“¿Qué puedes comprar con dinero?”

Lucas: 16, 9-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que, cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo. El que es fiel en las cosas pequeñas, también es fiel en las grandes; y el que es infiel en las cosas pequeñas, también es infiel en las grandes. Si ustedes no son fieles administradores del dinero, tan lleno de injusticias, ¿quién les confiará los bienes verdaderos? Y si no han sido fieles en lo que no es de ustedes, ¿quién les confiará lo que sí es de ustedes?


No hay criado que pueda servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro, o se apegará al primero y despreciará al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero”.

Al oír todas estas cosas, los fariseos, que son amantes del dinero, se burlaban de Jesús. Pero Él les dijo: “Ustedes pretenden pasar por justos delante de los hombres; pero Dios conoce sus corazones, y lo que es muy estimable para los hombres es detestable para Dios”.

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Hoy en nuestros días todo se mide en bienes monetarios, cualquier desastre, trabajo, hasta la salud se mide en billetes; se hace trabajar arduamente para recabar cifras astronómicas que si las contáramos de una en una, una vida no alcanzaría, se ha convertido en irreal e inadministrable tanto dinero, aunque ciertamente desgasten su vida para ello.

Parece que todo tiene un precio, sin embargo existen realidades y cosas que ni teniendo todo el dinero del mundo se pueden comprar. A lo mejor se pueden tener personas y valores espirituales, pero comprarlos a necesidad y discreción resulta en un farsa.

¿Quién no desea tener una millonada bajo el colchón o invertido en múltiples bienes?, claro que eso solucionaría un sin fin de situaciones que en este mundo se manejan como ya lo había mencionado, en cifras y estadísticas.

Sin embargo nadie puede comprar lo más valioso que poseemos: la propia vida, se pueden hacer los intentos de conservarla en los mejores hospitales del mundo, sin embargo esa es un don que no se puede calcular en números, ni conservar al propio gusto y tiempo, y junto con ella todos los dones que la adornan, no entran en el esquema de valores monetarios con precios concretos, sino en el de los valores espirituales donde la medida la tiene sólo Dios.

Por ello no te afanes en solamente adquirir lo que puedes adquirir con dinero, anímate a adquirir lo gratuito y que más vale, la gracia de Dios con todas las vertientes en los dones derramados por su Santo Espíritu, porque tendremos todo, pero sin Dios al final no tenemos nada.

¡¡Dios lo castigó!!

¡¡Dios lo castigó!!


Lucas 13, 1-9

En aquella ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: —¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.Y les dijo esta parábola: —Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?” Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás”.
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Son tantas y tan variadas las interpretaciones de las situaciones negativas que nos acontecen que a veces suelen rayar en los extremos más populacheros mitológicos que en la realidad misma.
Ciertamente Dios permite que ciertas circunstancias aún dolorosas se hagan presentes en nuestra vida, pero no para dañar o castigar, porque Dios no actúa de esa manera, así lo proyectamos nosotros y ponemos en su boca nuestras propias palabras: “Dios lo castigó, es un castigo de Dios”.
Esta tendencia ya nos viene algo fermentada desde antiguo, porque en el mismo judaísmo se pensaba que, cuando alguna persona le ocurría alguna desgracia, era porque estaba en pecado o tenía alguna maldición, se les consideraban impuros y rechazados socialmente de su comunidad, se consideraba que el cielo o el infierno ya se vivían en esta vida y, según les fuera, se presentaba uno u otro.
Pero olvidamos que ese no es el pensamiento de Dios, sino el del ser humano que no ha madurado, o se pasa de madurez rayando en podredumbre que es lo que sale en su momento negativamente.
Dios jamás se recrea en el sufrimiento humano, al contrario, si llega, lo aprovecha para remarcar aún más la diferencia del bien al mal, para fortalecerte y probar lo firme que eres acrisolándote.
Cuando usamos esas expresiones de castigo divino, es porque no entendemos realmente la misericordia de Dios, que van más impregnadas del gusto por el mal ajeno, que por la maldad divina que no existe. Es una proyección de nuestro sentir a los demás poniendo en boca de Dios el mal que le deseamos a los demás.

Lo que sobresaldrá en todo serán tus frutos, no los de los demás, cada quien los presentará y ahí se verá cuan abundantes o precarios serán. Por eso en vez de preocuparte si Dios castiga o no y a quién, mejor trabaja en tu propia vida y no en la de los demás.

“Saber perdonar”

“Saber perdonar”

Mateo: 18, 21-19, 1

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.

Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron, le debía muchos millones.

Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda. Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’.

El compañero se le arrodilló y le rogaba: `Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda. Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contarle al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. Cuando Jesús terminó de hablar, salió de Galilea y fue a la región de Judea que queda al otro lado del Jordán.

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Las situaciones de dolor que nos causan todos aquellos que consciente o inconscientemente nos hacen los demás, suelen ser muy desagradables y aún más cuando son aquellos en los que hemos depositado nuestra confianza los que nos dañan.

Querer ser perdonado suele ser algo muy requisitorio y agradable cuando se nos da, pero perdonar a aquellos que nos hirieron o nos deben algo, tendemos a hacerlo más grande  y hasta a exagerarlo porque lo alimentamos con la inconformidad que sentimos remarcando el dolor para auto compadecernos y así aumentar la negativa del perdón.

