“Dar lo justo, no basta”

“Dar lo justo, no basta”

Mateo 5, 20-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano, será procesado. Y si uno llama a su hermano «imbécil», tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama «renegado», merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Procura arreglarte con el que te pone pleito, enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último cuarto».

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La conciencia es un don otorgado por Dios e independiente para regular nuestra actividad orientándolas siempre a un mejor bien, la cual afirma y regula nuestro obrar, sobre todo en lo que a materia moral se refiere. 

De igual manera podemos mal formar la conciencia radicalizándose en extremos, dónde habrá quien se conforme con no hacer nada y limitarse a meras buenas intenciones y con ellas auto justificarse, hasta quien lo da todo y no le baste, queriendo hacer más de lo que sus capacidades le rindan, excesos que no son sanos.

Habrá quien piense que con hacer en su momento lo justo es suficiente y acallar la conciencia porque hacemos lo que obligadamente tenemos que hacer, ciertamente eso sería lo justo, pero en un plano de espiritualidad, eso se limita tan sólo a lo meramente humano, y se nos invita a vivir y crecer en valores mayores, como lo es en excelencia el crecer en lo espiritual, y no me refiero a rezos, ni a mandas o fanatismos religiosos, sino a aquellos dones que realmente reflejan el amor y la caridad de Dios sin hablarlo.

Porque en el plano del Cristianismo, dar lo justo, eso lo pide el mundo, y es lo legal, pero dar lo justo para nosotros no basta, hay que dar más, hacer más, dedicar más, todo en su medida y sin excesos, porque hacer justicia es de ley, pero dar más y hacerlo con caridad, es divino y es de santidad.

“Cuidado con los sabiondos”

“Cuidado con los sabiondos”

Marcos 12, 38-44

En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y les decía: —¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa.

Estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a su discípulos, les dijo: —Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

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Hay quien afirma que el conocimiento es poder, con lo que creo y sostengo que es un error radical, porque ciertamente eso lo proclaman aquellos que precisamente lo utilizan para manipular y obtener ventajoso beneficio con ello.

La realidad se mueve por otro entorno, ya que Dios nos participa de su ciencia, inteligencia y sabiduría en cierta medida muy basta, con la clara consigna de la responsabilidad, de tal manera que mientras más se le de a una persona, más responsabilidad tiene con lo obtenido y con los demás. 

Así debería de ser, pero damos lo que nos sobra y no siempre, por ello la motivación a participar a los demás de los dones de Dios, porque una de las obrad de caridad precisamente es enseñar al que no sabe, es nuestra obligación, si no caeremos en la omisión de dejar a la deriva a quienes pueden equivocarse o pueden abusar de ellos.

Cuidado con los sabiondos, que si no son para ayudarte, entonces será para todo lo contrario, cuando nosotros no seamos uno de ellos, pero por el contrario, si tienes el don de saber y conocer un poco más que algunos, oriéntales y comparte tu conocimiento que ahí también radica la caridad.

“Autoridad”

“Autoridad”

Marcos 11, 27-33

En aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén, y, mientras paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores, y le preguntaron: –¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?

Jesús les replicó: –Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿era cosa de Dios o de los hombres? Contestadme.

Se pusieron a deliberar: –Si decimos que es de Dios, dirá: «¿Y por qué no le habéis creído?» Pero como digamos que es de los hombres… (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta.)

Y respondieron a Jesús: –No sabemos.

Jesús les replicó: –Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.

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Uno de los principios que debemos entender de base, es que precisamente la autoridad no depende de tu aceptación o negación personal, aunque la denigremos o le faltemos al respeto, la autoridad cuando es otorgada, vale en sí misma y no depende de la aprobación de los demás.

En nuestros días está muy de moda el negar todo tipo de autoridad y relegarla a mucho menos que una igualdad social, porque no se le ve en un contexto igualitario de dignidad, sino como un objeto al cual hay que denigrar por debajo del estándar que a estas alturas dudo que se tenga.

