“Linaje: Divino”

“Linaje: Divino”

Marcos 12, 35-37

En aquel tiempo, mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó: —¿Cómo dicen los letrados que el Mesías es hijo de David? El mismo David, movido por el Espíritu Santo, dice: «Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies». Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?

La gente, que era mucha, disfrutaba escuchándolo.

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Dentro de los malos entendidos y lentas asimilaciones en la profundidad de la Palabra de Dios, encontramos la interpretación de una teología, que no podemos llamar errónea, porque no lo es, sino al contrario, va esforzándose por indagar cada vez más en aquello que en su momento se considera un misterio, pero que para su tiempo y la madurez espiritual así como intelectual, se proclama como la última verdad, ya que la cultura así como la idiosincrasia tan sólo dan para ello.

Sin embargo, esas fijaciones teológicas mentales que se afirman en su momento dan a conocer parcialmente la línea por la que Dios desea llevar a cabo su plan, y digo parcialmente por que no nos atrevemos a afirmar que la teología ya haya profundizado y agotado en su totalidad la expresividad de los misterios divinos, no ha llegado al cúlmen, y aún nos consideramos en pañales aún con todos los grandes avances logrados.

Sin embargo textualmente ante el tema del linaje de Cristo; una es la línea de sangre y otra la línea legal. Porque como lo dice el mismo evangelio de Mateo 1,16 “y Jacob engendró a José, el esposo de María, la cual nació Jesús, llamado el Cristo”, es muy específico cuando remarca que Jesús nació de María, reconociendo la concepción Divina, teniendo como Padre a Dios, se rompe la línea de sangre porque esa no es la importante, es excluyente, más sin embargo confirma el linaje legal por la línea de David a la cual pertenece José, quien le da su nombre y su tutela legal.

Esto es lo que hay que profundizar más, porque no es cuestión de afirmación y voluntad humana sino Divina, Su linaje legal es Davídico, pero su linaje real es Divino. Por conclusión, Dios rompe los esquemas lógicos humanos y de ellos saca un bien mayor, por eso no te preocupes de cómo obrará Dios en tu vida, sino que hay que saber ver y esperar por donde realmente lo hará.

“Ascensión de Señor”

“Ascensión de Señor”

Marcos 16, 15-20

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos». Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

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Confianza, es el signo más claro que denota esta fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos, ya que Jesucristo puede sin pendiente regresar al Padre una vez eficazmente después de haber concluido su misión. No significa un abandono, es una responsabilidad de la gracia restaurada y depositada sobre aquellos que ha llamado como administradores de los dones divinos en la iglesia y concretamente en los sacramentos.

Son aquellos que fueron preparados de una manera precisa y cercana para transmitir fielmente, primero su amor y luego su Buena Nueva, con la encomienda casi obligada de compartir el don de la fe depositada en ellos, pero no como una imposición, sino como algo que brota naturalmente y que no se puede contener oculto o de manera personal.

Muestra además de que esa promesa de la resurrección de la carne, aquella que proclamamos en nuestro credo, ya es una realidad porque Jesús, que se ha encarnado y tomado la condición humana, ya está presente con un cuerpo glorioso sentado a la derecha del Padre. Mayor garantía no puede haber de la dignidad de nuestro cuerpo y de la próxima vida eterna.

Ascensión que denota y garantiza una presencia aún más eficaz que la estancia física y particular, dónde todo su poder y majestad, empapado de una amor que domina toda la creación, se hace eficaz milagrosamente a todo ser y a todos los tiempos.

Es una alegría saber, que esa etapa de la redención ya es un hecho y lo es por nosotros. Gracias Padre por tan gran privilegio y tan gran don. 