Lo malo es que en lugar de propiciar el perdón y la sanación, alimentamos el dolor personal causado a manera de un auto mártir que se siente sufrido, y que desea ser compadecido, y mientras no sanemos el orgullo encrespado motivado por ocasión del otro, seguiremos enfrascados cíclicamente en el mismo problema, sin atender la posibilidad del perdón.

Es ahí donde no sabemos perdonar, porque lo que domina es el dolor y en caso extremo ,nunca sana porque pide el pago justo o la venganza, y eso no sana el alma. La verdadera paz llega cuando perdonamos, porque sanamos y nos liberamos de ese peso innecesario, la misericordia llega cuando nosotros de igual manera la ejercemos, pero cuando impera el miedo y el dolor, eso será lo que decida lo que sigue por mucho tiempo en tu vida sin paz alguna.

“Pecado: Misericordia o castigo”

“Pecado: Misericordia o castigo”

Mateo: 18, 15-20

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.

Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”.

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En todo lo que concierne al pecado, podemos derramar todo un sinfín de vertientes y opiniones, tanto las oficiales, que por cierto no son muy bien conocidas, como las de tendencias puritanas radicalistas, hasta las laxas y totalmente permisivas.

De principio debemos de ubicar el contexto del pecado en el plan de Dios, que por cierto no estaba contemplado, por lo que Dios ante su presencia, tiene que reinventar su plan y convertirlo ahora en uno de recuperación por la pérdida de toda la gracia de Dios, quedando desproveídos de su contexto y viviendo al día con nosotros mismos y la vida simple para recuperar la divina.

Por lo que el pecado, claro que tiene una culpa y un castigo, pero éste no viene de Dios, sino que permite que las consecuencias de nuestros propios actos nos afecten, ya que las sembramos nosotros mismos.

Aunque por otro lado está la misericordia de Dios que no deja al ser humano solo, sino que lo acompaña en el camino de la recuperación de la gracia, cosa que pocos asimilan cuando Dios da la oportunidad de redimirnos.

No hay que olvidar que también existe la justicia, y no pasa desapercibida por Dios lleno de misericordia, ésta se cumple en la caridad cuando solicita el creador el reparo de los daños ocasionados y entonces sanos de toda falta, devolvernos la gracia, he ahí una justicia que debe resarcir y que se le da la oportunidad de hacerlo. 

El castigo lo pagamos nosotros como elemento obvio ante el mal que causamos, véase el fenómeno causa – efecto, y la misericordia divina está presente al no juzgarnos sin clemencia, sino con la paciencia de que volvamos a hacer no el mal, sino aún mejor un bien.

“La perfección se auto limita”

“La perfección se auto limita”

Mateo: 9, 9-13

En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió.

Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús los oyó y les dijo: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

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Es una pena encontrarnos con situaciones en donde las personas creen que porque hacen un supuesto bien, con eso basta para sentirse graduados en santidad y superiores, con el poder de juzgar a quien se equivoca, sin ayudar al que poco a poco va creciendo en el camino de perfeccionar sus dones y criterios.

Sentirnos perfectos es tan negativo como quien se siente imperfecto, a saber que ninguna de las dos situaciones atañe a la realidad efectiva, ya que solemos estancarnos y exagerar ya sea una o la otra.

Y es que la perfección que conocemos, es gradual, cada vez más podemos crecer en ella, hasta llegar a la altura de nuestro Padre Celestial, que capacidad tenemos para ello, pero falta saltar al siguiente nivel, ya que cuando nos quedamos en cierto tipo de perfección a los ojos personales o del mundo, en realidad la estamos limitando a no ir más allá y quedarnos cómodamente con esa imagen que brindamos, pero que en su momento caduca.

No hay como sentir la satisfacción por el bien realizado, porque da gozo y alegría, pero sin olvidar que se trata de una actitud dinámica, que una vez habiendo llegado a una meta, estamos más que capacitados para el siguiente reto que nos santificará aún más, y así progresivamente. 

Es por ello que sentirnos perfectos nos autolimita a crecer, y sobre todo a aceptar a aquellos que podemos a la par dar la mano en el camino recorrido y superado, he ahí la verdadera misericordia.

“Divina Misericordia”

“Divina Misericordia”

Juan: 20, 19-31 

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.

Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.

Otros muchos signos hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritos en este libro. Se escribieron éstos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.

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La Fiesta de la Divina Misericordia se celebra el primer Domingo después del Domingo de Pascua.

Sor María Faustina, apóstol de la Divina Misericordia, forma parte del círculo de santos de la Iglesia más conocidos. A través de ella el Señor Jesús transmite al mundo el gran mensaje de la Divina Misericordia y presenta el modelo de la perfección cristiana basada sobre la confianza en Dios y la actitud de caridad hacia el prójimo.

Antecedentes

Una devoción especial se comenzó a esparcir por el mundo entero a partir del diario de una joven monja polaca en 1930. El mensaje no es nada nuevo, pero nos recuerda lo que la Iglesia siempre ha enseñado por medio de las Sagradas Escrituras y la tradición: que Dios es misericordioso y que perdona y que nosotros también debemos ser misericordiosos y debemos perdonar. Pero en la devoción a la Divina Misericordia este mensaje toma un enfoque poderoso que llama a las personas a un entendimiento más profundo sobre el Amor ilimitado de Dios y la disponibilidad de este Amor a todos – especialmente a los más pecadores. El mensaje y la devoción a Jesús como la Divina Misericordia esta basada en los escritos de la Santa María Faustina Kowalska, una monja polaca sin educación básica que, en obediencia a su director espiritual, escribió un diario de alrededor de 600 páginas que relatan las revelaciones que ella recibió sobre la Misericordia de Dios. Aún antes de su muerte en 1938 se comenzó a esparcir la devoción a la Divina Misericordia.

