“Mi casa es casa de oración”

Lucas 19, 45-48

En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: —Escrito está: «Mi casa es casa de oración»; pero vosotros la habéis convertido en una «cueva de bandidos».

Todos los días enseñaba en el templo. Los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios.

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Es horrible cuando al llegar a un santuario dispuesto a orar, te encuentres con un mundo de distractores que te impiden poder estar en concentración y por ende en contacto con Dios, ya parece que el motivo de la visita es para ir por los chicles, la cajeta, las pulseritas, los tlacoyos, las botanitas, las fritangas, los dulces, etc, es un mundo comercializado en torno a los santuarios y a los templos.

A esa gente no le importa tu fe, sino que se aprovechan económicamente de los lugares sagrados y de los fieles haciendo negocio redondo, nada nuevo, ya en los tiempos de Jesús acontecía lo mismo, por lo que remarca que precisamente en el lugar sagrado, su principal y única finalidad es encontrarte con Dios en dedicada, atenta y profunda oración, tal celo llevó a Jesús a echar a los vendedores, lo que les obtuvo su rechazo, pero ese rechazo no es de fe, porque en esos casos la fe está muy menguada y manipulada.

Lo que se ganó fue un deseo de que lo asesinaran, porque estorba a los comerciantes y a los dirigentes religiosos que les rompe el esquema ya desvirtuado y viciado, es necesaria una restauración y Jesús lo está sembrando.

Esa misma historia se repite, existen santuarios que han querido crecer en la fe y atención  de los fieles, al modificar los lugares, con tan sólo obtener amenazas de muerte de los comerciantes, nada nuevo, ¿acaso tendrá que volver a venir Jesús a restaurar lo perdido? o ¿será que no estamos haciendo bien nuestra labor al seguir permitiendo esos esquemas?

Por lo pronto, el que lo promueve eres tú, empezando a realmente tomar el templo como lo que es, casa de oración, y no apoyando el comercio circundante en torno a tu fe.

“Ten compasión…”

Lucas: 17, 11-19

En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!”
Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.
Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ése era un samaritano. Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”.

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Varias son las culturas y los tiempos en que la concepción que se tenía de Dios difería de la realidad, ya que la toma de conciencia primeramente de sí mismos ha tardado en demasía, con la novedad de que aún no hemos terminado de definirnos ni de afirmar quien somos porque cada vez cambiamos los propios conceptos. En esa misma escala se encuentra nuestra comprensión de quién es Dios, cómo actúa, y a veces definiéndolo como muy radicalista.

Es un hecho que la misma teología hoy en día, aunque apoyada por el método científico en cuando a la Biblia se refiere, serán interpretaciones de punta, pero dista mucho de ser de avanzada, podríamos afirmar sin dudar que todo el progreso teológico sigue en pañales, y no por arcaico, sino porque nuestra idiosincracia no da para más.

Va evolucionando y eso ya es una ventaja, pero los términos de amor, caridad, compasión, siguen rallando en lo visceral, en lo sentimental, más no en el sentido y la acción profunda que cada uno de ellos desarrolla en su ejecución, porque olvidamos que no terminan en el aquí y el ahora, sino que se proyectan en una trascendencia que deja huella en los nuestros y que llega hasta Dios en la eternidad.

Por ello cuando a Jesús le piden que tenga compasión de ellos, es decir de esos leprosos, habría que ver hasta dónde iba a llegar su obra, el resultado es muy claro, de los diez que recibieron el milagro, nueve no tenían la capacidad de mirar más allá en la obra que Jesús había realizado, para ellos fue tan sólo un curandero, pero no transformó sus vidas, mientras que tan sólo uno, fue capaz para empezar, de regresar a dar tan siquiera las gracias, que es un atisbo dónde inicia la trascendencia y la transformación en la persona de la obra de Dios.

Ese tener compasión, no es para Dios, es para nosotros mismos que debemos de tener dedicación hacia nuestra propia alma y permitirnos aceptar aquella gracias que vienen de Dios, donde el signo primero es la salud física, pero que depende de nosotros hacerlo llegar más allá, trascender y permitirnos en su totalidad ser sanos, ser salvos.

