“Corazón dividido, divide”

“Corazón dividido, divide”

Marcos 3, 20-35

En aquel tiempo, Jesús fue a casa con sus discípulos y se juntó de nuevo tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales. También los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: —Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios.

Él los invitó a acercarse y les expuso estas parábolas: —¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre.

Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo. Llegaron su madre y sus hermanos y desde fuera lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dijo: —Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan.

Les contestó: —¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?

Y, paseando la mirada por el corro, dijo: —Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.

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Qué pena es saber cómo el dolor personal que nos ocasionan las situaciones, las personas o las cosas le demos una importancia tan grande que parece que llega para quedarse, de tal manera que cuando ya nos ha dominado, suele externarse con divisiones y ataques por doquier ya que impide ver lo bueno de las cosas aunque éstas sean totalmente evidentes.

Sí, es una pena ver cómo a pesar de compartir la alegría y la felicidad que conlleva la cercanía con Dios, los más cercanos, sufren porque rechazan toda muestra de afecto ya sea hacia ellos o hacia cualquier otra persona.

Pero mayor dolo es aún, cuando haciendo alguien una obra buena, impidan que ésta se lleve a cabo, como lo intentaron con Jesús, que en su desventaja y soberbia, tratan de desacreditar desde su máxima autoridad la misma obra de Dios. Levantando el falso de tener Jesús dentro un demonio para mover el miedo ya infundido en los demás a manera de manipulación.

Así es, un corazón dividido, divide, pero divide a los que ya empiezan a fragmentarse o están vulnerables por algún suceso de dolor, pero como el mismo Jesús, fortalecidos en el Espíritu, nada ni nadie podrá dividirnos, ni podrá apartarnos del camino del Señor. Es por ello que a esa gente, se le escucha con caridad, pero no se le hace caso, ya que el mismo demonio dividido en sí mismo, utiliza a esas personas divididas, que no saben ni siquiera lo que quieren para sí mismos, fruto de su misma división.

Oración, vida sacramental, lectura Sagrada y obras de caridad, es el antídoto contra un corazón dividido, porque más integro y fortalecido no puede estar.

¿Y el optimismo?

¿Y el optimismo?

Lucas 11, 14-23

En aquel tiempo, Jesús estaba echando un demonio que era mudo y, apenas salió el demonio, habló el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron: –«Si echa los demonios es por arte de Belcebú, el príncipe de los demonios».

Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo. El, leyendo sus pensamientos, les dijo: –«Todo reino en guerra civil va a la ruina y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está en guerra civil, ¿cómo mantendrá su reino? Vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belcebú; y, si yo echo los demonios con el poder de Belcebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.

Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero, si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte el botín.

El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama.

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Es una pena ver cómo día a día las personas y sobre todo los más jóvenes están alimentando el pesimismo en sus propias vidas, ya todo lo ven negativo, nada les agrada, no tienen iniciativa y son intolerables totalmente a la frustración, no son capaces de manejarla estallando sarcástica y violentamente con el menor signo de oposición. En fin, no deja de ser una pena que ya son hijos de la cultura de la muerte, si te fijas en sus gustos, van por el lado del ocultismo, lo zombie, lo darketo, todo es calaveras y sus pláticas no se digan.

Pero no vayamos lejos, si ellos son capaces de ello, lo es porque nosotros los mayores ya lo traíamos sembrado y algo hemos influido en ellos, ellos lo hacen abiertamente mientras que nosotros aún guardamos la imagen de buenas gentes.

Ya en tiempos de Jesús se daba esta misma situación, no en la cultura explícita, pero si en las actitudes de vida que es lo que domina, porque aún viendo las obras de Jesús y sus milagros, no tienen la capacidad natural de tan sólo reconocer lo que es y lo que ven, sino que brota lo que llevan en su corazón a flor de piel, teniendo que denigrar todo cuanto acontezca por sus vidas y ello habla de su frustración interna no superada, ya que a éstas personas les duele todo lo que se les cruce en la vida.

