“La contra, la diferencia”

Lucas 12, 49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

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Todo el mundo desea que la humanidad se mantenga en la unidad, donde todos actúen y piensen igual, bajo un mismo régimen, una misma religión, una misma verdad. Criterios muy válidos y buenos en sí mismos, claro eso pretendemos, sin embargo para ello es necesario tener un conocimiento claro y asimilado de la verdad en sí misma.

La cuestión radica en el hecho de que tenemos una cultura tan vasta y diferente, con diversas corrientes de pensamiento así como varios esquemas educativos que difieren unos de otros, así como sistemas filosóficos de base opuestos en conceptualizaciones que sin la debida sabiduría, derivan en separaciones y antagonismos incómodos y hasta violentos.

Sin embargo debemos entender que mientras se converge en la verdad, esas ásperas relaciones necesariamente se darán, pero no nos debemos de imponer ni radicalizar, porque entonces estaríamos faltando a la coherencia, traicionando el valor de la misma verdad y cayendo en fanatismo. 

Si conocemos la verdad, no debemos preocuparnos, aunque nos den la contra, al final saldrá a relucir por sí misma, además de que en sí mismo es una bendición de Dios el hecho mismo de que nos hagan cuestionar nuestras creencias, a veces para dividir, pero esas diferencias en realidad hacen notar recordando lo que firmemente creemos, además de que son para dar aún más testimonio en la caridad.

Por ello que nos den la contra, remarca la diferencia entre tu postura y la de la otra persona, ocasión oportuna para presentar nuevamente la verdad aunque haya disparidades y reconozcas el valor que posees, he ahí la diferencia.

“Falsa indignación”

Lucas 11, 37-41

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo lo invitó a comer a su casa. Él entró y se puso a la mesa. Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo: —Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo.

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Todos en su momento somos muy dados a cuidar la imagen, dígase la física, dígase la intelectual, dígase la relacional. Es muy propio hacerlo además de que estamos en todo el derecho como tal. Aquí no existe ningún problema siempre y cuando la realidad represente a la apariencia, como un todo indisoluble.

El problema radica cuando dentro de nuestros esquemas de pensamiento adquirido, como lo pueden ser tradiciones o legislaciones, así mismo como las costumbres, son un buen aparato para detrás del mismo aparentar normalidad en ese rubro cuando no.

Entonces pueden aparecer los excesos que detrás de la cortina se dan, pero que bajo las apariencias nos sirven como excusa para juzgar a los demás y, como ejemplo tenemos el caso del fariseo que invita a comer a Jesús, pero se indigna de la no cuidada pero auténtica y franca apariencia así como pasar de alto los rituales tradicionales, que no dejan de ser pecata minuta, pero que con ello se justifican dándose baños de pureza y sana actitud.

Juzgan desde la falsedad de imagen, y eso no dura, es una falsa indignación que sirve para denigrar aún más la actitud de los demás sobre la propia, es un mecanismo de defensa para ocultar su verdad.

Por ello Jesús nos invita a ser auténticos, de una sola pieza, parece imposible, pero quien lo logra se arma de una virtud que pocos se dignan portar y claro, te revela a aquellas personas que valen la pena por su integridad.

“El lujo de despreciar”

Mateo 22, 1-14


En aquel tiempo, volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: “El Reino de los Cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir. Envió de nuevo a otros criados que les dijeran: ‘Tengo preparado el banquete; he hecho matar mis terneras y los otros animales gordos; todo está listo. Vengan a la boda’. Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron. 

Entonces el rey se llenó de cólera y mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego les dijo a sus criados: ‘La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos. Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren’.

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de convidados”.

La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.” Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos. 

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El hecho de que se nos haya participado del don de la vida y a su vez se nos haya dedicado el tiempo para atendernos, a manera de que no nos faltase nada; en ocasiones nos hace confiados para sentirnos seguros, aunque quienes nos dan tal seguridad son todas aquellas personas que proporcionan todo lo que necesitas, empezando por tu familia.