El mensaje de Misericordia es que Dios nos Ama – a todos- no importa cuan grande sean nuestras faltas. Él quiere que reconozcamos que Su Misericordia es más grande que nuestros pecados, para que nos acerquemos a Él con confianza, para que recibamos su Misericordia y la dejemos derramar sobre otros. De tal manera de que todos participemos de Su Gozo. Es un mensaje que podemos recordar tan fácilmente como un ABC.

A — Pide su Misericordia. Dios quiere que nos acerquemos a Él por medio de la oración constante, arrepentidos de nuestros pecados y pidiéndole que derrame Su Misericordia sobre nosotros y sobre el mundo entero

B — Sé misericordioso – Dios quiere que recibamos Su Misericordia y que por medio de nosotros se derrame sobre los demás

C — Confía completamente en Jesús – Dios nos deja saber que las gracias de su Misericordia dependen de nuestra confianza. Mientras más confiemos en Jesús, más recibiremos.

La Devoción a la Divina Misericordia

Tener devoción a la Divina Misericordia requiere de una total entrega a Dios como Misericordia. Es una decisión que comprende en confiar completamente en Él, en aceptar su Misericordia con acción de gracias y de ser misericordioso como Él es Misericordioso.

Las prácticas devocionales propuestas en el diario de la Santa Faustina están en completo acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia y su raíz están firmemente en los Mensajes de los Evangelios de nuestro Señor Misericordioso. Estos propiamente comprendidos e implementados nos ayudan a crecer como genuinos seguidores de Cristo.

Corazón Misericordioso

Existen dos versos de las Escrituras que debemos tener en cuenta mientras nos involucramos en estas prácticas devocionales.

1. “Ese pueblo se me ha allegado con su boca, y me han honrado con sus labios mientras que si corazón está lejos de mí.” (Is 29:13);

2. Bienaventurados los misericordiosos por que ellos alcanzarán misericordia ” (Mt 5:7). Es irónico y hasta espantoso el hecho de que la mayoría de las personas religiosas de los tiempos de Cristo (personas que eran practicantes de su religión y que ansiosamente esperaban la venida del Mesías) no fueron capaces de reconocerlo cuando Él vino.

Los fariseos, a los que Cristo les hablaba en la primera cita del evangelio mencionada anteriormente, eran muy devotos a las oraciones, reglas y rituales de su religión, pero al pasar de los años, estas prácticas externas eran tan importantes por ellas mismas que su verdadero significado se había perdido. Los fariseos efectuaban todos los sacrificios requeridos, decían las oraciones correctas, ayunaban con frecuencia y hablaban constantemente sobre Dios, pero nada de esto había tocado sus corazones. Como resultado no tenían ninguna relación con Dios, ellos no estaban viviendo de la forma que Él quería y no estaban preparados para la venida de Cristo.

Cuando miramos a la imagen de nuestro Salvador Misericordioso, o dejamos lo que estamos haciendo a las tres de la tarde, o rezamos la coronilla de la Divina Misericordia – son estas cosas que nos están llevando más cerca a la verdadera vida sacramental de la Iglesia y dejamos que Cristo transforma nuestros corazones? ¿O solo se han convertido en hábitos religiosos? ¿En nuestras vidas diarias estamos convirtiéndonos más y más en personas de Misericordia? ¿O sólo estamos honrando la Misericordia de Dios con los labios? Viviendo el mensaje de la Misericordia Las prácticas devocionales reveladas a la Santa Faustina nos fueron dadas como “instrumentos de misericordia” por medio de los cuales el amor de Dios es derramado sobre todo el mundo, pero no son suficientes por sí solas. No es suficiente que nosotros colguemos la imagen de la Divina Misericordia en nuestros hogares, que recemos la Coronilla todos los días a las 3 de la tarde, y recibamos la Comunión el domingo después de la pascua. Nosotros debemos mostrarnos misericordiosos con nuestro prójimo. ¡Poner la Misericordia en acción no es una opción de la devoción a la Divina Misericordia sino un requisito!

Nuestro Señor le habla estrictamente de esto a Santa Faustina:

Exijo de ti obras de Misericordia que deben surgir del amor hacia Mí. Debes mostrar misericordia al prójimo siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo ni excusarte ni justificarte. (Diario 742).

Así como lo mandan los evangelios “Sean Misericordiosos así como su Padre en el Cielo es Misericordioso, ” piden que seamos misericordiosos con nuestro prójimo “siempre y en todo lugar” parece imposible de cumplir pero el Señor asegura que es posible. ” Cuando un alma se acerca a Mí con confianza, la colmo con tal abundancia de gracias que ella no puede contenerlas en sí misma, sino que las irradia sobre otras almas. ” (Diario 1074)

¿Cómo irradiamos la Misericordia de Dios a nuestro prójimo?

