“La mayor unidad con Dios: el amor”

“La mayor unidad con Dios: el amor”

Juan: 14, 21-26

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él”.

Entonces le dijo Judas (no el Iscariote): “Señor, ¿por qué razón a nosotros sí te nos vas a manifestar y al mundo no?” Le respondió Jesús: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada. El que no me ama no cumplirá mis palabras. Y la palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió.

Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Paráclito, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho”.

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Ciertamente son muchas las maneras por medio de las cuales buscamos encontrarnos con Dios, y ciertamente se manifiesta no sólo en una, sino en varias y a través de los tiempos. Sin embargo el camino más directo es Jesús, quien nos ha presentado a ese Padre Misericordioso y tan cercano a nosotros.

De hecho en su plan ha dejado instituidos a sus apóstoles y a los sacramentos como medio de encuentro con Dios, el mismo Jesús en un acto infinito de amor, ha decidido hacerse hombre, vivir entre nosotros, entregarse y quedarse sacramentalmente en la Eucaristía, máxima expresión de su amor.

Es por ello que todo cuanto hacemos, debe de llevar la impronta del amor, porque ciertamente podemos unirnos a través de la oración, de los sacramentos, de su Palabra, de las obras de caridad, y como lo dice San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, capitulo 13, si todo eso no lo hacemos con y por amor, de nada vale, queda en una imagen de una falsa muy buena intención.

Así es, el amor complementa y plenifica todas nuestras obras, y por ende nos une al mismo amor de Dios, que mayor dicha no podemos experimentar, sin olvidar que un amor sin obras es vacío.

“Un camino privilegiado”

“Un camino privilegiado”

Juan: 14, 1-6

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque ahora voy a prepararles un lugar. Cuando me haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy”.

Entonces Tomás le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Jesús le respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí”.

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Sendas, caminos, carreteras, autopistas y brechas son hoy en día algunas vías entre  otras tantas opciones que tenemos para elegir por donde andar. De igual manera tenemos múltiples opciones de caminos o estructuras intelectuales y religiosas para elegir seguirlas sin presión alguna.

Sin embargo ante tantas opciones, Dios no pretende tener una carta para elegir la que más me convenga, o la que se acomode a mis ideales y maneras de comprometerme. Lo que propones Jesús es conocer a ciencia cierta el fundamento de cada una de ellas, que sean acorde a la verdad y que revelen la misericordia de Dios en rescatar de sí mismos, del confort que adormece, y de la manipulación de la Palabra que nos es dada para complementarnos.

Al final si somos sensatos, encontraremos que uno solo es el plan de Dios, una sola su verdad, y uno solo el camino a seguir. Es una pena encontrarnos con tantos vacíos en nuestra alma y corazón que deseamos sean llenados con lo primero que se nos presente e impresione, ya sean vicios, ya sean sectas que eternamente nos tienen en hambre de Dios, cuando el Señor vino para quedarse y darnos la vida eterna.

Es un camino privilegiado que tenemos al alcance de la mano cuando elegimos y seguimos al Señor Jesús, ya que nadie va al Padre si no se le conoce a conciencia, profundidad y amor, descubriendo en sí mismo el camino, la verdad y la vida.

Opciones se nos dice son muchas, pero el camino es claro y único, es aceptar al Señor Jesús en nuestro corazón, y amarlo a la par con los dones que nos ha participado, aquellos que ha dispuesto en nuestras vidas para ese camino y que a su vez complementan a la comunidad.

“Conocer su voz”

Conocer su voz”

Juan: 10,1-10

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo les aseguro que el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón, un bandido; pero el que entra por la puerta, ése es el pastor de las ovejas. A ése le abre el que cuida la puerta, y las ovejas reconocen su voz; él llama a cada una por su nombre y las conduce afuera. Y cuando ha sacado a todas sus ovejas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen, porque conocen su voz. Pero a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron lo que les quería decir. Por eso añadió: “Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que yo, son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

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Dentro de la propia naturaleza, existen factores de confianza y conocimientos natos, aquellos que nos hacen identificar a aquellos donde pertenecemos. El caso concreto lo tenemos con las crías de los animales recién nacidos, así como de los humanos, que identificamos los sonidos y olores muy propios de nuestros padres.

