“Querer ser curados”

“Querer ser curados”

Marcos: 6, 53-56

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos terminaron la travesía del lago y tocaron tierra en Genesaret.

Apenas bajaron de la barca, la gente los reconoció y de toda aquella región acudían a él, a cualquier parte donde sabían que se encontraba, y le llevaban en camillas a los enfermos.

A dondequiera que llegaba, en los poblados, ciudades o caseríos, la gente le ponía a sus enfermos en la calle y le rogaba que por lo menos los dejara tocar la punta de su manto; y cuantos lo tocaban, quedaban curados.

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No es raro encontrar un cansancio generalizado donde estar en una actitud no cómoda resulta que se considera como lo ordinario, pero incluso tenemos una dinamicidad tal que incluso lo bueno nos cansa.

Existen cantos que remarcan incluso el cansancio de que salga a diario el mismo sol, rutinas que matan, pero que lo hacen porque enfatizamos lo negativo y no la novedad de cada día, que en realidad nadie de nosotros es el mismo de un momento a otro ya que hay millones de factores que, cambian, desde la ubicación del la galaxia, hasta los glóbulos de tu sangre que están en distinta ubicación.

Es como un río que siempre lo vemos con agua, pero no nos percatamos que en cada momento cada molécula es nueva y nunca es la misma agua.

De aquí que la salud inicia desde nuestra propia actitud, el ver la novedad de cada momento, el maravillarnos de ello, porque los que sanan, son precisamente los que inician un proceso y quieren ser curados.

"Mis obras, Tus Obras Señor"

“Mis obras, Tus Obras Señor”

Marcos 6, 7-13

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: –Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.

Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

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Dios en su infinita misericordia nos brinda día a día todo aquello que necesitamos, pero además nos proporciona de igual manera generosamente aquello que desea compartamos, podríamos pensar que se trata de dinero y bienes materiales, sí, también de los da, pero hay una obra mucho mayor que no afecta a nuestras avaricias y egoísmos, y esa es la acción de motivar, activar, entusiasmar a aquellos que viven apagados y que su fe ha quedado relegada a eventos sociales, más sociales que eventos.

Pero si nosotros somos los que estamos desmotivados, presos de nuestro confort en casa y situaciones actuales, olvidamos aquello que se nos compartió y que quieras o no, gritará en los más profundo de tu conciencia si no es canalizado para lo que te fue dado.

Olvidamos que incluso las obras que hacemos para nosotros mismos, de suyo son las mismas obras de Dios, porque participamos de su gracia, de su vida, de su Santo Espíritu, no es porque tu lo hagas de manera totalmente autónoma e independiente, sino porque estás ligado a una red tanto humana como divina para realizarlas.

Por ello cuando Jesús llama a los Doce, primeramente los envía de dos en dos, por apoyo físico y moral, además de sostenerse mutuamente en la fe depositada, aquella que es la que hará las obras porque vienen de Dios.

Es poder no es de ellos, no hacen milagros por autonomía, sino en base a aquel que les da la vida misma y la sostiene, por lo que tus obras, sean cual sean excepto las negativas, son de Dios, al beneficiarte beneficia a los demás porque todo está en su plan, y todo es para glorificar a Dios. Por ello te invito a decir: “Mis obras, sonTus Obras Señor”, y si no podemos hacerlo, entonces ¿sabrá de quien serán las obras y si estarán bien hechas?.

“Sana la dignidad femenina”

“Sana la dignidad femenina”

Marcos: 5, 21-43

En aquel tiempo, cuando Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, se quedó en la orilla y ahí se le reunió mucha gente. Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: “Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva”. Jesús se fue con él, y mucha gente lo seguía y lo apretujaba.

Entre la gente había una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar, había empeorado. Oyó hablar de Jesús, vino y se le acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que, con sólo tocarle el vestido, se curaría. Inmediatamente se le secó la fuente de su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba curada.

