“¿De dónde viene el mal?”

“¿De dónde viene el mal?”

Mateo 8, 28-34

En aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Desde el cementerio dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino. Y le dijeron a gritos: —¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?

Una gran piara de cerdos a distancia estaba hozando. Los demonios le rogaron: —Si nos echas, mándanos a la piara.

Jesús les dijo: —Id.

Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua. Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados. Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país.

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Solemos identificar al mal como un ente concreto que sabemos acercarse a aquellos que malamente lo solicitan, o a quienes desea truncar el plan de santidad en el camino hacia el Señor Nuestro Dios. A su vez ubicamos lugares dónde explícitamente se trafica o se vive mal. Pero no significa que tan sólo ahí esté el mal.

Tenemos que considerar que el mal es tan sagaz que incluso se presenta dentro del bien que conocemos, no es ajeno incluso a lo sagrado porque sabemos que conoce a Dios pero no lo ama y lo rechaza con todo su ser, por lo que puede estar presente incluso a tu lado en la misma iglesia, no porque sea su lugar, sino porque nosotros hasta allá se lo permitimos con nuestro antitestimonio, así como con nuestras envidias, odios y críticas, sobre todo cuando perdemos la paz y la esperanza haciendo las cosas por rutina y por imagen exterior.

Ahí es donde hace más daño porque está disfrazado, los lugares de mala muerte, esos los identificamos, pero las hipocresías y las falsas apariencias a veces no, y es que cuando se hacen presentes como el mismo evangelio lo proclama en los endemoniados, vienen de un medio ya corrupto, ya viciado, ya vienen empapados en este caso de aquel lugar de muerte, el cementerio.

A veces nosotros somos los que estamos en ese medio ya fermentando nuestra alma y corazón a la corruptibilidad, dejándonos envenenar incluso con pláticas afables de insidias contra los demás, pues por ahí viene el mal, de tu propio corazón cansado y agobiado, ya vulnerable y ganado por el maligno, por lo que no lo esperes que te llegue de repente de la nada para asustarte, pero sí ten miedo cuando ya lo hagas tuyo y no te des cuenta de ello, porque ahí ya llegó para quedarse. De ahí viene el mal, de tu corazón y el mío, si es que no lo cuidamos y lo dejamos contaminar.

“Pecados en su propio jugo”

“Pecados en su propio jugo”

Juan 8, 21-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: –«Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros».

Y los judíos comentaban: –“¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: «Donde yo voy no podéis venir vosotros?»”

Y él continuaba: –«Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis por vuestros pecados: pues, si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados».

Ellos le decían: –«¿Quién eres tú?»

Jesús les contestó: –«Ante todo, eso mismo que os estoy diciendo. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me envió es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él».

Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre. Y entonces dijo Jesús: –«Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada».

Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.

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Cuantas veces pensamos que el pecado en sí mismo es algo ajeno a nosotros, como un ente malvado que nos obliga a pecar del cual no somos totalmente ni conscientes ni responsables. Esto es totalmente erróneo.

Es muy cierto que el maligno incita al pecado, pero incita no con la consigna de obligarnos, ya que se trata tan sólo de una invitación puesta de manera muy atractiva y que se nos vende muy fácilmente, basado sobre todo en nuestras necesidades, debilidades y vulnerabilidad, de eso se aprovecha el mal como el mejor mercadólogo desde todos los tiempos y más con la publicidad actual de la que se aprovecha hoy.

Sin embargo, no hay que olvidar que el pecado en sí mismo es totalmente personal, y de suyo, se puede evitar. Existen miles de maneras propuestas de alejarse de aquello y aquellos que nos incitan al pecado, pero cuando lo hacemos nuestro, hasta lo hacemos parecer como si fuese lo ordinario en el mundo y en nuestras vidas como justificante para acallar la conciencia.

Cuando cometemos una falta, no debemos de culpar a nadie sino a nosotros mismos, primeramente porque es hecho libre y voluntariamente, ya la gravedad depende si se conocen sus consecuencias aún así aceptándolo. Pero si optamos por no conocer la gracia y los medios para evitar el mal que de suyo lleva cada pecado, no como castigo de Dios, porque el pecado no está en su plan ni en su designio, sino como una elección personal que nos lleva de suyo a la desgracia y a la muerte.

