“Pero no les creyeron…”

“Pero no les creyeron…”

Marcos 16, 9-15

Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando.

Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.

Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando a una finca.

También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.

Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: –«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación».

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De suyo ya es una limitante que ante un testimonio nuestra voluntad no quiera adherirse a la fe que se nos propone en condiciones normales; pues ésta se agrava en medio de las crisis ya que nuestra mente no está tan descansada para asimilar los hechos con las emociones encontradas entres sí.

Es el caso que empapa los escritos evangélicos acerca de la resurrección, es un contexto de incredulidad, pero no de aquella que se ensaña en una orgullosa necedad personal autoimpuesta, sino totalmente movida por la lenta asimilación del torbellino de sucesos que acompañan la muerte y resurrección de Jesús, vividos de manera muy cercana y personal, pero sobre todo impactada por el amor que se le confiesa y el riesgo de la propia muerte de sus discípulos.

Todo esto influyó para que no les creyeran a aquellos que fueron testigos de su resurrección, sino que fue necesario hacerse presente en medio de ellos, sobre todo para continuar y concluir su obra en ellos y en los que creerán posteriormente.

De igual manera habrá que ver que sarta de circunstancias acontecen actualmente en nuestra vida y en la de los demás, para bloquear nuestra mente y corazón a tal grado de negar a aquel que tanto nos ha amado, y dejar de crecer en los valores que brindan mayores gozos, alegrías, paz y felicidad.

Sin embargo Jesús jamás se da por vencido, sino que constantemente nos da su testimonio para reconocer aquello que complemente la vida física y eso es, su propia vida resucitada y eterna, por ello la invitación de los hermanos a proclamar de manera viva y testimonial el Evangelio a toda la creación, ya que nadie queda exento de esta invitación ni de esta gracia.

“Se apareció otra vez…”

“Se apareció otra vez…”

Juan 21, 1-14

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.

Simón Pedro les dice: –«Me voy a pescar».

Ellos contestan: –«Vamos también nosotros contigo».

Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.

Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.

Jesús les dice: –«Muchachos, ¿tenéis pescado?»

Ellos contestaron: –«No».

Él les dice: –«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».

La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: –«Es el Señor».

Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.

Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: –«Traed de los peces que acabáis de coger».

Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.

Jesús les dice: –«Vamos, almorzad».

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.

Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.

Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

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El hecho de que nos lleguen brotes de fe allá de vez en cuando, no significa que estamos completos en las obras que nos llevan a la salvación, de suyo es un proceso tan bello así como pacientemente llevadero día a día, que con una sola moción no basta.

Es necesario constantemente ir y venir al encuentro con el Señor para fortalecer y reforzar nuestros corazones, ya que las dudas e incertidumbres suelen borrar de súbito toda muy buena intención.

Es por ello que Jesús conociendo de manera personal a esos corazones frágiles y titubeantes, no se complace con hacer una sola intervención, sino que constantemente se hace presentemente entre ellos para alimentar una y otra vez nuestra condición humana hasta llegar a la confidencia total.

No nos extrañe que los testimonios, así como las llamadas cercanas de nuestros hermanos nos lleguen de vez en cuando una y otra vez, no porque el Señor sea necio, sino porque estás desaprovechando día a día la oportunidad de la vida de la gracia que se da exclusivamente para ti y los tuyos.

Ya de nosotros depende dar importancia a los casos u omitirlos, pero no se te olvide que al final la responsabilidad es tuya y en un tanto de aquellos al igual que no hicieron el intento de compartirlo cuando les fue dado.

“Así estaba escrito…”

“Así estaba escrito…”

Lucas 24, 35-48

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: –«Paz a vosotros».

Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. El les dijo: –«¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo».

Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: –«¿Tenéis ahí algo de comer?»

Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: –«Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse».

Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: –«Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos “al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.

Vosotros sois testigos de esto».

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Una vez que los discípulos de Emaús han reconocido a Jesús, sobre todo en medio de la Eucaristía, es decir en la “Fracción del Pan”, se convierten automáticamente en Testigos de su Resurrección; es el don que se brinda a pesar de dolor en medio de la oración y su entendimiento de los mismos planes de Dios.