Jesús notó al instante que una fuerza curativa había salido de él, se volvió hacia la gente y les preguntó: “¿Quién ha tocado mi manto?” Sus discípulos le contestaron: “Estás viendo cómo te empuja la gente y todavía preguntas: `¿Quién me ha tocado?’ ” Pero él seguía mirando alrededor, para descubrir quién había sido. Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad. Jesús la tranquilizó, diciendo: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

Todavía estaba hablando Jesús, cuando unos criados llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle a éste: “Ya se murió tu hija. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?” Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas, basta que tengas fe”. No permitió que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.

Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y les dijo: “¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta, está dormida”. Y se reían de él.

Entonces Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: “¡Talitá, kum!”, que significa: “¡Óyeme, niña, levántate!” La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar. Todos se quedaron asombrados. Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie y les mandó que le dieran de comer a la niña.

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Los tiempos se ven marcados por culturas y tendencias que nos hablan de la forma de vida que se tenía en su momento, así mismo aunque no se justifica, los momentos en que se denigra a la persona humana, como lo es la esclavitud o la minusvaloración de la mujer, responden a circunstancias históricas que incluso hasta la religión las ve ordinarias en su momento.

La misma Sagrada escritura nos revela una total impregnación de las costumbres humanas, tales que pretenden en ocasiones introducirlas como si fueran la misma palabra de Dios.

Sin embargo, encontramos que Jesús res rechazado por romper esos esquemas e imponer nuevos paradigmas basados en la verdad y la dignidad humana.

Es por ello que en este evangelio encontramos que Jesús hace milagros a las mujeres, aquellas que no tenían derecho de pedir nada a Dios, las que eran relegadas a la funciona maternal y el hogar, pues a esa misma mujer Jesús le restaura su dignidad, aquella que desde los orígenes en la narración de la creación, le otorga.

Nadie es excluido, todos son tratados con la misma dignidad, tanto hombres como mujeres, a sabiendas que la cultura en su momento cambiará, por lo que Jesús tiene una visión atemporal y no se ciñe a los mandatos circunstanciales.

Por lo que de igual manera le dice a la niña “¡Talitá, kum!”, es decir levántate, como diciendo: si los hombres te derrumban, tu levántate y sigue adelante.

“Somos muchos…”

“Somos muchos…”

Marcos: 5, 1-20

En aquel tiempo, después de atravesar el lago de Genesaret, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Apenas desembarcó Jesús, vino corriendo desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu inmundo, que vivía en los sepulcros. Ya ni con cadenas podían sujetarlo; a veces habían intentado sujetarlo con argollas y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba las argollas; nadie tenía fuerzas para dominarlo. Se pasaba días y noches en los sepulcros o en el monte, gritando y golpeándose con piedras.

Cuando aquel hombre vio de lejos a Jesús, se echó a correr, vino a postrarse ante él y gritó a voz en cuello: “¿Qué quieres tú conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Te ruego por Dios que no me atormentes”

Dijo esto porque Jesús le había mandado al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre. Entonces le preguntó Jesús: “¿Cómo te llamas?” Le respondió: “Me llamo Legión, porque somos muchos”. Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca

Había allí una gran piara de cerdos, que andaban comiendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaban a Jesús: “Déjanos salir de aquí para meternos en esos cerdos”. Y él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y todos los cerdos, unos dos mil, se precipitaron por el acantilado hacia el lago y se ahogaron

Los que cuidaban los cerdos salieron huyendo y contaron lo sucedido, en el pueblo y en el campo. La gente fue a ver lo que había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al antes endemoniado, ahora en su sano juicio, sentado y vestido. Entonces tuvieron miedo. Y los que habían visto todo, les contaron lo que le había ocurrido al endemoniado y lo de los cerdos. Ellos comenzaron a rogarle a Jesús que se marchara de su comarca

Mientras Jesús se embarcaba, el endemoniado le suplicaba que lo admitiera en su compañía, pero él no se lo permitió y le dijo: “Vete a tu casa a vivir con tu familia y cuéntales lo misericordioso que ha sido el Señor contigo”. Y aquel hombre se alejó de ahí y se puso a proclamar por la región de Decápolis lo que Jesús había hecho por él. Y todos los que lo oían se admiraban.

