“Odios sin sentido”

“Odios sin sentido”

Juan 15, 18-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia. Recordad lo que os dije: «No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra». Y todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió».

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Me parece un tanto difícil comprender la libertad de elección que Dios nos regaló, puesto que dentro de su acto creador de amor, la misma criatura a la cual le ha compartido sus propios dones, se torna engreída y autosuficiente, como si de nadie ni de nada dependiera su propia existencia, pero además con la consigna de odiar a quien le dio todo. 

Eso parece una actitud irresponsable y mal agradecida tal cual, más sin embargo Dios lo permite, nos pareciera inconcebible esa situación, pero para Dios, quien conoce su creación, sabe hasta dónde podemos llegar respetando las personales decisiones aún antagónicas a su ser y eso tan solo por el hecho de que sencillamente su caridad es mucho mayor que nuestro total odio en conjunto. 

Mas sin embrago, consciente de esta tendencia negativa a veces dominante, no deja de advertirnos que ese odio adverso al manifestar el plan de Dios, será algo común en nuestras vidas, y no es problema, porque de igual manera, nos ha dado la capacidad de poder manejar primordialmente el amor, más que lo negativo. 

Lo malo acontece cuando decidimos adoptar como situación de vida lo adverso y negativo, que sería todo lo contrario a plenificarnos en su amor y gracia, porque hemos sido creados para ello.

Es por ello que el verdadero sentido de la vida no es odiar, viene a ser en si mismo un odio sin sentido, sin finalidad, cuando lo que realmente nos llena a de felicidad es el amor y sus vertientes en todo lo que circunde en la caridad. Por lo que nosotros decidimos, si debemos odiar sin sentido, u amar con propiedad..

“La condena es opcional”

“La condena es opcional”

Juan: 12, 44-50

En aquel tiempo, exclamó Jesús con fuerte voz: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas.

Si alguno oye mis palabras y no las pone en práctica, yo no lo voy a condenar; porque no he venido al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.

El que me rechaza y no acepta mis palabras, tiene ya quien lo condene: las palabras que yo he hablado lo condenarán en el último día. Porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que mi Padre, que me envió, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar. Y yo sé que su mandamiento es vida eterna. Así, pues, lo que hablo, lo digo como el Padre me lo ha dicho”.

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No nos es raro el hecho de que en algún momento de la vida nos hayan presentado un Dios Todopoderoso y colérico al que debemos en su momento tenerle miedo, sobre todo cuando se nos remarca tan insistentemente aquello de la condenación y el castigo merecido por nuestros pecados.

Habrá quien lo tome muy en serio y a pecho, pero habrá muchos otros que les importa un comino lo que suceda o, que no crean en lo absoluto en este hecho. Pero independientemente de eso, existe una realidad mayor que no es comprensible porque no se profundiza en el misterio de Dios y de la salvación, que en realidad vendrá con mayor razón a ser incomprehensible y a convertirse en un misterio total de verdad, no porque lo sea, porque puede ser profundizado, sino porque se permanece en la ignorancia de su existencia y contenido.

Esa realidad es, que ante un juicio ya dado por Dios, como sentencia se ha dictado vivir en el amor, en un camino hacia la salvación que amando se lleva sin dificultad y hasta agradablemente. Más sin embargo, tenemos la libertad de elegir una opción no tan sana, que consiste en apartarnos del amor de Dios, viviendo en la oscuridad de su luz. 

Aquí es cuando entonces optamos por la condena, y no porque Dios la dicte, sino porque nosotros la deseamos al no amar, al rechazar a Dios mismo y la sentencia pues será todo lo contrario al amor con sus subsecuentes consecuencias, que no creo puedan ser agradables aunque se pinten de intenso placer en todos los aspectos de la vida.

Así que si no optas por Dios, Dios no te condena, tu mismo te estás auto condenando porque no hay otra elección distinta al amor, sino el desamor que se suele destinar como fin último, aunque en ésta vida, siempre tendremos la oportunidad de volver a la luz. Por ello no dejemos de orar por todos aquellos que su elección no ha sido certera y que han optado por su propia condena.

