“Las prioridades”

“Las prioridades”

Mateo 6, 24-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: no estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.

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Dentro de las etapas naturales del crecimiento infantil en nuestra vida, desde luego que iniciamos a hacer prioridades con la propia familia, diciendo cuando le preguntan a un niño, que a quién quiere más, hará una elección selectiva en base de quien saca mayor provecho y lo complace más.

Pero esa es una elección totalmente inmadura e infantil, lo malo es que a una gran mayoría de personas que no les han enseñado una educación con valores, crece hasta los ochenta años con la misma actitud preferencial.

Hace falta practicar el discernimiento que no va tan sólo a beneficiar a mi propia persona, sino que además incluye a los demás, y no tan sólo a tu familia, sino también a tu entorno comunitario, ya que tus prioridades tendrán un impacto a nivel social.

Por ello en lo que elijas en tu vida trata de buscar tu bien, pero a su vez el bien de los demás, porque muchas veces lo que eliges para tí, va en detrimento de los otros, y eso no se vale, porque si eso te lo aplicarán a ti, entonces sí respingarías.

Las prioridades siempre lo serán en cualquier circunstancia, porque quien es acomodaticio denota una falta de respeto total a sus convicciones y por ende a los demás. Hay que saber elegir y servir fielmente para no ser dobles, ya que el principal valor, es decir Dios, te da sin problema lo que buscarías cuando estás cerca de Él, pero si picas aquí y allá a ver de dónde sacas mayor provecho, al final te quedaras sin nada, ni con uno, ni con otro. Organiza tus prioridades y el resto sale sobrando.

“Es mejor que vayan a dónde lo venden…”

Mateo 25, 1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. 

El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!” Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. 

Pero las sensatas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. 

Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».

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Una actitud es la generosidad y otra lo es el deber, ambas totalmente buenas cuando se ejercen, pero hay que tener muy en cuenta que una no supone a la otra, es decir, ante la necesidad de una persona solemos utilizar la generosidad para compartir algo como un deber, sobre todo del buen cristiano, solemos esquematizarlo como algo definido, más sin embargo existen situaciones donde no aplica.

Este esquema rebaja a una persona a la situación de discapacidad, donde no puede obtener lo que el otro si puede, elevando al otro en la postura del que debe compartir. En este caso ya no se trata con la misma dignidad y capacidades a ambos, porque uno la pierde y en el otro se le exalta, no se está en igualdad de condiciones cuando en realidad sí lo están.

En el caso de las vírgenes que esperan el novio, remarca que cinco eran necias y cinco sensatas, por lo que la actitud de necedad o el no ser precavidos, es ya un auto excluirnos y rebajar nuestra dignidad a esa postura, dependiendo de ello, pero gratis, porque nadie te ubica ahí, es una elección voluntaria. 

Sin embargo las sensatas, al ser muy precavidas, viendo a futuro lo que necesitaran y proveyéndolo, están preparándose para lo que venga, y su actitud siempre adelante, no es de rechazo ante las descuidadas que les piden compartir su aceite, simplemente las invitan a que de igual manera ellas salgan de ese estado de descuido y eleven sus vidas a otro rango, en el plano de la previsión porque ambas tienen las mismas capacidades y oportunidades, pero si no las quieren aprovechar, no es problemas de las precavidas, sino de las descuidadas.

Por eso la atenta y caritativa invitación de las sensatas a que las descuidadas “fueran a comprarlo a donde lo venden”, es a entrar en el ritmo del aprovechamiento de los dones de Dios, no a subutilizarlos y no a cargarlos sobre los hombros de los que si cumplen. Porque ambas tienen las mismas oportunidades. Igual que tú, igual que yo. Por eso en vez de pedirlo, ve  tu mismo y cómpralo donde lo venden, porque lo puedes hacer.

“Obstáculos diversos”

Lucas: 9, 57-62

En aquel tiempo, mientras iban de camino Jesús y sus discípulos, alguien le dijo: “Te seguiré a dondequiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza”.

A otro, Jesús le dijo: “Sígueme”. Pero él le respondió: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Jesús le replicó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios”.

Otro le dijo: “Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia”. Jesús le contestó: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”.

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En cualquier decisión que tomemos en la vida, sobre todo aquello que implique una nueva forma de vida, ya sea desde el estudio o en lo laboral, así como en lo religioso, encontramos dificultades, ningún camino es llano, todos tienen tramos adversos que precisamente hay que saber llevar y pasar sin dificultad.