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Una de las pocas verdades que el demonio saca a relucir es que cuando ataca, nunca está solo porque no tiene el poder sobre la vida de la gracia, por ello debe de manejarse en grupo, como un virus que solo no puede nada, pero en cantidad aunque débiles hacen mucho daño.

Es la típica manera montonera de atacar del maligno, que ante la sola presencia del Señor, exponencialmente se espantan y su táctica es huir.

Cuando los cobardes de envalentonan, es porque basan su seguridad en el respaldo de otros tantos que en grupo les sale la valentía, aunque solos jamás. 

Es por ello que no debemos dejar de mostrar la seguridad que Dios da a la persona y que se manifiesta en Jesús, que como Él, podemos salir adelante sin menguar las fuerzas para unirlas a un conjunto de débiles sin cara ni identidad.

Y aunque nos digan que son muchos para amedrentar nuestros ánimos, el poder de uno solo puede más que unos cuantos.

“Limitar opciones”

“Limitar opciones”

Marcos: 3, 1-6

En aquel tiempo, Jesús entró en la sinagoga, donde había un hombre que tenía tullida una mano. Los fariseos estaban espiando a Jesús para ver si curaba en sábado y poderlo acusar. Jesús le dijo al tullido: “Levántate y ponte allí en medio”. Después les preguntó: “¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Se le puede salvar la vida a un hombre en sábado o hay que dejarlo morir?” Ellos se quedaron callados.

Entonces, mirándolos con ira y con tristeza, porque no querían entender, le dijo al hombre: “Extiende tu mano”. La extendió, y su mano quedó sana. Entonces se fueron los fariseos y comenzaron a hacer planes con los del partido de Herodes, para matar a Jesús.

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Que pequeño se nos hace el mundo cuando se nos adoctrina que las posibilidades de tu vida son muy pocas, sobre todo porque con quienes convives así lo ven y así te lo transmiten, resulta en desesperación al ver que tienes una vida por delante, sin saber lo que nos queda aún, pero que mientras se tenga las posibilidades son infinitas, limitándote a lo que los demás te digan.

Es por ello que Jesús, que desde la eternidad ha estado con el Padre, aquel que nos ha creado y nos conoce a la perfección, se lamente el que no deseemos crecer, progresar, avanzar y todo lo que implique un desarrollo en todas su dimensiones, porque sabe lo que nos ha dado y desearía verlo en su máxima potencialidad.

Hoy en día es una pena ver cuantas personas limitan su vida a lo que los astros les dictan según sus interpretes, como si fuera la verdad suprema a través de los horóscopos, que no es otra cosa que confiar en otro ante nuestros miedos, para en su momento poder culpar a quien decide por mi.

No es justo limitar todas las opciones que tienes en la vida presente y en la futura, mucho menos que otro te lo imponga, Dios te ha creado formidablemente para que te desarrolles sin límites, por ello, tu decides hasta donde quieres llegar, y con la gracia de Dios aún más.

“Esperar la Sanación”

“Esperar la Sanación”

Mateo 8, 5-11 

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: —«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho.» Jesús le contestó: —«Voy yo a curarlo.» Pero el centurión le replicó: —«Señor, no soy quien para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: “Ve”, y va, al otro: “Ven”, y viene, a mi criado: “Haz esto”, y lo hace.» Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: —«Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.» 

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Toda espera del Mesías desde tiempos antiguos, se presentaba en el ámbito de lo económico social, donde según las necesidades del momento, pedían a Dios, según la promesa de la salvación, a un Mesías que viniera a solucionar exactamente la dolencia del momento que vivían, olvidando la verdadera razón por la que se prometió.

Se olvida que el principal motivo para la espera del Mesías, es sanar la causa, de la cual se desprenden todas las demás desgracias como consecuencia, y la única razón orginante es el pecado. 