Hoy en día, parece que el optimismo ha muerto y cualquier muestra es ridiculizada por la gama del consenso de dolor común ya tan ordinario en todos los ámbitos de la vida, le hemos dejado el camino libre al maligno y esos son sus frutos. Claro, se presenta como un héroe porque si no se auto afirma, ¿quién lo hará?.

No importe el medio, contagia mucho más un optimista que un amargado, por ello fuera la tristeza, que esa por doquier la encontramos, al final tu eres quien la hace suya y de ti depende tu actitud, pero si tomas el optimismo, aunque te tiren a matar, ya estarás sembrando lo mejor inclusive en tus atacantes.

“Se le quitó inmediatamente”

“Se le quitó inmediatamente”

Marcos 1, 40-45

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: —«Si quieres, puedes limpiarme».

Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: —«Quiero: queda limpio».

La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: —«No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés».

Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

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Como que quedamos acostumbrados a visualizar en base a los evangelios los milagros de una manera tajante, radical y a veces espectacular, ciertamente los cambios se daban si no inmediatamente, sí en el camino. Tendencia que de igual manera esperamos recibir ante una necesidad my personal y particular.

Claro que Jesús podría volver a efectuar tales hechos prodigiosos, pero acaso tendremos la misma intención de amarlo, la misma intención de seguirlo, la misma intención de proclamar esa gracia recibida, porque se me figura que deseamos el milagro, pero rechazamos a Dios y el compromiso con nuestra propia vida y forma de llevarla, y pues claro, así imposible, no por Dios sino por nosotros.

Pero no queremos dedicar este espacio a remarcar lo que no es y no se puede, sino lo que sí podemos y su efecto es inmediato. Me refiero a aquello que en el mismo plano de la fe, después de descartar todo lo espectacular milagriento, que por cierto hace ruido y estorba, descubrir que el milagro empieza de manera directa en tu propio corazón, ahí es donde realmente e inmediatamente puede quitarte los odios, los rencores, las envidias, las situaciones de cansancio, los malos tratos, darte una paz y disponerte a la gracia de tajo y sin tapujos, claro, si de igual manera se lo permites.

Es una garantía que ese primer y transformador milagro sucede si lo pides; lo aparatoso, los miedos de perder salud, seres queridos y bienes, salen sobrando cuando sabes cual será el proceso de pérdida, pero también de recuperación y eso es ya un milagro de poder visualizar y poder ejecutar tu nuevo plan.

Así es, si tu quieres puedes empezar para que eso (lo que te incomoda y estorba para ser feliz) se te quite inmediatamente.

“Se le echaban encima para tocarlo”

“Se le echaban encima para tocarlo”

Marcos 3, 7-12

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del lago, y lo siguió una muchedumbre de Galilea. Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, de Jerusalén y de Idumea, de la Transjordania, de las cercanías de Tiro y Sidón. Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una lancha, no lo fuera a estrujar el gentío. Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo. Cuando lo veían, hasta los espíritus inmundos se postraban ante él, gritando: «Tú eres el Hijo de Dios». Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.

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En la historia que conocemos de la humanidad, aunque existen bastantes cambios radicales en la forma de vida y costumbres de las personas, encontramos realidades que jamás ha dejado de existir, son las situaciones en las que caemos comúnmente en medio de nuestros cansancios, que nos hacen reaccionar a veces sin pensar violentamente, que revelan el estado anímico y espiritual en el que hemos caído.

En el mismo evangelio encontramos esa misma situación, no quiere decir que era propio de su tiempo, pero nos da una idea clara del entorno como e vivía en su momento. habla de situaciones en las que al presentarse Jesús se remarcan aun más radicalmente porque las personas sueltan el peso que vienen cargando en el mismo Jesús en quien están confiando.

Es por ello que se remarca “Se le echaban encima para tocarlo”, es un signo que revela esa situación humana que nunca cambia cuando la gente se estanca en sus propios problemas haciéndolos ordinarios como si fuera eso lo más normal.