A veces olvidamos que esos retazos en el camino escabrosos, en realidad son muy benéficos, ya que hacen fortalecer nuestra propia voluntad, y en cierto grado son normales y llevaderos.

Por el contrario encontramos obstáculos que no dependen absolutamente de ninguna circunstancia, sino tan sólo de nosotros mismos, de nuestra voluntad y deseo de hacer aquello a lo que somos invitados o realizamos de manera propia.

En el caso del Seguimiento a Jesús, encontramos que ante todo la verdad es lo que predomina para que aquellos que deciden ir tras de Él, para que se atengan a la realidad. Encontramos que para seguirlo hay que estar libre de compromisos y de codependencias porque éstas se harán presentes constantemente truncando la libertad de la respuesta que se espera.

Por ello remarca Jesús: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”, sobre todo cuando los obstáculos son mentales y personales, ya que éstos son los que más pesan, porque lo demás externos suelen ser llevaderos.

“No lo permita Dios…”

“No lo permita Dios…”

Mateo 16, 21-27

En aquel tiempo, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”. Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!”

Luego Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.

¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla? Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañía de sus ángeles, y entonces le dará a cada uno lo que merecen sus obras”.

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Cuando en nuestra propia vida tenemos una referencia a Dios, ante alguna contrariedad o algo que se presente como posiblemente adverso, solemos reaccionar con un “No lo permita Dios” o de igual manera un “Dios no lo quiera”, o “Ni lo mande Dios”, en fin, son varias las expresiones que ya hablan de una petición de esperanza a Dios donde ponemos nuestra confianza en su Santa Voluntad para evitar un mal no deseado.

Pero muchas veces si nuestra voluntad personal no está muy bien ubicada o en dado caso estuviera apegada a bienes o personas, quisiéramos que eso nunca cambie, aquí ya entra un cierto egoísmo donde a pesar del plan de Dios, queremos estancarnos en nuestro propio plan y, en grado extremo truncar otros planes para obtener el nuestro a pesar de los demás.

Encontramos en Jesús ante sus apóstoles algo similar, como siempre en nuestros planes proyectamos en un camino ascendente y cada vez mejor; no se contempla lo negativo que pudiera acontecer, ya que en este caso, implica la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, el cual la explica de manera muy clara, situación que no agrada comentarla y causa exasperación entre los suyos, pero hay que tratarla porque se tiene que prever la reacción y la solución.

Pedro ante el amor que le profesa a Jesús, a manera de desapruebo y defensa reacciona diciendo “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”, actitud muy legítima, pero también podría ser muy perturbadora para hacer renunciar a Jesús a su misión, cosa que rechaza, porque hasta el demonio muy amablemente, a través de los más cercanos, puede presentarnos nuevos planes para renunciar a los verdaderos y santificadores, en concreto al plan de la redención del género humano.

Aquí es donde necesitamos esa sabiduría para saber manejar no solamente lo bueno y agradable, sino también lo adverso y doloroso, eso es lo que realmente nos hace crecer y valorar la excelente vida que Dios nos da. Con una vida solamente basada en lo bueno, no seremos capaces de reconocer la bondad del Señor, estaremos mal impuestos a que todo esta bien y ni sabor tendría, los contrastes son los que remarcan la diferencia y nos hacen crecer.

Por ello si Dios te bendice con una contrariedad, Bendito sea Dios, te está haciendo crecer y si logras superarlo porque puedes, bien por ti, la que sigue será más fácil porque capacitado estarás para manejar lo que venga.

“Calcular el costo”

“Calcular el costo”

Lucas: 14, 25-33

En aquel tiempo, caminaba con Jesús una gran muchedumbre y Él, volviéndose a sus discípulos, les dijo:

“Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.


Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, después de haber echado los cimientos, no pueda acabarla y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: ‘Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar’.

¿O qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil? Porque si no, cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz.

Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”.

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Hay un dicho por ahí que dice que “nada en la vida es gratis”, y en parte tiene mucha razón, ya que incluso aquello que se nos regala viene con una factura ya sea a largo o corto plazo aunque se cubra con el agradecimiento. Los pagos no necesariamente tienen que ser en intercambio monetario, ya que en la realidad se utiliza al más antiguo modo de comerciar, es decir, el trueque.