“Necedad ante la verdad”

“Necedad ante la verdad”

Juan: 6, 60-69

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús dijeron al oír sus palabras: “Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?” Dándose cuenta Jesús de que sus discípulos murmuraban, les dijo: “¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes?

El Espíritu es quien da la vida; la carne para nada aprovecha. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida, y a pesar de esto, algunos de ustedes no creen”. (En efecto, Jesús sabía desde el principio quienes no creían y quién lo habría de traicionar).

Después añadió: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.

Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: “¿También ustedes quieren dejarme?” Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

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Continuando hablado del miedo a los cambios y lo nuevo en nuestros ya caducos esquemas de vida así como religiosos, la novedad siempre es atacada en todo tiempo y todas las circunstancias de la vida, sobre todo por aquellos que no quieren aceptarla, manteniendo posturas montadas en una supuesta autoridad y dignidad que en realidad manipula una auto justificación para no verse ridículos y evidenciar los temores más íntimos y personales.

Es aquí donde la necedad se convierte en un muy buen escudo, que por cierto es contagiosa, porque una vez propuesta, no falta quien convenientemente se enganche de ella tomándola como argumento propio.

Se necesita una autentica valentía para enfrentar la realidad y sobre todo la verdad, que es dinámica y cada día nos revela situaciones más claras y profundas para el bien común y personal. Los cobardes se defienden afirmando que es intolerable la forma de hablar de Jesús, pero en realidad sólo toleran lo que ellos desean oír. 

Inteligencia y valentía es lo que se necesita para asimilar la verdad, para aceptar a Jesús que desea renovar la gracia y la vida entera, aquellos que no quieren cambiar, ponen mil pretextos para no hacerlo.

Por ello no es necesario ponernos en evidencia absurdamente, y menos en estos tiempos que la conciencia es más clara cada vez para todos en general, porque los que quedaríamos mal seríamos nosotros mismos ante una verdad que siempre será evidente.

“Sin rechazos”

“Sin rechazos”

Juan 6, 35-40

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: –«Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis.

Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.

Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.

Ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

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Uno de los temores que nos afectan más en la vida, es el rechazo, es decir, la aceptación es una cualidad que estabiliza a la persona y le da seguridad, pero cuando vienen los rechazos inclusive desde el vientre materno, marcan toda la vida con una actitud de felicidad incompleta, que se pretende saciar con satisfactores que nunca lo logran complementar.

Esos mismos temores con los que nos hacen erróneamente creer que Dios nos rechazará por nuestras faltas y pecados, más sin embargo olvidamos que el pecado no es algo que le afecte a Dios, sino todo lo contrario, nosotros somos los dañados y los que nos auto excluimos, tachando a Dios de falto de misericordia, pero esos somos nosotros.

En lo absoluto Dios no puede rechazar a sus propios hijos, a su propia creación, rechaza el pecado pero no a la persona. Debemos acercarnos a Él sin miedos ni temores porque no lo ameritan, de suyo remarca que a nadie lo echará fuera, porque no es su decisión, sino la voluntad del Padre y la respeta, no la toma ni abusa de ella.

Ante esta plataforma de caridad, aunque seamos los peores pecadores, su perdón es mucho más grande, falta que nos convenzamos de ello, ya que sin dicha afirmación, la sanción espiritual es nula. 

Si el mundo, tus amigos, tu familia, hasta tu propia madre te rechaza, Dios no lo hará jamás, pero no te hagas reo digno de ser rechazado por tu falta de amor, la oportunidad siempre está presente en ésta vida, para así llegar a la eterna. Sin rechazos de ninguna parte.

“Tirar la primera piedra”

“Tirar la primera piedra”

Juan 8, 1 11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron: –«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?»

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: –«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.

Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.

Y quedó solo Jesús, con la mujer, que seguía allí delante.

Jesús se incorporó y le preguntó: –«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?»