Es en ese rubro donde el Señor nos invita a identificar y conocer su voz, aquella que nos sea familiar, que la sintamos llena de confianza y que nos de esa fortaleza cuando la escuchamos para seguir adelante ante un mundo que pretende amedrentar todas nuestras seguridades.

Donde cuando lleguen esas voces que nos invitan a perder el rumbo y la paz, sepamos que en realidad no son familiares y por ende no las sigamos, así como las ovejas, que siguen a quien las cuida y protege.

Es por ello recomendable, saber lo importante que es identificar esa voz con la que nos habla amorosamente el Señor, dejar un momento para conocerla, eliminar todas aquellas voces que nos aturden y que no permiten escuchar el murmullo del Señor en la oración, en su palabra, en las Sagradas Escrituras y en la Eucaristía.

Después de identificada, escucharla no es difícil, y evitar las voces que no provienen de Él, mucho más fácil.

“¿Qué hay que hacer?”

“¿Qué hay que hacer?”

Juan 6, 22-29

Después que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el lago.

Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del lago notó que allí no había habido más que una lancha y que Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos.

Entretanto, unas lanchas de Tiberíades llegaron cerca del sitio, donde habían comido el pan sobre el que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: –«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?»

Jesús les contestó: –«Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios».

Ellos le preguntaron: –«Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?»

Respondió Jesús: –«La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado».

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El permitirnos dejar guiarnos por algo o alguien, se refiere a una confianza depositada totalmente ante aquello que decidimos seguir. Nuestra voluntad desaparece para asirnos a la del guía, y muchas de las veces habrá que analizar realmente en quién está depositada.

Es un hecho que en los momentos más cansados de alguna situación adversa, se busca un descanso y una palabra de aliento, pero curiosamente parece que dejamos de pensar de manera autónoma para exigir soluciones prefabricadas y hasta casi mágicas como si fuera una fórmula y así no procede la sabiduría de Dios.

Es muy claro el conjunto de signos y parábolas de Jesús, donde claramente marcan un libre camino de obras y actitudes que hablan del seguimiento del Señor, pero como que se nos dificulta asimilarlos y, aunque sean evidentes, preguntamos a manera de justificación ¿qué obras tenemos que hacer…? Necesitamos que nos digan exactamente con peras y manzanas para entender, y qué pena que sea así, porque implica una voluntad perezosa que en vez de ser responsable de sus actos, pretende seguir lo que le digan otros, estratégicamente para al no cumplirlos, echar culpas. 

Se acaban las iniciativas y vienen los tiempos de la espera del mandato para poder hacer algo, cuando el camino es claro.  Pues para empezar, hay que creer en Jesús y pedir sus dones para ser libres y no depender ni del qué dirán, ni del qué tengo que hacer, sino hacerlo y ya. Porque capacidad tenemos para ello y más, falta que la utilicemos com tal.

"Objetivo claro: la vida"

“Objetivo claro: la vida”

Juan: 6, 1-15

En aquel tiempo, Jesús se fue a la otra orilla del mar de Galilea o lago de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto las señales milagrosas que hacía curando a los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, festividad de los judíos. Viendo Jesús que mucha gente lo seguía, le dijo a Felipe: “¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?” Le hizo esta pregunta para ponerlo aprueba, pues él bien sabía lo que iba a hacer. Felipe le respondió: “Ni doscientos denarios de pan bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan”. Otro de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: “Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es eso para tanta gente?” Jesús le respondió: “Díganle a la gente que se siente”. En aquel lugar había mucha hierba. Todos, pues, se sentaron ahí; y tan sólo los hombres eran unos cinco mil.


Enseguida tomó Jesús los panes, y después de dar gracias a Dios, se los fue repartiendo a los que se habían sentado a comer. Igualmente les fue dando de los pescados todo lo que quisieron. Después de que todos se saciaron, dijo a sus discípulos: “Recojan los pedazos sobrantes, para que no se desperdicien”. Los recogieron y con los pedazos que sobraron de los cinco panes llenaron doce canastos.


Entonces la gente, al ver la señal milagrosa que Jesús había hecho, decía: “Este es, en verdad, el profeta que habría de venir al mundo”. Pero Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró de nuevo a la montaña, Él solo.