Hoy en nuestros días todo implica dinero, y en nuestros proyectos no se diga, como el mismo evangelio lo indica, ya en su tiempo para construir una torre, hay que calcular el costo, y si de dinero se trata y si dinero se tiene, parece no haber mayor problema.

Sin embargo hay que tomar muy en cuenta que para calcular los costos tenemos que visualizar no sólo el aspecto económico, sino además hay que ver el desgaste que va a tomar de nuestros tiempos y de nuestra mente. Dentro del cálculo habrá que verificar si la factura no va a pasar por el tiempo familiar, por el tiempo y la dedicación a la pareja así como los hijos, y también a los amigos.

Habrá que calcular si nuestra mente estará lo suficientemente preparada para soportar el estrés que conllevará la obra, si tenemos las herramientas para manejar las adversidades, si eso no afectará a los cercanos de manera negativa, si eso no va a cambiar lo más valioso que tienes.

Los costos salen caros cuando nos basamos tan sólo en lo material, y no porque perdamos dinero, ese va y viene, se puede recuperar, por ello hay que a su vez cuidar de no afectar las relaciones cercanas así como las remotas, porque las materiales aquí se quedan, pero lo construido con el amor y la amistad responsable se va contigo y con los tuyos. Por ello habrá qué, sin temor calcular el costo integral y de conjunto.

“Adviento”

“Adviento”

Lucas: 21, 25-28. 34-36

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra, las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad.
Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación. Estén alerta, para que los vicios, con el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente y aquel día los sorprenda desprevenidos; porque caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra. Velen, pues, y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del hombre.

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Con motivo del primer Domingo de Adviento les comparto ésta reseña a manera de estudio para conocer aún más su sentido e historia, la he tomado de Dominicos.org, espero que sea de tu agrado.

Adviento: Tiempo de Espera.

La palabra adventus significa venida, advenimiento. Proviene del verbo «venir». Es utilizada en el lenguaje pagano para indicar el adventus de la divinidad: su venida periódica y su presencia teofánica en el recinto sagrado del templo. En este sentido, la palabra adventus viene a significar «retorno» y «aniversario». También se utiliza la expresión para designar la entrada triunfal del emperador: Adventus divi. En el lenguaje cristiano primitivo, con la expresión adventus se hace referencia a la última venida del Señor, a su vuelta gloriosa y definitiva. Pero en seguida, al aparecer las fiestas de navidad y epifania, adventus sirvió para significar la venida del Señor en la humildad de nuestra carne. De este modo la venida del Señor en Belén y su última venida se contemplan dentro de una visión unitaria, no como dos venidas distintas, sino como una sola y única venida, desdoblada en etapas distintas. Aun cuando la expresión haga referencia directa a la venida del Señor, con la palabra adventus la liturgia se refiere a un tiempo de preparación que precede a las fiestas de navidad y epifanía. Es curiosa la definición del adviento que nos ofrece en el siglo IX Amalario de Metz: «Praeparatio adventus Domini». En este texto el autor mantiene el doble sentido de la palabra: venida del Señor y preparación a la venida del Señor. Esto indica que el contenido de la fiesta ha servido para designar el tiempo de preparación que la precede.

1. Ilustración histórica

La historia de este período de tiempo es sencilla. Parece fuera de discusión el origen occidental del adviento. A medida que las fiestas de navidad y epifanía iban cobrando, en el marco del año litúrgico, una mayor relevancia, en esa misma medida fue configurándose como una necesidad vital la existencia de un breve periodo de preparación que evocara, al mismo tiempo, la larga espera mesiánica. Habría que considerar también un cierto mimetismo litúrgico que invitaría a plasmar aquí lo que la cuaresma es a pascua. Más aún, la posible celebración del bautismo vinculada por algunas Iglesias de occidente a epifanía, especialmente en Galia y España, motivaría también la institución de un tiempo de preparación catecumenal. Este último hecho, expresado aquí en términos de hipótesis, explicaría por qué el adviento aparece primeramente en Galia y en España no como preparación a la solemnidad del 25 de diciembre, sino como preparación a la fiesta de epifanía.

