“Permanecer en…”

“Permanecer en…”

Juan 15, 1-7

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: –«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador.

A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.

Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.

Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.

Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará.

Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

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El éxito de algún plan dentro de nuestros objetivos, no depende de la buena intención que tengamos en el mismo, ya que denota la falta de interés y a veces la flojera de iniciarlo concretamente con hechos reales.

Es una realidad que hemos sido desde siempre seres relacionales por naturaleza y también es un hecho que nos hemos desarrollado basados en la ayuda mutua que brinda el vivir en sociedad, ya que aprovechamos lo que otros aportan y de igual manera los demás lo que yo puedo proporcionar.

A veces hay una falsa concepción de autonomía, de libertad incondicional, cuando en realidad estamos condicionados a crecer y desarrollarnos a partir de permanecer en relación con los demás, ya sea para obtener unos zapatos o una botella de agua, cosa que solo, se complica.

Es de suyo una bendición la comunidad, porque gracias a ella somos quien somos, con sus múltiples relaciones y servicios, hasta con sus complicaciones y problemas que nos hacen crecer.

Más sin embargó ya adentrados en esta permanecía-dependencia muy benéfica y abierta al crecimiento, es donde Jesús nos invita sin aspavientos y en el mismo esquema, a permanecer unidos a Él, siempre lo hemos estado, pero ahora de una manera consciente y basada en la voluntad afectiva cercana.

Curiosamente permanecemos unidos a todo, excepto a Dios, que es con quien más nos conviene estar unidos, porque para dar mucho fruto abundantemente y hasta en exceso hay que permanecer unidos a Él, de otra manera no se puede en esas cantidades.

“Cuando ores…”

“Cuando ores…”

Mateo 6, 7-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: –«Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros rezad así: «Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación sino líbranos del Maligno».

Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas».

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Los tiempos nos invitan a no leer, a no mirar las necesidades, a no reflexionar, sí a estar saturados de ruido, de distractores, de opiniones absurdas, y por ende a no tener tiempo para orar. 

Lo importante es orar, pero no tan sólo en ocasiones de necesidad sino siempre, porque la oración transforma tu mente, tu corazón, tus dones, entre ellos la inteligencia, la sabiduría, la ciencia, la paz, la fe, y por ende el amor y la caridad. 

En realidad al orar te estás atendiendo a ti mismo y por supuesto a los demás, porque nunca queda sin fruto tu intercesión. Es en cierta medida indispensable retroalimentarte, no dejarle todo a Dios como si de mi parte no requiriera la más mínima atención. Es muy bueno saber orar y saber a su vez escuchar lo que Dios tiene que decirte y el medio es la oración.

La oración es purificadora de corazones y liberadora de ataduras mentales. La oración implica a la creación entera, y de ella eres parte, pide por el orden de la misma sin dejarnos engañar por el desorden y el caos que pretende distraernos.

Pero sobre todo recuerda que la mayor eficacia se da, como diría San Benito en su regla monástica, “Ora et Labora”, Orar y trabajar, a que una complementa a la otra, a la palabra ofensiva, el perdón concreto. 

“Salir de una y entrar en otra”

“Salir de una y entrar en otra”

Marcos: 5, 1-20

En aquel tiempo, después de atravesar el lago de Genesaret, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Apenas desembarcó Jesús, vino corriendo desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu inmundo, que vivía en los sepulcros. Ya ni con cadenas podían sujetarlo; a veces habían intentado sujetarlo con argollas y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba las argollas; nadie tenía fuerzas para dominarlo. Se pasaba días y noches en los sepulcros o en el monte, gritando y golpeándose con piedras.

Cuando aquel hombre vio de lejos a Jesús, se echó a correr, vino a postrarse ante él y gritó a voz en cuello: “¿Qué quieres tú conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Te ruego por Dios que no me atormentes”.

Dijo esto porque Jesús le había mandado al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre. Entonces le preguntó Jesús: “¿Cómo te llamas?” Le respondió: “Me llamo Legión, porque somos muchos”. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.

Había allí una gran piara de cerdos, que andaban comiendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaban a Jesús: “Déjanos salir de aquí para meternos en esos cerdos”. Y él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y todos los cerdos, unos dos mil, se precipitaron por el acantilado hacia el lago y se ahogaron.