Aquí es donde Dios permite que aquellos que eligieron vivir así, mueran así, en su pecado, no porque Dios los condene, sino porque ellos no quieren ser salvados por Dios, de tal manera que morirán en medio de sus pecados en su propio jugo, digo, si no se dan la oportunidad de crecer en la gracia de Dios. Pero al final, la elección es de cada quien como individuo libre y responsable de lo otorgado generosamente en tu vida, no es de Dios. Por lo que con tu vida, pensamientos y acciones, tu ya dices dónde quieres estar. 

“Justos y pecadores”

“Justos y pecadores”

Lucas 5, 27-32

En aquel tiempo, Jesús vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: –«Sígueme».

Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Los fariseos y los escribas dijeron a sus discípulos, criticándolo: –«¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?»

Jesús les replicó: –«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan»

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Existen los conceptos de santidad, también expresada bíblicamente en las personas como “justos” al igual que el término inequívoco de pecado o pecadores, términos que aplicados radicalmente se convierten en una exageración y, hasta mal intencionada tanto en un lado como en otro, de igual manera negativo tanto en el concepto religioso como en el pagano.

Conceptos que no deben de radicalizarse ni absolutizarse ya que se utilizan como un elemento despreciativo. Por un lado los que “se sienten justos” suelen suplantar una imagen de bondad, sobre todo ante el qué dirán, cuidando la imagen más que la espiritualidad en todos los niveles posibles habidos y por haber, se tornan en jueces parciales tomándose el derecho de remarcar las faltas en los demás, como si ellos y ellas estuvieran exentos o como si ya gozaran en pleno de la eterna santidad. 

En cierta medida son indeseables porque abruman el ambiente envenenándolo totalmente de prejuicios y exclusiones selectivas faltando entera y plenamente a la caridad en todos los aspectos, sobre todo en el trato con los demás.

Por el otro lado tenemos a los que se sienten pecadores, como excusa de impureza para alejarse del compromiso y la relación con lo sagrado y divino. Es un falso reconocimiento del pecado sin ser conscientes realmente de su gravedad, ya que no atienden su salud espiritual ni se reconcilian con Dios.

Olvidamos que el “justo peca siete veces” al día, dicho popular que revela la verdadera condición del cristiano en constante renovación permanente, dónde basta reconocer el pecado real para sanarlo, dónde se busca día a día la santidad, la cual no será plena sino hasta que estemos cara a cara con nuestro Creador. 

Ni hay totalmente pecadores, ni totalmente justos, somos maravillosamente perfectibles tanto en uno como en otro aspecto y todos oscilamos entre los mismos. Por ello lo más sano es reconocernos pecadores, ya que por ahí empieza la verdadera santidad. 

“El dolor ajeno”

El dolor ajeno”

Mateo: 11, 20-24

En aquel tiempo, Jesús se puso a reprender a las ciudades que habían visto sus numerosos milagros, por no haberse arrepentido. Les decía:

“¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han hecho en ustedes, hace tiempo que hubieran hecho penitencia, cubiertas de sayal y de ceniza. Pero yo les aseguro que el día del juicio será menos riguroso para Tiro y Sidón, que para ustedes.

Y tú, Cafarnaúm, ¿crees que serás encumbrada hasta el cielo? No. Serás precipitada en el abismo, porque si en Sodoma se hubieran realizado los milagros que en ti se han hecho, quizás estaría en pie hasta el día de hoy. Pero yo te digo que será menos riguroso el día del juicio para Sodoma que para ti”.

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Cuantas veces no hemos sentido pena por alguien que se encuentra en una situación lastimera, o que está sufriendo, y es que aunque no tengamos una preparación profesional para ello, sabemos detectar cuando alguna persona vive una situación que no es la ordinaria, ya que puede estar en un dolor crónico causado por su propia forma de vida, sin ubicar la procedencia del mal, en el que se queda estancado y que claramente lo ve quien ha sabido salir de esas crisis que precisamente los han hecho madurar.

Jesús además de ser más que un profeta, sino el mismo Hijo de Dios, ve hacia donde se están orillado todos aquellos, que aún en masa, por la cultura deteriorada, viven situaciones denigrantes como si fuera lo normal y ordinario, sin la capacidad de proponerse una situación nueva, porque no hay quien la avale desde el mismo cieno que rodea el entorno.

No son amenazas las que remarca Jesús, son tan sólo las consecuencias lógicas que secundan una forma de vida no muy buena, que no se pueden evitar porque son parte de una elección personal, que Dios mismo no contradice porque respeta el uso de la inteligencia y la libertad mal usada de nuestra parte, aquella que nos ha regalado en plenitud.

Es muy claro el dolor ajeno que detectamos en quien vive saturado en medio de un mundo lleno de ruido y propuestas de alimentar el pecado, cayendo en un circulo vicioso del que no se puede salir por sí mismo. 