No depende de nuestra inferioridad el que la neguemos, al contrario, es un don que precisamente viene de Dios el cual debe de ser respetado como tal y en su momento una guía de crecimiento a seguir, ya que si no lo haces, entonces quien se denigra es tu propia persona al no ser capaz de reconocer y mucho menos ganarte la más mínima autoridad, y si no respetas nada ni nadie, por ende estás gritando a los cuatro vientos que no eres una persona digna de que tampoco sea respetada.

Jesus no permite que denigren su autoridad, la defiende, al igual nosotros si no lo hacemos estaremos rebajándola como la de los demás que la niegan. Además la autoridad habla sola con los hechos de cada momento, es por ello que hay que ganársela y a su vez cuidarla, ya que sin ella, a nada se le dará valor.

“Que dure…”

“Que dure…”

Juan 15, 9-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis el Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros».

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A veces creemos que las cosas no duran para siempre, bueno, si hablamos en términos materiales, todo en lo absoluto cambia, porque todo se transforma ya sea lenta o rápidamente, pero nada permanece estático, y a veces a esos cambios les llamamos caducidad, pero entendidos de manera degenerativa y, eso como que pinta el esquema del día a día así como de la vida donde esperamos que todo se acabe.

La realidad de la fe remarca que el proceso no necesariamente sea así, porque existe la opción de cambio para mejorar, pero eso se da si realmente elegimos amar y sobre todo permanecer en el amor, porque el verdadero amor no es el sentimiento de alegría por algo o por alguien que surge en un momento dado, se trata de una permanencia libre y voluntaria que se cuida dedicadamente día a día. 

Por que en realidad cuando queremos que algo dure, no depende de la calidad del producto o de la persona, como quien espera que se acabe en cualquier momento, por el contrario durará cada vez mas si lo atendemos y cuidamos con generosidad.

Si deseamos estar con Dios, hay que permanecer, no es cuestión de buscarlo tan sólo cuando nos nace o a ratitos,  el fruto se da en la continuidad, sin desapegos y en el amor, porque cuando no se ama, o se ama egoístamente entonces nada de eso dura.

Es por ello que si queremos que la felicidad, el amor, la gracia y la paz duren, aun a pesar de las adversidades, hay que permanecer y promoverlos. Es como una planta, si las cuidas crece preciosa, pero si la desatiendes se seca, no dura, pero si dura es gracias a tu empeño y trabajo, así como el de Dios, ya que ese es su plan.

“Les será quitado…”

“Les será quitado…”

Mateo 21, 33-43.45-46

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: –«Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon.

Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: «Tendrán respeto a mi hijo».

Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia».

Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron.

Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»

Le contestaron: –«Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos».

Y Jesús les dice: –«¿No habéis leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?»

Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos.

Y, aunque buscaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta.

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Las promesas de Dios siempre llegan a buen fin, y las que parecieran juicios temerarios sobre ciertas circunstancias de vida  no aptas para el discernimiento y desarrollo espiritual no son amenazas, ya que encontramos muchas afirmaciones que remarcan la negativa de perder la gracia de Dios.

La cuestión radica no en que Dios mismo sea malo y castigador, eso ni en lo más mínimo se puede concebir, sino que por el contrario, cuando no conocemos, ni nos acercamos a Dios, tenemos una conciencia errónea sobre su ser y sobre sus designios, porque creemos que Dios es muy pero muy bueno, y lo es, pero nos atenemos creyendo que al ser nosotros el principal objeto de su amor, en automático y por su infinita bondad nos salvará indudablemente pasando por alto su justicia.

Eso en ese esquema no es posible, ya que nos pide un mínimo como corresponsables de la misma creación y de nuestras propias vidas y, ahí no depende de la bondad de Dios, sino de la nuestra para con nosotros mismos, si es que deseamos y queremos ser salvos.