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No cabe duda que nuestra Santa Madre Iglesia, propone y provee en este tiempo de gracia de la pascua, los recursos que el Señor Jesús transmitió a sus discípulos, enfatizando la misión encomendada que jamás desvía, porque el pueblo en sus múltiples necesidades, solicita aquello que según el momento histórico requiera.

Su objetivo claro es restaurar la vida, pero no solamente la vida biológica, sino la vida plena que incluye nuestro espíritu, situación de la que hay hacer conciencia, cuando lo inmanente parece ser lo único que importa por los requerimientos de las necesidades físico – biológicas.

Es evidente el dolor de las situaciones sociales y morales que en su momento evocan a una solución de intervención divina, y se le busca a Jesús para sanar todas estas realidades que aquejan a todo ser humano. 

Un aspecto realmente de necesidad se ve reflejado cuando a Jesús lo quieren proclamar rey, precisamente porque sació una necesidad y les dio alimento, encontrando la gente una zona de confort que atañe a una necesidad, pero manifestando que salta hasta el extremo de la comodidad y la flojera. 

Jesús no se deja impactar, aún sabiendo que en esa área puede hacer mucho bien, no se engancha en el ego de ser un héroe alimenticio con los vítores del pueblo que le adula. Sigue adelante, su objetivo es claro, la vida eterna es la meta.

De igual manera no dejemos que pequeños triunfos opaquen el verdadero sentido de la vida, sino que sigamos caminando para que las ambiciones materiales, que se pueden con toda dignidad obtener, o de igual manera atarnos a personas e ideologías que no permiten que lleguemos a la meta deseada y obtenida por Jesús en el plan del Padre Misericordioso, es decir, la vida eterna.

“Leví le ofreció en su casa un gran banquete…”

“Leví le ofreció en su casa un gran banquete…”

Lucas 5,27-32

En aquel tiempo, Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: «Sígueme». El, dejándolo todo, se levantó y le siguió. Leví le ofreció en su casa un gran banquete. Había un gran número de publicanos, y de otros que estaban a la mesa con ellos.

Los fariseos y sus escribas murmuraban diciendo a los discípulos: «¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?». Les respondió Jesús: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores».

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Cuando llega en nosotros ese deseo de mejorar, dejar atrás todo aquello que nos afecta y además de lo que ya estamos cansados, ese momento es el inicio del cambio llamado conversión, La repuesta al señor no tiene fecha ni hora, no podemos forzar a nadie a que responda como nosotros lo hacemos, ó de la manera como a otros les gustaría que respondiéramos, porque propuestas y sugerencias encontramos por doquier.

Lo malo es que la conversión no sólo suele ser positiva, también de hacer el bien podemos cambiar a empeorar nuestra forma de vida, cosa que sería en términos de moral peor, porque se es más consciente del mal que se quiere hacer libre y voluntariamente, llevando más culpa que el ignorante, pero en ambos casos lleva a la muerte.

La cuestión es que cuando alguien cambia su forma de vida sabía y santamente, ni para bien ni para mal reaccionamos los cercanos con agrado, pareciese que nada nos parece, el caso es claro con Leví, el cual ante la invitación a seguirlo, da un Sí gozoso con el que responde invitando a Jesús a su casa otorgándole un banquete, signo externo que manifiesta su alegría interna y su cambio.

Pero siempre hay a quien no le gusta que cambiemos, ni los buenos ni los malos. Los buenos no creen el cambio interno, a lo mejor porque se sienten en desventaja, y juzgan la vida pasada como si importara en estos casos. Los malos, reclaman porque pierden quien los apoye en su maldad buscando recuperar al “amigo”, claro atacándolo para que sucumba de su mejorada vida.

Es por eso que tanto unos como otros necesitamos de ese médico que nos sane completamente a todos, los que nos decimos buenos y los que no negamos ser malos, para poder caminar juntos, no digo que sin tropiezos, pero si mutuamente apoyados. Hasta allá llego la alegría del banquete, signo de un buen inicio de cambio interno en Leví, nosotros ¿hasta dónde hemos llegado y cuánto hemos cambiado? O ¿acaso seguimos criticando al malo?, ¿Seguimos sintiéndonos buenos?, si fuese así, no te preocupes, esta Cuaresma sí tu quieres, puedes sanarte.

