios, como una coladera, pero que no todos están abiertos.

De tal manera que esa luz que se alcanza a escapar la vemos brillar en los demás y la identificamos, podría afirmar; esta persona tiene abierto en ese depósito el orificio de la alegría, esta otra de la inteligencia, otros él de la amabilidad, del trabajo, del servicio, del bien decir, del amor, en otros vemos varios dones abiertos simultáneamente, etc… 

Pero cuántos dones aunque estén presentes en ese depósito no salen porque están cerrados, y en dónde debería haber esa luz, sólo hay oscuridad con los respectivos faltantes y las consecuencias que conlleva. El evangelio es claro, a Jesús le presentan un sordomudo, tiene oídos, tiene boca, pero no oye ni habla bien.

A veces así estamos nosotros, tenemos todos los dones dispuestos a manifestarse y obrar espléndidamente para beneficio propio así como de los demás, pero no los usamos, otros que llamamos discapacitados con lo poco que tienen, brillan y hacen mucho más que los que nos decimos completos.

Hace falta un ¡Ábrete!, un “Effetá”, es necesario abrir puertas y ventanas, permitir que entre más luz y ver con más claridad, destapar esos orificios para que fluyan las gracias, abrir nuestra mente y abarcar aún más de la sabiduría divina, para que tengamos cada vez más esa conciencia que un día será plena en el cielo. No sólo te maravilles con el milagro, hazlo tuyo. Por eso “¡Ábrete!”

“Al ser testigos”

“Al ser testigos”

Lucas: 18, 35-43

En aquel tiempo, cuando Jesús se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado a un lado del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntó qué era aquello, y le explicaron que era Jesús el nazareno, que iba de camino. Entonces él comenzó a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”. Los que iban adelante lo regañaban para que se callara, pero él se puso a gritar más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”
Entonces Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” Él le contestó: “Señor, que vea”. Jesús le dijo: “Recobra la vista; tu fe te ha curado”.
Enseguida el ciego recobró la vista y lo siguió, bendiciendo a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.

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Parece que cada vez es más difícil que nos mientan ingenuamente ante una cultura que pide y conoce sus derechos en casi todos los aspectos así como en situaciones; aunque la maquinaria de información es muy evolucionada, tiene un esquema de falta de veracidad para ocultar situaciones y manipular personas que se creen libres en ciertos aspectos, pero no enfatizan en otros que pueden descubrir la verdad tras bambalinas.

Ya depende de si nos dejamos llevar por el sistema engañando nuestra inteligencia o despertamos a la verdad de todo, que para ello, es necesario conocerla como referencia  única e inequívoca absolutamente.

Aún así, con todas las herramientas para descubrir la verdad, aún falta la disponibilidad de hacerla efectiva, porque no basta con alzar la voz o remarcar el error, el actuar en pro de la verdad es lo que realmente lleva a una solución y a un cambio. Esto es lo más común que el mundo hace: conoce, critica, pero nada hace. Todo queda en el escándalo.

Un ejemplo claro lo tenemos en este evangelio, cuando ante el milagro del ciego, los testigos presenciales impregnan el ambiente con la admiración que llega a tal grado de que todo el pueblo alababa a Dios, es una reacción de una verdad hecha actual y concreta, que es lo que mucha falta hace hoy en nuestros días al ser testigos de las maravillas que Dios sigue obrando, pero que nos limitamos a admirarnos, y a veces ni eso. Un testigo, da testimonio y ese lo puedes ser tu.

“Sanación particular, no selectiva”

“Sanación particular, no selectiva”

Lucas 4, 38-44

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella. El, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera, se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: —Tú eres el Hijo de Dios.

Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías. Al hacerse de día, salió a un lugar solitario. La gente lo andaba buscando; dieron con él e intentaban retenerlo para que no se les fuese. Pero él les dijo: —También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado.

Y predicaba en las sinagogas de Judea.

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En esta ocasión nos encontramos con el relato de la curación de la suegra de Simón, Pedro dónde en la misma familia le piden que haga algo por ella ya que tenía la fiebre muy alta, no revela qué enfermedad concreta tenía, pero en aquella época ese síntoma por el avance de la medicina de su tiempo podría revelar mil enfermedades en su momento letales, ya que no se contaban con los medios que actualmente disponemos para diagnosticar, ni los medicamentos para aplicar. Una fiebre era de tenerle miedo, porque podría derivar en la muerte.