Por medio de nuestras acciones, palabras y oraciones. “En estas tres formas” Él le dice a Sor Faustina ” está contenida la plenitud de la misericordia” (Diario 742) Todos hemos sido llamados a practicar estas tres formas de misericordia, pero no todos somos llamados de la misma manera. Tenemos que preguntarle al Señor, quien comprende nuestras personalidades individuales y nuestra situación, que nos ayude a reconocer las diversas formas con que podemos poner en práctica Su Misericordia en nuestras vidas diarias.

Pidiendo la Misericordia de nuestro Señor, confiando en su Misericordia, y viviendo como personas misericordiosas nos podemos asegurar que nunca escucharemos decir “Sus corazones están lejos de mí” sino más bien la hermosa promesa de ” Bienaventurados los misericordiosos, ya que ellos obtendrán Misericordia”.

Fuente: ewtn.com

Requisitos para celebrar la fiesta:

• Para celebrar esta Fiesta, deberíamos de comenzar una Novena a la Divina Misericordia, la Novena incluye intenciones especiales para cada día y concluye con la recitación de la coronilla de la Divina Misericordia.

• Celebración de la fiesta el primer domingo después del Domingo de Pascua,

• Venir al Señor con un corazón humilde y contrito, arrepentirse de todo pecado.

• Confiar firmemente en la Divina Misericordia del Señor.

• Confesarse (con un sacerdote) en ese día si es posible, de otra manera siete días antes o después según aprobación de la Iglesia.

• Recibir la Sagrada Eucaristía el día de la Fiesta..

• Venerar la imagen de la Divina Misericordia.

• Ser misericordioso como Dios es misericordioso, practicar obras de misericordia, físicamente ayudando a otros o espiritualmente con oraciones de intercesión.

Palabras del Santo Padre Francisco

“La misericordia cambia el mundo, hace al mundo menos frío y más justo. El rostro de Dios es el rostro de la misericordia, que siempre tiene paciencia. […] Dios nunca se cansa de perdonarnos. El problema es que nosotros nos cansamos de pedirle perdón. ¡No nos cansemos nunca! Él es el padre amoroso que siempre perdona, que tiene misericordia con todos nosotros”

Palabras del Santo Padre Juan Pablo II

“Yo le doy gracias a la Divina Providencia porque he podido contribuir personalmente al

cumplimiento de la Voluntad de Cristo, a través de la institución de la Fiesta de la Divina Misericordia. Yo rezo incesantemente para que Dios tenga misericordia de nosotros y del mundo entero.”

Santo Padre Juan Pablo II ( 7/6/97 )

Santuario de la Divina Misericordia, Cracow, Polonia.

Palabras del Cardenal Macharski, Arzobispo de Cracow

En su carta pastoral de la Cuaresma en 1985, el Cardenal Macharski señala que toda la Cuaresma debería de ser una preparación para la celebración del Misterio Pascual: Cristo crucificado y resucitado, quien es la misericordia encarnada. Este gran misterio de nuestra redención, el cual el Cardenal llama: “un acto del amor misericordioso de Dios,” es celebrado no solamente durante la Semana Santa y en el Domingo de Pascua, pero a través de la temporada de la Cuaresma, y especialmente en la Día Octavo de Pascua, que Nuestro Señor le pidió a la Hermana Faustina para que se designase como la Fiesta de la Divina Misericordia.

El Cardenal Macharski nos urge a usar la Cuaresma para prepararnos para esta gran fiesta, poniendo mas y mas confianza en la misericordia de Dios y poniendo la misericordia a la práctica a través de obras de misericordia.

El también enfatiza la importancia de recibir el Sacramento de la Reconciliación durante la Cuaresma y pide que hagamos nuestra confesión antes del Domingo de la Misericordia, aun antes de la Semana Santa.

Para aquellos que sienten que tienen que ir a la confesión el Domingo de la misericordia, seria muy bueno que siguiesen no solo este llamado del Cardenal Macharski, sino también el ejemplo de la Beata Faustina, quien hizo su confesión el Domingo antes de la Fiesta de la Misericordia. (Diario, 1072).

Las entradas del diario al referirse a las palabras de Nuestro Señor con respecto a la confesión no dicen explícitamente que la confesión debe de recibirse ese mismo día, pero que la Sagrada Comunión tiene que recibirse en ese día. (Diario, 300, 699, 1109).

Domingo de la Divina Misericordia en el Vaticano

El Cardenal Angelini Fiorenzo celebró la Fiesta de la Divina Misericordia el Domingo 11 de Abril de 1999 por primera vez en la Basílica de San Pedro en Roma. Una gran multitud de devotos de la Divina Misericordia acudieron a las ceremonias.

Divina Misericordia en todo el mundo

Muchas Diócesis y parroquias celebran el Domingo de la Divina Misericordia de diferentes maneras. Algunas tienen una misa durante la hora de las tres de la tarde, “hora de la Misericordia”; otras tienen una Santa Hora de Adoración Eucarística, la cual generalmente incluye la recitación de la coronilla de la Divina Misericordia.

La bendición de la imagen de Nuestro Señor Misericordioso y su veneración son con normalmente incluidas como parte de la la Misa o de la Hora Santa.

Informen a su sacerdote de esta fiesta tan importante y compartan con el la devoción de la Divina Misericordia.