“Algunos han venido de lejos”

“Algunos han venido de lejos”

Marcos 8, 1-10

En aquellos días, vio Jesús que lo seguía mucha gente y no tenían qué comer. Entonces llamó a sus discípulos y les dijo: “Me da lástima esta gente: ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer. Si los mando a sus casas en ayunas, se van a desmayar en el camino. Además, algunos han venido de lejos”.

Sus discípulos le respondieron: “¿Y dónde se puede conseguir pan, aquí en despoblado, para que coma esta gente?” Él les preguntó: “¿Cuántos panes tienen?” Ellos le contestaron: “Siete”. Jesús mandó a la gente que se sentara en el suelo; tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y se los fue dando a sus discípulos, para que los distribuyeran. Y ellos los fueron distribuyendo entre la gente.

Tenían, además, unos cuantos pescados. Jesús los bendijo también y mandó que los distribuyeran. La gente comió hasta quedar satisfecha, y todavía se recogieron siete canastos de sobras. Eran unos cuatro mil. Jesús los despidió y luego se embarcó con sus discípulos y llegó a la región de Dalmanuta.

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La búsqueda de lo divino se torna en presente actual porque en realidad ya está Dios presente en nuestras vidas, tan común y ordinario que nos cuesta trabajo creerlo, pensamos que solamente se manifiesta dentro de lo espectacular y lo grandioso, más su omnipotencia y su omnipresencia te acompañan desde el momento de tu concepción, desde ahí comienza el milagro de ti y desde siempre de todo lo demás. 

Además pareciese que se presenta oportunamente en tu vida, haciéndote recordar su existencia y presencia a través de invitaciones, signos, detalles, personas, y cosas de las cuales se vale para manifestarse.

Siempre nos recuerda que no estamos solos, aunque no siempre le dedicamos la debida atención. Cuando tomamos la iniciativa de buscarlo es porque en realidad estamos respondiendo inconscientemente a sus múltiples invitaciones, creemos que la iniciativa y decisión es nuestra, cuando en realidad la iniciativa viene de Dios, pero eso sí, la decisión es tuya. Independientemente por la situación o necesidad con la que busquen a Jesús, eso es un medio de llamado, y claro la búsqueda personal entonces se torna en atención exclusiva a Él.

Muchos son capaces de buscarlo severamente a pesar de las situaciones adversas tanto personales como comunitarias, otros lo buscan de lugares lejanos, otros lo tienen cerca. Sin embargo Jesús independientemente de cada una de las circunstancias, les atiende a todos y se preocupa por ellos, tanto es que preve su retorno de manera segura, iniciando por darles el alimento para el camino, siendo capaz de realizar el milagro de la multiplicación de los panes para que los demás continúen su obra.

De igual manera el Señor no deja de darnos lo principal para poder seguir caminando, pero no desaproveches su presencia, cuántos no quisieran estar cerca y tenerle disponible sobre todo en el milagro de la eucaristía. Si otros han sido capaces de ir a buscarle desde lejos, ¿acaso no podrás acercarte tu que estás próximo a Él y lo tienes al alcance de la mano? Espero que no sea porque no puedes, o más bien porque no quieres.

“Querer ser curados”

“Querer ser curados”

Marcos: 6, 53-56

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos terminaron la travesía del lago y tocaron tierra en Genesaret.

Apenas bajaron de la barca, la gente los reconoció y de toda aquella región acudían a él, a cualquier parte donde sabían que se encontraba, y le llevaban en camillas a los enfermos.

A dondequiera que llegaba, en los poblados, ciudades o caseríos, la gente le ponía a sus enfermos en la calle y le rogaba que por lo menos los dejara tocar la punta de su manto; y cuantos lo tocaban, quedaban curados.

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No es raro encontrar un cansancio generalizado donde estar en una actitud no cómoda resulta que se considera como lo ordinario, pero incluso tenemos una dinamicidad tal que incluso lo bueno nos cansa.

Existen cantos que remarcan incluso el cansancio de que salga a diario el mismo sol, rutinas que matan, pero que lo hacen porque enfatizamos lo negativo y no la novedad de cada día, que en realidad nadie de nosotros es el mismo de un momento a otro ya que hay millones de factores que, cambian, desde la ubicación del la galaxia, hasta los glóbulos de tu sangre que están en distinta ubicación.