Si alguien detecta un error o mal en nosotros y su intención no es remarcarlo para dañarnos, sino ayudarnos a salir del mismo, vale la pena escucharle, porque la conciencia se nubla cuando el mal domina en nuestro actuar, y es Dios mismo que nos envía a quienes en medio de su amor nos quiere rescatar, escuchémosle. 

“El mal tiene un origen sencillo en nosotros”

“El mal tiene un origen sencillo en nosotros”

Mateo: 5, 27-32

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Han oído que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio. Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.
Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.
También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio. Pero yo les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio, y el que se casa con una divorciada comete adulterio”.

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Pareciese un radicalismo exagerado en materia moral, el hecho de que se nos diga que con tan sólo una mala intención mental sobre alguna persona o algún bien material, ya pecamos como si se hubiera consumado el acto, y aún más cuando éste corresponde  en en la temática sexual.

No se trata de un puritanismo oficial, ya que de igual manera puede rayar en lo insano cuando se obsesiona la persona en una negación de todo lo que implique la genitalidad, pero en realidad afirmado una sexualidad permanentemente aún en abstinencia, pero mentalmente adictiva, lo que viene a ser una anorexia sexual, sin actos, pero con la mente saturada negativamente de sexo.

Por algo se remarca que ni las malas intenciones se queden en nuestra mente y corazón, porque resultan en la fijación mental que poco a poco se va desarrollando, en cambio cuando se rechaza, se procura una salud mental y por ende en la física. 

El mal nunca llega de repente, al igual que la enfermedad, tiene un proceso de descuido hasta que evoluciona dominando nuestro ser, tanto corporal como mental. Es por ello que el mal de igual manera tiene un origen sencillo en nosotros, lo malo es cuando pensamos que es inocente y de manera piadosa, pero por ahí comienza, y empeora sin percibirlo cuando lo alimentamos ya de manera natural.

Jesús pretende una salud total preventiva, por ello recomienda no aceptar ni tan sólo las malas intenciones, porque dejan secuela. Ya de nosotros depende el cuidarnos o el contraer la enfermedad de la permisividad, que al final llega a ser crónica, degenerativa y mortal.

“Pecados v.s. Obras”

“Pecados v.s. Obras”

Lucas: 13,1-9

En aquel tiempo, algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios. Jesús les hizo este comentario: “¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se convierten, perecerán de manera semejante. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se convierten, perecerán de manera semejante”.
Entonces les dijo esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?’ El viñador le contestó: ‘Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré’ “.

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Ese Dios terrible y castigador que era concebido de esa manera en el Antiguo Testamento parece que no ha sido erradicado, y parece a su vez que el mismo chamuco es el que se empeña en mantener esa idea arraigada en nuestros corazones por la falta de conocimiento y acercamiento a Él, precisamente por ese miedo que se le profesa.

Plan o no del maligno sigue latente en nuestros días porque el hecho mismo de que no nos pasen grandes cosas negativas, no significa que andemos bien, la verdad radica en que el recurso del escándalo que siempre utiliza como herramienta el maligno, hace remarcar el error de aquellos que se están esforzando por llevar una vida digna de los hijos de Dios, a ellos los ataca más y les hace resaltar el error, por un lado para que se cansen, y por otro para que se desanimen, viendo que a los que hacen el mal no les pasa nada.

Sin embargo es un engaño, porque a los pecadores compulsivos no es que no les pase nada, sino que ya los tiene ganados y por eso no hay necesidad de hacerles un mal mayor cuando poco a poco ellos mismos se lo están ocasionando, sin poder ver las consecuencias del mal que les es ya ordinario.

Ya lo dirá Jesús, aquellos a quienes les acontece un mal, no es por pecadores, eso precisamente lo remarcan los pecadores para desviar la atención de ellos hacia los demás, y se autoconvencen que el mal a ellos no les hace daño, cuando sus obras de vida nulas lo dice todo.

En cambio aquellos esforzados, a los que el mal los derrumba pero se levantan siempre, a los que hacen suya la conversión de un corazon mediocre y tibio a uno cálido y lleno de amor a Dios y a los demás, sus obras lo dirán todo y hablarán por sí mismas, haciéndose acreedores a ser partícipes de esa viña del Señor, donde junto con los demás en conjunto damos los frutos a su tiempo.