“Conviene que se vaya”

“Conviene que se vaya”

Juan 16, 5-11

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: «¿Adónde vas?» Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, lo que os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor. En cambio, si me voy, os lo enviaré. Y cuando venga, dejará convicto al mundo con la prueba de un pecado, de una justicia, de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el Príncipe de este mundo está condenado»

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Qué felicidad sería que el Señor Jesús no hubiera ascendido a los cielos, que estuviera entre nosotros, que solucionara de manera personal y palpable todas nuestras necesidades, que nos consolara en todas nuestras adversidades, en una total dependencia que nos inutiliza e inhabilita para hacer nada.

Sí, para muchas personas eso sería lo ideal, olvidando que su obra, aquella misión para la que ha sido enviado, nos ha dejado una gracia total y eficaz, junto con todos los dones necesarios para seguir adelante por nuestra propia cuenta y capacidades.

No es que lo estemos corriendo, pero sí conviene que se vaya, porque entonces nos demostraremos a nosotros mismos que podemos seguir adelante con una vida nueva, que es necesario independizarnos y asirnos a la gracia que nos dará permanentemente a través de su Santo Espíritu, por medio del cual permaneceremos aún más unidos a Él.

Conviene que se vaya, porque la redención ha sido dada, porque se nos ha devuelto la gracia perdida, porque el maligno ya está vencido y esos gritos desesperados, así como  el escándalo que hace, no es otra cosa sino el miedo ante la santidad que Cristo nos ha regalado con su nueva vida llena de gracia.

Conviene que se vaya, para que esté mas presente que nunca, porque es su momento, porque ahora es nuestro turno de hacer efectiva su salvación sin dependencias, sino en la libertad sin miedos de los hijos de Dios.

“Se ha cumplido el plazo…”

“Se ha cumplido el plazo…”

Marcos 1, 12-15

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto.

Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían.

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: –«Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio».

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Pareciese que al afirmar que el plazo se ha cumplido, tenemos una sensación de falta de oportunidades, en realidad no es así ni nunca ha sido, se refiere muy concretamente en un plano muy positivo de que el plazo del mal ha caducado y la nueva oportunidad se ha brindado en Cristo Jesús.

Este primer domingo de cuaresma remarca esa oportunidad, iniciamos este año, la nueva y excelente etapa abierta de gracias durante este tiempo especial, por ello la invitación es muy clara, la novedad esta a la puerta por lo que no hay que temer a lo nuevo cuando más que impuestos estamos a sobrellevar el mal pleno en nuestras vidas.

Pero ¿cómo podemos iniciar una nueva etapa?, si no somos capaces de dejar nuestras antiguas rutinas de pecado. Para ello es necesario como el mismo evangelio lo remarca, una conversión que implica precisamente tener una confianza total, creer en aquello que pensamos es imposible.

La confianza en Dios creo que no sería problema, creo que el mayor miedo es a nosotros mismos, a nuestros egos, a nuestras tediosas rutinas, a perder lo poco que tenemos aunque nos esté dañando, dígase situaciones, personas o cosas, sin ser capaces de mirar hacia adelante con las mejores opciones en la vida. 

El plazo de eso negativo en tu propia vida ya caducó, ya no vale la pena, no pretendas vivir atado a lo anacrónico y descontinuado como lo es el pecado, que se presenta como novedad y como necesidad, lucrando con tus dependencias, cuando lo nuevo esta presente, y se te invita a crecer a la altura a la que estás destinado. 

La oportunidad inicia y continúa ésta cuaresma. Animo, se ha cumplido el plazo, ahora ya puedes ser más y realmente feliz.

La Presentación del Señor

La Presentación del Señor

Lucas 2, 22-32

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: -«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.

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Siguiendo la tradición antigua, aquella basada en las leyes mosaicas del Antiguo Testamento Bíblico, Justo al terminar la respetada cuarentena del nacimiento de Jesús, se tiene el deber entre los judíos aún hoy, de que el día cuarenta con respecto al nacimiento de un nuevo ser, se debe realizar un doble rito que implica la purificación de la madre, por aquello de que queda impura por el derramamiento de sangre en el parto, y la presentación del bebé al templo, donde si es varón se le realiza la circuncisión.