Celebración personal de la Divina Misericordia

Si tu no puedes atender una celebración organizada, hay muchas formas de celebrar personalmente, tal como rezar la Coronilla de la Divina Misericordia, leer las Sagradas Escrituras o leer selecciones del Diario de la Beata Hermana Faustina (Divina Misericordia en mi alma), especialmente textos referentes a la Fiesta. Algunos encuentran que es gran ayuda escuchar cassettes de enseñanzas e himnos sobre la Divina Misericordia. Otros miran vídeos sobre el mensaje de la Divina Misericordia y la vida de la Hermana Faustina. Ademas de esto deberíamos encontrar oportunidades para actos personales de misericordia.

Propagación la Devoción a la Divina Misericordia

Jesús le dijo a la Hermana Faustina: ” Haz lo que esté en tu poder para propagar la Devoción a mi

Misericordia y yo supliré cualquier cosa que te falte.”

Propaguemos esta devoción a través de folletos, diciéndole a otros acerca de ella, diciéndole al sacerdote local que celebre el Domingo de Misericordia en la parroquia, y por encima de todo siendo misericordioso con los demás para honrar la Misericordia de Dios.

Fuente: es.catholic.net

“Rodeado de personas y sin ayuda”

“Rodeado de personas y sin ayuda”

Juan: 5, 1-3. 5-16

Era un día de fiesta para los judíos, cuando Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las Ovejas, una piscina llamada Betesdá, en hebreo, con cinco pórticos, bajo los cuales yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. Entre ellos estaba un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.

Al verlo ahí tendido y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo en tal estado, Jesús le dijo: “¿Quieres curarte?” Le respondió el enfermo: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. Cuando logro llegar, ya otro ha bajado antes que yo”. Jesús le dijo: “Levántate, toma tu camilla y anda”. Al momento el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.

Aquel día era sábado. Por eso los judíos le dijeron al que había sido curado: “No te es lícito cargar tu camilla”. Pero él contestó: “El que me curó me dijo: ‘Toma tu camilla y anda’ “. Ellos le preguntaron: “¿Quién es el que te dijo: ‘Toma tu camilla y anda’?” Pero el que había sido curado no lo sabía, porque Jesús había desaparecido entre la muchedumbre. 

Más tarde lo encontró Jesús en el templo y le dijo: “Mira, ya quedaste sano. No peques más, no sea que te vaya a suceder algo peor”. Aquel hombre fue y les contó a los judíos que el que lo había curado era Jesús. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.

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No es nada raro encontrarnos en medio de una sociedad sobre saturada de personas, donde se realizan múltiples actividades, pero de igual manera donde surgen varias necesidades, algunas de ellas totalmente marginadas en el centro de nuestras comunidades y a la vista de todos.

Tenemos el caso del paralítico que estaba olvidado nomás por 38 años, quien parece invisible porque nadie ve su necesidad y aunque la vean no se le acerca nadie a ayudar. Nada nuevo en nuestra actualidad, y creo que aún más radical la situación, ya que vivimos absortos en nuestras muy peculiares actividades, que aunque no produzcan nada, quedamos prendados de ellas.

Hoy ya nadie mira alrededor, ni siquiera para ver quien está a su lado, cada vez más dedicados a los dispositivos móviles de datos, donde se recrudece el problema. Malo porque hoy no necesitas de nadie en teoría, pero cuando lo requieras, vivirás la misma suerte, sabiendo que no vale el intento porque formas parte de la distracción.

Es justo mirar el entorno y disponernos a servir ahí donde se necesita, por ahí nace la caridad, y cuando se practica, nunca nos falta su auxilio, hay que volver a los valores del civismo que tan sólo por acción social damos la mano, cuanto mayor no lo deberíamos hacer los que nos hacemos llamar Católicos e hijos de Dios.

“Justicia sobre misericordia”

“Justicia sobre misericordia”

Lucas: 18, 1-8

En aquel tiempo, para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola:

“En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle: ‘Hazme justicia contra mi adversario’.

Por mucho tiempo, el juez no le hizo caso, pero después se dijo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando’ “.

Dicho esto, Jesús comentó: “Si así pensaba el juez injusto, ¿creen ustedes acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que encontrará fe sobre la tierra?”-

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Se dice que la justicia es imparcial, que es ciega, que no inclina la balanza con favoritismos, que se aplica de igual manera a todos los seres humanos. Eso como principio está muy bien postulado, sin embargo la realidad dice en la práctica que no es así.

La problemática radica no en los fundamentos, sino en la ejecución, ya que los nuevos sistemas jurídicos en medio de una cultura que cada vez pierde los valores que trae consigo la fe, resulta en un esquema que no fija su mirada en las circunstancias para ayudar a quienes la solicitan, sino en la manipulación de la misma para el propio beneficio y no el de la persona, aplicando inmoralmente la sentencia “ganar, ganar” gana el cliente, pero también gana quien aboga, a pesar de las circunstancias y de la verdad que no importa verse atropellada.

Olvidamos que la justicia tiene una base y esa es la misericordia, no se pretende suplir la una con la otra, ni condonar las malas acciones por puro amor, sino que ambas se complementan para sacar el mejor bien posible de cualquier situación.

Pero sin fe, no hay misericordia, hay intereses personales, y aunque se obre por presión, se puede bajo un esquema injusto hacer el bien. Por el contrario se nos remarca cuánto mayor beneficio se puede sacar si la justicia está sobre la base de la misericordia, que suaviza, ejerce y esclarece justamente toda situación, ya sea en materia de culpabilidad para corregir y crecer, o de veracidad y común acuerdo.