Los que cuidaban los cerdos salieron huyendo y contaron lo sucedido, en el pueblo y en el campo. La gente fue a ver lo que había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al antes endemoniado, ahora en su sano juicio, sentado y vestido. Entonces tuvieron miedo. Y los que habían visto todo, les contaron lo que le había ocurrido al endemoniado y lo de los cerdos. Ellos comenzaron a rogarle a Jesús que se marchara de su comarca.

Mientras Jesús se embarcaba, el endemoniado le suplicaba que lo admitiera en su compañía, pero él no se lo permitió y le dijo: “Vete a tu casa a vivir con tu familia y cuéntales lo misericordioso que ha sido el Señor contigo”. Y aquel hombre se alejó de ahí y se puso a proclamar por la región de Decápolis lo que Jesús había hecho por él. Y todos los que lo oían se admiraban.

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Es una realidad el saber que tenemos una y mil limitaciones con las que convivimos ordinariamente hasta el grado de considerarlas normales y justificarnos en ellas poniendo varias excusas para defenderla y seguir igual.

Ya es una ventaja cuando alguien nos las hace notar y, aunque con enojo reaccionamos ya es un primer encuentro con nuestra oculta realidad de la que no somos conscientes. Si lo llegamos a aceptar, en realidad inicia un proceso de sanción que lleva la mayor y más dura parte tratada: la aceptación.

Pero el chamuco que nos embauca se prende de esas vulnerabilidades de nuestra personalidad para manipularnos y no dejarnos, ni tener paz. Es muy audaz el condenado ya que usa estrategias para permanecer y seguir sembrando su odio y veneno, un ejemplo de ello lo tenemos en este evangelio cuando le duele que le atormenten con el bien y la gracia de Dios que Jesús con su presencia transmite, dolido sabiendo que su dolor proviene de saberse hacedor del mal que se expone claramente ante el Señor, solicita salir y meterse en una piara de cerdos lo cual Jesús permite.

Al igual nosotros podemos solicitarle a Dios dejar un vicio o una actitud negativa, pero alrededor siempre hay piaras con las que podemos cambiar de un vicio o una codependencia a otra, quedando en el mismo esquema de faltas y dolor.

Hay que permitirnos sanar totalmente y no dejar que una nueva influencia nos haga depender de sus atractivos males, porque por ahí empieza la verdadera salud.

“…De generación en generación”

Lucas 1, 46-56 

En aquel tiempo, María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. 

Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. 

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre». 

María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa. 

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Si la gracia de Dios fuera estática y referente tan sólo a los hechos acontecidos en el momento ya conocido de cada intervención divina, perderían totalmente el sentido de su ser, serían tan solo una solución en el momento, más no en la historia, mucho menos en la eternidad. 

La gracia de Dios no puede ser contenida y referida a un hecho acontecido en la historia, es siempre presente y actual además de ser totalmente dinámica, su efecto no se da tan sólo para una persona, una situación o una cosa, suele comportarse siempre en toda circunstancia como fuente retransmisora de la gracia en todos los que le circundan a su alrededor. 

María en este caso, tan sólo remarca esa verdad, “su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”, es consciente del hecho trascendental que por su participación y aceptación completa, estará llegando no sólo a ella, sino a toda la humanidad de buena voluntad, a aquellos que de igual manera desean ser partícipes de la misma. 

De igual manera nuestros actos, no quedan en el olvido, ni en el vacío, además de hacer historia, estamos completando y a su vez complementando la obra de Dios, de tal manera que la gracia de Dios recibida y aprovechada no quedará olvidada, seguirá dando frutos de santidad. 

Es por ello que todo aquel bien que hagas, aquella colaboración con Dios, y toda la caridad del mundo en tus manos, llegará hasta Dios, pero además seguirá constantemente rindiendo frutos de generación en generación, porque es más grande que nuestros propios actos, y como María, podemos ya gozarnos en ello por ser llamados además de la vida, a ser participes y colaboradores de la gracia divina, además de las proezas que conlleva.