A su vez podríamos pensar que Jesús por el hecho de que esa mujer era pariente de Simón, la atendió de una manera preferencial y exclusiva, de una manera muy particular, hecho que debemos de ubicar en el mismo contexto en el que se da, porque de suyo Jesús iba en la misión de predicar el Reino y no de visita exclusiva, aunque afirma que lo hicieron saliendo de la sinagoga.

De hecho esa curación sí es muy particular, porque cada una de las personas que se le acercan posteriormente con fe para ser sanadas en esa misma ocasión, no lo hacen en masa ni en grupos multitudinarios, sino que atendió a cada uno, como remarca el evangelio: “Y Él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando.” es decir muy en particular, pero aquí si hay que remarcar que la atención personal no significa selectiva y para algunos cuantos solamente.

A veces pensamos que tan sólo a algunos Dios les hace el milagro de curarlos sin importar que tan grave sea su enfermedad; nos sentimos pecadores, no merecedores de su gracia, auto excluidos del derecho a su amor, a su gracia y al milagro. Llegamos a creer que Dios debería de obrar indistintamente aún sin pedírselo e inclusive sin amarlo ni seguirlo.

Aquí es donde radica el detalle, precisamente lo único que solicita el Señor para obrar, es un poco de fe, un poco de conciencia religiosa, un poco de compromiso que le de seguridad y le confirme que la persona desea ser sanada y no solamente curada para seguir dándole vuelo a la vida desordenadamente. El mínimo de fe es requisito, si no se tiene, se pide y mientras se pide se da el milagro que solicitas, porque ya habrás entrado en el proceso de la sanación de alma y claro, la que se solicita, la del cuerpo.

“¿Milagros Anónimos?”

“¿Milagros Anónimos?”

Marcos 5, 21-43

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: —Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.

Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente, preguntando: —¿Quién me ha tocado el manto?

Los discípulos le contestaron: —Ves como te apretuja la gente y preguntas: «¿Quién me ha tocado?»

Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. El le dijo: —Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.

Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: —Se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?

Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: —No temas; basta que tengas fe.

No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: —¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.

Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: —“Talitha qumi” (que significa: contigo hablo, niña, levántate).

La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

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En el Evangelio de éste día encontramos una situación un tanto común pero no tan buena en el plan de Dios, y es que la mujer enferma, aunque su confianza en Jesús es muy grande pensando que bastaría con tan sólo tocarlo se curaría; de una manera discreta y anómima ella procede.

Más sin embargo es imposible que un milagro pueda ser anómimo, que no implique a ambas partes, ya que la acción requiere de las dos: Dios y la persona. En la mayoría de los casos desearíamos que así fuera, ya que uno obteniendo su sanación de igual manera anónimamente me desaparezco sin compromiso ni agradecimiento alguno.

Eso no lo permite Jesús, y aunque para los demás la búsqueda de esa persona en medio de la muchedumbre descontrolada y eufórica sea un absurdo, la obra de Dios debe completarse con el agradecimiento y la toma de conciencia del don recibido, sobre todo para que éste de más frutos y sea un notorio testimonio de fe en la comunidad.

Además no puede quedar en la pasada el milagro, porque se inició con ello un proceso de fe que culminará en la santidad. Al igual nosotros debemos ser conscientes de que los milagros requieren del mínimo agradecimiento y acción de nuestra parte, pero si no somos capaces de retornar lo mínimo, Dios no deja de hacer el milagro, pero quien no lo permite que obre en su plenitud eres tu. Déjalo hacer su obra en ti, que quien sale ganando eres tu y sin pedirte nada que no puedas dar en lo ordinario de tu vida.

“Conveniencias”

“Conveniencias”

Juan 4, 43-54

En aquel tiempo, salió Jesús de Samaria para Galilea. Jesús mismo había hecho esta afirmación: «Un profeta no es estimado en su propia patria».

Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.

Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.

Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verle, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose.

Jesús le dijo: –«Como no veáis signos y prodigios, no creéis».

El funcionario insiste: –«Señor, baja antes de que se muera mi niño».

Jesús le contesta: –«Anda, tu hijo está curado».

El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo estaba curado. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron: –«Hoy a la una lo dejó la fiebre».

El padre cayó en la cuenta de que ésa era la hora cuando Jesús le había dicho: «Tu hijo está curado». Y creyó él con toda su familia.

Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.

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La primera impresión que nos da una persona, es la apariencia física, de la cual se desprende el estado de ánimo que en su momento manifieste, es entonces cuando nuestra sutil percepción inicia el proceso de catalogado personal, todo en base de igual manera estén nuestras circunstancias anímicas.