“La efectividad de la compasión ajena”

“La efectividad de la compasión ajena”

Lucas: 10, 25-37

En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?”

Jesús le dijo: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?” El doctor de la ley contestó: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “Has contestado bien; si haces eso, vivirás”.

El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús le dijo: “Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’.

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo”.

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Ya en su momento el Señor Jesús había afirmado que “nadie es profeta en su tierra”, (Lucas 4,24), eso hablando directamente en el plano de la fe; pero resulta muy interesante que la actitud en general de la vida, sobre todo ante aquellos que tenemos cerca, bajo la misma actitud dejamos de ver sus necesidades y les merecemos mucha menor atención.

Hacer algo extraordinario por los nuestros resulta un tanto difícil, inclusive dentro de la misma familia, aún conociendo sus limitaciones y debilidades, de quienes menos aceptamos una corrección es de los nuestros.

Es un fenómeno una tanto raro, pero tendemos a hacer mayor caso a quienes nos dicen las cosas importantes y no están vinculados afectivamente con nosotros. Resulta que se nos facilita mostrar mayor compasión con aquellos que no estamos relación directa y en conocimiento personal, que con los nuestros.

Claro que en caso de necesidad somos los primeros que atendemos a los nuestros, pero se da ese no se qué, donde no podemos sacar los sentimientos nobles, en cambio cuando es un extraño, la ayuda se da como en el caso del Buen Samaritano, que es el que se anima a hacer la caridad sin solicitarse mayores trabas y complicaciones culturales.  

Es por ello que con las personas ajenas nos sale la compasión muy natural, y de suyo es una bendición, pero a los nuestros les exigimos más y no nos hacen caso. Sin embargo trabajemos en oración para no perderla y ejecutarla no importa la persona que la necesite, aún si son de los nuestros.

“El Corazón Eucarístico de Jesús”

“El Corazón Eucarístico de Jesús”


Lucas: 15, 3-7

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos y a los escribas esta parábola: “¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido’.
Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse”.

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Significación del culto del culto rendido al corazón eucarístico

Pío XI y Pío XII han visto en el culto tributado al corazón de Jesús el “compendio de toda religión” cristiana y, por e hecho mismo, la “regla de la perfección cristiana”. Pío XII ha precisado claramente cómo este culto sintetiza todo el dogma y toda la  moral: “Se trata del culto del amor con el que Dios nos ha amado por medio de Jesús, a la vez, a la vez que es el ejercicio del amor que nosotros tenemos a Dios y a los demás hombres”.

Paralelamente, el Vaticano II nos presenta – y con maravillosa insistencia – “la celebración del sacrificio eucarístico” como “la raíz, el centro y la cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana. La eucaristía, añade el concilio, “contiene todo el tesoro espiritual de la Iglesia” y es la fuente y la cima de toda la evangelización”.De esta comparación se sigue una constante: el magisterio de la Iglesia nos insinúa (es lo menos que podía decirse) que el sacrificio eucarístico, por una parte, y el culto rendido al corazón de Jesús, por otra, son ambos el centro de la vida del cristiano y de la propia Iglesia ¿Cómo no iban a ser entonces también los centros de irradiación de sus pensamientos? Si el mundo y la Iglesia tienen como razón de ser al señor presente de una forma gloriosa, aunque escondida, y soberanamente amante en la eucaristía, si la acción amante de Cristo eucarístico es la razón de ser suprema del obrar de la Iglesia, ¿cómo no concluir que este obrar inmanente que es la reflexión teológica debe tomar como punto de partida al Cristo actualmente amante y actuante en la eucaristía y elaborar así una síntesis en torno a este misterio de los misterios, resumiendo ante todo los dos polos de atracción aquí evocados, el corazón de Cristo y su eucaristía?

De nuevo el magisterio nos sirve de guía en este intento de síntesis de dos síntesis cuando nos propone tributar un “culto particular al corazón eucarístico de Jesús” y nos especifica simultáneamente su objeto:

“No percibimos bien la fuerza del amor que impulsó a Cristo a entregarse a nosotros en alimento espiritual si no es honrando con un culto particular al corazón eucarístico de Jesús, que tiene como finalidad recordarnos, según las palabras de nuestro predecesor de feliz memoria León XIII, el “acto de amor supremo con el que nuestro Redentor, derramando todas las riquezas de su corazón instituyó el adorable sacramento de la eucaristía a fin de permanecer con nosotros hasta el fin de los siglos. Y Ciertamente que no es una mínima parte de su corazón”.

La Iglesia honrando al corazón eucarístico de Jesús, quiere adorar, amar y alabar el doble acto de amor, increado y creado, eterno y temporal, divino y humano, teándrico en una palabra, con el que el  Verbo encarnado y humanizado decidió aplicar para siempre los frutos de su sacrificio redentor renovándolo en el curso de la historia, e incorporarse así la humanidad en una unión mucho más íntima que la de la Esposa y la del Esposo con el poder se su Espíritu para gloria de su padre. ¿No es en la institución de la eucaristía donde alcanzan su punto culminante los tres fines jerarquizados de la encarnación redentora: la salvación del mundo, la exaltación del Hijo del hombre, que atrae todo a sí; la gloria del Padre, que todo lo recapitula en su Bienamado?