Ella contestó: –«Ninguno, Señor».

Jesús dijo: –«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

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Aunque estemos esquemáticamente en un mundo cada vez más civilizado sobre todo en el ámbito científico, social y tecnológico, pareciese que se resisten a evolucionar ciertas tendencias y actitudes en nuestra forma de vida.

Al parecer la edad de piedra se resiste a cambiar, claro, metafóricamente hablando. Ya que muy acostumbrados ordinariamente estamos a de manera casi nativa juzgar crudamente a los demás; ademas de ser en la actualidad un negocio muy lucrativo, ya que el escándalo y la morbosidad se venden como pan caliente, sobre todo en personas de perfiles de bajo criterio, que al parecer cada vez más abundan, con los nuevos modelos de educación que no invitan a pensar.

Y es que una cosa lleva a la otra, la falta de educación conlleva la falta de respeto a la dignidad de los demás, y por ende al juicio falso y temerario autoparticipativo en cuanto se enteran de nuevas situaciones, todo cargado con un cinismo ya clásico como lo ordinario, que se apoya envalentonadamente en las masas, más no es capaz de actuar de manera independiente y personal.

Aquí, en esas circunstancias como en antaño, no nos la pensamos en inmediatamente tomar y tirar la primera piedra. Todo por no ser conscientes inicialmente del sentido común, y sobre todo de la gravedad de la falta que contraen con esas actitudes negativas, mucho menos del pecado que es en sí mismo.

Sólo quien es consciente de su vida y su situación de pecador, es quien reconoce su falta y tiene la vergüenza de no remarcar la del hermano, lo conozca o no, sabiéndose que no tiene derecho de tirar la primera piedra, a no ser que se acerque para ayudarle a crecer en el proceso de la santidad, como hijos de un mismo padre, que cayendo se apoyan mutuamente para levantarse y juntos poder llegar a la patria celestial.

“Conveniencias”

“Conveniencias”

Juan 4, 43-54

En aquel tiempo, salió Jesús de Samaria para Galilea. Jesús mismo había hecho esta afirmación: «Un profeta no es estimado en su propia patria».

Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.

Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.

Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verle, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose.

Jesús le dijo: –«Como no veáis signos y prodigios, no creéis».

El funcionario insiste: –«Señor, baja antes de que se muera mi niño».

Jesús le contesta: –«Anda, tu hijo está curado».

El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo estaba curado. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron: –«Hoy a la una lo dejó la fiebre».

El padre cayó en la cuenta de que ésa era la hora cuando Jesús le había dicho: «Tu hijo está curado». Y creyó él con toda su familia.

Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.

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La primera impresión que nos da una persona, es la apariencia física, de la cual se desprende el estado de ánimo que en su momento manifieste, es entonces cuando nuestra sutil percepción inicia el proceso de catalogado personal, todo en base de igual manera estén nuestras circunstancias anímicas. 

Este primer encuentro visual ya habla de nosotros, sin embargo entonces viene la profundización intelectual para descubrir a la persona en su manera de pensar así como de vivir y las obras realizadas.

Aquí es donde en su momento, a la persona de Jesús a quien ya conocían, sobre todo por la fama que se había ganado, la cual se proclamaba directamente a viva voz, la actitud aunque sea de rechazo, se torna en conveniente para mi persona, pensando en el beneficio que conllevaría un trato cercano, por ello cambio de opinión.

Esas convenientes relaciones no llegan a buen fin, porque en realidad no se dan basadas en la confianza ni con el corazón. En el aquí y ahora, no importa si sea Jesús, el Papa, el Presidente o cualquier famoso y acaudalado, esas conveniencias no dan fruto, ya que el problema no es la relación, sino nuestra actitud, por lo que no nos admire si de repente se rompen o vienen a menos, ya que la calidad la das tú, y si en caso contrario no te valoran y se van, es mejor para ti, se retiran antes de que te causen un daño.