A veces en este esquema, pensamos que nos lo merecemos todo, y cuando algo falta, no tardamos en estallar en crisis ante lo intolerantes que nos volvemos a un no como respuesta y a la frustración de no saber manejar aquello que se presenta contrario a como lo deseas.

Con esta fragilidad y falsa autoestima se camina por el mundo, creyendo que podemos rechazar a cualquier persona e invitación, olvidando que el rechazo trae consigo la consecuencia ante quien te invita, se pierde la previsión a futuro y se ofende a la persona rechazada, ya que no sabes si el día de mañana la necesitarás.

Nos damos el lujo de rechazar, olvidando que se es una oportunidad en la vida que no se vuelve a repetir. A lo mejor te invita alguien más, pero lo que te pensaban compartir nunca será igual a lo que otra persona te pueda dar.

Hay que agradecer el ser tomados en cuenta, porque vales para quien te invita, pero si decides rechazar la invitación, no olvides que el rechazo va completo con la persona que te tomó en cuenta a ti. Y no sólo aplica para las personas, porque el esquema es idéntico  para con Dios.

“…Ser rechazado por los ancianos”

“…Ser rechazado por los ancianos”


Lucas 9, 18-22

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: —¿Quién dice la gente que soy yo?Ellos contestaron: —Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.El les preguntó: —Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?Pedro tomó la palabra y dijo: —El Mesías de Dios.El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: —El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día.
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En los tiempos antiguos, cuando se buscaba un buen gobierno, así como una buena orientación de vida, se solía reconocidamente buscar a los “ancianos”, aquellos hombres maduros que ya han vivido la vida, sabiendo como llevarla para las nuevas generaciones, la experiencia los valida, además de que se les daba el principal lugar en las asambleas.
Hoy en día ya no se busca la sabiduría que nos gobierne, se buscan personas aparadores de buena imagen que sirvan para atraer a las masas que impactadas bajo los cánones de la belleza quedan encandilados, dispuestos al manejo, más no al servicio.
Eso es un error, ya que la inexperiencia será la que rija por doquier con sus consecuencias radicales y desastrosas. 
Sin embargo, es en el evangelio, cuando Jesús mismo afirma que Él deberá ser rechazado por los ancianos, es un decir de cómo el mismo mundo en su propia sabiduría, habrá perdido la cordura y los principales valores que la fundamentan.
Es una situación, donde ante la verdad misma, se pierde la sensatez en todos los niveles, aún más en los niveles de poder, sean políticos, monetario-empresariales o religiosos, Se pierde el piso y se navega en la conveniencia del mejor postor, ahí es donde el mundo desconoce a Jesús y lo taza en su propia medida.

Es por eso que Jesús viene a restaurar a todo el Género humano desde la raíz, porque donde los sabios y ancianos pierden el sentido de la verdad, es porque la situación ha caído en lo más bajo y será una muestra de hasta donde en nuestro propio cieno podemos caer.

“Esta gente malvada e infiel está reclamando…”

“Esta gente malvada e infiel está reclamando…”

Mateo (12, 38-42)

En aquel tiempo, le dijeron a Jesús algunos escribas y fariseos: “Maestro, queremos verte hacer una señal prodigiosa”. El les respondió: “Esta gente malvada e infiel está reclamando una señal, pero la única señal que se le dará, será la del profeta Jonás. Pues de la misma manera que Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena, así también el Hijo del hombre estará tres días y tres noches en el seno de la tierra.

Los habitantes de Nínive se levantarán el día del juicio contra esta gente y la condenarán, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay alguien más grande que Jonás. La reina del sur se levantará el día del juicio contra esta gente y la condenará, porque ella vino de los últimos rincones de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien más grande que Salomón”.