Veamos, en efecto, la finalidad de la institución de la eucaristía que nos presenta el papa Pío XII: “A fin de permanecer con nosotros hasta el fin de los siglos”; dicho de otra manera, hasta el fin de la historia universal. ¿Por qué? Precisamente Cristo quiere permanecer con nosotros para salvarnos aplicándonos los méritos de su pasión, y de este modo ser amado por nosotros y poder luego ofrecernos a su padre en Él y con ÉL. Es nuestro amor al Hijo único e que nos salva glorificándole; manifestándonos las riquezas de su amor en la eucaristía nos da el que le amemos a Él y glorifiquemos al Padre, fuente y termino supremo de este amor.

Si las palabras de Pío XII subrayan sobre todo la presencia real, la misa y la comunión connotan también la eucaristía como sacrificio y como sacramento ¿No leemos también en la misma encíclica Haurietis aquas estas frases?

“La divina eucaristía – sacramento que Él da a los hombres y sacrificio que e hace inmolarse perpetuamente desde que el sol se levanta hasta que se pone- y, por lo mismo, el sacerdocio, son dones del Sagrado Corazón de Jesús”.

Podemos, pues, mantener legítimamente que ya la encíclica Haurietis aquas contiene los gérmenes de una definición del objeto del culto rendido al corazón eucarístico de Jesús que la que nos ofrece. Este objeto incluye el amor sacrificial con el que Cristo, Cordero dse Dios, se inmola perpetuamente por la humanidad pecadora en todas la smisas de la historia; amor actual que actualiza, renovándola, la oblación del Calvario. Este mismo amor es el que adoramos en el corazón eucarístico del Cordero triunfante y constantemente inmolado.

¿No vienen ahora a coincidir una corriente de la mística medieval, siempre válida, y a través de ella, una corriente agustiniana?

“En otro tiempo, la devoción insistía, ante todo y casi exclusivamente, en las relaciones de la eucaristía con el corazón de Jesús enfocado en el acto mismo de su sacrificio en el Calvario… La eucaristía no era, por asi decirlo, más que la sangre del corazón de Jesús derramada en la cruz, con la que las almas s epurifican y alimentan. No se desconocía, desde luego, el misterio de Jesús considerado simplemente en la eucaristía, pero se prefería adorarlo allí en su función precisa de víctima que continúa su sacrificio y que lo aplica a las almas”.

En el siglo XIII ya el escritor místico Ubertino de Casale precisaba admirablemente las relaciones de la eucaristía con el sagrado corazón en el marco d ela tradición agustiniana:

“Todo sacrificio visible es sacramento, es decir, signo sagrado de un sacrificio invisible. Por eso, el sacrificio inefable que Cristo hace de sí mismo tanto en el augusto misterio de nuestros altares como en el altar de la cruz es el signo invisible que hace constantemente de sí mismo en el inmenso templo de su corazón”.

El sacrificio visible de la misa, signo que nos representa y nos aplica el sacrificio de la cruz desde ahora invisible, pero hecho visible en el altar, es también, a la luz de la misma tradición agustiniana, el signo visible y eficaz del sacrificio invisible y actual de la humanidad, que consiste en lo que Cristo ha ofrecido en su nombre y se asocia a ello. Cristo se ofrece al Padre durante la celebración de los sagrados misterios como cabeza de la Iglesia y de la humanidad para integrar a todas las personas humanas en su gesto oblativo. El corazón, donador de la eucaristía, quiere encerrar en él todos los corazones que se consagran a Él para ofrecerles con Él al Padre.

Nos parece pues, que el objeto, íntegramente considerado, del culto rendido por la Iglesia al corazón eucarístico de Jesús puede expresarse así:

“La Iglesia, honrando y adorando el corazón eucarístico de Jesús, ama el doble acto de amor, eterno e históricamente pasado, con el que nuestro Redentor instituyó el sacrificio y el sacramento de la eucaristía, y el doble acto de amor eterno y actual, increado y divino, pero también creado, voluntario y sensible, que le incita a inmolarse ahora y perpetuamente, en las manos de sus sacerdotes, al Padre por nuestra salvación; a permanecer incesantemente entre nosotros, en nuestros tabernáculos, y a unirse físicamente a cada persona humana en la comunicación a fin de amar hoy en nosotros y con nosotros a todos los hombres con amor sacrificial.”

Esta perspectiva presenta un gran número de ventajas. Subraya el valor existencial y actual del culto ofrecido al corazón eucarístico del Redentor. El aspecto histórico (sin historicismo), acentuado en la definición de León XIII y recogido por Pío XII, se mantiene y amplifica; no es solamente el acto de amante institución de la eucaristía y la permanencia de la presencia real del triple amor de Cristo lo que adoramos en ese corazón eucarístico, sino también su oblación actual victimal y su holocausto de amor constantemente renovado. Podemos de este modo destacar mejor el realismo sacramental  eclesial de este culto; todas las dimensiones de la eucaristía se contemplan en un culto inseparable del acto cultual, con el que el propio Cristo construye, edifica y culmina sin cesar su Iglesia haciéndola crecer. De esta forma, la Iglesia adora el acto vital y vivificante de amor que le mantiene sin cesar en la existencia y la despliega en el espacio y en el tiempo.