Al principio ni siquiera se llama adviento. Es un tiempo de preparación a la fiesta de epifanía que dura tres semanas. Hay que anotar, sin embargo, que de esta primera fase original no se encuentra ningún rastro en los libros litúrgicos más antiguos. Más aún, estas tres semanas de preparación habría que entenderlas en el marco de la piedad y de la ascesis cristiana, al margen de estructuras litúrgicas consolidadas y estables, bien como acompañamiento de la comunidad a quienes se preparaban al bautismo, o bien como reacción contra los saturnales paganos, que tenían lugar precisamente durante esos días. A finales del siglo V comienza a dibujarse en Galia una nueva imagen del adviento. No se trata ya de tres semanas, sino de un largo período de cuarenta días que daba comienzo a partir del día de san Martín (15 de noviembre) y se prolongaba hasta el día de navidad. Se trataba, pues, de una verdadera «cuaresma de invierno» o, como prefieren otros, «cuaresma de san Martín». En España, la evolución del adviento se orienta en el mismo sentido. Los libros litúrgicos, que reflejan la liturgia hispana del siglo VII, nos ofrecen un adviento de treinta y nueve días. Comenzaba el día de san Acisclo (17 de noviembre) y terminaba el día de navidad’.

A pesar de las evidentes afinidades entre la cuaresma y este adviento de cuarenta días, sería un error interpretar ambos períodos de tiempo con el mismo patrón. En ambos casos se trata de un período de preparación. Pero en adviento la práctica penitencial del ayuno no tuvo jamás la relevancia que tenía en cuaresma. Adviento, en esta segunda fase, venía a ser un tiempo consagrado a una vida cristiana más intensa y más consciente, con una asistencia más asidua a las celebraciones litúrgicas que ofrecían un marco adecuado a la piedad cristiana.

La institución del adviento no aparece en Roma hasta mediados del siglo VI. Los primeros testimonios los encontramos en los libros litúrgicos. Precisamente en el Sacramentario gelasiano. En una primera fase el adviento romano incluía seis domingos. Posteriormente, a partir de san Gregorio Magno, quedará reducido a cuatro. Y así ha llegado a nosotros.

Originariamente, el adviento romano aparece como una preparación a la fiesta de navidad. En ese sentido se expresan los textos litúrgicos más antiguos. A partir del siglo VII, sin embargo, al convertirse la navidad en una fiesta más importante, en competencia incluso con la fiesta de pascua, el adviento adquirirá una dimensión y un enfoque nuevos. Más que un período de preparación, polarizado en el acontecimiento natalicio, el adviento se perfilará como un «tiempo de espera», como una celebración solemne de la esperanza cristiana, abierta escatológicamente hacia el adventus último y definitivo del Señor al final de los tiempos. El adviento que hoy celebra la Iglesia ha mantenido esta doble perspectiva.

2. Espíritu y dimensión del adviento hoy

Toda la mística de la esperanza cristiana se resume y culmina en el adviento. Por otra parte, también es cierto que la esperanza del adviento invade toda la vida del cristiano, la penetra y la envuelve.

Hay que distinguir en el adviento una doble perspectiva: una existencial y otra cultual o litúrgica. Ambas perspectivas no sólo no se oponen, sino que se complementan y enriquecen mutuamente. La espera cultual, que se consuma en la celebración litúrgica de la fiesta de navidad, se transforma en esperanza escatológica proyectada hacia la parusía final. La espera, en última instancia, es única; porque la venida del Señor, aparentemente múltiple y fraccionada, también es única.

Las primeras semanas del adviento subrayan el aspecto escatológico de la espera abriéndose hacia la parusía final; en la última semana, a partir del 17 de diciembre, la liturgia del adviento centra su atención en torno al acontecimiento histórico del nacimiento del Señor, actualizado sacramentalmente en la fiesta.

3. Adviento y esperanza escatológica

La liturgia del adviento se abre con la monumental visión apocalíptica de los últimos tiempos. De este modo, el adviento rebasa los límites de la pura experiencia cultual e invade la vida entera del cristiano sumergiéndola en un clima de esperanza escatológica. El grito del Bautista: «Preparad los caminos del Señor», adquiere una perspectiva más amplia y existencial, que se traduce en una constante invitación a la vigilancia, porque el Señor vendrá cuando menos lo pensemos. Como las vírgenes de la parábola, es necesario alimentar constantemente las lámparas y estar en vela, porque el esposo se presentará de improviso. La vigilancia se realiza en un clima de fidelidad, de espera ansiosa, de sacrificio. El grito del Apocalipsis: «¡Ven, Señor, Jesús!», recogido también en la Didajé, resume la actitud radical del cristiano ante el retorno del Señor.