Éste rito fue el que María Santísima junto con San José, como buenos judíos, conscientes de sus deberes realizan a su tiempo, al presentar a su hijo Jesús al templo. así lo pedía la ley: Levítico 12:6 “Cuando se cumplan los días de su purificación por un hijo o por una hija, traerá al sacerdote, a la entrada de la tienda de reunión, un cordero de un año como holocausto, y un pichón o una tórtola como ofrenda por el pecado.”

Levítico 12:8 “Pero si no le alcanzan los recursos para ofrecer un cordero, entonces tomará dos tórtolas o dos pichones, uno para el holocausto y el otro para la ofrenda por el pecado; y el sacerdote hará expiación por ella, y quedará limpia.”

Sin embargo aun para nosotros los cristianos, encontramos en este acontecimiento un hecho extraordinario, ya que ahí mismo se manifestó ante los presentes de su tiempo la misma luz de Cristo, aquella que ilumina a cuantos se le acercan y dejan ser tocados por su luz. 

Ahí mismo se manifiesta su misión, la cual es alumbrar precisamente a todas las naciones además de ser una gloria para el mismo pueblo de Israel. Por ello es importante saber reconocer esa luz la cual nos es participada para a su vez transmitirla con aquellos que nos crucemos en el camino, iniciando por la casa y terminando donde lleguemos.

Por ello, Cristo, Luz del mundo. Ilumínanos.

“…Se llenaba de sabiduría”

Lucas 2, 36-40 

En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. 

Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba. 

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Una de las propiedades muy actuales del mantenernos constantemente cercanos a Dios, es que sus gracias y dones, nos son compartidos en la medida que vamos disponiéndonos a recibirlos, los hechos lo van diciendo todo, la oración va teniendo sus frutos y la vida de lo sagrado sus consecuencias. 

El testimonio en esta fracción del evangelio es muy claro, ya se nos remarca que Ana, hija de Fanuel, que por cierto era ya anciana, no se apartaba del lugar sagrado en ningún momento, podría parecer fanatismo, pero en realidad se trata del haber encontrado ese tesoro que sacia de amor al estar en la presencia del Señor, fruto de la perseverancia en la oración, regalo de Dios, además de los frutos que parcialmente le irá dando hasta llegar a la vida eterna. 

Uno de esos regalos fue el de haber sido partícipe de ver al mismo Mesías, donde Dios hace patente sus promesas, verlas en pleno seguimiento y cumplimiento, conscientes de ello, es ya una bendición de Dios que no a cualquiera se le da, simplemente por el hecho de que no les interesa seriamente el asunto. 

La vida de la Gracia cuando se cuida da múltiples y grandes frutos, es por ello que es muy interesante el hecho de saber conservarnos en ella, en el caso de la familia de Jesús, no encontramos diferencia alguna de la misma, el hecho de hacer vida la Palabra a través de sus propios actos, redunda en la santidad de su propio hijo, el cual de la mano de ellos como remarca el mismo evangelio, se ve proyectada en la propia vida de Jesús que va creciendo, robusteciéndose y llenándose de sabiduría. 

Hoy en nuestros días, la eficacia de la gracia de Dios sigue siendo la misma, no esperemos un personaje o un suceso importante para recibirla, cuando hoy la podemos hacer nuestra a través de la vida cercana con Dios, a través de la oración; de nosotros depende y de igual manera sus frutos. Por ello, de una gracia brota la que le sigue, pero si no la atendemos, trunca quedará. No desaprovechemos la oportunidad en vida de crecer constantemente en la gracia de Dios, que nunca es suficiente, siempre basta y en Dios será plena.

“Hágase en mí según tu palabra”

Lucas 1, 26-38 

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. 

El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú eres entre las mujeres». Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. 

El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». 

Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso pues no conozco a varón?» El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y la dejó el ángel. 