Por ello no nos asuste el hecho de que si desatendemos nuestra propia vida íntegramente, es decir, sin hacer a un lado el aspecto espiritual, será un hecho que daremos por perdido eso que nunca en realidad deseamos, por lo que sin lugar a dudas nos será quitado, pero si por el contrario lo cuidas y cultivas constantemente se te dará aún más con creces.

“Tradiciones, sanas y no tan sanas”

“Tradiciones, sanas y no tan sanas”

Marcos 7, 1-13

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos letrados de Jerusalén y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras (es decir, sin lavarse las manos). Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas. Según eso, los fariseos y los letrados preguntaron a Jesús: —¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen tus discípulos la tradición de los mayores?

El les contestó: —Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos». Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres. Y añadió: —Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición. Moisés dijo: «Honra a tu padre y a tu madre» y «el que maldiga a su padre o a su madre tiene pena de muerte». En cambio vosotros decís: Si uno le dice a su padre o a su madre: “Los bienes con que podría ayudarte los ofrezco al templo”, ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre; invalidando la palabra de Dios con esa tradición que os trasmitís; y como éstas hacéis muchas.

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De suyo, ya es un valor el hecho que de tengamos y sigamos tradiciones, aquellas que nos conectan con nuestros antepasados, con la cultura, con la propia familia y las identidades locales, con aquello que nos respalda y que de suyo es parte de nuestras vidas.

Entre las tradiciones encontramos aquellas que fomentan totalmente los valores fundamentales, aquellos que enfatizan y enriquecen la base del acervo cultural personal; más sin embargo, las mismas tradiciones deben crecer y adecuarse a los tiempos para que puedan penetrar mayormente en el aquí y el ahora. Pero deben de cuidarse de no radicalizarse en ningún extremo, tanto el conservador como el liberal, porque entonces la misma tradición perdería su razón de ser.

Es muy necesario actualizarse para no desfazarse, porque entonces resultará ridículo lo que se exija, aquí es donde entra la salud, donde se conserva aquello que nos identifica sin desvirtuarlo pero a su vez dando soluciones reales y concretas a la necesidad del momento.

Cuando pretendemos exigir las tradiciones sin una razón de ser, se convierten en una imposición, situación que vivió en su momento Jesús ante las leyes ya antihumanas, anacrónicas y alejadas de la caridad, así como de la dignidad humana, hay que sabernos liberar y crecer, para poder ayudar y hacer crecer, de otra manera, quedaremos estancados, en tradiciones arcanas ya caducas.

Es por ello que hay que saber identificar, promover y actualizar las tradiciones sanas,  con un sano discernimiento y la misma sabiduría de Dios, porque las no tan sanas desdicen su misma razón de ser, cualquiera que sea. No basta la antigua tradición a ciegas, es importante siempre hacerla vida hoy en nuestra forma de vida y no en lo que ya no somos ni seremos.

“Cuando la fama de otro se extiende…”

“Cuando la fama de otro se extiende…”

Marcos 6, 14-29

En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían: —Juan Bautista ha resucitado, y por eso los ángeles actúan en él.

Otros decían: —Es Elías.

Otros: —Es un profeta como los antiguos.

Herodes, al oírlo, decía: —Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado.

Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Felipe, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano. Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio; no acababa de conseguirlo, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía. En muchos asuntos seguía su parecer y lo escuchaba con gusto. La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados.

El rey le dijo a la joven: —Pídeme lo que quieras, que te lo doy.

Y le juró: —Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.

Ella salió a preguntarle a su madre: —¿Qué le pido?

La madre le contestó: —La cabeza de Juan el Bautista.

Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: —Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.

El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo enterraron.

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Nuestras seguridades ordinariamente están depositadas en aquello que nos brinda estabilidad y aún más cuando el lucro provee más de lo necesario, no se diga en los ámbitos de poder. Creemos que todo lo tenemos dominado, pero ¿Qué pasa cuando la fama de otro se extiende?