Este primer encuentro visual ya habla de nosotros, sin embargo entonces viene la profundización intelectual para descubrir a la persona en su manera de pensar así como de vivir y las obras realizadas.

Aquí es donde en su momento, a la persona de Jesús a quien ya conocían, sobre todo por la fama que se había ganado, la cual se proclamaba directamente a viva voz, la actitud aunque sea de rechazo, se torna en conveniente para mi persona, pensando en el beneficio que conllevaría un trato cercano, por ello cambio de opinión.

Esas convenientes relaciones no llegan a buen fin, porque en realidad no se dan basadas en la confianza ni con el corazón. En el aquí y ahora, no importa si sea Jesús, el Papa, el Presidente o cualquier famoso y acaudalado, esas conveniencias no dan fruto, ya que el problema no es la relación, sino nuestra actitud, por lo que no nos admire si de repente se rompen o vienen a menos, ya que la calidad la das tú, y si en caso contrario no te valoran y se van, es mejor para ti, se retiran antes de que te causen un daño.

Por ello la mejor calidad en las relaciones convenientes son aquellas que das tú con la caridad y fiabilidad en reciprocidad, si una de éstas falla, algo anda mal. Por ello siempre confiar en el Señor que es el modelo de toda confianza y relación de amistad así como de amor.

“Milagros ajenos”

“Milagros ajenos”

Lucas 4, 24-30

En aquel tiempo, dijo Jesús al pueblo en la sinagoga de Nazaret: –«Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio».

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo.

Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

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Por ahí dice un dicho que “El pasto tras la cerca, siempre es más verde”, con referencia a que solemos fijarnos en los bienes de las personas más cercanas, remarcando su importancia y beneficio, por lo general enfatizando en lo que no tengo y lo que el otro sí posee. Algo que es ya muy común en nuestros días.

Remarcando el mismo evangelio de ésta cita, podría parecer, que se trata en el plano de la fe de la misma situación, así pareciera, pero no, de hecho la dinámica de Dios en relación con las necesidades de las personas, no depende de su estado de ánimo o gusto selectivo por algunos en particular, sino que más que fijarnos en lo que los demás tienen y molestarnos por ello, se refiere a la propia actitud.

Esa actitud que realmente habla por sí sola ante el hecho de que vemos los beneficios, pero no vemos las actitudes, así como los esfuerzos para obtenerlos, porque de suyo eso es lo principal, la calidad de la persona merece lo que de suyo se ha esforzado.

Es por ello que Jesús remarca todas aquellas actitudes en personas ajenas al supuesto plan del pueblo de Israel, donde han recibido copiosamente las bendiciones de Dios, no por designio divino, sino por acitud de disponibilidad de recibirlas, con un corazón contrito, con una grande esperanza y une fe firme.

Por lo que si no vez que a tí te toquen esos milagros que sí le suceden a otros, pues no es por la selectividad divina, ni por la suerte, sino porque ellos lo pidieron y sobre todo, lo más importante: se dispusieron en la gracia de Dios para recibirlos, que por cierto, eso creo que es lo que nomás nos falta, porque la petición de boca ya está hecha, tan sólo faltan lo hechos: quitar lo que le impide a la gracia de Dios llegar, es decir el pecado y conjeturarlo con el testimonio de la propia vida.

“¡Ábrete!”

“¡Ábrete!”

Marcos 7,31-37

En aquel tiempo, Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effetá», que quiere decir: “¡Ábrete!”. Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

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Esta frase admito que se la copie a una una amiga además de ser mi comadre y dice: “Tu mente es como un paracaídas, funciona sólo cuando lo abres”. Geny Moreno. Me ilumina bastante el evangelio al respecto, convergiendo la frase anterior para mi meditación.

A veces concibo la inteligencia y todas las capacidades humanas o dones, entregadas a cada uno de nosotros como un depósito de luz, la cual se va manifestando de diferente manera en nosotros, además me imagino que ese depósito de luz está cubierto sólidamente por una gruesa placa la cual tiene muchos orificios, como una coladera, pero que no todos están abiertos.

De tal manera que esa luz que se alcanza a escapar la vemos brillar en los demás y la identificamos, podría afirmar; esta persona tiene abierto en ese depósito el orificio de la alegría, esta otra de la inteligencia, otros él de la amabilidad, del trabajo, del servicio, del bien decir, del amor, en otros vemos varios dones abiertos simultáneamente, etc…

Pero cuántos dones aunque estén presentes en ese depósito no salen porque están cerrados, y en dónde debería haber esa luz, sólo hay oscuridad con los respectivos faltantes y las consecuencias que conlleva. El evangelio es claro, a Jesús le presentan un sordomudo, tiene oídos, tiene boca, pero no oye ni habla bien.