Viene a desvirtuarse la intención de la espera, donde el pecado se asume como lo ordinario en la vida, pidiendo a Dios tan sólo la solución a las necesidades materiales o de salud física, sin cambiar aquello que denigra nuestro corazón y nuestra alma.

Una de las principales necesidades que urgen en esta espera, es pedir los dones espirituales que nos ayuden a preparar su venida, como lo son la sabiduría, la paz, la inteligencia, la fortaleza, el amor, para que así, entonces cuando llegue, sane de raíz el pecado y sane nuestra mente que suele divagar anclándose en ideas que nos quitan la paz y  que a su vez llegan a concretizarse en su momento en actos pecaminosos que nos hacen perder la misma gracia obtenida por su redención y salvación. 

Por ello más que pedir la solución a necesidades materiales, pidamos que sane nuestra mente y corazón, ya que una vez sanada, veremos claro cómo solucionar las demás.

“No basta conocer”

“No basta conocer”

Juan: 16, 29-33

En aquel tiempo, los discípulos le dijeron a Jesús: “Ahora sí nos estás hablando claro y no en parábolas. Ahora sí estamos convencidos de que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por eso creemos que has venido de Dios”.

Les contestó Jesús: “¿De veras creen? Pues miren que viene la hora, más aún, ya llegó, en que se van a dispersar cada uno por su lado y me dejarán solo. Sin embargo, no estaré solo, porque el Padre está conmigo. Les he dicho estas cosas, para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulaciones; pero tengan valor, porque yo he vencido al mundo”.

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Se nos presenta en este evangelio un diálogo directo de Jesús con sus discípulos, donde no les habla en parábolas, que aunque lo haga con un lenguaje muy sencillo y nada protocolario, acontece el típico cansancio mental que solicita una explicación que deje todo claro, directo y digerido para no pensar, o no errar por miedo a equivocarse. 

Pero aún así, con palabras directas, el conocimiento no es suficiente para asimilarlo y hacerlo vida, ya que una cosa es entender y otra asimilar. El entender implica la inteligencia, pero el asimilar implica la voluntad, ya que presupone hacerlo propio y vivirlo como tal.

Por ello aún así les pregunta si creen, porque a la hora de los hechos el conocimiento no basta, cuando lo que se requiere el saber actuar de la manera más apropiada en el momento justo. es cuando la mayoría de nosotros perdemos el rumbo, porque como dice el refrán: “del dicho al hecho, hay un buen trecho”

La invitación aquí es a vivir los principios y las actitudes de Jesús, ya que Él mismo, antes de predicarlas, las hacía vida, por ello repercutían con tanto valor, al igual podemos predicar con los labios cerrados, demostrando con los hechos lo que deseamos transmitir.

Si el odio y el coraje se nota y trasmite, cuanto más será la vida de la gracia y el amor cuando se tiene.

“Miércoles de Ceniza”

“Miércoles de Ceniza”

Mateo 6, 1-6. 16-18

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.
Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará”.

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La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo.

La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.

Las palabras que se usan para la imposición de cenizas, son:

• “Concédenos, Señor, el perdón y haznos pasar del pecado a la gracia y de la muerte a la vida”

• “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”

• “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.

Origen de la costumbre

Antiguamente los judíos acostumbraban cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y los ninivitas también usaban la ceniza como signo de su deseo de conversión de su mala vida a una vida con Dios.

En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un “hábito penitencial”. Esto representaba su voluntad de convertirse.

En el año 384 d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia de Roma acostumbra poner las cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión.

Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos de año anterior. Esto nos recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce a nada.

También, fue usado el período de Cuaresma para preparar a los que iban a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de ayuno.

La imposición de ceniza es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo.Nos enseña que todo lo material que tengamos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que tengamos en nuestra alma nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres.

Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer tener amistad con Dios. La ceniza se le impone a los niños y a los adultos.