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Jesús al hacer presente su misión, hablando en el lenguaje de la redención, manifiesta su Ser al realizar aquellas obras extraordinarias que hablan del cumplimiento de las promesas y prodigios que serán un signo característico del mesianismo ya prometido desde antiguo.

Todo lo que realiza Jesús es en el ámbito de la salvación y restauración del género humano en ámbito de pecado, así como de restauración de la Gracia; de tal manera que lo que hace es solamente en el esquema de la fe, si es que es necesario para ello lo hace, si algo ni siquiera se menciona o algún milagro no es realizado, es porque realmente no es importante para el fin deseado.

Parece dura la frase: “Esta gente malvada e infiel está reclamando”, pero implica la realidad de dichas personas en sí mismas, es decir, lo que piden es solamente ver un espectáculo, porque aunque lo realice, no moverá en lo mínimo en esas personas, ni sus corazones, ni estarán dispuestos a incrementar la fe en Jesús.

A veces nos movemos en ese rubro, queremos obras prodigiosas, maravillosas, milagros espectaculares, rezos interminables, prometemos mandas hasta suicidas, pero que no inmutan para nada la propia vida de la fe en cada uno de nosotros ni mejoran la relación personal y comprometida con la gracia y por ende, con la santidad.

Desgraciadamente quien permanece alejado de Dios, no quiere crecer, sus intereses son totalmente personales y egoístas, pero cuando requieren de una petición a Dios, son quienes hacen el mayor escándalo.

Un verdadero fiel, comprometido con la verdad y en vida cercana de oración, no significa que sea totalmente sumiso y jamás reclame, es muy distinta su reacción, porque sabe esperar y reconoce en su momento los procesos de Dios sin caer en desesperación, y Dios sin pedirlo le brinda las señales necesarias que lo siguen haciendo crecer en su fe; pero quien no, ni las ve, mucho menos las sabe interpretar y por consiguiente hasta enojado se aleja envuelto en su propia ambición.

“…Los fariseos se confabularon contra Jesús…”

“…Los fariseos se confabularon contra Jesús…”

Mateo (12, 14-21)

En aquel tiempo, los fariseos se confabularon contra Jesús para acabar con él. Al saberlo, Jesús se retiró de ahí. Muchos lo siguieron y él curó a todos los enfermos y les mandó enérgicamente que no lo publicaran, para que se cumplieran las palabras del profeta Isaías: Miren a mi siervo, a quien sostengo; a mi elegido, en quien tengo mis complacencias. En él he puesto mi Espíritu, para que haga brillar la justicia sobre las naciones. No gritará ni clamará, no hará oír su voz en las plazas, no romperá la caña resquebrajada, ni apagará la mecha que aún humea, hasta que haga triunfar la justicia sobre la tierra; y en él pondrán todas las naciones su esperanza.

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No es de extrañarnos las actitudes gregarias bajo las cuales muchos individuos se envalentonan para atacar, así como para amenazar a los demás, la cual no deja de ser una simple realidad de quien siempre será cobarde. En soledad e individualidad son cobardes, en grupo no sé de dónde sacan tanta valentía que hasta se desconocen a sí mismos, falsa por cierto, pero consecuente en grupo.

Es de admirar a aquellas personas que van en la vida enfrentándose solas a las dificultades sin necesidad de inmiscuir a los demás y embarrarlos de sus propios problemas, o a su vez hacer suyos los de los demás que ciertamente no le corresponden.

Es una actitud valiente de quien no tiene miedo de hablar por sí mismo, ni de denunciar de una manera anónima, que no se excusa y apoya en los demás para atacar, sobre todo cobardemente en medio del miedo común y paranoico.  

Esa es la actitud de los fariseos, en los cuales muy claramente se enfatiza que se ‘confabularon’, por cierto en grupo, para acabar con Él, y es que a Jesús a solas, le tienen miedo, no por violento, porque de suyo no lo es, sino por el mayor temor que pueden enfrentar, es decir a la propia verdad y realidad personal, y la verdad en sí misma.