A veces así estamos nosotros, tenemos todos los dones dispuestos a manifestarse y obrar espléndidamente para beneficio propio así como de los demás, pero no los usamos, otros que llamamos discapacitados con lo poco que tienen, brillan y hacen mucho más que los que nos decimos completos.

Hace falta un ¡Ábrete!, un “Effetá”, es necesario abrir puertas y ventanas, permitir que entre más luz y ver con más claridad, destapar esos orificios para que fluyan las gracias, abrir nuestra mente y abarcar aún más de la sabiduría divina, para que tengamos cada vez más esa conciencia que un día será plena en el cielo. No sólo te maravilles con el milagro, hazlo tuyo. Por eso “¡Ábrete!”

“Solemnidad del Cuerpo y La Sangre de Cristo”

“Solemnidad del Cuerpo y La Sangre de Cristo”

Juan: 6, 51-58

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.

Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” Jesús les dijo: “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre”.

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Corpus Christi es la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía.

Este día recordamos la institución de la Eucaristía que se llevó a cabo el Jueves Santo durante la Última Cena, al convertir Jesús el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.

Es una fiesta muy importante porque la Eucaristía es el regalo más grande que Dios nos ha hecho, movido por su querer quedarse con nosotros después de la Ascensión.

Origen de la fiesta:

Dios utilizó a santa Juliana de Mont Cornillon para propiciar esta fiesta. La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Por diferentes intrigas tuvo que irse del convento. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.

Juliana, desde joven, tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre añoraba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haberse intensificado por una visión que ella tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad.

Ella le hizo conocer sus ideas a Roberto de Thorete, el entonces obispos de Liège, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos; a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Liège, después obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén y finalmente al Papa Urbano IV. El obispo Roberto se impresionó favorablemente y como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; también el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan debía escribir el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.

El obispo Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez por los cánones de San Martín en Liège. Jacques Pantaleón llegó a ser Papa el 29 de agosto de 1261. La ermitaña Eva, con quien Juliana había pasado un tiempo y quien también era ferviente adoradora de la Santa Eucaristía, le insistió a Enrique de Guelders, obispo de Liège, que pidiera al Papa que extendiera la celebración al mundo entero.

Urbano IV, siempre siendo admirador de esta fiesta, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. Este oficio, compuesto por el doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, por petición del Papa, es uno de los más hermosos en el breviario Romano y ha sido admirado aun por Protestantes.

La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Juan XXII, sucesor de Clemente V, instó su observancia.

Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes en a partir del siglo XIV.

La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306; en Worms la adoptaron en 1315; en Strasburg en 1316. En Inglaterra fue introducida de Bélgica entre 1320 y 1325. En los Estados Unidos y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.

En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.

El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurección de Nuestro Señor Jesucristo.

Fuente: http://www.corazones.org

El milagro de Bolsena

En el siglo XIII, el sacerdote alemán, Pedro de Praga, se detuvo en la ciudad italiana de Bolsena, mientras realizaba una peregrinación a Roma. Era un sacerdote piadoso, pero dudaba en ese momento de la presencia real de Cristo en la Hostia consagrada. Cuando estaba celebrando la Misa junto a la tumba de Santa Cristina, al pronunciar las palabras de la Consagración, comenzó a salir sangre de la Hostia consagrada y salpicó sus manos, el altar y el corporal.

El sacerdote estaba confundido. Quiso esconder la sangre, pero no pudo. Interrumpió la Misa y fue a Orvieto, lugar donde residía el Papa Urbano IV.

El Papa escuchó al sacerdote y mandó a unos emisarios a hacer una investigación. Ante la certeza del acontecimiento, el Papa ordenó al obispo de la diócesis llevar a Orvieto la Hostia y el corporal con las gotas de sangre.

Se organizó una procesión con los arzobispos, cardenales y algunas autoridades de la Iglesia. A esta procesión, se unió el Papa y puso la Hostia en la Catedral. Actualmente, el corporal con las manchas de sangre se exhibe con reverencia en la Catedral de Orvieto.

A partir de entonces, miles de peregrinos y turistas visitan la Iglesia de Santa Cristina para conocer donde ocurrió el milagro.

En Agosto de 1964, setecientos años después de la institución de la fiesta de Corpus Christi, el Papa Paulo VI celebró Misa en el altar de la Catedral de Orvieto. Doce años después, el mismo Papa visitó Bolsena y habló en televisión para el Congreso Eucarístico Internacional. Dijo que la Eucaristía era “un maravilloso e inacabable misterio”.