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Este ya cuarto domingo del tiempo del adviento, el más próximo a la finalización de esa espera en la gracia de Dios, preparados y dispuestos a recibir al Verbo de Dios Encarnado, que se hace hombre, que comparte nuestra naturaleza, que eleva nuestra propia dignidad, se resalta la colaboración humana, aquella, puesta en la persona de María. 

Colaboración que es indispensable de parte de la humanidad que será redimida, ya que no le corresponde todo a Dios, implica nuestra propia participación, por lo que un testimonio real y generoso, es el Sí de María, que a su corta edad, es capaz de comprometerse en el plan de la Salvación de una manera directa y personal. Plan que es para nosotros, pero que nos implica a nosotros, no es sólo humano, no es sólo divino, es una mutua alianza de amor que incluye ambas partes. 

Ya se había hablado de varios partícipes en la historia bíblica, como lo son los profetas, los patriarcas, las tribus de Israel, entre muchos más, pero nunca se había dado una respuesta tan precisa y tan concreta de colaboración de una humana, porque María no es ninguna Diosa, es un ser humano capaz de responder al plan de Dios en toda su extensión. 

Por ello ensalzamos el momento bendito de esa participación y aceptación, expresada de su misma boca, dando la importancia a la palabra misma convertida en compromiso concreto con la frase: “hágase en mí según tu palabra”; Ese Hágase es la primera y concreta unión de Dios con su creación en participación de la misma, se hace uno como nosotros para redimirnos posteriormente a nosotros, y el medio es María, que aceptó, que siguió y continuó amando a Dios con sus obras y su maternal ahora intercesión. 

Ese hágase es el que necesitamos día a día para transformar el mundo, no el hágase de Dios, sino el nuestro, nuestra pronta participación, donde lo concreto de nuestra parte se vea reflejado en los hechos y en el mundo entero. “Fiat voluntas tua”

“Sucedió para que se cumpliera…”

Mateo 1, 18-24 

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. 

José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados». 

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: “Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros»”. 

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer. 

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Al estar ya próximos al nacimiento del redentor, hacemos una pausa para recordar esos momentos gozosos en los que la dicha embargó no solamente a María, sino inclusive a Gabriel el ángel, que fue el depositario de la confianza del Padre para dar el anuncio a María Santísima, la cual en un momento extraordinario, cuestiona certeramente cual será su misión y su papel. 

Sin embargo María, conocedora del proyecto de Dios sobre el pueblo de Israel y del mundo entero, participa libre y voluntariamente, no solamente cumpliendo un requisito esquemático milenario, sino que todo se da en la misma gracia de Dios tal como lo esperaba, respondiendo a su participación personal generosamente. 

De esta misión y ese cumplimiento es testigo José, quien a su vez colabora en el plan de Dios, situación nada cómoda ya que se presenta todo en medio del proyecto de su boda con María, no significa que Dios destruyera los planes de José, sino que lo invitó a un proyecto mayor, el cual de manera lenta va asimilando, a tal grado que de igual manera corresponde al proyecto de Dios, sucediendo todo para que a su vez se cumpliera lo que los profetas habían anunciado. 

Este tiempo de preparación del adviento, es justo que levantemos la mirada, veamos a lo lejos, interpretemos los signos de Dios que dispone en tu camino, y entremos en su proyecto que es mejor que el nuestro, pero hay que descubrirlo y discernirlo, como María, como José, en oración para ver claro el plan de Dios sobre nosotros.

“Hay uno que no conocéis…”

Juan 1, 6-8.19-28 

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?» Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías». 

Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?» El dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el Profeta?» Respondió: «No». Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?» 

Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías». Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?» Juan les respondió: 

«Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia». Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando. 

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En este ya tercer domingo del tiempo de Adviento, se nos presenta la figura nuevamente de Juan el Bautista, sobre todo como el modelo inmediato quien prepara el camino del Señor, el que le precede a Jesús, para que cuando llegue a cumplir su misión, estén enterados, dispuestos y prontos a recibirlo. 