“Adviento, actitud de oración”

Mateo 9, 35–10, 1. 6-8 

En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. 

Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”. Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Les dijo: “Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”. 

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Caminando generosamente entre la gracia que recibimos de éste tiempo, una invitación más precisa que va complementando esta vía es la oración, no basta con tan sólo estar dispuestos a recibir los bienes de Dios, que de suyo es ya una muy buena ventaja, implica a su vez una respuesta de parte nuestra a la generosidad de Dios, porque es muy bueno el corresponder con el diálogo hacia aquél que nos ama y nos da lo que recibimos, no podemos quedarnos mudos y mucho menos mal agradecidos. 

Es la oración una herramienta tan eficaz que complementa de una manera certera el proceso de la vida de la gracia, ya que se establece un vínculo informativo y directo con Dios que nos abre en un aspecto más amplio la mente, así como la perspectiva de la vida y la creación misma con todo cuanto contiene. 

Sin embargo, además aplica que el uso de la oración destaca el interceder en común unión con el coro de los ángeles por las alegrías y las necesidades de nuestros hermanos más cercanos, así como por el bien de la Iglesia junto con la humanidad entera. En el pedir está el recibir, por ello Jesús a sus discípulos les otorga esos dones participados junto con la autoridad divina para confortar a quienes viven en infelicidad. 

Una cosa va unida a la otra, de tal manera que en este mismo tiempo, la actitud de oración oportuna y en su momento, complementa el disponernos a recibir las gracias especificas para este tiempo de adviento.

“Mi casa es casa de oración”

Lucas 19, 45-48

En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: —Escrito está: «Mi casa es casa de oración»; pero vosotros la habéis convertido en una «cueva de bandidos».

Todos los días enseñaba en el templo. Los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios.

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Es horrible cuando al llegar a un santuario dispuesto a orar, te encuentres con un mundo de distractores que te impiden poder estar en concentración y por ende en contacto con Dios, ya parece que el motivo de la visita es para ir por los chicles, la cajeta, las pulseritas, los tlacoyos, las botanitas, las fritangas, los dulces, etc, es un mundo comercializado en torno a los santuarios y a los templos.

A esa gente no le importa tu fe, sino que se aprovechan económicamente de los lugares sagrados y de los fieles haciendo negocio redondo, nada nuevo, ya en los tiempos de Jesús acontecía lo mismo, por lo que remarca que precisamente en el lugar sagrado, su principal y única finalidad es encontrarte con Dios en dedicada, atenta y profunda oración, tal celo llevó a Jesús a echar a los vendedores, lo que les obtuvo su rechazo, pero ese rechazo no es de fe, porque en esos casos la fe está muy menguada y manipulada.

Lo que se ganó fue un deseo de que lo asesinaran, porque estorba a los comerciantes y a los dirigentes religiosos que les rompe el esquema ya desvirtuado y viciado, es necesaria una restauración y Jesús lo está sembrando.

Esa misma historia se repite, existen santuarios que han querido crecer en la fe y atención  de los fieles, al modificar los lugares, con tan sólo obtener amenazas de muerte de los comerciantes, nada nuevo, ¿acaso tendrá que volver a venir Jesús a restaurar lo perdido? o ¿será que no estamos haciendo bien nuestra labor al seguir permitiendo esos esquemas?

Por lo pronto, el que lo promueve eres tú, empezando a realmente tomar el templo como lo que es, casa de oración, y no apoyando el comercio circundante en torno a tu fe.

“Ten compasión…”

Lucas: 17, 11-19

En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!”
Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.
Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias. Ése era un samaritano. Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”.

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Varias son las culturas y los tiempos en que la concepción que se tenía de Dios difería de la realidad, ya que la toma de conciencia primeramente de sí mismos ha tardado en demasía, con la novedad de que aún no hemos terminado de definirnos ni de afirmar quien somos porque cada vez cambiamos los propios conceptos. En esa misma escala se encuentra nuestra comprensión de quién es Dios, cómo actúa, y a veces definiéndolo como muy radicalista.

Es un hecho que la misma teología hoy en día, aunque apoyada por el método científico en cuando a la Biblia se refiere, serán interpretaciones de punta, pero dista mucho de ser de avanzada, podríamos afirmar sin dudar que todo el progreso teológico sigue en pañales, y no por arcaico, sino porque nuestra idiosincracia no da para más.