Tradiciones mexicanas de Corpus Christi

Esta fiesta tradicional data del año 1526. Se acostumbra rendir culto al Santísimo Sacramento en la Catedral de México. El centro de la festividad era la celebración solemne de la Misa, seguida de una imponente procesión que partía del Zócalo, en la que la Sagrada Eucaristía, portada por el arzobispo bajo palio, era escoltada por autoridades virreinales, cabildo, cofradías, ejército, clero y pueblo. Había también representaciones teatrales alusivas, música y vendimia especial.

Los campesinos traían en sus mulas algunos frutos de sus cosechas para ofrecérselas a Dios como señal de agradecimiento. Esto dio origen a una gran feria que congregaba artesanos y comerciantes de distintos rumbos del país, que traían mercancías a lomo de mula (frutos de la temporada y artesanías que transportaban en guacales).

Cuentan que un hombre, llamado Ignacio, tenía dudas acerca de su vocación sacerdotal y un jueves de Corpus le pidió a Jesucristo que le enviara una señal. Al Pasar el Santísimo Sacramento frente a Ignacio en la procesión, Ignacio pensó: “Si ahí estuviera presente Dios, hasta las mulas se arrodillarían” y, en ese mismo instante, la mula del hombre se arrodilló. Ignacio interpretó esto como señal y entregó su vida a Dios en el sacerdocio y se dedicó para siempre a transmitir a los demás las riquezas de la Eucaristía.

Así fue como surgieron las mulitas elaboradas con hojas de plátano secas con pequeños guacales de dulces de coco o de frutas, de diversos tamaños.

Ponerse una mulita en la solapa o comprar una mulita para adornar la casa, significa que, al igual que la mula de Ignacio, nos arrodillamos ante la Eucaristía, reconociendo en ella la presencia de Dios.

Esta fiesta se celebra cada año el jueves después de la Santísima Trinidad. Se lleva a cabo en la Catedral y los niños se visten de inditos para agradecer la infinita ternura de Jesús. Se venden mulitas con gran colorido.

Diversas maneras de celebrar esta fiesta

Participar en la procesión con el Santísimo

La procesión con el Santísimo consiste en hacer un homenaje agradecido, público y multitudinario de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Se acostumbra sacar en procesión al Santísimo Sacramento por las calles y las plazas o dentro de la parroquia o Iglesia, para afirmar el misterio del Dios con nosotros en la Eucaristía.

Esta costumbre ayuda a que los valores fundamentales de la fe católica se acentúen con la presencia real y personal de Cristo en la Eucaristía.

La Hora Santa

Es una manera práctica y muy bella de adorar a Jesús Sacramentado. El Papa Juan Pablo II la celebra, al igual que la mayoría de las Parroquias de todo el mundo, los jueves al anochecer, para demostrar a Cristo Eucaristía amor y agradecimiento y reparar las actitudes de indiferencia y las faltas de respeto que recibe de uno mismo y de los demás hombres.

Consiste en realizar una pequeña reflexión evangélica, en presencia de Jesús Sacramentado y, al final, se rezan unas letanías especiales para demostrarle a Jesús nuestro amor.

Se puede celebrar de manera formal con el Santísimo Sacramento solemnemente expuesto en la custodia, con incienso y con cantos, o de manera informal con la Hostia dentro del Sagrario. Cualquiera de las dos maneras agrada a Jesús.

Se inicia con la exposición del Santísimo Sacramento o, en su defecto, con una oración inicial a Jesucristo estando todos arrodillados frente al Sagrario.

A continuación, se procede a la lectura de un pasaje del Evangelio y al comentario del mismo por parte de alguno de los participantes.

Luego, se reflexiona adorando a Jesús, Rey del Universo, en la Eucaristía.

Se termina con las invocaciones y las letanías correspondientes y, en el caso de que la Hora Eucarística se haya hecho delante del Santísimo solemnemente expuesto, el sacerdote da la bendición con el Santísimo; en caso contrario, se finaliza la Hora Santa con una plegaria conocida de agradecimiento.

 

¿Qué hacer cuando no se puede ir a comulgar?

Se puede llevar a cabo una comunión espiritual. Esto es recibir a Jesús en tu alma, rezando la siguiente oración:

“Creo, Jesús mío, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo ardientemente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Quédate conmigo y no permitas que me separe de ti. Amén”

Fuente: Es.catholic.net