Su misión es ahora compartir la experiencia obligada, no por mandato, sino por la alegría que no puede ser retenida en un silencio e inexpresividad humana, sino todo lo contrario. Acción que va preparando los corazones, ya que no dejamos de ser instrumentos mediáticos de la misma gracia de Dios que dispone con una seguridad compartida y que se da por medio del testimonio.

Una vez disueltos los miedos entre ellos, Jesús continua su obra en medio de nosotros de una manera directa y con todas las gracias que lleva la resurrección, no a tipo de magia, sino de poder absoluto sin las limitantes de la humanidad material, sino con su nuevo cuerpo glorificado.

Y aunque no nos guste, nos recuerda lo ya olvidado, que lo había remarcado constantemente acerca del plan de Dios contenido en las Sagradas Escrituras, sobre su pasión, pero que por nuestros miedos y deseo de cambiar de planes sea por amor o por temor, se confirman los hechos con el testimonio de la Resurrección.

Todo porque de suyo “Así estaba escrito”, pero nuestras distracciones y cansancios lo hacen caso omiso, por lo que ya es una gracia que esté escrito, ya que tenemos una memoria olvidadiza, pero el Señor se encarga de recordárnoslo. Por ello hay que estar atentos a lo que ya está escrito y a que no nos tome por sorpresa.

“¿Seguiremos llorando?”

“¿Seguiremos llorando?”

Juan 20, 11-18

En aquel tiempo, fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.

Ellos le preguntan: –«Mujer, ¿por qué lloras?»

Ella les contesta: –«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».

Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.

Jesús le dice: –«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?»

Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: –«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».

Jesús le dice: –«¡María!»

Ella se vuelve y le dice: –«¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!»

Jesús le dice: –“Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro»”.

María Magdalena fue y anunció a los discípulos: –«He visto al Señor y ha dicho esto».

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¡Ahh! cómo nos encanta hacernos los sufridos, aparentar dolor, tristeza y casi hasta agonía, y todo, por el simple hecho de que nos gusta llamar la atención, cuando en realidad no seamos masoquistas dónde nos encante profundizar y permanecer en el dolor.

En realidad, por doquier encontramos adicciones a ciertos tipos de tristeza, y buscamos provocar a los demás para que broten, para que reaccionen mal y así poder echar culpas, quedando a su vez nosotros como los mártires ofendidos.

Pero ante la oportunidad de la felicidad, ¿realmente seguiremos alimentando la tristeza y permaneciendo en ella?, al parecer sí, tenemos el caso de María de Magdala, que a pesar del testimonio de la resurrección, no puede salir de su adicción y obsesión al dolor, que aunque sea muy grande, la solución le es dada, pero no la ha tomado ni asimilado como tal.

Es necesaria otra crisis mayor que desencadene esas ataduras sentimentales, por ello Jesús, con toda la caridad del mundo, y dándose cuenta de que las palabras previas al anuncio de la resurrección parecían nulas en la mente de los suyos, apocadas por el miedo y el dolor, es entonces cuando se hace presente el Señor, para que ese impacto y testimonio les haga cambiar de giro su mente y la alegría ayude a ubicar la realidad, sin irse al otro extremo de la euforia.

Jesús tiene todo en su control, por ello no permite que nadie siga llorando, porque es en vano ya que la vida plena no lo amerita, pero hay que darse cuenta de ello, si no, pues seguiremos llorando y a ver hasta cuándo.

“Boicot contra la felicidad”

“Boicot contra la felicidad”

Mateo 28, 8-15

En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo:

–«Alegraos».

Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies.

Jesús les dijo: –«No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: –«Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros».

Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.

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Tan grande es nuestra autoestima, que nos pasamos de largos. Es un hecho que tenemos todo el derecho a la felicidad, pero desgraciadamente es un don dado en generosidad compartida que no se puede contener, ni adquirir, ni comprar voluntaria y materialmente hablando.

Pero en realidad ese no es aquí el problema, sino que radica en las falsas felicidades, es decir, pensamos que teniendo poder, vamos a ser felices, de igual manera con múltiples bienes y valores, más bien cada quien se fabrica o le fabrican la “felicidad a su medida” por una muy buena módica cantidad.

Que pena que después de un rato, esas felicidades pintadas y exhibidas, se caen solas dejando un vacío y una tristeza mayor, a tal grado de que aunque lo tengan todo, cuando ven una persona llena de dicha y felicidad, se corroen en envidias casi a punto de un infarto, teniendo como fuga inmediata para no reventar, la crítica, el odio, las represalias, en fin destrozar la felicidad de aquellos a los que no les costó nada porque viene de la cercanía con el Señor y sus obras, como lo demuestra el evangelio.