Va evolucionando y eso ya es una ventaja, pero los términos de amor, caridad, compasión, siguen rallando en lo visceral, en lo sentimental, más no en el sentido y la acción profunda que cada uno de ellos desarrolla en su ejecución, porque olvidamos que no terminan en el aquí y el ahora, sino que se proyectan en una trascendencia que deja huella en los nuestros y que llega hasta Dios en la eternidad.

Por ello cuando a Jesús le piden que tenga compasión de ellos, es decir de esos leprosos, habría que ver hasta dónde iba a llegar su obra, el resultado es muy claro, de los diez que recibieron el milagro, nueve no tenían la capacidad de mirar más allá en la obra que Jesús había realizado, para ellos fue tan sólo un curandero, pero no transformó sus vidas, mientras que tan sólo uno, fue capaz para empezar, de regresar a dar tan siquiera las gracias, que es un atisbo dónde inicia la trascendencia y la transformación en la persona de la obra de Dios.

Ese tener compasión, no es para Dios, es para nosotros mismos que debemos de tener dedicación hacia nuestra propia alma y permitirnos aceptar aquella gracias que vienen de Dios, donde el signo primero es la salud física, pero que depende de nosotros hacerlo llegar más allá, trascender y permitirnos en su totalidad ser sanos, ser salvos.

“Todos los Fieles Difuntos”

San Lucas 23, 33. 39-43

Cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: –¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.

Pero el otro le increpaba: –¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.

Y decía: –Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino.

Jesús le respondió: –Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

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“Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre 

su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios.” 

                                        -San Agustín

“Cada uno se presentará ante el tribunal de Dios para 

darle cuenta de lo que ha hecho, de lo bueno y de lo malo.” 

                                     – Santa Biblia

Las tres Iglesias: Se llama Iglesia a la asociación de los que creen en Jesucristo. La Iglesia se divide en tres grupos. Iglesia triunfante: los que ya se salvaron y están en el cielo (los que festejamos ayer). Iglesia militante: los que estamos en la tierra luchando por hacer el bien y evitar el mal. E Iglesia sufriente: los que están en el purgatorio purificándose de sus pecados, de las manchas que afean su alma.

El Catecismo de la Iglesia Católica, publicado por el Papa Juan Pablo II en 1992, es un texto de máxima autoridad para todos los católicos del mundo y dice cinco cosas acerca del Purgatorio:

1ª. Los que mueren en gracia y amistad de Dios pero no perfectamente purificados, sufren después de su muerte una purificación, para obtener la completa hermosura de su alma (1030).

2ª. La Iglesia llama Purgatorio a esa purificación, y ha hablado de ella en el Concilio de Florencia y en el Concilio de Trento. La Iglesia para hablar de que será como un fuego purificador, se basa en aquella frase de San Pablo que dice: “La obra de cada uno quedará al descubierto, el día en que pasen por fuego. Las obras que cada cual ha hecho se probarán en el fuego”. (1Cor. 3, 14).

3ª. La práctica de orar por los difuntos es sumamente antigua. El libro 2º. de los Macabeos en la S. Biblia dice: “Mandó Juan Macabeo ofrecer sacrificios por los muertos, para que quedaran libres de sus pecados” (2Mac. 12, 46).

4ª. La Iglesia desde los primeros siglos ha tenido la costumbre de orar por los difuntos (Cuenta San Agustín que su madre Santa Mónica lo único que les pidió al morir fue esto: “No se olviden de ofrecer oraciones por mi alma”).

5ª. San Gregorio Magno afirma: “Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su eterno descanso”.

De San Gregorio se narran dos hechos interesantes. El primero, que él ofreció 30 misas por el alma de un difunto, y después el muerto se le apareció en sueños a darle las gracias porque por esas misas había logrado salir del purgatorio. Y el segundo, que un día estando celebrando la Misa, elevó San Gregorio la Santa Hostia y se quedó con ella en lo alto por mucho tiempo. Sus ayudantes le preguntaron después por qué se había quedado tanto tiempo con la hostia elevada en sus manos, y les respondió: “Es que vi que mientras ofrecía la Santa Hostia a Dios, descansaban las benditas almas del purgatorio”. Desde tiempos de San Gregorio (año 600) se ha popularizado mucho en la Iglesia Católica la costumbre de ofrecer misas por el descanso de las benditas almas.