A esta dimensión “vertical” se añaden las ventajas “horizontales” de esta exposición. Si el corazón eucarístico de Jesús connota su unión de amor con cada comulgante, el culto que se le tributa favorece una irradiación incesantemente creciente de la gracia sacramental propia de la eucaristía, la gracia del crecimiento dinámico d ela caridad fraterna sobrenatural y sacrificial que derrama en el mundo para la salvación eterna de la almas y también de los cuerpos. Adorando a Cristo como víctima sacramental, el comulgante bebe, con la sangre preciosa, el amor extático que mana de su corazón siempre abierto. El corazón eucarístico es el corazón del Cordero que hace de cada comulgante un corredentor, dándole a amar a su prójimo más alejado no sólo como él se ama a sí mismo, sino también hasta llegar al sacrificio de uno mismo, que caracteriza el auténtico amor de sí mismo. Esta caridad realiza perfectamente la gradiosa conclusión de la epístola de Santiago: El que saca a un pecador de su perdición, salva a su alma de la muerte y cubre una multitud de pecados (5, 20).

Así entendido, el corazón eucarístico del Cordero constantemente inmolado es verdaderamente el corazón de Cristo total; el corazón en el que todos los hombres de buena voluntad, ofreciéndose a sí mismos con Él como víctimas, se consuman en el amor unificador, en la unión con el Padre y entre ellos por su mediación.

¿hay que desarrollar largamente el mérito bíblico de esta exposición? Se aproxima muchísimo la versión joánica del Apocalipsis. “San Juan vio al Cordero en el cielo, en la gloria, ante el trono, igual a Dios; de pie, como inmolado; no degollado, sino vivo y ostentando las nobles cicatrices de las heridas que le causaron la muerte (cf. Ap 5, 6-14). El Cordero del que nos habla el Apocalipsis veintinueve veces es una víctima, pero una víctima, pero una víctima de nuevo viva”. El Cordero pascual inmolado aparece en el poema joánico como vencedor, y la expresión tan cara a San Juan, significa “la soberanía de Cristo, que domina la historia y el mundo, asociado a Dios en la glorificación de los elegidos. El autor del Apocalipsis ha visto al Cordero redentor adorado en el cielo a causa de su sacrificio, de su inmolación, y haciendo participar de su gloria a todos aquellas que han sabido aprovecharse de su sangre para expiación de sus culpas.

El objeto integral del culto rendido al corazón eucarístico del Cordero (tal como lo enfocamos en lo que nos parece ser un desarrollo legítimo de los principios establecidos por el magisterio) corresponde tanto al doble aspecto, doloroso y glorioso, del Cordero del Apocalipsis joánico como a las dos vertientes (muerte y resurrección) del misterio pascual.

Este objeto integral nos parece también estar insinuado en parte en la iconografía cristiana primitiva del Sagrado Corazón: una lámpara en forma de cordero, d ecuyo seno brota una fuente eterna de aceite para comunicar a los hombres luz y santidad. Y para significar que, por los méritos de su pasión, el Cordero derrama sus bondades, hay una cruz en el pecho y en la cabeza, y ésta última coronada de una paloma, símbolo del Espíritu Santo. El Cordero está reposando sobre un altar o presenta su costado abierto y sangrando, o también de  pie en su trono; su sangre, que sale de cinco llagas, se reúne en una sola corriente y va a caer en un cáliz.

Si queremos comparar el objeto de este culto eclesial al culto eucarístico de Jesús con el culto tributado al Sagrado Corazón de Jesús o a la Eucaristía (y tal comparación es tan necesaria como inevitable para comprender mejor el sentido de las actitudes de la Iglesia), hay que decir lo que sigue: por una parte, “el culto tributado al corazón eucarístico de Jesús no difiere esencialmente del culto tributado al sagrado Corazón de Jesús…; solamente la devoción al corazón eucarístico aísla uno de sus actos”, a saber el acto de amor por el cual Cristo instituye la eucaristía, y – añadiríamos nosotros – la celebra como ministro principal, inmolándose de nuevo y entregándose en la comunión. Por otra parte, y paralelamente, podríamos decir que el culto rendido al corazón eucarístico tiene el mismo objeto material que el culto de la eucaristía, pero asilando su objeto formal: el amor, el acto de amor al que acabamos de aludir. Hay pues, en el seno de una cierta convergencia de estos tres cultos, diferencias de acentos que la propia Iglesia ha tardado algún tiempo en ver claramente.

Dado que el corazón eucarístico es “la fuente y la cima de toda evangelización”, resulta normal que sea también el punto de partida y la meta de una teología sistemática. Su punto de partida: una teología que quiere arrancar de la realidad para reflexionar sobre ella, ¿podría hallar una realidad superior y más inmediatamente contigua a su fe que la del corazón eucarístico del Cordero? La teología que comunica, ¿no está en contacto inmediato con su redentor? Su meta: si toda reflexión vuelve en su conclusión a sus principios iniciales y a su intuición de base, el teólogo, tras haber recorrido las riquezas del dato revelado a la luz de la caridad eucarística ¿no estará capacitado para comprender mejor su plenitud y su riqueza? No hará converger todos los rayos del dogma cristiano hacia el sol de la eucaristía? Y la gracia sacramental de sus comuniones diarias desde la primera, polarizadas por la última, susceptible de desembocar en una visión prebeatífica de Aquel que se oculta en las especies sacramentales, ¿no le inclinará a ello?

Fuente: Aciprensa.com