Boicot que en todas partes lo vamos a encontrar, pero es no es ningún problema, porque no es tuyo, es de los demás, y por más que intenten truncar tu felicidad, es inútil cuando está bien cimentada y cierta en Jesús el Señor Resucitado, los ataques llegarán, pero de ti depende si los haces tuyos, si les das cabida a puerta abierta, o si los dejas que pasen de lado, sin olvidar pedir por aquellos de donde provienen, ya que en realidad están sufriendo mucho más que nosotros y no es justo ser felices solos, hay que demostrarles  alegría hasta que de dolor sucumban y se permitan ser felices un poco, y luego gradualmente.

No permitas el boicot contra tu felicidad plena.

“Pascua de Resurrección”

“Pascua de Resurrección”

Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: –«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

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La vida no puede ser contenida en ningún lugar de tan grandiosa que es, pero la gracia de  Dios ha hecho posible todo, e inclusive poseerla en un ser materializado como lo es en nuestra limitada humanidad, ya que somos toda una proeza junto con la creación entera que revela la magnificencia del Creador. 

El mismo sepulcro queda estrecho a tan gran don, y más aún para aquella vida que se nos da en felicidad y libertad, ya que la muerte es el paso necesario y agradecido para esta carne que nos ha contenido generosamente, en donde con toda su dignidad queda en reposo para la espera de la resurrección, así precisamente como Jesús, en quien esperamos la plenitud no tan sólo de la vida, sino glorificada junto con ese cuerpo que se nos ha dado, y dónde a su vez reinaremos eternamente con Él.

No es tan sólo un sueño, sino una tajante realidad, es una promesa, pero venida de Dios que siempre las cumple en su momento. De aquí debe brotar esa alegría unida a la esperanza plena, en la confianza de aquél que ya ha dado el paso definitivo a la meta eterna, a la cual somos invitados y en amor bien recibidos.

Tan sólo basta callar para manifestar esa alegría que brota de la certeza de la vida eterna.

Felices pascuas a todos ustedes junto con su familia y amistades.

“Es el Señor”

“Es el Señor”

Juan: 21, 1-14

En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Cana de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: “También nosotros vamos contigo”. Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.

Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: “Muchachos, ¿han pescado algo?” Ellos contestaron: “No”. Entonces él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.

Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: “Es el Señor”. Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.

Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan. Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar”. Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastro hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres, y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: “Vengan a almorzar”. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres?’, porque ya sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado.

Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos. 

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Cuando los discípulos obedecieron la orden que les había dado de que se fueran a Galilea después de la crucifixión, es para que no solamente se retiraran de ese ambiente politizado, sino para que estuvieran tranquilos en su entorno, con la familiaridad del los lugares natos en los que se desarrollaron, para que una vez recuperada la paz y las habituales ocupaciones, tengan la sobriedad para poder con un corazón más apacible identificarlo y asimilar la etapa de crisis de la Pasión y muerte.

Tercera es la ocasión en que Jesús se hace presente entre ellos y ya no les causa tanta admiración, ya lo van identificando sin tanto estupor, empiezan a convivir con Él percibiéndolo vivo.

Situación que los hace afianzar su confianza además de impregnar sus palabras en la misión que procede.

Es por ello que Jesús los quiere reforzar para que puedan manejar las crisis y ya no les peguen en medio de sus propias debilidades, para poder decir en cualquiera circunstancia “Es el Señor” que está presente y poder identificarlo.

“…Testigos de esto”

“…Testigos de esto”

Lucas: 24, 35-48

Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Mientras hablaban de esas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma. Pero él les dijo: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que tengo yo”. Y les mostró las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?” Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos.

Después les dijo: “Lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.

Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto”.

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Jesús después de su resurrección no se la pasó presentándose a personas que no le conocieran para invitarlos a la fe, sino que por el contrario retornó a los suyos, a sus discípulos precisamente porque ellos ya tienen la formación necesaria, instruída por su parte de manera personal, aquella que en éste preciso momento saldrá a flote.