Aquí es donde no debemos de juzgar esas situaciones porque cuando se dan, nos indican todo lo que hay detrás de los mismos, y si llegamos a caer en las mismas situaciones es porque hemos perdido el rumbo y el sentido a la confianza en Dios, además de hacer notar la debilidad espiritual propia, donde todo afecta y se refleja en el cansancio humano.

Por ello debemos de siempre fortalecernos para que esos brotes muy humanos no hablen por nosotros, sino que siempre tengamos puesta nuestra confianza en Dios, en  confidencialidad.

“Empezó a divulgar el hecho”

“Empezó a divulgar el hecho”

Marcos 1, 40-45

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. El lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés». Pero cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

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Las grades obras y maravillas que Dios hace en nuestras vidas, claro que brindan tal cantidad de alegría y gozo que no pueden contenerse, pero si nuestra mente no mide las consecuencias de aquello, lo que para nosotros fue un bien, para otros puede ser una tragedia, si una tragedia ocasionada por nuestra misma euforia.

El caso es muy claro, que por lástima y compasión ante esta persona, cansada, cargando el peso del desprecio de su enfermedad, ante su sanción, se desborda de alegría, pero la alegría no siempre es bien recibida en todos los corazones, porque no sabemos como la vayan a recibir. En algunos fomentará el gozo, en otros la admiración, en otros la motivación por las obras de Dios, pero en otros tantos que no entienden ese don, buscaran sus propias interpretaciones personales sin descubrir la realidad de un fin sublime ni divino, sino simplemente material, y para no dejarlos atrás, también aquellos en los que genera envidias.

Por ello, ante la diversa reacción de la gente, ya no pudo llevar su plan iniciando con su Palabra que es alimento y que también sana, empezando con los corazones y culminando con la salud física.

Es decir le rompieron el esquema, como quien deshace totalmente tu plan personal para alguna actividad. La diferencia la hace Jesús, porque se reinventó en un nuevo proyecto y prosigue con misión, aunque fuera de los poblados, pero aún así exitosamente.

Es por ello que hay que tener cuidado incluso con nuestras alegrías, porque no sabemos en donde llegarán a parar y con quiénes, ademas de saber que si te rompen tu esquema, al igual que Jesús puedes reinventar uno mejor y exitoso. Al final de cuentas, todo es para  la gloria de Dios.

“Sanación particular, no selectiva”

“Sanación particular, no selectiva”

Lucas 4, 38-44

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella. El, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera, se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: —Tú eres el Hijo de Dios.

Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías. Al hacerse de día, salió a un lugar solitario. La gente lo andaba buscando; dieron con él e intentaban retenerlo para que no se les fuese. Pero él les dijo: —También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado.

Y predicaba en las sinagogas de Judea.

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En esta ocasión nos encontramos con el relato de la curación de la suegra de Simón, Pedro dónde en la misma familia le piden que haga algo por ella ya que tenía la fiebre muy alta, no revela qué enfermedad concreta tenía, pero en aquella época ese síntoma por el avance de la medicina de su tiempo podría revelar mil enfermedades en su momento letales, ya que no se contaban con los medios que actualmente disponemos para diagnosticar, ni los medicamentos para aplicar. Una fiebre era de tenerle miedo, porque podría derivar en la muerte.

A su vez podríamos pensar que Jesús por el hecho de que esa mujer era pariente de Simón, la atendió de una manera preferencial y exclusiva, de una manera muy particular, hecho que debemos de ubicar en el mismo contexto en el que se da, porque de suyo Jesús iba en la misión de predicar el Reino y no de visita exclusiva, aunque afirma que lo hicieron saliendo de la sinagoga.