En la medida en que nuestra conciencia de pecado es más intensa y nuestros límites e indigencia se hacen más patentes a nuestros ojos, más ferviente es nuestra esperanza y más ansioso se manifiesta nuestro deseo por la vuelta del Señor. Sólo en él está la salvación. Sólo él puede librarnos de nuestra propia miseria. Al mismo tiempo, la seguridad de su venida nos llena de alegría. Por eso la espera del adviento, y en general la esperanza cristiana, está cargada de alegría y de confianza.

4. Adviento y compromiso histórico

La invitación del Bautista a preparar los caminos del Señor nos estimula a realizar una espera activa y eficaz. No esperamos la parusía con los brazos cruzados. Es preciso poner en juego todos nuestros modestos recursos para preparar la venida del Señor.

Los teólogos están hoy de acuerdo en afirmar que el esfuerzo humano por contribuir a la construcción de un mundo mejor, más justo, más pacífico, en el que los hombres vivan como hermanos y las riquezas de la tierra sean distribuidas con justicia, este esfuerzo —se afirma— es una contribución esencial para que el mundo vaya madurándose y preparándose positivamente a su transformación definitiva y total al final de los tiempos. De esta manera, la «preparación de los caminos del Señor» se convierte para el cristiano en una urgencia constante de compromiso temporal, de dedicación positiva y eficaz a la construcción de un mundo nuevo. La espera escatológica y la inminencia de la parusía, en vez de ser motivo de fuga del mundo o de alienación, deben estimularnos a un compromiso más intenso y a una integración mayor en el trabajo humano.

El adviento nos hace desear ardientemente el retorno de Cristo. Pero la visión de nuestro mundo injusto, marcado brutalmente por el odio y la violencia, nos revela su inmadurez para la parusia final. Es enorme todavía el esfuerzo que los creyentes debemos desarrollar en el mundo a fin de prepararlo y madurarlo para la parusía. Deseamos con ansiedad que el Señor venga, pero tememos su venida porque el mundo aún no está preparado para recibirlo. El cielo nuevo y la tierra nueva sólo se nos aparecen en una lejana perspectiva.

5. El adviento entre el acontecimiento de Cristo y la parusía

La venida de Cristo y su presencia en el mundo es ya un hecho. Cristo sigue presente en la Iglesia y en el mundo, y prolongará su presencia hasta el final de los tiempos. ¿Por qué, pues, esperar y ansiar su venida? Si Cristo está ya presente en medio de nosotros, ¿qué sentido tiene esperar su venida?

Esta reflexión nos sitúa frente a una tremenda paradoja: la presencia y la ausencia de Cristo. Cristo, al mismo tiempo, presente y ausente, posesión y herencia, actualidad de gracia y promesa. El adviento nos sitúa, como dicen los teólogos, entre el «ya» de la encarnación y el «todavía no» de la plenitud escatológica.

Cristo está, sí, presente en medio de nosotros; pero su presencia no es aún total ni definitiva. Hay muchos hombres que no han oído todavía el mensaje del evangelio, que no han reconocido a Jesucristo. El mundo no ha sido todavía reconciliado plenamente con el Padre. En germen, sí, todo ha sido reconciliado con Dios en Cristo, pero la gracia de la reconciliación no baña todavía todas las esferas del mundo y de la historia. Es preciso seguir ansiando la venida del Señor. Su venida en plenitud. Hasta la reconciliación universal, al final de los tiempos, la esperanza del adviento seguirá teniendo un sentido y podremos seguir orando: «Venga a nosotros tu reino».

Lo mismo ocurre a nivel personal. En el hondón más profundo de nuestra vida la luz de Cristo no se ha posesionado todavía de nuestro yo más intimo; de ese yo irrepetible e irrenunciable que sólo nos pertenece a nosotros mismos. Por eso, también desde nuestra hondura personal debemos seguir esperando la venida plena del Señor Jesús.

6. Actualización de la venida del Señor y esperanza

Nuestra esperanza, abierta de este modo hacia las metas de la parusía final, durante los últimos días de adviento se centra de manera especial en la fiesta de navidad. En esa celebración, en efecto, se concentra y actualiza, a nivel de misterio sacramental, la plenitud de la venida de Cristo: de la venida histórica, realizada ya, de la cual navidad es memoria, y de la venida última, de la parusía, de la cual navidad es anticipación gozosa y escatológica.