Es como un río que siempre lo vemos con agua, pero no nos percatamos que en cada momento cada molécula es nueva y nunca es la misma agua.

De aquí que la salud inicia desde nuestra propia actitud, el ver la novedad de cada momento, el maravillarnos de ello, porque los que sanan, son precisamente los que inician un proceso y quieren ser curados.

“La importancia de la guía”

La importancia de la guía”

Marcos: 6, 30-34

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Entonces él les dijo: “Vengan conmigo a un lugar solitario, para que descansen un poco”. Porque eran tantos los que iban y venían, que no les dejaban tiempo ni para comer.

Jesús y sus apóstoles se dirigieron en una barca hacia un lugar apartado y tranquilo. La gente los vio irse y los reconoció; entonces de todos los poblados fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron.

Cuando Jesús desembarcó, vio una numerosa multitud que lo estaba esperando y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

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Nos es muy común que los sistemas educativos cada vez nos dan la libertad de realizar y elegir la enseñanza a nuestro gusto, además se están dando los nuevos métodos autodidactas en línea, donde la persona va sola y presenta sus exámenes de manera virtual pareciendo que al caminar se da una sensación de soledad.

Cuando no compartimos en una relación directa con los demás, solemos bajar la rica experiencia interpersonal, donde vamos caminando, decidiendo y aceptando la realidad según nuestra propia percepción personal.

Resulta muy necesaria la contraria opinión y su razón de ser para ubicar un raciocinio certero que nos haga ver una comparación, de igual manera surgen guías con su muy personal ideología que imponen a quienes les hacen caso.

Jesús reconoce todos esos guías y a las personas que no promueven la verdad, sobre todo aquellos que confunden y dejan vacía a la persona porque no le satisface un conocimiento parcial.

Es por ello que Jesús encuentra a las personas como ovejas sin pastor, desorientadas, maniatadas, ávidas de paz y sano conocimiento, sobre todo una salud integral, aquella que ubica la realidad y vive en ella con alegría y felicidad, sin estancarse en lo simple y negativo, porque sabrá superar cada situación, cualquiera que sea sin importar lo mal que pinte, con un excelente guía como Jesús.

“¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”

“¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”

Marcos: 3, 31-35

En aquel tiempo, llegaron a donde estaba Jesús, su madre y sus parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a Él estaba sentada una multitud, cuando le dijeron: “Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan”. Él les respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: “Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

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Desde el momento que escogió Dios a Abraham instaurando de su descendencia al pueblo de Israel, lo va guiando y formando a través de los siglos con una cultura muy particular, que en toda su forma de pensar, expresividad y manera de vivir manifiesta en todo momento el ser de Dios así como su plan. Concretamente el concepto de “familia” es arraigado muy fielmente y cuidado como tal.

Ya nos habla desde el Génesis como se mantenían unidos, Abraham al tener diferencias con su sobrino Lot, remarca diciendo, ‘no es bueno que tu y yo nos enojemos, porque somos hermanos’ Gen 13,8. Siendo de la misma sangre, por la cuestión familiar tribal, todos se consideraban hermanos.

En tiempos de Jesús seguía el mismo concepto, donde ordinariamente afirmaban que lo conocían a Él y a sus familiares o hermanos, concepto que va intencionalmente evolucionando que incluía a todos formando la nueva familia de Dios, he aquí unos textos y su evolución: Mateo 12,46 “Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con él.” Marcos 6,3 “¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?» Y se escandalizaban a causa de él”. Juan 7,5 “Es que ni siquiera sus hermanos creían en él”. Hechos 1,14 “Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.” I Corintios 9,5 “¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana, como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas?”

En realidad nos está incluyendo en su familia, y nos invita a ser partícipes, por ello la expresión “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Concluye afirmando: “Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. No es excluyente, su expresión no es de rechazo, sino todo lo contrario, reconoce el mérito de los que se han esforzado en participar de dicho honor, y claro, como modelo está Maria, su madre como ejemplo de respuesta tanto en la línea biológica como en la espiritual.

Por ello, no nos sintamos excluidos, nadie nos rechaza, la integración es libre y voluntaria. Quieres una familia además de la biológica, ahí está la del Señor Jesús que no se limitará a la de los lazos de sangre, sino con la adopción bautismal que nos hace hijos de Dios, hermanos en Jesucristo hasta la eternidad.