La primera reacción es de inseguridad porque no sabemos por donde va, que hace y cómo te afectará, entonces tus mismos miedos disfrazados de curiosidad hacen indagar en el asunto de una manera falsa. El mayor temor es el de ser desplazado, temor basado en la misma inseguridad e inestabilidad del ascenso a tu postura, la misma persona se tambalea en sus propias bases corrompidas.

Por ello la reacción de los tan famosos Herodes, uno con la matanza de los inocentes por miedo a un nuevo rey que no conocía y el otro con la muerte de Juan Bautista, que a su gente corrupta le estorbaba para sus propios fines.

No digo que estemos en esos niveles ni problemas similares, pero tendemos ante nuestros miedos e inseguridades de igual manera desplazar a quien brille y nos apoque, ya sea en inteligencia, belleza, moralidad y capacidades. Por ello es importante saber conocer nuestras propias limitaciones, aceptarlas para no permitir obrar a tus miedos, que al final serán los que te destruyan a ti mismo, siempre hay que confiar en Dios sin dejar de trabajarlos porque en el primer descuido te dominan.

“Con la frente en alto”

“Con la frente en alto”


Lucas 21, 20-28

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que está cerca su destrucción. Entonces los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad, que se alejen; los que estén en el campo, que no entren en la ciudad; porque serán días de venganza en que se cumplirá todo lo que está escrito. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Porque habrá angustia tremenda en esta tierra y un castigo para este pueblo. Caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones, Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que a los gentiles les llegue su hora. Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad, ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo temblarán. Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación».
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Cuando escuchamos acerca de los acontecimientos apocalípticos que revelan un fin generalizado, lo más común es reaccionar con temor, incertidumbre, miedos, es una reacción ante lo desconocido o la misma muerte, puede ser también que reaccionemos buscando un refugio, ya que hasta con la más mínima lluvia es lo que hacemos.
Sin embargo la actitud de quienes nos hacemos llamar Pueblo de Dios, Iglesia, Cristianos, debería de ser la de aquellos que el temor no debería de hacernos suyos, ya que nuestra confianza se supone, debe de estar siempre puesta en Dios, además de no escondernos, ya que eso revela un miedo mayor, porque no se han aprovechado las suficientes obras de caridad que Dios dispone en nuestras vidas como un ejercicio de crecimiento en la fe y en el amor.
La reacción natural en esas circunstancias sería la de enfrentarlas con la cabeza en alto, no como quien revela un orgullo insano de quien desprecia a los demás o se siente elegido selectivamente, por el contrario, elevar la frente con la verdadera dignidad de los hijos de Dios, de aquellos que sus obras ordinarias hacen un llamado a la valentía, porque son hechas según Dios, donde el temor es nulo porque el encuentro con el Señor será gozoso y lleno de esperanza.
Esos signos negativos de los que habla el evangelio, son los que la personas alejadas de Dios los harán realidad ante su reacción insegura de no saber qué hacer. Quien vive la paz y la gracia de Dios constantemente en su vida, no se contaminará del terror, sino que sabrá en su momento que hacer. 

Por ello a pesar de las dificultades que nos golpean colateralmente por el mal de los demás, que eso no nos asuste, no lo hagamos nuestro, no olvidemos de guardar la compostura y tener siempre la frente en alto, como quien aguarda un encuentro lleno de amor al que esperamos, porque sabemos que vendrá, cumpliendo su promesa.

“Si he defraudado a alguien…”

Lucas 19, 1-10

En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó, y al ir atravesando la ciudad, sucedió que un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de conocer a Jesús, pero la gente se lo impedía, porque Zaqueo era de baja estatura. Entonces corrió y se subió a un árbol para verlo cuando pasara por ahí. Al llegar a ese lugar, Jesús levantó los ojos y le dijo: “Zaqueo, bájate pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”.

Él bajó enseguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, comenzaron todos a murmurar diciendo: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”.