Significado del carnaval al inicio de la Cuaresma

La palabra carnaval significa adiós a la carne y su origen se remonta a los tiempos antiguos en los que por falta de métodos de refrigeración adecuados, los cristianos tenían la necesidad de acabar, antes de que empezara la Cuaresma, con todos los productos que no se podían consumir durante ese período (no sólo carne, sino también leche, huevo, etc.)

Con este pretexto, en muchas localidades se organizaban el martes anterior al miércoles de ceniza, fiestas populares llamadas carnavales en los que se consumían todos los productos que se podrían echar a perder durante la cuaresma.

Muy pronto empezó a degenerar el sentido del carnaval, convirtiéndose en un pretexto para organizar grandes comilonas y para realizar también todos los actos de los cuales se “arrepentirían” durante la cuaresma, enmarcados por una serie de festejos y desfiles en los que se exaltan los placeres de la carne de forma exagerada, tal como sigue sucediendo en la actualidad en los carnavales de algunas ciudades, como en Río de Janeiro o Nuevo Orleans.

El ayuno y la abstinencia

El miércoles de ceniza y el viernes santo son días de ayuno y abstinencia. La abstinencia obliga a partir de los 14 años y el ayuno de los 18 hasta los 59 años. El ayuno consiste hacer una sola comida fuerte al día y la abstinencia es no comer carne. Este es un modo de pedirle perdón a Dios por haberlo ofendido y decirle que queremos cambiar de vida para agradarlo siempre.

La oración 

La oración en este tiempo es importante, ya que nos ayuda a estar más cerca de Dios para poder cambiar lo que necesitemos cambiar de nuestro interior. Necesitamos convertirnos, abandonando el pecado que nos aleja de Dios. Cambiar nuestra forma de vivir para que sea Dios el centro de nuestra vida. Sólo en la oración encontraremos el amor de Dios y la dulce y amorosa exigencia de su voluntad.

Para que nuestra oración tenga frutos, debemos evitar lo siguiente:

La hipocresía: Jesús no quiere que oremos para que los demás nos vean llamando la atención con nuestra actitud exterior. Lo que importa es nuestra actitud interior.

La disipación: Esto quiere decir que hay que evitar las distracciones lo más posible. Preparar nuestra oración, el tiempo y el lugar donde se va a llevar a cabo para podernos poner en presencia de Dios.

La multitud de palabras: Esto quiere decir que no se trata de hablar mucho o repetir oraciones de memoria sino de escuchar a Dios. La oración es conformarnos con Él; nuestros deseos, nuestras intenciones y nuestras necesidades. Por eso no necesitamos decirle muchas cosas. La sinceridad que usemos debe salir de lo profundo de nuestro corazón porque a Dios no se le puede engañar.

El sacrificio

Al hacer sacrificios (cuyo significado es “hacer sagradas las cosas”), debemos hacerlos con alegría, ya que es por amor a Dios. Si no lo hacemos así, causaremos lástima y compasión y perderemos la recompensa de la felicidad eterna. Dios es el que ve nuestro sacrificio desde el cielo y es el que nos va a recompensar. “Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo, ya recibieron su recompensa. Tú cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino Tu Padre, que está en lo secreto: y tu padre que ve en lo secreto, te recompensará. “ (Mt 6,6)”

Conclusión

Como vemos, la ceniza no es un rito mágico, no nos quita nuestros pecados, para ello tenemos el Sacramento de la Reconciliación. Es un signo de arrepentimiento, de penitencia, pero sobre todo de conversión. Es el inicio del camino de la Cuaresma, para acompañar a Jesús desde su desierto hasta el día de su triunfo que es el Domingo de Resurrección.

Debe ser un tiempo de reflexión de nuestra vida, de entender a donde vamos, de analizar como es nuestro comportamiento con nuestra familia y en general con todos los seres que nos rodean.