“Todos los Fieles Difuntos”

San Lucas 23, 33. 39-43

Cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: –¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.

Pero el otro le increpaba: –¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.

Y decía: –Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.

Jesús le respondió: –Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

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“Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre 

su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios.” 

                                        -San Agustín

“Cada uno se presentará ante el tribunal de Dios para 

darle cuenta de lo que ha hecho, de lo bueno y de lo malo.” 

                                     – Santa Biblia

Las tres Iglesias: Se llama Iglesia a la asociación de los que creen en Jesucristo. La Iglesia se divide en tres grupos. Iglesia triunfante: los que ya se salvaron y están en el cielo (los que festejamos ayer). Iglesia militante: los que estamos en la tierra luchando por hacer el bien y evitar el mal. E Iglesia sufriente: los que están en el purgatorio purificándose de sus pecados, de las manchas que afean su alma.

El Catecismo de la Iglesia Católica, publicado por el Papa Juan Pablo II en 1992, es un texto de máxima autoridad para todos los católicos del mundo y dice cinco cosas acerca del Purgatorio:

1ª. Los que mueren en gracia y amistad de Dios pero no perfectamente purificados, sufren después de su muerte una purificación, para obtener la completa hermosura de su alma (1030).

2ª. La Iglesia llama Purgatorio a esa purificación, y ha hablado de ella en el Concilio de Florencia y en el Concilio de Trento. La Iglesia para hablar de que será como un fuego purificador, se basa en aquella frase de San Pablo que dice: “La obra de cada uno quedará al descubierto, el día en que pasen por fuego. Las obras que cada cual ha hecho se probarán en el fuego”. (1Cor. 3, 14).

3ª. La práctica de orar por los difuntos es sumamente antigua. El libro 2º. de los Macabeos en la S. Biblia dice: “Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados” (2Mac. 12, 46).

4ª. La Iglesia desde los primeros siglos ha tenido la costumbre de orar por los difuntos (Cuenta San Agustín que su madre Santa Mónica lo único que les pidió al morir fue esto: “No se olviden de ofrecer oraciones por mi alma”).

5ª. San Gregorio Magno afirma: “Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su eterno descanso”.

De San Gregorio se narran dos hechos interesantes. El primero, que él ofreció 30 misas por el alma de un difunto, y después el muerto se le apareció en sueños a darle las gracias porque por esas misas había logrado salir del purgatorio. Y el segundo, que un día estando celebrando la Misa, elevó San Gregorio la Santa Hostia y se quedó con ella en lo alto por mucho tiempo. Sus ayudantes le preguntaron después por qué se había quedado tanto tiempo con la hostia elevada en sus manos, y les respondió: “Es que vi que mientras ofrecía la Santa Hostia a Dios, descansaban las benditas almas del purgatorio”. Desde tiempos de San Gregorio (año 600) se ha popularizado mucho en la Iglesia Católica la costumbre de ofrecer misas por el descanso de las benditas almas.

La respuesta de San Agustín: a este gran Santo le preguntó uno: “¿Cuánto rezarán por mí cuando yo me haya muerto?”, y él le respondió: “Eso depende de cuánto rezas tú por los difuntos. Porque el evangelio dice que la medida que cada uno emplea para dar a los demás, esa medida se empleará para darle a él”.

¿Vamos a rezar más por los difuntos? ¿Vamos a ofrecer por ellos misas, comuniones, ayudas a los pobres y otras buenas obras? Los muertos nunca jamás vienen a espantar a nadie, pero sí rezan y obtienen favores a favor de los que rezan por ellos.

Tomado de EWTN.com

“Insistencia”

Lucas 11, 5-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene a medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados: no puedo levantarme para dártelos”. Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe, quien busca, halla, y al que llama, se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?.

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Es un común conocimiento el que Dios siempre está al pendiente de nosotros en todos los aspectos de la vida, así mismo atiende todas las necesidades de los que nos llamamos sus hijos y, aunque no está específicamente para ello, sin embargo las atiende.

Y es que Dios tiene tan grandes proyectos y expectativas sobre cada uno de nosotros, que procura insistentemente el momento en que nosotros deseemos desarrollarlas a su lado, pero a veces, a lo más que llegamos es a pedirle corrija situaciones cuando éstas nos golpean. 