“No hay nada de fuera que pueda contaminarte…”

“No hay nada de fuera que pueda contaminarte…”

Mc 7,14-23

En aquel tiempo, Jesús llamó a la gente y les dijo: «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Y cuando, apartándose de la gente, entró en casa, sus discípulos le preguntaban sobre la parábola. Él les dijo: «¿Así que también vosotros estáis sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede contaminarle, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al excusado?» —así declaraba puros todos los alimentos—.

Y decía: «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre».

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Una preocupación principal que nos roba casi siempre toda la atención es la apariencia externa, buscamos mantener una imagen impecable, siempre que nos vean con la mejor pose. En este punto y a este nivel importa mucho el que dirán, nos preocupamos en demasía de la opinión de los otros, que al final de cuentas no es importante en sí mismo

Ante este esquema, la reacción suele ser la defensa a través de la crítica, como pienso que me critican, yo critico, entonces tengo que levantarme rebajando a los demás. Esos son sólo esfuerzos vanos y perdidos en sí mismos, porque lo que define tu ser, no es lo que piensan los demás, sino lo que sabes valer de ti mismo.

Por eso nada que venga de fuera puede mancharte, intentarán embarrarte pero eso se lava fácilmente. Otras veces faltamos a la caridad negando el saludo a los “pecadores”, como si nos fueran a contaminar, claro que no te contaminan en nada externo, al contrario tomando esa actitud ya estás manchado en sí mismo con la indiferencia de tu desprecio.

A lo mejor sí te rompe el esquema de tu entorno con los teatreros y con los qué dirán. Qué lástima cuando tu mundo gira en esos esquemas, ya me imagino cuán grande ha de ser tu ansiedad porque ese nos es camino para la felicidad, mucho menos para la paz interior.

Lo que sí nos mancha de a feo, es cuando optas libre y voluntariamente dañar, criticar, levantar falsos, así como cualquier pecado que tramemos realizar, porque eso decides que te defina por antonomasia personal, ahí si que nadie te obliga a realizar un acto pecaminoso y si lo hacemos es porque lo permitimos.

Por eso más que cuidar la buena fama, hay que cuidar la gracia, que ante ésta, la otra sale sobrando. No olvides, nada que venga de fuera puede contaminarte en sí mismo, sólo que caigas en la trampa y lo permitas.

“No soy digno…”

“No soy digno…”

Lucas 7, 1-10

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar a la gente, entró en Cafarnaúm. Había allí un oficial romano, que tenía enfermo y a punto de morir a un criado muy querido.

Cuando le dijeron que Jesús estaba en la ciudad, le envió a algunos de los ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su criado. Ellos, al acercarse a Jesús, le rogaban encarecidamente, diciendo: “Merece que le concedas ese favor, pues quiere a nuestro pueblo y hasta nos ha construido una sinagoga”. Jesús se puso en marcha con ellos.

Cuando ya estaba cerca de la casa, el oficial romano envió unos amigos a decirle: “Señor, no te molestes, porque yo no soy digno de que tú entres en mi casa; por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente a verte. Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano. Porque yo, aunque soy un subalterno, tengo soldados bajo mis órdenes y le digo a uno: ‘¡Ve!’, y va; a otro: ‘¡Ven!’, y viene; y a mi criado: ‘¡Haz esto!’, y lo hace”.

Al oír esto, Jesús quedó lleno de admiración, y volviéndose hacia la gente que lo seguía, dijo: “Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande”. Los enviados regresaron a la casa y encontraron al criado perfectamente sano.

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Somos muchos los que a veces creemos, que somos tan perfectos, que no necesitamos nada de los demás, y claro, tampoco de Dios, pero también somos otros tantos los que nos sentimos no merecedores de su gracia, nos sentimos impuros, indignos de estar cerca de el y por consiguiente alejados temerosamente de Él.

Otras tantas veces lo imaginamos tan lejos, con una santidad inalcanzable y una pureza tal que tememos contaminarla, en resumidas cuentas, todo lo que huela a Dios creemos que somos indignos, lo malo es que hacemos que los demás lo vean así hiper-inalcanzable.

Nos sentimos no merecedores de las gracias divinas, pero mayormente las exigimos a los que intentan acercarse a Él, no somos capaces de entrar, pero tampoco se lo permitimos a los demás.

Si hablamos en términos de santidad y de estar cerca de Dios, sobre todo en la eucaristía, claro que nadie seríamos dignos, inclusive ni los sacerdotes.

Pero en su infinita gracia y misericordia, demostrando su ternura y cercanía, Él mismo nos ha hecho dignos, no por nuestros méritos, sino por su amor hacia ti.