La ventaja de quien camina valientemente sin enredar a los demás en sus muy propias limitaciones, como lo hace Jesús, es de tener la plena consciencia de su papel individual en el plano del plan de Dios y la Salvación en general, se auto valora como lo que de suyo es, “persona” y tiene puesta su confianza en quien debe, es decir en Dios, no como los demás que se apoyan entre sí, caducando su eficaz acción cuando sus fuerza menguan.

No es bueno depender de los demás para ser valiente, si así lo practicas, independízate, que nada bueno sacaras de eso. Así nunca serás tu mismo, sino una conciencia dependiente y común de sabrá Dios quien, pero nunca tu.

“Ley caduca pero vigente”

“Ley caduca pero vigente”

Mateo: 5, 38-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente; pero yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo. Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda; al que te quiera demandar en juicio para quitarte la túnica, cédele también el manto. Si alguno te obliga a caminar mil pasos en su servicio, camina con él dos mil. Al que te pide, dale; y al que quiere que le prestes, no le vuelvas la espalda”.

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Evidentemente todo cambia y se va adaptando a los tiempos y los modos en que va viviendo la comunidad, las costumbres migran, los valores cambian, y las leyes se adaptan suponiendo siempre un mayor y mejor bien común.

Pero parece que hay normas que aunque ya son caducas y no aplican en nuestros tiempos, porque vivimos en una conciencia más clara de nuestro compromiso social, sin embargo, ideológicamente aceptamos las nuevas, pero en la práctica actuamos con las normas primitivas, como la llamada ley del Talión, ojo por ojo, diente por diente.

Se crea una conciencia dual, donde pensamos una cosa y hacemos otra, creyendo que nuestro obrar es ordinario y normal, cuando no lo es.

La vinculación de nuestro pensar con nuestro hacer, se logra con el ejercicio constante de  la rectificación, la meditación, el examen de conciencia, y sobre todo con la generosidad, para con los demás y con uno mismo, sin olvidar la oración que nos transforma y hace crecer, ya que si no ejercitamos estas prácticas, seguiremos con nuestras mociones sentimentales apoyadas de esas leyes caducas y vigentes por nosotros.

“Odios de defensa”

“Odios de defensa”

Juan: 15, 18-21

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes. Si fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya; pero el mundo los odia porque no son del mundo, pues al elegirlos, yo los he separado del mundo.

Acuérdense de lo que les dije: ‘El siervo no es superior a su señor’. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán, y el caso que han hecho de mis palabras lo harán de las de ustedes. Todo esto se lo van a hacer por mi causa, pues no conocen a aquel que me envió”.

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Tan amplia y tan compleja es nuestra propia psicología, que las reacciones más básicas y comunes se manifiestan de una manera tan similar, que parecen un patrón impreso en  el comportamiento de la propia humanidad.

Y cuando de odio se trata, en realidad no considero que el mismo sea tan puro, natural y autentico, que no provenga de una situación previa que lo respalda.

Por lo general dicho odio surge de los propios miedos que alguien en su momento nos implantó, suelen ser los mismo miedos heredados de nuestros propios padres y así sucesivamente transmitidos de una generación a otra. 

No dudo que en su momento alguien con la basta inteligencia, desee sanar y rompa dichas cadenas que no tienen porque continuar. Pero en lo que identificamos esos miedos impregnados de odio, el primer receptor será Dios, ya que todo cuanto acontece aunque procede de Él, de igual manera le colgamos lo negativo que proviene del maligno y nos quejamos.

Es por ello que la primera reacción ante esos odios implantados, es rechazar a Dios, como autor indirecto según nuestra concepción populachera. Cuando en realidad sin conocerlo ya lo alejamos, dejando atrás la oportunidad de amarle, seguirle y dejarse impregnar de su gracia, paz y felicidad.