De hecho esa curación sí es muy particular, porque cada una de las personas que se le acercan posteriormente con fe para ser sanadas en esa misma ocasión, no lo hacen en masa ni en grupos multitudinarios, sino que atendió a cada uno, como remarca el evangelio: “Y Él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando.” es decir muy en particular, pero aquí si hay que remarcar que la atención personal no significa selectiva y para algunos cuantos solamente.

A veces pensamos que tan sólo a algunos Dios les hace el milagro de curarlos sin importar que tan grave sea su enfermedad; nos sentimos pecadores, no merecedores de su gracia, auto excluidos del derecho a su amor, a su gracia y al milagro. Llegamos a creer que Dios debería de obrar indistintamente aún sin pedírselo e inclusive sin amarlo ni seguirlo.

Aquí es donde radica el detalle, precisamente lo único que solicita el Señor para obrar, es un poco de fe, un poco de conciencia religiosa, un poco de compromiso que le de seguridad y le confirme que la persona desea ser sanada y no solamente curada para seguir dándole vuelo a la vida desordenadamente. El mínimo de fe es requisito, si no se tiene, se pide y mientras se pide se da el milagro que solicitas, porque ya habrás entrado en el proceso de la sanación de alma y claro, la que se solicita, la del cuerpo.

“Saber perdonar”

“Saber perdonar”

Mateo: 18, 21-19, 1

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.

Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron, le debía muchos millones.

Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda. Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’.

El compañero se le arrodilló y le rogaba: `Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda. Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contarle al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. Cuando Jesús terminó de hablar, salió de Galilea y fue a la región de Judea que queda al otro lado del Jordán.

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Las situaciones de dolor que nos causan todos aquellos que consciente o inconscientemente nos hacen los demás, suelen ser muy desagradables y aún más cuando son aquellos en los que hemos depositado nuestra confianza los que nos dañan.

Querer ser perdonado suele ser algo muy requisitorio y agradable cuando se nos da, pero perdonar a aquellos que nos hirieron o nos deben algo, tendemos a hacerlo más grande  y hasta a exagerarlo porque lo alimentamos con la inconformidad que sentimos remarcando el dolor para auto compadecernos y así aumentar la negativa del perdón.

Lo malo es que en lugar de propiciar el perdón y la sanación, alimentamos el dolor personal causado a manera de un auto mártir que se siente sufrido, y que desea ser compadecido, y mientras no sanemos el orgullo encrespado motivado por ocasión del otro, seguiremos enfrascados cíclicamente en el mismo problema, sin atender la posibilidad del perdón.

Es ahí donde no sabemos perdonar, porque lo que domina es el dolor y en caso extremo ,nunca sana porque pide el pago justo o la venganza, y eso no sana el alma. La verdadera paz llega cuando perdonamos, porque sanamos y nos liberamos de ese peso innecesario, la misericordia llega cuando nosotros de igual manera la ejercemos, pero cuando impera el miedo y el dolor, eso será lo que decida lo que sigue por mucho tiempo en tu vida sin paz alguna.

“La perfección se auto limita”

“La perfección se auto limita”

Mateo: 9, 9-13

En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió.

Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús los oyó y les dijo: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

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Es una pena encontrarnos con situaciones en donde las personas creen que porque hacen un supuesto bien, con eso basta para sentirse graduados en santidad y superiores, con el poder de juzgar a quien se equivoca, sin ayudar al que poco a poco va creciendo en el camino de perfeccionar sus dones y criterios.

Sentirnos perfectos es tan negativo como quien se siente imperfecto, a saber que ninguna de las dos situaciones atañe a la realidad efectiva, ya que solemos estancarnos y exagerar ya sea una o la otra.

Y es que la perfección que conocemos, es gradual, cada vez más podemos crecer en ella, hasta llegar a la altura de nuestro Padre Celestial, que capacidad tenemos para ello, pero falta saltar al siguiente nivel, ya que cuando nos quedamos en cierto tipo de perfección a los ojos personales o del mundo, en realidad la estamos limitando a no ir más allá y quedarnos cómodamente con esa imagen que brindamos, pero que en su momento caduca.