Sin embargo Dios está para apoyarte en todo, ya sabemos que te sientes independiente y autónomo, y a lo mejor al momento crees poderlo todo de manera personal, pero inclusive en la abundancia y estabilidad de vida, Dios también está para con la mayor sabiduría e inteligencia apoyarte desde lo más mínimo hasta la mayor proyección de tus planes laborales y personales.

Por ello se nos recuerda, que en todo momento no hay que dejar de orar, no hay que dejar de pedir, no dejar de dar gracias, no dejar a Dios de lado, porque cuando lo alejamos de nuestras vidas, alguien más ocupará su lugar y ese alguien lo busca desesperadamente para poseerte a ti y tus bienes, no físicamente, pero si en tu pensar actuar y en el trato con los tuyos.

Sí, parece no ser escuchados, pero insistir, una y otra vez, porque la insistencia remarca el trato cercano con Dios, la purificación y la paciencia. Todo llega a su tiempo, no cuando quieres, sino cuando en realidad lo necesitas. Pero no dejes de insistir, así sea en el peor dolor sin ánimos para hacerlo, porque todo es escuchado, pero a su vez, a veces el Señor lo que espera es que te dispongas Tú a escuchar. Insistencia de parte nuestra y a su vez reconoce la insistencia de Dios que quiere hablarte, escúchalo.

“Oración sencilla y potente”

Lucas 11,1-4


Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. Entonces Jesús les dijo: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende, y no nos dejes caer en tentación”. 

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No cabe duda que la oración siempre tiene un efecto real y positivo, aunque cueste, como si fuera un absurdo, porque se habla al aire sin sentido, cuando en realidad cobra todo el sentido posible de quien la hace.

Orar es importante, porque hay que entrar en contacto con el Creador, aquel que requiere una correspondencia al ser tomado en cuenta en medio de nuestra saturada materialidad, donde nos importa tan sólo lo que sentimos y palpamos físicamente.

Por ello el Señor, no a querido imponernos un rezo largo e incomprensible, sino uno lleno de amor, de confianza y sencillo que nos haga conscientes de lo que es importante para nosotros y para Dios.

Un rezo común que habla de una relación personal, que conecta y que abre las puertas a la gracia, es el Padre Nuestro, por lo que se nos invita a rezarlo con devoción, porque es la misma Palabra de vida dada por el Señor Jesús y que nos es participada.

No dejes de orar, ya que la misma oración te transforma en un ser lleno de gracia y más cuando te dispones con los sacramentos a ello.

“Nos falta fe”

“Nos falta fe”

Mateo: 17, 14-20

En aquel tiempo, al llegar Jesús a donde estaba la multitud, se le acercó un hombre, que se puso de rodillas y le dijo: “Señor, ten compasión de mi hijo. Le dan ataques terribles. Unas veces se cae en la lumbre y otras muchas, en el agua. Se lo traje a tus discípulos, pero no han podido curarlo”.

Entonces Jesús exclamó: “¿Hasta cuándo estaré con esta gente incrédula y perversa? ¿Hasta cuándo tendré que aguantarla? Tráigame aquí al muchacho”. Jesús ordenó al demonio que saliera del muchacho, y desde ese momento éste quedó sano.

Después, al quedarse solos con Jesús, los discípulos le preguntaron: “¿Por qué nosotros no pudimos echar fuera a ese demonio?” Les respondió Jesús: “Porque les falta fe. Pues yo les aseguro que si ustedes tuvieran fe al menos del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a ese monte: ‘Trasládate de aquí para allá’, y el monte se trasladaría. Entonces nada sería imposible para ustedes”.

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Hoy en día parece que a las personas les gusta presumirse de vanguardia intelectual negando oficialmente la fe y a Dios en primera plana, viven acordes a lo que opinen los demás y estar al pendiente del miedo de sentirse rechazados por sus creencias religiosas, tan buenos para ponerse en postura según les convenga.

Tanto negamos a Dios que lo afirmamos en medio de nuestra negación, hasta nos damos el lujo de odiarlo, pero contradictoriamente olvidamos que, en medio de nuestra soberbia y necedad, no se puede odiar algo o alguien que no existe, resulta en un absurdo.