En estos momentos al reflexionar sobre nuestra vida, debemos convertirla de ahora en adelante en un seguimiento a Jesús, profundizando en su mensaje de amor y acercándonos en esta Cuaresma al Sacramento de la Reconciliación (también llamado confesión), que como su nombre mismo nos dice, representa reconciliarnos con Dios y sin reconciliarnos con Dios y convertirnos internamente, no podremos seguirle adecuadamente.

Está Reconciliación con Dios está integrada por el Arrepentimiento, la Confesión de nuestros pecados, la Penitencia y finalmente la Conversión.

El arrepentimiento debe ser sincero, reconocer que las faltas que hemos cometido (como decimos en el Yo Pecador: en pensamiento, palabra, obra y omisión), no las debimos realizar y que tenemos el firme propósito de no volverlas a cometer.

La confesión de nuestros pecados.- el arrepentimiento de nuestras faltas, por sí mismo no las borra, sino que necesitamos para ello la gracia de Dios, la cual llega a nosotros por la absolución de nuestros pecados expresada por el sacerdote en la confesión.

La penitencia que debemos cumplir empieza desde luego por la que nos imponga el sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación, pero debemos continuar con la oración, que es la comunicación íntima con Dios, con el ayuno, que además del que manda la Iglesia en determinados días, es la renuncia voluntaria a diferentes satisfactores con la intención de agradar a Dios y con la caridad hacia el prójimo.

Y finalmente la Conversión que como hemos dicho es ir hacia delante, es el seguimiento a Jesús.

Es un tiempo de pedir perdón a Dios y a nuestro prójimo, pero es también un tiempo de perdonar a todos los que de alguna forma nos han ofendido o nos han hecho algún daño. Pero debemos perdonar antes y sin necesidad de que nadie nos pida perdón, recordemos como decimos en el Padre Nuestro, muchas veces repitiéndolo sin meditar en su significado, que debemos pedir perdón a nuestro Padre, pero antes tenemos que haber perdonado sinceramente a los demás.

Y terminemos recorriendo al revés nuestra frase inicial, diciendo que debemos escuchar y leer el Evangelio, meditarlo y Creer en él y con ello Convertir nuestra vida, siguiendo las palabras del Evangelio y evangelizando, es decir transmitiendo su mensaje con nuestras acciones y nuestras palabras.

Fuente Es.Catholic.net

“Atacar con los miedos”

“Atacar con los miedos”

Mareos: 3, 22-30

En aquel tiempo, los escribas que habían venido de Jerusalén, decían acerca de Jesús: “Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera”.

Jesús llamó entonces a los escribas y les dijo en parábolas: “¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Porque si un reino está dividido en bandos opuestos no puede subsistir. Una familia dividida tampoco puede subsistir. De la misma manera, si Satanás se rebela contra sí mismo y se divide, no podrá subsistir, pues ha llegado su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.

Yo les aseguro que a los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón; será reo de un pecado eterno”. Jesús dijo esto, porque lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo.

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Nada nuevo resulta en este mundo cuando una persona ataca a otra sembrando sus miedos en los demás, como si el otro fuera el mismo mal quien amenaza, para crear un ambiente de psicosis y temor grupal, y así salir como redentores y solucionadores del mismo problema que siembran.

El inconveniente resulta en este caso, en que no se están dando cuenta de la magnitud del problema que están acarreando, así como del que están dejando, porque en medio de su ignorancia y necedad, directamente están blasfemando en contra de los más sagrado que es el Espíritu Santo que obra en todo y en Jesús como autor de sus obras.

Hasta allá llegan los miedos y sus consecuencias directas, las herramientas más comunes para obtener sus malos deseos y afirmar sus negativos juicios son la mentira, la difamación, el escándalo, la maldición, la envidia, el celo; herramientas que no vienen precisamente de Dios, y que inclusive a quienes hablan de Dios, como en este caso son los mismos escribas, no los excluye el pecado, ya que se vuelven contra lo que predican.

Fortaleza de espíritu, oración, vida de gracia, es lo que necesitamos para que nuestros miedos no nos hagan atacar inclusive al mismo bien.