Por eso nuestra espera no es una ficción provocada por cualquier sistema de autosugestión psicológica o afectiva. Esperamos realmente la venida del Señor porque tenemos conciencia de la realidad indiscutible de su venida y de su presencia en el marco de la celebración cultual de la fiesta. Al nivel del misterio cultual —que es nivel de fe— se aúnan y actualizan el acontecimiento histórico de la venida de Cristo y su futura parusía, cuya realidad plena sólo tendrá lugar al final de los tiempos.

No solamente en navidad; en cada misa, en el «ahora» de cada celebración eucarística, se actualiza el misterio gozoso de la venida y de la presencia salvífica del Señor entre nosotros. Nuestra espera tiene, pues, un sentido. La explosión de gracia y de luz que tiene lugar en la fiesta de navidad es como el punto culminante de la espera, en el que ésta se consuma y culmina plenamente.

7. El misterio de Cristo en el tiempo: hasta que él venga

Pero la venida de Cristo, efectuada en la esfera del misterio cultual, no es plena ni definitiva. La provisionalidad es una de sus notas características. Sólo la parusía final tendrá carácter definitivo y total. Sólo entonces aparecerán el cielo nuevo y la tierra nueva de que habla el Apocalipsis. Hasta entonces es preciso repetir, reiterar una y otra vez la experiencia de su venida al nivel del misterio. Así este continuo esperar y este continuo experimentar, un año tras otro, los efectos de su venida y de su presencia irán madurando la imagen de Cristo en nosotros.

La repetición cíclica de la experiencia cultual del adviento y de la navidad, más que la imagen de un movimiento circular cerrado en sí mismo, donde siempre se termina en el punto cero que constituyó el punto de partida, nos sugiere la imagen del círculo en forma de espiral donde cada vuelta supone un mayor grado de elevación y de profundidad. Así, cada año nuestra espera es más intensa y más ardiente, y nuestra experiencia de la venida del Señor más profunda y más definitiva. De este modo, cada año la celebración litúrgica del adviento constituye para nosotros un verdadero acontecimiento, nuevo e irrepetible.

8. Los modelos de la espera mesiánica

Durante el adviento, la Iglesia pone en nuestros labios las palabras ardientes, los gritos de ansiedad de los grandes personajes que a lo largo de la historia santa han protagonizado más intensamente la esperanza mesiánica. No se trata de remedar artificialmente la actitud interior de estos hombres, como quien representa un personaje en una obra de teatro. La espera continúa. La salvación mesiánica no es todavía una realidad plena. Por ello, esos grandes hombres siguen siendo hoy día como los portavoces en cuyo grito de ansiedad se encarna todo el ardor de la esperanza humana.

El primero de estos protagonistas es Isaías. Nadie mejor que él ha encarnado tan al vivo el ansia impaciente del mesianismo veterotestamentario a la espera del rey mesías. Después Juan Bautista, el precursor, cuyas palabras de invitación a la penitencia, dirigidas también a nosotros, cobran una vigorosa actualidad durante las semanas de adviento. Y, finalmente, María, la Madre del Señor. En ella culmina y adquiere una dimensión maravillosa toda la esperanza del mesianismo hebreo.

La espera continúa. Continuará hasta el final de los tiempos. Hasta entonces, Isaías, Juan Bautista y María seguirán siendo los grandes modelos de la esperanza, y en sus palabras seguirá expresándose el clamor angustioso de la Iglesia y de la humanidad entera ansiosa de redención.

Por José Manuel Bernal Llorente

Fuente: Dominicos.org

“¿A Dios le gusta el Dolor?”

“¿A Dios le gusta el Dolor?”

Lucas: 21, 20-28

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando vean a Jerusalén sitiada por un ejército, sepan que se aproxima su destrucción. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a los montes; los que estén en la ciudad, que se alejen de ella; los que estén en el campo, que no vuelvan a la ciudad; porque esos días serán de castigo para que se cumpla todo lo que está escrito.
¡Pobres de las que estén embarazadas y de las que estén criando en aquellos días! Porque vendrá una gran calamidad sobre el país y el castigo de Dios se descargará contra este pueblo. Caerán al filo de la espada, serán llevados cautivos a todas las naciones y Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que se cumpla el plazo que Dios les ha señalado.
Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad. Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación”.