Zaqueo, poniéndose de pie, dijo a Jesús: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”. Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también él es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido”.

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A la gente nos gusta verla sonriendo, alegre, que transmitan vida y nos contagien de ella, especialmente los nuestros, pero cuando su ánimo decae, es todo lo contrario.

Sin embargo el hecho de que una persona no llore o se queje, no significa que esté exenta del dolor, parece que nos conformamos verlos con una sonrisa externa y al parecer tranquilos, como engañándonos fingiendo que todo esta perfecto, o cuando menos eso queremos ver, sin solucionar la incomodidad que causamos ya sea mental, física o verbalmente

Lo mismo acontece en el nivel espiritual, porque cuando nos animamos valientemente a reconocer las faltas, creemos erróneamente que con reconciliarnos solo con Dios y confesarnos, la culpa queda saldada.

Pero para una reconciliación integral, una parte implica el perdón de Dios y su complemento siempre será la restauración humana del hermano ofendido.

Zaqueo hoy nos demuestra que su reconciliación es íntegra y total, porque no sólo queda bien con Jesús, sino que remarca “si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”.

Restituir es lo que nos hace muchas veces falta, el perdón completo llega hasta el hermano y no basta con el divino, para empezar es bueno, para plenamente terminar reconcilia y hasta salva a tu prójimo.

La verdadera salvación incluye no sólo la reconciliación con Dios, sino la alegría de querer hacerlo también hasta cuatro veces con el hermano.

“Dar frutos”

Mateo 25, 14-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.

Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: «Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco». Su señor le dijo: «Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor». Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: «Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos». Su señor le dijo: «Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor».

Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: «Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo». El señor le respondió: «Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes».

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Las escalas, balanzas, reglas y medidas son un factor común que nos ayuda a tener un concepto más claro y referencial de los volúmenes en relación para con los demás, es una referencia confiable que nos habla de la cantidad, peso y distancia de las cosas para ubicarlas en la realidad, si cada persona tuviera su propia escala de medidas, al trato con los demás, la convergencia sería distante e irracional.

Eso ciertamente aplica en el mundo material, pero cuando hablamos del mundo espiritual y de la fe, las medidas tienen otra escala, no son por volumen, sino conceptuales y relativas, como lo es en el caso de los talentos.

En base a la escala material, podríamos considerar como una extrema y apocalíptica injusticia el hecho de que Dios sea disparejo al brindar un diferencial explícito en la repartición de talentos, donde a unos les da cinco, mientras que a otros tan sólo uno.

La realidad va más allá que las cantidades expresadas, lo que estamos viendo más que una injusticia, es una justicia total cargada de misericordia, donde en todo momento sus regalos sea uno o sean cinco, denota a un Dios providente y siempre generoso. 

Donde su justicia va cargada de sabiduría al saber brindar las cantidades propias y necesarias para cada persona en sus capacidades y circunstancias de ese momento, donde no le dará mucho más a alguien que no pueda con esa carga de responsabilidad y esfuerzo, o de igual manera, no le dará menos a quien pudiera ser poco lo que le brinda quedando ocioso, tanto en un caso como en otro, sin las correctas y justas proporciones habrá un desbalance que puede derivar en una incomodidad y queja por lo excesivo o lo faltante.

Por ello Dios da lo realmente administrable en su momento, porque sabe que eso te basta para crecer a tu paso y salir exitoso, por ello las cantidades no importan, el de cinco sin dificultad dio otros cinco, igual el de dos, pero si te auto saboteas y te comparas en una escala materialista, tu mismo vendrás a menos; aún un sólo talento es muestra de confianza para luego de bien trabajarlo regalarte más, pero si no seres capaz de manejar uno, ¿Cómo piensas manejar cinco?.

La invitación es a aprovechar hoy lo depositado generosamente en tu vida en confianza, Dios te da y no te pide más de lo que en ese momento no puedes, pero lo que tienes hazlo crecer a lo máximo, que luego vendrá más.