Formación que es vital para la misión que continúa, ya que el hecho de la salvación no termina con la resurrección, ahora es el momento de aplicar al resto del mundo la gracia obtenida por medio de su prédica, de la oración, de la fracción del pan, pero sobre todo la base para este éxito será su propio testimonio.

Es por ello que se presenta de manera presencial para que sean testigos de su resurrección, es el cúlmen de esta etapa, donde no quiere que todo quede en la nada por el miedo y los rumores que no dejan de comentarse morbosamente en Jerusalén y que contaminan el ambiente.

Testimonio que no se limita a hablar de Él y los suceso ocurridos, sino que demuestren de manera vivencial la propia vida nueva en Cristo Resucitado, y eso no se platica, se expresa una vez conocida su experiencia en cercanía, además del complemento de verlo vivo y resucitado.

“Su corazón ardía”

Su corazón ardía”

Lucas: 24, 13-35 

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.

Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?”

Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?” Él les preguntó: “¿Qué cosa?” Ellos le respondieron: “Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, ¡y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Alguno de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron”.

Entonces Jesús les dijo: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?” Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.

Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!” 

Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: “De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón”.

Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

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Ya San Agustín lo decía en su magnífica obra “Las Confesiones” «Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». (Libro 1, 1, 1-2,) precisamente asegurando que nuestra total existencia llama al creador en el mismo rubro con el que fuimos creados, el amor.

Situación nada ajena que se manifiesta evidente en los discípulos de Emaús, aquellos que dentro de su tristeza salen de Jerusalén tratando de asimilar los hechos que le acontecieron a su Maestro Jesús, pero con la anotación de que salen huyendo.

Es ahí donde Cristo Resucitado continúa su obra, en todos, en los que habían muerto previamente a su resurrección para rescatarlos de la muerte, pero sobre todo en los que preparó para que continuaran su misión.

Es por ello que Jesús se acerca a ellos, que sin reconocerlo, se dejan acompañar, pero su corazón ardía en ese celo y ese amor por aquello que ya había sido depositado en ellos, que en su momento gracias a la fracción del pan, es decir, la Eucaristía, al unirse a Él, se dan cuenta de quién es aquel que los acompaña aún cuando no lo vean y deciden regresar con los suyos.

Ese corazón no deja de arder en nosotros, pero si permitimos que el mundo de odio, dolor, angustia, desenfreno y envidias lo apague, jamás podremos ver a Jesús vivo y resucitado, aunque nuestro corazón clame a gritos que lo necesita.

“Un amor que ciega”

“Un amor que ciega”

Juan: 20, 11-18

El día de la resurrección, María se había quedado llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies. Los ángeles le preguntaron: “¿Por qué estás llorando, mujer?” Ella les contestó: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto”.

Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: “Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?” Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: “Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto”. Jesús le dijo: “¡María!” Ella se volvió y exclamó: “¡Rabuní!”, que en hebreo significa ‘maestro’. Jesús le dijo: “Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios’ “.

María Magdalena se fue a ver a los discípulos para decirles que había visto al Señor y para darles su mensaje.

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Dentro del contexto de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, encontramos un ambiente de Crisis, de dolor, de circunstancias que pasaron muy rápido para poder asimilarlas a la primera, y es que todo el ambiente que movió la Pasión y muerte de Jesús, desató un caos generalizado con sus discípulos y no tan sólo con ellos sino con toda Jerusalén.

Vemos como en medio del miedo y del dolor se manifiesta un amor tan grande y comprometido con el Maestro, que es capaz de mover a María Magdalena a ir hacia el sepulcro, su pena hace que ese amor dolido ciegue su entendimiento y no alcance a recordar el hecho de la resurrección, y que la confusión no le haga reconocerlo al tenerlo  presente en su nueva condición.

Es por ello que el mismo Jesús, una vez superada la etapa del sufrimiento, lleno de gloria y con su vida eterna recuperada, en esa misma paz le ayuda a salir a ella de ese estado de shock y la invita a continuar con la misma obra de la salvación junto con sus hermanos discípulos. 

Al Igual debemos de no apagar ese amor con fuegos fugaces o situaciones de dolor y de muerte, aquellas que en el exterior nos quitan la paz, sino que debemos de permanecer a pesar de las circunstancias sin perder la mirada en el Señor y confiar en sus promesas que siempre llegan a buen fin para darnos vida desde esta vida y que ese amor que le profesamos no sea perturbado por las borrascas de la duda y el miedo.