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Es un hecho que conocemos todos al respecto de la historia de la salvación en lo que se refiere a la Encarnación, es decir, el misterio del Dios hecho hombre, el Emmanuel, el Dios con nosotros, Aquél que toma la condición humana sin perder la divina, hecho que nos acerca aún más a Él por amor y pura iniciativa suya.

Pues éste hecho de la Encarnación, precisamente viene a sublimar todo el género humano de todos los tiempos, es lo que podríamos llamar el milagro del unirnos y elevarnos a lo divino para vivir y permanecer siempre al lado de Dios. En Este proceso el camino es el de Jesucristo, quien nos muestra las pautas y el camino a seguir para cada vez más asemejarnos a él hasta que en su momento seamos todos uno con Él. Es un crecimiento espiritual que se ve reflejado en la propia vida y en nuestro propio ser y actuar.

Sin embargo, parece que el proceso lo queremos hacer a la inversa, en vez de elevar nuestra vida a la calidad y categoría de lo sublime, de lo divino, pretendemos antropomorfizar a Dios, es decir, ponerlo a nuestro nivel, creer que piensa y obra como nosotros las para así justificar nuestro comportamiento y nuestra típica manera y tendencia de ser.

Entonces nuestras limitaciones se las colgamos a Dios, si somos corajudos, Dios es el corajudo y lleno de ira por excelencia, si castigamos, Dios es el ajusticiador supremo,   imaginando que Dios piensa como nosotros erróneamente, por lo que cuando se nos habla en ésta lectura en lenguaje apocalíptico, pensamos el cómo puede ser posible que realice tantas atrocidades y no tenga compasión inclusive de los niños y las embarazadas.

Algo que olvidamos es que ese lenguaje es una forma de hablar, sin embargo está lleno de esperanza, porque aunque el escritor sagrado, manifieste los miedos y temores de la humanidad en el mismo, no deja de remarcar la gran misericordia de Dios ya que inclusive a los infantes los tiene contemplados en su plan. Así como un bebé puede perderse a temprana edad, no deja de ser un enviado que cumplió su misión ya que transformó algo en la familia por la que pasó. No es que a Dios le guste el Dolor, nosotros somos los adictos a la adrenalina, al dolor, y lo ponemos en boca de Dios, pero nada queda fuera de su misericordia y su bendita mano, falta que en vez de ver el mundo con dolor, lo veamos con misericordia y así la cosa radicalmente cambia. Inténtalo.

“Calcular el costo”

“Calcular el costo”

Lucas: 14, 25-33

En aquel tiempo, caminaba con Jesús una gran muchedumbre y Él, volviéndose a sus discípulos, les dijo:
“Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, después de haber echado los cimientos, no pueda acabarla y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: ‘Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar’.
¿O qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil? Porque si no, cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz.
Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”.

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Hay un dicho por ahí que dice que “nada en la vida es gratis”, y en parte tiene mucha razón, ya que incluso aquello que se nos regala viene con una factura ya sea a largo o corto plazo aunque se cubra con el agradecimiento. Los pagos no necesariamente tienen que ser en intercambio monetario, ya que en la realidad se utiliza al más antiguo modo de comerciar, es decir, el trueque.

Hoy en nuestros días todo implica dinero, y en nuestros proyectos no se diga, como el mismo evangelio lo indica, ya en su tiempo para construir una torre, hay que calcular el costo, y si de dinero se trata y si dinero se tiene, parece no haber mayor problema.

Sin embargo hay que tomar muy en cuenta que para calcular los costos tenemos que visualizar no sólo el aspecto económico, sino además hay que ver el desgaste que va a tomar de nuestros tiempos y de nuestra mente. Dentro del cálculo habrá que verificar si la factura no va a pasar por el tiempo familiar, por el tiempo y la dedicación a la pareja así como los hijos, y también a los amigos.

Habrá que calcular si nuestra mente estará lo suficientemente preparada para soportar el estrés que conllevará la obra, si tenemos las herramientas para manejar las adversidades, si eso no afectará a los cercanos de manera negativa, si eso no va a cambiar lo más valioso que tienes.