De Igual manera, se nos invita a escuchar a Juan, que nos dice que el Señor ya está presente, que manifestará toda su gracia, que nos devolverá la vida en santidad perdida. ¿Pero qué pasa?, al parecer quedamos impuestos a vivir en medio de la inmundicia del pecado como marca propia de ésta etapa de la humanidad, que no desea ser rescatada de sus propias fauces. 

El papel de Juan es vital, nada fácil cuando una eternidad en término de tiempo humano se ha vivido bajo la misma situación en pecado, como si fuera ya nuestro ser y lo más ordinario del mundo; pero aquí es donde es importante el anuncio, es justo despertar y saber que de fondo todo va a cambiar, como lo había prometido nuestro Padre celestial, que ya es el tiempo y es necesario mirar hacia allá, hacia la gracia, hacia la restauración, hacia su enviado. 

Por ello Juan Bautista remarca, “en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia”, tan inmersos estamos en nuestro pecado como impronta ya natural de la humanidad, que no lo vemos, no lo conocemos, y Juan mismo quien ha despertado a esta nueva etapa del ser humano, reconoce en la grandeza del enviado y su obra, tan no ser capaz ni siquiera de desatar su correa. 

Eso es lo que necesitamos, esa conciencia que nos despierte y reconozcamos al Mesías y su obra, de otra manera, quedaremos seguidamente hundidos en nuestro propio cieno de pecado, cuando ya ha sido anunciado quien te sacará de tu situación y la de toda la humanidad, por lo que necesitamos despertar todos de ese letargo. Esperamos en Dios que Jesús no siga siendo ya el eterno desconocido, pero si no lo anuncias como Juan, lo seguirá siendo.

“Sus palabras no pasarán…”

Lucas 21, 29-33

En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos esta comparación: “Fíjense en la higuera y en los demás árboles. Cuando ven que empiezan a dar fruto, saben que ya está cerca el verano. 

Así también, cuando vean que suceden las cosas que les he dicho, sepan que el Reino de Dios está cerca. Yo les aseguro que antes de que esta generación muera, todo esto se cumplirá. Podrán dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán de cumplirse”. 

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Hay muchas palabras, poesías, literaturas que nos gustan, porque nos identificamos con ellas, las leemos y releemos porque nos llenan y dan alegrías, digo, si es que leemos. 

Pero aún así nos identificamos con cierta manera de pensar, hasta tus amistades, si te pones a pensar, son aquellas, que son como tu, que piensan como tu, que te dan por tu lado, que afirman lo que tu afirmas, y por consiguiente tus enemigos son los que no te dan por tu lado y te contrarían. 

Lo mismo nos pasa con la Palabra de Dios, lo que nos place y nos complementa a nuestro gusto es bien recibida, su palabra es muy buena, según nosotros, pero cuando te dice que lo que haces no está en el plan de Dios, no te agrada, porque te recuerda esa parte que no has querido tratar porque te duele, aunque hable con palabras sanas y sabias, más reaccionamos tan violentamente demostrando que esa es una parte de tu inmadurez que necesita asimilarse en el continuo crecimiento humano y espiritual, porque si estuvieras totalmente sano y con plena madurez, no te dolería nada, venga lo que venga, digan lo que digan. 

Cuantas veces quisiéramos cambiar la voluntad de Dios, que sus palabras cambiaran, porque no me agradan, queremos hacer un dios a nuestra medida, queremos que Dios haga nuestra voluntad, pero se nos olvida que nosotros somos los que debemos hacer su Santa Voluntad, sabía, inteligente, apropiada, directa, recta y crecer ampliamente en todos los sentidos de la vida. Hoy nos recuerda, todo podrá cambiar, el mundo, las circunstancias, las personas, hasta las leyes sociales, pero su Palabra nunca cambiará. No le busques tres pies al gato, acepta su palabra y serás dichoso.