Por ello la mejor calidad en las relaciones convenientes son aquellas que das tú con la caridad y fiabilidad en reciprocidad, si una de éstas falla, algo anda mal. Por ello siempre confiar en el Señor que es el modelo de toda confianza y relación de amistad así como de amor.

“Murmuraban entre ellos…”

“Murmuraban entre ellos…”

Lucas 15, 1-3.11-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: –«Ése acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola: –Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte que me toca de la fortuna».

El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Recapacitando entonces, se dijo: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.

Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo».

Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado».

Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo.

Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.

Éste le contestó: Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado porque lo ha recobrado con salud.

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Y él replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya  a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado».

El padre le dijo: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado».

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Dentro de la pedagogía que usa Jesús, sin extirpar en ningún momento su caridad, ante las adversidades que le llegan por medio de otras personas ya sea con ataques, críticas y murmuraciones, no se rinde, sino que al contrario, de esa misma ocasión se prende para ya una vez puesta la atención de los demás en sí mismo, aunque ésta sea negativa, la utiliza para implantar una enseñanza que es la apta para esa circunstancia concreta.

El caso es muy claro, ya que ante el juicio temerario de posicionarlo en una postura social y religiosa supuestamente inferior a la de los que lo juzgan, Jesús no para en rechazos o defensas hacia sus atacantes, sino que utiliza la ocasión para con la mayor caridad demostrarles el error en su postura y hacerles notar la gran misericordia que de esa acción surge.

La parábola del Hijo Pródigo, es la perfecta parábola, que ademas de remarcar el amor incondicional de un padre, sin ofender a nadie presenta cada uno de los personajes para que en el trayecto de la narración, tengamos la oportunidad de identificarnos con alguno y corregir actitudes, pero sobre todo esas habladurías que se nos hace fácil externar y que no llegan sino a desdecir la buena fama, así como la autoridad de quien es centro de nuestra atención.

Las murmuraciones suelen brotar tan sólo de aquellos corazones que no tienen en sí mismos paz, y que van dirigidas a un ataque contra la otra persona, defendiendo mi postura y denigrando a la otra como un sistema de defensa muy bajo y cruel que no es legítimo.

Es por ello que quien murmura, denota su inseguridad y sus miedos ante los demás, defendiéndose antes de ser atacados, aún cuando el supuesto ataque nunca llegue. No hay nada como la honradez y caridad que de suyo habla, inclusive sin palabras.

“Unos letrados decían…”

“Unos letrados decían…”

Marcos 3, 22-30

En aquel tiempo, unos letrados de Jerusalén decían:

—Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios.

El los invitó a acercarse y les puso estas comparaciones: —¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil, no puede subsistir; una familia dividida, no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre.

Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.

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Los conocimientos adquiridos en nuestro esfuerzo personal, ciertamente forman nuestra vida así como nuestro esquema de pensamiento, el cual junto con nuestro perfil psicológico deriva en algún esquema de pensamiento que se nos acomoda, o en ciertas ideologías.  En otros casos nos valemos de ellos para afirmar quienes somos, o quiénes pretendemos ser, pero el estudio no lo es todo en nuestra vida, es un elemento básico y muy importante, pero el hecho de que seamos letrados, no es garantía de que seamos excelentes personas, porque hay que ver también cómo estamos en el ámbito de la estabilidad emocional así como en la espiritual.

Aquí en concreto, ante Jesús, a dichos letrados, aquellos que se mencionan en el evangelio, no les vamos a quitar el título, pero es muy cierto que se ponen a opinar sobre campos que no les incumbe, que no han profundizado en ellos y que no tienen idea de cómo manejarlos. Pero que con su autoridad ganada a título sobre papel, se dan el lujo de posicionarse aunque se equivoquen.

A ellos, se les hace fácil desacreditar a otros si lo desean, muy seguros de su rol y estatus, pero que no saben ni se dan cuenta del campo que están tratando. Al contrario en Jesús vemos que vive dentro de la realidad no letrada ni literal, sino verdadera y existencial, con conocimiento certero y experiencia basta; les refuta la consecuencia de sus juicios no fundamentados, de sus críticas y descréditos, porque al parecer no se dan cuenta de que llegan a blasfemar incluso contra el Espíritu Santo, y eso lo esclarece Jesús haciéndolo notar.