Entonces cuando nuestras fuerzas, amigos, dinero, posesiones y salud menguan, quedamos vacíos y tan faltos de sentido, que terminamos con una muy marcada baja autoestima, y es cuando solos ya no podemos ante el monstruo en que hemos convertido nuestro orgullo que nos domina y doblega.

Es por ello que muchas veces no podemos hacer grandes cosas y obras en la fe, porque es mayor nuestra desconfianza e inseguridad en Dios, depositada a cambio de otras seguridades temporales y materiales que se acaban.

Ahí es donde nos falta fe, donde necesitamos abandonarnos en la total confianza en Dios, para que él mismo la fortalezca y la haga manifiesta con frutos de bondad y felicidad para nosotros y cuantos nos rodean, ahí si que nada sería imposible, aunque el mundo lo remarque como tal.

“Nosotros sí ayunamos…”

“Nosotros sí ayunamos…”

Mateo: 9, 14-17

En aquel tiempo, los discípulos de Juan fueron a ver a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, mientras nosotros y los fariseos sí ayunamos?” Jesús les respondió: “¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos? Pero ya vendrán días en que les quitarán al esposo, y entonces sí ayunarán.

Nadie remienda un vestido viejo con un parche de tela nueva, porque el remiendo nuevo encoge, rompe la tela vieja y así se hace luego más grande la rotura.

Nadie echa el vino nuevo en odres viejos, porque los odres se rasgan, se tira el vino y se echan a perder los odres. El vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan”.

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En medio de una cultura que ignora a la mayoría, aunque en realidad la tenga presente y hasta le fiscalice en cada centavo que invierta o gaste, queda la sensación de que no valemos si alguien no nos reconoce por los parámetros que establece el mundo y la sociedad actual, aquella a la que deseamos pertenecer porque eso es lo que se nos ha inculcado como necesario, claro para sus propios fines y estándares vacíos.

Entonces es necesario acentuar todo cuando hacemos, para que el resto note que ahí estoy y que es importante lo que hago, así echo en cara y juzgo cuando alguien no llene el estándar o falle al respecto. Es cuando puedo remarcar que yo si lo hago bien y el otro no, cuando en realidad manifestamos un vacío existencial que amerita aprovechar la oportunidad para gritar que existo.

Similar a cuando los discípulos de Jesús, sin depender de lo que diga el mundo, hacen su labor de manera eficaz y sin mayor preocupación del qué dirán, porque saben lo que realizan apoyados en la paz que le brinda seguir a su Señor; es entonces cuando el resto que quiere seguir la norma establecida, echa en cara la falta de cumplimiento de esas normas, que aunque no sean gratas, se realizan por imposición, sin liberar la felicidad de la que debería ir acompañada.

Juzgar es la herramienta para desencadenar ese proceso de remarcar mi vacío, para rellenarlo de esa atención que me hace sentirme tomado en cuenta y cumplidor de una norma, olvidando que hay que saber aplicarla al momento y al tiempo preciso, que precisamente no es el que viven aquellos que gozan de la presencia de su Señor mientras está con ellos y eso basta, ya que santifica más que la norma, por ello, discernir es un don que se le otorga a quien sabe elegir el mejor momento y cómo vivirlo para ser feliz y santificarse con ello.

“Recibir bendiciones en personas”

“Recibir bendiciones en personas”

Mateo: 10, 37-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará. Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo. Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.

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Cada vez más se está perdiendo la capacidad de santificarnos a través de la hospitalidad que se sacrifica en pro de la seguridad, ya no es tan fácil recibir a extraños, y en cierta medida es razonable, porque las personas así como las comunidades y la sociedad en general ha perdido los valores fundamentales que daban confianza al otro.

Una antigua tradición remarca cómo Dios permite que sus bendiciones lleguen a ti a través de aquellas personas que se han consagrado a Él y que tratan de vivir los valores del Reino de los cielos en medio de un mundo infestado de pobreza espiritual y saturado de pecado como lo ordinario del día a día.