Y nos invita a no desaprovechar esa oportunidad que procede de su gratuidad, nunca rechazando a nadie, sino incluyendo a todos, a tal grado y con tal confianza que nos dice que no importa de donde vengan, si de Oriente o de Occidente, todos tienen lugar en su mesa, para participar de Él y con Él. Con igual dignidad que Abraham, Isaac y Jacob.

No tienes por que denigrar tu dignidad de Hijo, cuando tienes esa calidad de Padre. Tu ya eres digno, sólo reconócelo y hazlo valer.

“Extirpar de raíz”

“Extirpar de raíz”

Marcos: 9, 41-50

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Todo aquel que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no se quedará sin recompensa.
Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar.

Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; pues más te vale entrar manco en la vida eterna, que ir con tus dos manos al lugar de castigo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo; pues más te vale entrar cojo en la vida eterna, que con tus dos pies ser arrojado al lugar de castigo. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo; pues más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al lugar de castigo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

Todos serán salados con fuego. La sal es cosa buena; pero si pierde su sabor, ¿con qué se lo volverán a dar? Tengan sal en ustedes y tengan paz los unos con los otros”.

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Ciertamente el evangelio es radical y cero tolerancia en todo lo que se refiere al pecado y lo que nos hace perder la gracia de Dios, más no es radicalista, es decir, que exija de manera tajante y extrema sus preceptos, sino que por el contrario van a sanar de manera generosa y definitiva toda dolencia de alma y cuerpo.

Habrá que ver lo textual de las palabras de Jesús cuando hace mención a amputar partes del cuerpo con las que se puede pecar. Aquí lo que hay que entender de tajo, es que de suyo cualquier extremidad u órgano corporal, no es pecaminoso en sí mismo, no se refiere a extirpar un miembro como si fuera el mal y origen del mismo.

De hecho cada parte de nuestro cuerpo no deja de ser un instrumento con el cual podemos auxiliarnos para realizar nuestras labores; aquí el problema radica en que precisamente no se utilizan para el bien que fueron destinadas, y de eso se encarga nuestra mente, que puede desviar el uso y desuso, así como convertirlo en abuso de cada parte de nuestro cuerpo.

Es por ello, que a lo que se refiere Jesús, no es a mutilar nuestro cuerpo, sino a extirpar de raíz aquello que genera el mal uso de nuestro ser, porque de igual manera podemos hacer mucho bien con el mismo. La referencia el clara: “si te es ocasión de pecado”, entonces la ocasión es la que hay que erradicar y no las partes de nuestro cuerpo con las que podemos santificarnos.

Extirpar de raíz el mal, los pensamientos negativos, tóxicos y obsesivos, es la solución más sana para no volver a mal utilizar lo que el Creador nos ha regalado.

“Esperar la Sanación”

“Esperar la Sanación”

Mateo 8, 5-11

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: —«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho.» Jesús le contestó: —«Voy yo a curarlo.» Pero el centurión le replicó: —«Señor, no soy quien para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: “Ve”, y va, al otro: “Ven”, y viene, a mi criado: “Haz esto”, y lo hace.» Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: —«Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.»

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Toda espera del Mesías desde tiempos antiguos, se presentaba en el ámbito de lo económico social, donde según las necesidades del momento, pedían a Dios, según la promesa de la salvación, a un Mesías que viniera a solucionar exactamente la dolencia del momento que vivían, olvidando la verdadera razón por la que se prometió.

Se olvida que el principal motivo para la espera del Mesías, es sanar la causa, de la cual se desprenden todas las demás desgracias como consecuencia, y la única razón orginante es el pecado.

Viene a desvirtuarse la intención de la espera, donde el pecado se asume como lo ordinario en la vida, pidiendo a Dios tan sólo la solución a las necesidades materiales o de salud física, sin cambiar aquello que denigra nuestro corazón y nuestra alma.

Una de las principales necesidades que urgen en esta espera, es pedir los dones espirituales que nos ayuden a preparar su venida, como lo son la sabiduría, la paz, la inteligencia, la fortaleza, el amor, para que así, entonces cuando llegue, sane de raíz el pecado y sane nuestra mente que suele divagar anclándose en ideas que nos quitan la paz y  que a su vez llegan a concretizarse en su momento en actos pecaminosos que nos hacen perder la misma gracia obtenida por su redención y salvación.

Por ello más que pedir la solución a necesidades materiales, pidamos que sane nuestra mente y corazón, ya que una vez sanada, veremos claro cómo solucionar las demás.