A veces de igual manera nos sentimos con todo el derecho y la autoridad para juzgar y afirmar difamatoriamente nuestros propios sentimientos hacia el otro para denigrarlo, pero de igual manera, no olvides ni pases por alto aquello que con tu juicio estás atrayendo hacia tí, simplemente como consecuencia lógica de tus propios actos que no alcanzas a ver hasta donde llegan.

Es por ello, que por muy sobreinformados que estemos, no tenemos el derecho de perturbar otra alma, porque siempre será un reflejo de cuán lastimada está la tuya. Respeto, creo que es lo que debemos de tener ante cualquier situación del otro.

“La contra, la diferencia”

Lucas 12, 49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

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Todo el mundo desea que la humanidad se mantenga en la unidad, donde todos actúen y piensen igual, bajo un mismo régimen, una misma religión, una misma verdad. Criterios muy válidos y buenos en sí mismos, claro eso pretendemos, sin embargo para ello es necesario tener un conocimiento claro y asimilado de la verdad en sí misma.

La cuestión radica en el hecho de que tenemos una cultura tan vasta y diferente, con diversas corrientes de pensamiento así como varios esquemas educativos que difieren unos de otros, así como sistemas filosóficos de base opuestos en conceptualizaciones que sin la debida sabiduría, derivan en separaciones y antagonismos incómodos y hasta violentos.

Sin embargo debemos entender que mientras se converge en la verdad, esas ásperas relaciones necesariamente se darán, pero no nos debemos de imponer ni radicalizar, porque entonces estaríamos faltando a la coherencia, traicionando el valor de la misma verdad y cayendo en fanatismo. 

Si conocemos la verdad, no debemos preocuparnos, aunque nos den la contra, al final saldrá a relucir por sí misma, además de que en sí mismo es una bendición de Dios el hecho mismo de que nos hagan cuestionar nuestras creencias, a veces para dividir, pero esas diferencias en realidad hacen notar recordando lo que firmemente creemos, además de que son para dar aún más testimonio en la caridad.

Por ello que nos den la contra, remarca la diferencia entre tu postura y la de la otra persona, ocasión oportuna para presentar nuevamente la verdad aunque haya disparidades y reconozcas el valor que posees, he ahí la diferencia.

“Falsa indignación”

Lucas 11, 37-41

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo lo invitó a comer a su casa. Él entró y se puso a la mesa. Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo: —Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo.

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Todos en su momento somos muy dados a cuidar la imagen, dígase la física, dígase la intelectual, dígase la relacional. Es muy propio hacerlo además de que estamos en todo el derecho como tal. Aquí no existe ningún problema siempre y cuando la realidad represente a la apariencia, como un todo indisoluble.

El problema radica cuando dentro de nuestros esquemas de pensamiento adquirido, como lo pueden ser tradiciones o legislaciones, así mismo como las costumbres, son un buen aparato para detrás del mismo aparentar normalidad en ese rubro cuando no.

Entonces pueden aparecer los excesos que detrás de la cortina se dan, pero que bajo las apariencias nos sirven como excusa para juzgar a los demás y, como ejemplo tenemos el caso del fariseo que invita a comer a Jesús, pero se indigna de la no cuidada pero auténtica y franca apariencia así como pasar de alto los rituales tradicionales, que no dejan de ser pecata minuta, pero que con ello se justifican dándose baños de pureza y sana actitud.

Juzgan desde la falsedad de imagen, y eso no dura, es una falsa indignación que sirve para denigrar aún más la actitud de los demás sobre la propia, es un mecanismo de defensa para ocultar su verdad.

Por ello Jesús nos invita a ser auténticos, de una sola pieza, parece imposible, pero quien lo logra se arma de una virtud que pocos se dignan portar y claro, te revela a aquellas personas que valen la pena por su integridad.