Con su presencia, santidad y amistad, ningún miedo, ni odio, puede permanecer, porque resulta más grande la gracia que el pecado.

“Acobardarse en…”

“Acobardarse en…”

Juan: 14, 27-31a

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: ‘Me voy, pero volveré a su lado’. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean.

Ya no hablaré muchas cosas con ustedes, porque se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo sepa que amo al Padre y que cumplo exactamente lo que el Padre me ha mandado”.

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La cobardía no deja de ser un miedo que refleja una inseguridad ante una realidad que no sabemos manejar o administrar, y por ende, cuando se presentan esos retos que vemos inalcanzables o no deseables, solemos evadir dicha situación para permanecer en nuestro estatus de equilibrio personal.

Es precisamente ahí, donde Jesús viene a reforzar todos los vacíos e inseguridades que tenemos, pero que cuando estos están muy arraigados o estamos prendados de otras seguridades puestas en personas, situaciones o cosas, no deseamos soltarlas porque eso es lo que tenemos asegurado y no deseamos arriesgarnos a perder lo poco por lo mucho.

Es por ello que el Señor Jesús remarca muy claramente que ya nos na dejado su paz, esa que viene acompañada de la gracia y la serenidad de su confianza. Esa paz que debemos de mantener firme y cuidar, ya que el maligno está dispuesto a poner todos lo medios e instrumentos necesarios para derribarla.

Pero no es para que nos acobardemos, lo perdido, perdido está, y el maligno en ese estado está, por ello no dejes que un derrotado te derrote, la fortaleza que da el Señor hace que no le des la importancia a los miedos e inseguridades que remarca el mal, pero con su gracia, todo se puede y la cobardía desaparece, porque ya no tiene motivo para temer.

“Negligencias”

“Negligencias”

Juan: 8, 21-30

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo me voy y ustedes me buscarán, pero morirán en su pecado. A donde yo voy, ustedes no pueden venir”. Dijeron entonces los judíos: “¿Estará pensando en suicidarse y por eso nos dice: ‘A donde yo voy, ustedes no pueden venir’?” Pero Jesús añadió: “Ustedes son de aquí abajo y yo soy de allá arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Se lo acabo de decir: morirán en sus pecados, porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados”.

Los judíos le preguntaron: “Entonces ¿quién eres tú?” Jesús les respondió: “Precisamente eso que les estoy diciendo. Mucho es lo que tengo que decir de ustedes y mucho que condenar. El que me ha enviado es veraz y lo que yo le he oído decir a él es lo que digo al mundo”. Ellos no comprendieron que hablaba del Padre.

Jesús prosiguió: “Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy y que no hago nada por mi cuenta; lo que el Padre me enseñó, eso digo. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que a él le agrada”. Después de decir estas palabras, muchos creyeron en él.

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Que pena resulta cuando una persona daña con sus propios actos y piensa que está bien, que es lo correcto, que se siente en la rectitud y niega su falta. A veces no es intencional porque la mayoría de las veces padecemos la inconsciencia de nuestra propia vida, estamos tan acostumbrados a en el ambiente familiar ofendernos que se convierte en hábito ordinario.

Por ello el Señor nos ilumina para que reconozcamos y corrijamos aquellas actitudes, palabras y acciones dañinas. Pretendemos hacernos los que no sabemos la verdad para seguir en nuestros errores, pero eso se convierte en negligencia, aquella que nos mantiene en el orgullo sin incluso intentar ser mejores.

Negligencia que habla de pretender que las cosas así estén bien, pero que al final cansa colateralmente a quienes impacta en en día a día, aquella que repite constantemente los mismos errores sin solución.

Sin embargo Dios no permite que las cosas a su tiempo continúen así, pone en su momento la verdad de frente ante quienes la niegan hasta que se den cuenta de su error, porque nos ama y no quiere que nuestra propia negligencia nos lleve a la muerte eterna.