Los costos salen caros cuando nos basamos tan sólo en lo material, y no porque perdamos dinero, ese va y viene, se puede recuperar, por ello hay que a su vez cuidar de no afectar las relaciones cercanas así como las remotas, porque las materiales aquí se quedan, pero lo construido con el amor y la amistad responsable se va contigo y con los tuyos. Por ello habrá qué, sin temor calcular el costo integral y de conjunto.

“Responsabilidad sin quejas”

“Responsabilidad sin quejas”

Lucas 11, 42-46

En aquel tiempo, dijo el Señor: —¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! Esto habría que practicar sin descuidar aquello. ¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y las reverencias por la calle! ¡Ay de vosotros, que sois como tumbas sin señal, que la gente pisa sin saberlo!

Un jurista intervino y le dijo: —Maestro, diciendo eso nos ofendes también a nosotros.

Jesús replicó: —¡Ay de vosotros también, juristas, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros no las tocáis ni con un dedo!.

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Actualmente nos encontramos con la era de las quejas, por doquier se muestra gente inconforme sobre todo con los servicios, además de las mismas responsabilidades tanto cívicas como personales.

Reclamos que denotan un cansancio a veces ya crónico y degenerativo, es decir que va de mal en peor como un modo de vivir ya ordinario. Sin embargo aunque nuestra actitud sea ya de predisposición, hay que saber de igual modo identificar además de reconocer cuando una persona cumple cabalmente con sus deberes, haciéndolo notar. Pero parece que estamos discapacitados en medio de un orgullo tan tenso que impide ver el bien de los demás aunque lo tengamos al frente, dónde nada cuesta decir, “felicidades, que bien lo haces”.

Es un mal de falta de educación tan sólo identificar los defectos y errores en los demás, mientras estamos haciendo nuestras labores eficazmente parece que nadie lo nota, pero no cometas un error porque ese sale a relucir inclusive lo que no es en sí mismo, engrandeciéndolo a tal grado como si fuera una pena capital. Es decir, puro escándalo, recordando que con eso no se soluciona nada.

La ventaja es que de suyo evitamos las quejas con una eficaz responsabilidad, ya que si cada quien hiciera lo que debe cabalmente, el mundo sería otro y las quejas serían algo raro no ordinario.

Así como un mal genera otro peor, de igual manera y a la inversa un bien, genera otro mayor, por ello dentro del espíritu de los hijos de Dios, hagamos un buen ambiente reconociendo la responsabilidad de los demás sin quejas, y si te quejas es porque no puedes ver el bien en los otros, ánimo y oración para salir de esos baches. Caridad ante todo.

“Días vendrán…”

“Días vendrán…”

Mateo 9,14-15

En aquel tiempo, se le acercan los discípulos de Juan y le dicen: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán».

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No es una amenaza cuando el Señor nos dice que ¡días vendrán!, no es un advertencia tampoco, sino una invitación a aprovechar ciertamente el presente. Si esta semana iniciamos ese tiempo especial de la Cuaresma, no es tiempo para poner pretextos de no aprovechar el renovar una vez más esas gracias propias que se nos dan en este presente actual.

Porque sí hoy tenemos esa oportunidad, entonces hay que prepararnos a celebrarlo. Ya sabemos que tienes salud, que no te falta la comida, que tienes inteligencia y sabes salir adelante, o cuando menos te las ingenias, que no estas pasando por alguna crisis ni problema mayor.

Pero el hecho de que Dios sea espléndido contigo no significa que no necesites de Él, hoy gozas de todos estos bienes o aunque falte alguno ahí la llevas, pero ojalá y Dios no lo permita que tengas que pasar por alguna circunstancia negativa que te derrumbe encontrándote desprevenido y vacío, entonces en vez de ser agradecido, reclamarás lo que nunca valoraste, pero que hoy careces o te faltará.

Entonces, esos días que creías nunca llegarían, confiado en tus propias fortalezas, te doblegarán y entonces si querrás ayunar, recobrar las gracias perdidas y desaprovechadas.

Pero para qué esperas una tragedia cuando hoy puedes vivir el gozo de la presencia del Señor, días vendrán, pero mejor no los esperes, vívelos ahora que mañana podría ser ya muy tarde, hay que aprovechar el gozo del esposo mientras está con ellos en la boda, para que le lloramos si aún no se ha ido, todo a su tiempo. Porque si llega el ayuno, estarás listo para recibirlo y sobre llevarlo.