La respuesta de San Agustín: a este gran Santo le preguntó uno: “¿Cuánto rezarán por mí cuando yo me haya muerto?”, y él le respondió: “Eso depende de cuánto rezas tú por los difuntos. Porque el evangelio dice que la medida que cada uno emplea para dar a los demás, esa medida se empleará para darle a él”.

¿Vamos a rezar más por los difuntos? ¿Vamos a ofrecer por ellos misas, comuniones, ayudas a los pobres y otras buenas obras? Los muertos nunca jamás vienen a espantar a nadie, pero sí rezan y obtienen favores a favor de los que rezan por ellos.

Tomado de EWTN.com

“Insistencia”

Lucas 11, 5-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene a medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados: no puedo levantarme para dártelos”. Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe, quien busca, halla, y al que llama, se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?.

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Es un común conocimiento el que Dios siempre está al pendiente de nosotros en todos los aspectos de la vida, así mismo atiende todas las necesidades de los que nos llamamos sus hijos y, aunque no está específicamente para ello, sin embargo las atiende.

Y es que Dios tiene tan grandes proyectos y expectativas sobre cada uno de nosotros, que procura insistentemente el momento en que nosotros deseemos desarrollarlas a su lado, pero a veces, a lo más que llegamos es a pedirle corrija situaciones cuando éstas nos golpean. 

Sin embargo Dios está para apoyarte en todo, ya sabemos que te sientes independiente y autónomo, y a lo mejor al momento crees poderlo todo de manera personal, pero inclusive en la abundancia y estabilidad de vida, Dios también está para con la mayor sabiduría e inteligencia apoyarte desde lo más mínimo hasta la mayor proyección de tus planes laborales y personales.

Por ello se nos recuerda, que en todo momento no hay que dejar de orar, no hay que dejar de pedir, no dejar de dar gracias, no dejar a Dios de lado, porque cuando lo alejamos de nuestras vidas, alguien más ocupará su lugar y ese alguien lo busca desesperadamente para poseerte a ti y tus bienes, no físicamente, pero si en tu pensar actuar y en el trato con los tuyos.

Sí, parece no ser escuchados, pero insistir, una y otra vez, porque la insistencia remarca el trato cercano con Dios, la purificación y la paciencia. Todo llega a su tiempo, no cuando quieres, sino cuando en realidad lo necesitas. Pero no dejes de insistir, así sea en el peor dolor sin ánimos para hacerlo, porque todo es escuchado, pero a su vez, a veces el Señor lo que espera es que te dispongas Tú a escuchar. Insistencia de parte nuestra y a su vez reconoce la insistencia de Dios que quiere hablarte, escúchalo.

“Oración sencilla y potente”

Lucas 11,1-4


Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. Entonces Jesús les dijo: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende, y no nos dejes caer en tentación”. 

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No cabe duda que la oración siempre tiene un efecto real y positivo, aunque cueste, como si fuera un absurdo, porque se habla al aire sin sentido, cuando en realidad cobra todo el sentido posible de quien la hace.

Orar es importante, porque hay que entrar en contacto con el Creador, aquel que requiere una correspondencia al ser tomado en cuenta en medio de nuestra saturada materialidad, donde nos importa tan sólo lo que sentimos y palpamos físicamente.

Por ello el Señor, no a querido imponernos un rezo largo e incomprensible, sino uno lleno de amor, de confianza y sencillo que nos haga conscientes de lo que es importante para nosotros y para Dios.

Un rezo común que habla de una relación personal, que conecta y que abre las puertas a la gracia, es el Padre Nuestro, por lo que se nos invita a rezarlo con devoción, porque es la misma Palabra de vida dada por el Señor Jesús y que nos es participada.

No dejes de orar, ya que la misma oración te transforma en un ser lleno de gracia y más cuando te dispones con los sacramentos a ello.