Recibrirlos, ayudarlos, acompañarlos y convivir con ellos, es un gran valor, ya que el mundo en medio de sus temores al compromiso o, al miedo reverencial a la persona por no saber tratar a los consagrados a Dios, no porque sean entes distintos del resto, sino que su función radica en dar un testimonio efectivo de que se puede vivir en y con la gracia de Dios en cualquier circunstancia.

De tal manera que hacerlos parte de nuestra vida, es aceptar que su misión de alguna manera la apoyamos, y claro, Dios no deja de bendecirnos. Si de suyo Dios bendice cuanta obra buena hagamos con nuestros prójimos, con cuánta mayor razón no dejará sin recompensa a quien tan sólo les de un vaso de agua con buena voluntad por ser enviados del Señor.

Es por ello que vale la pena abrir el corazón y nuestras puertas a la gracia de Dios, ya sea en los sacramentos de la Iglesia o en sus personas.

“A una sola voz”

A una sola voz”

Mateo: 6, 7-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando ustedes hagan oración no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar, serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes pues, oren así:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal. Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas”.

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En el mundo existen tan vastas maneras de orar cuantas lenguas y personas existen, ya que cada quien se expresa de manera única al clamar a Dios a su propia y única manera personal, que es muy valida y original. 

Hay quienes creen que no saben orar porque no se saben de memoria algunos rezos ya previamente establecidos como ayuda con la debida licencia oficial y eclesiástica, cuando la manera más directa es tu dialogo directo con Dios.

Más sin embargo existen oraciones que proclamamos en un lenguaje común, donde nos unimos en un mismo espíritu, con una misma intención y a una sola voz, para elevar nuestra alma agradecida al Señor o de súplica, según sea la intención, manifestando nuestra unión en un solo decir y en un solo Dios.

Unidad que asemeja la misma unidad trinitaria en medio de la diversidad de tres personas distintas y una comunidad que aunque distinta en sus integrantes, nos hacemos uno solo, como será en la gloria futura y la eternidad.

No deja de ser una probadita de su gloria cuando el gozo nos invade, por esa unión que se hace en el aclamar a Dios junto con la comunidad a una sola voz por medio del Padre Nuestro y al alimentarnos a su vez de la Sagrada Eucaristía, en una común unión, con el Pan de Vida eterna. Por ello, ora en común y únete a la comunidad de los que amamos y esperamos en Dios.

“Glorificarnos en Él”

“Glorificarnos en Él”

Juan: 17, 1-11

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo también te glorifique, y por el poder que le diste sobre toda la humanidad, dé la vida eterna a cuantos le has confiado. La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.

Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame en ti con la gloria que tenía, antes de que el mundo existiera. He manifestado tu nombre a los hombres que tú tomaste del mundo y me diste. Eran tuyos y tú me los diste. Ellos han cumplido tu palabra y ahora conocen que todo lo que me has dado viene de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste; ellos las han recibido y ahora reconocen que yo salí de ti y creen que tú me has enviado. Te pido por ellos; no te pido por el mundo, sino por éstos, que tú me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. Yo he sido glorificado en ellos. Ya no estaré más en el mundo, pues voy a ti; pero ellos se quedan en el mundo”.

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Uno de los aspectos que se nos olvidan o en su defecto que no conocemos es el efecto que de suyo trae como consecuencia acercarnos a Jesús; los medios para hacerlo son múltiples, como la oración, la meditación, la eucaristía, las obras de caridad, la lectura de las Sagradas Escrituras, las lecturas espirituales, etc.

Y es que tiene un doble efecto nuestra dedicación a Dios. A veces creemos que es tan sólo para pedir necesidades, y en una sola vía, pero en realidad cada acto que hagamos ante el Señor, tiene la peculiaridad de devolvernos su santidad y gracias.

De hecho una vez Jesús glorificado, gracias a su muerte y resurrección, nos glorifica, pero no en automático e involuntariamente, sino en reciprocidad por cuanto hagamos un acto de oración, litúrgico y de caridad. 

Por una parte ora e intercede por nosotros, ya que aún estamos en el mundo, pero eso no es una limitante, ya que si de nuestra parte pedimos su glorificación, con gusto la otorgará porque la adquirió para nosotros.

Es por ello que no dejemos de orar y celebrar su sacramentos, porque es mayor lo que nos brinda que lo que le ofrecemos.