No hay como sentir la satisfacción por el bien realizado, porque da gozo y alegría, pero sin olvidar que se trata de una actitud dinámica, que una vez habiendo llegado a una meta, estamos más que capacitados para el siguiente reto que nos santificará aún más, y así progresivamente. 

Es por ello que sentirnos perfectos nos autolimita a crecer, y sobre todo a aceptar a aquellos que podemos a la par dar la mano en el camino recorrido y superado, he ahí la verdadera misericordia.

“Entrega la Ofrenda…”

“Entrega la Ofrenda…”


Mateo 8, 1-4


En aquel tiempo, al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente. En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: —Señor, si quieres, puedes limpiarme.

Extendió la mano y lo tocó diciendo: —¡Quiero, queda limpio!

Y enseguida quedó limpio de la lepra. Jesús le dijo: —No se lo digas a nadie, pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés.


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Cuando somos recurrentes a Dios, ya sea a través de la oración, ya sea a través de los sacramentos, nuestra actitud no debería de ser de trueque, es decir de recibir algo a cambio, cuando a lo mejor ni eso se da porque en la mayoría de los casos volvemos hacia Él tan sólo para pedir recibir algo en nuestra necesidad y en una sola vía, la de mi provecho.


A veces nos desilusionamos porque el trueque o negocio con Dios no se llevó a buen fin, claro para nosotros, porque no recibí lo que pedí, pero en realidad sí lo recibiste, ya que la sabiduría de Dios en realidad sabe lo que necesitas y si un dolor te hará crecer, lo permitirá por tu propio bien y no tu detrimento con lo que pides y no te ayuda, ni te hace mejor persona.


Pero además de esas negativas, Dios no deja de ser generoso, pero a conciencia y en real necesidad basada en la verdad. Porque si sabe que el milagro requerido no ransformará tu vida, a tal grado que tu mismo agradecimiento se vea reflejado en tu comportamiento como una ofrenda digna y agradable a Dios, ¿Dónde queda la reciprocidad?, hay que entregar la ofrenda y esa te implica a tí y no tu monedero.


Por ello así como toda compra requiere una factura, todo milagro requiere una ofrenda, y si no estas dispuesto a otorgarla en tu actitud y tu vida, sencillamente el milagro ya se dió pero no a tu gusto para no autoperjudicarte.

“Brillar o ensombrecer”

“Brillar o ensombrecer”

Mateo: 5, 13-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa.

Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”. 

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Cientos de veces se escucha por todos lados y más ahora que se tiene acceso por medio de las redes sociales, el constante quejarse de la situación tan negativa que se vive en el mundo, el denunciar y exponer todo cuanto no va acorde a nuestro sentir y pensar, y alimentarse de tan sólo lo que alimenta morbosamente la mente para tener de qué dialogar, en cierta manera esparciendo por sus propios y personales medios, un veneno sutil y voraz que pretende arrancar cuanta paz posea una persona.

Habrá quien llame a eso activismo, remarcando y echando en cara que al mundo no le importa cuanto sufrimiento y situación negativa existe y, no es porque no le importe al resto del mundo, sino que no se tiene la necesidad de remarcar o enfatizar cuanto yace en el mal, porque el tan sólo hecho de evidenciarlo, se le está dando una difusión que no la merece, cuando en realidad necesitamos escuchar más que nada cosas buenas y alentarlas.

Aquí es donde nos enfrascamos en esas oscuridades que hacemos extensivas, donde las tinieblas se expanden sin necesidad ni derecho, ensombreciendo aún más a quien está luchando contra sus propias oscuridades.

Por el contrario, hay que medir nuestra vida por cuánto brillamos, y no por lo contrario, por la verdad que vivimos y mediante un simple acto de testimonio callado, iluminar y dejarnos iluminar por quien nos participa de su luz, de su gracia, de su amor y bondad.

Por ello la pregunta: ¿En todo lo que hacemos, brillamos o ensombrecemos a los demás?