“Quitar el oprobio”

“Quitar el oprobio”

Lucas 1, 5-25

Hubo en tiempo de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, del grupo de Abías, casado con una descendiente de Aarón, llamada Isabel. Ambos eran justos a los ojos de Dios, pues vivían irreprochablemente, cumpliendo los mandamientos y disposiciones del Señor. Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril y los dos, de avanzada edad.
Un día en que le correspondía a su grupo desempeñar ante Dios los oficios sacerdotales, le tocó a Zacarías, según la costumbre de los sacerdotes, entrar al santuario del Señor para ofrecer el incienso, mientras todo el pueblo estaba afuera, en oración, a la hora de la incensación. Se le apareció entonces un ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se sobresaltó y un gran temor se apoderó de él. Pero el ángel le dijo: “No temas, Zacarías, porque tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu mujer, te dará un hijo, a quien le pondrás el nombre de Juan. Tú te llenarás de alegría y regocijo, y otros muchos se alegrarán también de su nacimiento, pues él será grande a los ojos del Señor; no beberá vino ni licor y estará lleno del Espíritu Santo, ya desde el seno de su madre. Convertirá a muchos israelitas al Señor; irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia sus hijos, dar a los rebeldes la cordura de los justos y prepararle así al Señor un pueblo dispuesto a recibirlo”. 

Pero Zacarías replicó: “¿Cómo podré estar seguro de esto? Porque yo ya soy viejo y mi mujer también es de edad avanzada”. El ángel le contestó: “Yo soy Gabriel, el que asiste delante de Dios. He sido enviado para hablar contigo y darte esta buena noticia. Ahora tú quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que todo esto suceda, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su debido tiempo”. 

Mientras tanto, el pueblo estaba aguardando a Zacarías y se extrañaba de que tardara tanto en el santuario. Al salir no pudo hablar y en esto conocieron que había tenido una visión en el santuario. Entonces trató de hacerse entender por señas y permaneció mudo. 

Al terminar los días de su ministerio, volvió a su casa. Poco después concibió Isabel, su mujer, y durante cinco meses no se dejó ver, pues decía: “Esto es obra del Señor. Por fin se dignó quitar el oprobio que pesaba sobre mí”. 

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Existen ocasiones en que las circunstancias que por el momento nos acontecen, se tornan negativas y no por tan sólo un evento aislado, sino por una cadena de sucesos que se desatan en caída libre uno tras otro, en donde parece que no encontramos la salida.

A veces lo confundimos con aquello que llamamos mala suerte, e inclusive se toma como una maldición. Lo bueno es que, precisamente no es ni una ni otra cosa, por el contrario, suele ser una negativa de nuestro propio ser o de nuestro actuar, que de suyo trae incluidas sus propias consecuencias. 

Solemos apreciarlas como un castigo, como una amonestación, y victimizarnos a tal grado que lo hacemos una crisis incluso compartida. El caso de Zacarías es claro, cuando por su propia boca queda mudo, es decir, su propia manera de actuar hace que caiga en dicha situación, aún sin tener la responsabilidad de ello Dios, más sin embargo lo permite.

Ciertamente no es un castigo infringido, sino la propia consecuencia de nuestro obrar que nos cuesta asimilar. Sin embargo, la solución llega precisamente no cuando a Dios se le ocurre, sino cuando nosotros somos los que a conciencia, decidimos optar por una más sana y coherente postura, sólo hasta entonces, cuando nos damos permiso a nosotros mismos de ceder en nuestro error es cuando Dios, de igual manera deja fluir la solución porque ya la aceptamos y deseamos.

Por ello a Dios no le corresponde quitar el oprobio, sino a nosotros mismos, y cuando eso ocurra, cuando nos permitamos con los hechos hacernos dignos, aceptar nuestros actos erróneos sin echar culpas, entonces Dios permitirá dejar fluir las gracias necesarias para el momento de vida que estamos transitando.